LOS ESBIRROS

Esbirro (R.A.E.): 1. Oficial inferior de justicia. 2. Hombre que tiene por oficio prender a las personas. 3. Secuaz a sueldo o movido por el interés.

Esbirro (Moliner): 1. “Alguacil”. Empleado que está a las órdenes de un tribunal de justicia. 2. (n. calif.) Se aplica a cualquier empleado subalterno que ejecuta las órdenes de una autoridad particularmente cuando para ello hay que ejercer violencia; por ejemplo, policías, verdugos o agentes de consumos. Se usa mucho en sentido figurado, aplicado a las personas que sirven a otra que les paga para ejecutar violencias o desafueros ordenados por ella.

Así que esbirro es la voz que define a la persona que estando a las órdenes de otra o de un poder (prefiero no confundir poder con autoridad) y en cumplimiento de sus obligaciones –gozosas o no- ejecuta sobre la gente actos de violencia con objeto de someterla a esa persona o poder.

Aparece la palabra ‘esbirro’ tomada en préstamo del italiano ‘sbirro’, lengua en que también toma la forma de ‘birro’, y que designaba a un oficial inferior de la justicia, a un policía menor o a un cualquier agente servidor de un poder u otra persona con poder para detener y aherrojar a las gentes indicadas. Este término ‘sbirro’ procede a su vez del latín desde el término ‘birrus’, con dos variantes, una ‘burrus’ de origen popular y con significado de ‘rojo’, y otra, ‘birrus’ o también ‘byrrus’, que designaba a una prenda que era un capotín con capucha (lo que hoy llamaríamos verduguillo), de uso muy popular en el bajo imperio romano. Lentamente, ese término ‘birrus’ o ‘byrrus’ se fue asociando al capuchón y de aquí a la idea de gorro (de ahí, birrete, barret, barretina, muy parecida al gorro frigio.
Posiblemente en algún momento los dos ideas, capuchón – gorro y rojo se contaminaran para adquirir una identidad común, y también es probable, ya que en latín se califica a esta prenda (capucha y esclavina) como de origen celta (gálica, la llamaban) cuya voz para definirla es ‘byrr’ (corto), que el término sea prestado del celta a los romanos. Incluso, del latín pasa al griego con la forma ‘bírros’.
El caso es que en italiano se explica que la palabra ‘sbirro’ debe su forma al color rojo con que se uniformaba a estos agentes del poder, pero es muy más probable que haga referencia simplemente al hecho de que actuaban encapuchados.
Exactamente como hoy: inidentificados e inidentificables.
En honor a los grandes avances sociales de nuestra cultura respecto de las antiguas ya obsoletas he de añadir que las capuchas (o pasamontañas) actuales suelen ser ignífugas. Lo digo por si algún malintencionado está pensando en futuros enfrentamientos.

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¿Por qué una persona, hombre o mujer, decide un día hacerse esbirro?, ¿por qué se deja entrenar para machacar a sus paisanos, amigos, familia?, ¿por qué se convierte en barrera que protege a unos pocos déspotas y miserables, ricos y riquísimos, que le son ajenos contra los demás, que le son propios?
Éstas son preguntas que el Poder de turno en cualquier parte del planeta se ha encargado de enterrar en arena hirviente desde la aparición de las sociedades modernas, usando para ello cualquier tipo de técnica que haya tenido a mano, sin embargo la más eficiente –como tantas otras- tiene origen alemán y es debida a Goebbels, único en aquel equipo de asesinos estúpidos y metódicos en su estupidez al ser no sólo un brillante estudiante desde niño y acabar su doctorado siempre con becas.
Bien, este narcisista inteligente (y gran don juan, según dicen) descubrió aquello de que la mentira repetida incansablemente deviene verdad.
“Servidores del pueblo”, “proteger y servir”, “cuerpos de seguridad”, “defensores del débil contra el fuerte”, “garantes de la seguridad y el orden”, “luchadores por la paz”, etc., son unas pocas de las titulaciones bajo las que se esconden estos secuaces apaleadores, torturadores, prepotentes, corrompidos y en caso de necesidad de sus amos, asesinos de sus propias gentes.
¿Por qué escribo todo esto (sin nombrar, claro está, a ningún cuerpo específico no vaya a dar con mis huesos ya se sabe dónde)?
Me da pavor la falsa inocencia del ciego, del que cree (y uso el verbo creer, porque no precisa de pruebas) la propaganda, del que cree, insisto, que jaleando a los esbirros estos cambiarán de bando y se pondrán hombro con hombro con la gente de bien que clama por sus derechos. Mucho más pavor que la mismísima violencia del ser esbirro.
Yo he visto mataderos de los de antes, no tan asépticos y cerrados como los de ahora, y he podido comprobar que, en medio de aquel olor de sangre, las turbas de vacas y terneros intentaban huir, mugían de miedo, se negaban a avanzar, pero no podían…
Nosotros no, nosotros nos dejamos llevar de un lado a otro “por nuestra seguridad”, nos dejamos golpear y detener “por nuestra seguridad” y, a veces, nos dejamos matar “por nuestra seguridad”; racionalizamos e interiorizamos la propaganda, incluso pensamos ¡pensamos! que hemos de tener piedad por esas personas, esos miserables, esos esbirros que, muy a su pesar, actúan como actúan por un bien superior que a todos nos concierne, cuando sólo son perros de sus amos, de nuestros amos, de los pocos sobre los muchos, de los ricos sobre los pobres, de los sinvergüenzas sobre los honrados. De los ladrones cobardes que ni siquiera son capaces de levantar la mano por ellos mismos.
Cobardes que se rodean de esbirros entrenados, sicarios entrenados que no durarán ni un instante en matarte si así se lo ordenan.
¿Creéis que un esbirro golpea con terrible dureza o dispara (que lo harán, tarde o temprano como ya lo han hecho antes) porque en un momento de caos han perdido –pobres- los nervios? Si es así como pensáis no me puede extrañar que el asunto de la famosa Trinidad o virginidad de las Once mil vírgenes sea cosa de siglos. Actúan así PORQUE HAN RECIBIDO ÓRDENES, y nada más. ¿Que reciben cierto tipo de substancias antes de “la acción”? eso dicen por ahí, ¿y a nosotros qué nos importa?
Guardaos de los esbirros, no confiéis en ellos, no les veáis como vuestros hermanos: no lo son; esclavos del poder, se creen poder (eso sirve para engañarles) siendo siervos, y aunque es posible que de entre ellos haya quien se escandalice, sólo hay una forma de demostrarlo: abandonando semejante oficio.
Los nazis utilizaban a los mismos judíos para llevar a sus hermanos de persecución a las cámaras de gas, para despojarlos y conducirlos a los hornos; a cambio recibían privilegios y vivían cuatro meses más, eso fue el ejemplo de la mayor destilación del mal, pero en general, el poder se surte de las clases más necesitadas para subyugar a las clases más necesitadas, de la misma manera que el amo utiliza al sirviente para que le ponga a tiro las piezas de caza que él matará.
Si alguien de los que esto leen tiene la intención de enfrentarse al poder para reclamar sus derechos (y los de los demás) que sepa que entre él y las personas que con él van, y el objeto de sus reclamaciones y exigencias hay una fortísima barrera, erizada de hombres y mujeres de su misma clase dispuestos a sojuzgarles por medio de la violencia que irá –como siempre- de menos a más, y que les exterminará si los amos así lo consideran necesario.
¿Engañarse, para qué?

Naturalmente, he de decir que este relato de ficción NO está tomado de ninguna realidad que suceda en este paraíso de la convivencia y justicia social que llaman España.

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