El aburrimiento como una de las bellas artes

¿Llueve?, sí; ¿no llueve?, también, las cosas que nos vienen desde ese afuera no deseado abruman por su estolidez: aburren.
Una hoja cae del castaño arrancada por el viento; un verdecillo se perfila en horizonte cercano; las notas de un cuarteto de Shostakovich apuran la tarde; una gota de vino resbala púrpura por el exterior de la copa; la vida palpita bajo el mantillo del jardín vecino. Uno está así, quieto, viendo y oyendo, convirtiendo ese ver y oír en alimento, en icor que no oxida ni envejece la sangre, y lo que empezó siendo bruma aburrida, estupidez instilada desaparece en jirones, hilachas que se lleva el vendaval de mayo sin dejar rastro ni recuerdo: es entonces cuando el aburrimiento se hace arte, cuando uno, a través del cristal, ve las gotas de lluvia deslizarse por hojas y peciolos y, a la vez, comienza a mirar hacia adentro, a deslizarse él mismo en sus recuerdos y sensaciones, como si fueran frescos placeres de antiguos ríos de montaña.
Quizá esos sueños que uno tiene al arribar a la edad en que no hay vuelta atrás, esos en que uno se ve volando por encima de tejados, y campos y brazos que intentan sin éxito detenerlo, indiquen que ya va siendo hora de prestar menos atención a las cosas del afuera, los modos, las modas, las horrísonas construcciones gramaticales de la prensa, las mentira como faz del mundo, la estolidez atónita de las tertulias venales, las estatuas bronce…
Ha de hartarse uno si quiere sobrevivir como persona consciente de la tibieza de las palabras sobadas: crisis por conquista, conflicto por muerte y destrucción, soluciones para un futuro inmediato por pobreza y miseria, democracia por imperio de la incuria y su soberbia, mercado por codicia insaciable; ha de hartarse y acorazarse en sí mismo, cultivar su mismidad sin descanso, reflexionar sobre los que la vida ofrece sin mediar codicia, soberbia y poder, enajenarse del mundo impuesto, abandonar el barco que se hunde: vivir.
El aburrimiento, l’ennui, resulta ser una fuente de intimidad productiva si aprende uno a nadar en él, una suerte de bolsa nutrífica que puede hacernos ver como lo que somos realmente: seres condenados a vivir juntos en un mundo que no nos pertenece y que tiene un lenguaje propio fácilmente aprensible a poco que uno fije su mirada cinco minutos en el horizonte o en la suave caída de una pluma en el aire.
Y de todas formas, uno puede (y debe) rodearse de paz sin dejar de prepararse para la guerra.

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4 pensamientos en “El aburrimiento como una de las bellas artes

  1. A lo que unos llaman: no hacer nada, tú lo presentas como un arte. Con la llegada del vino de fresa echo más de menos esa tierra con vida propia.

  2. Aquí el aburrimiento no se hace arte, se hace gritos de no se sabe quien peleándose, estridencias de camiones, quads (o como diantres se escriba eso) entrando sin permiso por tu ventana. Ni siquiera se escucha una nota de Bach en el piano porque la ahoga un inmenso helicóptero. Todo es ruido sin sentido a mi alrededor, así que no se me permite disfrutar del aburrimiento y echo de menos esos días en los que una conversación es eso, una conversación, no una maldita lucha por la razón.
    Al menos leyendo, aunque sea a gritos, consigue que mi mente divague y se escape un poco de este horror que le rodea, así que sigue regalándome tus lecturas desde el noroeste antes de mi último infarto.

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