FILONES

FILONES

Siguiendo con el mismo

filón,

hoy:

LA ADULTERACIÓN DE ALIMENTOS

 

Pues sí, queridas y queridos, hay filones que, una vez hallados, parecen no tener fin, gozar de una inefabilidad casi alarmante; uno de estos filones es el bastante desconocido escritor francés Joris-Karl Huysmans, que nació durante el invierno de 1848 y vivió hasta la primavera de 1907, poco tiempo, es cierto, pero bien aprovechado, tanto que si queréis qué pasaba en Francia durante esos años, más vale que lo leáis atentamente, cosa nada fácil porque no escribe de conspiraciones mundiales, descuartizadores o asesinos seriales en general, o noveluchas históricas, historias banales de vidas banales o hagiografías de lamentables personajes de la vida pública que no saben qué hacer para lavar algo la mierda que traen encima. No, Huysmans escribe de escritores, exquisiteces, sucesos artísticos, estética de su tiempo; escribe sobre el refinamiento, el hastío y la neurosis del hastío, de la decadencia, del spleen que Baudelaire situó en París, de su influencia  y la de Poe en los escritores posteriores, en él mismo, de Verlaine… En fin, de cosas que a nadie parece interesar porque ni siquiera se habla de ellas en la televisión.

En cambio, si os interesa aunque sea vagamente la existencia de los Goncourt, de Verlaine, del hace nada citado Villiers de l’Isle-Adam, de Zola, de naturalismo y de cómo siendo el ojito derecho del nombrado Zola cae en un profundo pesimismo y describe la decadencia de su sociedad con verdadera finura exquisita, no tendréis más remedio que acudir a él, a su emblemático libro (Au rebours, 1884) publicado en España como A contrapelo por Letras universales de Cátedra en 1999, aunque hay otras ediciones, al menos en mi casa, una (1919) prologada por Blasco Ibáñez y traducida por Germán Gómez de la Mata y otra (que no recomiendo en absoluto) publicada por Bruguera  sobre la misma traducción de Gómez de la Mata con el peregrino e inexacto título de Al revés (Libro Amigo, 1986) prologada por el inefable Luis Antonio de Villena, personaje que por aquella época quería ser decadente como Huysmans o el mismísimo Oscar Wilde. Pero no vengo aquí a daros datos biográficos que cualquiera puede encontrar por ahí, incluso el hecho de que al final (ya estaba algo tocado él) acabó convirtiéndose al catolicismo.

En fin, todo esto viene a cuento sólo por unos párrafos para que se observe un ejemplo de humor sangrante, aunque hay muchos de ellos en el libro citado, estos, por ejemplo:

Entre los escritores de la orden dominica, por ejemplo, un doctor en teología, el R.P. Rouard de Card, por medio de un folleto titulado “De la falsificación de las sustancias sacramentales”, había demostrado categóricamente que la mayoría de las misas no eran válidas, por el simple motivo de que las materias empleadas en la celebración de los sagrados misterios estaban adulteradas por los que negociaban suministrando estos productos.

Hacía ya muchos años que los santos óleos venían siendo adulterados con grasa de  aves; la cera, con huevos calcinados; el incienso, con resina corriente y con benjuí. Pero lo más grave era que las sustancias indispensables para el santo sacrificio de la Eucaristía, estaban siendo también desvirtuadas y falsificadas; el vino, por medio de una serie de mezclas y de añadidos ilícitos, tales como corteza de palo de Brasil, bayas de yezgo, alcohol, alumbre, salicilato y liturgirio; el pan, ese pan de la Eucaristía que debe ser amasado con la harina más selecta de los trigos, por medio de harina de alubias, potasa ¡y hasta tierra de cal!

En la actualidad se estaba llegando más lejos; y algunos desvergonzados comerciantes tenían la osadía de suprimir por completo el trigo, fabricando casi todas las hostias ¡con fécula de patata!

Ahora bien, Dios, se negaba a presentarse en la fécula; esto era un hecho innegable y cierto.

 

Para que ahora os vayáis quejando de las hamburguesas, salchichas y alitas de pollo.

 

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VILLIERS

VILLIERS

Como recientemente (justo abajo) cité de pasada al doctor Tribulat Bonhomet, me ha dado el capricho de volver a leer algo de Villiers, así que he acudido a alguno de mis libros y, directamente, a la novela corta que recordé en mi cita, la llamada Claire Lenoir:

                                                                                                       

CLAIRE LENOIR

MEMORANDUM DEL DOCTOR

TRIBULAT BONOMET

Miembro honorario de varias academias

catedrático de psicología

referente al

MISTERIOSO CASO DE LA DISCRETA

Y CIENTÍFICA PERSONA

VIUDA CLAIRE LENOIR

Así que releyendo confortablemente sentado en mi sillón llego a la página 54 de mi edición (que citaré más tarde) y me encuentro con este texto que había olvidado:

“En todos los países, todo ciudadano digno de ese nombre dispone, entre sus trabajos y sus comidas, de cerca de tres horas de ocio por día. Normalmente llena esos momentos de respiro con la ayuda de una pequeña charla inocente y digestiva, sobre los asuntos de la patria.Ahora bien, ¿si no pasa nada notable ni “grave”, en qué podrá centrar su discusión? Se aburrirá, falto de tema de conversación: y el aburrimiento de los ciudadanos es fatal casi siempre para los jefes de Estado. Cuando la lengua está ociosa el brazo está presto a actuar, y, como hay que llenar las tres horas citadas anteriormente, el conversador de ayer se convierte en el conspirador de hoy. Ese es el triste acento de las revoluciones.

Me parece entonces que es deber de todo buen gobierno suscitar, lo más a menudo posible, guerras, epidemias, acontecimientos de toda clase ( afortunados o desgraciados, poco importa), cosas, en fin, que sean capaces de alimentar la charla banal, inocente y digestiva de todo ciudadano.

Tras veinte, treinta, cuarenta años de perpetuo ¡quien vive! los reyes han desviado la atención: han reinado tranquilamente, se han divertido mucho y todo el mundo está contento. Esta es, en mi opinión, una de las principales definiciones de la alta diplomacia: ¡ocupar el espíritu de los ciudadanos al precio que sea, a fin de evitar cualquier atención sobre sí misma, cuando se ha tenido el honor de recibir de las manos de Dios la misión de gobernar a los hombres! ¡Maquiavelo -mi amado maestro- (lloro al pronunciar su nombre), nunca ha hallado una fórmula tan clara como ésta! así se concibe mi indiferencia por los acontecimientos, los imprevistos políticos y las complicaciones de los gabinetes de Europa; dejo el interés de las controversias que suscitan a espíritus cariados por un ansia congénita de perder el tiempo.

La extraña historia del Doctor Bonhomet; Alfaguara-Nostromo. traducción de Eduardo Bustos para esta colección dirigida por J.A. Molina Foix y Mauricio d’Ors. Madrid, 1977.

Una muy estimada y venerable colección la de Alfaguara-Nostromo, que aún no sé cómo ha resistido completa el devenir de los años y mis múltiples traslados.

En fin, sólo quería constatar lo poco que cambia el paisaje de los tiempos, de los humanos y de su inocente majadería. Ahora, los entretenimientos que los gobiernos de los diferentes estados y del mundo en general simplemente tienen más medios para lanzar sus redes de arrastre y palangres varios. Y todos pican, o casi todos (uno o dos de cada millón, no, estimo, pero no cuentan). Las redes sociales cumplen su cometido y, quien más quien menos reproduce fielmente personajes, bulos y estupideces sin fin, de todo con tal de no sentarse a pensar un minuto sin imágenes, sin ruido de fondo, a solas con su cerebro: Todos entretenidos en sus tres horas de ocio, incluso perdiendo las del sueño con tal de seguir enfangados en tanto dulce de una basta mixtura de miedo pánico, felicidad compulsiva y amor desmedido también pánico.

Un sinvivir, queridas y queridos, una angustia permanente, siempre sin darse cuenta que tanto angustia como angosto tienen la misma raíz: Angustus, ‘desfiladero o abismo profundo y estrecho’, es decir que cuando uno va y dice que está o se siente angustiado, lo que está diciendo es que permanece en ese desfiladero o abismo, y lo que siente es simplemente miedo, porque tanto desfiladeros y abismos son de siempre peligrosos.

Así que toda esta panoplia de disparates, horrores, guerras -todas injustas- antidisturbios cada vez más parecidos a los de los cómics de Moebius, catástrofes, baladronadas o majaderías emitidas por políticos de este u otro signo o de sus periodistas bien pagados, son -puedo afirmarlo sin temor- nuestros desfiladeros y nuestros abismos.

Y ahí permanecemos esperando nada.

O que alguien nos degüelle.

 

Así que ya sabéis por qué nunca reproduzco fotos de gobernantes, mandamases o propios; nunca reproduzco noticias (ni leo periódicos, ni escucho noticieros ni tengo TV)

en las que la mal llamada política tenga algo que ver ni comento nada de nada. Y es que es mejor leer y leer, aunque parezca que se olvidan textos

(que no se olvidan: simplemente quedan ahí, en el cerebro de uno, con sus alarmas conectadas).

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UN LIBRO INQUIETANTE: LA VEGETARIANA.

UN LIBRO INQUIETANTE: LA VEGETARIANA.

Hace ya bastantes días que acabé la lectura este libro (leído en sólo dos sesiones) de la coreana Han Kang y aún no he podido formarme una idea cabal de él, así que, en vez de comentarlo como suelo, lo que me haré -al igual que hace ella, según dice- serán preguntas, a ver si de esta forma consigo ver esta lectura en conjunto.

He de hacerme primero una pregunta indispensable: ¿Tengo algún tipo de prejuicio contra el vegetarianismo? Es una pregunta crucial, porque si no me respondo con claridad todas mis siguientes preguntas estarán condicionadas y -lo que es peor- mis respuestas -si las hubiere-, viciadas.

Mientras pienso esta cuestión he aquí los datos del libro que me ocupa: La Vegetariana, de Han Kang traducida al castellano por Sunme Yoon; editado por :Rata_ en Barcelona el año 2017; 223 páginas con un prólogo de Gabi Martínez más un epílogo y referencia de la traductora.

Bien, ya he decidido mi respuesta: No tengo prejuicios reseñables hacia el vegetarianismo, ni a favor ni en contra; tan sólo mis propias observaciones de este asunto a través de lecturas aquí y allá a lo largo de mi vida, ninguna experiencia personal al respecto y escaso conocimiento (en cantidad) de personas que sean vegetarianas o estén en vía de serlo, algunas bastante cercanas. Cierto es que me causa extrañeza el hecho de prescindir de algunos alimentos sin que medie razón médica y que me consta que, en realidad y exceptuando un vegetarianismo de orden religioso, esta actitud alimenticia se da sobre todo en países desarrollados, en general ahítos de todo.

Alguien puede pensar: “Pero eso que escribes ya es un prejuicio”, y yo le diré: “No: es sólo una observación inevitable”.

Ya en el título de este comentario (o cuestionario) incluyo una sensación que el libro deja: es un libro inquietante, no es fácil, ni una serie de propuestas fáciles, ni es tendencioso, ni juzga ni deja al lector solución alguna. Ni siquiera la protagonista explica nada: sólo emite algunos pensamientos que no son pensamientos sino sueños, y no muchos, así que no sabemos qué piensa ella, Yeonghye, la mujer que, de repente, decide no comer carne. Digo de repente porque así es o así parece puesto que nada sabemos del proceso (si lo ha habido) que le ha llevado a semejante decisión. No comer carne.

Ella, Yeonghye, no nos dice, pues, nada; la novela está narrada no por ella en primera persona, no por un narrador omnisciente en tercera persona o en primera, sino por tres personajes por separado: el marido, el cuñado y la hermana, cada uno su parte, que será o no objetiva, puesto que nadie cercano es objetivo del todo, así que estaremos en tinieblas preguntando. Como la autora. Como yo.

Otra de esas preguntas: ¿Por qué? ¿Existe un porqué claro al que podamos aferrarnos para entender a Yeonghye en su decisión? Y es que no es una decisión banal: su vida está en peligro, ¿pero acaso no está la vida de todos en peligro? He estado toda la semana pensando en este asunto del porqué y hoy creo que el porqué es la culpa, la Culpa. No quiero decir que todos los vegetarianos se sientan culpables: estamos hablando de un caso, de una novela, claro que las novelas no aparecen de la nada. Bueno. La Culpa.

¿Y qué culpa, qué es la culpa?

La mayor parte de nuestras sociedades se basan en ella, en la culpa, una culpa a veces muy determinada como es el caso del cristianismo, a veces imprecisa, a veces una mezcla de ambas, pero siempre una culpa oculta en la niebla de cada personalidad, y por tanto en cada sociedad, como una especie de sumatorio Σ de culpas, lo que parece suceder es que la culpa individual está durmiente y asumida inconscientemente y, a veces -lo mismo que sucede con la culpa social o cultural- despierta, se presenta al individuo en forma demoledora y puede llegar a ser una obsesión.

¿La culpa por depredación de otros seres vivos es cierta o es una forma de puentear la verdadera culpa que es la de asesinar a los de tu misma especie sea por medio de guerras directa o indirectas o dejar partes del planeta sumidos en la miseria para tu propio beneficio?

Creo que no podré contestar a esta pregunta, no al menos con precisión, y es que me lo impide un persistente pensamiento: ¿Cómo un humano puede sentir culpa al alimentarse de un ser que vivía hasta que alguien lo mató para él (y para más gente)? No es la muerte dada por el cazador que mata para comer, sino una muerte por delegación, una muerte no vista. En la muerte directa, el cazador expiaba de una u otra forma, ya sea pintando en las paredes de su cueva el hecho de la caza, ya ofreciendo una plegaria súbita, ya sacrificando parte del cadáver a los dioses de la caza. De manera que durante miles de años ha existido una necesidad de expiación en diversas culturas. Excepto en las que proceden del dios Único, de la ley hebraica, pues Dios da a los hombres el mundo con todo lo que contiene para que ellos lo aprovechen como quieran:

«Y Dios los bendijo, y les dijo Dios: “Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra”» (Gn 1, 28).

Y esta frase del Génesis que, desde siglos se ha interpretado casi literalmente, excepto en el sentido de la propiedad, que siendo del más fuerte, se dice proveniente de Dios (por la Gracia de Dios), pero en la misma Biblia, en el mismo Génesis, a la vez que Dios da el gobierno de la tierra a los hombres, da también la culpa, por serlo: su pecado original, hoy en día se lee como una especie de mandato divino que nos obliga a ser ecologistas (juro que no es un chiste fácil: voy escribiendo sin borrador a medida que voy pensando). Así que en la misma culpa ha de estar la expiación.

¿Y qué culpa arrasa la mente de Yeonghye que pertenece a otra cultura?

Bueno, Yeonghye no se expresa, como he dicho más arriba, en toda la novela excepto en unos pocos sueños que aparecen en cursiva, he aquí uno que me parece capital para dar respuesta a mi pregunta:

…el perro que me mordió está atado a la motocicleta de papá. Quemaron los pelos de su cola y me los pusieron en la herida de la pantorrilla, cubriéndolos con una venda. Tengo nueve años y estoy de pie delante de la puerta de casa. Es un caluroso día de verano. Aunque esté quieta estoy empapada en sudor. El perro tiene la lengua fuera colgando de la mandíbula y respira agitado. Es un perro blanco más grande que yo y muy bonito. Antes de que mordiera a la hija de su amo, era conocido en todo el barrio por su inteligencia.

Mientras lo chamusca colgado de un árbol, papá dice que no le pegará, pues había escuchado en alguna parte que la carne de los perros que mueren corriendo es más tierna. Papá pone en marcha el motor y la motocicleta comienza a correr. El perro también. Da vueltas por las calles haciendo siempre el mismo camino. Sin moverme, permanezco de pie ante la puerta viendo como el perro se va agotando poco a poco, resollando fuerte y con los ojos desorbitados. Cada vez que mi mirada se encuentra con sus ojos brillantes, los míos se agrandan.

“Perro malo, ¿cómo pudiste morderme?”

Al dar la quinta vuelta, sale espuma de la boca del perro y se escurre un hilo de sangre de la cuerda que amarra su cuello. Gime de dolor y corre arrastrándose. A la sexta vuelta, vomita una sangre negruzca. Sangra por el cuello y por la boca. Con la espalda bien derecha, observo cómo le corre la sangre mezclada con la espuma y cómo le centellean  sus ojos. Espero verlo aparecer en la séptima vuelta, pero veo en su lugar a papá que lo trae todo estirado en la parte de atrás de la motocicleta. Sus patas cuelgan inertes y sus ojos están abiertos y sanguinolentos.

Aquella noche hubo un banquete en casa. Vinieron todos los hombres del mercado a los que papá conocía. Como todos decían que debía comer la carne del perro que me había mordido para que se me curara la herida, yo también comí un bocado. En realidad, me comí un cuenco entero del guiso mezclado con arroz. Me llenó la nariz el olor a perro que las semillas de perilla no lograban tapar. Recuerdo sus ojos reflejándose en su sopa, los ojos con los que me miraba cuando vomitaba sangre con espuma. No me importó. De verdad, no me importó en absoluto.

Esto me recuerda la creencia recurrente de que en los ojos de la res muerta queda grabada la última imagen que ven: la del matarife y el dolor que les causa. Y también me recuerda un relato (novela corta, más bien) de Villiers de l’Isle-Adam, Claire Lenoir, que forma parte de la colección de cinco relatos bajo el genérico título Tribulat Bonhomet. La escena que recuerdo sucede cuando el doctor Bonhomet introduce en los ojos agonizantes de Claire unas extrañas sondas y, con ellas, veía con claridad al marido (Claire fue adúltera) portando en sus brazos la cabeza del amante, que previamente había cortado, mientras baladraba un espantoso canto de guerra.

Así que ¿qué vio Yeonghye en los ojos brillantes y desorbitados del perro poco antes de morir?

¿Cómo lo escondió durante años dentro de sí? ¿en qué dormido recuerdo?

¿Es ésta entonces una novela de expiación?

Quizá sí lo sea, quizá la repentina decisión de no comer carne con las tremendas consecuencias que ello conllevará en la vida de Yeonghye y en, posiblemente menor medida,  la de los tres personajes que la relatan, el marido, el cuñado y la hermana. Tengo en cuenta todo el rato el hecho de que los cuatro personajes, la narrada y los narradores son personas triviales, de vida anodina, casi aburrida, sin nada en la cabeza aparte de tópicos morales y ellos mismos, así que el desarrollo y desenlace del relato asume una importancia tremenda porque desde él se puede generalizar -yo no lo haré, pero se puede-, ya que el lector se da cuenta de que lo que sucede aquí, puede suceder en cualquier lugar y a cualquier persona.

Observo comentarios banales de nuevos vegetarianos sobre la crueldad con los animales sin llegar en ningún momento a la lógica conclusión de que toda vida conlleva muerte en ella, aparte de la muerte propia, pues todo lo que comemos (excepto los minerales aportados) son seres vivos que dejan de existir con nuestra existencia y que toda nuestra cultura de enterramientos consiste en evitar el propio destino natural nuestro que es, ni más ni menos, el de servir de alimento a otros seres, lo rodeemos de ritos, magias y religiones: bobadas encaminadas a convencernos de una trascendencia inexistente que nos distanciaría de los demás seres vivos de este planeta.

Bueno, no sé, la verdad es que tan sólo quería con este nimio comentario revelar la existencia de este libro de Han Kang, de su facilidad de lectura y su dificultad para presentarlo sin decir las consabidas tonterías tanto a favor de un vegetarianismo como en contra.

Vivimos unos tiempos borrosos, quiero decir que nada está bien definido: sustantivos, verbos, expresiones, todos ello descontextualizados pierden valor real; recurrimos constantemente a la hipérbole olvidando que hasta hace nada había oraciones más sencillas y definitorias; nada es ya bueno o mejor, incluso óptimo, sino fantástico, genial, fenomenal, genial y ese corto etcétera que conforma nuestro pobre lenguaje actual. Al mismo tiempo que perdemos lenguaje y capacidad aprehensiva nos pasamos gran parte del tiempo justificándonos y -lo que es peor- mostrándonos plenos de felicidad porque hacemos esta u otra jaimitada. Ni siquiera los vegetarianos se conforman con serlo, pues quizá les parezca el término poco expresivo: ahora son veganos, miran quizá por encima del hombro a los que devoran partes de cadáver y estos responden con absoluto desprecio o benevolencia forzada. Me temo que hemos perdido el sentido ya no sólo de las proporciones sino del humor: vivo poco en este mundo de imágenes programadas, pero noto que los chistes son cada vez más groseros y estúpidos y, normalmente, se limitan a reírse de los demás, del que no es como uno, sea espiritualista o materialista. Sólo queremos, ansiamos vehementemente ser felices olvidando que la felicidad es sólo una trampa más que nos impide vivir en la realidad y estar lo más cómodos en ella. O lo menos incómodos.

En esta novela no encontraréis nada de esto; creo que Han Kang sí ve el mundo pero no lo juzga. Seguramente por eso es tan inquietante este libro, del que he conseguido no contaros nada de nada: Para saber qué pasa en sus páginas no tendréis más remedio que leerlo o buscar a uno o una de esas que destripan una historia (tampoco se dice ya destripar, con lo preciso que era el verbo, ya veis). No soy yo uno de ellos.

Y ya lo dejo, pero con mi recomendación de que adquiráis este libro que tan rápido se lee y tan lento se digiere (por usar un término adecuado precisamente): Aprenderéis algo.

¿Qué?

 

 

 

 

VELLOS

VELLOS

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Tenía yo hace ya bastantes años una amiga que me regalaba libros y en cada uno de ellos metía al albur entre sus páginas -uno por página afortunada- dos o tres pelos de su coño, regalo que hacía sin más palabras: Toma he encontrado este libro, así, sin más, y me lo daba.

Por aquella época yo aún viajaba mucho en mi condición de marino mercante; ella justificaba su capricho o fantasía o ambas cosas diciendo que le fascinaba que un pelo de su coño acabara olvidado entre las páginas de un libro abandonado quizá en Antofagasta o en las islas Juan Fernández o en Montevideo o en Ciudad del Cabo o en Semersooq o en Port aux Basques o en Boston o en Veracruz o en Hamburgo, o en Rotterdam o en Memel, Libau, Sotplmuni, Ronne, Arjánguelsk (Arcángel), o cualquier puerto perdido en el Orinoco, Amazonas, Missisipi, ¿quién sabe?

Pensaba mucho en ello -decía-, y decía también que ese ello la ponía fuera de sí, la inflamaba, empapaba, decía con la voz ronca entre susurros y jadeos y los ojos en otra parte en la cual ya no estaba yo sino un libro olvidado en cualquier café fastuoso o miserable, en cualquier cabaret ensombrado de humo, que soñaba que en cada uno de esos pelos iba ella a esos puertos ignotos y lejanos y que en cada uno de ellos se revolcaría con un hombre al que quizás no entendería ni una palabra pero que la haría gozar de inefables placeres, placeres a los que se sumaría el de desconocer nombres, orígenes, vidas, y el de desaparecer al los pocos días sin dejar otra huella que un simple pelo.

Traté con esta mujer a lo largo de un par de años, cuando, desembarcado volvía a mi ciudad, a Bilbao, con los bolsillos llenos de plata, libre del todo y sin otra cosa que hacer que divertirme y derrochar lo ganado en aquellos meses en la mar, y luego, de repente, desapareció y ya nunca más supe de ella. Nada, ni rastro. Nada.

Hoy, por alguna enigmática razón he encontrado en mis estanterías un ejemplar de la obra de Cornelio Nepote (100- +/- 25 era cristiana) Vidas de varones ilustres (De viris illustribus) en una edición de 1963 Debida a Editorial Iberia. Hacía siglos que no veía este libro que, como algunos otros ha soportado traslados, aguas, pérdidas, préstamos desde hace ya unos cuarenta o cuarenta y tantos años, así que con curiosidad y un deje de amor al valiente objeto y otro del placer de hallarlo ileso lo he abierto hojeándolo azarosamente, y en ello estando he encontrado uno de ellos, un pelo de aquel coño difuminado por la niebla de los tiempos,

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pero súbitamente recordado. No hay ninguna duda: es de ella, Ella. Y ahí queda, donde lo he hallado, en la página 11 en que Nepote comienza a narrar la invasión de Darío, que envió un ejército de veinte mil combatientes a las órdenes de Datis y Artafernes,  y la defensa que planea oponer Milcíades, que es partidario de enfrentar a Darío, no desde las murallas sino en campo abierto venciendo a un ejército diez veces mayor haciendo que los persas huyeran no a su campamento sino a sus naves.

Recuerdo el hecho del regalo, recuerdo el lugar y las sábanas por el suelo.

No puedo recordar, sin embargo, su nombre, ni sus ojos, ni su faz, ni su altura. Ni su nombre, el que me dio, por otra parte, seguramente falso.

MADRES Y CUENTOS PARA NIÑOS

MADRES Y CUENTOS PARA NIÑOS

No era mi madre muy dada a contarnos cuentos, es cierto, pero yo -que llegué el primero- sí que recuerdo uno, mejor dicho, acabo de recordarlo mientras escuchaba el podcast de Música y significado, programa en Radio clásica debido a Luis Ángel de Benito, porque la verdad es que éste era un recuerdo enterrado en el fondo de mi (precaria) memoria. Ha salido así, como salen estos recuerdos enterrados, lenta, tímidamente hasta que de repente estaba claro como un amanecer soleado de invierno.

No sé si conocéis el argumento de Turandot, que es en sí un cuento y, como en casi todos los cuentos infantiles, la crueldad tiene una gran importancia, ¿el porqué? Seguro que alguien habrá publicado montones de páginas sobre esto, así que quien se interese que lo busque. Bueno, la princesa Turandot, allá en China ha impuesto a su padre, el emperador, una condición de obligado cumplimiento: A cualquier príncipe pretendiente que desee casar con ella se le harán tres preguntas; si no contesta a las tres, el verdugo Pu-tin-Pao le cortará la cabeza, de hecho, cuando está por cortársela a un príncipe de Persia, Calaf (que es el protagonista masculino, es decir, un príncipe), se encuentra entre el público, y entre ese mismo público está su padre, ciego, al que ayuda la esclava Liu, pues él perdió el reino en una guerra y mendiga, es decir, mendiga por él Liu, le guía y acompaña porque (dice ella al preguntarle Calaf) un día en Palacio, usted me sonrió, y es que ella le ama.

El caso es que a pesar de las súplicas del pueblo al persa le cortan la cabeza por orden directa de Turandot, que aparece un momento, ordena y desaparece, y tan sólo por esa visión de la princesa, de su singular belleza, Calaf se enamora perdidamente de ella (O divina bellezza! O meraviglia!) y solicita las preguntas como pretendiente. Liu le dice que desista, los tres ministros del emperador, le piden que desista, todos quieren que desista, pero él está ciego de amor y reclama las preguntas (lo curioso en este momento es que mi madre se las sabía de memoria y me las dijo)

Turandot: En la oscura noche vuela un fantasma iridiscente. Se eleva y despliega las alas sobre la negra e infinita humanidad. Todo el mundo lo invoca y todo el mundo lo implora, pero el fantasma desaparece con la aurora para renacer en el corazón.           

Calaf (pensativo): La esperanza.

Ha acertado la primera pregunta.

Turandot: Surge como una llama, y no es llama. Es a veces delirio. Es fiebre de ímpetu y ardor. La inercia lo torna en languidez. Si se pierde o mueres, se enfría. Si anhelas la conquista, se inflama. Tiene una voz, que escuchas palpitante, y del ocaso, el vivo resplandor.

Calaf (seguro): La sangre.

Ha acertado la segunda pregunta.

Turandot (nerviosa y descompuesta): Hielo que te inflama y con tu fuego aún más se hiela. Cándida y oscura. Si libre te quiere, te hace más esclavo. Si por esclavo te acepta, te hace rey”

Calaf (dubitativo, pero mira a los ojos de Turandot; queda así, mirando, absorbiendo la belleza de esos ojos mientras ella sonríe, ríe saboreando el cruel destino del pretendiente. Él no duda más): ¡Turandot!

¡Ha acertado! el pueblo se alegra por el vencedor; la princesa se niega y pide a su padre que no se cumpla la orden, que no la entregue a él, pero el emperador le dice que eso es imposible. Ella se niega. Entonces Calaf le propone otro acertijo: si ella averigua su nombre (que no se ha dicho, pues le llaman el ignoto), el la liberará de la promesa y se irá (Dimmi il mio nome e all’alba morirò). Morirá de amor, naturalmente.

Turandot es una princesa cruel (y tiene sus razones: buscadlas si os interesa) y decreta la muerte para todo aquel que, sabiendo el nombre del extranjero, no lo confesase, de manera que, encontrando a Liu los guardias intentan que confiese por orden de la princesa. Si no, morirá. Ella, aún torturada, no confiesa; Turandot se pregunta el porqué de tanta fortaleza; ella le confiesa su amor sin confesarlo del todo; Liu responde: Principessa, l’amore!, acto seguido se apodera de la espada de un guardia y se da la muerte. Calaf le recrimina tanta crueldad (Principessa di morte, Principessa di gelo!), discuten, conversan y, al final, él la besa y, acto seguido él mismo le confiesa su nombre (Io son Kalaf, figlio di Timur), con lo cual pone su vida en sus manos, pero ella, en vez de condenarle, cae rendida de amor.

¿Bonito, verdad?

El caso es que nunca le dije nada a mi madre después de haber visto la ópera, no una ya, sino varias veces (en realidad, a mi madre le gustaba mucho más Donizzeti, sobre todo su Lucia di Lammermoor, más romántica, pero yo siempre preferí Turandot, tan moderna y con ese cuento tan bonito), hasta muchos años después, un día en que fui a verle para decirle que iba a tener una nueva nieta, mi hija y que, dado que yo había desechado el apellido de mi padre y cambiado por el suyo, ella y mi hija llevarían el mismo apellido. Entonces, le recordé el cuento de la princesa Turandot y las tres preguntas, y le pregunté por qué me contaba una ópera como si fuese un cuento, cuando era un cuento que era una ópera.

Mi madre, a veces sonreía de una manera extraña, como para sí misma. así que sólo me dijo con su sonrisa:

Hijo, a veces pareces tonto.

Y nada más: cambió de tema.

Poco después murió: nunca conoció a mi hija.

Por eso a veces pienso que los cuentos infantiles son tan crueles porque simplemente reflejan episodios de nuestra propia vida.

…El tema que aparece en Dimmi il mio nome e all’alba morirò cobra toda su fuerza en el famosísimo Nessun dorma (nadie duerma) cuyo enlace dejo aquí, interpretado en directo por Plácido Domingo (y subtitulada en castellano); iba a dejar la interpretación de Franco Corelli, para mí, la mejor de todas la que he escuchado, pero no se oye muy bien. Por supuesto, la de Pavarotti la he desechado sin duda: No soporto esa voz.

Y ya, puestos, dejo también el enlace de Música y significado, del cual soy devoto oyente: http://www.rtve.es/alacarta/audios/musica-y-significado/