SU DAÑO ESTÁ EN ELLAS MISMAS

Llevo dándole vueltas a este asunto de la parcialidad evidentísima en los juicios por violación o malos tratos o, incluso, muerte mediante. Y es que no resulta fácil de explicar tanta coincidencia en la magistratura para sabotear el derecho de las mujeres víctimas de los casos arriba citados, la comprensión benevolente de jueces y juezas ante el violador, maltratador o asesino y, lo que es aún peor y termina de rizar el rizo: la remota culpabilidad de la mujer vejada o muerta en los hechos, ya sea por poca defensa, vestimentas o actitudes provocativas y demás peregrinas opiniones al respecto, todas ellas coreadas por los medios de comunicación de masas, periodistas y/o tertulianos bien pagados o, simplemente imbéciles como ese matador de toros cuyo nombre no citaré aquí, y un largo etcétera de energúmenos en todas las tabernas de España.
Por supuesto, bien mirado este paisaje social desde los partidos de derecha y extrema derecha de nuestro desventurado país.
¿De dónde sale todo esto? ¿Quién sustenta la teoría, la ideología desde la cual todo está permitido si contra las mujeres se trata?
Nada existe en el mundo de los humanos que no tenga una justificación. Nada, ni guerras, ni masacres, ni etnocidios, ni asesinatos políticos o civiles, ni hambrunas, ni esclavitud ni…

Y en este caso que nos ocupa (en otros también, pero ciñámonos al tema): A la Iglesia católica, a sus teólogos. La teología sustenta vejaciones y muertes de mujeres, pero sobre todo su propia culpabilidad: es la mujer la culpable de sus propios males y lo es con todo el peso de ese inteligente artificio que es la teología.

MI problema en este caso es de índole espacial, porque comenzar a citar párrafos y párrafos de Agustín de Hipona, Padres de la Iglesia, Tomás de Aquino y otras preclaras mentes eclesiásticas se me hacía engorroso, largo y de difícil comprensión para el que no está habituado a leer este tipo de literatura ni sabe nada de la historia de la Iglesia ni de las bases que en la Alta Edad Media sostuvieron la superchería de las brujas y el nacimiento de la Inquisición, así que he recurrido a la novela, muchas veces reflejo del mundo y de las opiniones que por él medran o desaparecen y, también muchas veces, más plausibles y menos dictadas por la conveniencia del Poder, como suele serlo la Historia que nos enseñan desde la infancia.
Y entre los diversos novelistas, he recordado a uno que es compendio de poetas precedentes,  Milton, Shakespeare y Goethe: Thomas Mann, y su novela Doktor Faustus.
Es una novela culta no fácil de leer para la mayor parte de lectores por eso, porque es culta, porque hay que tener una base filosófica y religiosa amplia, incluso unos conocimientos musicales que no están al alcance de una gran mayoría. Esta novela es una imitatio del Fausto de Goethe, y como afirma Leopold Bloom (y yo siempre estaré de acuerdo con esta afirmación), Cualquier gran obra literaria lee de una manera errónea -y creativa- , y por tanto malinterpreta un texto o textos precursores, de forma que Mann, en su imitatio lo que consigue es una lectura errónea del Fausto antecesor que se resuelve en el Doktor Faustus que citaré seguidamente.
La novela está escrita en primera persona y es, en realidad, una biografía, la de Adrian Leverkühn narrada por su amigo Serenus Zeitblom, como digo, un texto no fácil (pero no imposible, claro: es una delicia para el pensamiento), que recorre la historia de Alemania en sus autores; su título original (hoy resumido) es Doktor Faustus. Das Leben des deutschen Tonsetzers Adrian Leverkühn, erzählt von einem Freunde  (Doctor Fausto. La vida del compositor alemán Adrian Leverkühn contada por un amigo). La escribió Mann en el exilio en los USA; en sus páginas aparecen opiniones de Strawinski, Schönberg, Adorno y otros exiliados en Los Ángeles, sobre todo Adorno (tan querido de Cortázar, recuerdo ahora). En sus páginas viven Nietsche, o Wolf… Y Mann construye su novela siguiendo la técnica compositiva de la escala cromática (doce notas) de Schömberg como se anunció en todas las ediciones. En fin, no seguiré hablando del texto sino para situar al lector en él: es mejor leerlo y observar en sus páginas, cómo Alemania se vende al nazismo, cómo a causa de esto cae desde las cumbres intelectuales y artísticas en que estaba a la mayor regresión y penuria de la que, desde mi punto de vista no ha salido, si no se cuenta el poder del dinero como una virtud sino como el producto de un país de mercanchifles y expoliadores. La Culpa ha dejado Alemania una falsa grandeza, un oropel ridículo. Y un montón de dinero.
Como siempre, me he desviado de mi propósito con este largo circunloquio pero ya vuelvo al asunto primero: La culpa de las mujeres en su propio daño, y ésta, sin más es la larga cita con la que quiero llamar a la reflexión:
¿Pero de dónde venía la tentación? ¿Sobre quién había de recaer la maldición por haberla provocado? Fácil era decir que la tentación procedía del diablo. En el diablo residía la fuente, pero el encantamiento procedía del objeto tentador, y este objeto, instrumento del Tentador, era la hembra. Con ello, la hembra era, al propio tiempo, instrumento de la santidad, ya que ésta era inconcebible sin el apetito tumultuoso de pecar. La gratitud que por ello era amarga. Era, al contrario, de notar, y característica al propio tiempo, que si bien el Hombre (sic), en sus dos formas era un ser sexual, y aún cuando la localización del demonio en los riñones se aplicaba mejor al hombre que a la mujer, la maldición de la carne y la esclavitud del sexo eran exclusivamente atribuidas a la mujer y así se llegó al apotegma: “Una hembra hermosa es como un anillo en la nariz de una cerda.”  ¡Cuántas cosas semejantes, y profundamente sentidas no se han dicho desde tiempo inmemorial sobre la mujer! Todas se refieren a la apetencia de la carne identificada con la hembra en tal forma que  lo carnal en el hombre es también de cuenta de la mujer. De aquí la palabra: “Encontré a la mujer más amarga que la muerte e incluso una buena mujer está sometida a la apetencia de la carne.”
El párrafo forma parte de una clase de teología a cargo del profesos itinerante Eberhard Schleppfuss que habla de la libertad (desde este punto de vista teológico, claro) y, más concretamente de la libertad del Diablo a quien Dios le da una especial libertad No en vano le dijo el Ángel a Tobías: “El demonio se apodera de aquellos que se abandonan a la lujuria.”
 Y siguiendo con la cita (larga, ¿eh? ¿Ha llegado alguien hasta aquí?) Bueno, va:
Podría preguntarse si no le ocurre lo mismo al buen hombre. Y de un modo más particular, al Santo. Sin duda, pero sobre todo ello era obra de la hembra que, como tal, representaba la lujuria sobre la tierra. El sexo era su dominio, y por el mismo nombre, Femina, que en parte significa Fe y en parte quiere decir menos, es decir, de poca fe, era natural su relación con los espíritus abominables de que este reino está poblado y natural también que pesara sobre ella la sospecha de brujería. Ejemplo de ello era precisamente aquella mujer que tuvo durante largos años relaciones con un íncubo en presencia de su dormido y confiado marido  (recordad a Rosemary en la peli de Polansky, Rosemary’s babe, La semilla del diablo en nuestro país, claramente inspirada en este texto)…
Un poco más adelante, Scheleppfuss cuenta una historia tremenda, repugnante y esclarecedora respecto al tema que tratamos: ¿Por qué es la mujer la culpable de su propio daño y no el hombre que lo causa? La historia se resume en que Heinz Klöpfgeissel, joven apto de cuerpo y con buena salud, se enamora, desea a una muchacha llamada Barbel y es correspondido por ella, pero la negativa del padre de ésta les hace imposible una boda, así que, a escondidas del padre, ellos se amaron apasionadamente y abrazados los dos, cada uno creía que el otro era el ser más bello de la tierra. Pero un día que el joven se fue con los amigos a una fiesta a Constanza y, por la noche, quisieron los amigotes ir en busca de putas a un garito local; él, Heinz, se resistía a ir con ellos, pero le tacharon de poco hombre y demás insultos y vejámenes como se suele, así que al final cedió. Sin embargo al encontrarse frente a la mujer alquilada no pudo por más que quiso levantar su ánimo y sufrió la correspondiente humillación. La mujer, no sólo lo ridiculizó, sino que sospechó que allí había algo anormal y sospechoso… Regresó a su casa y en cuanto pudo a su amada Barbel y con ella no tuvo problema alguno y gozaron dos deliciosas horas. Pero el muchacho se quedó, digamos, con la mosca tras la oreja y volvió de putas con el mismo resultado que la primera vez, cosa que nunca le pasaba con Barbel, y comenzó a sospechar de que ella algo escondía. Más adelante una mujer se le insinuó claramente, pero él se retiró avergonzado por las burlas e irritado por su comportamiento tan poco varonil.
¿Se le ocurrió pensar que Barbel llenaba todo su amor y que las demás, simplemente, no le atraían? No, lo que se le ocurrió es que su cuerpo había caído en las garras del demonio, así que viendo en peligro su honor y la salvación de su alma cantó todo en el confesionario; el confesor contó el caso a sus superiores, que llamaron a declarar a la joven que, al final, terminó confesando que le había untado la espalda con un ungüento por miedo a perder la fidelidad del muchacho; el ungüento se lo procuró una vieja y estaba hecho -decía la confesión- con grasa de un niño muerto sin bautizar, la vieja lo negó, pero la Iglesia la envió al brazo secular (La Inquisición no podía derramar la sangre de los interrogados, sólo podía presionar con la tortura simple: tortura,procedente de ‘torquere’  término del latín tardío que se refiere a torsión, torcimiento, curvar, pero nada de sangre, como se acepta ahora). La vieja, confesó,claro: Había cerrado pacto con el Diablo (un monje con pies hendidos de cabrón), profanado las cosas sagradas con las más horribles blasfemias obteniendo a cambio las recetas para todo tipo de pociones y panaceas.
Pero de lo que se trataba era de saber hasta qué punto la salvación del alma de la joven estaba en peligro, y a resultas de la totalidad de su confesión, resultó que sí, que estaba en peligro conspicuo y flagrante, así que no había más remedio que salvarla mediante el fuego de las garras del Diablo, por tanto la vieja y la joven, brujas confesas, fueron liberadas mediante el fuego a la vista de todos, Heinz incluido que, al ver reducido a cenizas su amor, se sintió liberado y con toda su hombría en regla.
De ahí, que necesariamente la culpa de los males debidos al deseo y la lujuria de los hombres sea exclusivamente cosa de las mujeres, puesto que son ellas las que de una u otra forma provocan la virilidad y excitan el deseo hasta el punto de perder ellos la noción del daño puesto que no son ellos los que lo causan sino las propias mujeres las que lo piden a causa de su propia fatalidad.
Y, como conclusión, una observación sobre nuestro cuerpo de judicatura: ¿No está acaso perfectamente inficionado de jueces ultra católicos, gente del Opus Dei, que se basan en estas “Verdades directamente inspiradas por Dios”, sus profetas, exegetas y teólogos en general. ¿O pensabais que están ahí solamente de figurones y para pasar el rato?
Seguid votando a las derechas y permitiendo que la Iglesia mantenga su poder político y financiero y seguiréis oyendo cada vez que le pillen a uno de sus miembros tirándose niñas  que fueron ellas, las niñas, las que me provocaron; el Diablo por medio de ellas.
Y todos tan amigos.
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