Jean Giono: “HOMENAJE A MELVILLE”

“la traducción de “Moby Dick”, de Herman Melvilla, empezada supuestamente el 16 de noviembre de 1936, se terminó el 10 de diciembre de 1939. Pero mucho antes de comenzar este trabajo, durante por lo menos cinco o seis años, ese libro ha sido mi acompañante extranjero. En mis paseos por las colinas lo llevaba regularmente conmigo. Y entonces, cuando a veces me tocaba abordar esas grandes soledades onduladas como el mar pero inmóviles, no tenía más que sentarme, apoyar la espalda en el tronco de un pino y sacar del bolsillo ese libro que ya empezaba a agitarse, para sentir cómo alrededor y encima de mí crecía la vida múltiple de los mares. ¡Cuántas veces escuché el silbido de los cordajes sobre mí, el movimiento de la tierra bajo mis pies como la plancha de una ballenera, el gemido del tronco del pino que se balanceaba contra mi espalda como un mástil, pesado por sus velas bamboleantes!”

Así comienza esta delicia de librito que acabo de releer (para mí, y para vosotros estéis donde estéis), debido a Jean Giono (Manusque, 1895 – 1970), de padre libertario, zapatero de oficio y madre planchadora, que en 1911 ha de dejar sus estudios en segundo para aportar dinero a la feble economía familiar y entrar a trabajar en la banca hasta 1914, año en que es movilizado, y después de la guerra hasta 1929, año de la publicación de “Colline” y “Un de Baumugnes”. Durante la guerra ha de participar en las batallas de Verdun, Chemin des Dames y Mont Kemmel (1916) donde, a consecuencia de las heridas, le fueron ligeramente velados (gazé) los ojos, quedando como tantos otros chocado por la masacre para el resto de su vida. Evocará tan terrible experiencia en “Le Grand Troupeau” además de en sus escritos pacifistas de los años 30.
Escribe incansablemente durante los siguientes años: “Angélique” (1923), inacabada, varios textos de prosa poética para la revista “La criée” de los cuales se venden posteriormente diez ejemplares (lo apunto para que nadie se desanime), y montones de textos para otras revistas. Escribe su texto fundacional, “Naissance de la Odyssée” (1927), “Regain” (1930), que con “Colline” y “Un de Baumognes” formará Giono su trilogía “Pan”.
Le siguen “Le serpent d’étoìle”, “Solitude de la pìtìé”, y la citada “Le Grand Troupeau”, “Jean le bleu” (1932) y “Le chant du monde, un montón de obras que casi se superponen hasta el fin de sus días, de las cuales citaré aquí las más emblemáticas desde mi punto de vista, claro.
“Le poids du ciel” (1938), “Pour saluer Melville” (1941) que es el texto que luego presentaré en su traducción española de 2009 debida a Susana Lauro, “Le hussard sur le toit” (1951) y el resto del ciclo del húsar, “L’homme qui plantait des arbres” (1953). Estas dos últimas también están publicadas en España, “El húsar en el tejado” (Anagrama, 1998), “El hombre que plantaba árboles” (Duomo, 2010). “El húsar…” fue llevada al cine por Rappeneau en 1995 con el mismo título, y “El hombre…”, al cine de animación en 1987 por Frédéric Back.
Parece también que Lumen editó “Renadio” en 1981, pero lo desconozco, y tampoco conozco el texto.
Para terminar esta pequeña semblanza, he de decir que Jean Giono fue encarcelado en 1939 por pacifista y liberado posteriormente, y asimismo fue encarcelado en 1944 acusado de colaboracionismo (a pesar de que el había escrito contra el nazismo y alguna de sus obras fue retirada por la censura alemana, pero yo supongo una maniobra de los comunistas de los que él se alejó después de tontear con ellos), y liberado sin cargo unos meses después, lo cual hizo que le aislaran del resto de los escritores y excluido del Comité nacional de escritores hasta la publicación de su “Le hussard sur le toit”, y su admisión en la Academia Goncourt en el 54.

En el texto que comento (y recomiendo encarecidamente), Giono inventa un personaje a partir del Melville real conservando milagrosamente el espíritu que le sostuvo y empujó a escribir Moby Dick haciendo de la persecución de la ballena no una venganza por la pérdida material de la pierna, sino una venganza personal contra las heridas recibidas en su lucha contra Dios, o contra su propia naturaleza.
Está escrito con una cadencia de prosa que se desliza por las páginas con un poder poético, casi etéreo a veces, como si fuera una soledad que le rodea mientras persigue su destino, que es la gran certeza del ser humano: su soledad ante el propio fin: “No se necesitan océanos terrestres ni monstruos válidos para todos; cada uno de nosotros tiene su propios océanos y sus propios monstruos personales” (op.cit., p. 11).
Sin embargo, es Melville un hombre libre, un demócrata de la única forma en que se puede ser demócrata, igual que lo es Whitman, a quien también cita Giono: “Courage yet my bhother or my sister / sep on! Liberty is to be subserved whatever occurs” (op.cit., p. 51), una persona que vive en el mundo con toda su realidad, y convencido de la necesidad de defender la propia (y ajena) libertad con el mismo entusiasmo con que uno debe defender su vida, y al igual que Whitman se recrea en la Naturaleza: “El estiércol de caballo es un gran poema” (op. Cit., p. 59).
Giono va llevando, o ve cómo Melvilla se va transmutando en su personaje al abandonar sus ropas de burgués y cambiarlas por las de marinero que encuentra en la tienda de un ropavejero para salir de su biografía oficial y sumirse en ésta adoptada que se nos hace imperceptiblemente tan real Y así nos dice Giono que “Herman tiene los ojos salados” (op.cit., p.68), y también que tiene un ángel contra el que lucha denodadamente, un ángel dedicado a la dura tarea de no dejarle vivir en paz, en la paz de las rutinas, de no permitirle nunca olvidar su condición de poeta, sean las que sean las corrientes que rigen en el mundo, de no dejarle “…vivir como todo el mundo, con ese gran egoísmo apacible que nos enseñan todas las iglesias y todos los poderes establecidos; ir por los caminos trazados, con la llave de todas las puertas que nos están permitidas en las escaleras, en los corredores, las habitaciones de todo el mundo, sin mirar la Enrique VIII; …” (op.cit., pp. 69 y 70). Y entre combate y combate, el ángel termina saliéndose con la suya: Herman escribe, y escribe lo que debe escribir, no lo que le conviene: la lucha por la vida.
Una vez vuelto al ser de marinero, viaja inopinadamente por Inglaterra en vez de esperar en la buena vida del honrado burgués a que se de a la mar el barco que ha de volverle a América, y en ese viaje hacia el norte, más al norte de Bristol ve aldeas y posadas: “Y en la herrería totalmente abierta y llena de chispas como si se cribara trigo de fuego en el infierno…” (op.cit., p. 97), y oye la voz que “tenía alma. Y en nuestra época, un ser tan temerario como para tener alma es una mujer.” (op.cit., p. 103).
Así que es una mujer con alma, que por no tener cierto tipo de recursos como los pueda tener un hombre aunque tenga también alma“está obligada a mostrar con osadía en todo momento su debilidad, y no hay modo de impedir que los idiotas tengan ganas de atacarla y de tomarla.” (op.cit., p. 106)., pero no citaré ni adelantaré más, sólo ilustrar aquí la delicadeza literaria de Giono que describe de este modo las olas: “No me quitarán de la cabeza que son las olas del mar las que enseñan ese juego a las ayas por las tardes, cuando el agua gira incansablemente las páginas del gran libro azul.” (op.cit., p.145).
Herman Melvilla publica Moby Dick en 1851, y Jean Giono, su semblanza de esta gestación en 1941, noventa años más tarde y un abismo de guerras, miserias crímenes enormes, pero Giono imbrica en las líneas de su relato un nombre de mujer: Adelina White, que es como un eco de la ballena, pero que es realmente el reflejo de una mujer real, Blanche Meyer a la que Giono escribió nada menos que 1.307 cartas, en un juego especular de nombre White / Blanche que nos traslada de nuevo al mar y la gran ballena blanca.
Pienso que la suave sencillez de la escritura de Giono tiene a la vez la fuerza, el ímpetu necesario para conmovernos desde este mundo de ensoñaciones en el que Melville cobra una nueva vida que bien pudo ser cierta, y en que dos nombre de mujer se solapan como en una fuga para evocar a la ballena.
Debo añadir en un aparte necesario el mérito de la traducción debida a Susana Lauro, que no sólo no hace en ningún momento torcer el gesto sino acaso más bien saber que se está disfrutando del placer de una bonísima traducción.
Vale.

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