OTRA PEQUEÑA HISTORIA DE MUNDAKA

 

 

EL MARQUÉS DE BADIOLA

 

 

 

Como estaba el día queriendo llover por el noroeste andábamos los amigos raqueando por el puerto sin hacer nada de especial, esperando quizá que alguna embarcación forastera encallase en la marea baja de la barra, más que todo para llamarle tomatero, sin mala intención, vaya.

A esas horas, las merluceras habían vuelto y también los de los trasmallos así que quien más y quien menos había acabado la faena e iban desfilando para sus casas; todos no, como siempre alguno quedaba en la taberna de Regina, para tomar alguna cosilla que le quitara el relente de la madrugada, y aunque yo, de relente nada, me subí para los Chopos más que todo porque, con los amigos, me aburro enseguida. Y al primer conocido que vi fue al fox terrier de Patrusio, capaz de pescar ratas en el puerto incluso en marea alta: la localizaba a la rata; se tiraba al agua desde el muelle y se sumergía como un cormorán, que en Mundaka se llama potorro y la pillaba casi siempre: la némesis del raterío, un perro que era mascarón de proa cuando su dueño enfilaba la barra y la bocana del puerto y que tenía las lanas tan duras del salitre como alfileres, pareciendo él mismo un acerico blanco y negro.

Andaba yo entretenido con un huevo relleno de bonito con tomate y luego empanado y pasado por la sartén en la barra de Regina cuando se me ocurrió mirar a la mesa de  la ventana del norte: allí estaba Patrusio de charla –hablaba él- con unos desconocidos, muy animado, por lo que se podía suponer que ya se le había ido el relente hasta el olvido. Terminé el huevo, cogí mi vaso y me llegué a la mesa; no dije nada porque a Patrusio no le gustaba que le interrumpieran cuando hablaba, que era casi siempre. Llegué justo cuando contaba:

-Así es la historia, compañeros -les decía a los otros, que resultaron ser unos ingleses haciendo turismo-, tantas generaciones de nobleza, dinero y esas cosas se fueron al carajo después de la última carlistada, y Marqués de Badiola y todo, mi viejo tuvo que ponerse a trabajar, ¡trabajar, compañeros!, pero todo fue a peor con el gallego; mi viejo pensó que Patas Cortas nunca ganaría la guerra y se afilió al PNV, que parecían, según él cristianos de ley. Y la cagó, vaya si la cagó, así que yo, marinero, marqués y marinero; todos los mares me he recorrido con mi título a cuestas, para acabar aquí, calando y arriando el arte todos los días, ¡maldita sea mi suerte!, y lo que me queda todavía porque…

-Pero oiga, señor –le interrumpió uno de los ingleses con un acento como de Mayfair…

-¡Qué! –casi gritó Patrusio irritado por la interrupción.

-Pienso yo que…, digo que…, anyway, ¿cómo nosotros podríamos comprobar su título de Marqués de Badiola?, ¿cómo, en qué libro, señor?

Patrusio le miró fijamente a los ojos unos segundos eternos, que parecía que lo iba a coger por el cuello y tirarlo al puerto para que lo cazara el fox terrier, luego se calmó y dijo levantando la voz lo justo:

Txo, txingaue, mira pues en el Libro de mareas! –se levantó, buscó franquía en la puerta y salió. Sin dejar de decir en la barra a Jesusa, una de las hijas de Regina:

-El trago mío se lo cobras a los británicos. Por la consulta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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