LA MUERTE DESEADA

Escribí este cortísimo relato en medio del verano pasado. Siempre me gustó el verso que le da título: deja un leve rastro de dejación oferente, esa parte del amor que ya no le pertenece a uno sino que, saliendo de sí, rinde armas y bagajes al otro, el amor que ya no se piensa sino a sí mismo, lo que pasa es que, en este caso, el objeto de amor (o de rendición) es la misma muerte.
Quizá por eso seguido de este relato hablo de Schoenberg y de su Verclarte nacht, que es una noche de esperanza.

TU ES LA VAGUE, MOI L’ÎLE NUE *

Julia afilaba el cuchillo; el pescado exánime sobre la tabla de teflón. Afilaba y afilaba sin mirar parte alguna mientras el pescado se veía a sí mismo desde su alma elevada. Su cabeza, la de Julia, iba y venía con la hoja sobre la chaira; el alma del pescado veía un poco más lejos cada instante su resto ya opaco: había sido hembra y llenado el océano de millones de alevines. Aun oía tchas chas del filo sobre la chaira, pero Julia, absorta, no veía pescado, no veía alma de pescado, no veía mar ni alevines, sin embargo sus ojos sí reflejaban el acero intermitentes, cobrando movimiento; acerados ellos, ellos brillantes: las pupilas como motas en el universo.
Las manos de Julia pensaban, pero no en la piel del pescado; no es sus escamas otrora tan metálicas. Sinuosas.
Sinuosas eran las formas que pensaban las manos de Julia: Distantes, tibias y sinuosas; las manos pesaban la distancia; los ojos creaban lejanía. El abismo.
El abismo ardía en sus manos, en la mano que sostenía el cuchillo; que dejó el juego con la chaira y bajó a sus muslos. Y ahí quedó. Quieto. Sobre las florcillas del estampado del vestido: era la memoria, la llamada imperiosa, la ola de calor: la ola.
Los ojos del alma del pescado vieron el cuchillo en el estampado; los pliegues del cuchillo en el estampado: no vieron el calor, ni los recuerdos: era sólo alma de pescado. No vieron el leve temblor del acero entre los muslos, la pátina de los labios que llamaban, las lejanas playas que los ojos de Julia morían y morían como las frías olas en la arena tibia, la arena que subía por las piernas de Julia, que dobló las piernas de la tibia Julia hasta dejar sus ojos a la altura de los ojos del pescado cuya alma los miraba a los dos desde la lejanía de los temporales, la oscuridad y la muerte. De rodillas Julia, en la arena, ante la tibia brisa que traía el mar, que era el abismo que ardía en sus manos.
Tomó el pescado en sus manos. Delicadamente lo tomó; lo acunó. El cuchillo quedó allí, en el suelo, que era la arena que rítmicamente el abismo batía, y lo miró a los ojos que el alma del pescado ya apenas veía. Y se vio. Y vio el mar y el abismo que llamaba y los millones de ovas que albergaba el mar, y los evos de memoria que pesaban dulcemente en sus párpados.
El alma del pescado escapaba y escapaba hacia el vacío que nada contiene; veía borrosa la imagen de Julia meciéndole; cuando supo que se hacía vacío en el vacío aun pudo ver cómo Julia le besó. Besó el frío de los níveos labios, y era besar el mar, la vaga espuma que el mar dejaba en sus rodillas. Pero no era suficiente.
Era necesario: Julia amaba el albor de las olas, los penachos de viento en sus crestas; de rodillas se abrazó como si abrazara al mar, y cuando se fue a abrazar se convirtió en Singapur llena de perros que aullaban: “así es la vida”, pensaron sus manos vacías. Amaba el albor, pero ya las olas rojas, pero ya la sangre, pero ya el cuchillo que había yacido, esperado en la arena, estaba en sus manos: el mar dinoflagelado.
Pero ya su vientre.

* Verso perteneciente a la canción Je t’aime… Moi non plus, de Gainsbourg.

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