APARICIONES

Pues estaba yo aquí, con mis cosillas, cuando escuché como un revoloteo nervioso en el exterior; miro: no veo nada; quito el ruido de un programa lamentable de Radio Clásica con sambas argentinas y cafrunes varios y aguzo el oído: en efecto, lo dicho: un revoloteo nervioso; me dispongo a abrir el ventanal de mi Belvedere y héteme aquí que, en mis propios nasos se me aparece ¡el Paráclito! ¡joder, el mismísimo Paráclito! Pero no queda ahí la cosa, de repente va y me dice, así, en francés (el don de lenguas, I supose): “Je vous salue, Marie”, así que me quedo algo cortado frente a Él, que también me mira como dudando; al fin le digo: “Tío, Paráclito, que no soy María ni, lamentablemente, virgen, que soy Tales de Emilito, y mira que te lo digo así, sin acritud (no vaya a ser que éste me saque un ojo, que los dioses, aunque sean de tercera persona o mano o lo que sea, tienen su mala hostia, pensaba de paso).
“Ah, Tales, rapaz, que me he liado, pero ya te tenía yo ganas, que estás todo el día haciéndome chistes y metiéndote conmigo, y sólo porque tengo pluma. ¿No te da vergüenza?”
“Bueno -musité- un poco sí, claro, pero tío, es que tengo mis clientes y les gusta, ya sabes, lo del dedito, y claro… uno es débil.”
“Ya te daré yo dedito, y a tus clientes les dices que ojo con lo que pinchan, que para mí, un dedo es pan comido, carallo. Y bueno, por esta vez pase, pero quedas avisado, que m’e quedao con tu cara, Tales, coño.”
Y dando un gracioso vuelco de alas se dio la vuelta, voló un poco hacia arriba (es natural) y desapareció con bastante salero, todo hay que decirlo.
Os lo cuento así, como sucedió, joder, que aún no se me ha pasado el susto.
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