TRES FRASES DE STENDHAL Y UN POEMA DE QUEVEDO

Como no he querido extenderme, recojo sólo éstas, de principio de la novela Rojo y negro por su eficiencia lapidaria.

Como Stendhal sabía exactamente todo lo que pasaba por las cabezas de sus personajes (increíble mérito desde mi punto de vista, tanto en cuanto que yo no sé ni siquiera lo que pasa por la mía propia), hemos de colegir que lo que dejó escrito es cierto por encima de toda duda. Helas aquí:

“…; pero si el viajero hace un examen detenido de su persona*, hallará a la par que ese aire típico de dignidad de los alcaldes de pueblo y esa expresión de endiosamiento y de suficiencia, un no sé qué indefinido que es síntoma de pobreza de entendimiento y de estrechez de mentalidad, y terminará por pensar que las pruebas únicas de inteligencia que ha dado o es capaz de dar el alcalde consisten en hacerse pagar con puntualidad y exactitud lo que le deben, y en no pagar, o en retardar todo lo posible el pago de lo que él debe a los demás.”

*Se refiere, claro, al alcalde Rênal

 

“En realidad de verdad, las tales personas prudentes y moderadas ejercen el más fastidioso de los despotismos y son causa de que la permanencia en las ciudades pequeñas se haga insoportable a los que han vivido en la inmensa república llamada París. La “tiranía de opinión”… ¡y qué opinión, santo Dios! Es tan estúpida en las pequeñas ciudades de Francia como en los Estados Unidos de América.”**

** Mil perdones por las dobles comillas: mi máquina, carente de la más mínima piedad ortográfica carece de comillas horizontales.

 

¡La importancia! ¿Es nada, por ventura? La importancia es el respeto de los necios, el pasmo de los niños, la envidia de los ricos y el desprecio del sabio.”

 

Se dio en llamar progreso a la invención de máquinas que sustituían con ventaja el trabajo –normalmente muy duro- de las mujeres y los hombres; eso comenzó a suceder, como siempre a costa de la miseria de muchos y enriquecimiento de pocos, en la llamada Revolución industrial, que ha resultado ser la única de las revoluciones que perdura, seguramente porque  favorece a una clase minoritaria y poderosa apuntalada en las costas  del resto, sin poder, ni nada que se le parezca. Hubo otras revoluciones, digo, pero como eran sociales, ahí quedaron sumidas en el olvido después de un amanecer tormentoso, un mediodía turbio y una noche universal y entrópica: Así (dicen) es la vida.

Hoy, el progreso, es también maquinista, pero ya de una invasión de maquinitas que superan con un halo enorme de estupidez la utilidad para la que fueron pensadas, véase el teléfono portátil, llamado-quién sabe por qué, móvil, y toda la serie de memeces inútiles alrededor de la electrónica: En fin, progresamos porque consumimos.

Pero leemos estas tres frases únicas (antes debo recordar a mis virtuales lectoras que Rojo y negro se publicó en noviembre de 1830, es decir: han pasado 182 años y diez meses), y, no sé, pero yo no veo el progreso, el que debiera ennoblecernos, por ninguna parte.

Los alcaldes, ya de pueblo, ora de ciudad, son generalmente unos brutos que nadan alegremente en la incuria, excepto a la hora de hacer cuentas (sumar y multiplicar, sólo), cualidad que hemos de ampliar al resto de las clases políticas, las clases broncíneas, no porque están permanentemente bronceadas (que suelen estarlo) sino por haberse convertido en estatuas de bronce. Tal es su importancia, la misma de que escribe Stendhal, esa que es pasmo de los niños, y lo digo por el exponencial crecimiento del infantilismo de las clases populares y no tan populares que, aun sufriendo todos los rigores de la casi pobreza o pobreza a secas, aplauden al paso de la duquesa de aquí, la alcaldesa de allá y demás señoritos del papel cuché, sobre todo si estos y aquellas son caballeros y jinetas en sus corceles enjaezados y olé, y es que uno es una joven promesa a los treinta y nueve años, ni más ni menos: dulce juventud, de inacabable duración sin necesidad de elixires ni chorradicas. ¡Viva la juerga! Más o menos lo que leí un día ya lejano en el campus de Santiago, una buena pintada: Pedín traballo e déronme calimotxo.

Pero esto que escribo es –naturalmente- demagogia y ganas de joder como bien dirán esas simpáticas y apacibles personas el ratito que apartan un ojo del televisor para ir a mear o pillar algo perfectamente asqueroso en la nevera. Si ya lo dicen los medios, ¿no son acaso terroristas próximos a ETA esas gentes que protestan por esto o aquello fuera de las lindes democráticas tan duramente conseguidas por un tal Juan Carlos, entre otros valientes luchadores y defensores de las más preciadas libertades del pueblo?

En fin, paro. Pero sólo de momento: otro día más, ahora, Quevedo en su largo pero sustancioso poema: ¿parece mentira que hayan pasado tantos (siglos)?

 

EPÍSTOLA SATÍRICA Y CENSORIA CONTRA LAS COSTUMBRES PRESENTES DE LOS CASTELLANOS, ESCRITA A DON GASPAR DE GUZMÁN, CONDE DE OLIVARES, EN SU VALIMIENTO

 

No he de callar por más que con el dedo,

ya tocando la boca o ya la frente,

silencio avises o amenaces miedo.

 

¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

 

Hoy, sin miedo que, libre, escandalice,

puede hablar el ingenio, asegurado

de que mayor poder le atemorice.

 

En otros siglos pudo ser pecado

severo estudio y la verdad desnuda,

y romper el silencio el bien hablado.

 

Pues sepa quien lo niega, y quien lo duda,

que es lengua la verdad de Dios severo,

y la lengua de Dios nunca fue muda.

 

Son la verdad y Dios, Dios verdadero,

ni eternidad divina los separa,

ni de los dos alguno fue primero.

 

Si Dios a la verdad se adelantara,

siendo verdad, implicación hubiera

en ser, y en que verdad de ser dejara.

 

La justicia de Dios es verdadera,

y la misericordia, y todo cuanto

es Dios, todo ha de ser verdad entera.

 

Señor Excelentísimo, mi llanto

ya no consiente márgenes ni orillas:

inundación será la de mi canto.

 

Ya sumergirse miro mis mejillas,

la vista por dos urnas derramada

sobre las aras de las dos Castillas.

 

Yace aquella virtud desaliñada,

que fue, si rica menos, más temida,

en vanidad y en sueño sepultada.

 

Y aquella libertad esclarecida,

que en donde supo hallar honrada muerte,

nunca quiso tener más larga vida.

 

Y pródiga de l’alma, nación fuerte,

contaba, por afrentas de los años,

envejecer en brazos de la suerte.

 

Del tiempo el ocio torpe, y los engaños

del paso de las horas y del día,

reputaban los nuestros por extraños.

 

Nadie contaba cuánta edad vivía,

sino de qué manera: ni aun un’hora

lograba sin afán su valentía.

 

La robusta virtud era señora,

y sola dominaba al pueblo rudo;

edad, si mal hablada, vencedora.

 

El temor de la mano daba escudo

al corazón, que, en ella confiado,

todas las armas despreció desnudo.

 

Multiplicó en escuadras un soldado

su honor precioso, su ánimo valiente,

de sola honesta obligación armado.

 

Y debajo del cielo, aquella gente,

si no a más descansado, a más honroso

sueño entregó los ojos, no la mente.

 

Hilaba la mujer para su esposo

la mortaja, primero que el vestido;

menos le vio galán que peligroso.

 

Acompañaba el lado del marido

más veces en la hueste que en la cama;

sano le aventuró, vengóle herido.

 

Todas matronas, y ninguna dama:

que nombres del halago cortesano

no admitió lo severo de su fama.

 

Derramado y sonoro el Oceano

era divorcio de las rubias minas

que usurparon la paz del pecho humano.

 

Ni los trujo costumbres peregrinas

el áspero dinero, ni el Oriente

compró la honestidad con piedras finas.

 

Joya fue la virtud pura y ardiente;

gala el merecimiento y alabanza;

sólo se cudiciaba lo decente.

 

No de la pluma dependió la lanza,

ni el cántabro con cajas y tinteros

hizo el campo heredad, sino matanza.

 

Y España, con legítimos dineros,

no mendigando el crédito a Liguria,

más quiso los turbantes que los ceros.

 

Menos fuera la pérdida y la injuria,

si se volvieran Muzas los asientos;

que esta usura es peor que aquella furia.

 

Caducaban las aves en los vientos,

y expiraba decrépito el venado:

grande vejez duró en los elementos.

 

Que el vientre entonces bien diciplinado

buscó satisfación, y no hartura,

y estaba la garganta sin pecado.

 

Del mayor infanzón de aquella pura

república de grandes hombres, era

una vaca sustento y armadura.

 

No había venido al gusto lisonjera

la pimienta arrugada, ni del clavo

la adulación fragrante forastera.

 

Carnero y vaca fue principio y cabo,

Y con rojos pimientos, y ajos duros,

tan bien como el señor, comió el esclavo.

 

Bebió la sed los arroyuelos puros;

de pués mostraron del carchesio a Baco

el camino los brindis mal seguros.

 

El rostro macilento, el cuerpo flaco

eran recuerdo del trabajo honroso,

y honra y provecho andaban en un saco.

 

Pudo sin miedo un español velloso

llamar a los tudescos bacchanales,

y al holandés, hereje y alevoso.

 

Pudo acusar los celos desiguales

a la Italia; pero hoy, de muchos modos,

somos copias, si son originales.

 

Las descendencias gastan muchos godos,

todos blasonan, nadie los imita:

y no son sucesores, sino apodos.

 

Vino el betún precioso que vomita

la ballena, o la espuma de las olas,

que el vicio, no el olor, nos acredita.

 

Y quedaron las huestes españolas

bien perfumadas, pero mal regidas,

y alhajas las que fueron pieles solas.

 

Estaban las hazañas mal vestidas,

y aún no se hartaba de buriel y lana

la vanidad de fembras presumidas.

 

A la seda pomposa siciliana,

que manchó ardiente múrice, el romano

y el oro hicieron áspera y tirana.

 

Nunca al duro español supo el gusano

persuadir que vistiese su mortaja,

intercediendo el Can por el verano.

 

Hoy desprecia el honor al que trabaja,

y entonces fue el trabajo ejecutoria,

y el vicio gradüó la gente baja.

 

Pretende el alentado joven gloria

por dejar la vacada sin marido,

y de Ceres ofende la memoria.

 

Un animal a la labor nacido,

y símbolo celoso a los mortales,

que a Jove fue disfraz, y fue vestido;

 

que un tiempo endureció manos reales,

y detrás de él los cónsules gimieron,

y rumia luz en campos celestiales,

 

¿por cuál enemistad se persuadieron

a que su apocamiento fuese hazaña,

y a las mieses tan grande ofensa hicieron?

 

¡Qué cosa es ver un infanzón de España

abreviado en la silla a la jineta,

y gastar un caballo en una caña!

 

Que la niñez al gallo le acometa

con semejante munición apruebo;

mas no la edad madura y la perfeta.

 

Ejercite sus fuerzas el mancebo

en frentes de escuadrones; no en la frente

del útil bruto l’asta del acebo.

 

El trompeta le llame diligente,

dando fuerza de ley el viento vano,

y al son esté el ejército obediente.

 

¡Con cuánta majestad llena la mano

la pica, y el mosquete carga el hombro,

del que se atreve a ser buen castellano!

 

Con asco, entre las otras gentes, nombro

al que de su persona, sin decoro,

más quiere nota dar, que dar asombro.

 

Jineta y cañas son contagio moro;

restitúyanse justas y torneos,

y hagan paces las capas con el toro.

 

Pasadnos vos de juegos a trofeos,

que sólo grande rey y buen privado

pueden ejecutar estos deseos.

 

Vos, que hacéis repetir siglo pasado,

con desembarazarnos las personas

y sacar a los miembros de cuidado;

 

vos distes libertad con las valonas,

para que sean corteses las cabezas,

desnudando el enfado a las coronas.

 

Y pues vos enmendastes las cortezas,

dad a la mejor parte medicina:

vuélvanse los tablados fortalezas.

 

Que la cortés estrella, que os inclina

a privar sin intento y sin venganza,

milagro que a la invidia desatina,

 

tiene por sola bienaventuranza

el reconocimiento temeroso,

no presumida y ciega confianza.

 

Y si os dio el ascendiente generoso

escudos, de armas y blasones llenos,

y por timbre el martirio glorïoso,

 

mejores sean por vos los que eran buenos

Guzmanes, y la cumbre desdeñosa

os muestre, a su pesar, campos serenos.

 

Lograd, señor, edad tan venturosa;

y cuando nuestras fuerzas examina

persecución unida y belicosa,

 

la militar valiente disciplina

tenga más platicantes que la plaza:

descansen tela falsa y tela fina.

 

Suceda a la marlota la coraza,

y si el Corpus con danzas no los pide,

velillos y oropel no hagan baza.

 

El que en treinta lacayos los divide,

hace suerte en el toro, y con un dedo

la hace en él la vara que los mide.

 

Mandadlo así, que aseguraros puedo

que habéis de restaurar más que Pelayo;

pues valdrá por ejércitos el miedo,

y os verá el cielo administrar su rayo.