ALGO SOBRE THOMAS PYNCHON

…”-Claro que los utilizamos –Scarsdale bien metido en lo que ya era su habitual sermón político-, los enjaezamos y los sodomizamos, fotografiamos su degradación, los mandamos arriba, a las vías, y abajo, a minas, alcantarillas y mataderos, los ponemos debajo de cargas inhumanas, cosechamos su músculo, su vista y su salud, dándoles como muestra de nuestra generosidad unos años miserables de espigueo. Claro que lo hacemos. ¿Por qué no? Sirven para poco más. ¿Qué probabilidad hay de que lleguen a la madurez, de que se eduquen, de  que engendren familias, de que mejoren la cultura o la raza? Nosotros tomamos lo que podemos mientras podemos. Miradlos, llevan la marca de su destino absurdo a la vista. La estúpida música del juego de las sillas está a punto de detenerse, y ellos serán los sorprendidos, torpemente, la mayoría carentes de oído musical y ni siquiera remotamente conscientes de lo que pasa, y muy pocos, si alguno, con la sensatez de abandonar la partida a tiempo y buscar refugio antes de que sea demasiado tarde. Porque puede que entonces ya no haya refugio.

“Lo acaparemos todo –añadió el esperado gesto con el brazo-, este país entero. El dinero habla, la tierra escucha, allá donde se agazape el anarquista, donde cabalgue el cuatrero, nosotros, pescadores de americanos, lanzaremos nuestras redes de malla perfecta de diez acres, nivelada y a prueba de gusanos, preparada para construir sobre ella. Allá donde indeseables y patanes desconocidos se arrastren tras sus miserables sueños comunistas, los buenos ciudadanos de las praderas llegarán como redes desbordantes a estas colinas, limpios, laboriosos, cristianos, mientras nosotros, mirándolos en sus pequeños bungalows de vacaciones, moraremos en palacios suntuosos que corresponden a nuestro rango, cuya construcción pagará el dinero de sus hipotecas. Cuando las cicatrices de estas batallas se hayan borrado hace mucho, y las escorias estén cubiertas de matojos de hierba y flores silvestres y a la llegada de las nieves ya no sea la maldición anual sino una promesa esperada ansiosamente por la afluencia de aficionados acaudalados a las diversiones invernales, cuando los ramales brillantes del teleférico hayan sometido todas las laderas, y todo sea fiesta y deporte saludable y ganado eugenésicamente seleccionado, ¿quién quedará ya para recordar a la farfullante basura del Sindicato, a los cadáveres congelados cuyos nombres, falsos en cualquier caso, se habrán desvanecido para siempre?, ¿a quién le importará que en el pasado unos hombres lucharan como si una jornada de ocho horas, unas cuantas monedas al final de la semana, lo fueran todo, merecieran soportar el viento implacable bajo el tejado desvencijado, las lágrimas helándose en el rostro de una mujer desgastado prematuramente hasta el estupor, el llanto de niños cuyos buches nunca fueron satisfechos, cuyo futuro, el de aquellos que sobrevivieron, se redujo a trabajar hasta reventar para nosotros, servirnos, alimentarnos y criarnos, recorrer las vallas remotas de nuestras fincas, hacer guardia entre nosotros y aquellos que pudieran entrometerse o cuestionarnos? –Podía haber echado una mirada provechosa a Foley, atento entre las sombras. Pero Scarsdale Vive no busco los ojos de su viejo y fiel secuaz. Raramente lo hacía ya-. El Anarquismo pasará, su raza degenerará hasta el silencio, pero el dinero engendrará dinero, crecerá como las campánulas azules en el prado, se extenderá, brillará y tomará fuerza y postrará a todo ante él. Es sencillo. Es inevitable. Ya ha empezado.”

Thomas Pynchon: Contraluz

Si este pequeño extracto de la novela Contraluz (Against the day, 2006) no llama a la lectura del texto completo impreso en 1340 páginas de la edición española de Tusquets (2010) no se me ocurre otro reclamo, y eso que soy consciente de que muchos de los que atiendan al reclamo jamás terminarán la novela o la terminarán años más tarde o cuando permanezcan el tiempo suficiente en una isla desierta a causa de un naufragio y sólo con este libro a modo de rescate y alimento. Y no, claro, por culpa de Pynchon que hubiera escrito una bazofia, o de la inteligencia del lector, sino porque es (afortunadamente) uno de esos libros que exige del lector toda su atención, un libro, en fin, de esos que llaman difíciles, una gran, enorme novela coral que relata la historia del mundo desde la Exposición Universal de Chicago hasta el periodo de entreguerras desde un punto de vista insólito: la verdad que subyace en el horizonte de sucesos de la lamentable historia de los seres humanos. La Verdad, en todo caso, una historia de la lucha entre el mal y el bien, entre el egoísmo extremo y la filantropía también extrema, el capitalismo y el anarquismo, el poder de unos pocos sobre el mundo y lo todo que contiene y el equilibrio responsable de las relaciones entre humanos y de humanos con el mundo en el que viven.

Y esto, como digo, en una novela coral cuyos personajes encarnan todos (o casi todos: ¿alguno habrá olvidado Pynchon?) Propietarios, bandidos, malos y buenos; ladrones, espías estrambóticos y sutiles; científicos locos, locos inventores, magos; chicas guapas, aventureras y mujeres fatales; hombres valientes y cobardes; guapos y feos y tantos personajes más que recorren el mundo en todas direcciones, unos en busca de su destino y otros en busca de míticos lugares que también son un destino y todos en busca de la muerte, la suya o la de los demás. Eso sí, no espere el hipotético lector una trama central, una columna vertebral que le facilite la lectura de semejante historia relatada en decenas de historias parciales que exigen un alto grado de concentración y memoria (o la libreta de notas y la pluma a punto, cuyo es mi caso o el de mi penosa memoria), sino más bien sepa disfrutar del aprender a moverse entre tantísimo meandro, callejones sin salida, desiertos mágicos y hasta catalizadores que no se sabe si catalizan o dificultan aun más la lectura de este fantástico texto.

Pero parece que en vez de animar hago lo posible para que nadie de mis improbables lectores lea a su vez esta novela tremenda que encarecidamente recomiendo. Y diré para apoyar mis palabras que encontrará el lector en estas páginas, como en todas las página de Pynchon el regalo de la enorme erudición de que este autor dispone y que utiliza para reírse desde su oculta vida privada de toda la crítica que le ensalza sólo por estar à la page seguramente sin haber terminado ningún texto, que hay mucho de eso.

La erudición de Pynchon no es pedante. Ni farragosa, ni fuera de contexto, la verdad es que deja un rastro de belleza entre las páginas. O de luz, quién sabe. A mí, personalmente, sus constantes referencias a las matemáticas me hipnotizan, tanto más cuanto no tengo ni idea de matemáticas (ni de nada a fuer de ser sincero). La erudición y esa especie de ¿realismo mágico? del  norte apoyado simplemente en el poder birrefringente del espato de Islandia, esa calcita estupenda y exfoliable. ¿Cómo es eso? puede que alguien se pregunte. Pues no sé, pero Pynchon seguro que sí, de manera que no queda más remedio que leer esta (y las demás, ya puestos) novela del para mí mejor escritor que actualmente ejerce en los USA.

Diré de paso que Thomas Pynchon nació en 1937, que las novelas que más aprecio de él son Vineland, Mason y Pixon y La subasta del lote 49; me falta por leer Vicio propio que escribió en 2009; que aborrece la publicidad de su persona y ama su vida privada hasta el punto de que apenas hay fotografías de él (yo he encontrado una pero por empatía no la cuelgo aquí); de sus relaciones con la prensa relataré una pequeña anécdota que lo dice todo:  Cuando se le interrogó en una ocasión por su naturaleza reclusa, respondió «creo que recluso es una palabra desfigurada por los periodistas; significa que no quiere hablar con los periodistas»

Me encantará saber por medio de este (u otro) medio saber de almas gemelas que como yo aman a Thomas Pynchon o que comienzan a amarlo a través de la lectura de esta novela (o de cualquier otra: Vineland es más corta) lo comenten aquí o lo difundan puesto que cada lector terminará su lectura sintiendo que sabe más o desconoce menos que antes.

Emilio Barrenetxea, invierno de 2767 AUC

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