UN LIBRO DE LILIANA PINEDA: EL HOMBRE DE BLANCO

Una de las muchas cosas que aprendí del maestro José Luis Pérez de Arteaga -tan ausente ya- es a no hablar o escribir en público de las cosas que no me han gustado, sea música, literatura o cualquiera de las artes, de manera que cuando escribo aquí o en otro foro es porque me ha gustado lo que he visto, escuchado o leído, en este particular caso va a ser un libro, el de una nueva amiga, no por reciente menos apreciada que es Liliana Pineda, doctora en ciencias políticas y abogada en ejercicio que además es escritora y que acaba de publicar un libro, creo que importante y necesario: “El hombre de blanco” en el que tanto ese “hombre de blanco” y demás personajes que aparecen en el texto lejos de ser una alegoría de la corrupción del dinero son personas reales apenas ocultas por la más elemental prudencia.
Yo que, como sabéis, vivo bastante aislado no he tenido ningún problema para poner nombre a algunos de los siniestros personajes que aquí aparecen, pero otra de mis normas cuando hablo de un libro es la de no desvelar nada de su interior sino de presentarlo como lectura atractiva o -como digo arriba- necesaria.
Y este libro de Pineda tiene las dos cosas, por él comprendemos -más que enterarnos- las tramas que existen para hacer desaparecer las enormes sumas de dinero robado o defraudado al Estado para aparecer más tarde (las que aparecen) en apariencia inocente, honrosa y, sobre todo, legal.
No es, como se puede suponer un libro amable u optimista, puesto que si lo fuera, si de alguna manera dulcificara los hechos sería un escrito en falso, y puedo asegurar que no lo es. De ninguna forma. Todo lo contrario, es un texto duro y valiente -yo no lo hubiera escrito ni sabiendo lo que sabe Pineda ni sabiendo, que no sé, escribir-, así que el que desee pasar el rato hará mejor en buscar en su librería una de polis o de eso que tan tontamente llaman novela negra nórdica, pero si lo que quiere el que me lee ahora es un libro real (que no realista), sin adornos ni medias tintas, he aquí el que necesita, un libro que por no adornar ni siquiera recurre a las técnicas literarias que embellecen los textos, y es que a éste no se le puede ni debe embellecer porque lo que describe es el mundo oculto,sucio, criminal (criminal de verdad, insisto, no de novela) y a lo que vemos y soportamos imposible de destruir.
Pero si hay alguna forma de destruir o defenderse de esta oscuridad, esta será la que escritoras como Pineda nos muestran con su arrojo, sabiduría y buen hacer.
Capítulos rápidos, sucintos, personajes conspicuos, sin paisajes ni descripciones nos adentran en estas tramas del lavado de dineros, sean provenientes de diversos tráficos o simplemente del expolio al Estado, tanto da.
Sabed que soy de esos tipos que ama la belleza, que piensa que es el modo y no el tema lo que hace arte, sí, pues debo reconocer que Pineda me ha hecho ver que hay excepciones: Su libro toma forma de novela, pero es un ensayo oculto: El tema es lo importante, así que os lo recomiendo, como siempre que recomiendo alguna cosa aquí, muy encarecidamente, y es que sé que nadie saldrá de esta lectura en la misma forma en que entró.

Liliana Pineda: “El Hombre de blanco”, editorial Dossoles, 2017

Portada de Enrique Flores

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VIDAS DE SANTOS

Pocos lo sabréis oh ignaros en las cosas de Dios y de la Santa Iglesia, pero resulta que un buen día, 17 de junio de 1603 nació en un lugar llamado Lecce, en la Apulia italiana un niño destinado a las más altas cotas de la santidad: José de Cupertino (o Copertino). Aunque he de insertar que Lecce, según mi más que sospechosa capacidad etimológica también tuvo el nombre Licium, es decir, urdimbre, nada hay en esta historia urdido sino que todo es verdad evidente autorizada por nuestra Santa Madre Iglesia.
En fin, el niño, estudiante, José era más bien poco entregado a los estudios, que le costaba aprobar el recreo, vaya (de ahí su patronazgo por los débiles mentales y los examinandos sin demasiada aplicación:”reza, hijoputa, reza ahora porque lo que es estudiar, ni hostias”, dice el famoso adagio, como mucho habréis escuchado alguna vez).
Eso sí, en clase soñaba, soñaba y soñaba, pero no en cualquier cosa, no en redondeces femeninas (ni masculinas, creo), no en la gloria militar, no en la acumulación de vanas riquezas temporales, simplemente soñaba, es decir, ni atendía en clase ni pensaba en algún futuro trabajo con el que ganarse el papeo; todo lo suspendía (atended bien a este verbo, oh amables lectores: suspender).
Habréis de convenir conmigo la genuina preocupación de papá y mamá con aquel niño, tan bueniño por otra parte, así que dada la aplicación que puso mamá en su cristiana educación lo presentaron en la Orden de frailes menores conventuales, algo chupado, sí, pero no lo admitieron. Por tarugo; lo intentó en otros hermanos menores, esta vez reformados: Ni del torno pasó, angelito. Los capuchinos, que ya era otro nivel casi hunden el convento de las risas ante la solicitud de semejante adoquín (tened en cuenta que entonces no había parlamentos donde acoger a esta gente), sin embargo lo aceptaron a prueba como lego: antes de un año ya estaba en la puta calle por inútil, y es que el trabajo…
Pero aunque -como dije- aún no había parlamentos sí existían ya los nepotismos varios (no vayáis al diccionario, amados lectores: enchufes), así que, teniendo un tío materno, Donato Caputo, ya metido en harina, pues era conventual, logró entrar como terciario y recadista en un convento franciscano de Grotella que, aparte de ser una blanca mariposa (ojo: sin alusiones) también era un lugar a las afueras de Copertino. Y ahí sí, ahí plantó bien lo suyo contra el suelo santo.
Muchas historias escucharéis de este santísimo varón: todas falsas, hacedme caso. El muchacho seguía sin amar el trabajo, el de recadista, menos aún así que siguió intentando evitarlo, y lo consiguió, vaya que sí; primero, por votación popular conventual (o sea que ya había votaciones: todo tiene un comienzo, no desesperéis los más jóvenes) le aclamaron como religioso franciscano en 1625, y es que como expliqué era bueniño, no daba la murga, no preguntaba insensateces ni pregunta alguna: Soñaba como se debe de soñar, con la mirada perdida en lo alto, los labios entreabiertos, como oferentes (pero sin mácula), la postura recatada y recogida, así que todo el mundo pensaba los mismo: “Hay que ver, José, lo que reza el tío: siempre rezando, ¡coño, un santo! eso es lo que es” Para que luego digan que los frailes no tienen el don profético: vaya si lo tienen, descreídos lectores, pero ya veréis, ya.
Después de su clamorosa entrada en religión y dado el futuro que entreveían sus colegas lo pusieron a estudiar para las órdenes mayores, para sacerdote, coño, que mira lo poco que sabéis de las cosas santas, pero nada ¿qué queréis que os diga, una mentira? Imposible aprobar, ¿qué dices aprobar si aún no sabía ni leer? Pero no desesperaba, ni él ni sus superiores convencidos de que el dedo (no todo, pero sí parte) de Dios le había marcado la frente, los ojos soñadores. Y es que José sólo sabía una cosa, pero eso sí, la sabía a fondo, deputamadre, y era: Bentitoelfrutodetuvientrejesús. ¿Una chorrada, verdad? Puede, pero ¿puede decir lo mismo todo el mundo? Bentitoelfrutodetuvientrejesús. No creo: de hecho a mí ya me parece un milagro, porque el caso es que eso es lo que le preguntaron, lo del vientre, y como nunca había pensado en ese vientre en el que todos (los varones heterosexuales y las simpáticas lesbianas pensamos), pues lo dijo: Bentitoelfrutodetuvientrejesús. 
¡Y aprobó! ¿Qué os decía? Un milagro.
Así que pasó a la siguiente fase, la definitiva, queridas y queridos, la que le encumbraría a las más altas cotas de vagancia justificada: ¡El sacerdocio! Y comenzando el examen (cosa nada baladí, en qué coño estáis pensando) y aprobando brillantemente cada uno de los examinandos (que sí habían estudiado a base de bien), uno, y otro, y otro, y así hasta el décimo más o menos, dijo el santo Presidente del Tribunal con la sabiduría que caracteriza a estas dignidades: “¿A qué seguir examinando a estas lumbreras, futuros faros de la Cristiandad, habiendo comprobado como hemos hecho con gran placer con los alumnos ya examinados? ¿Acaso no es prueba suficiente de la dedicación generosa a los estudios de todo este ilustre colegio?
Y dicho y hecho: Aprobado general. José era -hubiera sido- el próximo examinando: ¡Otro milagro! ¿O no?
De ahí en adelante, ya podéis imaginar, todo fue para arriba, pero literalmente.
Arriba, arriba.
Y es que así, de repente, a José, siempre a lo suyo, siempre soñando le dio por levitar. Sí, a levitar. ¿Acaso no es lo que hacen los sueños con los soñadores?
¿Y creéis que algo le inmutaba en sus sueños? Pues no, nada; quedaba en el éxtasis más absoluto, tanto que nada sentía, ni dolor siquiera, que le pinchaban y todo para comprobar si había tongo, y él, nada: lo de antes, los ojos perdidos, los labios oferentes, etcétera. Y le curraban, le quemaban con la llama de los santos cirios, le azotaban… De todo, vaya, pero él sólo bajaba de su viaje a la voz del superior del convento, cuando le decía al fin. “José, baja, que ya está bien y se está enfriando la puta sopa”. Y entonces abría del todo los ojos, los fijaba con santa mansedumbre en sus compañeros y se excusaba humildemente: “Perdonad, hermanos queridos, sin saber cómo me he debido de quedar traspuesto”
Y le perdonaban, claro.
Otra cosa fue cuando comenzó a despegar verticalmente, levitar, que es -para los que no estéis puestos en estas cosas santísimas- lo mismo que hace un Harrier de combate, pero sin ruido ni hostias y en plan buen rollito, sin bombas ni esas cosas. Entonces sí que hubo críticas algo más durillas: puta envidia, lo de siempre, pero la Iglesia todo lo comprueba, apunta y archiva, así que constataron al menos sesenta casos de levitación, y en cualquier  momento, cuando menos lo esperaban sus santos hermanos en Dios Nuestro Señor, tanto que le tuvieron que liberar del cargo de hebdomadario (ahora sí que vais a tener que ir al diccionario, que no todo van a ser facilidades), que era el único que ostentaba, con lo cual alcanzó al fin el sueño que soñaba cuando soñaba: No trabajar. Pero nada de nada, ni de hebdomadario del coro, que era un currillo de mierda: Pues ni eso: Sólo soñar y levitar, que parece una memez, pero probad a hacerlo pipiolos, ya me contaréis, que no vayáis a pensar que despegaba unos centímetros por encima de la falda (perdón, el hábito) o que un cíngulo (ésta la sabréis ¿no?) invisible lo elevaba con magia torticera, no, qué coño, volaba, despegaba como he dicho, como un Harrier y después volaba por sobre las santas cabezas de sus amadísimos cofrades: Ahí queda eso. Hasta el mismísimo Urbano VIII, algo capullo pero papa al fin, le vio. Y ya, para que comprobéis cómo los designios del Señor son insondables, un buen día el duque de Brunswinck-Lünenburg, que era un maldito protestante le vio levitar y acto seguido se convirtió a la Fe Verdadera. No faltaba más: Otro milagro.
Tantos fueron los milagros que me daría el alba (el alba de verdad, no la otra) relatándolos, y a gusto lo haría pero ya ha despejado la niebla; hace un sol estupendo así que voy a subir a mi bici a hacer unos kilómetros, que con esto del lumbago me he tirado una semana haciendo el vago (sin levitar, lamentablemente); sólo añadiré que, el 16 de julio de 1767, el Santo Padre Clemente XIII, le hizo, con gran razón santo de la Iglesia.
Así que, aparte de los memos y malos estudiantes, San José de Copertino es también patrón de los aeronautas (un abrazo, chicos) de los que , cagados de miedo, viajan en avión, más aún de los que lo hacen en estos vuelos de diez eurillos, que hay que  ver, y, en general, de los que distraídos caen por un acantilado, barranco o precipicio sin importar sexo ni condición.
Muchos de vosotros, oh escasos lectores, no podréis decir lo mismo. Y es que comenzando suspendiendo los exámenes acabó suspendido en el aire cual cernícalo divino.descarga

LIBERTAD

Hace un par de días tuve unas cuatro horas, como cien kilómetros de bici para pensar chorradicas y evitar de paso que algún hijoputa me mande al depósito; se piensa mucho encima de la bici, desde que “vaya mierda con la rodilla esta que ya me está jodiendo” hasta “va a votar la siguiente vez la puta que los parió”, cosas así, también, claro, “¡Coño, mira, un busardo buscando el papeo!”, o “dos arrendajos peleando por una rama”, y bueno, montones de paridas por el estilo.
Ayer, ya veréis, estaba más filosófico si acaso y estuve reflexionando queridas lectores (no es una errata: una simplificación que propongo a la RAE) sobre ¡Tchaaaaánnn! ¡La Libertad!
Pues sí, lo que decía, que iba yo dando pedal mientras subía hacia el Alto de San Cosme (quién coño sería ése) cuando comencé a pensar en eso, fíjate, la libertad: todo el mundo ha hablado de ella, unos y otros: “La verdad te hará libre”, sin ir más lejos, pero claro a mí, en ese momento no se me ocurría ninguna; “Independencia y libertad” (¿soy yo independiente?); “Libertad o muerte”; “La muerte os liberará” (¿Está jodido, eh?). Pero eso no es todo, que hay la hostia de libertades, desde la de colonias que a pesar de serlo te dan la libertad: “Sé libre con… “(¡Joder, no me sale ninguna marca de colonia ahora: sólo uso jabón Lagarto para mis cosas); la ropita también te hace libre, sobre todo a las chicas, que tanto lo necesitan; de los tampones, mejor no hablar: Eso sí que es libertad; también tenemos libertad a raudales con los espirituosos y sus diversas combinaciones, cervezas y todo el amplio catálogo alcohólico. Más allá de toda duda un buen aislante nos da no sólo libertad sino paz interior, que ya es de agradecer; ni quiero (ni puedo) enumerar la cantidad ingente de libertad que nos regalan los bancos porque habéis de saber (si no lo sabéis ya) que una imposición mínima de 175.000 euracos para arriba os producirá además del placer de hacerla la libertad del 2,9% de interés que no sólo es libertad sino la seguridad de un futuro más libre aún, más seguro y más chachi. además suelen regalas vajillas y cosas así; no sólo eso, sino la libertad de pagar cuando quieras, de obtener pasta sólo con el móvil, de disfrutar de un fin de semana en absoluta libertad allí mismo, en las Bahamas, la libertad de disponer de dinerito al instante y ya veremos cuándo abonas, la de comprar la casa de tus sueños… ¡Ay Señor! También tenemos la libertad que se consigue fácilmente con la compra y conducción del coche del año, del todo terreno que, ese sí, es el que te dará la libertad absoluta allá en el coño de la Bernarda, junto a un precipicio de la hostia mientras el sol amanece por poniente, que eso sí que es libertad se pongan como se pongan los geógrafos.
Gente: Hay tanta libertad, pero tanta que no entiendo de qué coño se queja la plebe. ¿De verdad quieres ser libre? Nada más fácil: sólo tienes que quererlo y quererlo ya para serlo, y da igual que seas más pobre que una rata puesto que ¿acaso siendo pobre no se es más libre? Ni siquiera tienes que levantarte para ir al curro. ¡Joder! ¿Qué más quieres?
En esto iba yo pensando cuando pasé cerca de una granja, ya sabéis, un sitio de esos que tanto dolor producen a las buenas gentes veganas y amantes de las bestias del campo, bueno, pues eso, que pasaba por allí, ya cuesta abajo (¡al fin!) cuando al instante vi la LUZ, vaya que tuve una revelación, no, Revelación, pues era el mismísimo Dedo De Dios (¡Las tres Des, tíos!) el que iluminaba mi perecedero y predecible cerebro atravesando incluso el casco: Somos tan, pero tan libres en este mundo nuestro que regalamos libertad a las demás especies. ¿Que no?
¿Acaso, niñas y niños que hasta aquí habéis llegado no sabéis que hasta hay huevos de gallinas criadas en libertad, es decir, y a riesgo de parecer reiterativo, somos libres para comer huevos de gallinas libres.
Lo dejo ya, se me están saltando las lágrimas y hasta los empastes.descarga
DIKAIOSINE

DIKAIOSINE

Hace ya muchos años me agencié -no diré cómo- una píxide; en ella he ido susurrando, introduciendo secretos horribles, espantosos, criminales, hechos, acciones casi innombrables, terribles conspiraciones, palabras de muerte, palabras de traición. A veces, cuando me entero de que alguien malquerido agoniza contra una muerte irremediable me disfrazo de allegado o de sacerdote, transformo mi rostro en una máscara compungida y piadosa; tomo la píxide en mis manos, con sumo cuidado me acerco al lecho del moribundo aborrecido…

Entonces le tomo la mano casi yerta y le dejo ver en ese interior desolado; digo: “toma de este interior lo que quieras con dos dedos, míralo y cómelo: Es el Cuerpo de Dios”, y acerco su mano a los bordes de oro y sangre; “esto que te llevas será tuyo para siempre”.

Su muerte horrorizada…

Le doy la espalda y salgo: Casi soy feliz.

LAS COSILLAS DE LA IGLESIA CATÓLICA

   Ya que en mi otra cita latina  nadie ha corregido mi pequeña traducción, me animo a más y siguiendo con los cantos goliardos  (Carmina Burana) traigo esta divertida digresión (Seix Barral, 1978. pp.110, 112) osando traducir muy libérrimamente una vez más: Sed pues benevolentes.

INITIUM SANCTI EVANGELII SECUNDUM MARCAS ARGENTI

 

In illo tempore dixit papa Romanis: “Cum veneri lius hominis ad sedem maiestatis nostre, primun dicite: “Amice, ad quid venisti?”     At ille is perseveravit pulsans, nil dans vovis, eicite eum in tenebras exteriores!”

Factum est autem, ut quidam pauper clericus veniret ad curiam domini pape, et exclamavit dicens: “Miseremini mei salten vos, hostiarii pape, quia manus paupertatis tetigit me. Ego vero egenus et pauper sum, ideo peto, ut subveniatis calamitati et miserie mee”.

Illi autem audientes indignati sunt valde et dixerunt: “Amice, pauperas tua tecum sit in perditione. Vade retro, satanas, quia non sapis ea, que sapiunt nummi. Amen, amen, dico tibi: non intravis in gaudium domini tui, donec dederis novissimum quedrantem”. 

Pauper vero abii et vendidit pallium et tunicam et universa, que habuit, et dedit cardinalibus et hostiariis et camerariis. At illi dixerunt: “Et hoc quid est inter tantos?” Et eiecerunt eum ante fores, et egressus foras flevit amare et non habet consolationem.

Postea venit ad curiam quidam clericus dives, incrassatus, impinguatus, dilatatus, qui propter seditionem fecerat homicidium. Hic primo dedit hostiario, secundo camerario, tertio cardinalibus. At illi arbitrati sunt inter eos, quod essent plus accepturi.

Audiens autem dominus papa cardinales et ministros plurima dona a clerico accepisse, infirmatus est usque ad mortem. Dives vero misit sibi electuarium aureum et argenteum, et statim sanatus est.las

Tunc dominus papa ad se vocavit cardinales et ministros et dixit eies: “Fratres, videte, ne aliquis vos seducat inanibus verbis. Exemplum enim do vobis, ut, quemadmodum ego capio, ita vos capiatis”.

 

(las cursivas pertenecen a textos entresacados de textos míticos cristianos, biblia, evangelios y demás leyendas; lo demás textos intercalados por el o los escritores goliardos para dar el nuevo sentido al texto resultante. en mi traducción obviaré los distintos tipos: Resultará uno solo, homogéneo)

Traducción

 

PRINCIPIO DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCO DE PLATA

Dijo entonces el Papa a los romanos: “Cuando llegue el hijo del hombre a nuestra Sede primero decidle: “A qué has venido, amigo?” Y si él insiste llamando pero sin daros nada arrojadlo a las tinieblas exteriores.

Aconteció que cierto clérigo pobre llegó a la corte Papa y gritó diciendo: “Tened piedad de mí al menos vosotros, porteros del Papa, pues me ha herido la garra de la pobreza. Ciertamente soy pobre y necesitado, os pido por ello que aliviéis mi necesidad y miseria.”

Mas ellos, al oír esto se cabrearon pero mucho y le dijeron: “Váyase contigo tu pobreza a la perdición, amigo; atrás Satanás, pues no sabes lo que puede el dinero. en verdad, en verdad te digo que no gozarás de tu señor mientras no dieres hasta el último céntimo.”

De esta forma el pobre se marchó; vendió el manto, la túnica y todo lo que poseía y se lo dio a los cardenales, porteros y camarlengos, pero ellos dijeron: “Y qué es esto para tantos?” Y le echaron fuera, y fuera lloró amargamente sin hallar en nadie consuelo.

Más tarde llegó a la curia cierto clérigo rico, gordo, cebado y lustroso que en una revuelta había cometido homicidio. Éste dio en primer lugar al portero, en segundo al camarlengo y después a los cardenales, y ellos supieron que habían de recibir aún más.

Oyendo el Papa que los cardenales y criados habían recibido muchos regalos del tal clérigo enfermó a punto de muerte, pero el rico le envió un electuario de oro y plata, y al instante sanó. Entonces el Papa llamó ante sí a cardenales y criados y del dijo de esta forma: “Hermanos, velad porque nadie os seduzca con palabras vanas, pues mi ejemplo os doy para que, como yo recibo, también vosotros recibáis.”

 

Bueno, estas divinas palabras me han recordado inmediatamente aquel díptico de Ramón Irigoyen que tituló

Caridad cristiana:

Me diste una manzana

y las dos podridas.

 

 

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AUTORIDADES

 

Desde que recuerdo y de todas partes me han achacado problemas con la autoridad sumiéndome en un estado perplejo del que salí -afortunadamente- una vez consciente de mi propia juventud e individualidad.
Y es que yo siempre he sido muy respetuoso con la autoridad, por ejemplo, si necesito de la filosofía de la música acudiré puntual y devotamente a Eugenio Trías, si de mecánica cuántica, a Murray Gel-Mann; a Richard Dawkins si quiero saber algo de evolucionismo o etología o a Daniel Dennet si necesito alguna precisión sobre filosofía de la ciencia o detalle de la teoría de Darwin; del mismísimo Darwin si pretendo entender el mundo que me rodea o del que fue en su momento mi despertador a la vida, al materialismo y a la conciencia de mi propio ser, Epicuro de Samos. En fin, autoridades hay para cada cosa, como lo es constantemente el señor Pynchon en mi percepción anarquista de la sociedad o Harold Bloom en mis siempre escasos conocimientos literarios.
Entonces ¿a qué autoridad se refieren los que me achacan tal carencia de sentimientos hacia ella? ¿Quizás a la de Michael de Montaigne? No puede ser puesto que soy lector recurrente de sus deliciosos ensayos. ¿Kafka, Proust, Beckett, Shakespeare, Bach, Shostakovich, Newton, Lucrecio, Dante, Mann, Chéjov, Pope, Melville, Galdós, Flauvert,y ese larguísimo etcétera que va llenando mi vida haciendo que sepa dónde estoy, que conozca mi inanidad y no sufra por ello.
Si necesito saber algo que despierta mi curiosidad sé de autoridades que me ayudarán en mi búsqueda, por ejemplo, quiero saber de las aves que pasan en su migración por Estaca de Bares, nada más fácil: Tengo aquí mismo, a mano a Antonio Sandoval, ¿Necesito ampliar mis minúsculos conocimientos musicales? Luis ángel de Benito acudirá raudo a mi servicio. Así para tantas y tantas cosas, ésas que nos hacen realmente libres, en un sentido filosófico que es -siendo decepcionar a alguien- el único en el que se puede ser libre: Ya sabéis, la libertad tal y como se nos pretende presentar es tan sólo un anzuelo burgués, un señuelo, una quimera.
¿Entonces de qué autoridades me hablan, me acosan por todas partes?
¿Se refieren quizá a jueces, obispos, reyes, políticos, toda esa gente autoencumbrada? ¿a sus esbirros? ¿A todos ellos?
¿De qué son autores para proclamarse autoridad?
Porque con ellos, con esta gente, sí que tengo problemas, los he tenido y los seguiré teniendo.
Con el sistema patriarcalista, con las religiones, la obcecación y el fanatismo, con la letra con sangre entra, el miedo constante, la pérdida, la esclavitud, el engaño, los sistemas educativos (o adiestrativos, mejor), los dioses al fin, hechos a semejanza de la estupidez humana que aunque no sea sí parece infinita.

¿Un esbirro, llámalo policía, soldado, general, guardia, munícipe… es una autoridad? Venga ya; ¿lo es acaso un rey cuyo único mérito es vaginal? ¿Un juez que repite como engolado

Epicuro de Samos

Epicuro de Samos

loro lo que está escrito o lo que le ordenan repetir?

Estos, que nos acosan desde siempre con semejante concepto equívoco, sean presidentes, jefes militares, capitalistas ahítos de riquezas, papas, ulemas, y toda esa plaga enferma y paranoica que vampirizan el mundo no son autoridades de ninguna clase.
Son El Poder, y cuando te están diciendo que debes respetar a la autoridad te están diciendo que respetes el Poder, su poder, un poder basado únicamente en la violencia y el terror (leed a Hesíodo), el poder de las armas, de las leyes que en ellas se sustentan, el poder de la mentira, del asesinato, de las cárceles y torturas, el Poder que acalla y vence sobre las conciencias, el Poder que hace de las sociedades ganado y de las fronteras establos.
Ese poder yo no respeto, ni reconozco, ni acato sino por la fuerza de sus armas; con ese poder sí que he tenido problemas toda mi vida, y los tendré hasta que muera para ser nada, para ya no ser objetivo del Poder.
Si basáramos nuestros juicios, nuestras actitudes en una equilibrada mixtura de nuestra curiosidad, nuestro instinto social y de supervivencia y las autoridades que nos han precedido o que aún están entre nosotros no viviríamos subyugados, enajenados, ausentes.
¿Queréis que acabe este pequeño artículo con un par de soluciones? Pues no tengo, sólo sé que si uno no hace nada por sí mismo tampoco debe esperar que alguien lo haga por él o piense por él, y no me refiero a esa compulsión por adquirir juguetes, objetos, pequeñas miserias, sino sabiduría, ¿y cómo se adquiere esta sabiduría? Desde luego no acatando sistemas sin crítica, no suponiendo a otro saberes ni facultades que no tiene, no entregando a payasos mediáticos la propia individualidad y juicio porque “es más cómodo”.
Pensar, reflexionar todos los días un poco para empezar ya sería un gran paso.
Pero no se dará.
STEFANO BENNI: EL BAR DEL FONDO DEL MAR

STEFANO BENNI: EL BAR DEL FONDO DEL MAR

PRÓLOGO
No sé si me creeréis. Pasamos la mitad de la vida ridiculizando aquello en lo que los demás creen, y la otra mitad creyendo en aquello que los demás ridiculizan.
 
Caminaba una noche por la orilla del mar de Brigantes, donde las casas se asemejan a navíos hundidos, inmersos en la niebla y en los vapores marinos, y donde el viento da a las ramas de las adelfas lentos movimientos de algas.
 
No sabría decir si perseguía algo o estaba siendo perseguido: recuerdo que eran tiempos difíciles, pero yo, quién sabe por qué extraña razón, era feliz.
 
De improviso, del silencio oscuro salió un elegante viejo, vestido de negro, con una gardenia en el ojal, y al pasar cerca de mí se inclinó ligeramente. Me puse a seguirlo intrigado. Yo andaba a buen paso, pero me costaba seguirlo de cerca porque parecía que se movía volando a un palmo de la tierra, y sus pies no hacían ruido sobre la madera húmeda del muelle.
 
El viejo de detuvo un momento, trazando en el aire gestos con los que parecía calcular la posición de las estrellas. Luego asintió con la cabeza y empezó a descender una escalerilla que del muelle bajaba hacia las aguas oscuras.
 
— ¡Deténgase, Señor —grité—, no lo haga!
 
Pero el viejo no me escuchó, en un instante tuvo el agua hasta la cintura, y poco después desapareció.
 
Sin tardar, vestido como estaba, me lancé al agua. Estaba helada, y sobre el fondo cenagoso yacían basuras y cuerdas. Miré a mi alrededor buscando señales del hombre, y con gran maravilla vi, suspendido a pocos metros del fondo, un cartel luminoso con la palabra “Bar”. Hacia él se dirigía tranquilamente, caminando como un buzo, el viejo de la gardenia. Como en un sueño nadé también hacia aquel cartel que iluminaba el agua de azul.
 
Llegué así a una construcción incrustada de nautilos, con una puerta de madera. La puerta se abrió de pronto y el señor de la gardenia me tendió la mano. Tiró de repente de mí y enseguida me encontré en un bar acogedor, luminoso y lleno de clientes. Estaba decorado con muebles de diverso estilo, algunos de antiguo sabor marinero, otros exóticos, otros decididamente modernos. La barra parecía el costado de un barco, de tan lustrosa e imponente como era. Sobre el despliegue de botellas había un gran ojo de buey de cristal por el que se podían admirar árboles de coral y bancos de peces. Los clientes bebían y charlaban como en cualquier bar de tierra firme. Como se puede constatar en el dibujo de la portada, formaban el grupo más extravagante que yo había visto nunca. El camarero me hizo señas para que me acercara. Tenía una expresión irónica y su cara recordaba a aquélla de un famoso intérprete de películas de terror. Me ofreció un vaso de vino y me clavó una gardenia en el ojal.
 
— Estamos contentos de tenerlo entre nosotros —dijo en un susurro—. Le ruego que se acomode porque ésta es la noche en que todos los presentes contarán una historia.
 
Me senté y escuché los cuentos del bar del fondo del mar.”
Éste es el prólogo del libro de relatos de Stefano Benni (1947) que sólo me ha costado encontrar SIETE AÑOS Y PICO desde que un amigo me dio noticias de él y que por fin tengo en mis manos. ¿Quién es capaz de descartar la lectura de un libro que así comienza? Yo no, desde luego, así que en cuanto termine de escribir esta mi alegría por haber dado ¡ya era tiempo! fin a mi particular y trabajosa quête du grial me lanzo de cabeza a sus 207 páginas. Ya os contaré, pero adelanto que me gusta mucho Stefano Benni porque coincido con él en una especie de “alegre pesimismo”: Ninguno de sus textos me ha defraudado. ¡Tierra!, La compañía de los celestinos, Cómicos guerreros despavoridos, Los maravillosos animales de Extrañalandia y algunos más son los libros que de él he leído con placer y aprovechamiento; ahora tengo para mi seguro deleite El bar del fondo del mar, que no me defraudará, estoy seguro por las lecturas anteriores y por esa afinidad de carácter que nos une a Stefano y a mí, tanto que hice mía su cita de Passolini: Io non ho speranza ma sono en disposizione di dare speranza a qualcuno, soy como él un desesperado que busca esperanza para los demás, un pesimista que intenta transmitir la ironía de su propio pesimismo.
Y encima es un gran apasionado del jazz,tanto que desde 1999 dirige un ciclo internacional de este estilo. ¡Coño! es que es una especie de Boris Vian, en el pesimismo, la desesperanza ¡y el jazz! Y Boris Vian resulta ser otro de mis fetiches literarios y no el menos importante.
En fin, dejaré mi comentario al libro que tanto me ha costado encontrar puesto que lo descatalogó hace tiempo la propia editorial (¿quién sabe por qué?), y que al final estaba escondido en el almacén de una librería del norte de Madrid, cerca de la Plaza de Castilla, para otra ocasión , ya con las lecturas finalizadas y aprehendidas: Entonces os hablaré de este libro y un poco más de Stefano Benni.
Mentiría si dijera que no le he echado una ojeada por encima antes de ponerme a escribir aquí, por tanto, me he encontrado con el capitán Charlemont y la ballena de los mares del Sur, Matu-Maloa que por lo visto se enamora perdidamente del capitán y…
Pero ésa será otra historia.