VECINOS

Pues estaba yo haciendo la limpieza, fase: aspiradora (después de dar una vuelta en la bici y encontrarme con mi amigo Antón Fda G​ en la carretera de Tui) cuando veo ese bulto de la primera foto en el suelo; me agacho y veo a este simpático bichillo: “coño, otro bicho que viene a morir a mi suelo”; lo toco, y de muerto, nada: se menea un poco, como incomodado; lo toco un poco más y sale pitando dando vueltas con la cosa negra de debajo bien aferrada; miro mejor ¡y es una mosca!: Le he pilado comiendo, no me extraña que se incomode, a mí me sienta fatal que me molesten comiendo, incluso que me llamen por teléfono. Bueno, a lo que iba, que subo a toda leche y bajo con la cámara: ¿Para qué las prisas? Ahí sigue tan pancha, al papeo; nada, le hago las fotos, la rodeo con la aspiradora (el ruido no parece molestarle) y sigo a lo mío hasta dejar la casa como para comer yo también en el suelo, no en el sitio de mi pequeño huésped, por supuesto, que sigue a lo suyo mientras yo devoro una ensalada de garbanzos de Padornelo y lechuga de mi huerto aliñada con salmorejo rebajado en aceite del Alentejo y sal marina que está de putamadre. “Ya tarda en comer el gusarapo este” me digo mientras leo una novela imposible (“Los Inconsolables”, de Kazuo Ishiguro) de la cual ya os contaré si salgo con vida de ella.
Bueno, el caso es que como ya he terminado mi almuerzo, mi cabezadita con Ishiguro colocado en la barriga y la escolopendra (que eso es lo que es) sigue devorando tranquilamente a la mosca, me informo en una de mis guías de artrópodos y he aquí lo que encuentro:
Mi escolopendra y vecina resulta ser una Scutigera coleoptrata, ni más ni menos, que medirá como unos cuarenta milímetros de largo y a la cual no le he contado los pies por no jorobarle el festín, pero me dice la guía que puede tener hasta quince pares de ellos anclados en un cuerpo rígido, lo cual les permite moverse tan rápido como sabemos que se mueven (ya decía yo: “¿Cómo coño se moverán tan rápido las cabronas?” y mira tú: el jodido cuerpo rígido).
Como quizá veáis (mis fotos no son como las de Alejandro Rancaño ​, qué le vamos a hacer) tiene un cuerpo amarillo pajizo con tres rayas oscuras en el dorso y, según parece, también las tiene en cada uno de sus pies. Ponen entre 60 y 150 huevos en primavera, así que he de tener la casa estupenda, aunque no creo que vivan todos (o quizás emigren como nuestros licenciados), y no vayáis a pensar que nacen con todas las patas, no, qué coño, nacen con cuatro pares que van aumentando a razón de dos pares en cada una de sus cinco mudas (y nosotros todas la vida con cuatro y nos creemos la hostia, ya ves).
En fin, se ven por ahí macho y hembra; se tocan con las antenas y si notan que la cosa marcha dan un par de vueltas en círculo como un ‘pas de deux’ pero más eficiente por mor de tener más pies y se enamoran. Así como lo leéis, se enamoran pero no gustan del sexo de contacto: aman la masturbación, De manera que el macho deja su esperma tirado por el suelo y la hembra hábilmente lo utiliza para fecundar sus huevos. ¿Qué cosas, eh?
Pero no para ahí la cosa, no, resulta que Scutigera coleoptrata dispensa cuidados parentales a sus scutigeratitas, a las que acuna a un costado y los provee de fungicidas como mínimo, en cambio nuestras madres todo el día tirando de pediatra, lo que son las cosas.
Como ya sabéis de que se alimentan (aparte de larvas, chinches, cucarachas, termitas…) habéis de coincidir conmigo en que son la mar de simpáticos, casi como mis amigas las arañas (de las que creo que ya os he contado algo), así que ojito con cargároslas ni faltarlas al respeto, además, son noctívagas así que ni molestan (a no ser que la limpieza no sea vuestra pasión y tengáis la cama llena de chinches, claro).
Bueno, ¿qué decir? si es que son apasionantes… Resulta que tienen un receptor sensorial en las antenas que les sirve de tacto y olfato, y ojos desarrollados; usan boca y patas para sujetar a sus presas de manera que pueden con varias a la vez más o menos como Bruce Lee y sin darse tanta importancia, discierne entre sus posibles presas y sabe evitar a los insectos peligrosos o atacarlos con tácticas de combate muy especilizadas, como atacar (por ejemplo a una avispa) con su veneno y retirarse rápidamente mientras éste surte efecto, incluso puede desprenderse de algún par de patas si lo considera necesario.
Qué sorprendente animalito, no sólo es sensible a la luz diurna sino que es muy sensible a la luz ultravioleta. ¿Cómo verán el mundo? Intentaré intimar con esta tragaldbas u otra que se avenga a una conversación entre habitantes de un mismo espacio y me diga algo: Ya os contaré.

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ENCUENTROS EN EL TERCER ESTANTE

A veces pasa, y uno, buscando un libro determinado en su biblioteca, se encuentra con otro del cual no tenía ni idea de su existencia, ni cómo ha llegado a casa ni a ese estante ni cuándo lo compró (cualquiera de mis amigos puede atestiguar que devuelvo todos los préstamos) ni nada. Bien, pues eso mismo me ha pasado hace un par de días con uno de Iain Banks, ya sabéis ese escritor de SF (perdón, ciencia ficción) tan denostado como autor ‘mainstream’ quizá con razón, pero como yo suelo hacer oídos sordos a la Crítica y como disfrutaba de unas piernas absolutamente destrozadas por una semana de bici-contra-el-viento lo tomé, me senté en mi sillón de leer y me lo tragué en un par de días, y he de decir que me ha gustado, así que una vez más, Crítica: vai ó carallo.descarga md15772748489
¿Por qué me ha gustado? Bueno, primero tendré que decir de qué libro estoy escribiendo: “El Jugador“; Iain Banks. Martínez Roca Ed., 1992, es decir, que a lo mejor lleva en casa trece años y no nos conocíamos… En fin, es un thriller en un mundo de un futuro impensable en el que Banks contrasta dos concepciones sociales absolutamente opuestas, una, igualitaria, no venal, desconocedora del dinero y, por tanto, del delito, absolutamente placentera y con un dominio absoluto de los supuestos genéticos y tecnológicos al servicio exclusivo de los humanos, y la otra, pues como la nuestra pero con más gente, más armas y más medios de sojuzgamiento aunque al fin siempre sean los mismos. Banks se ceba en el racismo y en el sexismo de la segunda sociedad -especular de la nuestra-, y lo hace bien, utilizando sabiamente el ritmo del thriller y las características particulares de los personajes, ya sean humanos o máquinas.
Dos conceptos sociales, uno basado en la compasión (en su significado filosófico de compasión simpática) y el igualitarismo radical (con cierta y sospechosa tendencia a una especie de proteccionismo ilustrado) y el otro en la tiranía absoluta, la crueldad y la falta absoluta de compasión; dos conceptos, digo, en lucha por medio de un juego; El Azad que resulta ser universal en el sentido de que refleja la realidad y condiciona el mundo y del que apenas se sabe gran cosa en cuanto a sus reglas, funcionamiento, etc, pero que nos absorbe, nos magnetiza en las diversas etapas de que se compone la totalidad.
Así que como lo he pasado pipa leyendo estas 368 páginas y que soy de natural dado a compartir placeres (cualquier placer) lo recomiendo a los que no lo conozcan esperando que también puedan disfrutar de una lectura realmente apasionante.
Por cierto, si a alguien le interesan estas cosas, Iain Banks ya murió hace un par de años así que de ninguna manera podrá corregir un final tan inesperado.