EL MUNDO DE CORMAC McCARTHY: UNA VISIÓN

“No es éste un país para viejos. Los jóvenes
se abrazan, hay pájaros en los árboles
–generaciones muriendo– cantando,
cascadas de salmones y mares de caballas,
peces, aves y carne que en verano celebran
cuanto ha sido engendrado, nace y muere.
Cautivos de esa música sensual todos olvidan
monumentos de perenne intelecto.”

Así comienza el bellísimo poema de Wiliam Butler Yeats (1865-1939) “Rumbo a Bizancio”, versos que enseguida recordé en mi primera lectura de la novela de McCarthy, “No es país para viejos” (Barcelona, 2006), aunque nunca podré estar seguro de que éste, McCarthy, pensara en Yeats cuando escribió su libro; ya de entrada Yeats escribe: That is not a country for old men, y McCarthy: No country for Old Men, suprimiendo el pronombre, si bien en el poema de Yeats se habla de la vejez andrajosa que es como una carga, que se manifiesta en impotencia o en sexualidad intimidante:

Un hombre viejo es algo miserable,                                                                                                                                                                              un andrajoso abrigo sobre un palo, …

Por eso quizá ruegue Yeats casi con crueldad a los sabios, a  los que estáis en el fuego santo de Dios

Consumid mi corazón; enfermo
de deseo, y atado a un animal que muere,
desconoce lo que es; y haced que me una
al artificio de la eternidad…

Y eso es todo en cuanto a las poco verosímiles coincidencias entre el pensamiento de Yeats y el de McCarthy porque la solución del primero es esotérica y espiritual:

Fuera de la naturaleza no volveré a mi forma                                                                                                                                                               corpórea…

Quizá -que no lo sé- McCarthy se quedó con la realidad de que el mundo (o la vida) no es, en efecto, país para viejos pero en el sentido que parece desprenderse de su novela, en la cual no hay salvación para nadie a quien persiga un asesino implacable como lo es Anton Chigurg, el despiadado personaje que ¿inventa? nuestro escritor, porque ¿no es acaso cierto que si alguien -quien sea- decreta tu muerte temprana ésta será inexorable? Bueno, eso es sólo la apariencia que va dando la novela mientras desarrolla su telaraña, sin embargo el sheriff Bell, el que se salva sin salvarse del todo lo dice bien claro:

La otra cosa son los viejos, y vuelvo a ellos otra vez. Me miran y es siempre con una pregunta en la mirada. Años atrás no recuerdo que esto pasara. No cuando yo era sheriff allá por los años cincuenta. Los ves y ni siquiera parecen confusos. Sólo parecen locos. Eso me molesta. Es como si despertaran y no supieran cómo han llegado hasta aquí. Y en cierto modo así es.

El mundo cambia constantemente, unas veces en un sentido y otras en otro completamente opuesto, en el caso del sheriff Bell, el mundo cambia para venirse abajo:

Me parece saber hacia dónde vamos. Nos están comprando con nuestro propio dinero. Y no son sólo las drogas. Hay por ahí fortunas acumuladas de las que nadie tiene ni idea. ¿Qué pensamos que va a salir de ese dinero? Un dinero que puede comprar naciones enteras. Ya lo ha hecho…

El mundo de Cormac McCarthy es siempre demoledor por cuanto no existe la esperanza sino la lucha fútil contra la muerte o el fracaso o la propia sed de violencia que a veces se adueña de las personas borrándoles todo vestigio de compasión, cambiando ésta por la más absoluta indiferencia ante el dolor, la injusticia o la muerte:

Miré al reo. Mexicano, unos treinta y cinco o cuarenta años. Hablaba bien el inglés. Le dije que no había ido para que me insultara pero quería que supiera que había hecho cuanto estaba en mi mano por  ayudarle y que lo sentía porque no creía que fuera culpable y él soltó una risotada y dijo: ¿De dónde sacan a los tipos como tú? ¿Cómo se puede ser tan cándido? A ese hijoputa le disparé entre los ojos y lo arrastre hasta su coche tirándole del cabellos y luego prendí fuego al coche y lo dejé que se achicharrara dentro.

Amargas son las conclusiones de Bell:

No podía definir la sensación. Era de tristeza pero también de algo más. Y ese algo más fue lo que le tuvo allí sentado en lugar de arrancar. Se había sentido así antes pero no desde hacía mucho tiempo, y cuando lo dijo supo de qué se trataba. Era la derrota. Era ser vencido. Algo más amargo para él que la muerte. Tienes que superarlo, dijo. Luego arrancó.

Cormac McCarthy (1933) está en mi particular Parnaso junto con Thomas Pynchon, Philip Roth y Don DeLillo; el porqué sería algo largo de explicar, pero, por un lado Pynchon y McCarthy describen el mundo -cada uno a su personal manera- sincera y eficientemente, Don DeLillo describe un mundo que coexiste con el mundo cotidiano y lo condiciona silenciosa e inevitablemente; Roth, esconde en su cinismo aparente un amor insólito a los humanos, en los que cree a pesar de presentarlos tan desgarradora y, a veces, muy cruelmente, sobre todo a esos supuestos alter ego suyos, Alexander Portnoy o Nathan Zuckerman, tan bien establecidos como personajes que muchos lectores han tendido a confundir al personaje con el autor; conozco más de unos de esos lectores (lectoras en mayor cantidad)  que aborrecen a Philip Roth pensando de él que es un simple maníaco sexual, o cosas peores. Curiosamente -para seguir con Roth- algunos de sus personajes femeninos están basados en la personalidad de su primera esposa, Margaret Martinson, un matrimonio absolutamente disfuncional, por otra parte y que acabó en separación en 1963: Mary Jane Reed y Maureen Tarnopol son dos de sus personajes femeninos que con seguridad están inspirados muy directamente en Martinson.

Hay, sin embargo, un mundo enorme entre la literatura de Roth y la de McCarthy, y también entre la de este último y los otros dos autores de mi parnaso (y el de Harold Bloom, que lo sepáis), DeLillo y Pynchon, afortunadamente, porque leyendo a los cuatro uno se hace una cabal idea del mundo que nos rodea, de la sociedad que nos fagocita, del largo camino de los humanos hacia ninguna parte.

Quisiera, de todas formas, nombrar, así, de pasada, otros dos libros de McCarthy (no todos, que haría esto muy largo: quizás en otra ocasión): La carretera (2006) y -para mí el más emocionante- En la frontera (1994). Y tomo estos dos ejemplos, primero a causa de su enorme disparidad y, segundo, por la mala publicidad (buena en el sentido económica, mala por una falsa y tendenciosa crítica), y es que las críticas han marcado sólo el catastrofismo apocalíptico en que se mueve el argumento de la novela sin fijarse demasiado (o nada) que es únicamente la relación entre un padre y su hijo; la madurez forzada o la iniciación de éste y el amor inmenso por él del otro. Y también habla de la soledad de un hombre ante las terribles adversidades, de su inevitable sentido de impotencia y fragilidad:

Escarbaron en las ruinas calcinadas de casas en las que antes no habrían entrado. Un cadáver flotando en el agua negra de un sótano entre desperdicios y cañerías herrumbrosas. Entró en una sala de estar parcialmente incendiada y a cielo abierto. Las tablas alabeadas por el agua inclinándose hacia el exterior. Tomos empapados en una librería. Cogió uno y lo abrió y luego lo volvió a dejar dente estaba. Todo húmedo. Pudriéndose. En un cajón encontró una vela. No había cómo encenderla. se la metió al bolsillo. Salió a la luz gris y se quedó allí de pie y fugazmente vio la verdad absoluta del mundo. El frío y despiadado girar de la tierra intestada. Oscuridad implacable. Los perros ciegos del sol en su carrera. El aplastante vacío negro del universo. Y en alguna parte dos animales perseguidos temblando como zorros escondidos en su madriguera. Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo.

Este párrafo (todas las traducciones de McCarthy son de Luis Murillo Fort) sembrado de oraciones principales, rapidísimas, escuetas, dejan en el lector exactamente la sensación que se quiere dejar, ¿no? Yo no suelo encontrar esta sabia y eficiente economía de lenguaje en los textos que leo y, creedme: sólo leo lo que quiero.

Por cierto, me enterado (siempre me entero tarde de casi todo) de que alguien ha realizado una película sobre esta novela que cito, La carretera; me he molestado en ir al YouTube a echar una ojeada y, francamente, ha sido una molestia; no pienso citar ni al realizador ni al productor, ni a los actuantes que han perpetrado este bodrio insensato, blandengue y tan lejos de un texto escueto, sin adornos ni concesiones: Siempre el mismo paisaje, siempre el hambre el dolor y el miedo, pero también la entereza y la determinación y, sobre todo, el profundo amor al hijo, al que jamás, jamás intenta engañar ni presentarle falsas ilusiones: la vida puede ser terrible pero su amor por él mitigará hambre, dolor y miedo y le irá preparando para enfrentase a ella:

El chico se dio la vuelta. El hombre lo abrazó. Escúchame, dijo.                                                                                                                                 Qué.                                                                                                                                                                                                                               Cuando sueñes con un mundo que nunca existió o con un mundo que no existirá y estés contento otra vez entonces te habrás rendido. ¿Lo entiendes? Y no puedes rendirte. Yo no lo permitiré.

Está tan bien hecha esta novela que ni siquiera tienen nombre los dos personajes; quizás lo haya por ahí, pero yo no conozco ningún caso semejante.

En cambio, he de decir que la película que se hizo de la primera novela citada No es país para viejos, la de los Cohen, digo, a pesar de no causar mi entusiasmo, está hecha con bastante honradez y resulta fiel al espíritu del texto, que ya es bastante.

Y me voy al otro libro, En la frontera, así como de paso, que no me gusta hablar demasiado del interior de las novelas: cada uno ha de hacerse su lectura, apropiarse del texto, ¿no es cierto?

Éste es otro libro que nos habla de una iniciación, de la entrada de un joven -casi un niño, por su edad- al mundo, a un mundo que no es amable -nunca lo es en verdad- sino cruel, -que lo es- una losa encima de las cabezas del común de las gentes, una amenaza, sin embargo, como veremos más adelante, así como el hombre que protege a su hijo  de En la carretera está determinado a olvidar el mundo pasado (y eso es lo que enseñará al hijo) y empeñado en una quéte en la búsqueda de un grial laico que sea la salvación y el futuro de su hijo, Esta novela, En la frontera, nos describirá un mundo muy distinto, crepuscular, y un comportamiento totalmente desesperanzado.

El frío le impidió dormir. Cada vez que se levantaba para cuidar el fuego la loba estaba mirándolo. Cuando las llamas crecieron sus ojos ardieron como farolas de otro mundo. Un mundo que ardía a orillas de un vacío incognoscible. Un mundo inferido de la sangre y del alcaesto de la sangre y de sangre en su núcleo y en su integumento, porque a la postre sólo la sangre tenía la facultad de resonar en ese vacío que amenazaba a cada hora con devorarlo.

Convendréis conmigo que la belleza de estas palabras acentúan aún más la ubicuidad de ese mundo amenazante de que hablaba arriba. McCarthy no es uno de los grandes por casualidad: tiene esa facultad (ese don que dicen los creyentes) para expresarse con una elegancia sucinta y conspicua, en realidad, le sucede como sucedió a la música de Bach: ni sobra, ni falta una nota, aunque quizá recuerde más al Quatuor pour la fin du temps, de Messiaen, escrito en Görlitz, un campo de prisioneros alemán donde se estrenó el 15 de enero de 1941 y, como suele suceder en las novelas de McCarthy, el prisionero Messiaen lo escribió para los instrumentos de que disponía en aquel campo de guerra, un clarinete en clave de Si bemol, violín, cello y piano, es decir, un lamento adaptado a lo que  había a mano. Pero dejando a Messiaen y siguiendo con la concepción del mundo de McCarthy, otra vez en los ojos de una loba:

Ella lo miraba con sus ojos amarillos, en los cuales no había desesperanza sino únicamente el mismo insondable abismo de soledad que llegaba al corazón del mundo.

Al futuro lector le encantarán (y sumirán en un estado de asombro reflexivo) las lapidarias frases con que McCarthy expresa ideas absolutas, esa facilidad para decir en pocas palabras (cinco en el ejemplo que cito) algo universal, fatídico e insuperable en nuestros tiempos (todo escritor que lo sea debe remitirse a sus propios tiempos).

Nadie sabe para quien trabaja.

Una verdad incuestionable y, lo que es peor, inevitable de nuestro tiempo, un tiempo feudal sin cúpula reconocible ni identificable; han hecho falta más de setecientos años para que el feudalismo reencuentre su acomodo, y lo ha hecho en el capitalismo avanzado en que vivimos.

Levantó de la hojarasca la rígida cabeza de la loba y la sostuvo entre sus manos o hizo ademán de asir lo inasible, lo que corría ya entre las montañas, terrible y bellísimo a un tiempo, como las flores que se alimentan de carne. Eso de que están hechos la sangre y los huesos pero que no puede formarse por sí solo en un altar ni por herida alguna de guerra. Lo que sin duda podemos creer que tiene la facultad de cortar y moldear y ahuecar la negra forma del mundo del mismo modo que lo hacen el viento o la lluvia. Pero lo que no puede cogerse nunca ha de ser cogido, y no es una flor sino que es veloz y ligera cazadora y el viento le teme y el mundo no puede quedar sin ella.

Esto es poesía, prosa poética, ¡y está describiendo la muerte, la rigidez de la muerte! La muerte que no ha podido ser evitada ni postergada ni ignorada. Cormac McCarthy, escribe, sí, sobre las cosas terribles que nos abruman, pero lo hace desde la belleza, la belleza de los paisajes áridos e infinitos, la belleza con que se puede describir la crueldad y la muerte.

Y no quisiera alargarme, porque en realidad lo único que quería al empezar este pequeño artículo era dejar la impronta de sensaciones, emociones, reflexiones que me van dejando las páginas de este autor, bueno, en las páginas de esta nueva relectura de sólo los textos elegidos. Lo malo de las relecturas es que uno coge carrerilla y ya se lee toda la obra seguida, al menos en mi caso, pero volviendo a esta última novela, En la frontera, que forma parte de la llamada Trilogía de la frontera, quisiera destacar tres cosas, así, a vuela pluma: El tratamiento de la soledad masculina, es decir, el hombre solo, lejos o ausente del mundo de las mujeres, la defensa a ultranza o mejor, con desesperación del individuo contra un entorno hostil y cambiante, no hostil en el sentido de naturaleza hostil, sino de la hostilidad que supone la desaparición de un mundo para ser sustituido por otro que ya no mira a las gentes sino al beneficio privado, a la propiedad (Pynchon también habla de lo mismo pero ya desde un punto de vista coral, no exclusivamente masculino) y ese individuo que resiste, que se aferra al antiguo mundo sin vallas, leyes constrictivas y desarrollismo por encima de los intereses de las personas es siempre un hombre. No es que no haya mujeres en las novelas de McCarthy, que las hay -tres sobre todo, y muy determinantes en el desarrollo de la historia; no es que McCarthy describa un mundo misógino, simplemente sucede que las mujeres no son parte de la historia, sino el fondo, el paisaje donde se desarrolla la historia y también es, a la vez cuadro de perdición y de asidero de salvación, aunque no siempre, como es el caso de esta novela, en la que Bill Parham, la única compañía que logra llevarse es la de su propia soledad. La trilogía de la frontera la forman por este orden, Todos los hermosos caballos (1992), En la frontera (1994) y Ciudades de la llanura (1998), y en todas sucede la agonía (agonía en su sentido literal: lucha) defendiendo unos valores que son épicos sin pertenecer a la Epopeya, puesto que McCarthy no contempla la ejemplaridad ética o, mejor, moral cuya es condición de la epopeya, y mantiene a sus personajes en un mundo crepuscular, sin solución, sin llamadas a la defensa, describiendo, simplemente sus personajes serán devorados por el mundo surgente, devorados y olvidados; McCarthy escribe sobre ellos, los olvidados, los supervivientes, los adaptados a ese mundo que se cierne no le interesan a McCarthy -ni a mí, que he resultado ser un desclasado sin saberlo-; es decir, estamos ante un drama sin héroes, no ante un relato épico que es en el que los héroes nacen para ser espejo de humanos, no para la extinción. Y aunque no voy a hablar de él esta vez, sí lo citaré en su comienzo; me refiero al primer título de la Trilogía:

“Lo que amaba en los caballos era lo que amaba en los hombres, la sangre y el calor de la sangre que los recorría. Toda su reverencia y todo su afecto y todas las tendencias de su vida se inclinaban hacia los ardientes de corazón, siempre sería así y nunca de otro modo.”

Un centauro, ¿verdad?, y no sería la primera vez que aparecen así estos personajes malditos y condenados a la nada; recuerdo aquella película que en castellano se tituló Centauros del desierto (The Searchers (Los buscadores, 1956)), dirigida por John Ford y basada en una novela de Alan Le May escrita en el mismo año y que hubiera sido justamente olvidada de no ser por el trabajo magistral de Ford, y es que se puede contemplar a estos personajes como centauros en un mundo en que estos han desaparecido puesto que el mundo es ya del petróleo y del automóvil:

Lo que amaba en los caballos era lo que amaba en los hombres, la sangre y el calor de la sangre que los recorría. Toda su reverencia y todo su afecto y todas las tendencias de su vida se inclinaban hacia los ardientes de corazón, siempre sería así y nunca de otro modo.

Y es que los centauros fueron monstruosos seres que vivieron apartados de los demás con los que apenas se relacionaban, salvajes y rudos y, también, condenados a la extinción, y también sensibles al daño y al dolor de la soledad, fronterizos algunos, como Neso, lo mismo que Bill Parham y los demás personajes de la Trilogía lo son, significando para ellos poco o nada la frontera excepto que existe, que corta los senderos por los que un jinete solitario -un centauro- otrora cabalgaba sin barreras, nombre ni papeles. Y en ese terreno fronterizo es donde Bill y los demás completan su iniciación a la vida adulta; lo que sucede es que esa iniciación lo es en realidad a las tinieblas de la nada, a la extinción, porque en vez de iniciarse en la vida que les aguarda, se empecinan en la anterior y chocan ciegamente ante la nueva para o bien desaparecer por la bondad de la muerte o ser unos inadaptados por la dureza de la vida. Este desarraigo de Bill Parham que le lleva a convertirse en un anciano errante y estéril no tiene sentido alguno puesto que ese mundo masculino (laico, secundum McCarthy) ya está condenado al olvido aunque hasta el final a él se aferre Bill, y McCarthy lo deja bien claro cuando Bill contesta a la señora que lo acoge y a la pregunta que ésta le hace,  Yesman, en vez de yes mistress aunque en la traducción al castellano leamos “sí señora”, y creo que es el único fallo gordo que le he encontrado a la traducción de Luis Murillo, por lo demás, muy respetuosa.

Así que en el texto de McCarthy no hay héroe alguno, ni lamentos, ni añoranzas de un tiempo perdido, sino seres masculinos empecinados en su propia ruina con tal de no ceder ni un palmo; McCarthy no busca ese tiempo perdido: describe cómo se pierde, y los centauros con él.

La tarea del narrador -escribe McCarthy hacia la mitad de la segunda parte de En la fronterano es sencilla, dijo. Parece que se le exigiera escoger su historia entre las muchas posibles. Pero, naturalmente, no se trata de eso. Se trata más bien de hacer muchos cuentos del único cuento. El narrador siempre debe esmerarse a la hora de ingeniárselas contra la pretensión, tácita o no, del que escucha de(l) que ya ha oído el cuento anteriormente. Expone las categorías en que el que escucha querrá hacer encajar la narración a medida que la escucha. Pero entiende que la narración no es en sí misma ninguna categoría sino más bien la categoría de todas las categorías, pues no hay nada que caiga fuera de su esfera. Todo es narración. Está seguro de ello.

 

 

 

 

 

 

 

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7 pensamientos en “EL MUNDO DE CORMAC McCARTHY: UNA VISIÓN

  1. Y aunque dices que no quieres alargarte en recomendaciones sobre este autor, déjame añadir “Meridiano de sangre”. Me puso los pelos de punta, listos para un corte de cuero cabelludo. Lo leí tres veces. Sé que a ti también te encantó.

  2. Parece ser que dijo el supuesto hijo de un carpintero de Nazaret (cito de memoria, y ya la voy perdiendo con esta mi edad más que provecta): “Sea vuestra palabra sí si es sí, o no si es no. No juréis siquiera por un pelo de vuestra cabeza. Todo lo que pase de esto, de mal procede.” Vale.

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