LA FORJA DE UN REBELDE

Es cierto que hay que leer a Galdós para entender nuestra historia pasada: las llamas de ayer, los rescoldos de hoy, pero hay otras llamas entre aquellas y estos, y esas las describe a la perfección otro escritor aún menos leído que Galdós y no menos importante: Arturo Barea (Badajoz, 1897-Faringdon (UK), 1957)
No voy a escribir un artículo sobre Barea sino tan sólo comentaré o entresacaré sucintamente algunos textos de su trilogía autobiográfica titulada La forja de un rebelde en sus partes La Forja (1941), La Ruta (1943) y La llama (1946)  publicada en Inglaterra, en el exilio, y por primera vez en castellano, en 1951, en Buenos Aires. En España apareció mucho más tarde, claro, en 1977, por Turner, que es la edición que conservo yo en mi casa; en realidad, tengo dos, la del 77 y la de 1984 (también de Turner) porque el deterioro de la primera hacía ya poco manejable su lectura.
En la primera, La Forja, describe su niñez en Madrid adonde su madre, viuda, lleva a sus cuatro hijos viviendo en un tugurio del Avapiés (Lavapiés actual) y trabajando ella de lavandera. Describe sus estudios en las escuelas pías, su imposibilidad de continuar los estudios estando muy bien dotado para ello, sus primeros trabajos: como recadista sin salario de un banco, aprendiz, oficinas…
El segundo título, La Ruta, trata del servicio militar en Marruecos donde describe a la perfección el ambiente de corrupción militar, siendo la única idea desde el último cabo hasta los generales, el enriquecerse mediante el expolio a los recursos del ejército y de los soldados reclutados obligatoriamente (a no ser que, como en Cuba pudieran pagar su exención del servicio). Describe muy plásticamente a personajes como Millán Astray o Franco en sus ansias de poder y su corrupción.
El tercero, La Llama, nos sitúa ya en el fallido golpe de estado de los generales y la consiguiente rebelión armada que devino en guerra civil. Su descripción es tan valiosa como precisa puesto que Barea lo ve todo -todo- y todo lo guarda y lo traspasa al papel, de ahí que quien realmente quiera saber qué pasó ha de leer La Llama, pero para entender La Llama, el lenguaje y discurso de Barea tendrá que leer los dos anteriores. Y por orden. Porque Barea tiene algo muy valioso: su honradez: nada escapa a su memoria y nada oculta al lector -ni a la historia-, pero además, Barea es un hombre muy inteligente y con el don del relato, pero su imposibilidad de seguir estudios académicos le convierte en un autodidacta, lo cual le hacer recurrir al lenguaje popular y eso hace de su relato algo precioso (de precio) sobre todo en su primer libro, ese en el que la miseria y la precariedad de la clase trabajadora española se describe tan plásticamente.
Y, por cierto que tanto se va pareciendo a la actual, y si no leed esto que extraigo (La Forja, pp. 264, 265):
-En los anuncios de El Liberal venía hoy buen anuncio: “Se necesita un contable. Empleo fijo” Aunque ya sé que ninguna oficina abre hasta las nueve de la mañana por lo menos, me fui allí a las ocho y media. Estaban ya cinco antes que yo.(…) A las diez había lo menos doscientos desde la puerta del primer piso hasta la mitad de la calle. Nos mandaron entrar a los diez primeros (…) Al lado hay una habitación con un mostrador el dueño, y allí se metió el dueño de la casa con el primero  (…) Lo empezó a preguntar su nombre, dónde había trabajado, etcétera
(…) El hombre trabajaba bien. Se veía que era un empleado que conocía su oficio (…)
-Bien, me gusta (…) ¿Cuánto quiere ganar usted?
– Lo que la casa tenga por costumbre pagar por el puesto.
No, no (…) dígame cuáles son sus aspiraciones.
Pues mire usted como contable en una casa así, de la importancia de la suya, no estaría mal unos sesenta duros al mes.
-¿Trescientas pesetas? ¡Usted está loco! ¡Trescientas pesetas! No amigo mío; éste es un negocio modesto (…) A ver, el segundo.
– Señor, aunque fuera menos, me podría quedar
– No, no, de ninguna manera (…)
Se volvió al segundo con una risita:
-¿Usted también tendrá pretensiones?
-Con treinta duros me arreglaría: llevo sin trabajar tres meses.
Entonces el sexto, un muchacho muy fino con lentes de oro, se levantó:
Yo soy perito mercantil y poseo el francés y el alemán, cosa que a usted puede interesarle. A Dios gracias no necesito sueldo para vivir. Así que para tener para mis pequeños vicios no necesito nada más.
(…)
-La plaza está cubierta -nos dijo a todos-. Y usted desde mañana puede venir a trabajar. Le daré cien pesetas al mes, y ya veremos más adelante cómo van las cosas…
¿No os suena esto? Lo que ya no suena igual es cómo sigue, pero para eso habrá que leer el libro.
Repito: La cualidad más conspicua de esta trilogía, de la prosa de Barea es su sinceridad y su testimonio de primera mano siempre acompañada por un lenguaje económico: apenas hay adornos ni metáforas que oculten la realidad.
Por ejemplo, en la parte en que se habla de la corrupción en la campaña de Marruecos, del enriquecimiento de los militares desde el último sargento hasta el más encumbrado general, no se utiliza un lenguaje panfletario ni nada por el estilo, sino los hechos sencillos del robo cotidiano y de cómo hacerlo:
(…)
-No parece ser muy difícil.
No. Esto no es difícil. Un estado de cuentas se manda cada mes al Tribunal de Cuentas, donde lo aprueban y lo archivan. Y el punto es que bajo ningún concepto tiene nunca que ser rechazado un estado de cuentas. Para eso, cada anotación debe tener su comprobante correspondiente. Y aquí tiene usted la llave más importante de nuestra contabilidad: EL COMPROBANTE.No hay comprobante, no hay dinero. Esta es la regla.
Tampoco eso me parece muy difícil.
– Ah, pero es difícil. La cuestión del comprobante es la más difícil de todas. Voy a darle un ejemplo y verá usted por qué: De acuerdo con el presupuesto, cada soldado tiene derecho a un par de alpargatas cada tres meses. Cuando se le dan sus alpargatas, se le anota en su hoja de vestuario. Eso sirve de prueba de que las ha recibido y ya no puede reclamar otro par. Ahora bien, la compañía tiene cien hombres, y cada tres meses Intendencia da cien pares de alpargatas para la compañía. El suboficial de la compañía firma un recibo por estos cien pares. Eso prueba que la compañía ha recibido sus cien pares y no puede reclamarlas más.El depósito de Intendencia precisa cada año, digamos ochenta mil pares de alpargatas. Se da la orden al almacenista o al fabricante, e Intendencia firma el recibo de estos pares, con lo cual el fabricante se presenta a cobrar su dinero. Nadie puede hacer una reclamación porque, como usted ve, cada uno tiene su comprobante.
(…)
Pocas alpargatas duran tres meses. Si un soldado pide otro par, después de uno o dos meses, se le dan las alpargatas, pero el coste se le descuenta de su haber. El coste total, no la cantidad proporcional al tiempo que le falta hasta que le den nuevas alpargatas. Cuando debía corresponderle un nuevo par de alpargatas, el soldado espera y espera, hasta que el cabo se decide a pedírselas al suboficial.
-Pero hombre, ¡te han dado alpargatas a primeros de mes!
-No señor -dice el soldado.
-¿Cómo que no? Mira la hoja del vestuario, tus alpargatas están tachadas. Pero en fin, si no estás conforme, reclámaselas al capitán.
 Claro es que ningún soldado es tan idiota que vaya a quejarse del suboficial, pero como realmente necesita otras alpargatas, se calla y las pide a descuento.
Es decir, que a la corta o a la larga cada soldado se paga sus alpargatas.
(…)
Y de esta forma se sigue explicando cómo se sacan los dineros del soldado, por una parte y del Estado por la otra: Hay mucho que repartir. Y cualquiera que haya pasado por el servicio militar obligatorio y no las pasara papando moscas podrá contar cómo se sacaban cantidades ingentes de dinero simplemente en el abasto de las cocinas: El Ejército es una enorme fuente de corrupción. Y no sólo en España, pero en España vivimos nosotros.
En el último volumen de la trilogía, La Llama, Barea describe, como siempre sólo aquello de lo que es testigo directo, en este caso, la Batalla de Madrid desde la rebelión de los generales africanos hasta su salida, primero a París y más tarde a Londres. También como siempre cuenta los hechos de manera neutra (no neutral, entiéndase), es decir: a pesar de militar él mismo en la UGT, no esconde hechos que siendo indecentes no por ello fueron menos ciertos; asimismo coloca en su justo campo ecológico la quema de algunas iglesias de Madrid.
Extraigo tan sólo dos párrafos de las 416 páginas del volumen: poco, es cierto, pero da una idea general y no quisiera pecar de prolijo en un pequeño artículo que sólo pretende avivar el deseo de lectura en quienes tienen a bien leerme. El primero procede de la página 250 de la edición citada:
Me ahogaba el sentimiento de impotencia personal frente a la tragedia. Era amargo pensar que que yo era un entusiasta de la paz, amargo pronunciar la palabra pacifismo. Me había convertido en un beligerante. No podía cerrar los ojos  y cruzarme de brazos mientras se asesinaba impunemente a mi propio país, sin más finalidad que el que unos pocos se hicieran los amos y esclavizaran a los supervivientes. Sabía que había fascistas de buena fe, admiradores del pasado glorioso, soñadores de imperios que desaparecieron para siempre, conquistadores que se creían en una cruzada; pero no eran más que carne de cañon del fascismo. Los otros, los herederos de la casta que habían regido España durante siglos, los que yo había conocido manejando la guerra en Marruecos, con su corrupción estupenda, con sus glorias retiradas, cebándose en latas de sardinas podridas, en sacos de judías llenos de gusanos: esto era lo que había que combatir. No era cuestión de teorías politices, sino de vida o muerte. Había que luchar contra los enterradores; los Franco, los Sanjurjo, los Millán Astray, que ahora coronaban su hoja de servicios cañoneando su propio país para hacerse amos de esclavos y a la vez convertirse para ello en esclavos de otros amos. Oh, ¿cómo un general puede tener tan poca vergüenza de sí mismo?
La verdad: no queda mucho -nada- que comentar a estas palabras que son un grito de agonía para un pacifista, y es que la verdad, la Verdad fue ésa: Los generales africanos amaban su propia podredumbre y no hallaron otro medio para seguir en ella y aumentarla que servir de sicarios a la clase dominante en España: caciques, nobles (¿qué nobleza?) e Iglesia católica. Y eso hicieron.
El siguiente párrafo que entresaco (Op.cit.: pp. 356, 357), Barea ha acudido al padre Lobo (no en confesión litúrgica: Barea no es creyente), un amigo, con el fin de desahogar su pena o su dolor o ambas cosas, pero Lobo no le contesta como esperaba (esta aparición de un cura en el relato lo hace aún más creíble y certero):
-¿Y tú, quién eres? ¿Quién te da a ti el derecho a erigirte en juez universal? Lo único que tú quieres es justificar tu miedo y tu cobardía. Tú eres bueno, pero quieres que todos sean buenos también, para que el ser bueno no te cueste ningún trabajo y sea un placer. Tú no tienes el coraje de predicar en lo que crees en medio de la calle, porque te fusilarían. Y como una justificación de este miedo, echas la culpa a los otros. Tú crees que eres decente y que piensas limpiamente, e intentas contármelo a mí y a ti mismo, afirmando que lo que pasa a los otros es culpa tuya y los dolores que tú sufres también. Te has unido a esa mujer, a Ilsa, contra todo y contra todos. Vas con ella del brazo y la llamas “mi mujer”. Y todos pueden ver que es verdad, que estáis enamorados uno del otro y que juntos sois completos. Ninguno de nosotros nos atrevemos a llamas a Ilsa tu querida, porque vemos que es tu mujer. Es verdad que habéis hecho daño a otros -a tus gentes-, y justo es que sufras por ello. ¿Pero te das cuenta de que también has sembrado una buena semilla? ¿Te das cuenta de que cientos de gentes que desesperan de encontrar jamás lo que se llama amor os miran y aprenden a creer  que existe y es verdad, y que pueden tener esperanza? Y esta guerra. Tú dices que es repugnante y sin sentido. Yo no. Es una guerra bárbara y terrible con infinitas víctimas inocentes. Pero tú no has vivido en las trincheras como yo. Esta guerra es una lección. Ha arrancado a España de su parálisis, ha sacado a las gentes de sus casas donde se estaban convirtiendo en momias. En nuestras trincheras los analfabetos están aprendiendo a leer y hasta hablar y están aprendiendo lo que significa la hermandad entre  hombres. Están viendo que existe un mundo y una vida mejores que deben conquistar y están aprendiendo también que no es con el fusil con lo que tienen que conquistar, sino con la voluntad. Matan fascistas, pero aprenden la lección de que no se ganan guerras matando, sino convenciendo. Podemos perder esta guerra, pero la habremos ganado. Ellos aprenderán también que pueden someternos, pero no convencernos. Aunque nos derroten, seremos los más fuertes, mucho más fuertes que nunca, porque se os habrá despertado la voluntad. Todos tenemos nuestro trabajo que hacer, así, que haz el tuyo en lugar de hablar de un mundo que no te sigue. Sufre y aguántate, pero no te encierres en ti mismo y comiences a dar vueltas dentro. Habla y escribe lo que tú creas que sabes, lo que has visto y pensado, cuéntalo honradamente con toda tu verdad. No hagas programas en los que no crees, y no mientas. Di lo que has pensado y lo que has visto y deja a los demás que, oyéndote o leyéndote, se sientan arrastrados a decir tu verdad también. Y entonces dejarás de sufrir ese dolor de que te quejas.
Es este párrafo el que me ha impelido a redactar el artículo, no sólo porque comparta sus ideas siendo como soy un acérrimo enemigo de la pena de muerte, sino porque es una muestra de sinceridad literaria y autobiográfica, de sencillez para explicar lo complicado. De Verdad, en dos palabras, así que nada más tengo que decir sino recomendar la lectura de esta trilogía, que es un espejo en el que mirarse en completa desnudez.
Vale.

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