UN CUENTITO PARA IR A LA CAMA

Los padres mueren: es así y, seguramente se llevan con ellos un trozo de los hijos que dejaron, y normalmente (¿otro adverbio’) se lo llevan entre sus secretos, esos que jamás llegamos a desvelar, de ahí el hueco que dejan, como abismos de incertidumbre.
Quizás éste sea un relato bastante fideligno de lo que digo, lo que sucede es que en este caso el vacío que produce (como si fuera una enorme campana de Boyle) se lleva consigo la vida entera del hijo.
O así parece.

Titulé al cuentito “Un viaje” sólo porque fue en un viaje cuando sucedió, según creo.

UN VIAJE

Su memoria se despoblaba lentamente, como disponiéndose oferente, rendida a lo que a partir de ahora viniese; el coche se había detenido en un alto nada más cruzar el puente de la ría del Barqueiro; el cielo: nubes bajas, densas, sin lluvia justo en ese momento. El paisaje verde, brillando bajo el agua recién derramada se le antojó enorme y lejano; doliéndole el recuerdo, su ensueño: …I am become a name; / For always roaming with a hungry Heart / Much have I seen and known – cities of men / And manners, climates, councils, governments, / Myself not least, but honoured of them all – / And drunk delight of battle with my peers, / Far on the ringing plains of windy Troy…*, le susurraban los versos de Tennyson. “Tengo fiebre”, pensó como dormido, como inundado de niebla, pero el rápido temblor de sus párpados cerrados indicaba que estaba soñando el mismo sueño que le trajo a Ulises, pero ya no Ulises, sino su padre agonizando en esa habitación que era como toda su niñez: un cuerpo tan pequeño para tan grande lecho; el techo destilaba agua que era sangre goteando sobre la alfombra, y a pesar de que era un goteo silencioso, él podía oír amplificados los golpes de la sangre sobre la sangre; su padre agonizaba, sí; miraban sus ojos casi velados, casi muertos, a través de él: Nada importa.
Nada importa, su padre es un espejo, su imagen, vacía; su imagen, desolada, suplicante. ¿Suplicaba él, suplicaba, qué suplicaba? ¿Qué se suplica a un padre que está muriendo?, ¿el silencio?
Su cuerpo era así, granulado, arenoso, y volvía al coche que se desplazaba por la carretera caliginosa: llovía de nuevo, una lluvia mansa, vertical y plomiza: entraban en las marismas de Ortigueira. No los oía, pero veía bandadas de zarapitos, de garzas, andarríos batiendo la bajamar, los veía; pensaba que era un sueño. Ardía; el frío le hacía encogerse sobre sí mismo mientras caía en las sombras y la lluvia se hacía oscuridad, y en la oscuridad, un foco de luz, y en el foco de luz, su padre sentado en un desvencijado sillón, mirándole, y, de repente, era un gigante, o él era tan pequeño que apenas abarcaba el sillón. No sentía miedo, ¿era amor ser tan pequeño? Pero sí sentía miedo ahora que los ojos de su padre eran llamas iridiscentes que le taladraban; no, no era amor ser tan pequeño; cuando uno ama, teme por el otro; cuando teme, lo hace por sí mismo, por que no le taladre el fuego, porque el dolor sea mínimo; luz y oscuridad, amor y vacío. En la tristeza de un niño… Sólo recordaba ese verso, y lo que le llenaba de lejanía, ¿por qué culpa? ¿Nada importa? La luz importaba, y era su padre. Su padre era la luz, pero tan lejana. Y el odio. Y la pesadumbre. Y la muerte. Pero la vida, y nada, nada eran las palabras que rebotaban en los ojos de su padre, que moría. Y él con él. Sin él.
Era como una nube atroz, como un algodón vivo que lo fuera fagocitando; soñaba movimientos, pero las realidades son escamas que se imbrican, son nomófilos de cebolla, y una a una se van abriendo, desechándose solas, suicidándose hasta que aparece el centro, que no es sino nada: El coche estaba parado, el reflejo de esa realidad le dijo: Espasante. Y despierto, empapado en la fiebre recordó otros versos, pero pertenecían a un poema, seguramente del mismo sueño: “Afuera hay sol. / Yo me visto de cenizas. Por fuerza tenía que recordar más, Yo lloro debajo de mi nombre. / Yo agito pañuelos en la noche / y barcos sedientos de realidad / bailan conmigo, / Yo oculto clavos / para escarnecer a mis sueños enfermos.
Afuera hay sol. / Yo me visto de cenizas”**. Eso era, casi, pero eso era; cruzó los brazos en su pecho, aterido; la cabeza como corcho chirriante: el coche continuaba la marcha abriéndose paso por la lluvia que arreciaba, pero él ya no veía lluvia ni viento, ni la lenta carretera de Ortigueira: era lejana la bruma…, tan presente la mísera pesadumbre del remordimiento. Siempre la culpa, primero la culpa, luego todo era turbio como la muerte en los ojos de su padre, que ya no miraban sino en los sueños: le poseyó el pánico; sabía que soñaba; quiso despertar, arrancarse de la sombra que era la muerte de su padre, pero no pudo; la sombra era pez antigua y pegajosa, y lo envolvía como una nube elástica, asfixiante. También quiso gritar, pero sólo escuchó el estruendo del silencio de los ojos muertos de su padre, y supo que su sueño lloraba, siglos de lluvia lloraba, como lloraba el cielo sobre la carretera de Ortigueira sin él saberlo, porque cuando el coche llegó a su parada en la Villa, ya estaba sumido para siempre en los sueños, para siempre en el silencio.

*…Me he convertido en un nombre,
vagando siempre, con hambriento corazón;
mucho he visto y conocido –las ciudades de los hombres
y sus costumbres, climas, consejos y gobiernos,
yo mismo, no menor, honrado de todos ellos-.
Y he bebido el placer de la batalla con mis camaradas
Lejos, en las resonantes llanuras de la ventosa Troya…

Tennyson, Ulises

** Alejandra Pizarnik, La jaula (extracto). Poema perteneciente a Las aventuras perdidas, 1958

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