SOBRE LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES

Que el Poder llama con ese eufemismo lamentable de “Violencia de género” al que ya -por lo visto- se ha acostumbrado todo el mundo. No sé si he acertado a expresar lo que siento al respecto, pero lo he intentado en la medida de mis fuerzas. Hay mucha, mucha violencia contra las mujeres sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza, los innúmeros clubes de carreteras, que bajo la violencia mantienen mujeres prisioneras para que una pandilla de bestias despreciables las utilicen llenando las arcas de los rufianes y de los representantes del poder sobornados, los hombres que pegan y matan a sus mujeres, los niños y jóvenes que descansan en la sobremesa mientras madres y hermanas recogen los trastos y preparan café: Nada de vergüenza, sólo, a veces, muestras de histeria manejable y manejada cuando la evidencia de la muerte aparece por la TV.

El título de mi relato remeda al de otro de Henry James (“Lo que Maisie sabía”), lo cual es mucha osadía por mi parte que espero me sea perdonada, y es realmente corto: pensé que para decir lo que quería no necesitaba más palabras, que ciertamente me ahogan cuando pienso en estas cosas.

 

                                    LO QUE LAS PAREDES SABÍAN

                                   (Obligado, Mr. James)

 

      El golpe le llegó de arriba abajo, así, como un rayo: la paralizó, notó el intenso calor en la mejilla izquierda; la mano que cruzó su rostro no estaba sola, no vivía sola. Unos ojos la guiaban, y los ojos fueron los que dejaron su espíritu paralizado; bajó los suyos, los bajó, y vino el segundo golpe, que debió partir de la mano izquierda, porque era su mejilla derecha la que ardía, pero también ardía, pero sobre todo ardía de vergüenza; sus músculos tensos, listos; su mente soñando en la venganza, pero los sueños son nubes que se deshilachan con el viento del este. El siguiente golpe la hizo trastabillar hacia atrás, su hombro tiró un paisaje estúpido que había colgado de la pared; lo recogió del suelo; lo colgó en su sitio; bajó los ojos. ¿Por qué no se defendía?,  ¿por qué no huía? Ni siquiera lloraba, sólo el silencio que se rompía al ruido de los golpes: el mundo era una cárcel, la casa  era una cárcel, ella era una cárcel, y llovían los golpes, arreciaban los golpes. Luego, la quietud, el sonido de la respiración forzada que movía las manos, que iluminaba los ojos. Ser pequeña, ser tan pequeña como una mota de polvo: desaparecer. Invisible: ver sin que te vean, ¿pero qué ver? Vería los ojos, y los ojos le verían. ¿A quién rogar cuando le vieran? ¿Qué recóndita anfractuosidad le ampararía? ¿Qué piedad?

            Las palabras, los insultos como sílabas marcadas, la voz baja, la voz contenida: El poder. Las palabras la herían, la desgarraban mientras se dejaba caer al suelo del olvido, mientras los golpes y las palabras jugaban con ella: El miedo. El miedo recogido en una postura fetal, allí en el suelo, llorando sin lágrimas, intentando proteger las partes blandas de su cuerpo magullado; su brazo desconcertado limpiando del suelo la sangre que corría desde sus comisuras, su nariz, rota tantas veces que ya no oía el sonido cuando volvía a quebrarse.

 

            El odio, como un mar ahogaba sus pulmones; tenía las manos doloridas, por eso ahora cerraba los puños que quebraban los pómulos indefensos que odiaba, los pechos que odiaba, la vida que odiaba. Ella había caído al suelo, ahí estaba como un animal muerto; no lloraba, no gritaba, no parecía respirar; sólo se recogía, como abrazada a sí misma, pero él sólo veía un velo rojo ante sus ojos, un infierno que había que acallar con el llanto de ella. Pero ella no lloraba: la perra no lloraba, y el alivio no, el amparo no, mientras las piernas se movían frenéticas sobre el cuerpo caído, cansadas sobre el cuerpo caído. Y la paz no.

            Salió de aquella habitación acompañado de los insultos, de las palabras masculladas, de su odio, de la vergüenza agazapada en su último interior, el miedo. El miedo recogido en los hombros cargados, allí, de pie, jadeando; el pecho preso de angustia: una mano como losa en el pecho. Abrió un armario, sacó una botella de algo y bebió del gollete; se atragantó; volvió al cuarto donde yacía su mujer, donde su mujer, hecha un muñeco roto gemía en silencio.

            La botella escapó de su mano; reventó en la cadera de la mujer, que ya apenas se movía, el líquido derramándose, la mano del hombre que toma el cuello de la botella, que rasga con él el vestido, la piel de su mujer, desde arriba hasta que cae rodillas en tierra ante ella y, ahora sí, hinca el vidrio serrado sin mirar dónde; piernas, brazos, la mujer se vuelve, le mira. Vientre, rostro, cuello, cuello, cuello. Y él ya tumbado encima instilando su odio, el rencor de sí mismo, el pánico a la vida que ya no es de ella; los ojos de ella vidriados por ese vidrio que la ha desgarrado y desangrado hasta el silencio: La paz.

            Pero a él la paz le rehuye, no hay paz para él; se levanta, va a por otra botella que derrama sobre el cuerpo de la mujer, busca cerillas e intenta que todo arda como arde su pecho, pero no. Pero no. Su fracaso es tan enorme que ni siquiera ha sido capaz de hacer fuego. Ahora sólo le queda una cosa que hacer; toma su escopeta, la carga, se sienta en un rincón; acerca el cañón a su frente, mira a su mujer; dispara.

            El tiro le quema la parte izquierda del rostro y rompe el cristal de la ventana. El miedo no tiene límites, y cuando la policía tira abajo la puerta de la casa y le encuentra, él sigue en el rincón, la estupidez en sus ojos y el segundo tiro sin disparar.

            

                                

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