DIKAIOSINE

DIKAIOSINE

Hace ya muchos años me agencié -no diré cómo- una píxide; en ella he ido susurrando, introduciendo secretos horribles, espantosos, criminales, hechos, acciones casi innombrables, terribles conspiraciones, palabras de muerte, palabras de traición. A veces, cuando me entero de que alguien malquerido agoniza contra una muerte irremediable me disfrazo de allegado o de sacerdote, transformo mi rostro en una máscara compungida y piadosa; tomo la píxide en mis manos, con sumo cuidado me acerco al lecho del moribundo aborrecido…

Entonces le tomo la mano casi yerta y le dejo ver en ese interior desolado; digo: “toma de este interior lo que quieras con dos dedos, míralo y cómelo: Es el Cuerpo de Dios”, y acerco su mano a los bordes de oro y sangre; “esto que te llevas será tuyo para siempre”.

Su muerte horrorizada…

Le doy la espalda y salgo: Casi soy feliz.

LAS COSILLAS DE LA IGLESIA CATÓLICA

   Ya que en mi otra cita latina  nadie ha corregido mi pequeña traducción, me animo a más y siguiendo con los cantos goliardos  (Carmina Burana) traigo esta divertida digresión (Seix Barral, 1978. pp.110, 112) osando traducir muy libérrimamente una vez más: Sed pues benevolentes.

INITIUM SANCTI EVANGELII SECUNDUM MARCAS ARGENTI

 

In illo tempore dixit papa Romanis: “Cum veneri lius hominis ad sedem maiestatis nostre, primun dicite: “Amice, ad quid venisti?”     At ille is perseveravit pulsans, nil dans vovis, eicite eum in tenebras exteriores!”

Factum est autem, ut quidam pauper clericus veniret ad curiam domini pape, et exclamavit dicens: “Miseremini mei salten vos, hostiarii pape, quia manus paupertatis tetigit me. Ego vero egenus et pauper sum, ideo peto, ut subveniatis calamitati et miserie mee”.

Illi autem audientes indignati sunt valde et dixerunt: “Amice, pauperas tua tecum sit in perditione. Vade retro, satanas, quia non sapis ea, que sapiunt nummi. Amen, amen, dico tibi: non intravis in gaudium domini tui, donec dederis novissimum quedrantem”. 

Pauper vero abii et vendidit pallium et tunicam et universa, que habuit, et dedit cardinalibus et hostiariis et camerariis. At illi dixerunt: “Et hoc quid est inter tantos?” Et eiecerunt eum ante fores, et egressus foras flevit amare et non habet consolationem.

Postea venit ad curiam quidam clericus dives, incrassatus, impinguatus, dilatatus, qui propter seditionem fecerat homicidium. Hic primo dedit hostiario, secundo camerario, tertio cardinalibus. At illi arbitrati sunt inter eos, quod essent plus accepturi.

Audiens autem dominus papa cardinales et ministros plurima dona a clerico accepisse, infirmatus est usque ad mortem. Dives vero misit sibi electuarium aureum et argenteum, et statim sanatus est.las

Tunc dominus papa ad se vocavit cardinales et ministros et dixit eies: “Fratres, videte, ne aliquis vos seducat inanibus verbis. Exemplum enim do vobis, ut, quemadmodum ego capio, ita vos capiatis”.

 

(las cursivas pertenecen a textos entresacados de textos míticos cristianos, biblia, evangelios y demás leyendas; lo demás textos intercalados por el o los escritores goliardos para dar el nuevo sentido al texto resultante. en mi traducción obviaré los distintos tipos: Resultará uno solo, homogéneo)

Traducción

 

PRINCIPIO DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCO DE PLATA

Dijo entonces el Papa a los romanos: “Cuando llegue el hijo del hombre a nuestra Sede primero decidle: “A qué has venido, amigo?” Y si él insiste llamando pero sin daros nada arrojadlo a las tinieblas exteriores.

Aconteció que cierto clérigo pobre llegó a la corte Papa y gritó diciendo: “Tened piedad de mí al menos vosotros, porteros del Papa, pues me ha herido la garra de la pobreza. Ciertamente soy pobre y necesitado, os pido por ello que aliviéis mi necesidad y miseria.”

Mas ellos, al oír esto se cabrearon pero mucho y le dijeron: “Váyase contigo tu pobreza a la perdición, amigo; atrás Satanás, pues no sabes lo que puede el dinero. en verdad, en verdad te digo que no gozarás de tu señor mientras no dieres hasta el último céntimo.”

De esta forma el pobre se marchó; vendió el manto, la túnica y todo lo que poseía y se lo dio a los cardenales, porteros y camarlengos, pero ellos dijeron: “Y qué es esto para tantos?” Y le echaron fuera, y fuera lloró amargamente sin hallar en nadie consuelo.

Más tarde llegó a la curia cierto clérigo rico, gordo, cebado y lustroso que en una revuelta había cometido homicidio. Éste dio en primer lugar al portero, en segundo al camarlengo y después a los cardenales, y ellos supieron que habían de recibir aún más.

Oyendo el Papa que los cardenales y criados habían recibido muchos regalos del tal clérigo enfermó a punto de muerte, pero el rico le envió un electuario de oro y plata, y al instante sanó. Entonces el Papa llamó ante sí a cardenales y criados y del dijo de esta forma: “Hermanos, velad porque nadie os seduzca con palabras vanas, pues mi ejemplo os doy para que, como yo recibo, también vosotros recibáis.”

 

Bueno, estas divinas palabras me han recordado inmediatamente aquel díptico de Ramón Irigoyen que tituló

Caridad cristiana:

Me diste una manzana

y las dos podridas.

 

 

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AUTORIDADES

 

Desde que recuerdo y de todas partes me han achacado problemas con la autoridad sumiéndome en un estado perplejo del que salí -afortunadamente- una vez consciente de mi propia juventud e individualidad.
Y es que yo siempre he sido muy respetuoso con la autoridad, por ejemplo, si necesito de la filosofía de la música acudiré puntual y devotamente a Eugenio Trías, si de mecánica cuántica, a Murray Gel-Mann; a Richard Dawkins si quiero saber algo de evolucionismo o etología o a Daniel Dennet si necesito alguna precisión sobre filosofía de la ciencia o detalle de la teoría de Darwin; del mismísimo Darwin si pretendo entender el mundo que me rodea o del que fue en su momento mi despertador a la vida, al materialismo y a la conciencia de mi propio ser, Epicuro de Samos. En fin, autoridades hay para cada cosa, como lo es constantemente el señor Pynchon en mi percepción anarquista de la sociedad o Harold Bloom en mis siempre escasos conocimientos literarios.
Entonces ¿a qué autoridad se refieren los que me achacan tal carencia de sentimientos hacia ella? ¿Quizás a la de Michael de Montaigne? No puede ser puesto que soy lector recurrente de sus deliciosos ensayos. ¿Kafka, Proust, Beckett, Shakespeare, Bach, Shostakovich, Newton, Lucrecio, Dante, Mann, Chéjov, Pope, Melville, Galdós, Flauvert,y ese larguísimo etcétera que va llenando mi vida haciendo que sepa dónde estoy, que conozca mi inanidad y no sufra por ello.
Si necesito saber algo que despierta mi curiosidad sé de autoridades que me ayudarán en mi búsqueda, por ejemplo, quiero saber de las aves que pasan en su migración por Estaca de Bares, nada más fácil: Tengo aquí mismo, a mano a Antonio Sandoval, ¿Necesito ampliar mis minúsculos conocimientos musicales? Luis ángel de Benito acudirá raudo a mi servicio. Así para tantas y tantas cosas, ésas que nos hacen realmente libres, en un sentido filosófico que es -siendo decepcionar a alguien- el único en el que se puede ser libre: Ya sabéis, la libertad tal y como se nos pretende presentar es tan sólo un anzuelo burgués, un señuelo, una quimera.
¿Entonces de qué autoridades me hablan, me acosan por todas partes?
¿Se refieren quizá a jueces, obispos, reyes, políticos, toda esa gente autoencumbrada? ¿a sus esbirros? ¿A todos ellos?
¿De qué son autores para proclamarse autoridad?
Porque con ellos, con esta gente, sí que tengo problemas, los he tenido y los seguiré teniendo.
Con el sistema patriarcalista, con las religiones, la obcecación y el fanatismo, con la letra con sangre entra, el miedo constante, la pérdida, la esclavitud, el engaño, los sistemas educativos (o adiestrativos, mejor), los dioses al fin, hechos a semejanza de la estupidez humana que aunque no sea sí parece infinita.

¿Un esbirro, llámalo policía, soldado, general, guardia, munícipe… es una autoridad? Venga ya; ¿lo es acaso un rey cuyo único mérito es vaginal? ¿Un juez que repite como engolado

Epicuro de Samos

Epicuro de Samos

loro lo que está escrito o lo que le ordenan repetir?

Estos, que nos acosan desde siempre con semejante concepto equívoco, sean presidentes, jefes militares, capitalistas ahítos de riquezas, papas, ulemas, y toda esa plaga enferma y paranoica que vampirizan el mundo no son autoridades de ninguna clase.
Son El Poder, y cuando te están diciendo que debes respetar a la autoridad te están diciendo que respetes el Poder, su poder, un poder basado únicamente en la violencia y el terror (leed a Hesíodo), el poder de las armas, de las leyes que en ellas se sustentan, el poder de la mentira, del asesinato, de las cárceles y torturas, el Poder que acalla y vence sobre las conciencias, el Poder que hace de las sociedades ganado y de las fronteras establos.
Ese poder yo no respeto, ni reconozco, ni acato sino por la fuerza de sus armas; con ese poder sí que he tenido problemas toda mi vida, y los tendré hasta que muera para ser nada, para ya no ser objetivo del Poder.
Si basáramos nuestros juicios, nuestras actitudes en una equilibrada mixtura de nuestra curiosidad, nuestro instinto social y de supervivencia y las autoridades que nos han precedido o que aún están entre nosotros no viviríamos subyugados, enajenados, ausentes.
¿Queréis que acabe este pequeño artículo con un par de soluciones? Pues no tengo, sólo sé que si uno no hace nada por sí mismo tampoco debe esperar que alguien lo haga por él o piense por él, y no me refiero a esa compulsión por adquirir juguetes, objetos, pequeñas miserias, sino sabiduría, ¿y cómo se adquiere esta sabiduría? Desde luego no acatando sistemas sin crítica, no suponiendo a otro saberes ni facultades que no tiene, no entregando a payasos mediáticos la propia individualidad y juicio porque “es más cómodo”.
Pensar, reflexionar todos los días un poco para empezar ya sería un gran paso.
Pero no se dará.
STEFANO BENNI: EL BAR DEL FONDO DEL MAR

STEFANO BENNI: EL BAR DEL FONDO DEL MAR

PRÓLOGO
No sé si me creeréis. Pasamos la mitad de la vida ridiculizando aquello en lo que los demás creen, y la otra mitad creyendo en aquello que los demás ridiculizan.
 
Caminaba una noche por la orilla del mar de Brigantes, donde las casas se asemejan a navíos hundidos, inmersos en la niebla y en los vapores marinos, y donde el viento da a las ramas de las adelfas lentos movimientos de algas.
 
No sabría decir si perseguía algo o estaba siendo perseguido: recuerdo que eran tiempos difíciles, pero yo, quién sabe por qué extraña razón, era feliz.
 
De improviso, del silencio oscuro salió un elegante viejo, vestido de negro, con una gardenia en el ojal, y al pasar cerca de mí se inclinó ligeramente. Me puse a seguirlo intrigado. Yo andaba a buen paso, pero me costaba seguirlo de cerca porque parecía que se movía volando a un palmo de la tierra, y sus pies no hacían ruido sobre la madera húmeda del muelle.
 
El viejo de detuvo un momento, trazando en el aire gestos con los que parecía calcular la posición de las estrellas. Luego asintió con la cabeza y empezó a descender una escalerilla que del muelle bajaba hacia las aguas oscuras.
 
— ¡Deténgase, Señor —grité—, no lo haga!
 
Pero el viejo no me escuchó, en un instante tuvo el agua hasta la cintura, y poco después desapareció.
 
Sin tardar, vestido como estaba, me lancé al agua. Estaba helada, y sobre el fondo cenagoso yacían basuras y cuerdas. Miré a mi alrededor buscando señales del hombre, y con gran maravilla vi, suspendido a pocos metros del fondo, un cartel luminoso con la palabra “Bar”. Hacia él se dirigía tranquilamente, caminando como un buzo, el viejo de la gardenia. Como en un sueño nadé también hacia aquel cartel que iluminaba el agua de azul.
 
Llegué así a una construcción incrustada de nautilos, con una puerta de madera. La puerta se abrió de pronto y el señor de la gardenia me tendió la mano. Tiró de repente de mí y enseguida me encontré en un bar acogedor, luminoso y lleno de clientes. Estaba decorado con muebles de diverso estilo, algunos de antiguo sabor marinero, otros exóticos, otros decididamente modernos. La barra parecía el costado de un barco, de tan lustrosa e imponente como era. Sobre el despliegue de botellas había un gran ojo de buey de cristal por el que se podían admirar árboles de coral y bancos de peces. Los clientes bebían y charlaban como en cualquier bar de tierra firme. Como se puede constatar en el dibujo de la portada, formaban el grupo más extravagante que yo había visto nunca. El camarero me hizo señas para que me acercara. Tenía una expresión irónica y su cara recordaba a aquélla de un famoso intérprete de películas de terror. Me ofreció un vaso de vino y me clavó una gardenia en el ojal.
 
— Estamos contentos de tenerlo entre nosotros —dijo en un susurro—. Le ruego que se acomode porque ésta es la noche en que todos los presentes contarán una historia.
 
Me senté y escuché los cuentos del bar del fondo del mar.”
Éste es el prólogo del libro de relatos de Stefano Benni (1947) que sólo me ha costado encontrar SIETE AÑOS Y PICO desde que un amigo me dio noticias de él y que por fin tengo en mis manos. ¿Quién es capaz de descartar la lectura de un libro que así comienza? Yo no, desde luego, así que en cuanto termine de escribir esta mi alegría por haber dado ¡ya era tiempo! fin a mi particular y trabajosa quête du grial me lanzo de cabeza a sus 207 páginas. Ya os contaré, pero adelanto que me gusta mucho Stefano Benni porque coincido con él en una especie de “alegre pesimismo”: Ninguno de sus textos me ha defraudado. ¡Tierra!, La compañía de los celestinos, Cómicos guerreros despavoridos, Los maravillosos animales de Extrañalandia y algunos más son los libros que de él he leído con placer y aprovechamiento; ahora tengo para mi seguro deleite El bar del fondo del mar, que no me defraudará, estoy seguro por las lecturas anteriores y por esa afinidad de carácter que nos une a Stefano y a mí, tanto que hice mía su cita de Passolini: Io non ho speranza ma sono en disposizione di dare speranza a qualcuno, soy como él un desesperado que busca esperanza para los demás, un pesimista que intenta transmitir la ironía de su propio pesimismo.
Y encima es un gran apasionado del jazz,tanto que desde 1999 dirige un ciclo internacional de este estilo. ¡Coño! es que es una especie de Boris Vian, en el pesimismo, la desesperanza ¡y el jazz! Y Boris Vian resulta ser otro de mis fetiches literarios y no el menos importante.
En fin, dejaré mi comentario al libro que tanto me ha costado encontrar puesto que lo descatalogó hace tiempo la propia editorial (¿quién sabe por qué?), y que al final estaba escondido en el almacén de una librería del norte de Madrid, cerca de la Plaza de Castilla, para otra ocasión , ya con las lecturas finalizadas y aprehendidas: Entonces os hablaré de este libro y un poco más de Stefano Benni.
Mentiría si dijera que no le he echado una ojeada por encima antes de ponerme a escribir aquí, por tanto, me he encontrado con el capitán Charlemont y la ballena de los mares del Sur, Matu-Maloa que por lo visto se enamora perdidamente del capitán y…
Pero ésa será otra historia.
LOS PÁJAROS

LOS PÁJAROS

¿Qué será de mí? escribió sobre el papel. Escribió, dejó caer la pluma en la mesa; se levantó; miró por la ventana: vio la ventana de enfrente del edificio de enfrente despintado del mismo color que su edificio.

Vio su muerte en la ventana de enfrente.

Vio su muerte mirándole; su muerte le miraba con un desdén lejano: huyó de la ventana. Se sentó; tomó la pluma; escribió: ¿Qué será de mí? Bloqueó mayúsculas; escribió: ¿QUÉ SERÁ DE MÍ?

Miró atentamente la pluma: la respuesta estaba oculta en ella. ¿Por qué no se la daba?

Pinchó en su mano: respuesta azul.

Azul…, pero sólo un momento. Todo se apagó, como la mar en la noche tempestuosa; sus pupilas se dilataron buscando luz, un faro en los placeles tenebrosos, una nota armónica que le mantuviera en equilibrio en un mundo sin márgenes.

Tenue amanecía en sus ojos cansados de asombro, un amanecer velado por calimas desgarradas, y en uno de los desgarros la ventana, y en la ventana, su muerte que estaba pero no estaba, y su pregunta al papel quedaba lejos, como anticuada. ¿Anticuada?

Temblaba, irreflexivo temblaba; querían los dientes escapar de sus alvéolos y se golpeaban entre ellos. Decidió quedarse quieto. Quieto, no moverse, no respirar. Respirar le asustaba. Veía a su muerte jugar con los recuerdos estarcidos por sobre la cama; tocaba su muerte un recuerdo y éste le dolía en la boca, en el pecho, en el estómago… Dependía del recuerdo por lo visto y aunque había decidido no moverse estaba mordiendo el canto de la mano izquierda, quizá para sujetarse los dientes que se iban; la sangre manaba dulcemente como en un hontanar: Su Sabor.

Los recuerdos de su muerte jugando a los recuerdos le traían palabras a la pluma; escribió: Oh sí, yo era un lobo que me comía a mí mismo, yo era un niño que devoraba lobos que me comían.

Miraba el papel, la tinta, los insectos de tinta, pero no entendía lo que escribía. “Recordar es no saber, pensaba, y escribió: RECORDAR ES NO SABER. Iba haciendo frases: ya tenía tres. Prisioneras. Y se levantó otra vez.

Y miró por la ventana; y no estaba allí: su muerte no estaba allí, se iba, se había ido. Se llevaba al lobo. Escribió: Soy la sombra de lo que soy; continuó: Mis llagas son reales pero no están; tachó; escribió: Siento mis llagas pero no recuerdo cuándo. Se levantó; fue al lavabo; mojó su rostro. el pelo, el cuello. Un dolor punzante entre su pecho y el cuello: no se movió. Pensó: “Soy una escolanía que canta la tristeza de ser niño: quisiera morir.” Pensó, pero trastabilló hasta la mesa; escribió: “La vida, la vida”.

El dolor como hielo, volvió; candente le atravesó el pecho: un mar aceitoso y tibio: el sueño del dolor le mecía en ese mar suavemente; su muerte estaba allí, entre las dulces olas; su  muerte le miraba, le estaba amando. Le dijo: “Tu vida, tu vida”.

Despertó un momento como si durmiera de una vigilia; añadió la séptima frase: “Nunca hice lo que quise”. Tachó; escribió: Nunca quise lo que hice.

Tachó; escribió: Los pájaros, los pájaros…

 

 

 

LA MUERTE DIFERIDA; LA INMORTALIDAD QUIZÁS

LA MUERTE DIFERIDA; LA INMORTALIDAD QUIZÁS

 

Todo libro necesario suele ser demoledor; tiene en sí esa sobrecogedora belleza que arrastra al lector bien hacia cumbres bien hacia los abismos; reconozco mi tendencia lectora y vital a los abismos aunque sepa y pueda apreciar y disfrutar de las cumbres, hace unas semanas, por ejemplo releí Viernes o los limbos del Pacífico (1967) de M. Tournier y no pude menos que dejarme llevar por una especie de nube optimista, sin embargo es de los otros de los que quiero hablar en este momento (en éste y en casi todos), libros como Lefeu o la demolición (1974), un libro terrible pero preciso y cierto de herr Jean Améry (1912-1978), o Contraluz (2006) de Mr. Pinchon (1937), que describe una realidad que nos ahoga desde hace ya cien años y que parece a punto de implosionar, o también la tremenda novela del señor Roberto Bolaño (1953-2003), 2666 (2004), de la cual todavía no he logrado recuperarme y mira que han pasado años de su lectura.
Hay más, no muchas pero todas absolutamente necesarias para entender nuestro mundo, nuestra cultura torpe y sangrienta, pero también delicada; egoísta y cruel, pero también filantrópica en sentido estricto, sin embargo hoy hablaré de una solamente, y es que acabo de leerla en dos tardes: Cero K
Cero K  (Seix Barral (2016) de Mr. Don DeLillo (N.Y. 1936) me la regaló muy acertadamente  un amigo que el jueves pasado dejó, por fortuna, de ser virtual y que había comentado aquí, en FB, que le había resultado imposible por el tratamiento del tema que trata. Yo, en una petite boutade le dije que quizá fuera una novela para leer “cuando notes que sopla el aliento frío de la parca tras la oreja”, como él bien me cita en su amable dedicatoria.
No he podido esperar tanto: Abrí el libro por su primera página y leí: Todo el mundo quiere apropiarse del fin del mundo. Esa sola frase resultó definitiva, y comencé a leer.
He de decir por adelantado que soy devoto de Don DeLillo, no por un aparente catastrofismo sino por esa especie de arcana ventanita que subyace en sus textos. Pero ¿de qué trata Cero K? De la muerte, claro, pero  no sólo de la muerte sino también de la soberbia del humano, del terrorismo, inducido o no, del militarismo como un juego que se escapará de las manos de sus patrocinadores tarde o temprano, de la estupefacción ante los hechos, ante las decisiones definitivas, de la ausencia, de la desaparición de nuestro mundo tal y como lo entendemos. De todo eso y de algunas cosas más.
Pero también de la humildad y del deseo (egoísta o no) de formar parte de un mundo futuro, de la tecnología que va a permitirlo, de una cierta ironía al describir esa tecnología, esa esperanza, esa seguridad en un futuro más o menos lejano.
De la conciencia.
DeLillo describe todo esto con seguridad, con su soltura de siempre, con su economía de palabras, su precisión y, ciertamente, con esa visión circular que tiene de las historias.
Cero K, así, sin cursiva se refiere al cero absoluto, a la temperatura teórica más baja posible, el punto de partida de la escala Kelvin que corresponde a los -273,15º celsius o los -459,67º fahrenheit, temperatura imposible según la tercera ley de la termodinámica. Según la mecánica clásica a esta temperatura las partículas carecen de movimiento y toda materia conocida se solidificaría, por tanto la novela se basa en una ficción física. ¿Acaso todo el libro es una gran ironía?
Artis, esposa de Ross Lockhart, un multimillonario principal inversor del proyecto Cero K padece un cáncer y decide ser criogenizada y esperar un futuro en el que su mal pueda ser curado; su marido, decide sin mediar enfermedad alguna seguirla a un mundo mejor que éste, o por lo menos libre de las plagas de éste; Jeffrey -hijo de Ross pero no de Artis- será testigo y narrador de todo el proceso, pero también del mundo que le rodea y, asimismo, narrador de ese mundo, nuestro mundo. Ése es el núcleo de la historia y a su alrededor van apareciendo todas esas pasiones o terribles aconteceres de que hablaba al principio.
De Don DeLillo aparte de esta fascinante novela que no puedo sino encarecer, recomendaré la lectura de Ruido de fondo (1985) y Mao II (1991) para ir introduciéndose en ese mundo aparentemente tenebroso y poco esperanzado, pero esta novela, Cero K escrita ya a una edad en otros chochean o se envanecen de sus “logros” -ochenta años, uno más que Thomas Pynchon, que tampoco parece chochear- es una maravilla, de verdad.
Leedla y quedad asombrados.

A LA VIDA BONA

De Juan Arañes poco puedo decir aparte de que nació según parece en Zaragoza, que estudió en Alcalá de Henares, fue maestro de capilla (1620-1626)en Roma (en la embajada de España, al servicio de Ruy Gómez de Silva y Mendoza de la Cerda, duque, príncipe y no sé qué cosas más ni falta que hace); que compuso dos libros para música el primero de los cuales se perdió quedando el segundo en que se contienen doce piezas hasta tres voces, unos “tonos humanos” (composiciones musicales profanas en lengua romance del s.XVII hispano en contraposición a los “tonos a lo divino”, de temática religiosa), y algunos villancicos (canciones populares de diversos temas y estrofas cantados por los villanos, habitantes de las villas medievales hispanas), el último de los cuales es esta chacona que traigo hoy -lluvioso día- antes de largarme con mi bici a echar piernas, y también que fue maestro de canto en la catedral de Seu d’Urgell (1627 -1634)
¿Otra chacona? Pues sí, ya veis: me gustan; además ésta (1624) canta a las alegrías de la vida, se burla de la sociedad y sus arquetipos; en ella aparecen putas, médicos, negros, gitanos y demás gentes que poblaban el universo del Siglo de Oro, tan dado a reírse de sí mismo y tan poco a lamentarse de sus desgracias, que eran muchas.
Ya he contado otras veces que la chacona hispana, antes de expandirse por Europa era una danza alegre, burlona las más de las veces y movida, no solemne y pausada como lo fue más tarde, en la que predomina el ostinato, ese ritmo constante que solía llevar la guitarra barroca rasgueada. Y hablando de ostinatos y ritmos machacones, me preguntaba ayer alguien si chacona no venía de machacona, cosa que no deja de tener su gracia pero que nos adentra en terrenos más que fangosos.
Quiero dejar aquí la letra de esta chacona estupenda de Aranés, pero al ser un poema largo lo voy a transcribir sin respetar las estrofas ni el verso puesto que podréis apreciar ambas cosas al escucharla:

Un sarao de la chacona / se hizo el mes de las rosas, / hubo millares de cosas / y la fama lo pregona: A la vida, vidita bona, / vida, vámonos a chacona.
Porque se casó Almadán, / se hizo un bravo sarao, / dançaron hijas de Anao / con los nietos de Milán. Un suegro de Don Beltrán / y una cuñada de Orfeo, / començaron un guineo / y acabólo una macona. Y la fama lo pregona: / A la vida, vidita bona, / vida, vámonos a chacona. 
Salió la cabalagarda / con la mujer del encenque, / y de Çamora el palenque / con la pastora Lisarda. La mezquina donna Albarda, / trepó con pasta [a] Gonzalo, / y un ciego dió con un palo, / tras de la braga lindona. Y la fama lo pregona: / A la vida, vidita bona, / vida, vámonos a chacona.

Salió el médico Galeno / con chapines y corales, / y cargado de atabales, / el manso Diego Moreno. El engañador Vireno / salió tras la traga malla, / y l’amante de Cazalla / con una moça de Arjona. Y la fama lo pregona: / A la vida, vidita bona, / vida, vámonos a chacona.

Salió Ganasca y Cisneros, / con sus barbas chamuscadas, / y dándose bofetadas/ Anajarte y Oliberos.
Con un satal de torteros, / salió Esculapio el doctor / y la madre del amor, / puesta la ley de Bayona.
Y la fama lo pregona: / A la vida, vidita bona, / vida, vámonos a chacona.

Salió la Raza y la traza / todas tomadas de orín, / y danzando un matachín / el Oñate y la Viaraza.
Entre la Raza y la traza / se levantó tan gran lid, / que fué menester que el Cid, / que bailase una chacona.
Y la fama lo pregona: / A la vida, vidita bona, / vida, vámonos a chacona.

Salió una carga de Aloe / con todas sus sabandijas, / luego, bendiendo alelixas, / salió la grulla en un pie.
Un africano sin fe, / un negro y una gitana, / cantando la dina dana / y el negro la dina dona.
Y la fama lo pregona: / A la vida, vidita bona, / vida, vámonos a chacona.

Entraron treinta Domingos / con veinte lunes a cuestas, / y cargó con es[as] zestas, / un asno dando respingos. Juana con tingo lo[s] mingos, / salió las bragas enjutas, /y más de quarenta putas/ huiendo de Barcelona. Y la fama lo pregona: / A la vida, vidita bona, / vida, vámonos a chacona.

Os dejo aquí la versión de la Capella Reial de Catalunya y Heperion XXI dirigida por Jordi Savall en una grabación de Alia Vox de diciembre de 2003, en la que oiréis entre otras la voz de la siempre recordada Monserrat Figueras (1942-2011).
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