UN LIBRO DE NATURALEZA: EL PEREGRINO

En 1967 se publicó este libro de Jonh Alec Baker y recibió además en ese mismo año el premio Duff Cooper, premio anual que se otorga a la mejor obra de historia, biografía o política y, raramente, de poesía, y fue aclamado, entre otros, por Robert Macfarlane, escritor británico sobre naturaleza, viajes, lenguaje y paisajes.

Baker finalizó sus estudios a los 16 años a causa de la baja situación económica de su familia, sin embargo su dominio del lenguaje y de su economía es enorme: sus calificativos son austeros pero precisos, ni faltan ni sobran siendo su terminología amena, extensa y divulgadora. Algunos críticos achacan esto a su afición y conocimiento de la obra de Charles Dickens, no sé, es muy posible, pero algo más hay: se deja entrever en sus líneas.

Baker dedicó una década a seguir al peregrino (Falco peregrinus), una de las más bellas aves que surcan los cielos, y lo siguió en la comarca de Essex, en su zona costera rural hasta que la contaminación agroquímica disminuyó drásticamente la población de peregrinos y demás aves, y de ahí surge este libro, resumen escrito en forma de diario de esos diez años.

El halcón peregrino es una rapaz altamente eficiente, un cazador casi infalible que puede hacer picados a una velocidad espectacular: puede rondar los 320 km/h, así que de ese ave, del pertinaz seguimiento que le hace Baker (siempre en bicicleta: no tuvo nunca otro vehículo, como mi amigo Dave Langlois, al que siendo novelista podríamos definir también como escritor de naturaleza y no creo que se me enfade por ello (La presa de hoy (2016), Primavera de Soco (2018), para el que la bicicleta es el único medio de transporte que utiliza), pero no lo hace sólo como un naturalista sino también como un agudo observador del mundo que le rodea y de ahí observador certero de nuestras costumbres como humanos que somos, nuestra constante intervención en la naturaleza, nuestra capacidad depredadora, nuestra pertinaz habilidad para justificar nuestras acciones contra algunos de los demás seres vivos a causa de la perjudicialidad  de estos, perjudicialidad a todas luces falsa y tendenciosa.

Pero no espere quien se interese por este libro un texto al uso de textos actuales, invasores de las redes sociales, libros, artículos, etc, siempre con una tendencia estúpida a la humanización de los animales que llega hasta la moñería más cursi y resbaladiza, como llamar bebés a los cachorros o crías, no, nada de eso. He aquí un ejemplo que nos aparece nada más comenzar el libro, más precisamente en la página 17 de mi edición en castellano (El peregrino, Ed. Sigilo, 2016):

Voy a tratar de dejar claro lo sangrienta que es la matanza. Demasiado a menudo los que defienden a los halcones lo han pasado por alto. El hombre carnívoro no es superior en modo alguno. Amar a los muertos es facilísimo.  El mal uso ha deformado la palabra ‘depredador’ como un pantalón viejo. Todas las aves comen carne viviente en algún momento de su vida. Piensen en el zorzal de ojos fríos, ese carnívoro saltarín de los jardines, apuñalador de gusanos, verdugo exultante de los caracoles. No deberíamos ponernos sentimentales con su canto como para olvidar la muerte que lo sustenta.

Creo que con esto está ya definido cómo está escrito el libro, desde qué punto de vista: el de un observador neutro que sólo observa pero no juzga, un tipo de esos (entre los cuales tengo el placer de contarme) que no diría orca asesina y tonterías por el estilo.

Y como no es un libro que se pueda destripar (ahora, como destripar es castellano, parece que no sirve, tendría que escribir ¿spoilear? ¡vaya gilipollez!), os dejaré algunos otros extractos tan sólo para incitaros a la adquisición de este libro, por ejemplo, éste:

Para un ave solamente hay dos clases de pájaros: los de su clase y los peligrosos. No existe ninguna otra. El resto son inofensivos como las piedras, los árboles o los hombres cuando están muertos.

O éste, sobre el miedo como medida de las cosas sin el cual es imposible sobrevivir:

Toda la mañana los pájaros la pasaron amuchados de miedo al halcón pero no volví a encontrarlo. Estoy seguro de que si yo también le tuviera miedo lo vería más seguido. El miedo libera poder. Tal vez el hombre sería más tolerante, menos irritable y engreído, si tuviera más miedo. No digo miedo a lo intangible, la asfixia del introvertido, sino miedo físico, el sudor frío de miedo por la propia vida,miedo a la amenaza de la bestia oculta, inminente, erizada de fauces atroces, ávida de nuestra sangre salada y caliente.

Frases cortas, puntos rápidos: así escribe Baker, porque tiene mucho que decir y lo quiere decir claro, sin parábolas ni metáforas, pero también frases de indudable belleza:

Los halcones son remisos a volar cuando los están mirando. Esperan a que el raro cautiverio de los ojos se rompa.

Y otras, más largas, además de de una desnuda belleza, la crítica despiadada al humano que caza por cuenta ajena, es decir, nosotros:

Y para la perdiz el sol se escondió de golpe, tapado por la vibración siniestras de las alas abiertas, el rugido menguante, el centelleo de las cuchillas y la espantosa cara blanca que se acercaba, su garfio, su máscara, su cuerno, sus ojos fijos. Y luego empezaron el tormento de la espalda quebrada, el rocío de nueve levantado por el pataleo y la nieve llenando el ancho grito mudo, hasta que la aguja piadosa del pico del halcón se insertó en el pescuezo y extrajo de un  tirón la vida trémula.

Y para el halcón, que ahora descansaba en el bulto suave y flácido de la presa, vino el momento de arrancar las plumas sofocadas, de la sangre caliente chorreando del pico, de la furia retrayéndose poco a poco a un  pequeño núcleo interior.

Y para el observador, resguardado por los siglos de un hambre y una furia, un sufrimiento y un miedo semejante, quedaban el recuerdo de esa caída como un sablazo del cielo y el goce vicario del cazador sin culpa que sólo mata a través de un criado y deja que se alimente.

En fin, no quiero entreteneros más y espero haber despertado vuestra curiosidad sobre este libro, esta estética del hambre, la vida y la muerte violentas, pero antes, una última cita como colofón al ideario que impelió -y esto sólo es una opinión- al Baker a escribir este libro realmente maravilloso, pues maravilla es la vida que, de una u otra forma nos lleva a la muerte, alimentarnos y ser alimento (ojalá desapareciera esa sombra, ese pudor religioso, la religión en general, y mi cadáver, fuera cual fuese mi muerte, pudiera ser arrojado a una buitrera, simplemente para cumplir mi ciclo):
Al final de las crestas había orlas de cielo frío. En una combada rama de un alerce se había instalado un camachuelo, pinzó un brote con una delicada torsión del pico y lo masticó cavilosamente. Luego descolgó la cabeza y picoteó brotes de una rama de abajo. Era un gordito rojinegro en perezoso plan de alimentarse, que, con un suave temblor de la papada, de tanto en tanto se esforzaba por espirar el umbrío diudiudiú de su canto. Parecía un buey rumiando hojas de espino. Pero los tironeos del pico para romper los retoños me recordaban la forma en que los peregrinos le quiebran el cuello a la presa. No importa qué se destruya, el acto de destrucción no varía mucho. La belleza es vapor del foso de la muerte.

 

 

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