MORTON FELDMAN: RHOTKO CHAPEL. UNA ELEGÍA

Aunque no sea en absoluto religioso, siempre he entendido bien a los místicos o a los que se expresan místicamente. A poetas como Blake o Juan de la Cruz, músicos como Messiaen o Part y pintores como Rhotko. No sabría decir de forma convincente el porqué de esta afinidad tan sorprendente para un materialista al estilo de Epicuro o Tito Lucrecio Caro, pero el caso es que sin duda existe, y es que quizá piense que la mística es, incluso y sobre todo a pesar de las religiones. Y es que la mística puede estar en cualquier parte, en la contemplación del universo en mitad del Atlántico, o de un rincón cualquiera de nuestra casa; la mística está en los ojos que miran, en los oídos que escuchan, en la mente que lee, así que la mística no es en sí misma sino en el observador.

En el caso de Blake (1757-1827), por ejemplo se aúnan en él dos de las formas artísticas, poesía y pintura, para una misma personalidad mística, Blake fue lo que solemos llamar un sabio, un artista completo, su espíritu crítico lo abarcaba todo, artes, ciencias, política o religión entraban en su universo, un hombre que ya expresaba públicamente su oposición a la Iglesia, al matrimonio in amoris absentia, a cualquier tipo de imposición, monarquía incluida y favorable a la igualdad de los sexos.

“To see a World in a Grain of Sand

And a Heaven in a Wild Flower

Hold Infinity in the palm of your hand

And Eternity in an hour…”

(“Para ver un mundo en un grano de arena / y un paraíso en la flor silvestre / sostén el infinito en la palma de la mano / y la eternidad en una hora” (Augurios de Inocencia)).

En el caso de Morton Feldman (1926-1987), que es el compositor cuya música traigo hoy aquí, no podemos hablar de misticismo, puesto que no fue un místico, sin embargo fue amigo de Marcus Rothkowitz, Mark Rhotko, no místico sensu stricto, pero sí peculiar incitador a la mística en sus pinturas de desmesurado formato y depresivo pintor englobado (aunque él nunca estuvo de acuerdo con ello) en el expresionismo abstracto: ésa es la conexión que me ha impelido a comenzar hablando de los místicos.

Feldman, amigo también de John Cage al que conoció el 26 de enero de 1950 en un concierto en el que la Filarmónica de Nueva York interpretaba la Sinfonía de Anton Webern, el famoso Opus 21, en la que, sin recurrir a la tonalidad, reproduce los esquemas de la sinfonía canónica (exposición-desarrollo-reexposición) pero organizada como si fuera un palíndromo, de manera que la reexposición no resulta una repetición. En fin, cuando acabó la sinfonía ambos, cada uno por su lado, salieron de la sala consternados (según Feldman) por la reacción hostil del público a la Sinfonía; se encontraron en la salida y Feldman se dirigió a Cage, “¿ha sido maravilloso, no?”. Su amistad duró toda la vida.

Cuenta Ross (The Rest in Noise. Listening to the twentieth Century, 2009) que estando Feldman en el estudio de uno de sus mentores (Stefan Wolpe, posicionado tras su viaje a Palestina en la extrema izquierda) éste , señalando a la ventana le dijo vehementemente que había que escribir para el hombre de la calle; Feldman se asomó y miró hacia abajo y vio paseando para su irónico deleite, a Jackson Pollock.

Lo que hace Feldman, su aportación radical a la historia de la música es la ralentización del ritmo del acontecimiento musical, y es ahí es donde coincide con otro pintor: Mark Rhotko, e incluso también con el trabajo de los expresionistas abstractos Rauchenberg y Barnett Newman. Contaba Feldman que la pintura que entonces se hacía en Nueva York le impelía a componer una música más directa, más inmediata, más física que cualquiera que haya existido hasta ahora. Quería Feldman que, de la misma forma que el espectador, a la vista de los lienzos citados, se concentra en la pintura misma, su textura y pigmento, el oyente de su obra absorbiera el hecho básico del sonido resonante. De hecho, guste o no, con su música nadie podría sentir o padecer el horror vacui del autor que tratara de rellenar todos los espacios, porque Feldman es – creo yo – el músico que menos notas da por compás.

El 25 de febrero de 1970 Mark Rhotko, tras una vida entregada al alcohol se suicidó después de otro más de sus episodios depresivos; temía al dolor, no a la muerte deseada, así que se tomó una dosis desmesurada de barbitúricos para atenuarlo, envolvió una cuchilla de afeitar en un trapo o pañuelo y se abrió la arteria del brazo longitudinalmente. Con precisión de pintor.

He tenido la suerte de poder ver algunos de sus lienzos al natural en el Guggenheim de Bilbao y en la galería Tate de Londres: impresionan; no lo digo por decir: hay que verlos así, al natural para poder opinar sobre ellos, poco dicen en fotografía. La pintura que vi en Bilbao tiene un formato de tres metros por cuatro y pico; hay lienzos aún más grandes, enormes, de seis por cinco metros, como la serie Amarillo, rojo y azul… Uno, el espectador se siente anonadado, no sólo por las dimensiones sino por su substancia, a veces la nada, otras la oscuridad o el presentimiento de la muerte; el espectador cae indefectiblemente, en una especie de éxtasis que roza el misticismo, que ya he explicado nace de uno mismo: mantengo que el misticismo, se oculte tras lo que se oculte es seglar, no religioso. No se puede (se puede, pero no se debe) decir “no entiendo, no me gusta la pintura de Rhotko” si no se ve en toda su dimensión, en la real, junto a ella, pintura y espectador frente a frente. En sus lienzos se ve lentitud (no calma), abstracción del objeto, no objeto abstracto, definición precisa en una bruma de imprecisión. Y eso es lo que oímos en la música de Feldman: compases larguísimos sin apenas notas, compases de una sola nota, precisión descriptiva e indeterminación a la vez.

Feldman sufre lo que muchos judíos tras el Holocausto: un sentimiento persistente de expiación, lo mismo que Rhotko (ver Más allá de la Culpa y la Expiación, de Jean Améry, o el poema Todesfuge, de Paul Celan); cuando le preguntan por qué no vuelve a Alemania tras la guerra, contesta señalando hacia el suelo: ¡Están gritando! ¡Siguen gritando desde debajo del suelo! Su duelo, como todos los duelos es íntimo y a la vez palpable, y se muestra en todo su ser en su obra Rhotko Chapel (1971), que es la obra que hoy traigo aquí, y cuyo título procede de un montaje octogonal de pinturas de Rhotko, una capilla, un espacio religioso no confesional sito en Houston (EE.UU). Ha pasado un año tras el suicidio del pintor, y el músico, su amigo, escribe esta obra, tan personal y conmovedora, fuera de todo convencionalismo, de todo canon en el réquiem musical; Feldman entra en sí mismo, en su duelo personal y lo traduce a partitura escrita para viola, soprano, coro, percusión y celesta, coro con voces pero sin texto, voces como niebla (esa niebla quizás a la que los nazis de antes y ahora someten a sus víctimas, la nacht und nebel del terrible decreto del Reich*), viola como lamento, percusión como latidos lentísimos que rozan el silencio, celesta como lejanas campanas de tristeza. La ausencia del amigo, la muerte temprana y necesaria, y sin embargo, un sentimiento tan universal que sobrepasa el dolor por la muerte del amigo, de una sola persona para mostrar todos los duelos, todas las ausencias, todas las muertes.

La versión que traigo es la de Les Cris de Paris – Ensemble Intercontemporain, con Jonh Stulz en la viola, Géraldine Dutronc en la celesta, Samuel Favre en la percusión, Adèle Carlier, soprano  y coro de voces mixtas, todos ellos dirigidos excepcionalmente por Gregor A. Mayrhofer. A mí me ha parecido una interpretación limpia y perfectamente afinada estrictamente fiel al espíritu del autor que espero, os guste.

 

*El decreto Nacht und nebel (noche y niebla) se aplicaba a prisioneros de los nazis alemanes que se consideraban más peligrosos o dañinos; al final cualquiera podía sufrirlo puesto que el daño iba dirigido a las familias, amigos u organizaciones de la víctima. Consistía en borrar su nombre y destino de todos los archivos o, simplemente, no inscribirlo en ninguno: una vez que era apresado, nunca más se sabía de él. No había cárceles que los contuvieran, muertes que se confirmaran, tumbas a las que acudir. Los facciosos fascistas de Franco lo aplicaron con diligencia, los militares gringos lo enseñaban en la Casa de las Américas a militares y policías sudamericanos: uruguayos, chilenos, argentinos, etc fueron objetivo de este decreto, una de las formas de crueldad más refinada.

 

 

Éste es el enlace:

 

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4 pensamientos en “MORTON FELDMAN: RHOTKO CHAPEL. UNA ELEGÍA

    • Me dice un sabedor de hebreo que “sheol” es el “lugar común de las almas olvidadas”, también me dice que sheol se refiere asimismo a la sepultura individual del cadáver que, por lo visto no es lo mismo que tumba, que se escribe “kever”; a lo que se ve diferencian el hecho de ser un cadáver en su sheol del contenedor geográfico del dicho muerto. Son raros los judíos aunque para ser justos, nosotros diferenciamos el pez vivo del pescado muerto. Sheol, parece claro, implica silencio.

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