SANTAS LECTURAS

En el capítulo 81 (página 185) de la (las) Gesta Romanorum : exempla europeos del s. XIV  (Akal, 2004) se escribieron en 1342 y son un florilegio de Ejemplos moralizados se supone que para uso de predicadores. Hay de todo, es decir, de todo se nutren: hagiografías, mitos, cuentos, leyendas, lays, etc, todos muy populares en la época y que, vistos desde nuestro siglo (y nuestros ojos, de los cuales mucha gente aún carece o quiere carecer como propone Boris Vian en su relato El amor es ciego) son realmente grotescas y siempre divertidas.

Si me perdonáis la redundancia propongo de los Exempla un ejemplo. ¿Que no? Pues una verbigratia: La tremebunda historia del Nacimiento del Santo Padre Gregorio, que recoge (y amplía con verdadera devoción) la tragedia de Sófocles, Edipo rey (Edipo quiere decir en nuestra lengua pies grandes o hinchados, puesto que su padre, Layo le atravesó con fíbulas los pies antes de abandonarlo). En fin, en este ejemplarizante cuento se relata cómo Gregorio, a pesar de su pecaminoso y horrible origen , además aún de su vida de abominable recuerdo, nada pudo impedir su elevación al trono de San Pedro.

La cosa (muy resumida) es así: Resulta que dos hermanos, es decir, hermana y hermano, hijos de reyes, se amaban, al principio fraternalmente pero una vez entrados en la juventud su amor se convirtió en una pasión sexual irrefrenable, así que los dos, ya infatuados totalmente, se amaron, se amaron y se amaron, a resultas de lo cual ella quedó embarazada y, en consecuencia, llegó al mundo un niño, más tarde muchacho, de inefable hermosura, un bellísimo fruto incestuoso del que parte esta historia moral que tengo el gusto de contaros para vuestro solaz y ejemplo.

En fin, el padre, buscando la remisión de su enorme pecado se arma y parte a Tierra Santa como cruzado: allí muere en hecho de guerra y, mientras tanto la vida lleva al hijo por caminos inciertos y peligrosos, puesto que la reina, decidida a no permitir el bautismo del fruto ilegítimo y sacrílego de su hija, encierra al retoño en un tonel junto con su cuna, una tableta explicativa y oro suficiente para la cría y sustento. Y lo confía al mar. Siete días festivos más tarde las olas y la marea depositan el tonel con el niño vivo aún (y no sabemos cómo, pero Dios Nuestro Señor todo lo sabe) en una playa vecina a un monasterio cuyo abad, Gregorio de nombre y de gran piedad, bautizó al fortuito y errabundo marino y le puso su propio nombre. El muchacho, tan agraciado como dije, y gran inteligencia natural, recibió en el monasterio una educación exquisita y piadosa a resultas de la cual estuvo preparado para lo que había de venir.

Su madre, sabiéndose pecadora y no confiando en la cristiana remisión de su pecado, se negaba a casar, no sólo por su sentimiento de culpa sino porque en lo más íntimo de su ser guardaba por su hermano muerto una sacrílega y inquietante fidelidad, y se negó, incluso cuando un poderoso príncipe extranjero del que nada más sabemos pidió su mano, de manera que airado en grado sumo por el desaire, le declaró la guerra, invadió sus territorios y ocupó la mayor parte de ellos excepto -claro- la última plaza fuerte, el bastión de la ahora reina soltera, que no doncella.

Sucedió que Gregorio, ya sabedor de su origen incestuoso y en camino penitente al Santo Sepulcro llega a la ciudad en que su madre resiste ya sin esperanza al conquistador. Habiendo tenido conocimiento de la desgracia de la reina le ofrece su ayuda y con ella la ultima resistencia, dando en combate la muerte al colérico príncipe desairado. La reina le recibe, le escruta pero no le reconoce y, aprovechando su agradecimiento y buena disposición, los cortesanos le proponen a este joven salvador tan agraciado y de tan buenas maneras que indican una noble procedencia, le proponen, digo, la boda con él; ella vacila, pide tiempo: un solo día; reflexiona y, sorprendentemente, accede, de forma que la suma de horrores se adueña de la escena, puesto que en el fondo de la alegría popular y la celebración del himeneo entra el hijo de la reina en el lecho y el cuerpo de su madre, amándose ambos con amor verdadero. Se deja llevar la reina de sus recuerdos, por ejemplo, cuando sabe de la muerte de su esposo y hermano; recuerda su amargo lamento: Se fue mi esperanza, se extinguió mi fuerza, mi único hermano, mi segundo yo; recuerda cómo se lanzó sobre el cadáver, lo cubre de besos, la apartan de él por la fuerza, y entonces… Entonces descubre la tableta que su esposo guardaba celosamente en un secreto gabinete y, de repente, la verdad amarga y definitiva llega a su pensamiento, y sabe que su esposo es su hijo. Dice: Oh, mi dulce hijo, eres mi único retoño, mi esposo y mi señor, eres mi hermano y de mí el único vástago, dulce hijo mío. y Tú, mi Dios, ¿por qué me dejaste nacer?

Y aún se pensó afortunada porque no le había dado un hijo a su esposo, un hijo, que hubiera sido su hermano, un hijo que hubiera sido nieto suyo… Oh, cuánto desastre.

Y marchó Gregorio en busca de su penitencia y su expiación. Marchó descalzo y a pie y dio con pescador que se percató enseguida de su alcurnia, y le rogó al pescador que le ayudara a encontrar la más sola de las soledades y el pescador, quiso y le llevó a un apartado peñasco del oleaje batido constantemente y allí quiso ser encadenado con grilletes anclados en la roca y al mar fue la llave de los grillos que ahora rodeaban sus tobillos. Y así pasó.

Y sucedieron los años, tantos como diecisiete de dura penitencia, que no sabemos de qué se alimentó, qué agua bebió, y una vez pasado ese tiempo Dios Nuestro Señor escuchó su súplica y le dio el perdón y sucedió el milagro, pues en Roma, el Papa había muerto y una voz del cielo se oyó, y dijo: Id en busca de Gregorio, el hombre de Dios y nombradle mi Vicario en la Tierra. Y de todos los mensajeros, uno le encontró por medio del pescador, que recordaba hecho y posición del peñasco en la mar y, además, pescó de paso un pez que, en la barriga, llevaba la llave de los grilletes que aprisionaban a Gregorio, y cuando el mensajero le dijo que Dios le había destinado a ser Su Vicario, Gregorio ni se inmutó y dijo consecuentemente: Si tal es el deseo de Dios, que su voluntad se cumpla.

Llego a Roma, repicaron las campanas sin necesidad de campaneros como diciendo: “Nunca, en la historia de la cristiandad, había Roma tenido un papa tan piadoso, recto y sabio. Y tanta fue la repercusión de estas novedades que la noticia llegó a su madre y antigua esposa convenciéndola de que quién mejor para curarla habría en el mundo que este santo varón. Y allá que se fue a Roma a confesar sus pecados al Papa, pero éste, escuchada su confesión, la reconoce: Oh mi dulce madre, hermana y esposa. Oh mi amiga. El Diablo quiso y creyó conducirnos al Infierno, pero Dios ha sido más fuerte y lo ha evitado.

Acto seguido ordenó construir un claustro y, una vez consagrado, hizo de él abadesa a su madre, y con el tiempo, ambos murieron y eternamente vivieron  en el seno del Señor.

 

… Bueno si alguna vez habíais leído una historia tan desmesurada, divertida y sacrílega, destinada a la amonestación del pueblo llano y a mayor gloria de Dios, pues no tenéis más que decirlo, y si no, simplemente espero que hayáis pasado un buen rato leyendo estos excesos que produce la fe religiosa, fe que armada resulta peligrosa siendo estos relatos de (las) Gesta romanorum simplemente perniciosas para la salud mental de los cándidos oyentes candorosos, papanatas y supersticiosos.

Vale.

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4 pensamientos en “SANTAS LECTURAS

  1. Todo cuadra hasta que aparece un tal Guillermo a suplantar al Gregorio de tan altísimo destino, menos mal que Dios se da buenas mañas y que después de tanta penitencia uno queda irreconocible. Bonita historia.

  2. Sobre todo para el pez que llevaba la llave en la tripa, jejeej.
    Lo más cachondo es que, después de tantos años en el fondo del mar (como corresponde a una llave) y hasta las patas de herrumbre, funcionara a la primera. ¡y sin tresenuno: eso es un milagro, coño!

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