ENMIMISMAMIENTOS

 

 

El enmimismamiento es la cualidad por la cual uno entra dentro de sí mismo de manera que resulta ser incapaz de encontrar luego la salida, una salida.

 

 

Cuando el enmimismamiento sucede por la incapacidad física de entrar en el otro, de imbuirse o agregarse a él, entonces ese enmimismamiento es como una herida abierta a la que se mantiene cotidianamente en alguna especie de salmuera, de manera que jamás tiende a la cicatrización, que suele ser una salida o, simplemente, olvido.

 

 

 

 

 

A esta herida abierta y levemente salada

como las lágrimas, damos en llamar pena o, muchas veces, noche sostenida.

Persistente.

 

Cuadros de Edward Hopper (Hotel room), Luis Bejarano (Avistamientos). De la talleronline que encabeza estas leves líneas, desconozco el autor.

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ADVERSO FLUMINE

Cuando la oscuridad es una presencia

todo mi cuerpo se desmorona, me vence el sueño; salgo a la noche,

al nocturno cielo de las estrellas: observo las constelaciones, nuestra galaxia,

el camino del Norte: la Polar.

Todo está bien, y yo estoy vivo, por eso miro intensamente,

por eso me sumerjo en los millones de mundos y en sus fuegos.

En los infinitos evos de luz, porque quizá en la mañana que ha de seguir yo ya no esté: Todas las noches

me despido de la vida;

suspiro profundamente porque sé que ha sido una vida colmada:

No tengo queja aún a pesar de los desequilibrios: me han amado

más de lo que yo amé hasta hoy, hasta esa noche, digo,

porque mi egoísmo parece ser más grande

que mi ignorancia: es mi gota de infelicidad, por eso

despierto cada poco bañado en sudor, preso de terrores: los ogros

de mi pasado que vuelven de noche y hacia las Dos, hora de Greenwich, salgo de nuevo al nocturno cielo, veo:

Orión puebla mi ventana: Betelguese, Rigel, su rival al sur, Bellatrix y Sahiph

en la otra diagonal. Alnitak, Alniman y Mintaka, y abajo,

la Espada de Orión, El Cazador, el que quiso exterminar todos los animales de la tierra, el Asesino,

el ogro terrible de mis pesadillas, el violador

de Mérope, hija de Enopión que lo dejó ciego, y cuya vista

le fue devuelta por Helios, que todo alumbra, que todo ve

menos la iniquidad. Gea lo mató,

Gea ordenó al escorpión gigante cazar a Orión y éste lo mató,

al asesino, al violador, al que arrasaba la tierra…

La venganza de Gea me calma, el sueño de muerte se va y yo

recupero el mío: quizás algún amor quiera venir a poblarlo, a besar

mis párpados contra toda la corriente de miedos y maldad que pueblan mi mundo.

WIR ARME LEUT

Los asesinatos de mujeres, los ataques a mujeres, las violaciones a mujeres, sea por parte de sus propias parejas, ex parejas, conocidos, parientes en mayor o menor grado, desconocidos, individualmente o en grupo están empezando a poblar de pesadillas mis noches. sueño con tiempos pasados que pugnan por volver, que nunca se fueron del todo, en el asesinato de Marie, muerta por el acero de Wozzeck, su pareja ya loca, pero no lo suficiente como para no intentar escapar, para no querer limpiar la sangre de sus manos; en el asesinato de Desdémona, estrangulada por Otelo; Ifigenia, sacrificada para la gloria de Agamenón, las mujeres incastas de Deuteronomio 22: 13-21; Las incontables evas perseguidas por una culpa que no les pertenece y que transmiten a causa de un síndrome mucho más antiguo que el de Estocolmo, las carnes de las mujeres asesinadas mediante el fuego, cortadas sus lenguas para que no pudieran gritar, la trata de mujeres para no el efímero placer sino para el perdurable placer del hombre investido por Dios como dueño de todo ser viviente sobre la tierra, las mujeres asesinadas de  Ciudad Juárez, cuyo conocimiento llegó a mí en  la página 443 del libro de Bolaño “2666”, y cuyas trescientas cuarenta y nueve páginas siguientes arrasaron mi corazón y lo siguen arrasando.

No puedo vivir en paz, queridas, y no puedo porque -como todos- formo parte de esta matanza, de este tráfico de esclavas, de esta anulación.

De esta vergüenza.

No puedo vivir en paz porque es el silencio de los hombres lo que autoriza tanto crimen, tantos golpes, tantas vejaciones, tantas muertes; el silencio de los que miran a otra parte aún no compartiendo la barbarie, el silencio cómplice de los puteros, de los que miran a las mujeres como se mira un objeto venal, de los que ocultan su ofensiva crueldad con el aspecto externo de las mujeres que insultan o atacan, de los que ponderan el buen comportamiento de sus mujeres (no compañeras) y de sus hijas en vez de ser como ellas, padecer con ellas, sentir con ellas, vivir con ellas.

Con vosotras, queridas.

No puedo soportar esta vergüenza, esta congoja constante.

Ni las risas de los culpables directos, que indirectos lo somos todos nosotros, no vosotras, ni sus miradas, ni sus coches aparcados en los clubes de carretera protegidas sus matrículas por una valla protectora, ni la pornografía infamante, ni los comentarios groseros, ni la prepotencia machista, la injusticia constante, la diferencia de salarios, la posesión, las religiones todas que amparan y teorizan tanto crimen y las leyes hechas por hombres para proteger sus iniquidades, ni los asesinos impunes todos, celebrados en gran parte de nuestra miserable sociedad todos, siempre disculpados, siempre consentidos los asesinos, los tratantes, los puteros, los padres que matan a sus hijas, que las violan, que matan a sus mujeres. Que matan.

No sé, no puedo saber cómo os sentís vosotras, queridas, pero sí cómo me siento yo todos los días, cada vez que me asomo al mundo, cada vez que veo un cartel publicitario; tampoco sé cómo expresar todo lo que siento porque me parece que me va reventar el corazón.

Y escribo esto, no para disculparme, no para apartarme de los asesinos ni de los demás hombres, pues soy uno de ellos, un hombre; supongo que escribo para vaciar mi pena enorme, mi congoja acumulada de tantos años. Mi propia culpa.

Ahora que veo, para mi mal y mis pesadillas, que no sólo nada ha cambiado sino que otra vez la violencia contra vosotras aparece con mucha más fuerza, protegida de  nuevo (como si nunca lo hubiera sido) por una sociedad que vuelve a ser feudal con otras formas pero con el mismo fondo.

No espero paz, ni creo en un mundo menos peor; vivo en la desesperanza; paliar el daño que haya podido hacer, evitar más daño: escribir, eso es lo único que puedo hacer.

Nada.

UNA CHACONA: VARIAS INTERPRETACIONES

He subido esta ciaccona en Do mayor EW589 de Bertali (1605-1669) alguna vez (en Facebook, digo); habéis de suponer que lo hago porque está entre mis preferidas de la época (1662); también he escrito algo en general de la chacona, que es su nombre original, pues es una danza que nace en España, va a América o Nueva España y de tornavuelta (vide ‘tornavuelta’ en mi Antología de términos marineros) llega de nuevo a la Península a finales del s.XV (a EC), pasando al reino de Nápoles y, de ahí a toda Europa, de manera que aquella danza fresca, alegre y vivaz recorre el continente ya italianizada y como ciaccona, perdiendo algo de esa vivacidad, bajando un poco esa forma de danza agitada una vez popularizada por Frescobaldi y Monteverdi que la acercan al modo cadencioso de la sarabanda.
Es realmente admirable que esta danza que recorrió todo el barroco europeo y americano, que fue una forma canónica para cualquier autor que se preciara de serlo, superara la frontera de los siglos siendo también utilizada en el clasicismo, romanticismo, neoclasicismo, serialismo e, incluso en el dodecafonismo. También comenté cómo la chacona era originalmente una danza ternaria (dos melodías que se superponen a la tercera o contraste) en variaciones tan ágiles a veces que parece no haber notas suficientes para todas, como podréis comprobar en alguna de las versiones que dejo abajo. Ya he comentado otra vez que sólo soy un aficionado, así que no entraré en playas con corrientes y resacas que desconozco, pues ya podéis suponer  que mi ignorancia es enorme.
Cierto que tanto la chacona y la folía provienen de esta Península nuestra -la folía nace en Portugal- y ambas conquistan el universo musical hasta nuestros días; ambas son asimismo danzas, la segunda más follonera aún, que de ahí proviene el término follón en su sentido original, como podéis leer en el Quijote, música de carnavales y desmadre, también se atemperó al recorrer Europa compartiendo éxito con su vecina la chacona, ya ciaccona a la que caracteriza ese bajo ostinato (breve progresión armónica que se repite sin interrupción mientras la voz melódica se glosa a sí misma a veces hasta el éxtasis trepidante como veréis si escucháis las composiciones que apunto) que, por alguna razón a mí me llena de gozo, y es que es hipnótico y encantador. Tira la folía a la zarabanda (sarabanda) y la chacona al pasacalles (passacaglia) y todas, las cuatro son de origen peninsular, tres son hispánicas y una -como he dicho- portuguesa. Los passacglia de Frescobaldi me encantan; las sarabandas de J.S. Bach son seguramente el Otro Mundo.
En fin, queridas, ahí os dejo los enlaces de los diez temas que he elegido entre los centenares que existen grabados y que podéis escuchar tranquilamente para observar sus diferencias y similitudes tranquilamente. Sólo espero que mi selección os agrade y os haga pasar un rato estupendo y provechoso. Podéis, incluso votar el o los temas preferidos a ver cuál sale vencedor, ¿no?
1ª) Adriane Post, violín solo; Paul Dwyer, violoncello; Doug Balliett, violone; Simon Martyn-Ellis, guitarra barroca; Elliot Figg, clave y órgano:
2ª) The Rare Fruits Council de Manfredo Kremer:
3ª) L’Arpeggiata de Cristine Pluhar con Veronika Skuplik al violín solo:
4ª) Freiburger Barockorchester:
5ª) Adriane Post, violín solo; Paul Dwyer, violoncello; Doug Balliett, violone; Simon Martyn-Ellis, guitarra barroca; Elliot Figg, clave y órgano:
6ª) Floridante (ésta es la versión más corta de todas)
7ª) L’Arpeggiata de Cristine Pluhar con Veronika Skuplik al violín solo:
8ª) Freiburger Barockorchester:
9ª) Attila Feltein, violín; Aino Oláh, clave; Bálint Maróth, violoncello:
10ª) LaAustrian Baroque Company de Michael Oman con Florian Hasemburger al violín barroco:

HEISENBERG Y LOS CUERPOS HIPNÓTICOS

Existe Heisenberg y el principio de incertidumbre:

busca la mayor certeza del dónde y menos sabrás

no sólo de ese dónde, ese momento, sino quién o qué es: su masa, su velocidad.

Y también existe la certidumbre

y el vértigo de ser nada en el rincón último del Universo

o de la noche o la tiniebla

o de la postrera luz del ocaso del Sol.

Y al final, uno recurre a lo visible,

al rastro de lo visible, al sueño del último mirlo que es como un suspiro oscuro.

La certidumbre,

lo que se toca, lo que eriza el vello.

Lo que se sabe: Si me besas

con tus dedos, si me rozas

con tus labios, si tu ojos me traspasan

moriré otra vez, una vez más moriré.

Me desvaneceré como un viento terral al calor de la mañana

en la corriente espesa y dulce de tus arterias.

MI PROPUESTA PARA ESTE FIN DE SEMANA: SALOME, ÓPERA EN UN ACTO DE RICHARD STRAUSS.

“Ah! I have kissed thy mounth, Jokanaan. There was a bitter taste on my lips…”
Así va acabando la obra de Oscar Wilde en su edición inglesa (la escribió originalmente en francés, pero  he perdido esa edición vete a saber dónde y cuándo; la traducción inglesa la hizo su amante Lord Alfred Douglas, como sabréis).
Ésta es la traducción de la frase completa que hizo Julio Gómez de la Serna para la ya antigua edición de Aguilar a dos columnas de 1975:
“He besado tu boca, Jochanaán, he besado tu boca. Había un sabor acre en tus labios. ¿Era el sabor de la sangre? Quizá era el del amor. Dicen que el amor tiene un sabor acre… Mas ¿qué importa? He besado tu boca, Jochanaán, he besado tu boca.”
Pero no voy a hablaros de la obra de Wilde, del enorme escándalo que supuso en su época (y para algunas mentes pazguatas, en ésta), sino de la ópera que de ella estrenó Richard Strauss (1864-1949) en la ciudad alemana de Graz el año 1906 bajo su propia batuta, ya que los censores del imperio prohibieron su estreno en Viena; también se prohibió en Londres hasta 1907; cuando se estrenó en Covent Garden en 1910 ya había sido modificada para las hipócritas mentes victorianas. En los EE.UU. se estrenó en la Metropolitan Opera (1907), pero posteriormente fue prohibida por la enorme presión de los patrocinadores capitalistas hasta que se pudo reestrenar en ¡1934!
Y como muestra del rechazo que esta ópera produjo en ese país, cito (siguiendo a Alex Ross (The Rest in Noise, 2009) la carta que un médico envió a The New York Times:
“Soy hombre de mediana edad, que ha dedicado más de veinte años a la práctica de una profesión que requiere, en el tratamiento de enfermedades nerviosas y mentales, un contacto diario con perturbados (…) Afirmo tras meditarlo cuidadosamente, y tras una familiaridad con las producciones emocionales de Oscar Wilde y Richard Strauss, que Salome es una exposición detallada y explícita de los rasgos más horribles, desagradables, repugnantes e innombrables de la degeneración (utilizando ahora el término con su significado social y sexual habitual) que jamás he oído, leído o imaginado (…) Lo que representa no es otra cosa que el móvil de los actos indescriptibles de Jack el Destripador.
La mayor parte del público no pudo apartar su mirada del escenario. Un crítico escribió que el espectáculo lo lleno de “un horror indefinible.”
La ópera comienza con un clarinete que asciende del Do sostenido al Sol pero en medio hay un intervalo muy conocido: el tritono nombrado la quinta del diablo o diabolus in musica, que resulta perturbador para nuestros oídos, pero como sólo soy un aficionado no seguiré por este camino y contaré sucintamente el desarrollo textual de la obra que resulta casi palabra por palabra pareja al texto de Wilde, salvo en la eliminación de algunos personajes superfluos, pero no en las palabras. De hecho comienza diciendo el capitán de la guardia:
                                         ¡Qué bella está la princesa Salome esta noche! 
A lo que contesta el paje de Herodías:
                                         ¡Qué extraña está la luna! Parece una mujer saliendo de la tumba.
Y el capitán:
                                         Como una princesa cuyos pies fueran unas blancas palomas. Se diría que están bailando.
El paje:
                                         Como una mujer muerta se desliza con lentitud.
Casi calcado del texto original.
El argumento, supongo que todas lo conocéis: Herodes, enamorado de Salomé, ruega a ésta que baile para él; Salomé después de algunas previas negativas acepta tras el juramento de Herodes de que le dará a cambio lo que desee; le pide la cabeza de Jochanaán (Juan Bautista) puesto que éste se ha negado a mirarla, a dejarse seducir, a permitirle besar su boca; la ha despreciado y humillado: ésta es una venganza, pero también un acto de amor. Herodes al fin accede, le da la cabeza de Jokanaán y ella sostiene un amor necrófilo con ella, de una dulzura y dureza inenarrables.
La versión que os traigo aquí es de todas las que conozco, la que más amo y la que tengo en casa, la de la Deutsche Oper Berlin dirigida por Giuseppe Sinopoli, con una maravillosa Catherine Malfitano (Salome) que soporta toda esta ópera en un acto con una voz y una teatralidad extraordinarias, Simon Estes como Jochanaan, Horst Hiestermann como Herodes (fabuloso), Leonie Rysaner como Herodías, y producida por Petr Weigl.
Notaréis que la música que Strauss escribe para la danza de los siete velos de Salome una música aparte de toda la obra, algo ramplona quizá, pero como dice Alex Ross (Op.cit), Strauss sabía casi con certeza lo que estaba haciendo: ésta es la música que le gusta a Herodes, y cumple su función como un contraste kitsch para la truculencia que se avecina. Hay, como es natural, muchas preferencias para una u otra soprano en esta escena de la danza (incluso algunas se negaron a bailarla siendo sustituidas por bailarinas profesionales), pero para mí, Malfitano es la mejor, la que mejor me llega a los sentidos, la más estética de todas las que he visto (que son unas cuantas).
La escena final es tremenda; a muchos horroriza; a mí me emociona hasta la congoja. Es un acto de amor terrible, amor trágico, sí, pero amor.
Dice Salome en su aria final:
He besado tu boca Jochanaan y en ella había un sabor amargo. ¿Sería el sabor de la sangre? No. Tal vez era el sabor del amor. Dicen que el amor tiene un sabor amargo. ¿Pero qué importa? He besado tu boca Jochanaan.
No sé lo os pasará a las que escuchéis esta ópera extraordinaria de Richard Strauss, a mí se me oprime el corazón cada vez que llega este terrible final.
Esta versión se hizo para televisión en 1990, así que tiene una calidad excelente tanto de imagen como de sonido. No llega a una hora y cincuenta minutos que pasan, lamentablemente, demasiado rápidos; pero se puede repetir. He de explicar que Strauss la tituló “Salome”, de ahí la divergencia que habréis podido observar con la Salomé del texto.Su enlace para YouTube: