UNA BREVÍSIMA HISTORIA SOBRE LA VIDA MILITAR DE HANS DIETRICH

Bundesarchiv_Bild_146-1979-089-22,_Hermann_Göring_und_Paul_ConrathLa inteligencia militar es a la Inteligencia como la música militar es a la Música.

(Georges Clemenceau)

Nosotros los alemanes encontramos seguridad en la tiranía -comentó tristemente Munte-, esto siempre ha sido nuestra perdición.

(Len Deighton: El juego de Berlín)

Pues sí, mi nombre es Hans Dietrich, y ya que me pide brevedad seré breve: He de decir que ya desde mi más tierna juventud fui una mente dispersa y ensoñadora; mis lecturas eran divagantes como las aves en una tempestad y mis juegos, pueriles. Terminé convenciéndome de que me gustaba Wagner, sin ir más lejos, pero lo que me gustaba de Wagner era el chun chun y los personajes heroicos, Sigfrido, Tristán…, todos revueltos en una especie de parnaso épico que irremediablemente iba nublando mi sesera. Por otra parte mi sentido de la disciplina fue siempre casi inexistente, excepto -claro- si me refería a la de los demás, así que mis pensamientos iban alegremente de un lado a otro sin reposar en parte alguna, de manera que mi rendimiento académico era la desesperación de mis pobres padres; mutti me miraba casi como desde otro mundo resignada ya a lo improbable de mi futuro, y Vater vivía en una constante angustia a causa de la segura e inminente rotura del cabo que había pensado para guiar mi futuro. En medio de su infelicidad me decía colérico: “Hans, eres un borrico, es más, si no te enmiendas de aquí a fin de curso el año que viene te ingresaré en la Preußische Kriegsakademie (es decir, en la Academia Militar de Prusia); va a resultar que sólo sirves para soldado” , lo cual me erizaba todos los pelos de mi joven cuerpo, pero sólo el rato de la paternal bronca porque -como si nada hubiera pasado- al cabo de diez o quince minutos ya lo había olvidado cambiando aquel horror prusiano en sueños más agradables de conquistas africanas en las que -por alguna razón- siempre había chicas estupendas deseosas de ser salvadas por la fuerza de mi brazo, apostura e inteligencia. En fin: un cabeza de chorlito.

¿Para qué seguir? Acabé, como alguien más templado que yo hubiera previsto en la citada Preußische Kriegsakademie; llegué y no vi nada; tampoco vencí, pero vencieron por mí a lo que parece: salí de allí, después de ser el tambor de todos los golpes, el saco de todas las bromas, el hazmereír de todos los cadetes, salí, digo, alférez ¿qué te parece? ¿Quién me iba a decir que sólo por la ocurrencia de Vater iba a conocer a todo el elenco militar de mi época, ¿a que es gracioso?

¡Coño!, y entre ellos yo, que llegué a general sin hacer nada aparte de estar callado mientras soñaba con mis cosas e iba aprendiendo el sutil arte de la intransigencia con los de abajo, el de cobrar favores como si me los debieran y, en fin, cosas así.

Eran raras las ocasiones en que pensaba, pero cuando lo hacía llegaba siempre a la misma conclusión: ¿Por qué yo no iba a ser general habiendo acudido a la Preußische Kriegsakademie cuando el que nos mandaba a todos era un simple cabo y llegó a Führer?

Y es que los alemanes, cuando  nos ponemos, somos la hostia.

¿Los nazis, qué nazis?

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