NEUROMANTE

Me hace gracia la pregunta que viene en el recuadro alto de cada muro del facebook: “¿Qué estás pensado?”: Normalmente contestaría: “Pienso que estoy hasta los cojones “, más o menos lo que escribía un viejo (y antiguo) amigo no hace mucho, pero ahora mismo, que me he puesto a escribir aquí pensaba: “¡Joder, cómo me gusta Shostakovich!”, y es que estaba sonando en la clásica portuguesa Antena Dois, pero de él ya escribiré en otro momento, ahora pensaba hacerlo sobre una novela de William Gibson, creo que porque la nombré no recuerdo con qué motivo en algún post de este medio arriba nombrado.
La novela en cuestión, creo que es única, de hecho,  Gibson no la ha superado (siempre desde este humilde punto vista), y es que puso la cota muy alta. Su título: Neuromante; fecha de publicación: 1984 (en España: Minotauro, 1989); fue, sin duda, la novela-fetiche de los años ochenta
Y me la he vuelto a leer: comencé el viernes por la noche y la acabé 24 horas más tarde (no 24 horas leyendo, claro: también como de vez en cuando y hago otras cosas), y me ha vuelto a convencer: no hay duda, es una gran novela de SF, en este caso, ciencia ficción informática, con una muy bien construida estructura de novela negra; comienza muy bien (“El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizando en un canal muerto”), y acaba mejor (“En alguna parte, muy cerca, la risa que no era risa…”). Y ahora recuerdo por qué salió este título hace alguna semana: Por su protagonista femenina, Molly, una mujer no dependiente, no cuidadora abnegada de su hombre, no esclava de su amor ni de su deseo: aparte del hombre, fuerte e independiente: un paradigma de liberación. Molly es un personaje cruel y cariñoso; sensual pero terminante a la hora de utilizar su entrenamiento para el asesinato como hasta ahora han podido ser los personajes masculinos de las novelas (películas, lírica, teatro…); matar y ser una inmejorable amante . Parece una tontería, pero creo que no lo es: Cualquiera entiende que un hombre sea arrostrado, actúe, actúe, actúe y ame varias veces en transcurso de la misma historia, pero no sucede lo mismo en el caso de las mujeres: ellas tienen un papel recurrente en toda literatura, y está por debajo del hombre: Édescargal decide y actúa (como ya he escrito); ella espera como una Penélope cualquiera a que las cosas sucedan, y si consigue lo que parece desear (que suele ser siempre lo mismo y una majadería: el amor para siempre, o el poder) lo hace mediante artimañas de mujer. ¿No es estúpido?
Gibson, por medio de Molly, cambia ese reparto de papeles, siendo ella la mujer de acción y él, Case, el hombre que necesita y espera esa acción, que es lo que suele suceder casi siempre, aunque las artes -y menos las costumbres sociales- lo reconozcan.
Bienvenida pues esta relectura refrescante (dos “re”. ¡qué desastre!) que me sirve, además del habitual gozo que se espera de una buen libro, de ánimo y seguridad suficiente para recomendarla a cualquiera que tenga mis mismas apetencias respecto de la literatura (y la vida).