STEFANO BENNI: EL BAR DEL FONDO DEL MAR

PRÓLOGO
No sé si me creeréis. Pasamos la mitad de la vida ridiculizando aquello en lo que los demás creen, y la otra mitad creyendo en aquello que los demás ridiculizan.
 
Caminaba una noche por la orilla del mar de Brigantes, donde las casas se asemejan a navíos hundidos, inmersos en la niebla y en los vapores marinos, y donde el viento da a las ramas de las adelfas lentos movimientos de algas.
 
No sabría decir si perseguía algo o estaba siendo perseguido: recuerdo que eran tiempos difíciles, pero yo, quién sabe por qué extraña razón, era feliz.
 
De improviso, del silencio oscuro salió un elegante viejo, vestido de negro, con una gardenia en el ojal, y al pasar cerca de mí se inclinó ligeramente. Me puse a seguirlo intrigado. Yo andaba a buen paso, pero me costaba seguirlo de cerca porque parecía que se movía volando a un palmo de la tierra, y sus pies no hacían ruido sobre la madera húmeda del muelle.
 
El viejo de detuvo un momento, trazando en el aire gestos con los que parecía calcular la posición de las estrellas. Luego asintió con la cabeza y empezó a descender una escalerilla que del muelle bajaba hacia las aguas oscuras.
 
— ¡Deténgase, Señor —grité—, no lo haga!
 
Pero el viejo no me escuchó, en un instante tuvo el agua hasta la cintura, y poco después desapareció.
 
Sin tardar, vestido como estaba, me lancé al agua. Estaba helada, y sobre el fondo cenagoso yacían basuras y cuerdas. Miré a mi alrededor buscando señales del hombre, y con gran maravilla vi, suspendido a pocos metros del fondo, un cartel luminoso con la palabra “Bar”. Hacia él se dirigía tranquilamente, caminando como un buzo, el viejo de la gardenia. Como en un sueño nadé también hacia aquel cartel que iluminaba el agua de azul.
 
Llegué así a una construcción incrustada de nautilos, con una puerta de madera. La puerta se abrió de pronto y el señor de la gardenia me tendió la mano. Tiró de repente de mí y enseguida me encontré en un bar acogedor, luminoso y lleno de clientes. Estaba decorado con muebles de diverso estilo, algunos de antiguo sabor marinero, otros exóticos, otros decididamente modernos. La barra parecía el costado de un barco, de tan lustrosa e imponente como era. Sobre el despliegue de botellas había un gran ojo de buey de cristal por el que se podían admirar árboles de coral y bancos de peces. Los clientes bebían y charlaban como en cualquier bar de tierra firme. Como se puede constatar en el dibujo de la portada, formaban el grupo más extravagante que yo había visto nunca. El camarero me hizo señas para que me acercara. Tenía una expresión irónica y su cara recordaba a aquélla de un famoso intérprete de películas de terror. Me ofreció un vaso de vino y me clavó una gardenia en el ojal.
 
— Estamos contentos de tenerlo entre nosotros —dijo en un susurro—. Le ruego que se acomode porque ésta es la noche en que todos los presentes contarán una historia.
 
Me senté y escuché los cuentos del bar del fondo del mar.”
Éste es el prólogo del libro de relatos de Stefano Benni (1947) que sólo me ha costado encontrar SIETE AÑOS Y PICO desde que un amigo me dio noticias de él y que por fin tengo en mis manos. ¿Quién es capaz de descartar la lectura de un libro que así comienza? Yo no, desde luego, así que en cuanto termine de escribir esta mi alegría por haber dado ¡ya era tiempo! fin a mi particular y trabajosa quête du grial me lanzo de cabeza a sus 207 páginas. Ya os contaré, pero adelanto que me gusta mucho Stefano Benni porque coincido con él en una especie de “alegre pesimismo”: Ninguno de sus textos me ha defraudado. ¡Tierra!, La compañía de los celestinos, Cómicos guerreros despavoridos, Los maravillosos animales de Extrañalandia y algunos más son los libros que de él he leído con placer y aprovechamiento; ahora tengo para mi seguro deleite El bar del fondo del mar, que no me defraudará, estoy seguro por las lecturas anteriores y por esa afinidad de carácter que nos une a Stefano y a mí, tanto que hice mía su cita de Passolini: Io non ho speranza ma sono en disposizione di dare speranza a qualcuno, soy como él un desesperado que busca esperanza para los demás, un pesimista que intenta transmitir la ironía de su propio pesimismo.
Y encima es un gran apasionado del jazz,tanto que desde 1999 dirige un ciclo internacional de este estilo. ¡Coño! es que es una especie de Boris Vian, en el pesimismo, la desesperanza ¡y el jazz! Y Boris Vian resulta ser otro de mis fetiches literarios y no el menos importante.
En fin, dejaré mi comentario al libro que tanto me ha costado encontrar puesto que lo descatalogó hace tiempo la propia editorial (¿quién sabe por qué?), y que al final estaba escondido en el almacén de una librería del norte de Madrid, cerca de la Plaza de Castilla, para otra ocasión , ya con las lecturas finalizadas y aprehendidas: Entonces os hablaré de este libro y un poco más de Stefano Benni.
Mentiría si dijera que no le he echado una ojeada por encima antes de ponerme a escribir aquí, por tanto, me he encontrado con el capitán Charlemont y la ballena de los mares del Sur, Matu-Maloa que por lo visto se enamora perdidamente del capitán y…
Pero ésa será otra historia.
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