¿VIOLENCIA DE GÉNERO, O QUÉ GÉNERO DE VIOLENCIA?

Desde que apareció este eufemismo lamentable que llaman “violencia de género” me hierve la sangre, y me hierve porque se debe decir “violencia sexista”, da igual si es de ellos hacia ellas o al revés, incluso sabiendo como sabemos que esta segunda parte es escasa respecto de la primera.
Hay también violencia contra los niños, contra las niñas, ya sean hijos o no, pero la base siempre es la misma, la paralización de la víctima mediante el terror, y la ocultación de los propios temores mediante el poder que da la utilización de dicha violencia.
¿Es doméstica esa violencia?
Ciertamente, en su mayor parte, aunque muchas (y muchos, me consta) la han sufrido fuera de sus casas: colegios, internados, reformatorios para jóvenes…, pero hemos de tener en cuenta que todas esas instituciones cumplían en el momento de la aplicación de la violencia el papel de hogar sustituto temporalmente, así que hablamos de lo mismo.
Por eso en el título que propongo está el término “paredes”, que todo lo esconden y acallan, aunque debo reconocer mi deuda con Henry James con la totalidad del nombrado título.
¿Tendría yo que haber sido más suave en la redacción de mi relato?
Vosotros veréis.

LO QUE LAS PAREDES SABÍAN
(Obligado, Mr. James)

El golpe le llegó de arriba abajo, así, como un rayo: la paralizó, notó el intenso calor en la mejilla izquierda; la mano que cruzó su rostro no estaba sola, no vivía sola. Unos ojos la guiaban, y los ojos fueron los que dejaron su espíritu paralizado; bajó los suyos, los bajó, y vino el segundo golpe, que debió partir de la mano izquierda, porque era su mejilla derecha la que ardía, pero también ardía, pero sobre todo ardía de vergüenza; sus músculos tensos, listos; su mente soñando en la venganza, pero los sueños son nubes que se deshilachan con el viento del este. El siguiente golpe la hizo trastabillar hacia atrás, su hombro tiró un paisaje estúpido que había colgado de la pared; lo recogió del suelo; lo colgó en su sitio; bajó los ojos. ¿Por qué no se defendía?, ¿por qué no huía? Ni siquiera lloraba, sólo el silencio que se rompía al ruido de los golpes: el mundo era una cárcel, la casa era una cárcel, ella era una cárcel, y llovían los golpes, arreciaban los golpes. Luego, la quietud, el sonido de la respiración forzada que movía las manos, que iluminaba los ojos. Ser pequeña, ser tan pequeña como una mota de polvo: desaparecer. Invisible: ver sin que te vean, ¿pero qué ver? Vería los ojos, y los ojos le verían. ¿A quién rogar cuando le vieran? ¿Qué recóndita anfractuosidad le ampararía? ¿Qué piedad?
Las palabras, los insultos como sílabas marcadas, la voz baja, la voz contenida: El poder. Las palabras la herían, la desgarraban mientras se dejaba caer al suelo del olvido, mientras los golpes y las palabras jugaban con ella: El miedo. El miedo recogido en una postura fetal, allí en el suelo, llorando sin lágrimas, intentando proteger las partes blandas de su cuerpo magullado; su brazo desconcertado limpiando del suelo la sangre que corría desde sus comisuras, su nariz, rota tantas veces que ya no oía el sonido cuando volvía a quebrarse.

El odio, como un mar ahogaba sus pulmones; tenía las manos doloridas, por eso ahora cerraba los puños que quebraban los pómulos indefensos que odiaba, los pechos que odiaba, la vida que odiaba. Ella había caído al suelo, ahí estaba como un animal muerto; no lloraba, no gritaba, no parecía respirar; sólo se recogía, como abrazada a sí misma, pero él sólo veía un velo rojo ante sus ojos, un infierno que había que acallar con el llanto de ella. Pero ella no lloraba: la perra no lloraba, y el alivio no, el amparo no, mientras las piernas se movían frenéticas sobre el cuerpo caído, cansadas sobre el cuerpo caído. Y la paz no.
Salió de aquella habitación acompañado de los insultos, de las palabras masculladas, de su odio, de la vergüenza agazapada en su último interior, el miedo. El miedo recogido en los hombros cargados, allí, de pie, jadeando; el pecho preso de angustia: una mano como losa en el pecho. Abrió un armario, sacó una botella de algo y bebió del gollete; se atragantó; volvió al cuarto donde yacía su mujer, donde su mujer, hecha un muñeco roto gemía en silencio.
La botella escapó de su mano; reventó en la cadera de la mujer, que ya apenas se movía, el líquido derramándose, la mano del hombre que toma el cuello de la botella, que rasga con él el vestido, la piel de su mujer, desde arriba hasta que cae rodillas en tierra ante ella y, ahora sí, hinca el vidrio serrado sin mirar dónde; piernas, brazos, la mujer se vuelve, le mira. Vientre, rostro, cuello, cuello, cuello. Y él ya tumbado encima instilando su odio, el rencor de sí mismo, el pánico a la vida que ya no es de ella; los ojos de ella vidriados por ese vidrio que la ha desgarrado y desangrado hasta el silencio: La paz.
Pero a él la paz le rehuye, no hay paz para él; se levanta, va a por otra botella que derrama sobre el cuerpo de la mujer, busca cerillas e intenta que todo arda como arde su pecho, pero no. Pero no. Su fracaso es tan enorme que ni siquiera ha sido capaz de hacer fuego. Ahora sólo le queda una cosa que hacer; toma su escopeta, la carga, se sienta en un rincón; acerca el cañón a su frente, mira a su mujer; dispara.
El tiro le quema la parte izquierda del rostro y rompe el cristal de la ventana. El miedo no tiene límites, y cuando la policía tira abajo la puerta de la casa y le encuentra, él sigue en el rincón, la estupidez en sus ojos y el segundo tiro sin disparar.

Emilio Barrenetxea

Anuncios

Un pensamiento en “¿VIOLENCIA DE GÉNERO, O QUÉ GÉNERO DE VIOLENCIA?

  1. Oh, sí, qué machote. El machote ibérico pata negra se pega un tirito de refilón o se tira por la ventana del entresuelo, y de pie, no se vaya a romper la cabeza. Me viene a la memoria aquel otro valentón, mucho más refinado, del cuento “Agustina y Tabalet” (Años y leguas, Gabriel Miró):
    “Y, a tientas, le buscaba la oreja para atinarle, y allí, de pronto, crujían los huesos y retumbaba toda la sangre de Agustina. Antes de que la tocara, adivinaba la mujer que venía, poco a poco, la mano del marido. Puñetazo a oscuras. Toda la alcoba negra le parecía mano de Visentot.”
    “Visentot mataba un mastín y una res de una puñada, y no mató a la pobre mujer. No la mató porque supo resistir siempre su empuje, conteniéndose para chafarle nada más los oídos… Todas las noches la puñada, pero no a la misma hora. Y Agustina, esperándola, se dormía…”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s