ANTONIO SANDOVAL: UNA LECTURA NECESARIA

PAJAREROS

 

¿Puede una persona llegar a la emoción leyendo un libro sobre las aves? Puedo dar fe de ello, y por esa razón he tenido que leer éste sobre el que escribo dos veces seguidas, la segunda para poder centrarme un poco en la información y también porque como el mismo autor reclama citando a Goethe, “A uno le gusta, cuando ha terminado, volver a empezar” (p.261).

 

Las personas somos -o podemos ser-  muchas cosas (y muchos fracasos), desde coleccionistas de sellos a delicados asesinos. Yo, por ejemplo, soy desde que recuerdo aficionado al deporte; he practicado la natación, el boxeo, he corrido por bosques y montañas y, por fin, a mi ya larga edad, dedico mis esfuerzos al ciclismo, pero también amo desde niño la música y la literatura; los largos paseos buscando fósiles, piedras curiosas, animales y plantas e, incluso gotas de ámbar con su bichito dentro…

Hace unos diecinueve años Isabel García-Rodeja, de la que fui esposo y con la que comparto a nuestra hija Carlota y (espero) un montón de buenos recuerdos, me descubrió un mundo insólito del cual ya no sabría prescindir: Las aves, esos seres alados que nos acompañan toda nuestra vida en campos, océanos y ciudades, y de los cuales yo no había tenido nunca más que un atisbo  asistemático, es decir sabía que estaban ahí pero nada sabía de sus nombres, colores, cantos y costumbres. Tampoco sé mucho ahora, pero sí algo más, y sí he aprehendido algo: la fascinación por su belleza, por la enorme variedad de sus lenguajes (esto último me ha servido además de para otras cosas, para una reconciliación con Messiaen, músico y ornitólogo, cuya enorme religiosidad en sus composiciones me había alejado de él), y por la emoción que me produce ver y reconocer a un ave, escuchar poco antes de que amanezca la melódica algarabía de los ruiseñores, o en el amanecer el potente canto  del pequeño verderillo  frente a mi ventanal abierto, o la deliciosa melodía del zorzal común en lo alto de la araucaria del vecino, o la misteriosa llamada del cárabo común en las limpias noches de invierno.

Digo todo esto porque –y también gracias a Isabel- tengo en mis manos un libro maravilloso de Antonio Sandoval Rey, gallego de A Coruña que lleva el curioso título de ¿Para qué sirven las aves? (Tundra Ediciones, 2013 en su 2ª edición), y del que de entrada y a fuer de no ser creído ya he dicho arriba que es emocionante. En su sentido literal. Al menos para el amante de los pájaros, aunque estoy seguro de que también lo será para cualquier lector curioso e inteligente que descubra de la mano de Antonio Sandoval este fascinante e interminable mundo de las aves.

Porque es de la mano como nos lleva Antonio Sandoval, que pudiendo hacerlo, no ha escrito un libro de estadísticas, largos datos científicos, opiniones especializadas, etc., sino que nos regala su memoria parajera, sus viajes, sus amigos, paisajes y su amor por las aves. Y por la Estaca de Bares.

Y es que aún recuerdo la primera vez que fui a la Estaca de Bares a ver pájaros, que anteriormente fui muchas veces a pasear, hacer pesca submarina, charlar ante una botella de vino con mi amigo el farero de allí, Eugenio Linares, o pasear entre tojos con mi perrita de entones, una foxterrier llamada Kirru, e hija de la Lola del farero.

Al asomarme al acantilado armado de unos pequeños prismáticos (8X25), la guía de Aves de Europa, de Lars Jonsson, un lápiz y mi primer cuadernillo recién estrenado, empecé a ver aves, mejor dicho, a intentarlo, tener paciencia, fijar un campo y dejar de dispersarme de aquí para allí abrumado por la cantidad de pájaros que había (y yo sin verlos hasta entonces). Por eso quizá –por sus constantes referencias a la Estaca y su larga vinculación con ella- no he podido dejar de leer página tras página casi sin poder parar hasta terminarlo y quedarme con una suerte de vacío, como me pasa siempre con los buenos libros.

Queda claro que éste es un libro sobre las largas relaciones del autor con las aves, pero también con la estupidez, la desidia y la maldad de nuestra especie. No conozco a Sandoval, pero me lo imagino intentando no mostrar demasiado el cabreo y la perplejidad que muchos de nuestros comportamientos le producen, recurriendo las más veces a la retranca, por ejemplo cuando cuenta la guerra que declaró el gobierno australiano a los emús enviando contra ellos al ejército dotado con artillería pesada logrando después de una intensa campaña causar doce bajas entre los aguerridos emús, a los que se acusaba de arrasar las cosechas. Ante tal exceso de medios y tan parcos resultados el ejército australiano tuvo que darse por derrotado y retirarse, o la jugosa anécdota de los jardines de Méndez Núñez.

Esta mañana, antes de salir a pedalear un poco seguido por mi perra Martes por las riberas del Miño entre As Erias y O Couto  por aquí, por el Baixo Miño, animado por el dulce canto de las oropéndolas, he echado una ojeada a mi feisbuc  y me he encontrado con un inesperado titular: “Hacer ejercicio produce hábito”, y leyendo un poco por encima me entero de que la gente que lo hacemos con asiduidad somos como unos yonkis, o poco menos, necesitados de auxilio psicológico o algo más drástico. Cada vez estoy más convencido de que la idiocia se extiende por el planeta como las antiguas pestes o la gripe española. Supongo que además de banqueros, empresas farmacéuticas, políticos y ladrones varios, ha nacido entre nosotros otro enemigo voraz: El psicólogo, cuya mayor ocupación es justificar su existencia mediante la búsqueda de tremendas adicciones que esclavizan a los humanos. Y dejo aparte la “ortorexia”, otra adicción tremenda de la cual ya hay montones de ellos dispuestos a curarnos.

Digo esto recordando las palabras de Sandoval respecto del alejamiento que de la naturaleza se está produciendo en nuestras sociedades, del sedentarismo consecuente que hace de las personas seres que de un sitio cerrado (apartamento) salen a otro sitio cerrado (trabajo) y de divierten en otros sitios cerrados, (otra vez apartamento, televisión; bares, discotecas y cosas así). Eso, los que tienen trabajo. La observación de la naturaleza, sean aves, litorales, plantas, montañas, etc, aparte de proporcionar un inefable placer al que la practica y un conocimiento del medio en que transcurre su vida, mantiene nuestros cuerpos sanos, ágiles y dispuestos a cualquier eventualidad, pero parece que hasta eso se da al olvido mientras nuestras ciudades son más iguales e inhóspitas y nuestros océanos, montes y campos van cayendo en una entropía artificial causada sólo por la avidez de dinero, ¡dinero!, y por la indiferente estupidez de las gentes…

En fin, este libro además de una (nueva) llamada de atención ante lo que estamos haciendo y lo que espera nuestros hijos, nos trae recuerdos entrañables, como el de la pardela que veraneaba en A Coruña y que yo mismo vi, no como un admirador de las aves que fui más tarde sino como mero curioso. Ese recuerdo de hace ¡ay! tantos años es lo que me hace pensar en los comportamientos de los animales a veces tan llamativos como éste de la pardela coruñesa, y los que el mismo Sandoval nos apunta ya al final de su libro y que nos sumen primero quizá en alguna especie de perplejidad y –a mí, por lo menos- en una suerte de alegría al intuir mucho más semejanza con los demás animales de la que suponíamos y una forma mucho más universal de ver el mundo que nos rodea y del que ya sería imposible decir que somos una especie aislada en medio de otras especies “inferiores”.

Muy acertada su visión sobre el antiguo asunto de la “propiedad de la tierra”, concepto tan enrarecido a lo largo de nuestra historia en el planeta que exige una reflexión profunda y libre del enorme peso de los prejuicios. La conclusión a la que yo llegué hace años es que nadie debería poseer más tierra que la que fuera capaz de cultivar por sí mismo; el resto debería ser pública,  y sometida a rigurosas normas que contemplaran una coexistencia con los demás habitantes del planeta. Quizá dentro de siglos se llegue a una conclusión semejante. Si es que queda algo para plantar y seres para habitarlo.

En fin, un libro para aprender gozando, como exigía la norma medieval tan olvidada, con citas tan ciertas como la que leemos en la página 224: “La multitud no entiende de ornitología ni de poesía, pero es capaz de identificar a un friki al primer golpe de vista”.

Y ya para terminar esta pequeña reseña (y también un acto de tributo al autor y a quien me mostró el mundo de las aves), una  cita que resume el sentir de todo el texto y la sensación que ha dejado en mi memoria:

-La presencia de alguna especie muy rara; por ejemplo, del correlimos menudillo, desde luego es emocionante. Hablo de esa emoción que incluso llega a llenarte los ojos de lágrimas. Emoción de verdad. El primero de los dos que vi fue el once de octubre de 1987. Era un juvenil. Aparentemente no se había encontrado jamás a un ser humano, y se me acercó, comiendo, hasta las botas. Yo estaba viendo a aquella criatura tan insignificante y pequeñita, y sabía que había cruzado el Atlántico norte en un vuelo sin escalas, y me parecía un milagro. Tenía a mis pies un organismo de veintitantos gramos de peso, con unas facultades y capacidades maravillosas, diseñadas por el proceso evolutivo. Aparte de la satisfacción de verlo, me sentía en presencia de un prodigio. Este tipo de sensación lo he tenido más veces, pero aquel día fue intenso, quizás por el insignificante tamaño y su aparente fragilidad.

Observar el mundo que nos rodea; vivir en él, y en armonía con los demás seres: Ésa debería ser la línea melódica de nuestras vidas si es que deseamos vivir plenamente.

Nota bene: El lector curioso podrá leer en este mismo blog un poema que me inspiró el cuadro de Botticelli, el descubrimiento de las aves y algo más que callo: Es, naturalmente, un secreto (Afrodita: Un poema).

 

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