CARGO CULT

Estaba yo tranquilamente escribiendo un relato que quizás acabe o quizá no, que eso nunca se sabe siendo yo el escribiente, cuando me ha dado en pensar la enorme cantidad de chorradas en las que cree plebe y capos de plebe, es decir, todocristo, y más en estos días en los que el éxito, la prosperidad, el amor y la felicidad está al alcance de cualquiera que merodee por las sociales redes, claro que si se comienza creyendo en la Santísima Trinidad y demás coñas, el camino está más que trillado para cualquier cosa,  ¿acaso no cree cada cual en las promesas de su político preferido? Es más, gentes hay que creen que si hacen esto o lo otro, no comes aquello pero sí eso de allí, vivirán milenios, y otros -muchos más- que sometiéndose a ciertas normas y actitudes, lo harán eternamente, siendo que lo eterno, según ellos mismos es lo que no tiene fin, pero tampoco principio, así que no sé muy bien cómo harán para llevar a buen fin sus creencias.

Dios

A mí me gustan todas: unas me hacen mucha gracia y otras menos, por tristes, más que todo; la actual fe en la Felicidad es de las que me hacen gracia, la antigua en la Libertad, pesadumbre, la de los dioses bondadosos me produce pérdidas de orina, en cambio veo muy bien la de los dioses enfadados e intransigentes, que a menudo son los mismos.

¿Y a qué viene esto?

Pues como siempre, a nada, simplemente me he acordado de uno de los últimos dioses existentes, Cargo*, que es dios proveedor: no se cabrea, ni exige cuentas, ni promete eternidades, pero sí bienes materiales: comida, armas, gafas, ropa… esas cosas.

Es posible que haya quienes conozcan a este dios, que es Dios, más o menos lo mismo que otros dioses, y también es posible que haya quienes no tengan pajolera idea de ello, y mira que es un buen culto: sólo hay que mirar para arriba y esperar, en realidad, como todas las religiones, ¿no?

Durante la Segunda Guerra Mundial, tras el ataque japonés a los gringos, el Pacífico se llenó de soldados; generales y políticos también había, pero estaban lejos y tomaban café. Pues bien, algunos de estos soldados llegaron a Melanesia, desembarcaron en algunas de las islas y establecieron en ellas sus bases contra otros soldados que también tenían generales y políticos y estaban lejos y tomaban café, así que plantaron sus tiendas, sus prefabricados para oficiales y, sobre todo, sus equipos de radio y sus antenas.

Hembra reclamando

Los que vivían allí, que no eran soldados y a los que nadie había preguntado qué les parecía el asunto aquel de la guerra, no salían de su asombro: jamás habían visto tanta gente haciendo tantas cosas, así que observaron, ¿y qué vieron? pues que una vez establecidas las radios y las antenas, los extranjeros esperaron y, a la de un tiempo indeterminado (lo indeterminado es el mejor principio religioso) enormes pájaros muy ruidosos, aparecieron en el cielo y dejaron tras de sí unos enormes regueros de cajas que bajaban tranquilamente a tierra colgando como de unas sombrillas o algo así, ¿y qué había en estas cajas? Pues lo dicho: comida, armas, etc, etc, lo cual no dejó de maravillar a los isleños expectantes.

Radio y antenas; sacerdotes rezando

Y pasaba otro tiempo, y se afanaban los extranjeros con sus cajas y sus antenas y ¡oh sorpresa! volvían a aparecer en el cielo los enormes y rugientes pájaros, que volvían a sembrar el suelo de estupendos regalos. La cosa estaba clara: aquellos extranjeros tenía un dios poderoso y nutriente y lo traían para ellos exclusivamente, para que vieran su poder y lo siguieran a través de los siglos. De manera que cuando los extranjeros se marcharon los isleños se pusieron a reproducir radios y antenas. Y aviones, que no eran más que aviones hembras que servirían de reclamo cuando los aviones machos -los enviados de Cargo- volvieran a pasar atendiendo sus ruegos las vieran y soltaran sus regalos, ¡oh Dios munificiente!

Y así siguen: esperando hasta que Dios considere la prueba superada y les favorezca, puesto que los extranjeros blancos desaparecerán y sus poderes les serán transmitidos de manera que los días felices habrán llegado, y la tierra será un paraíso en el que no existirá la esclavitud del trabajo, ni la carestía ni la miseria.

Festividades religiosas

En los tiempos de la Revelación apareció en las islas Vanuato un blanco que se presentó en la extraña lengua: I am John from America, así que tan esperanzadora religión que no habla ni de castigos ni de vidas eternas ni cosas tan lejanas sino de la abundancia sobre la tierra tiene su santo: Jon Frum, y una festividad: la del 15 de febrero en el calendario de los extranjeros.

Las gentes creyentes en la Verdadera Religión (que son todas, como es de esperar) me diréis: “cosas de salvajes ignorantes que se creen cualquier cosa” ¿a que sí? “Supersticiosos salvajes a los que hay que salvar”… Cosas de esas diréis, oh creyentes, incluso habrá quienes aboguen por un justo y esmerado exterminio, como el de los cátaros pero a lo bestia: “¿queréis aviones? ya os vamos a dar aviones…”.

No será la primera vez.

Pero, oh creyentes de la Verdadera Religión: Todas las religiones son espejos. Unas de otras: espejos cóncavos y convexos, como en las atracciones.

Rogando a la hembra para que atraiga al macho

¿Por qué no os miráis en ésta?

 

 

 

 

 

*Cargo: cargamento.

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PEDRO GARFIAS: UN SONETO

Diecisiete años tenía yo cuando en Monterrey (México) murió Pedro Garfias; dos años después, un viejo anarquista, limpiabotas en Vitoria, me fue leyendo un poemario suyo que me impresionó, no por su calidad literaria -yo sólo era un recién llegado a la poesía- sino por lo emocionante que me pareció. Busqué -inocentemente- algún libro suyo en librerías y bibliotecas sin encontrarlo, tampoco pude dar con alguien que reconociera haberle leído o simplemente haber oído hablar de él: la censura funcionaba muy, muy bien en España, así que tuve que esperar algunos años hasta que di con su primer libro, mejor dicho, un libro en que, entre otros figuraba él: Homenaje de despedida a las Brigadas Internacionales, en una edición facsimilar de 1978 que por ahí andará y en la que aparecen poemas, además de los suyos, de Machado (Antonio, claro), Altolaguirre, Gilalbert, Serrano Plaja, Hernández y algunos otros que ahora no recuerdo. Luego fui consiguiendo otros libros aquí y allá, sobre todo allá, en México, aunque aquí, hoy en día se pueden encontrar ediciones bien facsimilares, bien nuevas, por ejemplo, las de Biblioteca de Rescate (2001) y otras de la editorial Renacimiento (Sevilla).

Garfias nació en Salamanca, así que fue español aunque en España pocos poquísimos sepan de él, y eso sucedió en 1901, así que vivió sesenta y seis años, de los cuales veintiocho los pasó en el exilio, primero en Francia, en los campos de concentración, luego en Inglaterra donde castigó duramente a su hígado y escribió su  libro Primavera en Eaton Hasting, pues fue allí, en Eaton Hasting, en un castillo donde vivió un tiempo añorando a Margarita, su compañera, y bebiendo con gran sed; de allí, y con el dinero que Margarita le envía vuelve a Francia para -con la documentación recién conseguida gracias a ella- embarcar en El Havre en el buque Sianica con rumbo a México y en la compañía de otros ocho mil españoles, su amigo Juan Rejano entre ellos; allí, en la mar pergeña el bello poema que terminará en la hospitalaria tierra mexicana, Entre España y México (“Qué hilo tan fino, qué delgado junco / nos une y nos separa / con España presente en el recuerdo, / con México presente en la esperanza.”). Así que sus primeros libros en el exilio serían el ya citado y De soledad y otros poemas (1941).

Garfias se sumó al movimiento poético más importante del s.XX, el Ultraísmo; conoce y colabora con Huidobro, Gómez de la Serna, Cansinos-Assens, y de Torre y con estos dos últimos firma el manifiesto vanguardista Ultra; colabora, en fin, con Machado, Jiménez, Lorca o Guillén, etc, es decir, la generación del 27, pero al contrario que otros participa activamente en la defensa de la República con el grado de capitán y el cargo de comisario político que le dura poco -pues es destituido- hasta el final, la derrota y el exilio, como ya he dicho.

Garfias en un recital

En México desarrolla en cinco años (43-48) casi toda su actividad siendo nombrado Secretario del director de Departamento de Acción Social de la Universidad de Monterrey, cargo del que será retirado a causa de su ya definitivo alcoholismo que le hace vagabundear por diversos lugares de México, bebiendo  y viviendo (no muy bien) de sus conferencias y recitales.

Lo mataron el alcohol y la nostalgia, y lo terminará de matar el olvido en que vive España, el olvido político, literario y estético, la sumisión a la historia de los fascistas de entonces y de ahora, siempre, claro, que no se ponga remedio y se comience a retomar su obra poética, a recuperarla de los viejos anaqueles y, sobre todo, a gozarla, pues es -como escribí arriba- emocionante y de una belleza trágica. Y para que quien no haya leído nada de Garfias he seleccionado sólo un soneto, un único poema que nunca he podido olvidar y que espero que no sea olvidado.

 

Mis ojos guías de ideal seguro,

mis pasos huellas de camino incierto,

y este nunca cansado río oscuro

con su latir de can siempre despierto.

 

Atrás la sima y en la frente el muro,

el mecanismo de la sangre abierto,

entre la niebla y el relumbre puro

me duele el corazón de no estar muerto.

 

Con temblorosa, ávida mano, un poco

de sombra y luz moldeo, esculpo acuño,

de la vida inmortal que no he vivido.

 

Vengo, voy, retrocedo, avanzo loco,

mientras pretendo retener a puño

la sombra de la sombra de un olvido.

                                                                                                 

 

 

FASCISMO

Que no soy nacionalista, que nacionalismo, patria y religión están a galaxias, universos de mí, que los tres conceptos no me causan sino temor y desprecio, es cosa sabida puesto que muchas veces lo he afirmado desde estas u otras páginas; miedo al vacío, a la muerte como fin único, a la sumisión ciega de poblaciones completas, a las frases hueras pero venenosas. Al silencio.
¿Y no es silencio este que nos ahoga?
Nacionalistas o no, catalanistas o bocazas cuyo único pecado es expresar libremente sus ideas o amagos de ideas o, simplemente, estupideces; expresar, como digo apoyándose en un código vigente que las protege, lo mismo que protege el derecho a la educación, vivienda, salud y dignidad.
Remedando a Inger Christiansen, el Código existe, las normas de comportamiento ciudadano existen, las palabras existen.
¿Y para qué?
Para repetirlas hasta la saciedad con -como decía Krahe, de acusador recuerdo- con lenguas de serpiente hasta vaciarlas de contenido, hasta que transgredirlas pase desapercibido, hasta que el código completo sea cosa fútil, papel mojado y podre.
Hasta hoy, de momento.
Gente en la cárcel, queridas y queridos, en la cárcel sin cometer delito contra ningún código, perseguidos con saña, insultados. En la cárcel, no por expoliar, prevaricar, sobornar, traficar con mujeres o menores, tomar las armas, matar, golpear, delinquir, sino por expresar unas ideas con las que personalmente no puedo estar de acuerdo, pero tampoco estoy de acuerdo con otras cosas y no por ello exijo prisiones perpetuas, o la aplicación de código de Hammurabi que ya tiene casi cuatro mil años y parece que no ha pasado el tiempo, es más, el código de Hammurabi, la llamada Ley del Talión, contemplaba ya la presunción de inocencia, y también contemplaba la inmutabilidad de la Ley una vez escrita, o impedía su lectura caprichosa, es decir que no sólo parece que no ha pasado el tiempo sino que estamos muy por detrás de Hammurabi.
Y gente que se alegra de la prisión de los demás, de sus conciudadanos, que piden más prisión, más esbirros, más palo, más represión, porque, queridas y queridos, cuando se exigen penas para los demás las estáis exigiendo para vosotros mismos, que para eso os están manipulando tan eficientemente.
Fascismo se llama eso.
Gente que calla ante las muestras de despotismo, que en su vacío interior busca razones para la violencia estatal, que ríe o aplaude o se envuelve en banderas o, simplemente piensa: A mí no me va a pasar.
Por otra parte también me he enterado de lo de las banderas a media asta a causa de una muerte que nunca ocurrió, pero no por las que ocurren a diario, o las que se ocultan bajo zanjas en las carreteras o las de los suicidas por desahucio, y me he enterado también del esperpento legionario del cuerpo ministerial.
Y me he tomado la muy desagradable molestia de visionar el vídeo en que energúmenos legionarios, militares de carrera, populacho y ministros del gobierno cantaban esa ordinariez grosera en la que todos se declaran novios de la muerte con la ministra de defensa que -supongo- será novia de la muerte sin decidirse -lo mismo que el resto de espantajos- a ser esposa y abrazarse a ella, a la muerte definitivamente. No.
Pero no quiero que penséis que lo tomo a broma o a risa histérica, no, porque no es una broma, un esperpento sí, pero no una broma; es simplemente un acto de poder, un aviso de lo que vendrá, un gobierno que nos está diciendo a quién se abraza y con qué armas cuenta mientras el pueblo emocionado aclama la idea de la muerte, la de los demás, claro está, la de la muerte del pensamiento y la cultura, la de las cunetas. Vuestra muerte: eso es lo que os dicen: Vuestra muerte o vuestro silencio; eso queremos y eso obtendremos, y no hay método inane ni obstáculo que nos lo impida, y estamos aquí, cantando porque nuestro es el poder y vuestra la amargura, la soledad y el silencio. Y es que nosotros somos los portadores de la muerte y vosotros, los verdaderos destinados a ella.
Podéis llamarlo como os de la gana, pero sólo tiene un nombre: Fascismo, y está aquí, y en España recibe el nombre de Nacionalcatolicismo.
Pero siempre se puede seguir siendo ciegos y sordos, pero sobre todo, sumisos.

DIÁLOGOS EN EL BELVEDERE

El otro día, penando yo los efectos de la atorvastatina en mi sangre inocente, va, y sin un rumorcillo excepto el leve aleteo (iba a escribir ‘aleve’ pero aún no he bebido tanto como Rubén (Darío, claro), aunque estoy en ello), va, digo, y se me presenta en el ventanal de mi belvedere (¡de nuevo!) el mismísimo Paráclito, así que le digo, “joder Paráclito, me has dado un susto de cojones”; me dice, “¿no te alegras de verme? mira que ya no estoy enfadado contigo, hasta aquello de suponer que mi sobrenombre, Consolador, tenía que ver con los dildos ha terminado por hacerme gracia, ya ves”; “vaya, Para, ¿te importa que llame Para? ¿no? bueno, pues ya que estamos ¿quieres un café?; que sí, me dice moviendo un poco las alas y dejando caer sobre mi suelo un plumoncillo evanescente.
Y nada, que  hago café y sirvo uno para Él y otro para mí (me pongo en minúscula porque es deber de todo anfitrión encumbrar al invitado aunque no se le haya invitado y porque no me gusta hablar mayestático), y nada, así charlando de cosas dispares se nos iba pasando la tarde que, anda, cómo llovía. Me dice en una de esas, “mira tío, esto que te digo, no vayas a tomarlo como una declaración ni nada de eso, pero ya que estamos en confianza te diré que me siento así, como muy solo, ya sabes, todos los creyentes con el Jesucristo arriba y abajo, novelas, cuentos… hasta películas le hacen, y todo porque era un jipi, ya ves, o el Viejo, siempre en las nubes, siempre enfadado y en guerras estupendas con mucha sangre y todo eso, sobre todo cabreado con los judíos que se la pasan discutiendo con Él y quejándose de de todo, pero a mí, ni puto caso, tío, tú solo te acuerdas de mí, para reírte, eso sí, pero al menos te acuerdas ¿no tendrás un whiskicito, eh?”, “¿Malta o Jameson?”, “Jameson, que es irlandés y producto católico y serio”; le pongo un vaso “¿tu no bebes?”, “tengo que salir mañana con la bici, Para, que tú con las alas y eso de dejarte llevar por due venti no sabes de qué va”. ¿Due venti? ¿eso no era del cura ese traviesón? ¿cómo era? Ah, sí, Antonino, el de Griselda, me caía bien, pero al Viejo, fatal y al final lo arruinó al pobre: mucho Tres en Uno, pero ni nos preguntó ni al jipi ni a mí, y mira cómo son las cosas, cuando el jipi se liaba con mujeres y todo eso no decía ni Pamplona, ciego que estaba por Él, ya sabes y a mí, que me den, Consolador y esas bobadas, en vez de estar en las trincheras matando moros y rojos y lo que sea con tal de pasar el rato, que mira que hay rato de sobra”, dice, y lo le digo, “venga, Para, para, que te lanzas y me das dolor de cabeza, que tú no estas para guerras, Para, que esas cosas son del Viejo, como dices, Para; lo tuyo, tío es el amor, ¿o no?”, y me salta, “¿Amor? sí claro, eyaculaciones secas, telepolvos, ¡joder!, hasta al jipi le lavaban los pies; a mí, ni hostias, coño, y ya te digo, de coño, ni tocar pelo”.
Y parecía enfadado, pero qué leches enfadado, si yo le notaba como algo que no sé, como si me estuviera vacilando, a lo espiritusanto, claro, porque de repente va y suelta todo seguido:
¿”Un altro caffé, another coffee, qa’vIn, ein weiterer Kaffee, un altre cafè, قهوة أخرى, outro café, 另一杯咖啡, otro café, 別のコーヒー, кофе, још једну кафу, o altă cafea, beste kafe bat, kahawa nyingine, alius capulus, en annen kaffe, en anden kaffe…?” Y seguía con el jodido café, y voy y le digo, “coño, Para, ¿pero sabes lenguas?
Le noté un brillo en los ojillos negros y, aunque parezca imposible una como sonrisa de coña…
Dice: “Pues claro, Tales, estuve en Babel, no recuerdas?
A veces me cae bien el Paráclito: tiene salero.

el Para en plan coña

UNA REFLEXIÓN SOBRE LAS JUBILACIONES: EL DÍA SIGUIENTE

Admiro al dios de judíos y cristianos, vaya esto por delante, ese dios siempre enfadado con sus hijos y ausente patrón de jubilados.
¿Os habéis fijado de que ese dios, vuestro dios, Dios, vaya, trabajó seis únicos días -destajista, eso sí- y no ha vuelto a currar en toda su puta vida? De ahí que del que no curra, el rico, el obispo, se dice: “vive como Dios”.
Y es cierto.
Un rey (sí, esos dos que todos tenéis en mente) sólo trabaja -y no mucho- el día de lajuradebandera, y se acabó: Dios está con él; los ricos lo hacen en su infancia acatando y deseando una rápida muerte a sus padres; una vez herederos, ¡nunca más!, de los obispos y cardenales, ¿qué decir? Dios también está con ellos.
¿Y los políticos, nuestros políticos?
Siete años se han puesto para dormir en parlamentos varios, que si se perpetúan allí digo yo que será por estar con los amigotes ahorrando y acumulando para su digna vejez, que no ha de ser por amor al trabajo que desconocen. Una vez los despegan de sus asientos ya se pueden jubilar, ¿no? Y qué jubilaciones, qué mimo estatal y administrativo se les dedica por sus pasados desvelos entre siesta y siesta: Dios también está con ellos.
¿Y nosotros, y vosotras? ¿qué pasa con vosotras y nosotros?
Pues está muy claro: contradecís la ley de vuestro Señor Dios y os da por trabajar cuarenta años, ¡cuarenta, joder! no seis días, no uno, no los simbólicos siete, no nunca. ¿Cómo coño queréis que Dios esté con vosotros, almas de cántaro, si os empeñáis en llevarle la contraria?
Es por eso que el ministro ese tan excesivo patán cuyo nombre no he logrado retener dice que las pancartas de los jubilados no servirán para nada; será patán el ministro, sí, pero sabe una cosa: Dios está con él, y a vosotras que os den lo mismito que a nosotros, queridas.
Algún alma más avispada se habrá fijado en que más arriba escribo “vuestro Dios” y no “nuestro Dios”; he de aclararlo ahorita mismo: Soy el único apóstata que conozco y, sin embargo buen lector de las Sagradas Escrituras, por eso, y a sabiendas de que ni Dios iba a estar conmigo ni yo con Él y que, por tanto mi jubilación hispana iba a ser miserable, he procurado trabajar lo menos posible durante toda mi vida.
Y aquí, cabreado como unas pascuas.
(abajo: Dios enseñando las manos para mostrar 
que no la hila)

aquí, un jubilado

GRANDES IDEAS MÍNIMAS

Charlaba el otro día de esto y aquello, ya sabéis y, entre una cosa y otra, llegué a una conclusión, como mínimo, extraordinaria (aunque no tanto para los que me conocen bien), ésta:

“De pura pereza, prefiero que alguien me asesine a tener que morirme yo mismo.”

Ya sé que es una frase de Tales de Emilito que hago mía; eso sí, por favor que mi asesino no me salga un chapuzas.

LA INTELIGENCIA NACIONALISTA: UNA ANÉCDOTA.

De todos los nacionalismos, los que mejor conozco de cerca, digamos que en mis carnes, son el español y el vasco; el más peligroso es -cosa clara- el español que, además de ser el que más tradición acumula, está armado hasta los dientes y tiene bajo las cunetas de España sus más hondas raíces, así que de ese nacionalismo no diré nada más (de momento).

El vasco, el nacionalismo vasco, digo, me pilla más de cerca y, aunque no le he sufrido como el español sí que lo he tenido que soportar de muy diversas formas, sobre todo en su carácter curil y su desapacible sentido del humor, sin embargo tengo una anécdota familiar que cuento de vez en cuando a mis amigos y que siempre nos hacer reír un montón; es ésta:

Toda mi familia es -como saben algunos- de Mundaka, unos marinos y otros simplemente pobres y, por tanto, emigrantes, sin ir más lejos mis abuelos, tanto maternos como paternos pertenecieron a esta última clase, de manera que mi madre y alguna tía nacieron en México y otros, en La Argentina, mi tío Paco, uno de ellos, era de hecho, argentino.

Pero también era nacionalista (vasco, por supuesto), un nacionalismo romántico*, que así empiezan todos, de bosques, montes y praderas, de costas, playas y acantilados, todos ellos vascos, vascos, vascos; era también  mi tío apocado, buena gente y gruñón, así que durante la primera dictadura franquista, aún simpatizando, no militó más que circunstancialmente, pero cuando comenzó la segunda -la de ahora- decidió que ya era hora de formar parte del Partido (el PNV, por supuesto: Dios y Leyes Viejas), así que apoyado por los frailes benedictinos de Estibaliz, pues era meapilas y amigo de curas mi querido (querido de verdad: me llevaba bien con él) tío quiso ser admitido en las filas del dicho Partido (que habría sido Único si las cosas hubieran sido diferentes: quizás alguien escriba alguna vez esta distopía).

Pasó el tiempo, demasiado, quizá incluso para las cosas de Palacio, más aún con todo un monasterio benedictino como fuerza de aval y apoyo y, una vez, pasó el suficiente, mi tío recibió una terrible negativa que lo dejó en deplorable estado, pues no, no y no lo podía entender. ¿Y sabéis por qué mi pobre tío no fue admitido en tan deseadas siglas?

Ni en treinta vidas podríais imaginarlo así que os lo diré: Porque no era español, sino argentino, y aunque os parezca raro de cojones, para ser  (entonces, que ahora no sé ni me importa) del Partido Nacionalista Vasco ¡había que ser español!

Si esto no es divertido no sé ya que hacer para alegraros el día, coño, ni Tip & Coll, ni Faemino & Cansado, príncipes del humor absurdo hubieran podido concebir un chiste como éste, así que ya me diréis.

 

 

JAUN GOIKUA ETA LAGI ZARA (grafía antigua) DIOS Y LEYES VIEJAS

 

* Lo peor del romanticismo fueron los nacionalismos; no hay cosa más repugnante que un alemán cantando un lied sobre los susodichos campos, praderas, florecillas silvestres o truchas mientras se prepara para arrasar el mundo en general, y si no, escuchad esto: son los nazis, que nunca se fueron y, sin irse, aquí están de nuevo.