Wagner; Verdi. un buen artículo

Me envía por correo un amigo este artículo de Rubén Amón, que me ha parecido muy interesante y esclarecedor, y como no puedo sino estar muy de acuerdo con él, lo transquivo aquí, por si a alguien le interesa.

De Verdi y de Wagner

Entre las lecturas vedianas y wagnerianas del gran bicentenario he disfrutado bastante con los libros de Riccardo Muti y Christian Thielemann. Tienen interés por cuanto ambos son directores de orquesta. Y porque en cierto sentido se reconocen en la herencia de Karajan, aclarado lo cual  cada uno se confía a su totémico compatriota y dejan traslucir una distancia respecto al “monstruo” ajeno.

A Riccardo Muti, por ejemplo, le gusta recordar  con segundas intenciones la anécdota que compartieron Verdi y Boito cuando se estrenó “Lohengrin” en Bolonia. Asistieron ambos al estreno -recordemos que Boito militó contra Verdi antes de plegarse como libretista- y coincidieron en el andén de la estación, mientras esperaban el tren hacia Milán.

No hablaron una palabra.  Muti deduce que el silencio era una especie de castigo a la ópera wagneriana. No había nada que decir, aunque resulta bastante pintoresco plantear el duelo Wagner-Verdi como una final de Copa Davis o como un combate de boxeo.

El propio Muti ha dirigido el “El anillo del nibelungo” en la Scala y ha participado hasta la médula en las referencias de la cultura centroeuropea. Lo prueba su relación privilegiada con la Filarmónica de Viena. O con la Orquesta de la Radio de Baviera.

No sucede igual en el caso de Thielemann. Sus antiguas obligaciones en la Deutsche Oper le constriñeron a despachar el repertorio de Verdi y de Puccini, pero no puede decirse que exista una afinidad cultural ni una predisposición hacia la música italiana.

Él mismo se declara en el memorial wagneriano -“Mi vida con Wagner”- un sacerdote al servicio del compositor germano. Lo iniciaron de niño sus padres, que eran ambos músicos, y ha perseverado él mismo convirtiendo la “Tetralogía” en el círculo concéntricos de su carrera. Más aún después de haberse iluminado en la Colina Verde de Bayreuth y de haberse sumergido en el “abismo místico” del festival.

Interesa reparar en el adjetivo, místico, porque caracteriza la trascendencia del repertorio wagneriano. No en oposición a la inmanencia de Verdi, sino en un plano complementario. Verdi es un compositor que, como decía D’Annunzio, sufrió y amó por todos. Su reino es de este mundo, para entendernos, de forma que sus óperas nos proponen la ocasión de reconocernos e identificarnos, muchas veces en la debilidad, en la diferencia, en el tormento, en las pasiones, en las dudas, en las ambiciones, en la desesperanza.

 

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=CISZ1LDI3Dg#at=16

Wagner, en cambio, predispone el camino evanescente. No habla de los mitos y de los ideales. Nos eleva. Y lo hace con un lenguaje  adictivo y lisérgico. Verdi instala su trono en la melodía. Wagner lo instala en la armonía, llevando la tonalidad hasta extremos inverosímiles, incluso rebasando con audacia el camino de la vanguardia.

El salto cualitativo de la música wagneriana, que tanto defiende Thielemann en su libro, tiende a relativizar los méritos de Verdi, pero resulta que Riccardo Muti lo reivindica como un compositor de extraordinaria modernidad. Se refiere, por ejemplo, al desgarro expresionista de “Macbeth” y al testamento de “Falstaff” en cuanto implica haber superado la forma, más allá de plantear la identificación terrenal con Shakespeare.

Daniel Barenboim reconoce en su último libro que la música de Verdi le despertaba suspicacias. Más que considerarla simple o sencilla pensaba que le  resultaba primitiva, pero después se percató de la importancia que revestía la línea melódica en la ecuación del ritmo y el tiempo. De otro modo hubiera sido temerario atreverse a sustituir a Muti en la Scala, cuya relación con Verdi se remonta a una función de Aida a la que lo llevaron sus padres. Tenía tres años y la vio en brazos, sin pestañear.

Thielemann también aporta su propia mitología. Aprendió a cantar antes que a hablar.  Asistió a su primer “Anillo” con la edad de ver “Mary Poppins”. Y desde entonces ha jurado una lealtad que le sugiere morir dirgiendo “Tistán”. Como le sucedió a Joseph Keilberth.

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=pB2wv8L6cbo

 

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