TEMPESTUOSA NOCHE: UNA DE MIEDO

PÁNICO

Ser y no se surgen del mismo fondo,
y ese fondo único se llama oscuridad.
Oscurecer esa oscuridad,
he aquí la puerta de la clarividencia.

Primer libro del Tao

Allí las noches llegaban de improviso, no como en el trópico; de improviso, en cualquier momento: Así llegaban las noches en aquel lugar.
Él las esperaba temblando, siempre a punto de caer en pánico: las noches en aquel lugar no eran agradables, no las tachonaban miríadas de estrellas; no corrían las nubes bajo la luna llena; no llamaba el búho, ni el mochuelo, ni la chotacabra; a veces algo que parecía lechuza pero no, era un rumor de silencios solapados, silencios que se rozaban y llegaban a través del tímpano, como un suspiro, hasta su oído interno, su lóbulo temporal dejando un reguero helado en el cerebro.

¿Hasta cuándo la soledad?

Imaginaba cosas, cosas que subían reptando hasta las ingles, que subían reptando hasta su cuello: que apretaban y apretaban hasta acabar con el aire del mundo dejando en cambio una oscuridad que también se respiraba, se respiraba y se flotaba en ella. Entonces era cuando caía la noche e imaginaba cosas, cosas que devoraban bosques y montañas. No devoraban, fagocitaban; cosas como amebas que fagocitaban bosques y montañas mientras él huía delante de esos bosques, de esas montañas, hasta que las cosas le alcanzaban, le envolvían, le oscurecían. Entonces era cuando caía la noche e imaginaba cosas.
Siempre quieto; se movía, pero estaba quieto; huía, pero estaba quieto; moría como desgranándose, pero estaba quieto. Quieto absorbía la luz, la apresaba como un agujero negro: bebía la oscuridad, y en ella, la quietud, pero los sueños…, los sueños eran cristales rotos en su garganta; en los sueños había luz, la luz helada que apenas deja ver las sombras, que congelaba los ojos. Y ya no imaginaba nada: lo que sus ojos cristalizados veían eran los años del silencio, los años de la desidia y crimen: Los años de la vergüenza por vivir odiando la oscuridad y sin querer salir de ella. Siempre rumiando, siempre sabiendo que al final él mismo sería un sueño en el que se devoraría a sí mismo. Y ahí estaba, quieto, mientras sus labios se movían levemente, silabeando,

Lame la aurora los restos de la noche y deja
un surco de caracol frío en las durmientes sienes
Desvanece el sueño los jirones
de sueño: se nace a la muerte cuando se despierta.

moviendo gestos en la noche, buscando insistente en las tinieblas algo que justificara su miedo; cualquier soplo de brisa en las hojas de los árboles, cualquier chasquido, cualquier lamento, pero su miedo era silencio, y el silencio no le pertenecía. ¿Se estaba cayendo a trozos? ¿era el último trozo de sí mismo que caía al fin?

¡Oh, dormir bajo siglos de polvo, bajo siglos
de olvido! No despertar jamás, ni al árbol
ni a la fuente;

Pensaba, mientras su oscuridad crecía con su miedo; siempre queriendo estar en otra parte, nunca en la que estaba: amaba (si es que le era posible amar), añoraba las antípodas; ¿no quiere acaso uno ser otro?, ¿No le exige su conciencia sufrir cuando considera que su vida es demasiado fácil?, ¿no anhelaba la paz cuando sufría? “Es una extravagancia huera” le decía su oscuridad, “odias a quien te ama; amas a quien te odia”.

dormir para soñar que se duerme;
no sentir el compás de seis por ocho
de la mañana que sangra traspasada a la luz, como
sangran los ojos del pez arrancado al viento y a las nubes.

¿Cómo salir del sueño, de la oscuridad helada que le paralizaba y le devoraba (pero también que le acogía en su seno, como una madre distante, pero segura). Y ahí estaba, en la noche inesperada, aterido de un terror que volvía del pasado, o que estaba encriptado en su memoria,

¡Oh, dormir bajo todas las piedras de todas
las montañas y desiertos!

Como esas pesadillas que de la niñez pasan a la adolescencia, y como fiebres recurrentes van saltando por las edades, ya olvidado su significado, pero que al despertar oprimen con la misma angustia en medio del pecho y lo ahogan.

Soñar el sueño
del que sueña que sueña y morir todas las tardes
creyendo que esa muerte es la Muerte y no
la que arranca hilachos de memoria y los congela…

Entonces, allí, en medio de ese miedo, de esa oscuridad que él mismo producía, un haz de luz iluminó un atril; y en el atril, como un himnario de tapas oscuras esquinadas en cobre, ya oxidado, de un verde lejano. Y se acercó a él, pero no era un himnario, ni siquiera un libro: sólo las tapas y una única hoja. Leyó:

Aullamos de recuerdos; aullamos cuando amanece,
aullamos como en un ruego: sólo dormir, morir
para la muerte que amamanta en el aceite frío
de la tarde. Dormir para los ígneos bosques
de las estrellas.

Entonces era cierto: no moriría ahora, a pesar del miedo, a pesar de la prisión del sueño,

Por eso aullamos dagas de hielo
que buscan justo antes del alba amenazante
la tibia placenta de la noche.

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