MI PROPUESTA PARA ESTE FIN DE SEMANA: SALOME, ÓPERA EN UN ACTO DE RICHARD STRAUSS.

“Ah! I have kissed thy mounth, Jokanaan. There was a bitter taste on my lips…”
Así va acabando la obra de Oscar Wilde en su edición inglesa (la escribió originalmente en francés, pero  he perdido esa edición vete a saber dónde y cuándo; la traducción inglesa la hizo su amante Lord Alfred Douglas, como sabréis).
Ésta es la traducción de la frase completa que hizo Julio Gómez de la Serna para la ya antigua edición de Aguilar a dos columnas de 1975:
“He besado tu boca, Jochanaán, he besado tu boca. Había un sabor acre en tus labios. ¿Era el sabor de la sangre? Quizá era el del amor. Dicen que el amor tiene un sabor acre… Mas ¿qué importa? He besado tu boca, Jochanaán, he besado tu boca.”
Pero no voy a hablaros de la obra de Wilde, del enorme escándalo que supuso en su época (y para algunas mentes pazguatas, en ésta), sino de la ópera que de ella estrenó Richard Strauss (1864-1949) en la ciudad alemana de Graz el año 1906 bajo su propia batuta, ya que los censores del imperio prohibieron su estreno en Viena; también se prohibió en Londres hasta 1907; cuando se estrenó en Covent Garden en 1910 ya había sido modificada para las hipócritas mentes victorianas. En los EE.UU. se estrenó en la Metropolitan Opera (1907), pero posteriormente fue prohibida por la enorme presión de los patrocinadores capitalistas hasta que se pudo reestrenar en ¡1934!
Y como muestra del rechazo que esta ópera produjo en ese país, cito (siguiendo a Alex Ross (The Rest in Noise, 2009) la carta que un médico envió a The New York Times:
“Soy hombre de mediana edad, que ha dedicado más de veinte años a la práctica de una profesión que requiere, en el tratamiento de enfermedades nerviosas y mentales, un contacto diario con perturbados (…) Afirmo tras meditarlo cuidadosamente, y tras una familiaridad con las producciones emocionales de Oscar Wilde y Richard Strauss, que Salome es una exposición detallada y explícita de los rasgos más horribles, desagradables, repugnantes e innombrables de la degeneración (utilizando ahora el término con su significado social y sexual habitual) que jamás he oído, leído o imaginado (…) Lo que representa no es otra cosa que el móvil de los actos indescriptibles de Jack el Destripador.
La mayor parte del público no pudo apartar su mirada del escenario. Un crítico escribió que el espectáculo lo lleno de “un horror indefinible.”
La ópera comienza con un clarinete que asciende del Do sostenido al Sol pero en medio hay un intervalo muy conocido: el tritono nombrado la quinta del diablo o diabolus in musica, que resulta perturbador para nuestros oídos, pero como sólo soy un aficionado no seguiré por este camino y contaré sucintamente el desarrollo textual de la obra que resulta casi palabra por palabra pareja al texto de Wilde, salvo en la eliminación de algunos personajes superfluos, pero no en las palabras. De hecho comienza diciendo el capitán de la guardia:
                                         ¡Qué bella está la princesa Salome esta noche! 
A lo que contesta el paje de Herodías:
                                         ¡Qué extraña está la luna! Parece una mujer saliendo de la tumba.
Y el capitán:
                                         Como una princesa cuyos pies fueran unas blancas palomas. Se diría que están bailando.
El paje:
                                         Como una mujer muerta se desliza con lentitud.
Casi calcado del texto original.
El argumento, supongo que todas lo conocéis: Herodes, enamorado de Salomé, ruega a ésta que baile para él; Salomé después de algunas previas negativas acepta tras el juramento de Herodes de que le dará a cambio lo que desee; le pide la cabeza de Jochanaán (Juan Bautista) puesto que éste se ha negado a mirarla, a dejarse seducir, a permitirle besar su boca; la ha despreciado y humillado: ésta es una venganza, pero también un acto de amor. Herodes al fin accede, le da la cabeza de Jokanaán y ella sostiene un amor necrófilo con ella, de una dulzura y dureza inenarrables.
La versión que os traigo aquí es de todas las que conozco, la que más amo y la que tengo en casa, la de la Deutsche Oper Berlin dirigida por Giuseppe Sinopoli, con una maravillosa Catherine Malfitano (Salome) que soporta toda esta ópera en un acto con una voz y una teatralidad extraordinarias, Simon Estes como Jochanaan, Horst Hiestermann como Herodes (fabuloso), Leonie Rysaner como Herodías, y producida por Petr Weigl.
Notaréis que la música que Strauss escribe para la danza de los siete velos de Salome una música aparte de toda la obra, algo ramplona quizá, pero como dice Alex Ross (Op.cit), Strauss sabía casi con certeza lo que estaba haciendo: ésta es la música que le gusta a Herodes, y cumple su función como un contraste kitsch para la truculencia que se avecina. Hay, como es natural, muchas preferencias para una u otra soprano en esta escena de la danza (incluso algunas se negaron a bailarla siendo sustituidas por bailarinas profesionales), pero para mí, Malfitano es la mejor, la que mejor me llega a los sentidos, la más estética de todas las que he visto (que son unas cuantas).
La escena final es tremenda; a muchos horroriza; a mí me emociona hasta la congoja. Es un acto de amor terrible, amor trágico, sí, pero amor.
Dice Salome en su aria final:
He besado tu boca Jochanaan y en ella había un sabor amargo. ¿Sería el sabor de la sangre? No. Tal vez era el sabor del amor. Dicen que el amor tiene un sabor amargo. ¿Pero qué importa? He besado tu boca Jochanaan.
No sé lo os pasará a las que escuchéis esta ópera extraordinaria de Richard Strauss, a mí se me oprime el corazón cada vez que llega este terrible final.
Esta versión se hizo para televisión en 1990, así que tiene una calidad excelente tanto de imagen como de sonido. No llega a una hora y cincuenta minutos que pasan, lamentablemente, demasiado rápidos; pero se puede repetir. He de explicar que Strauss la tituló “Salome”, de ahí la divergencia que habréis podido observar con la Salomé del texto.Su enlace para YouTube:
                                      
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