DIKAIOSINE

DIKAIOSINE

Hace ya muchos años me agencié -no diré cómo- una píxide; en ella he ido susurrando, introduciendo secretos horribles, espantosos, criminales, hechos, acciones casi innombrables, terribles conspiraciones, palabras de muerte, palabras de traición. A veces, cuando me entero de que alguien malquerido agoniza contra una muerte irremediable me disfrazo de allegado o de sacerdote, transformo mi rostro en una máscara compungida y piadosa; tomo la píxide en mis manos, con sumo cuidado me acerco al lecho del moribundo aborrecido…

Entonces le tomo la mano casi yerta y le dejo ver en ese interior desolado; digo: “toma de este interior lo que quieras con dos dedos, míralo y cómelo: Es el Cuerpo de Dios”, y acerco su mano a los bordes de oro y sangre; “esto que te llevas será tuyo para siempre”.

Su muerte horrorizada…

Le doy la espalda y salgo: Casi soy feliz.