TORTURA

Rien n’arrive ni comme on l’espère, ni comme on le craint

(Marcel Proust)

 

 

 

Hoy, hace cuatrocientos diez y ocho años fue condenado por herejía Giordano Bruno; pocos días después -ocho-  fue llevado a la pira donde alguien le dio a besar un crucifijo: lo rechazó. El día de su condena dijo: “Maiori forza cum timor esententiam in me fertisquam ego acipiam”, o sea que se dirigió a sus jueces diciéndoles que ellos acaso temblarían más que él al recibirla. No creo que fuera así; no creo que los jueces, fiscales, esbirros en general y torturadores tiemblen. No.

Pero Bruno, que afirmó que era la tierra la giraba alrededor del sol y que el movimiento del cielo sólo era apariencia producida por la rotación de la tierra alrededor de su eje, y que si Dios es infinito el universo podría serlo y que, por tanto, habría infinidad de universos y no sólo éste, que seria uno más entre los infinitos, afirmaciones todas ellas hoy aceptadas, había sido detenido y encarcelado en las espeluncas de la Santa Inquisición de la Santa Madre Iglesia denunciado por Mocenigo el veintisiete de enero de 1593, es decir que se tiró encarcelado siete largos años en proceso que dirigió Roberto Belarmino, el mismo que dirigió el proceso contra Galileo, es decir un especialista. Especialista en tortura y en derecho canónico -quizá vayan juntos-; así que Giordano Bruno fue torturado de diversos modos durante todos estos años.

Tortura: del latín, torquere, luxar, torcer, contorcer, dislocar.

Siempre, siempre se ha torturado, siempre se han arrasado, asolado tierras, derribado viviendas, asesinado sus gentes, esclavizado sus gentes, pero sobre todo, siempre se ha torturado; se tortura por saber lo que el otro sabe, por hacer ver al otro sus errores y darle la oportunidad de arrepentirse de ellos mediante el dolor, la expiación de la culpa:

Esteban, Matías, Víctor, Úrsula (…), que fueron lapidados. El apóstol Tomás, Inés, el apóstol Matías, Víctor, Úrsula y las once mil vírgenes (…), que perecieron por el hierro. Eutiquio, Gervasio, Máximo, que fueron flagelados hasta morir (…) Vito, Modesto, Protasio, Félix, que fueron descoyuntados en el potro (…) Saturnino, que fue flagelado, abrasado con hierros al rojo, descoyuntado en el potro y decapitado (…) introducido en un toro de bronce calentado al rojo vivo (…) abrasado con aceite, con pez, con cal viva y empalado (…) arrancaron los ojos, le cortaron la lengua y la cabeza (…) flagelado, descagarrado con púas de hierro y arrastrado por los cabellos hasta la muerte (…) abrieron con tenazas horribles heridas en las que pusieron cal viva (…) arrancaron los dientes y la lengua (…) desgarrado con garfios de hierro, abrasado y atravesado con puntas al rojo vivo, a quien pusieron sal en las heridas y que fue finalmente revolcado sobre cortantes cristales y clavado a un madero… En España han convertido la palabra dolor en nombre de bautismo (…) no son locura y escándalos pese a los cuales se ha levantado la Iglesia, sino que se ha levantado, precisamente, gracias a ellos (…) Existe el dolor de la carne, que cicatriza, el dolor de los nervios que, mucho tiempo después, sigue sacudiendo el cuerpo, el dolor moral, que es la memoria más viva de la humillación. Y existe también el sufrimiento del espíritu (…) Intenté matarme y, por una de esas ironías de la vida, me salvaron los mismos que me habían empujado a la desesperación. Mi muerte no les convenía…

( Michel Rio: La Percha del Loro, 1983)

Tuve un amigo, Iñaki Pérez de Beotegui, Wilson -“El Inglés” le llamábamos los amigos-, muerto ya hace diez años que fue el que me contó en una larga conversación de casi veinticuatro horas de confidencias y alcohol en Vitoria, allá por el año 2000, qué se siente bajo tortura, hasta qué punto uno es carne, la memoria icástica que queda para siempre del abandono de toda humanidad; en la emboscada de su detención gracias a la delación de Mikel Lejarza, “El Lobo” hubo un tiroteo (yo vi las cicatrices de las balas en su cuerpo; me dijo: “era  normal, nosotros vamos armados y ellos también, ¿qué quieres, juicios de valor? Me cazaron como yo cacé a otros: así es la cosa. Pero salvaron mi vida para la tortura y el interrogatorio.” Lo mismo que a Joachim, el personaje que cuenta lo que he citado más arriba. Era un tipo duro (aunque no lo parecía) el Inglés, vaya que sí: nunca contó lo que todos querían saber, ni por dinero cuando ya cumplida su condena y amnistiado y muy, muy pasota y desencantado de nacionalistas y etarras andaba por ahí buscando un lugar para vivir, que no para olvidar, puesto que eso no es posible.

 La llamada “percha del loro” es un instrumento de tortura que consiste en una barra de hierro que se hace pasar por el espacio situado entre las rodillas y el antebrazo del prisionero a la sazón firmemente atado y que se cuelga del techo quedando el prisionero así suspendido. La tortura se basa en la parada de la circulación de la sangre y en la simultánea contracción muscular y nerviosa, lo que -sin matar- provoca unos dolores horribles. También es usual colgar al prisionero esposadas las muñecas a la espalda de manera que las cabezas de los húmeros se salgan de sus recipientes mediante una terrible dislocación: en ese momento comienza el interrogatorio. O lo que sea.

Porque muchas veces se tortura con la única finalidad de que otros no presos aún o, simplemente, el pueblo hostil lo sepa, es decir, para causar horror, no miedo. Hoy en día se utiliza muchísimo esta tortura cara al exterior, es decir, exotérica, Guantánamo es la estrella de este universo; Israel, otra no menos emblemática y aplicada; España lo fue durante décadas; lo fue la Italia de Musolini, los territorios del Estado Vaticano previos a la Segunda Guerra, donde aún existía el derecho feudal del Papa sobre la vida y la muerte de los ciudadanos; lo fue también durante todo el terrible periodo de Stalin en la Unión Soviética, pero sobre todo, por encima de estos horrores está Hitler, el nazismo alemán, ese que parece que está ahí, esperando. Cito:

¿Por qué se me ocurre hablar de la tortura tan sólo en relación con el Tercer Reich? Naturalmente, porque yo mismo la he padecido bajo las alas desplegadas de este ave rapaz. Pero no sólo por ello, sino, porque al margen de toda experiencia personal, estoy convencido de que la tortura no fue un elemento accidental, sino la esencia del Tercer Reich.

(Jean Améry: Más allá de la culpa y la expiación,1977)

Hay estados que se basan únicamente en el miedo al Estado, al Poder, sin necesidad alguna de ser sustentados en ideologías (como el falso comunismo de Stalin) ni religiones, sino que, simplemente, las ideologías se pergeñan con retazos de aquí y allá -como sucede con el fascismo español, con el franquismo, cuyas falanges copian literalmente hasta los colores de la bandera de la Confederación Nacional de los Trabajadores, CNT, rojo y negro, y utilizan en reciprocidad o simbiosis la religión como ruido de fondo: La España de Franco fue un perfecto ejemplo de este terrorismo , mediante la implantación de la tortura sistemática y de su consecuencia más directa: la muerte. El nazismo basa su poder en la muerte; el franquismo resultó ser un aplicado alumno a este respecto.

Y dejando este asunto por un momento, ¿por qué estoy escribiendo sobre la tortura y, por extensión, del terrorismo de Estado? Seguramente, porque nadie se inmuta ante ella, inmutarse íntimamente, quiero decir, no poner deditos en Facebook que sólo es una forma de quitarse el cuidado, de pasar a otra cosa más seria, una autofoto, por ejemplo, la ingestión de verduras en vez de carnes, la paz espiritual en vez de la lucha reflexiva y constante contra el abuso del Poder, la infantilización mediante objetos y metas de dudosa utilidad y, en general de la ceguera permanente que veo sufren la mayoría de mis conciudadanos o consúdbitos, que ya no sé, una ceguera que se manifiesta en la pérdida constante de derechos civiles y un plausible miedo a perder cierta forma de vida irresponsable, mendaz y vacua. Escribo sobre la tortura, entre otras cosas porque se utiliza constantemente en mayor o menor grado en nuestro país y países vecinos y en grado superlativo en Israel, ciertos lugares de África, en Guantánamo, como he dicho, en Argentina, por ejemplo, han habido durante 2017 setecientas veinticinco muertes por mano del Estado gracias al gobierno de Macri. Son muchas, ¿no? Y como escribo de memoria no sigo con otros países, tanto de la América del norte como la del sur como la del centro, afirmando como afirmo que la pena de muerte es una forma de tortura, y en los USA está en plena forma. También escribo sobre la tortura -sin querer ahondar en detalles aún más escabrosos de los apuntados- porque me temo que estamos casi casi en las puertas de un Nuevo Estado Policial, aquí, en España, pero que está entrando tan lenta, tan sabiamente que ni siquiera nos damos cuenta. Diréis que exagero, que soy un viejo resentido, que veo lo que no existe, que eso no sucederá jamás, no volverá a suceder jamás: Volved a la cita que encabeza este artículo, la de Proust, así que nada sucede ni como lo esperamos ni como lo tememos, dice él; es siempre peor, digo yo.

Nunca me detuvieron cuando militaba en clandestinidad, siempre supe despistar bajo mi postura de pijo integral y de buena familia; jamás me pararon en las fronteras ni en los controles de carretera, tan abundantes en la Euskal Herria de entonces, yo bien vestido afeitado y peinado, educado e inofensivo pasé por todas partes sin que me vieran, pero una vez me tocó estar en una de esas redadas que la Policía Armada (los del pañuelito amarillo, aquella gente) montaba en un momento en medio de la calle, así que nos llevaron al azar a un montón de gente a la lamentable comisaría de María Muñoz en el Viejo de Bilbao para identificarnos y esas cosas. Cuando me tocó a mí, estaba tan abstraído pensando en lo que tenía que ocultar que no oí la pregunta del esbirro; lo siguiente fue un bofetón, un revés tremendo que me hizo trastabillar y casi caer. En ese momento es cuando te das cuenta de dónde estás y de lo poco que eres en sus manos, en realidad, no eres nada: sólo carne. Nada pasó: dije quién era (el de verdad) y a la de unas horas sólo por joder nos soltaron “hasta la siguiente, que iría en serio” según aquellos energúmenos.

No os confundáis, el que interroga, el que tortura no es un tipo raro, un cretino o un sádico, es una persona normal y corriente que hace lo que tiene que hacer y que lo hará con la máxima eficacia; luego, cuando acabe el turno irá a su casa y besará a su mujer y a sus hijos.

Pero sigo con Jean Améry (1912-1978), uno de los que mejor ha escrito sobre la tortura, ya que la sufrió muy duramente en los campos de concentración de la Gestapo primero y de las SS después; escribe (op.cit):

Se creen autorizados a golpearme en el rostro, reconoce la víctima con sorda sorpresa y con certeza igual de indistinta concluye: harán conmigo lo que se les antoje. Afuera nadie sabe lo que ocurre dentro ni nadie hace nada por mí. Quien quisiera acudir en mi ayuda, una esposa, una madre, un hermano o un amigo, no podría alcanzar el interior.

La percha, la percha del loro, el agua, las toallas mojadas, la picana, las uñas, los genitales desgarrados, las violaciones sistemáticas, las drogas, la tortura psicológica, el insomnio, dislocaciones, roturas, latigazos, pérdidas de miembros, ojos, lengua… es tan larga la descripción de las torturas y de sus utensilios a lo largo de los siglos que no podría seguir ni aunque quisiera, que no quiero.

No es posible (defensa alguna) cuando es el otro quien te rompe los dientes y te deja el ojo morado, cuando tú mismo sufres indefenso al enemigo en que se ha convertido el prójimo. Cuando no cabe esperar ninguna ayuda, la violación corporal perpetrada por el otro se torna una forma consumada de aniquilación total de la existencia .

Y sin embargo, veintidós años después de lo sucedido, sobre la base de una experiencia que no agotó todas las posibilidades del dolor físico, me atrevo a afirmar que la tortura es el acontecimiento más atroz que un ser humano puede conservar en su interior (op.cit.).

No es esto todo lo que podría decir, pero sí -espero- suficiente para llamar la atención de conciencias adormiladas, sobre lo que se ha hecho, se hace y se hará, porque ¿a quién le importan los africanos tiroteados en la costa española? ¿alguien sabe de algún policía encausado y condenado por malos tratos o tortura? ¿alguien ha oído estos últimos años a algún representante o aspirante político añadir a sus programas electorales el fin de los malos tratos y de la tortura, de la impunidad policial? ¿Qué dijo Fraga cuando fue responsable de los asesinatos de Vitoria?

¡La calle es mía!

 

 

 

 

 

 

Anuncios

6 pensamientos en “TORTURA

  1. Gracias por no seguir, es suficiente. El día 27 de Noviembre, compartí una publicación de Zambezi Reporters, puedes mirar la repuesta general. Ja pa qué.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s