LA MUERTE DIFERIDA; LA INMORTALIDAD QUIZÁS

 

Todo libro necesario suele ser demoledor; tiene en sí esa sobrecogedora belleza que arrastra al lector bien hacia cumbres bien hacia los abismos; reconozco mi tendencia lectora y vital a los abismos aunque sepa y pueda apreciar y disfrutar de las cumbres, hace unas semanas, por ejemplo releí Viernes o los limbos del Pacífico (1967) de M. Tournier y no pude menos que dejarme llevar por una especie de nube optimista, sin embargo es de los otros de los que quiero hablar en este momento (en éste y en casi todos), libros como Lefeu o la demolición (1974), un libro terrible pero preciso y cierto de herr Jean Améry (1912-1978), o Contraluz (2006) de Mr. Pinchon (1937), que describe una realidad que nos ahoga desde hace ya cien años y que parece a punto de implosionar, o también la tremenda novela del señor Roberto Bolaño (1953-2003), 2666 (2004), de la cual todavía no he logrado recuperarme y mira que han pasado años de su lectura.
Hay más, no muchas pero todas absolutamente necesarias para entender nuestro mundo, nuestra cultura torpe y sangrienta, pero también delicada; egoísta y cruel, pero también filantrópica en sentido estricto, sin embargo hoy hablaré de una solamente, y es que acabo de leerla en dos tardes: Cero K
Cero K  (Seix Barral (2016) de Mr. Don DeLillo (N.Y. 1936) me la regaló muy acertadamente  un amigo que el jueves pasado dejó, por fortuna, de ser virtual y que había comentado aquí, en FB, que le había resultado imposible por el tratamiento del tema que trata. Yo, en una petite boutade le dije que quizá fuera una novela para leer “cuando notes que sopla el aliento frío de la parca tras la oreja”, como él bien me cita en su amable dedicatoria.
No he podido esperar tanto: Abrí el libro por su primera página y leí: Todo el mundo quiere apropiarse del fin del mundo. Esa sola frase resultó definitiva, y comencé a leer.
He de decir por adelantado que soy devoto de Don DeLillo, no por un aparente catastrofismo sino por esa especie de arcana ventanita que subyace en sus textos. Pero ¿de qué trata Cero K? De la muerte, claro, pero  no sólo de la muerte sino también de la soberbia del humano, del terrorismo, inducido o no, del militarismo como un juego que se escapará de las manos de sus patrocinadores tarde o temprano, de la estupefacción ante los hechos, ante las decisiones definitivas, de la ausencia, de la desaparición de nuestro mundo tal y como lo entendemos. De todo eso y de algunas cosas más.
Pero también de la humildad y del deseo (egoísta o no) de formar parte de un mundo futuro, de la tecnología que va a permitirlo, de una cierta ironía al describir esa tecnología, esa esperanza, esa seguridad en un futuro más o menos lejano.
De la conciencia.
DeLillo describe todo esto con seguridad, con su soltura de siempre, con su economía de palabras, su precisión y, ciertamente, con esa visión circular que tiene de las historias.
Cero K, así, sin cursiva se refiere al cero absoluto, a la temperatura teórica más baja posible, el punto de partida de la escala Kelvin que corresponde a los -273,15º celsius o los -459,67º fahrenheit, temperatura imposible según la tercera ley de la termodinámica. Según la mecánica clásica a esta temperatura las partículas carecen de movimiento y toda materia conocida se solidificaría, por tanto la novela se basa en una ficción física. ¿Acaso todo el libro es una gran ironía?
Artis, esposa de Ross Lockhart, un multimillonario principal inversor del proyecto Cero K padece un cáncer y decide ser criogenizada y esperar un futuro en el que su mal pueda ser curado; su marido, decide sin mediar enfermedad alguna seguirla a un mundo mejor que éste, o por lo menos libre de las plagas de éste; Jeffrey -hijo de Ross pero no de Artis- será testigo y narrador de todo el proceso, pero también del mundo que le rodea y, asimismo, narrador de ese mundo, nuestro mundo. Ése es el núcleo de la historia y a su alrededor van apareciendo todas esas pasiones o terribles aconteceres de que hablaba al principio.
De Don DeLillo aparte de esta fascinante novela que no puedo sino encarecer, recomendaré la lectura de Ruido de fondo (1985) y Mao II (1991) para ir introduciéndose en ese mundo aparentemente tenebroso y poco esperanzado, pero esta novela, Cero K escrita ya a una edad en otros chochean o se envanecen de sus “logros” -ochenta años, uno más que Thomas Pynchon, que tampoco parece chochear- es una maravilla, de verdad.
Leedla y quedad asombrados.
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