Unas líneas (pocas, no temáis) minimalistas

Si realmente buscamos la esencia de las cosas, lo más simple, si nos deshacemos de flecos, metáforas, circunloquios, restos de series anteriores, carga histórica, si realmente lo que deseamos es despojarnos de todo aquello que nos sobra, nos daremos de morros con el minimalismo, de hecho, una vez conseguido todo lo anterior seremos, sin duda, minimalistas, ¿fácil, eh?

Por ejemplo, ya que me ha dado por aprender algo -a dar el pego, más bien- de pintura, Hard Reinhardt fue calificado por primera vez como minimalista por el filósofo Richard Wollheim allá por el año 1965 de la era de los cristianos que dirían (ellos, los cristianos) -como es natural- el año del Señor de 1965. ¿Veis? toda esta línea que antecede puede ser cualquier cosa menos minimalista, en fin sigo. Reinhardt se refería a la pintura de Wollheim, pero también a cualquier trabajo de alto contenido intelectual muy poco o escasamente manufacturado; curiosamente (aunque no tanto si lo pensáis) también puede decirse minimalista a cualquier movimiento ascético puesto que este comportamiento rechaza necesariamente todo elemento superfluo del del ser humano o de su propia supervivencia. ¿Otros pintores ya que estamos en ello? Pues así, deprisa, tenemos a Agnes Martin o Robert Ryman (a quien también pude ver en la Tate),

Ledger 1982 Robert Ryman (1930)

por ejemplo, y aquí he de decir que en esto soy partidista: me gusta el minimalismo, me gusta el constructivismo que lo influencia, me gusta la arquitectura minimalista -la casa donde vivo es minimalista, un minimalismo como de pueblo, algo chapucilla pero minimalista-, los relatos minimalistas y hasta las conversaciones telefónicas minimalistas pero, sobre todo, me gusta -y mucho- la música minimalista que, fíjate, aparece pletórica de fuerza al mismo tiempo que suenan las músicas pop de los Beatles, Charlie Parker, pero sobre todo, John Coltrane y Miles Davis, cuyos últimos años ya estaban abocados en la suma sencillez, en la desnudez formal con una gran carga artística y/o emotiva. Ornette Coleman, o Charles Mingus se movían en este mundo de tonalidad expandida, Coleman, por ejemplo era un tipo que con una o dos armonías improvisaba toda la noche ya en los comienzos de los ’60, cuando presentó su álbum Free Jazz, que fue definitivamente paradigmático. Steve Reich, de quien podréis escuchar la pieza de hoy, admiraba a Coleman, tanto que poco después de su conversión publicó su It’s Gonna Rain, primera partitura que considera la música como un proceso gradual.

Harry Parch

No estaba solo Reich en esto del minimalismo, por ahí andaba también Harry Parch (1901-1974) que sólo deseaba salir del laberinto musical europeo que se ha sucedido desde Bach, abominaba del sistema de afinación con temperamento y se puso a estudiar la afinación de los griegos clásicos que parecían obtener todas las notas a partir de ratios de números enteros de la serie armónica natural. En fin, algo complicado de explicar en tan corto espacio, además, tengo planeado poner alguna cosa de Parch, que era, realmente un tipo duro de la música; escribió: Hay, gracias a Dios, un amplio sector de nuestra población que nunca ha oído hablar de J. S. Bach.

También tenemos -hoy como una gran estrella del público- a Arvo Pärt (1935), con cuyo disco Tabula Rasa (1984) y sobre todo esa maravilla que es el Cantus en memoria de Benjamín Britten he viajado yo unos cuantos cientos de kilómetros como si el viaje no fuera conmigo sino con otra persona que se llamaba como yo pero no era yo, ya me entendéis, a Henryk Górecki, cuya Tercera Sinfonía, Opus 36 es seguramente la emoción más triste de toda la historia de la música, a La Monte Young, el ínclito Mychael Nyman (al que no amo demasiado), al popularísimo e ídolo de los poperos Philip Glass, a Wim Mertens, al galleguizado Mike Oldfield y su campana ubicua, a Pauline Oliveros y a muchos más, todos muy conocidos por el público pop,

Arvo Pärt

como he dicho, ahí tenéis, por último a Brian Eno, amigo de Philip Glass o, como apunta ahora mismo mi compañera, a Pink Floyd cuya música -dice- le recuerda a ésta: natural. Y es que como veis, el mundo del pop está muy enraizado con el minimalismo de que escribo hoy en mi minimalista casa. Pero mi intención primitiva era la de hablar un poco de Steve Reich (1936, octubre, como el menda) y otro poco más de la pieza que traigo.

Reich, con John Cage -del que ya he escrito algo no sé si aquí o en FB (https://www.facebook.com/Barrenetxea )-, La Monte Young, Phipip Glass y Terry Riley es un pionero de esto del minimalismo desde que publicó la obra arriba citada  Va a llover en la que usa Bucles (que son varios samples sincronizados que ocupan uno o varios compases musicales exactos que se reproducen en secuencia, consiguiendo de esta forma una sensación de continuidad; su término inglés es “loop” ) y de la que habría mucho de qué hablar, pero hoy no toca, que se lía uno y luego no sabe por dónde salir: un bucle, vaya, pero inarmónico . Esos primerizos bucles se grababan en cinta magnética hasta que fueron sustituidas dichas grabaciones por las informáticas. Desde hace años, Reich utiliza con sabiduría músicas no occidentales y tradicionales de África y Asia, mezclando sin solución de continuidad músicas cultas, populares y tradicionales.

Amigo de músicos como Brian Eno o David Bowie  ha colaborado profusamente con ellos y con otros músicos populares; los seguidores de estos dos últimos podéis observar la enorme influencia que Reich o Cage o Glass tienen sobre ellos.

No quiero alargarme, ya que los datos biográficos y demás los puede encontrar cualquiera en Google, así que iré directamente a la obra de hoy que será su Music for 18 musicians (1974-76) y que está escrita para violín, cello, tres voces femeninas, tres pianos, uno con maracas, cuatro marimbas, una con maracas y tres con xilófono, otro piano con metalófono (vibráfono desenchufado), otro con marimba, una marimba con xilófono y piano, dos clarinetes y dos clarinetes bajos (no saxofones, que algunos los confunden) y una voz femenina con piano, en total dieciocho músicos, como promete el título con una base cíclica de once acordes, ni uno más, en cada cual se basa una pequeña pieza que retorna al ciclo original. Comprobaréis (las que escuchéis la obra, claro) su efecto hipnótico y su gran belleza que yo creo se basa en el hálito humano de las voces y los clarinetes que estructuran toda la pieza. Las aficionadas a la música de Bowie habréis de saber, que éste amaba esta pieza desmesuradamente, incluyéndola entre las veinticinco mejores de su discoteca.

He intentado encontrar alguna de las versiones legendarias, la original del ’78, pero no lo he conseguido, ni la estupenda de Harmonia Mundi pero he encontrado una interpretada en la Temple University de Philadelphia por músicos de la Universidad y la Moebius Percusion  que me ha parecido muy buena y con muy buen sonido; su duración es de cincuenta y seis minutos que os permitirá disfrutarla mientras mañana os metéis un saludable desayuno de huevos, panceta, fruta tostadas y bastante café. La gente vegetariana puede sustituir los huevos y la panceta por lo que sea que se pueda comer a esas horas.

Éste, es el enlace:

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Un pensamiento en “Unas líneas (pocas, no temáis) minimalistas

  1. No sé si es la mejor música para un paranoico, pero me gusta mucho. Quizás por mi instinto a reducir a lo esencial, a despojar de elementos sobrantes, a la necesidad de minimizar. Quizás sea indolencia.
    Si cierro los ojos y escucho, veo un paisaje que se expande y se contrae en cada latido, a golpe de sístole y diástole, hacia un punto de fuga que aparece y desaparece, en cada espiración. Y estando en estas ensoñaciones siento que se fija una mirada en mi cogote y escucho unas risas a mi espalda. No me vuelvo a mirar, para qué, no hay nadie. Y así en bucle, rizo, tirabuzón, onda. En espiral, hélice, vuelta, rosca, tornillo, voluta. Caracol, caracolillo. Y esto sin gota de alcohol al volante, no imagino qué, si estuviera ebria.
    No, no es música para paranoicos, aunque es la enésima vez que la escucho.
    En cuanto a la información que nos regalas, un trabajo excelente, como siempre.
    Gracias, Emilio, gracias

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