OROZA

Hacía tiempo que quería escribir sobre Carlos Oroza y, bueno, ahora que voy por el tercer vaso de caña de aquí, del Rosal, parece un momento apropiado para hacerlo, pero antes un sorbito: ya.
Me gusta Carlos Oroza, me gusta su concepción de la poesía recitada, su rechazo al libro-para-ser-leído, y, sobre todo, me gusta lo que dice y cómo lo dice; me emociona cuando le oigo, y le entiendo cuando le oigo.
La vida de Carlos Oroza estará escrita por ahí: nació en Viveíro. viajó, vio el mundo y está en Vigo, ahora tomando el sol del invierno. Yo viví en Viveiro sin ser de allí (¿se es de algún sitio?) y oí hablar de él por primera vez a Daniel Noriega, nieto de Noriega, poeta, y desde entonces he procurado escucharle, que es lo que hay que hacer con los bardos como él, como Dylan Thomas, como Iparagirre: ¡Qué nostalgia de los bardos, ¿dónde están?, ¿quién nos recita los poemas, lo que se entiende?, ¿qué puede ser de nosotros sin ellos?
El tiempo lo dirá, y no será bueno, pero mientras tanto, Oroza está ahí, aquí, entre nosotros con sus versos, con su verdad cantada.
¿Qué será de nosotros cuando nos falte Oroza?

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APRÈS LE DELUGE

LLUVIA

Estos aguaceros que esponjan montes, abren hontanares olvidados, anegan los prados, que rebosan ríos y regatos; estas lluvias de agua noble y generosa, de repente me traen a la memoria a Arthur Rimbaud y, por tanto, a los años de mi juventud, como tantos libros de lector primerizo y compulsivo, así que busco a Rimbaud en las estanterías; lo encuentro trabajosamente y casi con emoción –tantos años- lo abro; sé por dónde: “Illuminations”, “Après le deluge”, y leo:

“En cuanto la idea del diluvio se hubo calmado.
Una liebre se detuvo. Entre los pipirigallos y las campanillas movedizas y elevó su plegaria al arco iris a través de la tela de araña.”

Y vuelvo a imaginar la liebre absorta en las brillantes gotas de agua pendiendo de la telaraña…

“¡Oh! Las piedras preciosas que se escondían, las flores que ya acechaban.”

Sigo leyendo, viendo comerciantes que levantan sus tenderetes, los barcos proa al horizonte, los dos diluvios, el de la rebeldía que todo lo limpia y el de los mitos, la cólera de un dios terrible que todo lo anega pero que al final es vencido por la persistencia de los humanos, su tozudez para la supervivencia.

“En la gran casa de cristales todavía chorreante, los niños enlutados contemplaron las maravillosas imágenes.”

Porque a pesar de tanta cólera…

“…Luego, bajo la arboleda violeta abrotoñada, Eucaris me dijo que era primavera.”

“-Sordos, estanque; -espuma escúrrete sobre el puente y por encima de los leños; -trapos negros y árganos –truenos y relámpagos –subid y rodad; -aguas y tristezas, subid y reavivad los diluvios.”

“Ya que, desde que se desvanecieron -¡oh piedras preciosas escondiéndose y flores abiertas!- es un aburrimiento…, y la reina, la hechicera, que enciende su brasa en el tarro de arcilla, nunca nos contará lo que ella sabe y nosotros ignoramos.”

Aquí, en el Baixo Miño, las lluvias han cedido ante un sol frío, luminoso, que hace brillar al mundo, refulgir las telas de araña de etéreos diamantes.

Après le Déluge
Aussitôt que l’idée du Déluge se fut rassise,
Un lièvre s’arrêta dans les sainfoins et les clochettes mouvantes et dit sa prière à l’arc-en-ciel à travers la toile de l’araignée.
Oh ! les pierres précieuses qui se cachaient, − les fleurs qui regardaient déjà.
Dans la grande rue sale les étals se dressèrent, et l’on tira les barques vers la mer étagée là-haut comme sur les gravures.
Le sang coula, chez Barbe-Bleue, − aux abattoirs, − dans les cirques, où le sceau de Dieu blêmit les fenêtres. Le sang et le lait coulèrent.
Les castors bâtirent. Les “mazagrans” fumèrent dans les estaminets.
Dans la grande maison de vitres encore ruisselante les enfants en deuil regardèrent les merveilleuses images.
Une porte claqua, et sur la place du hameau, l’enfant tourna ses bras, compris des girouettes et des coqs des clochers de partout, sous l’éclatante giboulée.
Madame*** établit un piano dans les Alpes. La messe et les premières communions se célébrèrent aux cent mille autels de la cathédrale.
Les caravanes partirent. Et le Splendide-Hôtel fut bâti dans le chaos de glaces et de nuit du pôle.
Depuis lors, la Lune entendit les chacals piaulant par les déserts de thym, − et les églogues en sabots grognant dans le verger. Puis, dans la futaie violette, bourgeonnante, Eucharis me dit que c’était le printemps.
− Sourds, étang, − Écume, roule sur le pont, et par dessus les bois; −draps noirs et orgues, − éclairs et tonnerres − montez et roulez; − Eaux et tristesses, montez et relevez les Déluges.
Car depuis qu’ils se sont dissipés, − oh les pierres précieuses s’enfouissant, et les fleurs ouvertes ! − c’est un ennui ! et la Reine, la Sorcière qui allume sa braise dans le pot de terre, ne voudra jamais nous raconter ce qu’elle sait, et que nous ignorons.

Jean Giono: “HOMENAJE A MELVILLE”

“la traducción de “Moby Dick”, de Herman Melvilla, empezada supuestamente el 16 de noviembre de 1936, se terminó el 10 de diciembre de 1939. Pero mucho antes de comenzar este trabajo, durante por lo menos cinco o seis años, ese libro ha sido mi acompañante extranjero. En mis paseos por las colinas lo llevaba regularmente conmigo. Y entonces, cuando a veces me tocaba abordar esas grandes soledades onduladas como el mar pero inmóviles, no tenía más que sentarme, apoyar la espalda en el tronco de un pino y sacar del bolsillo ese libro que ya empezaba a agitarse, para sentir cómo alrededor y encima de mí crecía la vida múltiple de los mares. ¡Cuántas veces escuché el silbido de los cordajes sobre mí, el movimiento de la tierra bajo mis pies como la plancha de una ballenera, el gemido del tronco del pino que se balanceaba contra mi espalda como un mástil, pesado por sus velas bamboleantes!”

Así comienza esta delicia de librito que acabo de releer (para mí, y para vosotros estéis donde estéis), debido a Jean Giono (Manusque, 1895 – 1970), de padre libertario, zapatero de oficio y madre planchadora, que en 1911 ha de dejar sus estudios en segundo para aportar dinero a la feble economía familiar y entrar a trabajar en la banca hasta 1914, año en que es movilizado, y después de la guerra hasta 1929, año de la publicación de “Colline” y “Un de Baumugnes”. Durante la guerra ha de participar en las batallas de Verdun, Chemin des Dames y Mont Kemmel (1916) donde, a consecuencia de las heridas, le fueron ligeramente velados (gazé) los ojos, quedando como tantos otros chocado por la masacre para el resto de su vida. Evocará tan terrible experiencia en “Le Grand Troupeau” además de en sus escritos pacifistas de los años 30.
Escribe incansablemente durante los siguientes años: “Angélique” (1923), inacabada, varios textos de prosa poética para la revista “La criée” de los cuales se venden posteriormente diez ejemplares (lo apunto para que nadie se desanime), y montones de textos para otras revistas. Escribe su texto fundacional, “Naissance de la Odyssée” (1927), “Regain” (1930), que con “Colline” y “Un de Baumognes” formará Giono su trilogía “Pan”.
Le siguen “Le serpent d’étoìle”, “Solitude de la pìtìé”, y la citada “Le Grand Troupeau”, “Jean le bleu” (1932) y “Le chant du monde, un montón de obras que casi se superponen hasta el fin de sus días, de las cuales citaré aquí las más emblemáticas desde mi punto de vista, claro.
“Le poids du ciel” (1938), “Pour saluer Melville” (1941) que es el texto que luego presentaré en su traducción española de 2009 debida a Susana Lauro, “Le hussard sur le toit” (1951) y el resto del ciclo del húsar, “L’homme qui plantait des arbres” (1953). Estas dos últimas también están publicadas en España, “El húsar en el tejado” (Anagrama, 1998), “El hombre que plantaba árboles” (Duomo, 2010). “El húsar…” fue llevada al cine por Rappeneau en 1995 con el mismo título, y “El hombre…”, al cine de animación en 1987 por Frédéric Back.
Parece también que Lumen editó “Renadio” en 1981, pero lo desconozco, y tampoco conozco el texto.
Para terminar esta pequeña semblanza, he de decir que Jean Giono fue encarcelado en 1939 por pacifista y liberado posteriormente, y asimismo fue encarcelado en 1944 acusado de colaboracionismo (a pesar de que el había escrito contra el nazismo y alguna de sus obras fue retirada por la censura alemana, pero yo supongo una maniobra de los comunistas de los que él se alejó después de tontear con ellos), y liberado sin cargo unos meses después, lo cual hizo que le aislaran del resto de los escritores y excluido del Comité nacional de escritores hasta la publicación de su “Le hussard sur le toit”, y su admisión en la Academia Goncourt en el 54.

En el texto que comento (y recomiendo encarecidamente), Giono inventa un personaje a partir del Melville real conservando milagrosamente el espíritu que le sostuvo y empujó a escribir Moby Dick haciendo de la persecución de la ballena no una venganza por la pérdida material de la pierna, sino una venganza personal contra las heridas recibidas en su lucha contra Dios, o contra su propia naturaleza.
Está escrito con una cadencia de prosa que se desliza por las páginas con un poder poético, casi etéreo a veces, como si fuera una soledad que le rodea mientras persigue su destino, que es la gran certeza del ser humano: su soledad ante el propio fin: “No se necesitan océanos terrestres ni monstruos válidos para todos; cada uno de nosotros tiene su propios océanos y sus propios monstruos personales” (op.cit., p. 11).
Sin embargo, es Melville un hombre libre, un demócrata de la única forma en que se puede ser demócrata, igual que lo es Whitman, a quien también cita Giono: “Courage yet my bhother or my sister / sep on! Liberty is to be subserved whatever occurs” (op.cit., p. 51), una persona que vive en el mundo con toda su realidad, y convencido de la necesidad de defender la propia (y ajena) libertad con el mismo entusiasmo con que uno debe defender su vida, y al igual que Whitman se recrea en la Naturaleza: “El estiércol de caballo es un gran poema” (op. Cit., p. 59).
Giono va llevando, o ve cómo Melvilla se va transmutando en su personaje al abandonar sus ropas de burgués y cambiarlas por las de marinero que encuentra en la tienda de un ropavejero para salir de su biografía oficial y sumirse en ésta adoptada que se nos hace imperceptiblemente tan real Y así nos dice Giono que “Herman tiene los ojos salados” (op.cit., p.68), y también que tiene un ángel contra el que lucha denodadamente, un ángel dedicado a la dura tarea de no dejarle vivir en paz, en la paz de las rutinas, de no permitirle nunca olvidar su condición de poeta, sean las que sean las corrientes que rigen en el mundo, de no dejarle “…vivir como todo el mundo, con ese gran egoísmo apacible que nos enseñan todas las iglesias y todos los poderes establecidos; ir por los caminos trazados, con la llave de todas las puertas que nos están permitidas en las escaleras, en los corredores, las habitaciones de todo el mundo, sin mirar la Enrique VIII; …” (op.cit., pp. 69 y 70). Y entre combate y combate, el ángel termina saliéndose con la suya: Herman escribe, y escribe lo que debe escribir, no lo que le conviene: la lucha por la vida.
Una vez vuelto al ser de marinero, viaja inopinadamente por Inglaterra en vez de esperar en la buena vida del honrado burgués a que se de a la mar el barco que ha de volverle a América, y en ese viaje hacia el norte, más al norte de Bristol ve aldeas y posadas: “Y en la herrería totalmente abierta y llena de chispas como si se cribara trigo de fuego en el infierno…” (op.cit., p. 97), y oye la voz que “tenía alma. Y en nuestra época, un ser tan temerario como para tener alma es una mujer.” (op.cit., p. 103).
Así que es una mujer con alma, que por no tener cierto tipo de recursos como los pueda tener un hombre aunque tenga también alma“está obligada a mostrar con osadía en todo momento su debilidad, y no hay modo de impedir que los idiotas tengan ganas de atacarla y de tomarla.” (op.cit., p. 106)., pero no citaré ni adelantaré más, sólo ilustrar aquí la delicadeza literaria de Giono que describe de este modo las olas: “No me quitarán de la cabeza que son las olas del mar las que enseñan ese juego a las ayas por las tardes, cuando el agua gira incansablemente las páginas del gran libro azul.” (op.cit., p.145).
Herman Melvilla publica Moby Dick en 1851, y Jean Giono, su semblanza de esta gestación en 1941, noventa años más tarde y un abismo de guerras, miserias crímenes enormes, pero Giono imbrica en las líneas de su relato un nombre de mujer: Adelina White, que es como un eco de la ballena, pero que es realmente el reflejo de una mujer real, Blanche Meyer a la que Giono escribió nada menos que 1.307 cartas, en un juego especular de nombre White / Blanche que nos traslada de nuevo al mar y la gran ballena blanca.
Pienso que la suave sencillez de la escritura de Giono tiene a la vez la fuerza, el ímpetu necesario para conmovernos desde este mundo de ensoñaciones en el que Melville cobra una nueva vida que bien pudo ser cierta, y en que dos nombre de mujer se solapan como en una fuga para evocar a la ballena.
Debo añadir en un aparte necesario el mérito de la traducción debida a Susana Lauro, que no sólo no hace en ningún momento torcer el gesto sino acaso más bien saber que se está disfrutando del placer de una bonísima traducción.
Vale.

LA CAMARADERÍA

Como soy de carácter disperso, pensando en escribir una cosa aquí, he terminando fijándome en el libro autobiográfico de Sebastian Haffner titulado “Historia de un alemán” (Memorias 1914 – 1933), editado por Destino en 2003, en una traducción de Belén Santana, y lo traigo aquí porque, releyendo, me he encontrado con este capítulo (39) sobre la ‘camaradería’ (masculina, claro) que explica un montón de cosas sobre nuestro -el de los hombres- comportamiento y nuestras reacciones más primitivas y lamentables, y cuando me refiero a ‘los hombres’ a ellos me estoy refiriendo, no al género humano: no me gusta confundir términos ni la imprecisión en el lenguaje.
Es verdad que habla de los alemanes, de los nazis, sí, pero…
Leed, si os place.

“Durante el día no teníamos tiempo para pensar ni ocasión de ser «yo». La camaradería era un estado de felicidad. No cabe la menor duda: en este tipo de «campamentos» florece cierta variedad de dicha, precisamente la que genera la camaradería. Era una alegría correr juntos por el recinto cada mañana, ocupar en cueros vivos el cálido espacio bajo las duchas, repartir el contenido de los paquetes que ora éste ora aquél recibían de casa, compartir la responsabilidad de cualquier trastada, ayudarnos y apoyarnos mutuamente en miles de pequeñeces, confiar al máximo en los demás a la hora de acometer cualquier tarea diaria, organizar peleas y batallas propias de muchachos, no distinguirnos en absoluto del resto, nadar a favor de una corriente caudalosa de confianza y ruda familiaridad que nos arrastraba con suavidad y firmeza… ¿Quién puede negar que la felicidad consista en todo eso? ¿Quién puede negar que en el carácter del ser humano haya algo que prácticamente está pidiendo eso a gritos, algo a lo que en la vida diaria, apacible y civil rara vez se hace justicia?
En cualquier caso no seré yo quien lo niegue. Sin embargo, sé y afirmo con toda contundencia que precisamente esta felicidad y justo este tipo de camaradería pueden convertirse en uno de los instrumentos de deshumanización más terribles, tal y como ocurrió a manos de los nazis. Éste es su gran señuelo, su gran cebo. Los nazis han atragantado a los alemanes con el alcohol de la camaradería, cosa que ellos en parte deseaban, hasta el delirium tremens. Han convertido a todos los alemanes en camaradas y los han aficionado a esa droga desde la edad más temprana: en las juventudes Hitlerianas, las SA, el ejército del Reich, en miles de campamentos y federaciones, extirpándoles algo irreemplazable, algo que no puede ser compensado con la felicidad propia de la camaradería.
La camaradería forma parte de la guerra. Al igual que el alcohol, es una de las grandes medidas de consuelo y auxilio que toman quienes están obligados a vivir en condiciones inhumanas. Hace soportar lo insoportable. Ayuda a resistir ante la muerte, la suciedad y la miseria. Tiene un efecto embriagador. Consuela ante la pérdida que implica su mera existencia de todos los valores conquistados por varias civilizaciones. Es glorificada mediante estados de tremenda necesidad y amargos sacrificios. Allí donde se aleja de todo esto, allí donde su motivo y organización no son más que el placer y el aturdimiento, donde no representa más que un fin en sí misma, la camaradería se convierte en vicio. El hecho de que cause una felicidad momentánea no cambia nada en absoluto. La camaradería corrompe y deprava al ser humano como ningún otro alcohol u opio. Lo inhabilita para llevar una vida propia, responsable y civilizada. Sí, en realidad es todo un instrumento deshumanizador. La camaradería como forma de prostitución con la que los nazis han seducido a los alemanes ha arruinado a este pueblo más que ninguna otra cosa.
No se debe pasar por alto la trascendencia de ese punto clave en el que la camaradería ejerce su acción letal. (Lo repetiré una vez más: una droga es capaz de generar felicidad, cuerpo y alma pueden estar deseándola y, utilizada correctamente, también puede tener propiedades curativas y resultar imprescindible, lo cual no quiere decir que deje de ser droga.)
Para poder hacerse una idea de este punto crucial hay que considerar que la camaradería anula por completo el sentido de responsabilidad propia, tanto en el terreno civil, como, lo que es peor, en el religioso. Quien vive en un entorno de camaradería está exento de toda preocupación existencial, de la dureza que conlleva la lucha por la vida. En el cuartel tiene su campamento, comida y uniforme. El transcurso de la jornada está planificado hora por hora. No debe preocuparse lo más mínimo, pues ya no ha de regirse por esa máxima severa de «cada uno es responsable de sí mismo», sino por esa otra, tan generosa y flexible, del «todos para uno». Una de las mentiras más desagradables es la que sostiene que las leyes de la camaradería son más rígidas que las que imperan en el ámbito civil del individuo. Todo lo contrario: aquéllas se caracterizan por una laxitud que casi debilita y únicamente se justifican en el caso de los soldados que van a una guerra de verdad, para quienes van a morir: sólo el pathos de la muerte permite y soporta esa tremenda dispensa de responsabilidad vital. Y ya se sabe cuán incapaces son incluso los valerosos combatientes que han pasado demasiado tiempo sobre el mullido almohadón de la camaradería de adaptarse a la dureza de la sociedad civil.
Mucho peor resulta el hecho de que la camaradería exima al individuo de asumir la responsabilidad sobre sí mismo, ante Dios y ante la propia conciencia. Él hace lo que hagan los demás. No le queda alternativa. No hay tiempo de reflexionar (a menos que tenga la mala fortuna de despertarse en soledad). La voz de la conciencia es la de los camaradas y lo absolverá de todo siempre y cuando haga lo que hace el resto.

Entonces los amigos cogieron el cántaro
y, lamentándose de los tristes caminos de este mundo
y de sus duras leyes
arrojaron al muchacho.
Estaban muy juntos, pierna contra pierna
al borde del abismo
cuando lo arrojaron cerrando los ojos.
Ninguno fue más culpable que otro
y detrás arrojaron terrones de tierra
y piedras planas.

Esta cita es del escritor alemán comunista Brecht [7] y está escrita con intención positiva y elogiosa. En ésta como en tantas otras ocasiones los comunistas y los nazis comparten una misma opinión.
Si al cabo de unas pocas semanas en Jüterbog nosotros —pasantes al fin y al cabo, universitarios con una formación intelectual, futuros jueces y ciertamente no sin excepción debiluchos sin convicciones ni carácter— nos convertimos en una masa de clase inferior, irreflexiva y despreocupada, para la que afirmaciones como las referidas sobre París o los acusados de incendiar el Reichstag eran algo habitual que no obtenía réplica y sí daba muestra del nivel intelectual, fue a consecuencia de la camaradería. Pues ésta supone que el nivel intelectual queda fijado ineluctablemente en la cota más baja, en el último punto accesible a duras penas. La camaradería no admite discusión; cualquier debate vertido en una solución química de camaradería adquiere rápidamente tintes de refunfuño y maquinación, es pecado mortal. Sobre la base de la camaradería no prospera la reflexión, sino sólo el pensamiento colectivo de naturaleza más primitiva, otra vez de forma ineludible; si alguien desea escapar, se sitúa automáticamente fuera del concepto de camaradería. ¡Ay, cuando reconocí las ideas que al cabo de pocas semanas dominaban de forma irremediable y absoluta la camaradería reinante en nuestro campamento! En realidad no se trataba de las convicciones nazis oficiales… y sin embargo sí que lo eran. Eran las ideas que habían imperado entre nosotros, los niños de la Guerra Mundial durante aquellos años, la doctrina del Equipo de carreras de la Antigua Prusia y de los clubes deportivos en la época de Stresemann. Había un par de elementos específicos de la ideología nazi que no acababan de echar raíces. «Nosotros» por ejemplo no éramos unos antisemitas virulentos, pero tampoco estábamos por la labor de empeñarnos en que así fuera. Pequeñeces que a quién iban a importar. «Nosotros» formábamos un colectivo y, con toda la cobardía intelectual e hipocresía propias de una colectividad, ignorábamos o banalizábamos instintivamente todo lo que pudiese perturbar nuestra autocomplacencia de grupo… éramos un Reich en miniatura.
Llamaba la atención cómo la camaradería descomponía activamente los elementos que conforman al individuo y a una civilización. El ámbito más importante de la vida personal, aquel que no se integra tan fácilmente en la camaradería es el amor. Pues bien, la camaradería también tiene un arma contra él: el chiste obsceno. Cada noche, en la cama, después de la última ronda, se contaban estos chistes como una especie de ritual perteneciente al férreo programa de cualquier variedad de camaradería masculina. Y no puede ser más desacertada la opinión de algunos autores empeñados en interpretarlo como válvula de escape para una sexualidad insatisfecha, un placer sustitutivo y qué sé yo cuántas otras cosas. No es que estos chistes tuviesen un efecto estimulante ni lujurioso, todo lo contrario: lo que lograban era hacer del amor algo lo menos apetitoso posible, ponerlo a la altura de un fenómeno como la digestión y lo dicho: convertirlo en objeto de burla. Recitando coplas de taberna y utilizando palabras malsonantes para denominar partes del cuerpo femenino los hombres negaban haber sido tiernos y fervientes, haber estado enamorados, haberse preocupado de ser apuestos y gentiles alguna vez y haber usado palabras muy dulces para esos mismos rasgos físicos… Ellos se consideraban muy rudos y por encima de ese tipo de cursiladas civiles.
Resultaba obvio y acorde con el estilo reinante que la cortesía y los modales propios del ámbito civil fuesen presa fácil de la camaradería. Adiós a los tiempos en los que, sonrojados y torpes, hacíamos reverencias y mostrábamos nuestra buena educación en sociedad. Aquí «mierda» era una expresión normal de desagrado, «¿Qué tal, gilipollas?» un tratamiento amistoso y afable y «golpear el jamón» [8] el juego preferido. También quedaba anulada la obligación de comportarse como adultos, que lógicamente fue sustituida por el deber de hacerlo como muchachos; así, por las noches asaltábamos el pabellón vecino con «bombas de agua», escudillas llenas de líquido que arrojábamos a la cama de las víctimas… Después comenzaba una batalla con alegres ¡ohs! y ¡ahs! y chillidos y alboroto, el que no participaba no era un buen camarada. Si se acercaba la ronda, en un abrir y cerrar de ojos todos desaparecíamos bajo las sábanas entre aullidos de excitación y permanecíamos allí, simulando a ronquidos un sueño profundo. La incuestionable camaradería imponía que los atacados con tanta vileza también manifestasen su ignorancia ante los mandos superiores y prefirieran afirmar que ellos mismos habían mojado las camas. La noche siguiente habría que prepararse para hacer frente a su asalto…
Esto nos lleva ya a ciertas costumbres ancestrales, sangrientas y siniestras propias de la camaradería que no podían faltar. Todo el que pecara en contra de los camaradas, el que se distinguiese por señoritingo, quien presumiese y mostrase mayor personalidad que la permitida era víctima de un tribunal secreto y recibía castigos corporales nocturnos. Ser arrastrado hasta la bomba de agua era la medida que se tomaba para los pecados más pequeños. Sin embargo, en una ocasión, al considerar que alguien se había beneficiado a sí mismo en el reparto de las raciones de mantequilla —que, dicho sea de paso, por aquel entonces aún eran más que suficiente—, el acusado fue víctima de un terrible juicio secreto. En su ausencia se debatió tenebrosamente el procedimiento que se le iba a aplicar paso por paso; por la noche, una vez concluida la ronda, entre las camas reinaba un ambiente de ejecución, tenso y sofocante. Ni siquiera hubo auténticas risas cuando recitaron las coplas de taberna que ya formaban parte de un ritual. «Meier», retumbó de pronto la terrible voz del autoproclamado juez del tribunal secreto, «¡tenemos que hablar contigo!». Pero sin que la conversación llegara muy lejos sacaron violentamente a aquel infeliz de la cama y lo tendieron sobre una mesa. «Cada uno ha de propinar un golpe a Meier —tronó la voz del juez—, nadie podrá abstenerse». Escuché el sonido de los golpes desde fuera, pues sí que logré abstenerme de participar. Afirmé en broma que era incapaz de ver sangre y tuvieron la clemencia de asignarme la función de vigilante. La víctima se resignó a su destino. Según ciertas leyes siniestras de la camaradería, cuyo peso todos sentíamos sobre nosotros cual nubarrón, ajeno a nuestra voluntad, una denuncia habría supuesto poner su vida en verdadero peligro. De alguna manera se echó tierra sobre el asunto y al cabo de unos días el apaleado volvió a tratar con nosotros de una manera relativamente inocua, sin que su honor ni su dignidad hubiesen resultado perjudicados. Tampoco las leyes del honor y la dignidad podían hacer frente a la solución corrosiva de la «camaradería»…
Vemos que esa hermosa camaradería masculina, inofensiva y en tantas ocasiones alabada es algo en realidad bastante demoníaco que entraña un peligro inescrutable. Los nazis sabían lo que hacían cuando se la impusieron a todo un pueblo como forma de vida habitual. Y los alemanes, dado su escaso talento para disfrutar de una vida y felicidad individuales, estuvieron tan terriblemente dispuestos a aceptarla, mostraron tanta voluntad y afán de renunciar a los frutos tiernos, altos y aromáticos de una libertad peligrosa a cambio de la fruta embriagadora al alcance de su mano, exuberante y jugosa que representa una camaradería general, indiscriminada y envilecedora…
Se dice que los alemanes han sido subyugados. Es una verdad a medias. A la vez han sido objeto de algo mucho peor, para lo que todavía no hay ninguna palabra. Han sido «camaradizados». Es un estado tremendamente peligroso. Uno se encuentra bajo los efectos de un hechizo. Vive en un mundo de ensoñación y embriaguez. Se siente tan feliz en él y tan terriblemente anulado al mismo tiempo. Tan contento consigo mismo y a la vez víctima de una fealdad sin límites. Tan orgulloso y tan sumamente vil e infrahumano. Uno cree caminar entre las cumbres y se arrastra por el fango. Mientras dure el encantamiento, apenas hay antídoto contra él.”

Pequeño apunte al curso de las cosas

El caso es caso es que estaba yo pensando esta tarde lo insólito del desconocimiento en la “Finca España” del trabajo de Savall y en qué hacer de cenar, cuando me saltan en Radio clásica con el programa de ópera del sábado. No diré nada de la desfachatez de los gobernantes y señores de la pasta, que no es el momento, pero ¿no es bastante el maltrato que nos dan (que nos dejamos dar) para que encima el Teatro real (no imaginario) programe lo que ha programado? aturdido por lo que mi oído derecho (el otro, afortunadamente está de baja) me indicaba; no caía en lo que me decía la dicha Radio clásica.¡Señoras, señores:una ópera de Philip Glass se ha estrenado (en estreno mundial del mundo) hoy en el teatro real (ya con minúsculas) una ópera sobre los últimos años de la vida de Walt Disney, tan apasionante vida de delator! ¿No es enternecedor? Un titular: España, la cloaca de la música, que no por minimalista es menos lamentable; Glass, un remedo de fraudes musicales con ánimo de pasar a la historia de los pelmas.
He soportado mal que bien el “Tournedo Rossini” (Gioachino), ¿he de soportar la “hambuguesa Glass”, oh dioses benevolentes?, ¿y con dineros públicos?
(Extracto de “La vida perra”, del Marqués del Tuvo)
Derechos: Marqués del Tuvo y asociados.

LO PROMETIDO ES DEUDA: LA FOLÍA

Lo mejor es escuchar una para hacer boca; hay más:

Folía, parece que con la misma raíz de follón (“En esto oyeron un gran ruido en el aposento, y que don Quijote decía a voces: tente ladrón, malandrín, follón, que aquí te tengo y no te ha de valer tu cimitarra”), quiere decir locura, pero también ruido, asimismo folía o follia fue un baile o danza rápida y nada ceremoniosa, portuguesa o del reino de León, o también quizá del antiguo reino galaico-portugués, que se bailaba con mucho ruido y entre muchas personas, parece ser que, sobre todo, en carnaval,

“Era una çierta dança portuguesa e mucho ruido porque ultra de ir muchas personas a pie con sonajas y otros instrumentos”
Covarrubias: “Tesoro de la lengua castellana”, 1611

“Tañen y cantan suavemente á son de unas sonajas, como las folías de Portugal”
Luis del Mármol

“Aquel con que hacen las folías los potugueses”
Antonio Agustín

También se llamaba ‘folía’ ya más tarde al tañido y mudanza del baile español (que provenía del antiguo citado), y que solía bailar uno con castañuelas o palillos.

“¿Vienes al cabo de un hora?
¿Te estabas jugando el bote?
-¿yo? No tal; con el papel
vine luego.- Bien está.
Yo sé que usted hoy tendrá
Folías en el ravel.”
Moreto

“Los pájaros con tanto pico abierto oyeron en un tono soberano
las folías, la gaita y el villano.”
Samaniego

El esquema armómico ((i)-V-i-VII-III-VII-iV-(i)), aparece antes de que la folía quede como estrofa formal a partir del s. XVI, y eso sucede porque, a pesar del origen portugués ya citado, en este siglo (Bajo la férula de Felipe, alias II) la danza, consistente en una melodía y un bajo continuo sobre los que se iban haciendo variaciones, se extiende por toda Europa siendo este género conocido a partir de entonces como “folias de España”, y es que el que manda, manda.
Como sucede habitualmente, al ser asimilada en las cortes, la folía pierde su origen popular y loco, para quedar refinada como la conocemos hoy en día, y es que –según Carlos Vega- las músicas populares que llegan hasta los salones de la nobleza, es asimilada en esta forma por el pueblo llano, que olvida las primitivas que a él mismo se debían. De esta manera, las folías se van especializando según cortes y épocas, así como se sitúan en lugares tan dispares como Las Islas Canarias, en que reciben el nombre de “Canarios”.

“…la folía canaria desciende de la folía histórica en su acepción barroca”
Lothar Siemens: “La folía histórica y la folía popular canaria”, 1965

Siendo en este caso especial su refinamiento debido a la influencia de otro género, portugués asimismo: el fado, sumado a las influencias andaluzas, pues desde Sevilla llegaban los barcos a las Islas dando esa “cadencia andaluza” en los estribillos e introducción-
En fin, para no alargarme demasiado (y no meter demasiado la pata), añadir que era el de las folías primitivas un compás ternario de fácil acompañamiento y desenfrenada “mise en scène”; las fáciles melodías y la adaptabilidad para la improvisación es lo que hace de la folía un género tan generalmente utilizado; estas improvisaciones tomaron al principio la forma de ricercadas y posteriormente de variaciones sobre la melodía

Como podéis imaginar, me he dado una vuelta por la web y, ¡oh felicidad! Me he topado con una Pastelería “La Folía”, y es que a veces la vida de los humanos tiene sus carantoñas (término muy usado por mi muy admirado Cifuentes, “Cifu” para los amigos)

Una de Corelli angelical, ya más desarrollada: no me gusta mucho esta sustitución del piano por la tecla de época, pero bueno…

¿Pensabais que no iba a citar a Juanse? ¡Qué disparate! Os traigo aquí la “Folie d’Espagne”. No sé si por está época la danza se hacía por hombres que llevaban a sus hombros hombres vestidos de mujeres como era usual entre los portugueses (si Freud levantara su lápiz…) , pero no parece que fuera así, ya que la folía ya era entonces una estrofa perfectamente homologada en la música culta. Sin embargo es lo que siguen haciendo los hombres vestidos de mujeres (aunque ya no a hombros de hombres sino a modo de peatón danzante) en el discurrir de esto que aun llaman carnavales siendo desfiles al uso militar o procesional, tal y como yo lo veo.

Pero sería imposible u artículo, por humilde que sea, sobre la folía sin citar a Jordi Savall (ni a su preciosa hija Arianna), el enorme trabajo realizado por este músico y musicólogo, así que –aunque sea una pequeña muestra- dejo aquí este enlace de un directo (vivo, lo llaman ahora, como si hubiera conciertos en ‘muerto’). Hay de todo, pero sobre todo podréis apreciar la pureza de las primeras folías, o mejor, su sencillez delicada y festiva.

Fijaos bien en la percusión: es la base del ‘contínuo’ de la estrofa citada anteriormente.
De paso, diré lo increíble que resulta que una persona como Savall sea obviada en esto que llaman España con la boca grande: si tenemos en cuenta la audiencia real de Radio Clásica es tan poco conocido como Ramón y Cajal, lo cual resulta deprimente, pero ésa es otra historia.
Seguramente se puede pensar que es una memez que una persona (yo) torne feliz al escuchar esta música, cuyo hallazgo es la sencillez, pero así es, la música aquí interpretada de Diego Ortiz o –en otros casos- de Antonio de Cabezón, esas recercadas bucólicas e irreales excitan la producción de óxido nitroso en mi cuerpo: el placer, digan lo que sea, y sí, insumen en la felicidad, o yo soy bobo.
Aquí, en Galicia, escucho en las pequeñas fiestas de barrio (o parroquia) después de una buena parrillada, a gaiteiros, tambores, palilleiros y pandereteitas (el género resulta indistinto) al calor de los aguardientes “post cibum”que es lo mismo que “post coitum” pero masticando, montones de danzas, y entre ellas siempre salta imprevista una antigua folía o una ensalada, como quien no quiere la cosa: sigue siendo la felicidad, sin duda.
Parece claro que amo la folía, como amo la chacona de la que ya escribí, o los villancicos (¡ojo, no los fraudes navideños actuales!), las ensaladas, canarios, recercadas, los sonetos de Garcilaso o los madrigales de Bocángel , las leyendas artúricas, las “Suites inglesas” (BWV 806 – 811), así como “In taberna cuando sumus” o “Tristan e Iseo”…
Empezaba a pensar en la folía y me sale una declaración de principios, ¿por qué no? Uno ama lo que ama, odia algunas cosas y lo demás le resulta indiferente, pero hablando de ‘canarios’, en este maravilloso recital que habéis o estáis escuchando, allá por su minuto cuarenta tenéis uno de los más bellos que jamás se han escrito: es nuestro, nuestro, está en nuestra memoria, memes, que dice Hawkins. Seguro. Así yo lo siento. Suplo mi carencia de conocimientos musicales con la entrega del enamorado de la música, y no me va mal: grande es la satisfacción.
Y si no me creéis, escuchad atentamente la propina de este recital, el villancico de Rodrigo Martínez, si eso no os sume en una nube más sutil que la del opio, todo lo dicho anteriormente de nada habrá servido.

Bartolotti (“La Folía”, 1640), Abel (“Folie dEspagne”, 1685), Corelli “”La follia, opus 5 nº 12”, 1700), Geminiani (“Concerto grosso, nº6, La follia”, aprox. 1717), Lully (“Air des hautbois, les folies d’Espagne”, 1672), Marais (“Les folies d’Espagne”, 1701), Sanz (“Folías”, 1674; “Introdución de música sobre la guitarra española”, 1674), y tantísimos otros además de los arriba citados han escrito folías; yo apuntaré aquí, otros enlaces del YouTube omnipresente y bienaventurado, por poner unos pocos ejemplos más, pero pienso que con el recital de Jordi Savall uno se puede hacer una idea bastante completa.

De Vivaldi, con información algo confusa sacada de la wikipedia,

de Antonio Martín y Coll, donde se aprecian con mucha claridad las sucesivas recercadas o variaciones sobre la melodía y los bajos acompañantes.(aparte de ver una sucesión de cuadros, algunos absolutamente inapropiados),

Donde podemos escuchar las divagaciones románticas de Rachmaninov en sus “Variations sur un thème de Corelli”, tema que habéis escuchado antes. Y por último,

He escrito el relato anterior porque (no he de decir quién) he sido regañado al no actualizar mi blog con la necesaria premura, y -ya puestos a ello- he pensado poner también algo de música, quizá para compensar tanta salsa de tomate. Y, como me ha inspirado la carta de una querida amiga, voy a hablar de negros.
Como lo habéis leído: de negros, y además, faltando a mi costumbre de divagar, seré breve: nosotros somos negros, pero no de los de Malcom X ni los de Angela Davis, no: de los del Tío Tom, todoelratolloriqueando, o como diría un reciente amigo, choromicando.
en espera y deseo de que pasemos a ser negros de verdad, valientes y vigilantes personas que defienden, no lo suyo, sino lo de todos, os paso el enlace de: “La romanza de Simpson” (mi amiga Mer me va a deber un par de vinos), cantada por Jorge Algorta y dirigida por el mismísimo Sorozabal.

No hay noche tan larga que no haya de amanecer.
Salud.

Pd.: Por si algún listillo tiene copionas ocurrencias (según me avisan), he de decir que los relatos de este blog están todos registrados.
Y no digo “Aleluia” porque significa “alabad a Yavhé”, mejor: ¡Albricias, ya lo he dicho!