DE SIRENAS Y OTROS MALES: EN CONTRA DEL AMOR ROMÁNTICO

DE SIRENAS Y OTROS MALES: EN CONTRA DEL AMOR ROMÁNTICO

En el fondo del más azul de los océanos había un
maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar,
un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba
blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral
multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas,
cinco bellísimas sirenas.

 

Así comienza La Sirenita, el cuento de Hans Christian Andersen (1805-1875) que, a pesar de haber podido nacer en Ourense lo hizo en Odense, una errata que nos obliga a leerlo en traducción ¿qué le vamos a hacer?

Antes de nada afirmaré que es la risa lo que podría sanar los males del mundo, pero el mundo ríe cada vez menos: llora y se lamenta como si ya estuviera en una estampa de Doré, allí, en el Infierno del Dante.

Afirma Agustín de Hipona (De civitate Dei) que Cam, hijo de Noé (y padre de Zoroastro), ha sido el único humano que, naciendo, rió, dizque debido al diablo, quiero suponer que será porque una de las etimologías para Cam es ‘quemado’ o quizás ‘caliente’, lo que a Agustín eso le haría pensar en el diablo. El caso es que nació desternillándose de risa, aunque no se tiene constancia de que eso viniera bien para sus asuntos a no ser que se refiera a Génesis 9, 20-27 en que Cam ve a su padre en cueros y (se supone) que o bien lo violó o bien lo emasculó o ambas cosas, con lo cual Noé (con razón, coño, que estaba borracho) lo maldijo y lo hizo siervo de Jafet y de Sem.

¡Me encantan las digresiones!

Y sigo con La Sirenita aunque reír, lo que se dice reír, la pobre no termino riendo: yo soy el que río (poco) al observar cómo se generan y persisten los tópicos y se establecen tradiciones y costumbres, si ir más lejos, este de que van las siguientes líneas que, como siempre, no serán demasiadas: No temáis, oh cerebros lectores.

De las cinco (bellísimas) sirenas, una, y sólo una era artista: sabía música y cantaba con maravillosa voz acompañándose del arpa no eólica, claro, sino poseidónica, puesto que en el reino de Ποσειδῶν​ vivía. ¿Y cómo suena una arpa poseidónica? Pues la verdad es que no lo sabemos, pero había de sonar muy bien, lo mismo que la voz de la sirenita, puesto que todos los peces, balénidos, tanto los balaena como los eubalaena, los bentónicos, los nectónicos y los pelágicos, medusozoas, y demás habitantes del océano, holoturoideos incluidos acudían maravillados a extasiarse con aquella música que la sirenita les regalaba.

Balaenoptera musculus acudiendo al concierto

De hecho, casi siempre estaba cantando y (aquí está la trampa) cuando lo hacía, miraba de vez en cuando la débil luz que de la superficie se filtraba apenas, y es que deseaba conocer el mundo del aire, el mundo seco, el mundo de las flores y los sonidos de la voz de los hombres esparcidos a una velocidad media de 343,2 m/s, y no a 1500 m/s, que era a lo que estaban todos acostumbrados en las saladas profundidades. En fin: soñaba con viajar: como todo el mundo. Estar en otra parte que donde se está.

Ten paciencia -le decía la abuela- cuando tengas quince años ya serás mayor  y tu padre te dará el permiso para subir a la superficie que anhelas.

Y la Sirenita seguía soñando con el mundo de los hombres, que sólo conocía por los relatos de sus hermanas mayores: siempre soñando con lo que no tenía… ¿Y qué hacía mientras tanto (aparte de cantar como he dicho más arriba)? Pues las cosas propias de las sirenitas: cultivar su jardín de plantas hidrófitas o higrófitas, las briófitas como los arquegonios o arqueridios, las vallisnerias, ceratophyllum, etc. La miriophyum  acuaticum, tan recia como elegante, la azolla ficuloides, grácil y flotante, o la aldovanda vesiculosa, carnívora submarina que, aún siendo más amiga de aguas ácidas, la sirenita había logrado adaptarla al medio salino de su jardín y ese largo y bellísimo catálogo particular de las plantas preferidas de nuestra Sirenita.

aldovanda vesiculosa,

Venían delfines, hipocampos y demás syngnathidae, todos tan enigmáticos; venían los estilizados y rápidos selaquimorfos; veían Mola mola, con sus mil kilos de peso, lo que les colocaba entre los peces óseos más pesados del océano, lo cual no les quitaba un ápice de afabilidad… En fin muchos habitantes de las profundidades venían a admirar el jardín, mucho excepto las asteroideas todas: Spinulosida, Valvatida, Velatida​,  Forcipulatida,  Notomyotida y demás, dado su carácter algo arisco y quisquilloso: De ninguna manera respondían a las llamadas de la princesita, ya veis qué cosas.

Bueno, al fin llegó el momento en que su padre, acariciando sus largos cabellos, le dio el permiso tan deseado, pero le advirtió o más bien le reiteró los consejos sobre el peligro de la superficie:

Puedes respirar aire, puedes ver los cielos, puedes escuchar los extraños sonidos de los hombres a 343,2 m/s, cosa admirable… pero has de tener siempre, siempre en cuenta que aquél no es nuestro mundo y sobre todo que no somos como los humanos, que son seres animados careciendo nosotros de ese ánima que a ellos de algo les servirá pero que para nosotros es un enorme peligro. ¡Aléjate de los hombres: son portadores de la desgracia!

Charrán (fotografía de Carlota Barrenetxea)

Y subió, la cándida, nuestra sirénula, y vio el ocaso del sol y las estrellas rutilantes y la luna brillando en lo alto como una sonrisa errante y escuchó Sterna hirundo, larus michaellis, Stercorarius parasiticus y Calionectris  diomedes, los admiró en sus vuelos rapidísimos, precisos y elegantes. Y fue feliz y palmeaba las manos y lágrimillas de alegría jaspeaban sus mejillas delicadas.

Págalo (fotografía de Carlota Barrenetxea)

¿Y qué más vio? Pues vio el asombro: una nave se acercaba a su escollo y, ya a sotavento (ah, el viento: cómo sorprendió a la Sirenita) fondeó meciéndose en las tranquilas aguas.

Y los vio: vio a los hombres y escuchó sus voces y admiró aquellos que sus hermanas le describían sin que ella pudiera comprenderlo del todo: sus piernas. Y vio su cola plateada y se entristeció porque no podría hablar con ellos, estar con ellos, y entonces observó agitación a bordo y escuchó como una saloma:

 

 

¡Viva nuestro capitán!                                                                                                                                                                                                                                                                                            ¡Vivan sus veinte años!                                                                                                                                                                                                                                                                                            ¡Viva su juventud y su pericia marinera!

Y, claro, quedó maravillada, pues era música como os dije, y la saloma sonaba muy bien en Mi mayor, y era, por tanto muy alegre, pero lo que más le maravilló fue el destinatario del alborozo en cubierta, pues era alto y moreno y se distinguía perfectamente la nobleza de su porte, y sonreía… ¡Ah, su sonrisa franca, ah sus preciosos ojos y dulce mirada…! La Sirenita quedó extasiada, con una sensación de alegría y dolor, y una extraña presión le oprimió el corazón.

Y entonces se afoscó el horizonte y un viento frío recorrió la mar y el viento frío arreció y las olas batían contra la nave cada vez más furiosas. Y del cielo afoscado surgieron relámpagos y truenos: La borrasca había sorprendido a la tripulación y, aunque el joven capitán mantuvo la calma y mando arriar el ancla, ya no daba tiempo a nada, entones la nave levantada en vilo rompió la cadena, y en el fragor cayeron mayor y mesana sobre cubierta y el buque comenzó a hacer aguas por las costuras y, finalmente, se hundió, mientras la sirenita gritaba y gritaba.

Vio cómo caía el guapo joven, cómo se hundía pues en aquellos tiempos los marinos no sabían nadar pues pensaban (y con razón) que era mejor morir rápido que lentamente luchando contra las aguas y el frío que portaban. Entonces ella fue al rescate, pero después de nadar rápidamente de un lado para otro ya no lo veía y comenzaba a desistir angustiada, pero entonces lo divisó, cayendo rápidamente al abismo que para él era la muerte. Inconsciente lo tomó en sus brazos y lo mantuvo en superficie hasta que amainó la galerna, y lo transportó a la playa depositándolo en la arena con cuidado de dejar que el agua lamiera su preciosa cola mientras frotaba sus manos y su cuerpo para darle calor. Pero entonces un murmullo de voces que provenían de tierra la obligó a retroceder hacia el mar.

¿Qué sucedió entonces? Pues lo que vio la Sirenita fue cómo unas damas se acercaban gritando tontamente al cuerpo del capitán: Corred, corred: hay un hombre en la playa -decía- seguramente es de la nave que ha desparecido en la tormenta; llevémosle al castillo, pidamos ayuda. y, por supuesto, vio también como el bello capitán recobraba el sentido y agradecía a la dama el haberle salvado ya que nada sabía de la Sirenita.

¿Y qué conclusión sacó ella de esta situación sabiendo que la dama (¡la otra!) quedaba a los ojos del capitán, el del apuesto cuerpo, como salvadora de su vida y él como deudor de la misma? Pues la de siempre en estos casos: De ninguna manera podría olvidar las horas que, inconsciente, le tuvo entre sus brazos; de ninguna manera la opresión de su corazón de sirena cesaría ni el anhelo del bello náufrago le dejaría en paz. Lloraba la Sirenita, desconsolada lloraba sin cesar; en su apartamento encerrada, sin comer, sin beber, sin compañía, lloraba y lloraba la pérdida de lo que nunca tuvo ni tendría, pues el capitán -un hombre animado- jamás podría ser suyo. Su amor -enorme y desdichado- resultaba imposible.

Ningún consuelo, pues.

No lo sabréis, seguro que no, pero resulta que en lo más profundo de los abismos, más profundo aún  que la Fosa de las Marianas con sus casi doce mil metros de profundidad y una presión de más de 110.000 kPa , siempre velado para los humanos de entonces, de ahora y de siempre, en aquel abismo, digo, vivía una hechicera a quien se podía ¿pero a qué precio? recurrir en casos desesperados, y allá fue la Sirenita en su aflicción para ver qué se podría hacer para calmar el terrible dolor de su corazón, porque algunos piensan que todo tiene solución si se tiene voluntad, cosa que es absolutamente falsa, pero a veces se confunden los deseos con la realidad; eso se llama mitomanía o pseudología fantástica y pasa lo que pasa, porque la hechicera le dijo las cosas claras, pero la Sirenita las vio borrosas, tal como deseaba; le dijo: Quieres deshacerte de tu cola de pez y tener piernas como el capitán al que amas; quieres que el capitán te ame y piensas que te amará gracias a tus piernas: puedes tenerlas, pero sufrirás de manera atroz y  cada vez que apoyes tus pies en el suelo el dolor será terrible.

Otra pregunta obvia: ¿Qué contestó la Sirenita ante semejante panorama? ¿Desistió apelando a la prudencia? ¿Se conformó y decidió adaptarse a la realidad? ¿Supo que el dolor que sentía sólo era deseo y pensó que era un capricho que se podía sustituir fácilmente? Pues no: Pensó, decidió que era amor; inventó la palabra: Amor, en vez de llamar  a las cosas por su nombre.

En el mundo de las sirenas no había ningún motivo para confundir el amor con el deseo, no como en la superficie en que un mal día apareció Petrarca sobre la tierra e inventó el amor poético para beneficio del Poder y maleficio de las gentes, que hasta entonces se revolcaban alegremente como describían Juan Ruiz y otros juglares, sin embargo, la Sirenita, quizás al verse tan cerca de la nave que naufragó, de la tripulación y del bello capitán se inficionó y, sin saber que ya estaba tergiversado el amor, creyó que lo inventaba y lo inventó, así que contestó a la hechicera:

No me importa nada, no me importa el dolor ni el sufrimiento, nada con tal de estar con él.

Y a partir de esta estúpida declaración se convirtió in pectore en una esclava. Pero aún hubo más:

Aún hay más -dijo la hechicera-: deberás en pago darme tu voz y quedarás muda, y advierte que si tu capitán se casa con otra tu cuerpo desaparecerá y será espuma en la cresta de una ola.

Acepto todo -insistió la Sirenita. Por amor acepto: Dame el pomo de la poción.

Y subió con el pomo a la superficie y se dirigió a la playa y se arrastró por la arena y abrió el pomo. Y bebió.

Perdió el sentido y cuando lo recobró en medio de un molesto dolor de cabeza abrió los ojos y vio a su capitán que, paseando por la playa la descubrió allá tumbada y, recordando que él había estado en la misma situación se arrodilló cerca de ella y cariñosamente cubrió con una manta el cuerpo que trajo aquel cuerpo, y al verla ya consciente le dijo: No has de temerme ¿de dónde vienes? ¿quién eres? Pero la Sirenita había pagado sus piernas con la voz y quedó muda. Dijo el capitán: Iremos al castillo y te curaré.

Entonces vivió la Sirenita unos días maravillosos acompañada por el amable capitán que era (estaba previsto) un príncipe y que la llevaba de paseo de aquí para allá y habiéndola vestido con preciosas telas, la colmaba de atenciones, incluso un día la invitó a un esplendoroso baile en la enorme sala de recepciones del castillo. Y la Sirenita supo entonces que cada paso que daba en el baile le respondía con un terrible dolor que era el precio por vivir al lado de su amado, que, sin embargo, a pesar de su amabilidad pensaba constantemente en la otra, la dama que le había salvado en la playa hacía tiempo y a la que no había vuelto a ver. A él le pasaba lo mismo que a la Sirenita: Quería lo que no tenía. así suele pasar. Y como la Sirenita fue tonta en su decisión absurda de ceder libertad por amor pero no tanto como para no darse cuenta de que el capitán/príncipe, afectuoso con ella, no dejaba de pensar en la dama desconocida, sufría en silencio y lloraba desconsolada cuando quedaba a solas en su dormitorio, dormitorio que el príncipe/capitán jamás holló.

Pero lo peor -el destino evidente, la soga con la que, una vez tejida, se ahorca quien no sabe verlo- aún había de llegar, y llegó en forma de una enorme nave que a la costa se acercaba y que el príncipe quiso ir a recibir acompañado de la muda Sirenita, y resultó que de la nave bajó la dama de la que estaba enamorado el príncipe, estando ella también de él enamorada porque -como ya he dicho- en tierra se confundía amor con deseo desde hace tiempo y no había manera de arreglar eso según parece.

Veréis, sucedió lo que tenía que suceder: se casaron dama y príncipe y salieron en la gran nave de viaje de novios llevando a la Sirenita consigo como doncella de compañía, y ella recordó la profecía de la hechicera y se dispuso a morir; entonces, procedente del mar oyó las voces de sus hermanas.

Puedes salvarte, hermanita: hemos negociado con la hechicera nuestros cabellos a cambio de este puñal que te traemos; es un puñal mágico y si con él matas al príncipe (y con él al romántico amor que como cáncer te devora) volverás a ser una sirena como nosotras, olvidarás toda esta tontería y reirás de nuevo.

Pero ya os conté al principio que la Sirenita olvidó reír, de manera que tomando el puñal entró furtivamente en el camarote de los esposos y lo alzó sobre él, pero cuando vio su semblante feliz en el sueño se volvió, subió a cubierta y por la borda arrojó a las aguas el puñal y tras él fue ella dispuesta a esperar en las aguas al amanecer en que se convertiría en espuma de las olas al contrario que Afrodita que, de la espuma de las olas surgió a la playa para traer el sexo placentero, alegre y feliz hasta que los hombres decidieron preferir el amor con el que sojuzgar a las mujeres.

Y para que veáis cómo se urden las mentiras convertidas en finales ilusoriamente felices he aquí el final del relato:

Amanecía en la mar; el primer rayo del orto barrió casi paralelo la superficie sacándola de su negrura y trayendo consigo la muerte de la Sirenita que abúlica flotaba esperándola, y, de repente, una fuerza vertical la abdució a lo alto, al cielo y mientras las nubes se teñían rosas y el mar aumentaba su brillo y se hacía azul oyó como campanillas la Princesita, y las campanillas eran voces que le decían:

Princesita, Sirenita, ven con nosotras.

¿Qué son esas voces, quiénes sois? ¿De dónde venís? –dijo pues milagrosamente había recuperado la voz- Somos las hadas del cielo y en el cielo estás; somos inanimadas como tú y no como los humanos que tienen alma para manipular la realidad, y es nuestro deber premiar a quienes hayan mostrado buena voluntad con ellos -respondieron.

Miró abajo la Sirenita y vio la nave llenándose sus ojos de cálidas lágrimas que caían al mar. Y decían las hadas: Tus lágrimas y las nuestras, pues también hemos pasado por lo que tú pasas son el rocío que baña la tierra al amanecer. ¡Ven con nosotras allá donde falta el aire y los humanos no pueden vivir! Llevaremos viento y consuelo a las que su sufren y, cuando pasen para cada una de nosotras trescientos años, recibiremos un alma inmortal, seremos animadas, y participaremos de la felicidad de que gozan los humanos. Como nosotras, has sufrido y merecido la victoria y ahora, como espíritu del aire sólo has de esperar que pase el tiempo para obtener tu alma por tus buenas acciones -le dijeron.

Y entonces la Sirenita lloró ya abundantes lágrimas, bajó -espíritu invisible- a la nave, abrazó a la princesa, sonrió al príncipe y subió a lo alto con sus nuevas hermanas que no eran, como podéis observar, sino mujeres que, presas del amor, habían sucumbido a la esclavitud que Amor impone y ahora, en vez de olvidarse de todo y vivir una vida libre y feliz, sólo esperaban a volver a lo mismo después de penar una culpa de la que en verdad carecían: La Culpa es el Alma, pero ellas seguían sin saberlo. Y como los cuentos terminan como han de terminar, la Sirenita subió al cielo envuelta en una nube de color rosa.

¿De qué otro color podría ser si no?

Andersen el embaucador y su nariz de mentiroso

 

 

 

 

 

 

 

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SANTAS LECTURAS

SANTAS LECTURAS

En el capítulo 81 (página 185) de la (las) Gesta Romanorum : exempla europeos del s. XIV  (Akal, 2004) se escribieron en 1342 y son un florilegio de Ejemplos moralizados se supone que para uso de predicadores. Hay de todo, es decir, de todo se nutren: hagiografías, mitos, cuentos, leyendas, lays, etc, todos muy populares en la época y que, vistos desde nuestro siglo (y nuestros ojos, de los cuales mucha gente aún carece o quiere carecer como propone Boris Vian en su relato El amor es ciego) son realmente grotescas y siempre divertidas.

Si me perdonáis la redundancia propongo de los Exempla un ejemplo. ¿Que no? Pues una verbigratia: La tremebunda historia del Nacimiento del Santo Padre Gregorio, que recoge (y amplía con verdadera devoción) la tragedia de Sófocles, Edipo rey (Edipo quiere decir en nuestra lengua pies grandes o hinchados, puesto que su padre, Layo le atravesó con fíbulas los pies antes de abandonarlo). En fin, en este ejemplarizante cuento se relata cómo Gregorio, a pesar de su pecaminoso y horrible origen , además aún de su vida de abominable recuerdo, nada pudo impedir su elevación al trono de San Pedro.

La cosa (muy resumida) es así: Resulta que dos hermanos, es decir, hermana y hermano, hijos de reyes, se amaban, al principio fraternalmente pero una vez entrados en la juventud su amor se convirtió en una pasión sexual irrefrenable, así que los dos, ya infatuados totalmente, se amaron, se amaron y se amaron, a resultas de lo cual ella quedó embarazada y, en consecuencia, llegó al mundo un niño, más tarde muchacho, de inefable hermosura, un bellísimo fruto incestuoso del que parte esta historia moral que tengo el gusto de contaros para vuestro solaz y ejemplo.

En fin, el padre, buscando la remisión de su enorme pecado se arma y parte a Tierra Santa como cruzado: allí muere en hecho de guerra y, mientras tanto la vida lleva al hijo por caminos inciertos y peligrosos, puesto que la reina, decidida a no permitir el bautismo del fruto ilegítimo y sacrílego de su hija, encierra al retoño en un tonel junto con su cuna, una tableta explicativa y oro suficiente para la cría y sustento. Y lo confía al mar. Siete días festivos más tarde las olas y la marea depositan el tonel con el niño vivo aún (y no sabemos cómo, pero Dios Nuestro Señor todo lo sabe) en una playa vecina a un monasterio cuyo abad, Gregorio de nombre y de gran piedad, bautizó al fortuito y errabundo marino y le puso su propio nombre. El muchacho, tan agraciado como dije, y gran inteligencia natural, recibió en el monasterio una educación exquisita y piadosa a resultas de la cual estuvo preparado para lo que había de venir.

Su madre, sabiéndose pecadora y no confiando en la cristiana remisión de su pecado, se negaba a casar, no sólo por su sentimiento de culpa sino porque en lo más íntimo de su ser guardaba por su hermano muerto una sacrílega y inquietante fidelidad, y se negó, incluso cuando un poderoso príncipe extranjero del que nada más sabemos pidió su mano, de manera que airado en grado sumo por el desaire, le declaró la guerra, invadió sus territorios y ocupó la mayor parte de ellos excepto -claro- la última plaza fuerte, el bastión de la ahora reina soltera, que no doncella.

Sucedió que Gregorio, ya sabedor de su origen incestuoso y en camino penitente al Santo Sepulcro llega a la ciudad en que su madre resiste ya sin esperanza al conquistador. Habiendo tenido conocimiento de la desgracia de la reina le ofrece su ayuda y con ella la ultima resistencia, dando en combate la muerte al colérico príncipe desairado. La reina le recibe, le escruta pero no le reconoce y, aprovechando su agradecimiento y buena disposición, los cortesanos le proponen a este joven salvador tan agraciado y de tan buenas maneras que indican una noble procedencia, le proponen, digo, la boda con él; ella vacila, pide tiempo: un solo día; reflexiona y, sorprendentemente, accede, de forma que la suma de horrores se adueña de la escena, puesto que en el fondo de la alegría popular y la celebración del himeneo entra el hijo de la reina en el lecho y el cuerpo de su madre, amándose ambos con amor verdadero. Se deja llevar la reina de sus recuerdos, por ejemplo, cuando sabe de la muerte de su esposo y hermano; recuerda su amargo lamento: Se fue mi esperanza, se extinguió mi fuerza, mi único hermano, mi segundo yo; recuerda cómo se lanzó sobre el cadáver, lo cubre de besos, la apartan de él por la fuerza, y entonces… Entonces descubre la tableta que su esposo guardaba celosamente en un secreto gabinete y, de repente, la verdad amarga y definitiva llega a su pensamiento, y sabe que su esposo es su hijo. Dice: Oh, mi dulce hijo, eres mi único retoño, mi esposo y mi señor, eres mi hermano y de mí el único vástago, dulce hijo mío. y Tú, mi Dios, ¿por qué me dejaste nacer?

Y aún se pensó afortunada porque no le había dado un hijo a su esposo, un hijo, que hubiera sido su hermano, un hijo que hubiera sido nieto suyo… Oh, cuánto desastre.

Y marchó Gregorio en busca de su penitencia y su expiación. Marchó descalzo y a pie y dio con pescador que se percató enseguida de su alcurnia, y le rogó al pescador que le ayudara a encontrar la más sola de las soledades y el pescador, quiso y le llevó a un apartado peñasco del oleaje batido constantemente y allí quiso ser encadenado con grilletes anclados en la roca y al mar fue la llave de los grillos que ahora rodeaban sus tobillos. Y así pasó.

Y sucedieron los años, tantos como diecisiete de dura penitencia, que no sabemos de qué se alimentó, qué agua bebió, y una vez pasado ese tiempo Dios Nuestro Señor escuchó su súplica y le dio el perdón y sucedió el milagro, pues en Roma, el Papa había muerto y una voz del cielo se oyó, y dijo: Id en busca de Gregorio, el hombre de Dios y nombradle mi Vicario en la Tierra. Y de todos los mensajeros, uno le encontró por medio del pescador, que recordaba hecho y posición del peñasco en la mar y, además, pescó de paso un pez que, en la barriga, llevaba la llave de los grilletes que aprisionaban a Gregorio, y cuando el mensajero le dijo que Dios le había destinado a ser Su Vicario, Gregorio ni se inmutó y dijo consecuentemente: Si tal es el deseo de Dios, que su voluntad se cumpla.

Llego a Roma, repicaron las campanas sin necesidad de campaneros como diciendo: “Nunca, en la historia de la cristiandad, había Roma tenido un papa tan piadoso, recto y sabio. Y tanta fue la repercusión de estas novedades que la noticia llegó a su madre y antigua esposa convenciéndola de que quién mejor para curarla habría en el mundo que este santo varón. Y allá que se fue a Roma a confesar sus pecados al Papa, pero éste, escuchada su confesión, la reconoce: Oh mi dulce madre, hermana y esposa. Oh mi amiga. El Diablo quiso y creyó conducirnos al Infierno, pero Dios ha sido más fuerte y lo ha evitado.

Acto seguido ordenó construir un claustro y, una vez consagrado, hizo de él abadesa a su madre, y con el tiempo, ambos murieron y eternamente vivieron  en el seno del Señor.

 

… Bueno si alguna vez habíais leído una historia tan desmesurada, divertida y sacrílega, destinada a la amonestación del pueblo llano y a mayor gloria de Dios, pues no tenéis más que decirlo, y si no, simplemente espero que hayáis pasado un buen rato leyendo estos excesos que produce la fe religiosa, fe que armada resulta peligrosa siendo estos relatos de (las) Gesta romanorum simplemente perniciosas para la salud mental de los cándidos oyentes candorosos, papanatas y supersticiosos.

Vale.

SU DAÑO ESTÁ EN ELLAS MISMAS

SU DAÑO ESTÁ EN ELLAS MISMAS

Llevo dándole vueltas a este asunto de la parcialidad evidentísima en los juicios por violación o malos tratos o, incluso, muerte mediante. Y es que no resulta fácil de explicar tanta coincidencia en la magistratura para sabotear el derecho de las mujeres víctimas de los casos arriba citados, la comprensión benevolente de jueces y juezas ante el violador, maltratador o asesino y, lo que es aún peor y termina de rizar el rizo: la remota culpabilidad de la mujer vejada o muerta en los hechos, ya sea por poca defensa, vestimentas o actitudes provocativas y demás peregrinas opiniones al respecto, todas ellas coreadas por los medios de comunicación de masas, periodistas y/o tertulianos bien pagados o, simplemente imbéciles como ese matador de toros cuyo nombre no citaré aquí, y un largo etcétera de energúmenos en todas las tabernas de España.
Por supuesto, bien mirado este paisaje social desde los partidos de derecha y extrema derecha de nuestro desventurado país.
¿De dónde sale todo esto? ¿Quién sustenta la teoría, la ideología desde la cual todo está permitido si contra las mujeres se trata?
Nada existe en el mundo de los humanos que no tenga una justificación. Nada, ni guerras, ni masacres, ni etnocidios, ni asesinatos políticos o civiles, ni hambrunas, ni esclavitud ni…

Y en este caso que nos ocupa (en otros también, pero ciñámonos al tema): A la Iglesia católica, a sus teólogos. La teología sustenta vejaciones y muertes de mujeres, pero sobre todo su propia culpabilidad: es la mujer la culpable de sus propios males y lo es con todo el peso de ese inteligente artificio que es la teología.

MI problema en este caso es de índole espacial, porque comenzar a citar párrafos y párrafos de Agustín de Hipona, Padres de la Iglesia, Tomás de Aquino y otras preclaras mentes eclesiásticas se me hacía engorroso, largo y de difícil comprensión para el que no está habituado a leer este tipo de literatura ni sabe nada de la historia de la Iglesia ni de las bases que en la Alta Edad Media sostuvieron la superchería de las brujas y el nacimiento de la Inquisición, así que he recurrido a la novela, muchas veces reflejo del mundo y de las opiniones que por él medran o desaparecen y, también muchas veces, más plausibles y menos dictadas por la conveniencia del Poder, como suele serlo la Historia que nos enseñan desde la infancia.
Y entre los diversos novelistas, he recordado a uno que es compendio de poetas precedentes,  Milton, Shakespeare y Goethe: Thomas Mann, y su novela Doktor Faustus.
Es una novela culta no fácil de leer para la mayor parte de lectores por eso, porque es culta, porque hay que tener una base filosófica y religiosa amplia, incluso unos conocimientos musicales que no están al alcance de una gran mayoría. Esta novela es una imitatio del Fausto de Goethe, y como afirma Leopold Bloom (y yo siempre estaré de acuerdo con esta afirmación), Cualquier gran obra literaria lee de una manera errónea -y creativa- , y por tanto malinterpreta un texto o textos precursores, de forma que Mann, en su imitatio lo que consigue es una lectura errónea del Fausto antecesor que se resuelve en el Doktor Faustus que citaré seguidamente.
La novela está escrita en primera persona y es, en realidad, una biografía, la de Adrian Leverkühn narrada por su amigo Serenus Zeitblom, como digo, un texto no fácil (pero no imposible, claro: es una delicia para el pensamiento), que recorre la historia de Alemania en sus autores; su título original (hoy resumido) es Doktor Faustus. Das Leben des deutschen Tonsetzers Adrian Leverkühn, erzählt von einem Freunde  (Doctor Fausto. La vida del compositor alemán Adrian Leverkühn contada por un amigo). La escribió Mann en el exilio en los USA; en sus páginas aparecen opiniones de Strawinski, Schönberg, Adorno y otros exiliados en Los Ángeles, sobre todo Adorno (tan querido de Cortázar, recuerdo ahora). En sus páginas viven Nietsche, o Wolf… Y Mann construye su novela siguiendo la técnica compositiva de la escala cromática (doce notas) de Schömberg como se anunció en todas las ediciones. En fin, no seguiré hablando del texto sino para situar al lector en él: es mejor leerlo y observar en sus páginas, cómo Alemania se vende al nazismo, cómo a causa de esto cae desde las cumbres intelectuales y artísticas en que estaba a la mayor regresión y penuria de la que, desde mi punto de vista no ha salido, si no se cuenta el poder del dinero como una virtud sino como el producto de un país de mercanchifles y expoliadores. La Culpa ha dejado Alemania una falsa grandeza, un oropel ridículo. Y un montón de dinero.
Como siempre, me he desviado de mi propósito con este largo circunloquio pero ya vuelvo al asunto primero: La culpa de las mujeres en su propio daño, y ésta, sin más es la larga cita con la que quiero llamar a la reflexión:
¿Pero de dónde venía la tentación? ¿Sobre quién había de recaer la maldición por haberla provocado? Fácil era decir que la tentación procedía del diablo. En el diablo residía la fuente, pero el encantamiento procedía del objeto tentador, y este objeto, instrumento del Tentador, era la hembra. Con ello, la hembra era, al propio tiempo, instrumento de la santidad, ya que ésta era inconcebible sin el apetito tumultuoso de pecar. La gratitud que por ello era amarga. Era, al contrario, de notar, y característica al propio tiempo, que si bien el Hombre (sic), en sus dos formas era un ser sexual, y aún cuando la localización del demonio en los riñones se aplicaba mejor al hombre que a la mujer, la maldición de la carne y la esclavitud del sexo eran exclusivamente atribuidas a la mujer y así se llegó al apotegma: “Una hembra hermosa es como un anillo en la nariz de una cerda.”  ¡Cuántas cosas semejantes, y profundamente sentidas no se han dicho desde tiempo inmemorial sobre la mujer! Todas se refieren a la apetencia de la carne identificada con la hembra en tal forma que  lo carnal en el hombre es también de cuenta de la mujer. De aquí la palabra: “Encontré a la mujer más amarga que la muerte e incluso una buena mujer está sometida a la apetencia de la carne.”
El párrafo forma parte de una clase de teología a cargo del profesos itinerante Eberhard Schleppfuss que habla de la libertad (desde este punto de vista teológico, claro) y, más concretamente de la libertad del Diablo a quien Dios le da una especial libertad No en vano le dijo el Ángel a Tobías: “El demonio se apodera de aquellos que se abandonan a la lujuria.”
 Y siguiendo con la cita (larga, ¿eh? ¿Ha llegado alguien hasta aquí?) Bueno, va:
Podría preguntarse si no le ocurre lo mismo al buen hombre. Y de un modo más particular, al Santo. Sin duda, pero sobre todo ello era obra de la hembra que, como tal, representaba la lujuria sobre la tierra. El sexo era su dominio, y por el mismo nombre, Femina, que en parte significa Fe y en parte quiere decir menos, es decir, de poca fe, era natural su relación con los espíritus abominables de que este reino está poblado y natural también que pesara sobre ella la sospecha de brujería. Ejemplo de ello era precisamente aquella mujer que tuvo durante largos años relaciones con un íncubo en presencia de su dormido y confiado marido  (recordad a Rosemary en la peli de Polansky, Rosemary’s babe, La semilla del diablo en nuestro país, claramente inspirada en este texto)…
Un poco más adelante, Scheleppfuss cuenta una historia tremenda, repugnante y esclarecedora respecto al tema que tratamos: ¿Por qué es la mujer la culpable de su propio daño y no el hombre que lo causa? La historia se resume en que Heinz Klöpfgeissel, joven apto de cuerpo y con buena salud, se enamora, desea a una muchacha llamada Barbel y es correspondido por ella, pero la negativa del padre de ésta les hace imposible una boda, así que, a escondidas del padre, ellos se amaron apasionadamente y abrazados los dos, cada uno creía que el otro era el ser más bello de la tierra. Pero un día que el joven se fue con los amigos a una fiesta a Constanza y, por la noche, quisieron los amigotes ir en busca de putas a un garito local; él, Heinz, se resistía a ir con ellos, pero le tacharon de poco hombre y demás insultos y vejámenes como se suele, así que al final cedió. Sin embargo al encontrarse frente a la mujer alquilada no pudo por más que quiso levantar su ánimo y sufrió la correspondiente humillación. La mujer, no sólo lo ridiculizó, sino que sospechó que allí había algo anormal y sospechoso… Regresó a su casa y en cuanto pudo a su amada Barbel y con ella no tuvo problema alguno y gozaron dos deliciosas horas. Pero el muchacho se quedó, digamos, con la mosca tras la oreja y volvió de putas con el mismo resultado que la primera vez, cosa que nunca le pasaba con Barbel, y comenzó a sospechar de que ella algo escondía. Más adelante una mujer se le insinuó claramente, pero él se retiró avergonzado por las burlas e irritado por su comportamiento tan poco varonil.
¿Se le ocurrió pensar que Barbel llenaba todo su amor y que las demás, simplemente, no le atraían? No, lo que se le ocurrió es que su cuerpo había caído en las garras del demonio, así que viendo en peligro su honor y la salvación de su alma cantó todo en el confesionario; el confesor contó el caso a sus superiores, que llamaron a declarar a la joven que, al final, terminó confesando que le había untado la espalda con un ungüento por miedo a perder la fidelidad del muchacho; el ungüento se lo procuró una vieja y estaba hecho -decía la confesión- con grasa de un niño muerto sin bautizar, la vieja lo negó, pero la Iglesia la envió al brazo secular (La Inquisición no podía derramar la sangre de los interrogados, sólo podía presionar con la tortura simple: tortura,procedente de ‘torquere’  término del latín tardío que se refiere a torsión, torcimiento, curvar, pero nada de sangre, como se acepta ahora). La vieja, confesó,claro: Había cerrado pacto con el Diablo (un monje con pies hendidos de cabrón), profanado las cosas sagradas con las más horribles blasfemias obteniendo a cambio las recetas para todo tipo de pociones y panaceas.
Pero de lo que se trataba era de saber hasta qué punto la salvación del alma de la joven estaba en peligro, y a resultas de la totalidad de su confesión, resultó que sí, que estaba en peligro conspicuo y flagrante, así que no había más remedio que salvarla mediante el fuego de las garras del Diablo, por tanto la vieja y la joven, brujas confesas, fueron liberadas mediante el fuego a la vista de todos, Heinz incluido que, al ver reducido a cenizas su amor, se sintió liberado y con toda su hombría en regla.
De ahí, que necesariamente la culpa de los males debidos al deseo y la lujuria de los hombres sea exclusivamente cosa de las mujeres, puesto que son ellas las que de una u otra forma provocan la virilidad y excitan el deseo hasta el punto de perder ellos la noción del daño puesto que no son ellos los que lo causan sino las propias mujeres las que lo piden a causa de su propia fatalidad.
Y, como conclusión, una observación sobre nuestro cuerpo de judicatura: ¿No está acaso perfectamente inficionado de jueces ultra católicos, gente del Opus Dei, que se basan en estas “Verdades directamente inspiradas por Dios”, sus profetas, exegetas y teólogos en general. ¿O pensabais que están ahí solamente de figurones y para pasar el rato?
Seguid votando a las derechas y permitiendo que la Iglesia mantenga su poder político y financiero y seguiréis oyendo cada vez que le pillen a uno de sus miembros tirándose niñas  que fueron ellas, las niñas, las que me provocaron; el Diablo por medio de ellas.
Y todos tan amigos.
EL MANZANARES, PARADIGMÁTICO CAUDAL

EL MANZANARES, PARADIGMÁTICO CAUDAL

Rodolfo II en sus buenos tiempos

Con el Manzanares se mete todo el mundo, por ser río familiar de Madrid y cuyas riberas se besan por la noche: tan cercanas viven la una de la otra.  Pero es un gran río, no en vano lo ponderó Rodolfo II, emperador del Sacro Imperio y alquimista en ratos libres, del cual sacaron el gesto Carlos V y Felipe II, dejando el deterioro absoluto para los siguientes austrias, que dijo entusiasmado:
El Manzanares es el mejor río del mundo porque es el único navegable a caballo
Y uno de sus descendientes, el citado y ya tocado por los incestos, Felipe II, rey de las Españas todas, picado porque Madrid no tenía puerto y Londres, Pariś e, incluso los Países Bajos sí que lo tenían,  ideó un puerto en el Manzanares al que se llegaría a través del Tajo, pero de ánimo obsesivo, timorato y morboso como usaba se rajó al poco de la derrota de su Armada diciendo :
¿Para qué queremos un puerto si naves ya no quedan?
Tenía su gracia Felipe: la Gracia de Dios. Y el caso es que todo el mundo tenía algo qué decir, también el pepino alambicado e incomprensible llamado don Luis de Góngora y Argote que cuando se construyó el puente de Segovia, gracioso escribió:
Y aunque un arroyo sin brío os lava el pie diligente / tenéis un hermoso puente con esperanzas de río.

Don Francisco

Don Luis, gran pedante

O don Francisco de Quevedo y Villegas, tatarabuelo de Mer, que dejó estos versos:
Enano sois de una puente / que pudierais ser marido / si al besalla en los tres ojos la llegareis al tobillo. / Al tobillo, mucho dije: / a la planta apenas digo / y eso no siempre, descuida / porque calzada ha vivido.
Y aún podría seguir una abigarrada lista de opiniones sobre este fenómeno de la naturaleza, pero como estoy dando un repaso a mis queridas Rimas de Tomé de Burguillos lo dejo con este soneto en el que el mismísimo Manzanares -¡por fin!- opina sobre sí mismo, con castizo humor, de manera que es su decir el que prima entre todos, puesto que -como se ve- el Manzanares es río que se conoce a sí mismo.
No como otros.

Don Félix: su mirada melancólica, sin duda causada por la racanería del miserable duque de Sessa, gran cretino de España

LAMÉNTASE MANZANARES DE TENER TAN GRAN PUENTE
Quítenme aquesta puente que me mata,
señores regidores de la Villa;
miren que me ha quebrado una costilla;
que aunque me viene grande me maltrata.
De bola en bola tanto se dilata,
que no la alcanza a ver mi verde orilla;
mejor es que la lleven a Sevilla,
si cabe en el camino de la Plata.
Pereciendo de sed en el estío,
es falsa la casual y el argumento
de que en las tempestades tengo brío.
Pues yo con la mitad estoy contento,
Tráiganle sus mercedes otro río
que le sirva de huésped de aposento.
                                                                                                                                                                                                                                   (Edición de J. M. Blecua, 1976)

El Manzanares en invierno

FILONES

FILONES

Siguiendo con el mismo

filón,

hoy:

LA ADULTERACIÓN DE ALIMENTOS

 

Pues sí, queridas y queridos, hay filones que, una vez hallados, parecen no tener fin, gozar de una inefabilidad casi alarmante; uno de estos filones es el bastante desconocido escritor francés Joris-Karl Huysmans, que nació durante el invierno de 1848 y vivió hasta la primavera de 1907, poco tiempo, es cierto, pero bien aprovechado, tanto que si queréis qué pasaba en Francia durante esos años, más vale que lo leáis atentamente, cosa nada fácil porque no escribe de conspiraciones mundiales, descuartizadores o asesinos seriales en general, o noveluchas históricas, historias banales de vidas banales o hagiografías de lamentables personajes de la vida pública que no saben qué hacer para lavar algo la mierda que traen encima. No, Huysmans escribe de escritores, exquisiteces, sucesos artísticos, estética de su tiempo; escribe sobre el refinamiento, el hastío y la neurosis del hastío, de la decadencia, del spleen que Baudelaire situó en París, de su influencia  y la de Poe en los escritores posteriores, en él mismo, de Verlaine… En fin, de cosas que a nadie parece interesar porque ni siquiera se habla de ellas en la televisión.

En cambio, si os interesa aunque sea vagamente la existencia de los Goncourt, de Verlaine, del hace nada citado Villiers de l’Isle-Adam, de Zola, de naturalismo y de cómo siendo el ojito derecho del nombrado Zola cae en un profundo pesimismo y describe la decadencia de su sociedad con verdadera finura exquisita, no tendréis más remedio que acudir a él, a su emblemático libro (Au rebours, 1884) publicado en España como A contrapelo por Letras universales de Cátedra en 1999, aunque hay otras ediciones, al menos en mi casa, una (1919) prologada por Blasco Ibáñez y traducida por Germán Gómez de la Mata y otra (que no recomiendo en absoluto) publicada por Bruguera  sobre la misma traducción de Gómez de la Mata con el peregrino e inexacto título de Al revés (Libro Amigo, 1986) prologada por el inefable Luis Antonio de Villena, personaje que por aquella época quería ser decadente como Huysmans o el mismísimo Oscar Wilde. Pero no vengo aquí a daros datos biográficos que cualquiera puede encontrar por ahí, incluso el hecho de que al final (ya estaba algo tocado él) acabó convirtiéndose al catolicismo.

En fin, todo esto viene a cuento sólo por unos párrafos para que se observe un ejemplo de humor sangrante, aunque hay muchos de ellos en el libro citado, estos, por ejemplo:

Entre los escritores de la orden dominica, por ejemplo, un doctor en teología, el R.P. Rouard de Card, por medio de un folleto titulado “De la falsificación de las sustancias sacramentales”, había demostrado categóricamente que la mayoría de las misas no eran válidas, por el simple motivo de que las materias empleadas en la celebración de los sagrados misterios estaban adulteradas por los que negociaban suministrando estos productos.

Hacía ya muchos años que los santos óleos venían siendo adulterados con grasa de  aves; la cera, con huevos calcinados; el incienso, con resina corriente y con benjuí. Pero lo más grave era que las sustancias indispensables para el santo sacrificio de la Eucaristía, estaban siendo también desvirtuadas y falsificadas; el vino, por medio de una serie de mezclas y de añadidos ilícitos, tales como corteza de palo de Brasil, bayas de yezgo, alcohol, alumbre, salicilato y liturgirio; el pan, ese pan de la Eucaristía que debe ser amasado con la harina más selecta de los trigos, por medio de harina de alubias, potasa ¡y hasta tierra de cal!

En la actualidad se estaba llegando más lejos; y algunos desvergonzados comerciantes tenían la osadía de suprimir por completo el trigo, fabricando casi todas las hostias ¡con fécula de patata!

Ahora bien, Dios, se negaba a presentarse en la fécula; esto era un hecho innegable y cierto.

 

Para que ahora os vayáis quejando de las hamburguesas, salchichas y alitas de pollo.

 

VILLIERS

VILLIERS

Como recientemente (justo abajo) cité de pasada al doctor Tribulat Bonhomet, me ha dado el capricho de volver a leer algo de Villiers, así que he acudido a alguno de mis libros y, directamente, a la novela corta que recordé en mi cita, la llamada Claire Lenoir:

                                                                                                       

CLAIRE LENOIR

MEMORANDUM DEL DOCTOR

TRIBULAT BONOMET

Miembro honorario de varias academias

catedrático de psicología

referente al

MISTERIOSO CASO DE LA DISCRETA

Y CIENTÍFICA PERSONA

VIUDA CLAIRE LENOIR

Así que releyendo confortablemente sentado en mi sillón llego a la página 54 de mi edición (que citaré más tarde) y me encuentro con este texto que había olvidado:

“En todos los países, todo ciudadano digno de ese nombre dispone, entre sus trabajos y sus comidas, de cerca de tres horas de ocio por día. Normalmente llena esos momentos de respiro con la ayuda de una pequeña charla inocente y digestiva, sobre los asuntos de la patria.Ahora bien, ¿si no pasa nada notable ni “grave”, en qué podrá centrar su discusión? Se aburrirá, falto de tema de conversación: y el aburrimiento de los ciudadanos es fatal casi siempre para los jefes de Estado. Cuando la lengua está ociosa el brazo está presto a actuar, y, como hay que llenar las tres horas citadas anteriormente, el conversador de ayer se convierte en el conspirador de hoy. Ese es el triste acento de las revoluciones.

Me parece entonces que es deber de todo buen gobierno suscitar, lo más a menudo posible, guerras, epidemias, acontecimientos de toda clase ( afortunados o desgraciados, poco importa), cosas, en fin, que sean capaces de alimentar la charla banal, inocente y digestiva de todo ciudadano.

Tras veinte, treinta, cuarenta años de perpetuo ¡quien vive! los reyes han desviado la atención: han reinado tranquilamente, se han divertido mucho y todo el mundo está contento. Esta es, en mi opinión, una de las principales definiciones de la alta diplomacia: ¡ocupar el espíritu de los ciudadanos al precio que sea, a fin de evitar cualquier atención sobre sí misma, cuando se ha tenido el honor de recibir de las manos de Dios la misión de gobernar a los hombres! ¡Maquiavelo -mi amado maestro- (lloro al pronunciar su nombre), nunca ha hallado una fórmula tan clara como ésta! así se concibe mi indiferencia por los acontecimientos, los imprevistos políticos y las complicaciones de los gabinetes de Europa; dejo el interés de las controversias que suscitan a espíritus cariados por un ansia congénita de perder el tiempo.

La extraña historia del Doctor Bonhomet; Alfaguara-Nostromo. traducción de Eduardo Bustos para esta colección dirigida por J.A. Molina Foix y Mauricio d’Ors. Madrid, 1977.

Una muy estimada y venerable colección la de Alfaguara-Nostromo, que aún no sé cómo ha resistido completa el devenir de los años y mis múltiples traslados.

En fin, sólo quería constatar lo poco que cambia el paisaje de los tiempos, de los humanos y de su inocente majadería. Ahora, los entretenimientos que los gobiernos de los diferentes estados y del mundo en general simplemente tienen más medios para lanzar sus redes de arrastre y palangres varios. Y todos pican, o casi todos (uno o dos de cada millón, no, estimo, pero no cuentan). Las redes sociales cumplen su cometido y, quien más quien menos reproduce fielmente personajes, bulos y estupideces sin fin, de todo con tal de no sentarse a pensar un minuto sin imágenes, sin ruido de fondo, a solas con su cerebro: Todos entretenidos en sus tres horas de ocio, incluso perdiendo las del sueño con tal de seguir enfangados en tanto dulce de una basta mixtura de miedo pánico, felicidad compulsiva y amor desmedido también pánico.

Un sinvivir, queridas y queridos, una angustia permanente, siempre sin darse cuenta que tanto angustia como angosto tienen la misma raíz: Angustus, ‘desfiladero o abismo profundo y estrecho’, es decir que cuando uno va y dice que está o se siente angustiado, lo que está diciendo es que permanece en ese desfiladero o abismo, y lo que siente es simplemente miedo, porque tanto desfiladeros y abismos son de siempre peligrosos.

Así que toda esta panoplia de disparates, horrores, guerras -todas injustas- antidisturbios cada vez más parecidos a los de los cómics de Moebius, catástrofes, baladronadas o majaderías emitidas por políticos de este u otro signo o de sus periodistas bien pagados, son -puedo afirmarlo sin temor- nuestros desfiladeros y nuestros abismos.

Y ahí permanecemos esperando nada.

O que alguien nos degüelle.

 

Así que ya sabéis por qué nunca reproduzco fotos de gobernantes, mandamases o propios; nunca reproduzco noticias (ni leo periódicos, ni escucho noticieros ni tengo TV)

en las que la mal llamada política tenga algo que ver ni comento nada de nada. Y es que es mejor leer y leer, aunque parezca que se olvidan textos

(que no se olvidan: simplemente quedan ahí, en el cerebro de uno, con sus alarmas conectadas).

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UN LIBRO INQUIETANTE: LA VEGETARIANA.

UN LIBRO INQUIETANTE: LA VEGETARIANA.

Hace ya bastantes días que acabé la lectura este libro (leído en sólo dos sesiones) de la coreana Han Kang y aún no he podido formarme una idea cabal de él, así que, en vez de comentarlo como suelo, lo que me haré -al igual que hace ella, según dice- serán preguntas, a ver si de esta forma consigo ver esta lectura en conjunto.

He de hacerme primero una pregunta indispensable: ¿Tengo algún tipo de prejuicio contra el vegetarianismo? Es una pregunta crucial, porque si no me respondo con claridad todas mis siguientes preguntas estarán condicionadas y -lo que es peor- mis respuestas -si las hubiere-, viciadas.

Mientras pienso esta cuestión he aquí los datos del libro que me ocupa: La Vegetariana, de Han Kang traducida al castellano por Sunme Yoon; editado por :Rata_ en Barcelona el año 2017; 223 páginas con un prólogo de Gabi Martínez más un epílogo y referencia de la traductora.

Bien, ya he decidido mi respuesta: No tengo prejuicios reseñables hacia el vegetarianismo, ni a favor ni en contra; tan sólo mis propias observaciones de este asunto a través de lecturas aquí y allá a lo largo de mi vida, ninguna experiencia personal al respecto y escaso conocimiento (en cantidad) de personas que sean vegetarianas o estén en vía de serlo, algunas bastante cercanas. Cierto es que me causa extrañeza el hecho de prescindir de algunos alimentos sin que medie razón médica y que me consta que, en realidad y exceptuando un vegetarianismo de orden religioso, esta actitud alimenticia se da sobre todo en países desarrollados, en general ahítos de todo.

Alguien puede pensar: “Pero eso que escribes ya es un prejuicio”, y yo le diré: “No: es sólo una observación inevitable”.

Ya en el título de este comentario (o cuestionario) incluyo una sensación que el libro deja: es un libro inquietante, no es fácil, ni una serie de propuestas fáciles, ni es tendencioso, ni juzga ni deja al lector solución alguna. Ni siquiera la protagonista explica nada: sólo emite algunos pensamientos que no son pensamientos sino sueños, y no muchos, así que no sabemos qué piensa ella, Yeonghye, la mujer que, de repente, decide no comer carne. Digo de repente porque así es o así parece puesto que nada sabemos del proceso (si lo ha habido) que le ha llevado a semejante decisión. No comer carne.

Ella, Yeonghye, no nos dice, pues, nada; la novela está narrada no por ella en primera persona, no por un narrador omnisciente en tercera persona o en primera, sino por tres personajes por separado: el marido, el cuñado y la hermana, cada uno su parte, que será o no objetiva, puesto que nadie cercano es objetivo del todo, así que estaremos en tinieblas preguntando. Como la autora. Como yo.

Otra de esas preguntas: ¿Por qué? ¿Existe un porqué claro al que podamos aferrarnos para entender a Yeonghye en su decisión? Y es que no es una decisión banal: su vida está en peligro, ¿pero acaso no está la vida de todos en peligro? He estado toda la semana pensando en este asunto del porqué y hoy creo que el porqué es la culpa, la Culpa. No quiero decir que todos los vegetarianos se sientan culpables: estamos hablando de un caso, de una novela, claro que las novelas no aparecen de la nada. Bueno. La Culpa.

¿Y qué culpa, qué es la culpa?

La mayor parte de nuestras sociedades se basan en ella, en la culpa, una culpa a veces muy determinada como es el caso del cristianismo, a veces imprecisa, a veces una mezcla de ambas, pero siempre una culpa oculta en la niebla de cada personalidad, y por tanto en cada sociedad, como una especie de sumatorio Σ de culpas, lo que parece suceder es que la culpa individual está durmiente y asumida inconscientemente y, a veces -lo mismo que sucede con la culpa social o cultural- despierta, se presenta al individuo en forma demoledora y puede llegar a ser una obsesión.

¿La culpa por depredación de otros seres vivos es cierta o es una forma de puentear la verdadera culpa que es la de asesinar a los de tu misma especie sea por medio de guerras directa o indirectas o dejar partes del planeta sumidos en la miseria para tu propio beneficio?

Creo que no podré contestar a esta pregunta, no al menos con precisión, y es que me lo impide un persistente pensamiento: ¿Cómo un humano puede sentir culpa al alimentarse de un ser que vivía hasta que alguien lo mató para él (y para más gente)? No es la muerte dada por el cazador que mata para comer, sino una muerte por delegación, una muerte no vista. En la muerte directa, el cazador expiaba de una u otra forma, ya sea pintando en las paredes de su cueva el hecho de la caza, ya ofreciendo una plegaria súbita, ya sacrificando parte del cadáver a los dioses de la caza. De manera que durante miles de años ha existido una necesidad de expiación en diversas culturas. Excepto en las que proceden del dios Único, de la ley hebraica, pues Dios da a los hombres el mundo con todo lo que contiene para que ellos lo aprovechen como quieran:

«Y Dios los bendijo, y les dijo Dios: “Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra”» (Gn 1, 28).

Y esta frase del Génesis que, desde siglos se ha interpretado casi literalmente, excepto en el sentido de la propiedad, que siendo del más fuerte, se dice proveniente de Dios (por la Gracia de Dios), pero en la misma Biblia, en el mismo Génesis, a la vez que Dios da el gobierno de la tierra a los hombres, da también la culpa, por serlo: su pecado original, hoy en día se lee como una especie de mandato divino que nos obliga a ser ecologistas (juro que no es un chiste fácil: voy escribiendo sin borrador a medida que voy pensando). Así que en la misma culpa ha de estar la expiación.

¿Y qué culpa arrasa la mente de Yeonghye que pertenece a otra cultura?

Bueno, Yeonghye no se expresa, como he dicho más arriba, en toda la novela excepto en unos pocos sueños que aparecen en cursiva, he aquí uno que me parece capital para dar respuesta a mi pregunta:

…el perro que me mordió está atado a la motocicleta de papá. Quemaron los pelos de su cola y me los pusieron en la herida de la pantorrilla, cubriéndolos con una venda. Tengo nueve años y estoy de pie delante de la puerta de casa. Es un caluroso día de verano. Aunque esté quieta estoy empapada en sudor. El perro tiene la lengua fuera colgando de la mandíbula y respira agitado. Es un perro blanco más grande que yo y muy bonito. Antes de que mordiera a la hija de su amo, era conocido en todo el barrio por su inteligencia.

Mientras lo chamusca colgado de un árbol, papá dice que no le pegará, pues había escuchado en alguna parte que la carne de los perros que mueren corriendo es más tierna. Papá pone en marcha el motor y la motocicleta comienza a correr. El perro también. Da vueltas por las calles haciendo siempre el mismo camino. Sin moverme, permanezco de pie ante la puerta viendo como el perro se va agotando poco a poco, resollando fuerte y con los ojos desorbitados. Cada vez que mi mirada se encuentra con sus ojos brillantes, los míos se agrandan.

“Perro malo, ¿cómo pudiste morderme?”

Al dar la quinta vuelta, sale espuma de la boca del perro y se escurre un hilo de sangre de la cuerda que amarra su cuello. Gime de dolor y corre arrastrándose. A la sexta vuelta, vomita una sangre negruzca. Sangra por el cuello y por la boca. Con la espalda bien derecha, observo cómo le corre la sangre mezclada con la espuma y cómo le centellean  sus ojos. Espero verlo aparecer en la séptima vuelta, pero veo en su lugar a papá que lo trae todo estirado en la parte de atrás de la motocicleta. Sus patas cuelgan inertes y sus ojos están abiertos y sanguinolentos.

Aquella noche hubo un banquete en casa. Vinieron todos los hombres del mercado a los que papá conocía. Como todos decían que debía comer la carne del perro que me había mordido para que se me curara la herida, yo también comí un bocado. En realidad, me comí un cuenco entero del guiso mezclado con arroz. Me llenó la nariz el olor a perro que las semillas de perilla no lograban tapar. Recuerdo sus ojos reflejándose en su sopa, los ojos con los que me miraba cuando vomitaba sangre con espuma. No me importó. De verdad, no me importó en absoluto.

Esto me recuerda la creencia recurrente de que en los ojos de la res muerta queda grabada la última imagen que ven: la del matarife y el dolor que les causa. Y también me recuerda un relato (novela corta, más bien) de Villiers de l’Isle-Adam, Claire Lenoir, que forma parte de la colección de cinco relatos bajo el genérico título Tribulat Bonhomet. La escena que recuerdo sucede cuando el doctor Bonhomet introduce en los ojos agonizantes de Claire unas extrañas sondas y, con ellas, veía con claridad al marido (Claire fue adúltera) portando en sus brazos la cabeza del amante, que previamente había cortado, mientras baladraba un espantoso canto de guerra.

Así que ¿qué vio Yeonghye en los ojos brillantes y desorbitados del perro poco antes de morir?

¿Cómo lo escondió durante años dentro de sí? ¿en qué dormido recuerdo?

¿Es ésta entonces una novela de expiación?

Quizá sí lo sea, quizá la repentina decisión de no comer carne con las tremendas consecuencias que ello conllevará en la vida de Yeonghye y en, posiblemente menor medida,  la de los tres personajes que la relatan, el marido, el cuñado y la hermana. Tengo en cuenta todo el rato el hecho de que los cuatro personajes, la narrada y los narradores son personas triviales, de vida anodina, casi aburrida, sin nada en la cabeza aparte de tópicos morales y ellos mismos, así que el desarrollo y desenlace del relato asume una importancia tremenda porque desde él se puede generalizar -yo no lo haré, pero se puede-, ya que el lector se da cuenta de que lo que sucede aquí, puede suceder en cualquier lugar y a cualquier persona.

Observo comentarios banales de nuevos vegetarianos sobre la crueldad con los animales sin llegar en ningún momento a la lógica conclusión de que toda vida conlleva muerte en ella, aparte de la muerte propia, pues todo lo que comemos (excepto los minerales aportados) son seres vivos que dejan de existir con nuestra existencia y que toda nuestra cultura de enterramientos consiste en evitar el propio destino natural nuestro que es, ni más ni menos, el de servir de alimento a otros seres, lo rodeemos de ritos, magias y religiones: bobadas encaminadas a convencernos de una trascendencia inexistente que nos distanciaría de los demás seres vivos de este planeta.

Bueno, no sé, la verdad es que tan sólo quería con este nimio comentario revelar la existencia de este libro de Han Kang, de su facilidad de lectura y su dificultad para presentarlo sin decir las consabidas tonterías tanto a favor de un vegetarianismo como en contra.

Vivimos unos tiempos borrosos, quiero decir que nada está bien definido: sustantivos, verbos, expresiones, todos ello descontextualizados pierden valor real; recurrimos constantemente a la hipérbole olvidando que hasta hace nada había oraciones más sencillas y definitorias; nada es ya bueno o mejor, incluso óptimo, sino fantástico, genial, fenomenal, genial y ese corto etcétera que conforma nuestro pobre lenguaje actual. Al mismo tiempo que perdemos lenguaje y capacidad aprehensiva nos pasamos gran parte del tiempo justificándonos y -lo que es peor- mostrándonos plenos de felicidad porque hacemos esta u otra jaimitada. Ni siquiera los vegetarianos se conforman con serlo, pues quizá les parezca el término poco expresivo: ahora son veganos, miran quizá por encima del hombro a los que devoran partes de cadáver y estos responden con absoluto desprecio o benevolencia forzada. Me temo que hemos perdido el sentido ya no sólo de las proporciones sino del humor: vivo poco en este mundo de imágenes programadas, pero noto que los chistes son cada vez más groseros y estúpidos y, normalmente, se limitan a reírse de los demás, del que no es como uno, sea espiritualista o materialista. Sólo queremos, ansiamos vehementemente ser felices olvidando que la felicidad es sólo una trampa más que nos impide vivir en la realidad y estar lo más cómodos en ella. O lo menos incómodos.

En esta novela no encontraréis nada de esto; creo que Han Kang sí ve el mundo pero no lo juzga. Seguramente por eso es tan inquietante este libro, del que he conseguido no contaros nada de nada: Para saber qué pasa en sus páginas no tendréis más remedio que leerlo o buscar a uno o una de esas que destripan una historia (tampoco se dice ya destripar, con lo preciso que era el verbo, ya veis). No soy yo uno de ellos.

Y ya lo dejo, pero con mi recomendación de que adquiráis este libro que tan rápido se lee y tan lento se digiere (por usar un término adecuado precisamente): Aprenderéis algo.

¿Qué?