UN LIBRO INQUIETANTE: LA VEGETARIANA.

Hace ya bastantes días que acabé la lectura este libro (leído en sólo dos sesiones) de la coreana Han Kang y aún no he podido formarme una idea cabal de él, así que, en vez de comentarlo como suelo, lo que me haré -al igual que hace ella, según dice- serán preguntas, a ver si de esta forma consigo ver esta lectura en conjunto.

He de hacerme primero una pregunta indispensable: ¿Tengo algún tipo de prejuicio contra el vegetarianismo? Es una pregunta crucial, porque si no me respondo con claridad todas mis siguientes preguntas estarán condicionadas y -lo que es peor- mis respuestas -si las hubiere-, viciadas.

Mientras pienso esta cuestión he aquí los datos del libro que me ocupa: La Vegetariana, de Han Kang traducida al castellano por Sunme Yoon; editado por :Rata_ en Barcelona el año 2017; 223 páginas con un prólogo de Gabi Martínez más un epílogo y referencia de la traductora.

Bien, ya he decidido mi respuesta: No tengo prejuicios reseñables hacia el vegetarianismo, ni a favor ni en contra; tan sólo mis propias observaciones de este asunto a través de lecturas aquí y allá a lo largo de mi vida, ninguna experiencia personal al respecto y escaso conocimiento (en cantidad) de personas que sean vegetarianas o estén en vía de serlo, algunas bastante cercanas. Cierto es que me causa extrañeza el hecho de prescindir de algunos alimentos sin que medie razón médica y que me consta que, en realidad y exceptuando un vegetarianismo de orden religioso, esta actitud alimenticia se da sobre todo en países desarrollados, en general ahítos de todo.

Alguien puede pensar: “Pero eso que escribes ya es un prejuicio”, y yo le diré: “No: es sólo una observación inevitable”.

Ya en el título de este comentario (o cuestionario) incluyo una sensación que el libro deja: es un libro inquietante, no es fácil, ni una serie de propuestas fáciles, ni es tendencioso, ni juzga ni deja al lector solución alguna. Ni siquiera la protagonista explica nada: sólo emite algunos pensamientos que no son pensamientos sino sueños, y no muchos, así que no sabemos qué piensa ella, Yeonghye, la mujer que, de repente, decide no comer carne. Digo de repente porque así es o así parece puesto que nada sabemos del proceso (si lo ha habido) que le ha llevado a semejante decisión. No comer carne.

Ella, Yeonghye, no nos dice, pues, nada; la novela está narrada no por ella en primera persona, no por un narrador omnisciente en tercera persona o en primera, sino por tres personajes por separado: el marido, el cuñado y la hermana, cada uno su parte, que será o no objetiva, puesto que nadie cercano es objetivo del todo, así que estaremos en tinieblas preguntando. Como la autora. Como yo.

Otra de esas preguntas: ¿Por qué? ¿Existe un porqué claro al que podamos aferrarnos para entender a Yeonghye en su decisión? Y es que no es una decisión banal: su vida está en peligro, ¿pero acaso no está la vida de todos en peligro? He estado toda la semana pensando en este asunto del porqué y hoy creo que el porqué es la culpa, la Culpa. No quiero decir que todos los vegetarianos se sientan culpables: estamos hablando de un caso, de una novela, claro que las novelas no aparecen de la nada. Bueno. La Culpa.

¿Y qué culpa, qué es la culpa?

La mayor parte de nuestras sociedades se basan en ella, en la culpa, una culpa a veces muy determinada como es el caso del cristianismo, a veces imprecisa, a veces una mezcla de ambas, pero siempre una culpa oculta en la niebla de cada personalidad, y por tanto en cada sociedad, como una especie de sumatorio Σ de culpas, lo que parece suceder es que la culpa individual está durmiente y asumida inconscientemente y, a veces -lo mismo que sucede con la culpa social o cultural- despierta, se presenta al individuo en forma demoledora y puede llegar a ser una obsesión.

¿La culpa por depredación de otros seres vivos es cierta o es una forma de puentear la verdadera culpa que es la de asesinar a los de tu misma especie sea por medio de guerras directa o indirectas o dejar partes del planeta sumidos en la miseria para tu propio beneficio?

Creo que no podré contestar a esta pregunta, no al menos con precisión, y es que me lo impide un persistente pensamiento: ¿Cómo un humano puede sentir culpa al alimentarse de un ser que vivía hasta que alguien lo mató para él (y para más gente)? No es la muerte dada por el cazador que mata para comer, sino una muerte por delegación, una muerte no vista. En la muerte directa, el cazador expiaba de una u otra forma, ya sea pintando en las paredes de su cueva el hecho de la caza, ya ofreciendo una plegaria súbita, ya sacrificando parte del cadáver a los dioses de la caza. De manera que durante miles de años ha existido una necesidad de expiación en diversas culturas. Excepto en las que proceden del dios Único, de la ley hebraica, pues Dios da a los hombres el mundo con todo lo que contiene para que ellos lo aprovechen como quieran:

«Y Dios los bendijo, y les dijo Dios: “Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra”» (Gn 1, 28).

Y esta frase del Génesis que, desde siglos se ha interpretado casi literalmente, excepto en el sentido de la propiedad, que siendo del más fuerte, se dice proveniente de Dios (por la Gracia de Dios), pero en la misma Biblia, en el mismo Génesis, a la vez que Dios da el gobierno de la tierra a los hombres, da también la culpa, por serlo: su pecado original, hoy en día se lee como una especie de mandato divino que nos obliga a ser ecologistas (juro que no es un chiste fácil: voy escribiendo sin borrador a medida que voy pensando). Así que en la misma culpa ha de estar la expiación.

¿Y qué culpa arrasa la mente de Yeonghye que pertenece a otra cultura?

Bueno, Yeonghye no se expresa, como he dicho más arriba, en toda la novela excepto en unos pocos sueños que aparecen en cursiva, he aquí uno que me parece capital para dar respuesta a mi pregunta:

…el perro que me mordió está atado a la motocicleta de papá. Quemaron los pelos de su cola y me los pusieron en la herida de la pantorrilla, cubriéndolos con una venda. Tengo nueve años y estoy de pie delante de la puerta de casa. Es un caluroso día de verano. Aunque esté quieta estoy empapada en sudor. El perro tiene la lengua fuera colgando de la mandíbula y respira agitado. Es un perro blanco más grande que yo y muy bonito. Antes de que mordiera a la hija de su amo, era conocido en todo el barrio por su inteligencia.

Mientras lo chamusca colgado de un árbol, papá dice que no le pegará, pues había escuchado en alguna parte que la carne de los perros que mueren corriendo es más tierna. Papá pone en marcha el motor y la motocicleta comienza a correr. El perro también. Da vueltas por las calles haciendo siempre el mismo camino. Sin moverme, permanezco de pie ante la puerta viendo como el perro se va agotando poco a poco, resollando fuerte y con los ojos desorbitados. Cada vez que mi mirada se encuentra con sus ojos brillantes, los míos se agrandan.

“Perro malo, ¿cómo pudiste morderme?”

Al dar la quinta vuelta, sale espuma de la boca del perro y se escurre un hilo de sangre de la cuerda que amarra su cuello. Gime de dolor y corre arrastrándose. A la sexta vuelta, vomita una sangre negruzca. Sangra por el cuello y por la boca. Con la espalda bien derecha, observo cómo le corre la sangre mezclada con la espuma y cómo le centellean  sus ojos. Espero verlo aparecer en la séptima vuelta, pero veo en su lugar a papá que lo trae todo estirado en la parte de atrás de la motocicleta. Sus patas cuelgan inertes y sus ojos están abiertos y sanguinolentos.

Aquella noche hubo un banquete en casa. Vinieron todos los hombres del mercado a los que papá conocía. Como todos decían que debía comer la carne del perro que me había mordido para que se me curara la herida, yo también comí un bocado. En realidad, me comí un cuenco entero del guiso mezclado con arroz. Me llenó la nariz el olor a perro que las semillas de perilla no lograban tapar. Recuerdo sus ojos reflejándose en su sopa, los ojos con los que me miraba cuando vomitaba sangre con espuma. No me importó. De verdad, no me importó en absoluto.

Esto me recuerda la creencia recurrente de que en los ojos de la res muerta queda grabada la última imagen que ven: la del matarife y el dolor que les causa. Y también me recuerda un relato (novela corta, más bien) de Villiers de l’Isle-Adam, Claire Lenoir, que forma parte de la colección de cinco relatos bajo el genérico título Tribulat Bonhomet. La escena que recuerdo sucede cuando el doctor Bonhomet introduce en los ojos agonizantes de Claire unas extrañas sondas y, con ellas, veía con claridad al marido (Claire fue adúltera) portando en sus brazos la cabeza del amante, que previamente había cortado, mientras baladraba un espantoso canto de guerra.

Así que ¿qué vio Yeonghye en los ojos brillantes y desorbitados del perro poco antes de morir?

¿Cómo lo escondió durante años dentro de sí? ¿en qué dormido recuerdo?

¿Es ésta entonces una novela de expiación?

Quizá sí lo sea, quizá la repentina decisión de no comer carne con las tremendas consecuencias que ello conllevará en la vida de Yeonghye y en, posiblemente menor medida,  la de los tres personajes que la relatan, el marido, el cuñado y la hermana. Tengo en cuenta todo el rato el hecho de que los cuatro personajes, la narrada y los narradores son personas triviales, de vida anodina, casi aburrida, sin nada en la cabeza aparte de tópicos morales y ellos mismos, así que el desarrollo y desenlace del relato asume una importancia tremenda porque desde él se puede generalizar -yo no lo haré, pero se puede-, ya que el lector se da cuenta de que lo que sucede aquí, puede suceder en cualquier lugar y a cualquier persona.

Observo comentarios banales de nuevos vegetarianos sobre la crueldad con los animales sin llegar en ningún momento a la lógica conclusión de que toda vida conlleva muerte en ella, aparte de la muerte propia, pues todo lo que comemos (excepto los minerales aportados) son seres vivos que dejan de existir con nuestra existencia y que toda nuestra cultura de enterramientos consiste en evitar el propio destino natural nuestro que es, ni más ni menos, el de servir de alimento a otros seres, lo rodeemos de ritos, magias y religiones: bobadas encaminadas a convencernos de una trascendencia inexistente que nos distanciaría de los demás seres vivos de este planeta.

Bueno, no sé, la verdad es que tan sólo quería con este nimio comentario revelar la existencia de este libro de Han Kang, de su facilidad de lectura y su dificultad para presentarlo sin decir las consabidas tonterías tanto a favor de un vegetarianismo como en contra.

Vivimos unos tiempos borrosos, quiero decir que nada está bien definido: sustantivos, verbos, expresiones, todos ello descontextualizados pierden valor real; recurrimos constantemente a la hipérbole olvidando que hasta hace nada había oraciones más sencillas y definitorias; nada es ya bueno o mejor, incluso óptimo, sino fantástico, genial, fenomenal, genial y ese corto etcétera que conforma nuestro pobre lenguaje actual. Al mismo tiempo que perdemos lenguaje y capacidad aprehensiva nos pasamos gran parte del tiempo justificándonos y -lo que es peor- mostrándonos plenos de felicidad porque hacemos esta u otra jaimitada. Ni siquiera los vegetarianos se conforman con serlo, pues quizá les parezca el término poco expresivo: ahora son veganos, miran quizá por encima del hombro a los que devoran partes de cadáver y estos responden con absoluto desprecio o benevolencia forzada. Me temo que hemos perdido el sentido ya no sólo de las proporciones sino del humor: vivo poco en este mundo de imágenes programadas, pero noto que los chistes son cada vez más groseros y estúpidos y, normalmente, se limitan a reírse de los demás, del que no es como uno, sea espiritualista o materialista. Sólo queremos, ansiamos vehementemente ser felices olvidando que la felicidad es sólo una trampa más que nos impide vivir en la realidad y estar lo más cómodos en ella. O lo menos incómodos.

En esta novela no encontraréis nada de esto; creo que Han Kang sí ve el mundo pero no lo juzga. Seguramente por eso es tan inquietante este libro, del que he conseguido no contaros nada de nada: Para saber qué pasa en sus páginas no tendréis más remedio que leerlo o buscar a uno o una de esas que destripan una historia (tampoco se dice ya destripar, con lo preciso que era el verbo, ya veis). No soy yo uno de ellos.

Y ya lo dejo, pero con mi recomendación de que adquiráis este libro que tan rápido se lee y tan lento se digiere (por usar un término adecuado precisamente): Aprenderéis algo.

¿Qué?

 

 

 

 

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