EL PRECIO DE LA CARNE: FÁBULA MÍNIMA SOBRE LA DEUDA Y EL MERCADO.

Un hombre, agobiado por una pesada deuda, acude a unos comerciantes de carnes y les ofrece carne humana a cambio del dinero ausente; llegan a un acuerdo; paga a sus acreedores…

El hombre, frente al espejo, enjabona su cara, afila en el cuero la navaja y se afeita meticulosamente; se lava y seca su rostro…

Limpia con cuidado la navaja y, una vez lista, se corta limpiamente la garganta.

OTRA DE PERROS (PERDÓN: PERROS Y PERRAS)

¿A que habéis en alguna ocasión oído como los perros vecinos se quedan colgados ladrando en la noche?
¿A que no sabéis por qué, almas de cántaro?
Un perro, de repente y sin que nadie sepa por qué dice en medio de la noche:
-Guau, guau, guau.
Y a la de poco, otro contesta desde ve a saber dónde:
-Guau, guau, guau.
Entonces el primero repite:
-Guau, guau, guau,
Y el otro:
-Guau, guau, guau.
Y así un montón de tiempo sin variación alguna ni de melodía ni compás ni tonalidad ni motivo argumental. Sin embargo, parece que puede haber variaciones, a veces a lo largo de varias noches y muy raramente en la misma noche.
Os pondré un ejemplo más cercano, con mis perras, que son más de confianza: inopinadamente el perro del vecino va y dice (siempre cuando estás cogiendo el sueño):
Perro del Vecino: -Guau.
Mi perra Martes: -Guau.
PV. –Guau.
M. –Guau.
PV. – Guau.
M. –Guau.
Y así sucesivamente…
O bien:
PV. –Guau, guau, guau.
M. – Guau, guau, guau.
Y mientras tú te vas desvelando ellos se van quedando colgados de la frase, siempre la misma.
¿Y de qué coño hablan? os preguntaréis lo que habéis llegado hasta aquí. Pues mira, os lo voy a decir, que para eso llevo años estudiando lenguaje, semiología, semiótica y semántica canina, con el corazón en la mano os lo digo, que menudas ojeras me ha dejado esta ardua investigación. Bueno, al avío, y traduzco:
PV. –Guau, guau, guau (soy Chusqui, soy Chusqui, soy Chusqui).
M. – Guau, guau, guau (soy Chusqui, soy Chusqui, soy Chusqui).
Lo mismo: así tres horas. ¿Y por qué Martes dice “soy Chusqui”? Pues ni idea, pero a lo mejor es que hablan en plazos largos, porque al día siguiente o dos días después comienza Martes:
M. –Guau, guau (soy Martes, soy Martes).
PV. –Guau, guau (soy Martes, soy Martes).
Así que supongo que al cabo de un mes ya saben cómo se llaman las dos, y a la de varios meses, dónde viven, qué comen, qué tal es el señorito y demás intereses caninos.
Además, hay variaciones, por intrusión de terceros; ahora, por ejemplo tenemos dos perras, Martes, la vieja, y la joven Flaca que hasta ahora mantenía la boca cerrada, pero este año ya interviene. Muy suelta ella ahora que ya hay confianza con el perro del vecino:
PV. –Guauguau, guauguau?
M. –Guauguau, guauguauguau.
F. –Guauguauu.
Etc.
Como veis, esto ya es más complicado, pero al final he podido traducirlo para vosotros y para la ciencia en general. Así:
PV. –Guauguau, guauguau? (¿de dónde vienes, de dónde vienes?).
M. –Guauguau, guauguauguau (manzanas traigo, manzanas traigo)
F. – Guauguauu (traemos).
PV. –Guauguau, guauguau? (¿de dónde vienes, de dónde vienes?).
M. –Guauguau, guauguauguau (manzanas traigo, manzanas traigo)
F. – Guauguauu (traemos).
Y así siguen durante largo rato sin poder llegar a ninguna parte: colgadas.
Antes no sabía qué hacer, excepto cabrearme y perder el sueño, claro, pero ahora mis largas horas de estudio ha dado su fruto, así que nada más fácil: Me asomo a la ventana, y digo (no demasiado alto para que no me oiga el perro del vecino):
-¡Chuchas, a la cama!
Entonces oigo como dos suspiros aliviados mientras las dos se meten en su casita.
A la de nada, están fritas.

JUANA INÉS DE LA CRUZ: POEMAS DE AMOR

He comprado hace unos días un ejemplar de “Un amar ardiente”, de Sor Juana Inés de la Cruz, del cual no obtengo sino placer constante, de manera que hablaré sucintamente de él aún con la certeza de que a pocos puede importar lo que se diga de un libro de poemas.
Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, inteligencia precoz y gran curiosidad intelectual elegió profesar religión por librarse de marido y amo y por amor a las letras, y lo hizo en la orden de san Jerónimo. Como no tengo intención de hablar de su vida ni de su obra remito al lector curioso a cualquier enciclopedia o al mismo google que, salvo las inexactitudes habituales dará noticia de ambas.
Esta colección de poemas que en la primera edición de Francisco De las Heras aparecen salteados aquí y allá con el fin de no escandalizar al lector no pudiendo leerse sino intercalados con otros poemas de muy distinta índole, sin embargo, De las Heras advierte:
 
“O el agradecimiento de favorecida y celebrada, o el conocimiento que tenía de las relevantes prendas que a la señora virreina dio el cielo (…) causó e la poetisa un amar a su excelencia con ardor tan puro, como en el contexto del libro ira viendo el lector.”
 
Debiendo entender quizá como “puro” en un mundo de amor casto, pero lo cierto es que Juana Inés se enamoró de Maria Luisa, condesa de Paredes y virreina consorte de México, y su amor fue -casto o no- correspondido.
 
Y es que, como consignó su primer biógrafo, el padre Calleja, sor Juana Inés era guapa, y así le pareció extraño que tomara ella los hábitos por “lo singular de su erudición junto con su no pequeña hermosura”.
 
No me extenderé sino para decir que en estos cincuenta poemas hay de todo, desde los primeros intentos de seducción hasta la separación sucedida por ser llamados los virreyes a Madrid con los interregnos de amor declarado, enfados por los celos (la virreina era autoritaria y celosa) y amorosas reconciliaciones como sucede en cualquier relación amorosa.
 
Los (o las, que será lo más probable) que os decidáis a adquirir este libro veréis cómo a veces Juana Inés disfraza el nombre de la condesa con heterónimos, alias o apodos a la moda como Lisys, Filis, Lísida, etc, e incluso con nombres masculinos como Fabio, adjetivos como señor mío, etc.
 
Sus versos están escritos en su mayoría en un lenguaje claro, aunque hay alguno de un culteranismo bellísimo (49), por ejemplo, estos que cierran el poema (11 de esta edición):
 
“Y a vos, beso el zapato
la más inmediata suela;
que con ese punto en boca
sólo, callaré contenta.”
 
del principio de la relación lo mismo que estos, maravillosos, del poema 7:
 
“…y no yo, pobre de mí,
que ha tanto que no te veo,
que tengo, de tu carencia,
cuaresmados los deseos,
la voluntad traspasada,
ayuno elentendimiento,
mano sobre mano el gusto
y los ojos sin objeto.”
 
O estos, defendiéndose de los celos:
 
“Reina de las flores eres,
pues el verano mendiga
los claveles de tus labios,
las rosas de tus mejillas…”
 
“Baste ya de rigores,
hermoso dueño, baste;
que tan indigno blanco
a tus sagrados tiros es desaire.”
 
O éste (50) en la distancia, ya ida la virreina a Madrid:
 
“Ya que para despedirme,
dulce idolatrado dueño,
ni me da licencia el llanto
ni me da lugar el tiempo,
háblente los tristes rasgos,
entre lastimosos ecos,
de mi triste pluma, nunca
con más causa justa negros…”
 
Pero he querido recoger entero el que más me impresiona de todos siendo todos los que me impresionan, el soneto (39) que, como dice el epiǵrafe de De las Heras, “En que satisface un recelo con la retórica del llanto”:
 
Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como tu rostro y tus acciones vía
que con palabras no te persuadía
que el corazón me vieses deseaba;
Y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía:
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste;
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos,
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.”
 
 
Y si alguien ha llegado hasta aquí ha de ser porque le interesa la siguiente noticia:
 
“Un amar ardiente”. Poemas a la virreina
Sor Juana Inés de la Cruz
“Un amar ardiente”. Poemas a la virreina
Compilación de Sergio Téllez-Pon
Flores Raras. Madrid, 2017.
 
En el retrato, Juana Inés a los quince años.
DIOSES DEL BAZTÁN

DIOSES DEL BAZTÁN

Hace ya muchos, muchos, años, estaba yo con mi compañero de internado y amigo Richi allá, a la orilla del río Baztán en una tarde de calurosa primavera, sentados sin pensar en nada, sin hablar de nada, escuchando el rumor del agua apacible, los destellos de los primeros insectos, el vuelo de las aves, un martín pescador a ras de agua: un rayo irisado…
En la orilla de enfrente, ligeramente escarpada se materializó la figura de una vaca, una rubia, más concretamente, con la cabeza a ras de suelo triscando la fresca yerba de la ribera resbalando casi en la pendiente; le dije a Richi:
-Como siga así, caerá al río.
-Sí -dijo con ensoñadora indiferencia-.
-Se la llevará la corriente: ahí cubre bastante.
-Puede -No estaba Richi muy charlatán aquella tarde-.
-¿Le avisarías si pudieras?
-No sé cómo, no creo.
-Pero se ahogará…
-Una vaca menos, además a ti te da asco la leche, ¿no?
-Sí, pero…
La vaca no cayó al fin, siguió triscando hacia arriba hasta que desapareció; Richi se había tumbado del todo, las manos bajo el cogote: Estaba frito, coño, hasta roncaba débilmente. Yo seguí a mis cosas, es decir a pensar nada en absoluto, a mirar sin analizar lo que veía; creo que mirar ha sido mi razón de ser, pero entonces aún no lo sabía, claro: tenía sólo catorce años, la cabeza llena de libros y ese verano conocería por primera vez el amor pero eso tampoco lo sabía. Miré a Richi dormido, flotando en el sopor de la tarde. Una culebrilla, de esas marrones de río, tan brillantes rondaba alrededor de su codo derecho. ¿Qué hacía yo? ya lo he dicho, ¿no? Miraba, sólo miraba; la culebrilla se acercó por encima del brazo hasta la oreja derecha; estuvo así unos segundos eternos y, sin más, introdujo su cabecita en el oído y lo lamió con una gracia que me sorprendió; rápidamente, fue hasta la oreja derecha e hizo lo mismo: lamió ese oído. Y se fue tranquilamente hacia la maleza. Desapareció.
El río rumoreó más alto; el valle entero sonó como si estuviera sorprendido.
Entonces recordé la clase de griego de primera hora de la mañana; el padre Diego nos hablaba de Melampo el adivino y médico tesalio cuya fama era grande en todo Tirinto y Argos; a Melampo, en su niñez unas serpientes le habían lamido los oídos otorgándole especialmente la capacidad de comprender el lenguaje de los animales; Melampo amaba sobre todo a su hermano Biante que pretendía la mano de Pero, hija de Neleo, pero éste exigía un rebaño de vacas como aportación al matrimonio; las vacas eran de Fílaco y Melampo intenta robarlas pero es hecho prisionero por Fílaco que lo encierra en prisión. Sin embargo, Melampo, gracias a que podía entender el lenguaje de los animales se entera escuchando a unos gusanos que roían las vigas de la prisión y que charlaban mientras tanto entre ellos, de que ya les quedaba poco para terminar de roer la viga: el techo no tardaría en desplomarse.
Melampo se lo hace saber así a su carcelero (sin mencionar cómo lo sabía). Todo se cumple al poco  y Fílaco, admirado, pone en libertad a Melampo y además le regala las vacas que éste intentó robar.
Melampo fue asimismo un precursor de los futuros métodos del doctor Freud, y diré cómo: Fílaco tenía un hijo, Íficlo, gran deportista, corredor de fondo; tanto corría que pasaba por encima de un campo de espigas sin tocar ni una de ellas, pero…, pero padecía sin embargo de una incapacidad genésica, y es que no se puede tener todo. “Por favor, oh sabio Melampo, cura a mi hijo y te daré lo que me pidas”,  debió decir Fílaco, y Melampo, para sanarle sacrifica dos toros y los abandona a la voracidad de las aves, pero él queda cerca, y cuando acuden los pájaros a la cena escucha su conversación; un buitre comenta que para que cure Íficlo ha de beber éste del agua con -en ella disuelta- la herrumbre del cuchillo que en tiempos había visto él se usaba para castrar carneros, lo cual produjo su impotencia. Melampo encuentra el cuchillo, aplica la cura al joven, lo sana, recibe las vacas, las lleva a Neleo y éste autoriza la boda de Pero y Biante.
Y en esto pensaba yo cuando Richi despertó dando por terminada su siesta; entonces le conté lo que había visto y le recordé la historia de Melampo.
-Estaría bien, ¿no? que pudieras entender a los animales -dije con cierta coña-.
-Les oigo -dijo Richi- y les entiendo a todos.
Me miró fijo: estaba serio.
-¡Anda ya!
-Que sí, que te digo que sí -exclamó- Ahora mismo hay en esa poza unas quince truchas charlando sobre si seguir o no río arriba; parece que la mayoría prefiere hacer noche aquí y seguir mañana.
-No te creo pero nada.
-Vale -me dijo-. Tú espera aquí y verás.
Y se fue a toda prisa en dirección al colegio. Esperé: era jueves: teníamos la tarde libre, de hecho esperé casi media hora. Entonces Richi volvió: traía un capazo, de esos que usaba fray Crispín en las cocinas para transportar el pescado.
-¿Qué haces? -Dije.
-Ahora verás:
Puso la boca a ras de agua y borboteó algo sosteniendo algo hundido el capazo; al poco rato lo levantó sacándolo del agua; me miró triunfante:
-¿Lo ves? Les he hablado, les he convencido de estarían mucho mejor descansando en el capazo y aquí las tienes: Fray Crispín me ha dicho que cocinará todo lo que le lleve.
Las truchas boqueaban en la cesta: agonizaban, morían una a una.
-¿Te das cuenta? Puedo hablar con ellos; les entiendo: Seré rico, cazaré y pescaré lo que me de la gana y seré rico -decía entusiasmado-.
Entonces se oyó un tremendo fragor en el río y en el valle, los árboles se inclinaron como con furia, el viento aulló; Richi se llevó las manos a los oídos: Gritaba de dolor.
Al poco todo quedó en calma, las truchas muertas dispersas por la yerba. Richi:
-No oigo, no oigo nada, Emilio. Nada.
Lo llevé al colegio: lloraba. Fray Sebastián le dio algún calmante y lo acostó en la enfermería…
Nada conté de lo pasado pues no me creerían y seguro que salía con algún castigo por mentiroso aparte de ser el hazmerreír de todo el colegio.
La sordera se le pasó en un par de semanas a Richi, aunque jamás recuperó ni toda la audición ni su alegría de antes, pero eso no fue lo peor.
Encima suspendió griego.

UN LIBRO DE LILIANA PINEDA: EL HOMBRE DE BLANCO

Una de las muchas cosas que aprendí del maestro José Luis Pérez de Arteaga -tan ausente ya- es a no hablar o escribir en público de las cosas que no me han gustado, sea música, literatura o cualquiera de las artes, de manera que cuando escribo aquí o en otro foro es porque me ha gustado lo que he visto, escuchado o leído, en este particular caso va a ser un libro, el de una nueva amiga, no por reciente menos apreciada que es Liliana Pineda, doctora en ciencias políticas y abogada en ejercicio que además es escritora y que acaba de publicar un libro, creo que importante y necesario: “El hombre de blanco” en el que tanto ese “hombre de blanco” y demás personajes que aparecen en el texto lejos de ser una alegoría de la corrupción del dinero son personas reales apenas ocultas por la más elemental prudencia.
Yo que, como sabéis, vivo bastante aislado no he tenido ningún problema para poner nombre a algunos de los siniestros personajes que aquí aparecen, pero otra de mis normas cuando hablo de un libro es la de no desvelar nada de su interior sino de presentarlo como lectura atractiva o -como digo arriba- necesaria.
Y este libro de Pineda tiene las dos cosas, por él comprendemos -más que enterarnos- las tramas que existen para hacer desaparecer las enormes sumas de dinero robado o defraudado al Estado para aparecer más tarde (las que aparecen) en apariencia inocente, honrosa y, sobre todo, legal.
No es, como se puede suponer un libro amable u optimista, puesto que si lo fuera, si de alguna manera dulcificara los hechos sería un escrito en falso, y puedo asegurar que no lo es. De ninguna forma. Todo lo contrario, es un texto duro y valiente -yo no lo hubiera escrito ni sabiendo lo que sabe Pineda ni sabiendo, que no sé, escribir-, así que el que desee pasar el rato hará mejor en buscar en su librería una de polis o de eso que tan tontamente llaman novela negra nórdica, pero si lo que quiere el que me lee ahora es un libro real (que no realista), sin adornos ni medias tintas, he aquí el que necesita, un libro que por no adornar ni siquiera recurre a las técnicas literarias que embellecen los textos, y es que a éste no se le puede ni debe embellecer porque lo que describe es el mundo oculto,sucio, criminal (criminal de verdad, insisto, no de novela) y a lo que vemos y soportamos imposible de destruir.
Pero si hay alguna forma de destruir o defenderse de esta oscuridad, esta será la que escritoras como Pineda nos muestran con su arrojo, sabiduría y buen hacer.
Capítulos rápidos, sucintos, personajes conspicuos, sin paisajes ni descripciones nos adentran en estas tramas del lavado de dineros, sean provenientes de diversos tráficos o simplemente del expolio al Estado, tanto da.
Sabed que soy de esos tipos que ama la belleza, que piensa que es el modo y no el tema lo que hace arte, sí, pues debo reconocer que Pineda me ha hecho ver que hay excepciones: Su libro toma forma de novela, pero es un ensayo oculto: El tema es lo importante, así que os lo recomiendo, como siempre que recomiendo alguna cosa aquí, muy encarecidamente, y es que sé que nadie saldrá de esta lectura en la misma forma en que entró.

Liliana Pineda: “El Hombre de blanco”, editorial Dossoles, 2017

Portada de Enrique Flores

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VIDAS DE SANTOS

Pocos lo sabréis oh ignaros en las cosas de Dios y de la Santa Iglesia, pero resulta que un buen día, 17 de junio de 1603 nació en un lugar llamado Lecce, en la Apulia italiana un niño destinado a las más altas cotas de la santidad: José de Cupertino (o Copertino). Aunque he de insertar que Lecce, según mi más que sospechosa capacidad etimológica también tuvo el nombre Licium, es decir, urdimbre, nada hay en esta historia urdido sino que todo es verdad evidente autorizada por nuestra Santa Madre Iglesia.
En fin, el niño, estudiante, José era más bien poco entregado a los estudios, que le costaba aprobar el recreo, vaya (de ahí su patronazgo por los débiles mentales y los examinandos sin demasiada aplicación:”reza, hijoputa, reza ahora porque lo que es estudiar, ni hostias”, dice el famoso adagio, como mucho habréis escuchado alguna vez).
Eso sí, en clase soñaba, soñaba y soñaba, pero no en cualquier cosa, no en redondeces femeninas (ni masculinas, creo), no en la gloria militar, no en la acumulación de vanas riquezas temporales, simplemente soñaba, es decir, ni atendía en clase ni pensaba en algún futuro trabajo con el que ganarse el papeo; todo lo suspendía (atended bien a este verbo, oh amables lectores: suspender).
Habréis de convenir conmigo la genuina preocupación de papá y mamá con aquel niño, tan bueniño por otra parte, así que dada la aplicación que puso mamá en su cristiana educación lo presentaron en la Orden de frailes menores conventuales, algo chupado, sí, pero no lo admitieron. Por tarugo; lo intentó en otros hermanos menores, esta vez reformados: Ni del torno pasó, angelito. Los capuchinos, que ya era otro nivel casi hunden el convento de las risas ante la solicitud de semejante adoquín (tened en cuenta que entonces no había parlamentos donde acoger a esta gente), sin embargo lo aceptaron a prueba como lego: antes de un año ya estaba en la puta calle por inútil, y es que el trabajo…
Pero aunque -como dije- aún no había parlamentos sí existían ya los nepotismos varios (no vayáis al diccionario, amados lectores: enchufes), así que, teniendo un tío materno, Donato Caputo, ya metido en harina, pues era conventual, logró entrar como terciario y recadista en un convento franciscano de Grotella que, aparte de ser una blanca mariposa (ojo: sin alusiones) también era un lugar a las afueras de Copertino. Y ahí sí, ahí plantó bien lo suyo contra el suelo santo.
Muchas historias escucharéis de este santísimo varón: todas falsas, hacedme caso. El muchacho seguía sin amar el trabajo, el de recadista, menos aún así que siguió intentando evitarlo, y lo consiguió, vaya que sí; primero, por votación popular conventual (o sea que ya había votaciones: todo tiene un comienzo, no desesperéis los más jóvenes) le aclamaron como religioso franciscano en 1625, y es que como expliqué era bueniño, no daba la murga, no preguntaba insensateces ni pregunta alguna: Soñaba como se debe de soñar, con la mirada perdida en lo alto, los labios entreabiertos, como oferentes (pero sin mácula), la postura recatada y recogida, así que todo el mundo pensaba los mismo: “Hay que ver, José, lo que reza el tío: siempre rezando, ¡coño, un santo! eso es lo que es” Para que luego digan que los frailes no tienen el don profético: vaya si lo tienen, descreídos lectores, pero ya veréis, ya.
Después de su clamorosa entrada en religión y dado el futuro que entreveían sus colegas lo pusieron a estudiar para las órdenes mayores, para sacerdote, coño, que mira lo poco que sabéis de las cosas santas, pero nada ¿qué queréis que os diga, una mentira? Imposible aprobar, ¿qué dices aprobar si aún no sabía ni leer? Pero no desesperaba, ni él ni sus superiores convencidos de que el dedo (no todo, pero sí parte) de Dios le había marcado la frente, los ojos soñadores. Y es que José sólo sabía una cosa, pero eso sí, la sabía a fondo, deputamadre, y era: Bentitoelfrutodetuvientrejesús. ¿Una chorrada, verdad? Puede, pero ¿puede decir lo mismo todo el mundo? Bentitoelfrutodetuvientrejesús. No creo: de hecho a mí ya me parece un milagro, porque el caso es que eso es lo que le preguntaron, lo del vientre, y como nunca había pensado en ese vientre en el que todos (los varones heterosexuales y las simpáticas lesbianas pensamos), pues lo dijo: Bentitoelfrutodetuvientrejesús. 
¡Y aprobó! ¿Qué os decía? Un milagro.
Así que pasó a la siguiente fase, la definitiva, queridas y queridos, la que le encumbraría a las más altas cotas de vagancia justificada: ¡El sacerdocio! Y comenzando el examen (cosa nada baladí, en qué coño estáis pensando) y aprobando brillantemente cada uno de los examinandos (que sí habían estudiado a base de bien), uno, y otro, y otro, y así hasta el décimo más o menos, dijo el santo Presidente del Tribunal con la sabiduría que caracteriza a estas dignidades: “¿A qué seguir examinando a estas lumbreras, futuros faros de la Cristiandad, habiendo comprobado como hemos hecho con gran placer con los alumnos ya examinados? ¿Acaso no es prueba suficiente de la dedicación generosa a los estudios de todo este ilustre colegio?
Y dicho y hecho: Aprobado general. José era -hubiera sido- el próximo examinando: ¡Otro milagro! ¿O no?
De ahí en adelante, ya podéis imaginar, todo fue para arriba, pero literalmente.
Arriba, arriba.
Y es que así, de repente, a José, siempre a lo suyo, siempre soñando le dio por levitar. Sí, a levitar. ¿Acaso no es lo que hacen los sueños con los soñadores?
¿Y creéis que algo le inmutaba en sus sueños? Pues no, nada; quedaba en el éxtasis más absoluto, tanto que nada sentía, ni dolor siquiera, que le pinchaban y todo para comprobar si había tongo, y él, nada: lo de antes, los ojos perdidos, los labios oferentes, etcétera. Y le curraban, le quemaban con la llama de los santos cirios, le azotaban… De todo, vaya, pero él sólo bajaba de su viaje a la voz del superior del convento, cuando le decía al fin. “José, baja, que ya está bien y se está enfriando la puta sopa”. Y entonces abría del todo los ojos, los fijaba con santa mansedumbre en sus compañeros y se excusaba humildemente: “Perdonad, hermanos queridos, sin saber cómo me he debido de quedar traspuesto”
Y le perdonaban, claro.
Otra cosa fue cuando comenzó a despegar verticalmente, levitar, que es -para los que no estéis puestos en estas cosas santísimas- lo mismo que hace un Harrier de combate, pero sin ruido ni hostias y en plan buen rollito, sin bombas ni esas cosas. Entonces sí que hubo críticas algo más durillas: puta envidia, lo de siempre, pero la Iglesia todo lo comprueba, apunta y archiva, así que constataron al menos sesenta casos de levitación, y en cualquier  momento, cuando menos lo esperaban sus santos hermanos en Dios Nuestro Señor, tanto que le tuvieron que liberar del cargo de hebdomadario (ahora sí que vais a tener que ir al diccionario, que no todo van a ser facilidades), que era el único que ostentaba, con lo cual alcanzó al fin el sueño que soñaba cuando soñaba: No trabajar. Pero nada de nada, ni de hebdomadario del coro, que era un currillo de mierda: Pues ni eso: Sólo soñar y levitar, que parece una memez, pero probad a hacerlo pipiolos, ya me contaréis, que no vayáis a pensar que despegaba unos centímetros por encima de la falda (perdón, el hábito) o que un cíngulo (ésta la sabréis ¿no?) invisible lo elevaba con magia torticera, no, qué coño, volaba, despegaba como he dicho, como un Harrier y después volaba por sobre las santas cabezas de sus amadísimos cofrades: Ahí queda eso. Hasta el mismísimo Urbano VIII, algo capullo pero papa al fin, le vio. Y ya, para que comprobéis cómo los designios del Señor son insondables, un buen día el duque de Brunswinck-Lünenburg, que era un maldito protestante le vio levitar y acto seguido se convirtió a la Fe Verdadera. No faltaba más: Otro milagro.
Tantos fueron los milagros que me daría el alba (el alba de verdad, no la otra) relatándolos, y a gusto lo haría pero ya ha despejado la niebla; hace un sol estupendo así que voy a subir a mi bici a hacer unos kilómetros, que con esto del lumbago me he tirado una semana haciendo el vago (sin levitar, lamentablemente); sólo añadiré que, el 16 de julio de 1767, el Santo Padre Clemente XIII, le hizo, con gran razón santo de la Iglesia.
Así que, aparte de los memos y malos estudiantes, San José de Copertino es también patrón de los aeronautas (un abrazo, chicos) de los que , cagados de miedo, viajan en avión, más aún de los que lo hacen en estos vuelos de diez eurillos, que hay que  ver, y, en general, de los que distraídos caen por un acantilado, barranco o precipicio sin importar sexo ni condición.
Muchos de vosotros, oh escasos lectores, no podréis decir lo mismo. Y es que comenzando suspendiendo los exámenes acabó suspendido en el aire cual cernícalo divino.descarga

LIBERTAD

Hace un par de días tuve unas cuatro horas, como cien kilómetros de bici para pensar chorradicas y evitar de paso que algún hijoputa me mande al depósito; se piensa mucho encima de la bici, desde que “vaya mierda con la rodilla esta que ya me está jodiendo” hasta “va a votar la siguiente vez la puta que los parió”, cosas así, también, claro, “¡Coño, mira, un busardo buscando el papeo!”, o “dos arrendajos peleando por una rama”, y bueno, montones de paridas por el estilo.
Ayer, ya veréis, estaba más filosófico si acaso y estuve reflexionando queridas lectores (no es una errata: una simplificación que propongo a la RAE) sobre ¡Tchaaaaánnn! ¡La Libertad!
Pues sí, lo que decía, que iba yo dando pedal mientras subía hacia el Alto de San Cosme (quién coño sería ése) cuando comencé a pensar en eso, fíjate, la libertad: todo el mundo ha hablado de ella, unos y otros: “La verdad te hará libre”, sin ir más lejos, pero claro a mí, en ese momento no se me ocurría ninguna; “Independencia y libertad” (¿soy yo independiente?); “Libertad o muerte”; “La muerte os liberará” (¿Está jodido, eh?). Pero eso no es todo, que hay la hostia de libertades, desde la de colonias que a pesar de serlo te dan la libertad: “Sé libre con… “(¡Joder, no me sale ninguna marca de colonia ahora: sólo uso jabón Lagarto para mis cosas); la ropita también te hace libre, sobre todo a las chicas, que tanto lo necesitan; de los tampones, mejor no hablar: Eso sí que es libertad; también tenemos libertad a raudales con los espirituosos y sus diversas combinaciones, cervezas y todo el amplio catálogo alcohólico. Más allá de toda duda un buen aislante nos da no sólo libertad sino paz interior, que ya es de agradecer; ni quiero (ni puedo) enumerar la cantidad ingente de libertad que nos regalan los bancos porque habéis de saber (si no lo sabéis ya) que una imposición mínima de 175.000 euracos para arriba os producirá además del placer de hacerla la libertad del 2,9% de interés que no sólo es libertad sino la seguridad de un futuro más libre aún, más seguro y más chachi. además suelen regalas vajillas y cosas así; no sólo eso, sino la libertad de pagar cuando quieras, de obtener pasta sólo con el móvil, de disfrutar de un fin de semana en absoluta libertad allí mismo, en las Bahamas, la libertad de disponer de dinerito al instante y ya veremos cuándo abonas, la de comprar la casa de tus sueños… ¡Ay Señor! También tenemos la libertad que se consigue fácilmente con la compra y conducción del coche del año, del todo terreno que, ese sí, es el que te dará la libertad absoluta allá en el coño de la Bernarda, junto a un precipicio de la hostia mientras el sol amanece por poniente, que eso sí que es libertad se pongan como se pongan los geógrafos.
Gente: Hay tanta libertad, pero tanta que no entiendo de qué coño se queja la plebe. ¿De verdad quieres ser libre? Nada más fácil: sólo tienes que quererlo y quererlo ya para serlo, y da igual que seas más pobre que una rata puesto que ¿acaso siendo pobre no se es más libre? Ni siquiera tienes que levantarte para ir al curro. ¡Joder! ¿Qué más quieres?
En esto iba yo pensando cuando pasé cerca de una granja, ya sabéis, un sitio de esos que tanto dolor producen a las buenas gentes veganas y amantes de las bestias del campo, bueno, pues eso, que pasaba por allí, ya cuesta abajo (¡al fin!) cuando al instante vi la LUZ, vaya que tuve una revelación, no, Revelación, pues era el mismísimo Dedo De Dios (¡Las tres Des, tíos!) el que iluminaba mi perecedero y predecible cerebro atravesando incluso el casco: Somos tan, pero tan libres en este mundo nuestro que regalamos libertad a las demás especies. ¿Que no?
¿Acaso, niñas y niños que hasta aquí habéis llegado no sabéis que hasta hay huevos de gallinas criadas en libertad, es decir, y a riesgo de parecer reiterativo, somos libres para comer huevos de gallinas libres.
Lo dejo ya, se me están saltando las lágrimas y hasta los empastes.descarga