PEDRO GARFIAS: UN SONETO

Diecisiete años tenía yo cuando en Monterrey (México) murió Pedro Garfias; dos años después, un viejo anarquista, limpiabotas en Vitoria, me fue leyendo un poemario suyo que me impresionó, no por su calidad literaria -yo sólo era un recién llegado a la poesía- sino por lo emocionante que me pareció. Busqué -inocentemente- algún libro suyo en librerías y bibliotecas sin encontrarlo, tampoco pude dar con alguien que reconociera haberle leído o simplemente haber oído hablar de él: la censura funcionaba muy, muy bien en España, así que tuve que esperar algunos años hasta que di con su primer libro, mejor dicho, un libro en que, entre otros figuraba él: Homenaje de despedida a las Brigadas Internacionales, en una edición facsimilar de 1978 que por ahí andará y en la que aparecen poemas, además de los suyos, de Machado (Antonio, claro), Altolaguirre, Gilalbert, Serrano Plaja, Hernández y algunos otros que ahora no recuerdo. Luego fui consiguiendo otros libros aquí y allá, sobre todo allá, en México, aunque aquí, hoy en día se pueden encontrar ediciones bien facsimilares, bien nuevas, por ejemplo, las de Biblioteca de Rescate (2001) y otras de la editorial Renacimiento (Sevilla).

Garfias nació en Salamanca, así que fue español aunque en España pocos poquísimos sepan de él, y eso sucedió en 1901, así que vivió sesenta y seis años, de los cuales veintiocho los pasó en el exilio, primero en Francia, en los campos de concentración, luego en Inglaterra donde castigó duramente a su hígado y escribió su  libro Primavera en Eaton Hasting, pues fue allí, en Eaton Hasting, en un castillo donde vivió un tiempo añorando a Margarita, su compañera, y bebiendo con gran sed; de allí, y con el dinero que Margarita le envía vuelve a Francia para -con la documentación recién conseguida gracias a ella- embarcar en El Havre en el buque Sianica con rumbo a México y en la compañía de otros ocho mil españoles, su amigo Juan Rejano entre ellos; allí, en la mar pergeña el bello poema que terminará en la hospitalaria tierra mexicana, Entre España y México (“Qué hilo tan fino, qué delgado junco / nos une y nos separa / con España presente en el recuerdo, / con México presente en la esperanza.”). Así que sus primeros libros en el exilio serían el ya citado y De soledad y otros poemas (1941).

Garfias se sumó al movimiento poético más importante del s.XX, el Ultraísmo; conoce y colabora con Huidobro, Gómez de la Serna, Cansinos-Assens, y de Torre y con estos dos últimos firma el manifiesto vanguardista Ultra; colabora, en fin, con Machado, Jiménez, Lorca o Guillén, etc, es decir, la generación del 27, pero al contrario que otros participa activamente en la defensa de la República con el grado de capitán y el cargo de comisario político que le dura poco -pues es destituido- hasta el final, la derrota y el exilio, como ya he dicho.

Garfias en un recital

En México desarrolla en cinco años (43-48) casi toda su actividad siendo nombrado Secretario del director de Departamento de Acción Social de la Universidad de Monterrey, cargo del que será retirado a causa de su ya definitivo alcoholismo que le hace vagabundear por diversos lugares de México, bebiendo  y viviendo (no muy bien) de sus conferencias y recitales.

Lo mataron el alcohol y la nostalgia, y lo terminará de matar el olvido en que vive España, el olvido político, literario y estético, la sumisión a la historia de los fascistas de entonces y de ahora, siempre, claro, que no se ponga remedio y se comience a retomar su obra poética, a recuperarla de los viejos anaqueles y, sobre todo, a gozarla, pues es -como escribí arriba- emocionante y de una belleza trágica. Y para que quien no haya leído nada de Garfias he seleccionado sólo un soneto, un único poema que nunca he podido olvidar y que espero que no sea olvidado.

 

Mis ojos guías de ideal seguro,

mis pasos huellas de camino incierto,

y este nunca cansado río oscuro

con su latir de can siempre despierto.

 

Atrás la sima y en la frente el muro,

el mecanismo de la sangre abierto,

entre la niebla y el relumbre puro

me duele el corazón de no estar muerto.

 

Con temblorosa, ávida mano, un poco

de sombra y luz moldeo, esculpo acuño,

de la vida inmortal que no he vivido.

 

Vengo, voy, retrocedo, avanzo loco,

mientras pretendo retener a puño

la sombra de la sombra de un olvido.

                                                                                                 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s