Un cortísimo relato sobre: ¿Dónde pueden conducirnos las pequeñas manías?

PEQUEÑA HISTORIA DE UNA VOZ Y UNA MUERTE ESTÚPIDA

Ausente. Carga el enorme Mágnum 357; da vueltas por la habitación: está limpia, la ha limpiado meticulosamente hasta tener la seguridad de que no hay una molécula de polvo ya posada, ya flotando en el aire. Deja el arma en la mesa. Con cuidado. Levanta la mirada hacia ninguna parte; destellan un microsegundo sus ojos: algo se le ha escapado; sale. Vuelve con una caja negra de cartón bajo el brazo y una escopeta Remingtong 870 en la mano del mismo brazo, en la otra, una caja amarilla; deja las cajas sobre la mesa. Las abre, las vuelca: un montón de cartuchos de posta y balas esperando; abre la recámara; comienza a introducir los cartuchos despacio, muy despacio; vacía el resto de la caja en una mochila sin distintivos aparentes; lo mismo con los cartuchos que quedan en la mesa.
Se sienta en el borde de una silla unos segundos como repasando los objetos sobre la mesa; se pone en pie como movido por un resorte, se reprocha no haberse dado cuenta antes. De golpe, saca un puñado de cartuchos que introduce en uno de los bolsillos de la americana; otro puñado en el otro bolsillo: Parece más tranquilo; vuelve a la silla, deja que nada le importe; deja que los latidos de su corazón sean deshechables: Uno por uno. Escucha el fluir en sus arterias; nota como se abren y cierran los alvéolos acompasadamente: está vivo, esta cansado. Está vivo. ¿Es bonito vivir?
Es posible, piensa. Lo cierto es que se levanta, toma las armas y la mochila; limpia la mesa cuidadosamente y llega hasta su cocina –jamás nadie juraría que alguien cocina, come, bebe, vive en ella- . Se dirige a la nevera; la abre; saca una pequeña fuente cubierta con un film translúcido; sin que una miga, una miserable miga delate su presencia, de no se sabe dónde, tiene en su mano una barra pequeña de pan que corta limpia y longitudinalmente; aplica con maestría unas gotas de picual; corta tres, no, cuatro finas lonchas del maigret que contiene la fuente; las coloca ordenadamente sobre la parte inferior del panecillo para cubrir todo con mermelada de frambuesa y luego con la parte superior del pan, y envolver el resultado en un paño de hilo; vuelve a la nevera, la abre, extrae una botella mediana de Sauternes que coloca en un cilindro de frío; mete –ve a saber por qué- el bocadillo y el vino en la mochila que carga por el pecho; toma las armas, la Remingtong en la mano derecha, el revólver al cinto; pasa un paño por todas las superficies que ha tocado; mira a su alrededor: todo en orden.
Sale a la calle, una nube en los ojos.
Un perfil como sombra (la Voz: ¡mata!); dispara. Dos veces. Ve (¿ve?) una bolsa de plástico reventando, esparciendo verduras, cosas imprecisas que rebotan en el suelo; sigue adelante: la negra sangre de la mujer, la negra sangre del niño lamen, limpian la acera, purifican la acera. No mira, oye, escucha la Voz: “¡hijo mío, hijo mío, tu brazo es mi brazo!”; sigue la sombra de sus ojos; no escucha la calle enmudecida, no ve los cuerpos esparcidos por el suelo; sí oye unos gritos como de cristal, pero no es su voz, la Voz es dulce: “Mi amor es tu odio, mi amor es infinito”. Sí, gritos enormes de cristal, pero la escopeta ruge tres veces y alguien salta hacia atrás en dos mitades: el vientre se escapa como de una presa. Otro estampido: el sueño de su voz le dice que una bala ha rozado su hombro. El frío de la Voz le hace apuntar la mira del revólver: dispara una, otra vez. Tanto ruido, tanto ruido… Ya no la oye, la Voz; un trueno oye, un golpe en pecho que le arranca la ropa, lo levanta. Antes de caer, por fin, el silencio.
El silencio, el fragor de la calle.
Los gritos.

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