¿EXISTEN LAS CONSPIRACIONES?

La industria cinematográfica gringa, de tanto usarlas para sus engendros, termina ridiculizándolas y haciendo de ellas un cuento más, pero yo, a los hechos me remito, y los hechos son que en pocos años nuestros derechos civiles -tan duramente conseguidos- se han ido al carajo (y aun se irán más). Pienso que es una guerra que desde arcanos despachos unos pocos han decidido darnos sin declaración previa a base de sobreinformaciones que utilizan las antiguas y bien fundamentadas teorías de Goebbels en las que en un océano de noticias se mezclan sabiamente mentiras y medias verdades que se repiten hasta la saciedad junto con tanta estupidez de deportes y patrañas de la gente famosilla ya sean reales o imaginarias (por fin los borbones sirven para algo).
Cada uno es muy nada libre de pensar lo que cree que quiere, pero la realidad es cabezota; otro día seguiré hablando de estas cosas, pero hoy me remito a pasar este enlace que os llevará a una canción (parece ser la única forma de que las cosas se entiendan) que trata de esto con perfecta claridad, haciendo inútil más palabrería.

Si aun seguís pensando que esto son chorradas de cuatro memos, siempre podéis conectar la TV y ver un partido de balompié, una estúpida carrera de coches o una tertulia del montón de ignaros habitual.

De nada.

Pd.: Descargad el vídeo antes de que desaparezca.

LAS IDEAS ADYACENTES, O ¿EN QUÉ ESTARÍA PENSANDO?

Ya sabéis, de vez en cuando está uno pensando en una cosa y en vez de hacerla, hace otra; mente dispersa, parece que llaman a esto, pero ¿quién sabe? Igual resulta que uno tiene en mente -¿cómo lo diría?- una idea durmiente, por seguir las clasificaciones de las novelas de John le Carré, y ésta sólo despierta a partir de un inusitado estímulo. ¿Es posible? Bueno, no sé, pero…

CREMACIONES

A veces uno escribe porque está solo, o porque llega a casa y su perro está muerto a la puerta, así, como si nada, entonces va uno y escribe: “llegué a casa apestando a sudor –¡maldito trabajo!- y mi perro estaba allí, junto a la puerta, quieto, sin menear el rabo ni nada, y yo pensé (y dije): ¡mierda de perro! Ni vigila ni leches: sólo come y come.
Pero estaba muerto. No se movía porque estaba muerto. Mi perro. El maldito hijoputa. Y yo mirando, como esperando que se levantara y me mordiera los huevos. Me ahogaba, ahogaba, ahogaba.
Pasé por encima de él, de lo que había sido mi perro; entré en la casa; puse agua a hervir; me preparé un té; lo tiré por la fregadera; tomé un vaso del armario; una botella de caña. Tiré el vaso a la basura; salí con la caña donde mi perro; dejé la botella en algún sitio.
Cogí al perro en brazos: estaba frío. Yo estaba frío. El mundo estaba frío.
Frío.
Así que frío, tomé al perro frío y lo llevé al jardín, y le decía: “¡Despierta perro!” como había leído en libros de historias medievales, creo.
Volví a casa: pensaba ¿qué pensaba? Ahora es ahora: doy vueltas de habitación en habitación: dos habitaciones, vueltas cortas; salgo.
Queroseno, cerillas, perro: es lo que hago. Me ahogo.
A veces uno escribe porque ha quemado. El tres de diciembre de mil novecientos ochenta y tres, mientras mi perro ardía, miré a mi mujer…

El aburrimiento como una de las bellas artes

¿Llueve?, sí; ¿no llueve?, también, las cosas que nos vienen desde ese afuera no deseado abruman por su estolidez: aburren.
Una hoja cae del castaño arrancada por el viento; un verdecillo se perfila en horizonte cercano; las notas de un cuarteto de Shostakovich apuran la tarde; una gota de vino resbala púrpura por el exterior de la copa; la vida palpita bajo el mantillo del jardín vecino. Uno está así, quieto, viendo y oyendo, convirtiendo ese ver y oír en alimento, en icor que no oxida ni envejece la sangre, y lo que empezó siendo bruma aburrida, estupidez instilada desaparece en jirones, hilachas que se lleva el vendaval de mayo sin dejar rastro ni recuerdo: es entonces cuando el aburrimiento se hace arte, cuando uno, a través del cristal, ve las gotas de lluvia deslizarse por hojas y peciolos y, a la vez, comienza a mirar hacia adentro, a deslizarse él mismo en sus recuerdos y sensaciones, como si fueran frescos placeres de antiguos ríos de montaña.
Quizá esos sueños que uno tiene al arribar a la edad en que no hay vuelta atrás, esos en que uno se ve volando por encima de tejados, y campos y brazos que intentan sin éxito detenerlo, indiquen que ya va siendo hora de prestar menos atención a las cosas del afuera, los modos, las modas, las horrísonas construcciones gramaticales de la prensa, las mentira como faz del mundo, la estolidez atónita de las tertulias venales, las estatuas bronce…
Ha de hartarse uno si quiere sobrevivir como persona consciente de la tibieza de las palabras sobadas: crisis por conquista, conflicto por muerte y destrucción, soluciones para un futuro inmediato por pobreza y miseria, democracia por imperio de la incuria y su soberbia, mercado por codicia insaciable; ha de hartarse y acorazarse en sí mismo, cultivar su mismidad sin descanso, reflexionar sobre los que la vida ofrece sin mediar codicia, soberbia y poder, enajenarse del mundo impuesto, abandonar el barco que se hunde: vivir.
El aburrimiento, l’ennui, resulta ser una fuente de intimidad productiva si aprende uno a nadar en él, una suerte de bolsa nutrífica que puede hacernos ver como lo que somos realmente: seres condenados a vivir juntos en un mundo que no nos pertenece y que tiene un lenguaje propio fácilmente aprensible a poco que uno fije su mirada cinco minutos en el horizonte o en la suave caída de una pluma en el aire.
Y de todas formas, uno puede (y debe) rodearse de paz sin dejar de prepararse para la guerra.