DE SIRENAS Y OTROS MALES: EN CONTRA DEL AMOR ROMÁNTICO

En el fondo del más azul de los océanos había un
maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar,
un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba
blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral
multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas,
cinco bellísimas sirenas.

 

Así comienza La Sirenita, el cuento de Hans Christian Andersen (1805-1875) que, a pesar de haber podido nacer en Ourense lo hizo en Odense, una errata que nos obliga a leerlo en traducción ¿qué le vamos a hacer?

Antes de nada afirmaré que es la risa lo que podría sanar los males del mundo, pero el mundo ríe cada vez menos: llora y se lamenta como si ya estuviera en una estampa de Doré, allí, en el Infierno del Dante.

Afirma Agustín de Hipona (De civitate Dei) que Cam, hijo de Noé (y padre de Zoroastro), ha sido el único humano que, naciendo, rió, dizque debido al diablo, quiero suponer que será porque una de las etimologías para Cam es ‘quemado’ o quizás ‘caliente’, lo que a Agustín eso le haría pensar en el diablo. El caso es que nació desternillándose de risa, aunque no se tiene constancia de que eso viniera bien para sus asuntos a no ser que se refiera a Génesis 9, 20-27 en que Cam ve a su padre en cueros y (se supone) que o bien lo violó o bien lo emasculó o ambas cosas, con lo cual Noé (con razón, coño, que estaba borracho) lo maldijo y lo hizo siervo de Jafet y de Sem.

¡Me encantan las digresiones!

Y sigo con La Sirenita aunque reír, lo que se dice reír, la pobre no termino riendo: yo soy el que río (poco) al observar cómo se generan y persisten los tópicos y se establecen tradiciones y costumbres, si ir más lejos, este de que van las siguientes líneas que, como siempre, no serán demasiadas: No temáis, oh cerebros lectores.

De las cinco (bellísimas) sirenas, una, y sólo una era artista: sabía música y cantaba con maravillosa voz acompañándose del arpa no eólica, claro, sino poseidónica, puesto que en el reino de Ποσειδῶν​ vivía. ¿Y cómo suena una arpa poseidónica? Pues la verdad es que no lo sabemos, pero había de sonar muy bien, lo mismo que la voz de la sirenita, puesto que todos los peces, balénidos, tanto los balaena como los eubalaena, los bentónicos, los nectónicos y los pelágicos, medusozoas, y demás habitantes del océano, holoturoideos incluidos acudían maravillados a extasiarse con aquella música que la sirenita les regalaba.

Balaenoptera musculus acudiendo al concierto

De hecho, casi siempre estaba cantando y (aquí está la trampa) cuando lo hacía, miraba de vez en cuando la débil luz que de la superficie se filtraba apenas, y es que deseaba conocer el mundo del aire, el mundo seco, el mundo de las flores y los sonidos de la voz de los hombres esparcidos a una velocidad media de 343,2 m/s, y no a 1500 m/s, que era a lo que estaban todos acostumbrados en las saladas profundidades. En fin: soñaba con viajar: como todo el mundo. Estar en otra parte que donde se está.

Ten paciencia -le decía la abuela- cuando tengas quince años ya serás mayor  y tu padre te dará el permiso para subir a la superficie que anhelas.

Y la Sirenita seguía soñando con el mundo de los hombres, que sólo conocía por los relatos de sus hermanas mayores: siempre soñando con lo que no tenía… ¿Y qué hacía mientras tanto (aparte de cantar como he dicho más arriba)? Pues las cosas propias de las sirenitas: cultivar su jardín de plantas hidrófitas o higrófitas, las briófitas como los arquegonios o arqueridios, las vallisnerias, ceratophyllum, etc. La miriophyum  acuaticum, tan recia como elegante, la azolla ficuloides, grácil y flotante, o la aldovanda vesiculosa, carnívora submarina que, aún siendo más amiga de aguas ácidas, la sirenita había logrado adaptarla al medio salino de su jardín y ese largo y bellísimo catálogo particular de las plantas preferidas de nuestra Sirenita.

aldovanda vesiculosa,

Venían delfines, hipocampos y demás syngnathidae, todos tan enigmáticos; venían los estilizados y rápidos selaquimorfos; veían Mola mola, con sus mil kilos de peso, lo que les colocaba entre los peces óseos más pesados del océano, lo cual no les quitaba un ápice de afabilidad… En fin muchos habitantes de las profundidades venían a admirar el jardín, mucho excepto las asteroideas todas: Spinulosida, Valvatida, Velatida​,  Forcipulatida,  Notomyotida y demás, dado su carácter algo arisco y quisquilloso: De ninguna manera respondían a las llamadas de la princesita, ya veis qué cosas.

Bueno, al fin llegó el momento en que su padre, acariciando sus largos cabellos, le dio el permiso tan deseado, pero le advirtió o más bien le reiteró los consejos sobre el peligro de la superficie:

Puedes respirar aire, puedes ver los cielos, puedes escuchar los extraños sonidos de los hombres a 343,2 m/s, cosa admirable… pero has de tener siempre, siempre en cuenta que aquél no es nuestro mundo y sobre todo que no somos como los humanos, que son seres animados careciendo nosotros de ese ánima que a ellos de algo les servirá pero que para nosotros es un enorme peligro. ¡Aléjate de los hombres: son portadores de la desgracia!

Charrán (fotografía de Carlota Barrenetxea)

Y subió, la cándida, nuestra sirénula, y vio el ocaso del sol y las estrellas rutilantes y la luna brillando en lo alto como una sonrisa errante y escuchó Sterna hirundo, larus michaellis, Stercorarius parasiticus y Calionectris  diomedes, los admiró en sus vuelos rapidísimos, precisos y elegantes. Y fue feliz y palmeaba las manos y lágrimillas de alegría jaspeaban sus mejillas delicadas.

Págalo (fotografía de Carlota Barrenetxea)

¿Y qué más vio? Pues vio el asombro: una nave se acercaba a su escollo y, ya a sotavento (ah, el viento: cómo sorprendió a la Sirenita) fondeó meciéndose en las tranquilas aguas.

Y los vio: vio a los hombres y escuchó sus voces y admiró aquellos que sus hermanas le describían sin que ella pudiera comprenderlo del todo: sus piernas. Y vio su cola plateada y se entristeció porque no podría hablar con ellos, estar con ellos, y entonces observó agitación a bordo y escuchó como una saloma:

 

 

¡Viva nuestro capitán!                                                                                                                                                                                                                                                                                            ¡Vivan sus veinte años!                                                                                                                                                                                                                                                                                            ¡Viva su juventud y su pericia marinera!

Y, claro, quedó maravillada, pues era música como os dije, y la saloma sonaba muy bien en Mi mayor, y era, por tanto muy alegre, pero lo que más le maravilló fue el destinatario del alborozo en cubierta, pues era alto y moreno y se distinguía perfectamente la nobleza de su porte, y sonreía… ¡Ah, su sonrisa franca, ah sus preciosos ojos y dulce mirada…! La Sirenita quedó extasiada, con una sensación de alegría y dolor, y una extraña presión le oprimió el corazón.

Y entonces se afoscó el horizonte y un viento frío recorrió la mar y el viento frío arreció y las olas batían contra la nave cada vez más furiosas. Y del cielo afoscado surgieron relámpagos y truenos: La borrasca había sorprendido a la tripulación y, aunque el joven capitán mantuvo la calma y mando arriar el ancla, ya no daba tiempo a nada, entones la nave levantada en vilo rompió la cadena, y en el fragor cayeron mayor y mesana sobre cubierta y el buque comenzó a hacer aguas por las costuras y, finalmente, se hundió, mientras la sirenita gritaba y gritaba.

Vio cómo caía el guapo joven, cómo se hundía pues en aquellos tiempos los marinos no sabían nadar pues pensaban (y con razón) que era mejor morir rápido que lentamente luchando contra las aguas y el frío que portaban. Entonces ella fue al rescate, pero después de nadar rápidamente de un lado para otro ya no lo veía y comenzaba a desistir angustiada, pero entonces lo divisó, cayendo rápidamente al abismo que para él era la muerte. Inconsciente lo tomó en sus brazos y lo mantuvo en superficie hasta que amainó la galerna, y lo transportó a la playa depositándolo en la arena con cuidado de dejar que el agua lamiera su preciosa cola mientras frotaba sus manos y su cuerpo para darle calor. Pero entonces un murmullo de voces que provenían de tierra la obligó a retroceder hacia el mar.

¿Qué sucedió entonces? Pues lo que vio la Sirenita fue cómo unas damas se acercaban gritando tontamente al cuerpo del capitán: Corred, corred: hay un hombre en la playa -decía- seguramente es de la nave que ha desparecido en la tormenta; llevémosle al castillo, pidamos ayuda. y, por supuesto, vio también como el bello capitán recobraba el sentido y agradecía a la dama el haberle salvado ya que nada sabía de la Sirenita.

¿Y qué conclusión sacó ella de esta situación sabiendo que la dama (¡la otra!) quedaba a los ojos del capitán, el del apuesto cuerpo, como salvadora de su vida y él como deudor de la misma? Pues la de siempre en estos casos: De ninguna manera podría olvidar las horas que, inconsciente, le tuvo entre sus brazos; de ninguna manera la opresión de su corazón de sirena cesaría ni el anhelo del bello náufrago le dejaría en paz. Lloraba la Sirenita, desconsolada lloraba sin cesar; en su apartamento encerrada, sin comer, sin beber, sin compañía, lloraba y lloraba la pérdida de lo que nunca tuvo ni tendría, pues el capitán -un hombre animado- jamás podría ser suyo. Su amor -enorme y desdichado- resultaba imposible.

Ningún consuelo, pues.

No lo sabréis, seguro que no, pero resulta que en lo más profundo de los abismos, más profundo aún  que la Fosa de las Marianas con sus casi doce mil metros de profundidad y una presión de más de 110.000 kPa , siempre velado para los humanos de entonces, de ahora y de siempre, en aquel abismo, digo, vivía una hechicera a quien se podía ¿pero a qué precio? recurrir en casos desesperados, y allá fue la Sirenita en su aflicción para ver qué se podría hacer para calmar el terrible dolor de su corazón, porque algunos piensan que todo tiene solución si se tiene voluntad, cosa que es absolutamente falsa, pero a veces se confunden los deseos con la realidad; eso se llama mitomanía o pseudología fantástica y pasa lo que pasa, porque la hechicera le dijo las cosas claras, pero la Sirenita las vio borrosas, tal como deseaba; le dijo: Quieres deshacerte de tu cola de pez y tener piernas como el capitán al que amas; quieres que el capitán te ame y piensas que te amará gracias a tus piernas: puedes tenerlas, pero sufrirás de manera atroz y  cada vez que apoyes tus pies en el suelo el dolor será terrible.

Otra pregunta obvia: ¿Qué contestó la Sirenita ante semejante panorama? ¿Desistió apelando a la prudencia? ¿Se conformó y decidió adaptarse a la realidad? ¿Supo que el dolor que sentía sólo era deseo y pensó que era un capricho que se podía sustituir fácilmente? Pues no: Pensó, decidió que era amor; inventó la palabra: Amor, en vez de llamar  a las cosas por su nombre.

En el mundo de las sirenas no había ningún motivo para confundir el amor con el deseo, no como en la superficie en que un mal día apareció Petrarca sobre la tierra e inventó el amor poético para beneficio del Poder y maleficio de las gentes, que hasta entonces se revolcaban alegremente como describían Juan Ruiz y otros juglares, sin embargo, la Sirenita, quizás al verse tan cerca de la nave que naufragó, de la tripulación y del bello capitán se inficionó y, sin saber que ya estaba tergiversado el amor, creyó que lo inventaba y lo inventó, así que contestó a la hechicera:

No me importa nada, no me importa el dolor ni el sufrimiento, nada con tal de estar con él.

Y a partir de esta estúpida declaración se convirtió in pectore en una esclava. Pero aún hubo más:

Aún hay más -dijo la hechicera-: deberás en pago darme tu voz y quedarás muda, y advierte que si tu capitán se casa con otra tu cuerpo desaparecerá y será espuma en la cresta de una ola.

Acepto todo -insistió la Sirenita. Por amor acepto: Dame el pomo de la poción.

Y subió con el pomo a la superficie y se dirigió a la playa y se arrastró por la arena y abrió el pomo. Y bebió.

Perdió el sentido y cuando lo recobró en medio de un molesto dolor de cabeza abrió los ojos y vio a su capitán que, paseando por la playa la descubrió allá tumbada y, recordando que él había estado en la misma situación se arrodilló cerca de ella y cariñosamente cubrió con una manta el cuerpo que trajo aquel cuerpo, y al verla ya consciente le dijo: No has de temerme ¿de dónde vienes? ¿quién eres? Pero la Sirenita había pagado sus piernas con la voz y quedó muda. Dijo el capitán: Iremos al castillo y te curaré.

Entonces vivió la Sirenita unos días maravillosos acompañada por el amable capitán que era (estaba previsto) un príncipe y que la llevaba de paseo de aquí para allá y habiéndola vestido con preciosas telas, la colmaba de atenciones, incluso un día la invitó a un esplendoroso baile en la enorme sala de recepciones del castillo. Y la Sirenita supo entonces que cada paso que daba en el baile le respondía con un terrible dolor que era el precio por vivir al lado de su amado, que, sin embargo, a pesar de su amabilidad pensaba constantemente en la otra, la dama que le había salvado en la playa hacía tiempo y a la que no había vuelto a ver. A él le pasaba lo mismo que a la Sirenita: Quería lo que no tenía. así suele pasar. Y como la Sirenita fue tonta en su decisión absurda de ceder libertad por amor pero no tanto como para no darse cuenta de que el capitán/príncipe, afectuoso con ella, no dejaba de pensar en la dama desconocida, sufría en silencio y lloraba desconsolada cuando quedaba a solas en su dormitorio, dormitorio que el príncipe/capitán jamás holló.

Pero lo peor -el destino evidente, la soga con la que, una vez tejida, se ahorca quien no sabe verlo- aún había de llegar, y llegó en forma de una enorme nave que a la costa se acercaba y que el príncipe quiso ir a recibir acompañado de la muda Sirenita, y resultó que de la nave bajó la dama de la que estaba enamorado el príncipe, estando ella también de él enamorada porque -como ya he dicho- en tierra se confundía amor con deseo desde hace tiempo y no había manera de arreglar eso según parece.

Veréis, sucedió lo que tenía que suceder: se casaron dama y príncipe y salieron en la gran nave de viaje de novios llevando a la Sirenita consigo como doncella de compañía, y ella recordó la profecía de la hechicera y se dispuso a morir; entonces, procedente del mar oyó las voces de sus hermanas.

Puedes salvarte, hermanita: hemos negociado con la hechicera nuestros cabellos a cambio de este puñal que te traemos; es un puñal mágico y si con él matas al príncipe (y con él al romántico amor que como cáncer te devora) volverás a ser una sirena como nosotras, olvidarás toda esta tontería y reirás de nuevo.

Pero ya os conté al principio que la Sirenita olvidó reír, de manera que tomando el puñal entró furtivamente en el camarote de los esposos y lo alzó sobre él, pero cuando vio su semblante feliz en el sueño se volvió, subió a cubierta y por la borda arrojó a las aguas el puñal y tras él fue ella dispuesta a esperar en las aguas al amanecer en que se convertiría en espuma de las olas al contrario que Afrodita que, de la espuma de las olas surgió a la playa para traer el sexo placentero, alegre y feliz hasta que los hombres decidieron preferir el amor con el que sojuzgar a las mujeres.

Y para que veáis cómo se urden las mentiras convertidas en finales ilusoriamente felices he aquí el final del relato:

Amanecía en la mar; el primer rayo del orto barrió casi paralelo la superficie sacándola de su negrura y trayendo consigo la muerte de la Sirenita que abúlica flotaba esperándola, y, de repente, una fuerza vertical la abdució a lo alto, al cielo y mientras las nubes se teñían rosas y el mar aumentaba su brillo y se hacía azul oyó como campanillas la Princesita, y las campanillas eran voces que le decían:

Princesita, Sirenita, ven con nosotras.

¿Qué son esas voces, quiénes sois? ¿De dónde venís? –dijo pues milagrosamente había recuperado la voz- Somos las hadas del cielo y en el cielo estás; somos inanimadas como tú y no como los humanos que tienen alma para manipular la realidad, y es nuestro deber premiar a quienes hayan mostrado buena voluntad con ellos -respondieron.

Miró abajo la Sirenita y vio la nave llenándose sus ojos de cálidas lágrimas que caían al mar. Y decían las hadas: Tus lágrimas y las nuestras, pues también hemos pasado por lo que tú pasas son el rocío que baña la tierra al amanecer. ¡Ven con nosotras allá donde falta el aire y los humanos no pueden vivir! Llevaremos viento y consuelo a las que su sufren y, cuando pasen para cada una de nosotras trescientos años, recibiremos un alma inmortal, seremos animadas, y participaremos de la felicidad de que gozan los humanos. Como nosotras, has sufrido y merecido la victoria y ahora, como espíritu del aire sólo has de esperar que pase el tiempo para obtener tu alma por tus buenas acciones -le dijeron.

Y entonces la Sirenita lloró ya abundantes lágrimas, bajó -espíritu invisible- a la nave, abrazó a la princesa, sonrió al príncipe y subió a lo alto con sus nuevas hermanas que no eran, como podéis observar, sino mujeres que, presas del amor, habían sucumbido a la esclavitud que Amor impone y ahora, en vez de olvidarse de todo y vivir una vida libre y feliz, sólo esperaban a volver a lo mismo después de penar una culpa de la que en verdad carecían: La Culpa es el Alma, pero ellas seguían sin saberlo. Y como los cuentos terminan como han de terminar, la Sirenita subió al cielo envuelta en una nube de color rosa.

¿De qué otro color podría ser si no?

Andersen el embaucador y su nariz de mentiroso

 

 

 

 

 

 

 

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