LOS PÁJAROS

¿Qué será de mí? escribió sobre el papel. Escribió, dejó caer la pluma en la mesa; se levantó; miró por la ventana: vio la ventana de enfrente del edificio de enfrente despintado del mismo color que su edificio.

Vio su muerte en la ventana de enfrente.

Vio su muerte mirándole; su muerte le miraba con un desdén lejano: huyó de la ventana. Se sentó; tomó la pluma; escribió: ¿Qué será de mí? Bloqueó mayúsculas; escribió: ¿QUÉ SERÁ DE MÍ?

Miró atentamente la pluma: la respuesta estaba oculta en ella. ¿Por qué no se la daba?

Pinchó en su mano: respuesta azul.

Azul…, pero sólo un momento. Todo se apagó, como la mar en la noche tempestuosa; sus pupilas se dilataron buscando luz, un faro en los placeles tenebrosos, una nota armónica que le mantuviera en equilibrio en un mundo sin márgenes.

Tenue amanecía en sus ojos cansados de asombro, un amanecer velado por calimas desgarradas, y en uno de los desgarros la ventana, y en la ventana, su muerte que estaba pero no estaba, y su pregunta al papel quedaba lejos, como anticuada. ¿Anticuada?

Temblaba, irreflexivo temblaba; querían los dientes escapar de sus alvéolos y se golpeaban entre ellos. Decidió quedarse quieto. Quieto, no moverse, no respirar. Respirar le asustaba. Veía a su muerte jugar con los recuerdos estarcidos por sobre la cama; tocaba su muerte un recuerdo y éste le dolía en la boca, en el pecho, en el estómago… Dependía del recuerdo por lo visto y aunque había decidido no moverse estaba mordiendo el canto de la mano izquierda, quizá para sujetarse los dientes que se iban; la sangre manaba dulcemente como en un hontanar: Su Sabor.

Los recuerdos de su muerte jugando a los recuerdos le traían palabras a la pluma; escribió: Oh sí, yo era un lobo que me comía a mí mismo, yo era un niño que devoraba lobos que me comían.

Miraba el papel, la tinta, los insectos de tinta, pero no entendía lo que escribía. “Recordar es no saber, pensaba, y escribió: RECORDAR ES NO SABER. Iba haciendo frases: ya tenía tres. Prisioneras. Y se levantó otra vez.

Y miró por la ventana; y no estaba allí: su muerte no estaba allí, se iba, se había ido. Se llevaba al lobo. Escribió: Soy la sombra de lo que soy; continuó: Mis llagas son reales pero no están; tachó; escribió: Siento mis llagas pero no recuerdo cuándo. Se levantó; fue al lavabo; mojó su rostro. el pelo, el cuello. Un dolor punzante entre su pecho y el cuello: no se movió. Pensó: “Soy una escolanía que canta la tristeza de ser niño: quisiera morir.” Pensó, pero trastabilló hasta la mesa; escribió: “La vida, la vida”.

El dolor como hielo, volvió; candente le atravesó el pecho: un mar aceitoso y tibio: el sueño del dolor le mecía en ese mar suavemente; su muerte estaba allí, entre las dulces olas; su  muerte le miraba, le estaba amando. Le dijo: “Tu vida, tu vida”.

Despertó un momento como si durmiera de una vigilia; añadió la séptima frase: “Nunca hice lo que quise”. Tachó; escribió: Nunca quise lo que hice.

Tachó; escribió: Los pájaros, los pájaros…

 

 

 

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