WIR ARME LEUT

Los asesinatos de mujeres, los ataques a mujeres, las violaciones a mujeres, sea por parte de sus propias parejas, ex parejas, conocidos, parientes en mayor o menor grado, desconocidos, individualmente o en grupo están empezando a poblar de pesadillas mis noches. sueño con tiempos pasados que pugnan por volver, que nunca se fueron del todo, en el asesinato de Marie, muerta por el acero de Wozzeck, su pareja ya loca, pero no lo suficiente como para no intentar escapar, para no querer limpiar la sangre de sus manos; en el asesinato de Desdémona, estrangulada por Otelo; Ifigenia, sacrificada para la gloria de Agamenón, las mujeres incastas de Deuteronomio 22: 13-21; Las incontables evas perseguidas por una culpa que no les pertenece y que transmiten a causa de un síndrome mucho más antiguo que el de Estocolmo, las carnes de las mujeres asesinadas mediante el fuego, cortadas sus lenguas para que no pudieran gritar, la trata de mujeres para no el efímero placer sino para el perdurable placer del hombre investido por Dios como dueño de todo ser viviente sobre la tierra, las mujeres asesinadas de  Ciudad Juárez, cuyo conocimiento llegó a mí en  la página 443 del libro de Bolaño “2666”, y cuyas trescientas cuarenta y nueve páginas siguientes arrasaron mi corazón y lo siguen arrasando.

No puedo vivir en paz, queridas, y no puedo porque -como todos- formo parte de esta matanza, de este tráfico de esclavas, de esta anulación.

De esta vergüenza.

No puedo vivir en paz porque es el silencio de los hombres lo que autoriza tanto crimen, tantos golpes, tantas vejaciones, tantas muertes; el silencio de los que miran a otra parte aún no compartiendo la barbarie, el silencio cómplice de los puteros, de los que miran a las mujeres como se mira un objeto venal, de los que ocultan su ofensiva crueldad con el aspecto externo de las mujeres que insultan o atacan, de los que ponderan el buen comportamiento de sus mujeres (no compañeras) y de sus hijas en vez de ser como ellas, padecer con ellas, sentir con ellas, vivir con ellas.

Con vosotras, queridas.

No puedo soportar esta vergüenza, esta congoja constante.

Ni las risas de los culpables directos, que indirectos lo somos todos nosotros, no vosotras, ni sus miradas, ni sus coches aparcados en los clubes de carretera protegidas sus matrículas por una valla protectora, ni la pornografía infamante, ni los comentarios groseros, ni la prepotencia machista, la injusticia constante, la diferencia de salarios, la posesión, las religiones todas que amparan y teorizan tanto crimen y las leyes hechas por hombres para proteger sus iniquidades, ni los asesinos impunes todos, celebrados en gran parte de nuestra miserable sociedad todos, siempre disculpados, siempre consentidos los asesinos, los tratantes, los puteros, los padres que matan a sus hijas, que las violan, que matan a sus mujeres. Que matan.

No sé, no puedo saber cómo os sentís vosotras, queridas, pero sí cómo me siento yo todos los días, cada vez que me asomo al mundo, cada vez que veo un cartel publicitario; tampoco sé cómo expresar todo lo que siento porque me parece que me va reventar el corazón.

Y escribo esto, no para disculparme, no para apartarme de los asesinos ni de los demás hombres, pues soy uno de ellos, un hombre; supongo que escribo para vaciar mi pena enorme, mi congoja acumulada de tantos años. Mi propia culpa.

Ahora que veo, para mi mal y mis pesadillas, que no sólo nada ha cambiado sino que otra vez la violencia contra vosotras aparece con mucha más fuerza, protegida de  nuevo (como si nunca lo hubiera sido) por una sociedad que vuelve a ser feudal con otras formas pero con el mismo fondo.

No espero paz, ni creo en un mundo menos peor; vivo en la desesperanza; paliar el daño que haya podido hacer, evitar más daño: escribir, eso es lo único que puedo hacer.

Nada.

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