ENTROPÍA

Esta semana pasada –semana en que, según me han comunicado los gárrulos locutores de la Radio Clásica Lusitana (Antena Dois), han sucedido milagrosamente el Día Internacional de la Felicidad, Poesía y Meteorología, así como quien no quiere la cosa, lo que me ha hecho preguntarme si los tipos que dedican su envidiable Vida Laboral a estas cosas son mala gente o simplemente estúpidos- en una conversación banal apareció repentinamente el nombre de Thomas Pynchon a cuenta de la dificultad que entraña su lectura. Cierto, no es fácil de asimilar tan gran cantidad de información ni los repentinos saltos que esa información sufre a lo largo de las páginas, de todas formas, cuando llegué a casa y me preparaba el almuerzo, me di perfecta cuenta de que me había picado, sí, picado con Pynchon, así que comí a toda prisa y me deposité en mi sillón de lectura con su libro “Entropía”. A las seis de la tarde del siguiente día –agotado- había terminado el libro y me metí una botella de vino de fresa, de aquí, del Rosal.
Y como me resulta muy difícil no compartir algo de esa lectura casi heroica de Pynchon, no me queda más remedio que copiar aquí una pequeña muestra de tan, en todo caso estupenda literatura, por si alguien se pica también y dispone del tiempo suficiente para rascarse.
Escribo esto el lunes, pero como no ha sucedido el Día Internacional de los Misterios Informáticos, mi ordenador me avisa amablemente de que carezco de conexión, así que ni idea de cuándo podréis, oh virtuales lectores, disfrutar de las sabias palabras que un poco más abajo aparecen.

“—Cuando de joven estudiaba en Princeton —dictaba Callisto, acunando al pájaro
contra el vello gris de su pecho—, Callisto había aprendido una fórmula mnemotécnica
para acordarse de las leyes de la termodinámica no se puede ganar, las cosas van a
peor antes de que mejoren, y quién dice que van a mejorar. A la edad de
cincuenta y cuatro años, teniendo delante la concepción del universo de Gibbs,
cayó en la cuenta de que, en el fondo, aquella jerigonza de sus tiempos de
estudiante era, después de todo, profética. Aquel largo laberinto de ecuaciones
se transformó a sus ojos en la visión de una muerte calórica inevitable del
cosmos. Siempre había sabido, por supuesto, que sólo máquinas o sistemas teóricos
funcionan con una eficacia del cien por cien; y que, según el teorema de Clausius, la
entropía de un sistema aislado aumenta constantemente. Pero hasta que Gibbs
y Boltzmann aplicaron a ese principio los métodos de la mecánica estadística no se
le hizo patente todo su horrible significado: sólo entonces se dio cuenta de que el
sistema aislado —galaxia, máquina, ser humano, cultura, lo que sea— ha de evolucionar espontáneamente hacia la Condición de Probabilidad Máxima. Así pues, se
vio obligado, en el triste declive otoñal de la edad madura, a reexaminar de forma
radical todo lo que hasta entonces había aprendido. Ahora tenía que examinar de
nuevo todas las ciudades y estaciones y pasiones fortuitas de su vida bajo una luz
nueva y elusiva y no sabía si iba a ser capaz de enfrentarse a la tarea. Conocía los
peligros de la falacia reduccionista, y esperaba ser lo bastante fuerte para no dejarse
arrastrar a la elegante decadencia de un fatalismo enervado. El suyo había sido
siempre un tipo de pesimismo vigoroso, italiano. Como Maquiavelo aceptaba que las
fuerzas de la virtud y de la fortuna son, aproximadamente, del 50 por ciento; pero
ahora las ecuaciones introducían un factor aleatorio que desplazaba la probabilidad
hacia una proporción inefable e indeterminada que, él mismo descubrió, temía
calcular. A su alrededor amenazaban vagas formas de invernadero, y el corazón
lastimosamente pequeño trepidaba contra el suyo. Como contrapunto a las palabras
de Callisto, la chica oía el gorjeo de los pájaros y los espasmódicos bocinazos de los
coches diseminados por la mañana lluviosa, y el contralto de Earl Bostic elevándose,
a través del suelo, en agrestes crescendos ocasionales. La pureza arquitectónica del
mundo de Aubade se veía constantemente amenazada por esos toques de anarquía,
brechas y excrecencias, líneas oblicuas, y un desplazamiento o inclinación de los
planos a los que continuamente tenía que readaptarse, a fin de evitar que toda la
estructura se desintegrara en una confusión de señales discretas e ininteligibles. Cierta
vez Callisto describió el proceso en términos de “retroalimentación”: cada noche
ella se internaba en sueños con una sensación de agotamiento, y una determinación
desesperada de no relajar nunca aquella vigilancia. Incluso en los cortos periodos en
que Callisto le hacía el amor, remontándose por encima del arqueo de los nervios
tensos vibraba en pizzicatos improvisados la cantinela solitaria de su determinación.
—Aun así —continuó Callisto—, encontró en la entropía, o medida de la desorganización en un sistema cerrado, una metáfora adecuada aplicable a ciertos fenómenos de su propio mundo. Veía, por ejemplo, a la generación más joven respondiendo a Madison Avenue con la misma furia que la suya reservó en otro tiempo a Wall Street, y en el consumismo norteamericano descubrió una tendencia similar desde lo menos a lo más probable, desde la diferenciación a la uniformidad, desde la individualidad estructurada a una especie de caos. En resumen, se sorprendió formulando de nuevo la predicción de Gibbs en términos sociales, preveía una muerte
calórica de esta cultura en la que las ideas, como la energía calórica, ya no se
transferiría, dado que, en última instancia, cada uno de sus elementos tendría
la misma cantidad de energía y, en consecuencia, cesaría el movimiento
intelectual.
Súbitamente alzó la vista.
— Compruébalo ahora —pidió a la chica.
De nuevo ella se levantó y miró el termómetro.
—Treinta y siete —dijo—. Ha dejado de llover.
El dobló la cabeza rápidamente y mantuvo sus labios sobre un ala estremecida.
—Entonces cambiará pronto —comentó, intentando en el tono dar firmeza
a su voz.
Sentado sobre la estufa, Saúl era como una gran muñeca de trapo contra la
que una niña hubiera descargado una rabia incomprensible.
—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó Meatball—. Bueno, si es que tienes
ganas de hablar, claro.
—Por supuesto que me apetece hablar —replicó Saúl—. De lo que sí estoy
seguro es de que le arreé unos buenos mamporros.
—Hay que mantener la disciplina.
—Ja, ja. Ojalá hubieras estado allí, Meatball. Fue una pelea increíble.
Acabó tirándome un Manual de Física y Química a la cabeza, pero en vez de
darme a mí dio en la ventana, y al romperse el cristal debió de rompérsele a
ella también algo por dentro. Se marchó de casa de repente, llorando, bajo la
lluvia y sin impermeable ni nada.
—Volverá.
—No.
—Bueno… —Y en seguida Meatball añadió—: seguro que ha sido por algo
muy importante; como, por ejemplo, quién es mejor, Sal Mineo o Ricky
Nelson.
—Lo más gracioso de todo es que fue a causa de la teoría de la comunicación —explicó Saúl

EL AMOR MÁS ALLÁ DE LA MUERTE: DOS VISIONES

QUEVEDO (1580 – 1615)

FEDRO (S. III ab Urbe condita o IV de la era cristiana)

Dos mil años aproximadamente separan a estos dos autores; del segundo tenemos la primera noticia al ser citado por platón (“Banquete”; “Fedro”), y del segundo, casi todo menos la oscura trama que le llevó a la húmeda celda de San Marcos de León, y de ahí a la muerte.
Platón identifica a Fedro como amante, pero amante del amor, no sólo amante real enamorado, quizá por eso es el propio Fedro quien incita a Sócrates a hablar del amor planteando el discurso de Lisias al respecto (“Banquete”)… ¿Podemos identificar a Quevedo en las misma manera? Creo que no. Quevedo pertenece a una época en la que el individualismo creativo no tiene demasiada importancia a la hora de componer sus versos; se podría decir que, al igual que los músicos coetáneos, componían de encargo sobre temas estándar, de manera que podían tocar casi cualquier tema dependiendo sólo de la capacidad compositiva de cada uno: Quevedo no tenía rival, compuso sonetos irónicos, mordaces, sonetos a la pasión amorosa, religiosa, sonetos políticos…
No así Fedro, cuyos poemas –desconocidos durante veintitrés siglos- podrían pasar por textos totalmente actuales, tanto en el sentido poético de lenguaje, de estructuras sintagmáticas, del encabalgamiento de las ideas expresadas y la sensualidad que rezuman, como en una poética personal totalmente libre y personal en la elección de los temas.
La obra de Quevedo es enorme, de difícil traducción a otras lenguas a causa de su culteranismo sumamente destilado; de Fedro, en cambio, nos han llegado doce poemas en estos veintitrés siglos, sin embargo coinciden desde la distancia enorme en tema del amor más allá de la muerte. Uno –Quevedo- construye una exaltación espiritual del amor que, sin embargo, subsiste en la materia, aunque esta materia sea al final tan sólo polvo, cenizas; Fedro no, Fedro ni siquiera contempla almas unidas en un amor espiritual, sólo la pasión unilateral de un cuerpo por otro, y esa pasión extraña o inusual está descrita de una forma tan bella que no puede menos que conmover radicalmente.
Quevedo imagina un amor perdurable porque el amor pertenece a la psiquis, al alma, y el alma permanece, de manera que el amor perdura con el alma, el polvo y las cenizas en un espacio sublime e intangible que es y no es a la vez. Por su parte, Fedro ama ciertamente, sin resquicios ni dudas, con todo el deseo que el amor conlleva, y ama de esta forma más allá de la muerte o, mejor, en la muerte misma.
Dos visiones que nada tiene en común más que el tema elegido y las dos atmósferas de belleza melancólica y- quizá- vindicativa.

Y ya, sin más os dejos con los dos poemas, que no es mi intención aquí escribir un tratado sobre poéticas sino traer al recuerdo dos poetas y dos mundos, uno nebuloso y otro real.

QUEVEDO: AMOR MÁS ALLÁ DE LA MUERTE.

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día
Y podrá desatar esta alma mía
Hora a su afán ansioso lisonjera;

Mas no desotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe ni llama la agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Médulas que han gloriosamente ardido

Su cuerpo dejarán, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, más polvo enamorado.

FEDRO: Poema XI*

A riesgo de la muerte
-junto al agua
de cálidas arenas de Eubea,
sobre el monte y el eco
y a la sombra del tilo-
te he amado,
dulcísimo cadáver,
como se ama a un cuerpo desnudo de memoria.
Fingido manantial,
la palidez del pubis
y la aurora,
la mano que era escarcha.
Te poseí tres noches en éxtasis de hielo,
mientras era la vida
sólo un fácil reflejo de las constelaciones.
Era ardiente la cópula del junco y de la nube,
la posesión eterna del vacío.
Oh verte,
acariciar tu sien de aguamarina,
celebrar en tu pulso la evidencia consciente de la nada.

Después,
sobre tu cuerpo
puse un trozo de cal y una amatista.

UN PEQUEÑO INCISO A “LOS ESBIRROS”

No tenía yo intención de ahondar en detalles cuando ayer publiqué aquí las pocas palabras que pergeñan el artículo anterior, pero ante mi sorpresa he recibido en mi cuenta de correo las dudas de un ‘seguidor’ del blog cuyo nombre omitiré, respecto a la posibilidad de que gente así fuera capaz de formar parte de los cuerpos de seguridad… de países civilizados como el (aquí el nombre del país cuyo nombre también omitiré por imperativo legal).
La mala fe no me da risa; la ingenuidad me produce horror, porque en la ingenuidad y el miedo dormitan tranquilamente los demonios de la represión más violenta.
Sólo -y por esta vez- citaré un testimonio, el de Raúl Vilariño, suboficial del Grupo de tareas 3.2.2. de la ESMA (Escuela de Marina. Argentina), recogido en el semanario de Buenos Aires, “La Semana”, y citado por Tina Rosenberg en su libro, preciso y fuera de toda duda, “La Estirpe de Caín”:

“Bueno, uno de los sistemas lindos que tenía Mengele (llamaban Mengele al médico de ESMA en alusión al Mengele real del nazismo) era una cucharita, ¿no es cierto? A las embarazadas se les introducía esa cucharita u otro instrumento metálico en la vagina hasta que tocara el feto… Entonces se le daba la descarga de 220. En una palabra, se picaneaba a la criatura.”

“Una vez le pregunté al padre Sosa (un sacerdote) si le parecía bien lo que estábamos haciendo y él me dijo que había que pensar como un cirujano. Si había que amputar el mal no se podía estar pensando en la estética del paciente.”

Y no sigo. Y al que mantenga que eso no puede suceder en el país que no pienso nombrar ni en ninguno de los países democráticos y civilizados le diría que o es tonto o que su maldad carece de límites.
Vale.

LOS ESBIRROS

Esbirro (R.A.E.): 1. Oficial inferior de justicia. 2. Hombre que tiene por oficio prender a las personas. 3. Secuaz a sueldo o movido por el interés.

Esbirro (Moliner): 1. “Alguacil”. Empleado que está a las órdenes de un tribunal de justicia. 2. (n. calif.) Se aplica a cualquier empleado subalterno que ejecuta las órdenes de una autoridad particularmente cuando para ello hay que ejercer violencia; por ejemplo, policías, verdugos o agentes de consumos. Se usa mucho en sentido figurado, aplicado a las personas que sirven a otra que les paga para ejecutar violencias o desafueros ordenados por ella.

Así que esbirro es la voz que define a la persona que estando a las órdenes de otra o de un poder (prefiero no confundir poder con autoridad) y en cumplimiento de sus obligaciones –gozosas o no- ejecuta sobre la gente actos de violencia con objeto de someterla a esa persona o poder.

Aparece la palabra ‘esbirro’ tomada en préstamo del italiano ‘sbirro’, lengua en que también toma la forma de ‘birro’, y que designaba a un oficial inferior de la justicia, a un policía menor o a un cualquier agente servidor de un poder u otra persona con poder para detener y aherrojar a las gentes indicadas. Este término ‘sbirro’ procede a su vez del latín desde el término ‘birrus’, con dos variantes, una ‘burrus’ de origen popular y con significado de ‘rojo’, y otra, ‘birrus’ o también ‘byrrus’, que designaba a una prenda que era un capotín con capucha (lo que hoy llamaríamos verduguillo), de uso muy popular en el bajo imperio romano. Lentamente, ese término ‘birrus’ o ‘byrrus’ se fue asociando al capuchón y de aquí a la idea de gorro (de ahí, birrete, barret, barretina, muy parecida al gorro frigio.
Posiblemente en algún momento los dos ideas, capuchón – gorro y rojo se contaminaran para adquirir una identidad común, y también es probable, ya que en latín se califica a esta prenda (capucha y esclavina) como de origen celta (gálica, la llamaban) cuya voz para definirla es ‘byrr’ (corto), que el término sea prestado del celta a los romanos. Incluso, del latín pasa al griego con la forma ‘bírros’.
El caso es que en italiano se explica que la palabra ‘sbirro’ debe su forma al color rojo con que se uniformaba a estos agentes del poder, pero es muy más probable que haga referencia simplemente al hecho de que actuaban encapuchados.
Exactamente como hoy: inidentificados e inidentificables.
En honor a los grandes avances sociales de nuestra cultura respecto de las antiguas ya obsoletas he de añadir que las capuchas (o pasamontañas) actuales suelen ser ignífugas. Lo digo por si algún malintencionado está pensando en futuros enfrentamientos.

*********

¿Por qué una persona, hombre o mujer, decide un día hacerse esbirro?, ¿por qué se deja entrenar para machacar a sus paisanos, amigos, familia?, ¿por qué se convierte en barrera que protege a unos pocos déspotas y miserables, ricos y riquísimos, que le son ajenos contra los demás, que le son propios?
Éstas son preguntas que el Poder de turno en cualquier parte del planeta se ha encargado de enterrar en arena hirviente desde la aparición de las sociedades modernas, usando para ello cualquier tipo de técnica que haya tenido a mano, sin embargo la más eficiente –como tantas otras- tiene origen alemán y es debida a Goebbels, único en aquel equipo de asesinos estúpidos y metódicos en su estupidez al ser no sólo un brillante estudiante desde niño y acabar su doctorado siempre con becas.
Bien, este narcisista inteligente (y gran don juan, según dicen) descubrió aquello de que la mentira repetida incansablemente deviene verdad.
“Servidores del pueblo”, “proteger y servir”, “cuerpos de seguridad”, “defensores del débil contra el fuerte”, “garantes de la seguridad y el orden”, “luchadores por la paz”, etc., son unas pocas de las titulaciones bajo las que se esconden estos secuaces apaleadores, torturadores, prepotentes, corrompidos y en caso de necesidad de sus amos, asesinos de sus propias gentes.
¿Por qué escribo todo esto (sin nombrar, claro está, a ningún cuerpo específico no vaya a dar con mis huesos ya se sabe dónde)?
Me da pavor la falsa inocencia del ciego, del que cree (y uso el verbo creer, porque no precisa de pruebas) la propaganda, del que cree, insisto, que jaleando a los esbirros estos cambiarán de bando y se pondrán hombro con hombro con la gente de bien que clama por sus derechos. Mucho más pavor que la mismísima violencia del ser esbirro.
Yo he visto mataderos de los de antes, no tan asépticos y cerrados como los de ahora, y he podido comprobar que, en medio de aquel olor de sangre, las turbas de vacas y terneros intentaban huir, mugían de miedo, se negaban a avanzar, pero no podían…
Nosotros no, nosotros nos dejamos llevar de un lado a otro “por nuestra seguridad”, nos dejamos golpear y detener “por nuestra seguridad” y, a veces, nos dejamos matar “por nuestra seguridad”; racionalizamos e interiorizamos la propaganda, incluso pensamos ¡pensamos! que hemos de tener piedad por esas personas, esos miserables, esos esbirros que, muy a su pesar, actúan como actúan por un bien superior que a todos nos concierne, cuando sólo son perros de sus amos, de nuestros amos, de los pocos sobre los muchos, de los ricos sobre los pobres, de los sinvergüenzas sobre los honrados. De los ladrones cobardes que ni siquiera son capaces de levantar la mano por ellos mismos.
Cobardes que se rodean de esbirros entrenados, sicarios entrenados que no durarán ni un instante en matarte si así se lo ordenan.
¿Creéis que un esbirro golpea con terrible dureza o dispara (que lo harán, tarde o temprano como ya lo han hecho antes) porque en un momento de caos han perdido –pobres- los nervios? Si es así como pensáis no me puede extrañar que el asunto de la famosa Trinidad o virginidad de las Once mil vírgenes sea cosa de siglos. Actúan así PORQUE HAN RECIBIDO ÓRDENES, y nada más. ¿Que reciben cierto tipo de substancias antes de “la acción”? eso dicen por ahí, ¿y a nosotros qué nos importa?
Guardaos de los esbirros, no confiéis en ellos, no les veáis como vuestros hermanos: no lo son; esclavos del poder, se creen poder (eso sirve para engañarles) siendo siervos, y aunque es posible que de entre ellos haya quien se escandalice, sólo hay una forma de demostrarlo: abandonando semejante oficio.
Los nazis utilizaban a los mismos judíos para llevar a sus hermanos de persecución a las cámaras de gas, para despojarlos y conducirlos a los hornos; a cambio recibían privilegios y vivían cuatro meses más, eso fue el ejemplo de la mayor destilación del mal, pero en general, el poder se surte de las clases más necesitadas para subyugar a las clases más necesitadas, de la misma manera que el amo utiliza al sirviente para que le ponga a tiro las piezas de caza que él matará.
Si alguien de los que esto leen tiene la intención de enfrentarse al poder para reclamar sus derechos (y los de los demás) que sepa que entre él y las personas que con él van, y el objeto de sus reclamaciones y exigencias hay una fortísima barrera, erizada de hombres y mujeres de su misma clase dispuestos a sojuzgarles por medio de la violencia que irá –como siempre- de menos a más, y que les exterminará si los amos así lo consideran necesario.
¿Engañarse, para qué?

Naturalmente, he de decir que este relato de ficción NO está tomado de ninguna realidad que suceda en este paraíso de la convivencia y justicia social que llaman España.