PURCELL: DIDO Y ENEAS

Henry Purcell

En 1678, Nahum Tate (1652-1715), poeta laureado, conocido por su adaptación de la obra de Shakespeare, Ricardo II, publicó la obra Theodosius, or The Force of Love (“Teodosio o la fuerza del amor”), y sobre otra obra suya adaptó un libreto para Henry Purcell; de esta colaboración nació la ópera Dido and Aeneas (1688 o quizá anterior), “Dido y Eneas” para nosotros. Pero antes de seguir con esta ópera, me gustaría decir algo más del poeta y libretista Nahum Tate respecto de su adaptación del dicho Ricardo II en la cual alteró los nombres de los personajes y el texto escena por escena de manera que éste respetara la majestad real y la dignidad de los tribunales, pero Nahum  -cuyo padre fue acusado de espionaje y colaboración con el gobierno de Londres delatando los planes de la Rebelón Irlandesa de 1641, cuya familia fue atacada y cuya casa familiar fue reducida a cenizas como represalia; el padre, Faithful Teate, terminó trasladándose a Inglaterra. Escribió, aparte de otras cosas, un sermón dedicado a Oliver y Henry Cromwell- Nahum, digo tenía sus propias ideas y Cromwell estaba, por lo visto entre ellas, así que El Usurpador Siciliano (1681), título de la obra citada, fue prohibida a la tercera representación a causa de la muy posible interpretación política republicana.

Por su parte, Purcell, considerado el más grande entre los músicos británicos por los propios británicos, no sé si por su propia grandeza sino también algo por la mediocridad de sus sucesores, es -sin duda- el restaurador  de la música y de la escena británica caída en la más absoluta pacatería del fundamentalismo cristiano durante la dictadura republicana de Cromwell tras la ejecución de Carlos I. Durante la Restauración y bajo los años de Carlos II fue cuando Purcell se mantuvo en la cima musical británica con obras para la escena, óperas como Dido y Eneas, Abdelazar, tragedia debida a Aphra Behn (1640-1689) que, aparte de ser la primera escritora profesional en lengua inglesa,

Aphra Behn

fue espía británica en varias cortes; semióperas como King Arthur o The Fairy Queen, canciones para los Aires, Canciones y Diálogos elegidos de John Playford, Himnos para la portentosa voz de bajo profundo del reverendo John Gostling, del que se sabe poseía una tesitura de al menos dos octavas, uno de ellos, quizá el más conocido sea el They that go down to the sea in ships, escrito en agradecimiento por el salvamento en naufragio del rey en el buque Solent, unas cincuenta canciones de taberna y libertinaje (aunque algunos suponen que una cierta cantidad de estas le son falsamente atribuidas) de las cuales me gustaría escribir en otra ocasión, música religiosa, los conocidos anthems (himnos) profanos y diversas canciones  como Music for a while, bastante música incidental para el teatro o la conocidísima Música para los funerales de la Reina Mary.

Pero hoy sólo quiero escribir un poco sobre la única ópera de Purcell, la célebre Dido and Aeneas, en tres actos con libreto -como he apuntado antes- de Nahum Tate adaptada de su obra Brutus of Alba or The Enchanted Lovers  y de la Eneida, Canto IV de Ovidio que relata la trágica relación entre Dido, primera reina de Cartago e inventora literaria del “isoperímetro” y Eneas, superviviente troyano de la guerra que llega desviado de su rumbo hacia la península itálica por una tempestad la costa cartaginesa del cual se enamora la reina inmediatamente siendo por él correspondida; el tiempo pasa pero Eneas está destinado por Júpiter para fundar una estirpe en el Lacio, de manera que el troyano intenta partir de Cartago al amparo de la noche; Dido se entera y vuela a convencerle de que se quede pero, sin éxito, lo ve partir. Desesperada erige una gran pira donde dispone la espada del héroe, algunas ropas por él abandonadas y el tronco del árbol que resguardaba la cueva donde se amaron intensamente por vez primera. Al alba, subió Dido a la pira y, enterrando la espada en su pecho se desplomó sobre las leñas; la hermana de Dido, Ana que en vano intentó disuadirle, ordena prender fuego a la pira, siendo tras la muerte considerada divinidad por su pueblo.

La primera representación de esta tristísima histoire d’amour sucedió en un colegio de señoritas, el de Josias Priest en Chelsea, Londres allá por el verano de 1688, para turbación de las honestas doncellas allí recluidas que, supongo yo se derritieron con esta historia y, sobre todo con el maravilloso Lamento de Dido final, donde hasta las piedras lloran, pero también para la consternación del profesorado y autoridades locales que no debieron ver demasiado adecuada la ópera para las virginales mentes femeninas a su custodia. De hecho el estreno comercial de la obra no sucedió hasta 1700 en Londres. Y, como curiosidad (que si os fijáis bien no es tan curiosa) diré que en España, la ópera se estrenó en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona en 1956, es decir cuando yo ya había cumplido los cinco años e iba a por los seis: para mí pronto, pero para la historia, bien tarde, como suelen suceder estas cosas en España.

El libreto estricto, que parece ser alegórico, se refiere a los gozos del matrimonio entre los dos monarcas que, en segunda lectura, parece referirse al de Guillermo III de Inglaterra y María, Reina de Inglaterra, Escocia e Irlanda; Jacobo II aparece como un Eneas desorientado por maquinaciones de la Hechicera y sus brujas (que representan al catolicismo de Roma, a los papistas), significando Dido

Queen Mary

al pueblo británico abandonado por Roma. Cierto que la ópera es una tragedia, sin embargo el genio de Purcell la aligera con de vez en cuando con escenas amables como la canción (del marinero 1º): Take a boozy short leave of your nymphs on the shore, and silence their mourning with vows of returning, though never intending to visit them more, cuya moraleja explica a las jovencitas ardientes que no deben ceder a las promesas y -sobre todo-proposiciones de los ardientes jóvenes, lo cual debió sin duda arrebolar unas cuantas mejillas en el internado.

Henry Purcell, que murió de neumonía a los 36 años, al negarse su esposa a abrirle la puerta de casa una fría noche invernal en que volvía él como otras noche a deshoras y bastante achispado fue enterrado frente a su órgano en la Abadía de Westminster en 1695 con los mayores honores. El Reino Unido no ha dado más que otro enorme músico, Benjamin Britten, un gran músico, Edward Elgar, un músico que no amo demasiado pero que es un maestro, Michael Nyman y, coño, The Who.

Os traigo una magnífica versión, la de Cristine Pluhar y su agrupación l’Arpeggiata y ocho voces sopranos (2), contratenores (2), tenores (2), un barítono y un bajo, y tres solistas, Mariana Flores y Céline Scheen , sopranos y Marc Mauillon, barítono. A L’Arpeggiata ya la he traído más veces así que no hace falta presentación, lo único, repetir que soy devoto de ésta y de su directora, Cristine Pluhar que elige para esta ocasión la dirección historicista a manos, sin batuta, en el Tivoli Vredenburg de Utrecht, en 2015. No he logrado identificar al director de escena, así que me atrevo a decir que ésta se debe al trabajo conjunto de L’Arpeggiata y, sea como fuere, he de decir que es una puesta en escena maravillosamente minimalista desde el simple escenario hasta el último gesto de los cantantes.

En fin, una ópera no demasiado larga -poco más de hora y media- para disfrutar este u otro fin de semana, así que con ese fin aquí la apunto:

Perdérsela sería como mínimo un enorme error entre los que gustéis de la ópera o de la música en general que, sinceramente, espero seáis incapaces de cometer.

 

 

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UN RECUERDO: CHISPAS DE MEDEA

Ya os conté que releo a Eurípides estos días; esta nota es sólo para defender su recuerdo contra los que siempre le han acusado de misógino: un trágico como él había de utilizar los lugares comunes de su época para ridiculizarlos: eso pienso yo, falsa misoginia, como cuando hace decir a ese paradigma del egoísmo, Jasón, semejante exabrupto:
“Los hombres deberían engendrar hijos de alguna otra manera y no tendría que existir la raza femenina: así no habría mal alguno para los hombres.” (Medea, fr, 575). Jasón es el misógino, no Eurípides.

Sin embargo cuando habla su Medea, lo hace de muy otra forma, y esta vez no hay ironía alguna sino justo lamento y desesperada actitud (es necesario para la perfecta comprensión de este párrafo extraído, el conocimiento de las costumbres sociales, de la situación de la mujer, que en muchos aspectos y culturas apenas han variado, y en la nuestra, sólo en el envoltorio a lo que parece, y de los tremendos peligros de los partos en aquellas épocas, de la cantidad de mujeres que morían en el hecho o intento):
“…De todo lo que tiene la vida y pensamiento, nosotras las mujeres, somos el ser más desgraciado. Empezamos por tener que comprar un esposo con dispendio de riquezas y tomar un amo de nuestro cuerpo, y éste es el peor de los males. Y la prueba decisiva reside en tomar a uno malo, o a uno bueno. A las mujeres no les da buena fama la separación del marido y tampoco les es posible repudiarlo. Y cuando una se encuentra en medio de costumbres y leyes nuevas, hay que ser adivina, aunque no lo haya aprendido en casa, para saber cuál es el mejor modo de comportarse con su compañero de lecho. Y si nuestro esfuerzo se ve coronado por el éxito y nuestro esposo convive con nosotras sin aplicarnos el yugo por la fuerza, nuestra vida es envidiable, pero si no, mejor es morir. Un hombre, cuando le resulta molesto vivir con los suyos, sale fuera de casa y calma el disgusto de su corazón. Nosotras, en cambio, tenemos necesariamente que mirar a un solo ser. Dicen que vivimos en la casa una vida exenta de peligros, mientras ellos luchan con la lanza. ¡Necios! Preferiría tres veces estar a pie firme con un escudo, que dar a luz una sola vez.”

Nota bene: He seguido para estas extracciones la edición de Alberto Medina González y Juan Antonio López Férez, publicada por Gredos en 1977.

Iba también a colgar algún cuadro que represente a Medea, pero todos, todos son tendenciosos. Ojalá aparezca alguien que la represente con la justicia que hasta ahora se le ha negado; ojalá alguien comience a leer Medea con eso que un querido amigo llamaba “amor compasivo”.
Y Medea me cae bien: No hay cuadro.

CARNAVAL

 

 

 

Hoy comamos y bevamos, y cantemos y holguemos, que mañana ayunaremos. 

Juan del Enzina (1468-1529): Égloga 6

 

Aborrezco el carnaval, esa falsa libertad de expresión y movimientos, su opaca alegría, como la de esas otras fiestas cristianas, la navidad, de alegría agria y resentida, ambas salvadas por la pericia de los mercaderes y la estulticia consumidora de las gentes.

A los obispos y cardenales, sin embargo, el carnaval les encanta, no por poder salir a las calles disfrazados de reinonas, que ya van así todoslosdías sino porque saben que una vez cerrada la espita de la válvula de escape que es el carnaval todo volverá a lo que era y siempre fue: el rebaño, desahogado y sumiso volverá por sus fueros inexistentes y gozará un año más de la protección de sus pastores, y no es que esté yo llamando oveja o carnero a nadie, que son ellos, los obispos los que se nombran pastores del rebaño y nadie (del rebaño) dice ni pamplona, de hecho:

(todas las citas salvo aviso en contra son de la obra teatral Baco, debida a Jean Cocteau (1889-1963))

EL CARDENAL …Por otra parte la Santa Sede, que ignora vuestras alarmas, mira con muy buenos ojos las mascaradas de Roma, de Florencia, de Bérgamo, de Venecia. Estas mascaradas impiden que el pueblo piense mientras descansa. El hombre que piensa es nuestro enemigo. Es la opinión de la Santa Sede.

Ya veis queridas, queridos, cuán directa puede ser la Iglesia cuando emite opiniones, lo mismo que cuando condena a alguien al fuego, antes de llama, ahora de bala, por otra parte, como digo estas famosísimas fiestas (cada vez me resulta el término fiesta más odioso. Por varias razones) de siempre han servido a los mercaderes y, por medio de estos, a algunos tesoros que llaman públicos pero que no lo son:

EL SÍNDICO Sería un grave peligro (privar al pueblo del carnaval). Durante esa semana, el pueblo gasta lo que gana. Es, en cierto modo, una manera conveniente de hacernos con fondos y de aliviar el presupuesto.

O sea, que los carnavales (y otras distracciones tan en boga hoy en día) sirven esencialmente para dos cosas: la conveniente opacidad mental del pueblo y el producto de sus bolsas, que va a parar a las garras codiciosas de la Iglesia y, ahora compartidamente, del Estado y las diversas corporaciones, ladrones todos de guante blanco, casi siempre manchado con el sudor y la sangre de hordas de esclavos que durante estos días creen no serlo y el resto, callan.

No todos, claro, no todos callan, pero unos hablan con la boca grande sabiendo que su credibilidad es ínfima, que es el caso de políticos de diverso signo y otros piensan más o menos moderadamente con pocos resultados y mínima audiencia, estos, generalmente moderados en sus gestos, gozarían de más aceptación si se les escuchara, pero para escuchar hay que oír, y hay ejércitos de tamborreros aporreando tambores para que nada, excepto ruido, se oiga. Así es:

EL OBISPO  Yo temo mucho a los herejes moderados

EL CARDENAL  Tenéis razón. Sólo podemos quemarlos a fuego lento.

Y no creáis que lo dice en broma; Hogaño tampoco, no vayáis a pensar, y si no echad un ojo a esa gente que por una pichorradica o están en el talego, o van a estarlo o pagarán un multazo de la hostia.

Así que por qué disfrazarse unos días al año de lo que se es por dentro para disfrazarse de lo que quieren que seáis por fuera el resto del año? Por ejemplo, algo que siempre me ha llamado poderosamente la atención cuando, lamentablemente, he tenido que coincidir por las calles con gente de carnaval: La cantidad más que moderada de hombres que se disfrazan de mujeres, mujeres con enormes pechos como para una cadena de ordeñe, contoneándose como ninguna mujer lo haría (excepto las profesionales, que están trabajando seguramente obligadas), poniendo morritos exhaustos de carmín en rostros pintados como puertas americanas. ¿Por qué? Coño, porque les gusta hacer de mujer, cosa tan respetable como cualquier otra, y aprovechan unos pocos días al año para exteriorizar sus deseos sin que parezcan deseos. Y digo yo, ¿no sería más sensato hacerlo cuando les venga en gana, en la cama a ser posible, que es más gozoso y placentero. A sus compañeras, esposas etc,etc, les encantará. ¡Qué oportunidad perdida..! Aunque peor es aún lo de las llamadas murgas de Cádiz. Si Catulo hubiera tenido sólo una semana al año para escribir sus sátiras (mucho más agudas e hirientes que las de estas murgas) no tendríamos hoy el placer de leer nada de nada. La sátira, es queridas, queridos, para todo el año, y sátira que duela, nada de componendas. Yo no escribo sátiras -por si alguien agudamente de lo pregunta- porque me falta el ingenio necesario, no por falta de ganas; en vez de sátira me saldría un panfleto, un libelo o una grosería; lo del panfleto, pase, firmado o no, pero groserías no, desde luego. En fin, murgas, caricaturas ridículas para poderosos, menores de edad de cartón para obispos y demás jerarquías, todo eso hace que esas mismas jerarquías se despepiten, pues también es sano reírse un poco de sí mismo, así que les importa un huevo lo que hagáis o digáis en carnaval mientras el resto del año calléis u os desfoguéis un tantico así en las sociales redes -sin pasarse un pelo-, y sigáis viendo cómo roban los que roban, que son todos los que están por encima de vosotros, empresarios, jefes, banqueros, obispos, políticos, reyes reinas y proles propias, oligarquías, petroleras, telefónicas, energéticas y corporaciones varias, todos ellos garrapatas de enormes vientres sin fondo que se decojonan viéndoos cómo hacéis el tonto (y la tonta, perdón) la semana de carnaval siendo todo el año impostura, y es que:

EL OBISPO  …La verdad sólo se impone a la larga. La impostura necesita resultados inmediatos. Y no hay resultados inmediatos sin dinero.

Porque todo es dinero, ¿lo sabéis, no? Nos quieren idiotas, sí, y sabed que no es lo mismo ser idiota que cretino porque:

EL SÍNDICO   Es un cretino.

EL CARDENAL   No, un idiota. No es lo mismo, señor síndico. Un cretino es un idiota que piensa.

Y ahí es donde entran políticos, reyes, bocazas televisivos y demás ralea, que son los que salen todos los días en los medios, y no una sola semana al año. Como vosotros, carnavalistas.

(nota bene. Idiota: ιδιωτης, idiotes; raiz: idio, propio. Se refiere a aquel que no se ocupa de los asuntos públicos sino sólo de los propios privados. Cuando pasa al latín como idiota añade el significado de ‘ignorante’. Esto, creo que ya lo he dicho otras veces)

Una escena de carnaval es como la que Hans, el loco, protagoniza un momento, pero no sirve para nada como carnaval, y sí sin embargo si se dice en serio (como vería cualquiera que lea la obra completa):

HANS (designando lentamente al obispo con el dedo)  ¿Quién es esta hermosa dama?

EL DUQUE    No es una dama. Es tu obispo.

HANS   Tiene un vestido muy bonito (toca la ropa del obispo que retrocede).

El verdadero carnaval se produce después, cuando -todo el mundo desfogado- las gentes miran arreboladas las imágenes de papas, obispos, reyes, reinas, duques, condesas, ladrones engominados, toreros, cupletistas de dedo ágil, futbolistas evasores y señoritos a caballo porque:

EL PREBOSTE   El pueblo detesta a los señores, desde luego. Pero su lujo les inspira respeto, hasta entusiasmo. Es curioso, pero lo tengo comprobado.

Así es la cosa, simple y clara pero efectiva y si no, ¿qué coño hago yo escribiendo estas perogrulladas?

HANS   … Que el tiempo no existe y es únicamente una perspectiva. Que todo momento es eterno. Que algo se ha roto en pedazos, que la tierra es uno de esos pedazos, que se llenó de gusanos y que esos gusanos somos nosotros.

Y acabo, que me lío tontamente, sabed sólo una cosa más sobre la libertad de acción o expresión; lo dice Hans, ya cuerdo y fuera del carnaval:

HANS   El libre albedrío es la coartada de Dios.

 

Y recordad que en los carnavales, se desfila. Igualito que en las marchas militares, las procesiones y las cadenas de esclavos.

 

 

 

 

 

 

TORTURA

Rien n’arrive ni comme on l’espère, ni comme on le craint

(Marcel Proust)

 

 

 

Hoy, hace cuatrocientos diez y ocho años fue condenado por herejía Giordano Bruno; pocos días después -ocho-  fue llevado a la pira donde alguien le dio a besar un crucifijo: lo rechazó. El día de su condena dijo: “Maiori forza cum timor esententiam in me fertisquam ego acipiam”, o sea que se dirigió a sus jueces diciéndoles que ellos acaso temblarían más que él al recibirla. No creo que fuera así; no creo que los jueces, fiscales, esbirros en general y torturadores tiemblen. No.

Pero Bruno, que afirmó que era la tierra la giraba alrededor del sol y que el movimiento del cielo sólo era apariencia producida por la rotación de la tierra alrededor de su eje, y que si Dios es infinito el universo podría serlo y que, por tanto, habría infinidad de universos y no sólo éste, que seria uno más entre los infinitos, afirmaciones todas ellas hoy aceptadas, había sido detenido y encarcelado en las espeluncas de la Santa Inquisición de la Santa Madre Iglesia denunciado por Mocenigo el veintisiete de enero de 1593, es decir que se tiró encarcelado siete largos años en proceso que dirigió Roberto Belarmino, el mismo que dirigió el proceso contra Galileo, es decir un especialista. Especialista en tortura y en derecho canónico -quizá vayan juntos-; así que Giordano Bruno fue torturado de diversos modos durante todos estos años.

Tortura: del latín, torquere, luxar, torcer, contorcer, dislocar.

Siempre, siempre se ha torturado, siempre se han arrasado, asolado tierras, derribado viviendas, asesinado sus gentes, esclavizado sus gentes, pero sobre todo, siempre se ha torturado; se tortura por saber lo que el otro sabe, por hacer ver al otro sus errores y darle la oportunidad de arrepentirse de ellos mediante el dolor, la expiación de la culpa:

Esteban, Matías, Víctor, Úrsula (…), que fueron lapidados. El apóstol Tomás, Inés, el apóstol Matías, Víctor, Úrsula y las once mil vírgenes (…), que perecieron por el hierro. Eutiquio, Gervasio, Máximo, que fueron flagelados hasta morir (…) Vito, Modesto, Protasio, Félix, que fueron descoyuntados en el potro (…) Saturnino, que fue flagelado, abrasado con hierros al rojo, descoyuntado en el potro y decapitado (…) introducido en un toro de bronce calentado al rojo vivo (…) abrasado con aceite, con pez, con cal viva y empalado (…) arrancaron los ojos, le cortaron la lengua y la cabeza (…) flagelado, descagarrado con púas de hierro y arrastrado por los cabellos hasta la muerte (…) abrieron con tenazas horribles heridas en las que pusieron cal viva (…) arrancaron los dientes y la lengua (…) desgarrado con garfios de hierro, abrasado y atravesado con puntas al rojo vivo, a quien pusieron sal en las heridas y que fue finalmente revolcado sobre cortantes cristales y clavado a un madero… En España han convertido la palabra dolor en nombre de bautismo (…) no son locura y escándalos pese a los cuales se ha levantado la Iglesia, sino que se ha levantado, precisamente, gracias a ellos (…) Existe el dolor de la carne, que cicatriza, el dolor de los nervios que, mucho tiempo después, sigue sacudiendo el cuerpo, el dolor moral, que es la memoria más viva de la humillación. Y existe también el sufrimiento del espíritu (…) Intenté matarme y, por una de esas ironías de la vida, me salvaron los mismos que me habían empujado a la desesperación. Mi muerte no les convenía…

( Michel Rio: La Percha del Loro, 1983)

Tuve un amigo, Iñaki Pérez de Beotegui, Wilson -“El Inglés” le llamábamos los amigos-, muerto ya hace diez años que fue el que me contó en una larga conversación de casi veinticuatro horas de confidencias y alcohol en Vitoria, allá por el año 2000, qué se siente bajo tortura, hasta qué punto uno es carne, la memoria icástica que queda para siempre del abandono de toda humanidad; en la emboscada de su detención gracias a la delación de Mikel Lejarza, “El Lobo” hubo un tiroteo (yo vi las cicatrices de las balas en su cuerpo; me dijo: “era  normal, nosotros vamos armados y ellos también, ¿qué quieres, juicios de valor? Me cazaron como yo cacé a otros: así es la cosa. Pero salvaron mi vida para la tortura y el interrogatorio.” Lo mismo que a Joachim, el personaje que cuenta lo que he citado más arriba. Era un tipo duro (aunque no lo parecía) el Inglés, vaya que sí: nunca contó lo que todos querían saber, ni por dinero cuando ya cumplida su condena y amnistiado y muy, muy pasota y desencantado de nacionalistas y etarras andaba por ahí buscando un lugar para vivir, que no para olvidar, puesto que eso no es posible.

 La llamada “percha del loro” es un instrumento de tortura que consiste en una barra de hierro que se hace pasar por el espacio situado entre las rodillas y el antebrazo del prisionero a la sazón firmemente atado y que se cuelga del techo quedando el prisionero así suspendido. La tortura se basa en la parada de la circulación de la sangre y en la simultánea contracción muscular y nerviosa, lo que -sin matar- provoca unos dolores horribles. También es usual colgar al prisionero esposadas las muñecas a la espalda de manera que las cabezas de los húmeros se salgan de sus recipientes mediante una terrible dislocación: en ese momento comienza el interrogatorio. O lo que sea.

Porque muchas veces se tortura con la única finalidad de que otros no presos aún o, simplemente, el pueblo hostil lo sepa, es decir, para causar horror, no miedo. Hoy en día se utiliza muchísimo esta tortura cara al exterior, es decir, exotérica, Guantánamo es la estrella de este universo; Israel, otra no menos emblemática y aplicada; España lo fue durante décadas; lo fue la Italia de Musolini, los territorios del Estado Vaticano previos a la Segunda Guerra, donde aún existía el derecho feudal del Papa sobre la vida y la muerte de los ciudadanos; lo fue también durante todo el terrible periodo de Stalin en la Unión Soviética, pero sobre todo, por encima de estos horrores está Hitler, el nazismo alemán, ese que parece que está ahí, esperando. Cito:

¿Por qué se me ocurre hablar de la tortura tan sólo en relación con el Tercer Reich? Naturalmente, porque yo mismo la he padecido bajo las alas desplegadas de este ave rapaz. Pero no sólo por ello, sino, porque al margen de toda experiencia personal, estoy convencido de que la tortura no fue un elemento accidental, sino la esencia del Tercer Reich.

(Jean Améry: Más allá de la culpa y la expiación,1977)

Hay estados que se basan únicamente en el miedo al Estado, al Poder, sin necesidad alguna de ser sustentados en ideologías (como el falso comunismo de Stalin) ni religiones, sino que, simplemente, las ideologías se pergeñan con retazos de aquí y allá -como sucede con el fascismo español, con el franquismo, cuyas falanges copian literalmente hasta los colores de la bandera de la Confederación Nacional de los Trabajadores, CNT, rojo y negro, y utilizan en reciprocidad o simbiosis la religión como ruido de fondo: La España de Franco fue un perfecto ejemplo de este terrorismo , mediante la implantación de la tortura sistemática y de su consecuencia más directa: la muerte. El nazismo basa su poder en la muerte; el franquismo resultó ser un aplicado alumno a este respecto.

Y dejando este asunto por un momento, ¿por qué estoy escribiendo sobre la tortura y, por extensión, del terrorismo de Estado? Seguramente, porque nadie se inmuta ante ella, inmutarse íntimamente, quiero decir, no poner deditos en Facebook que sólo es una forma de quitarse el cuidado, de pasar a otra cosa más seria, una autofoto, por ejemplo, la ingestión de verduras en vez de carnes, la paz espiritual en vez de la lucha reflexiva y constante contra el abuso del Poder, la infantilización mediante objetos y metas de dudosa utilidad y, en general de la ceguera permanente que veo sufren la mayoría de mis conciudadanos o consúdbitos, que ya no sé, una ceguera que se manifiesta en la pérdida constante de derechos civiles y un plausible miedo a perder cierta forma de vida irresponsable, mendaz y vacua. Escribo sobre la tortura, entre otras cosas porque se utiliza constantemente en mayor o menor grado en nuestro país y países vecinos y en grado superlativo en Israel, ciertos lugares de África, en Guantánamo, como he dicho, en Argentina, por ejemplo, han habido durante 2017 setecientas veinticinco muertes por mano del Estado gracias al gobierno de Macri. Son muchas, ¿no? Y como escribo de memoria no sigo con otros países, tanto de la América del norte como la del sur como la del centro, afirmando como afirmo que la pena de muerte es una forma de tortura, y en los USA está en plena forma. También escribo sobre la tortura -sin querer ahondar en detalles aún más escabrosos de los apuntados- porque me temo que estamos casi casi en las puertas de un Nuevo Estado Policial, aquí, en España, pero que está entrando tan lenta, tan sabiamente que ni siquiera nos damos cuenta. Diréis que exagero, que soy un viejo resentido, que veo lo que no existe, que eso no sucederá jamás, no volverá a suceder jamás: Volved a la cita que encabeza este artículo, la de Proust, así que nada sucede ni como lo esperamos ni como lo tememos, dice él; es siempre peor, digo yo.

Nunca me detuvieron cuando militaba en clandestinidad, siempre supe despistar bajo mi postura de pijo integral y de buena familia; jamás me pararon en las fronteras ni en los controles de carretera, tan abundantes en la Euskal Herria de entonces, yo bien vestido afeitado y peinado, educado e inofensivo pasé por todas partes sin que me vieran, pero una vez me tocó estar en una de esas redadas que la Policía Armada (los del pañuelito amarillo, aquella gente) montaba en un momento en medio de la calle, así que nos llevaron al azar a un montón de gente a la lamentable comisaría de María Muñoz en el Viejo de Bilbao para identificarnos y esas cosas. Cuando me tocó a mí, estaba tan abstraído pensando en lo que tenía que ocultar que no oí la pregunta del esbirro; lo siguiente fue un bofetón, un revés tremendo que me hizo trastabillar y casi caer. En ese momento es cuando te das cuenta de dónde estás y de lo poco que eres en sus manos, en realidad, no eres nada: sólo carne. Nada pasó: dije quién era (el de verdad) y a la de unas horas sólo por joder nos soltaron “hasta la siguiente, que iría en serio” según aquellos energúmenos.

No os confundáis, el que interroga, el que tortura no es un tipo raro, un cretino o un sádico, es una persona normal y corriente que hace lo que tiene que hacer y que lo hará con la máxima eficacia; luego, cuando acabe el turno irá a su casa y besará a su mujer y a sus hijos.

Pero sigo con Jean Améry (1912-1978), uno de los que mejor ha escrito sobre la tortura, ya que la sufrió muy duramente en los campos de concentración de la Gestapo primero y de las SS después; escribe (op.cit):

Se creen autorizados a golpearme en el rostro, reconoce la víctima con sorda sorpresa y con certeza igual de indistinta concluye: harán conmigo lo que se les antoje. Afuera nadie sabe lo que ocurre dentro ni nadie hace nada por mí. Quien quisiera acudir en mi ayuda, una esposa, una madre, un hermano o un amigo, no podría alcanzar el interior.

La percha, la percha del loro, el agua, las toallas mojadas, la picana, las uñas, los genitales desgarrados, las violaciones sistemáticas, las drogas, la tortura psicológica, el insomnio, dislocaciones, roturas, latigazos, pérdidas de miembros, ojos, lengua… es tan larga la descripción de las torturas y de sus utensilios a lo largo de los siglos que no podría seguir ni aunque quisiera, que no quiero.

No es posible (defensa alguna) cuando es el otro quien te rompe los dientes y te deja el ojo morado, cuando tú mismo sufres indefenso al enemigo en que se ha convertido el prójimo. Cuando no cabe esperar ninguna ayuda, la violación corporal perpetrada por el otro se torna una forma consumada de aniquilación total de la existencia .

Y sin embargo, veintidós años después de lo sucedido, sobre la base de una experiencia que no agotó todas las posibilidades del dolor físico, me atrevo a afirmar que la tortura es el acontecimiento más atroz que un ser humano puede conservar en su interior (op.cit.).

No es esto todo lo que podría decir, pero sí -espero- suficiente para llamar la atención de conciencias adormiladas, sobre lo que se ha hecho, se hace y se hará, porque ¿a quién le importan los africanos tiroteados en la costa española? ¿alguien sabe de algún policía encausado y condenado por malos tratos o tortura? ¿alguien ha oído estos últimos años a algún representante o aspirante político añadir a sus programas electorales el fin de los malos tratos y de la tortura, de la impunidad policial? ¿Qué dijo Fraga cuando fue responsable de los asesinatos de Vitoria?

¡La calle es mía!

 

 

 

 

 

 

Unas líneas (pocas, no temáis) minimalistas

Si realmente buscamos la esencia de las cosas, lo más simple, si nos deshacemos de flecos, metáforas, circunloquios, restos de series anteriores, carga histórica, si realmente lo que deseamos es despojarnos de todo aquello que nos sobra, nos daremos de morros con el minimalismo, de hecho, una vez conseguido todo lo anterior seremos, sin duda, minimalistas, ¿fácil, eh?

Por ejemplo, ya que me ha dado por aprender algo -a dar el pego, más bien- de pintura, Hard Reinhardt fue calificado por primera vez como minimalista por el filósofo Richard Wollheim allá por el año 1965 de la era de los cristianos que dirían (ellos, los cristianos) -como es natural- el año del Señor de 1965. ¿Veis? toda esta línea que antecede puede ser cualquier cosa menos minimalista, en fin sigo. Reinhardt se refería a la pintura de Wollheim, pero también a cualquier trabajo de alto contenido intelectual muy poco o escasamente manufacturado; curiosamente (aunque no tanto si lo pensáis) también puede decirse minimalista a cualquier movimiento ascético puesto que este comportamiento rechaza necesariamente todo elemento superfluo del del ser humano o de su propia supervivencia. ¿Otros pintores ya que estamos en ello? Pues así, deprisa, tenemos a Agnes Martin o Robert Ryman (a quien también pude ver en la Tate),

Ledger 1982 Robert Ryman (1930)

por ejemplo, y aquí he de decir que en esto soy partidista: me gusta el minimalismo, me gusta el constructivismo que lo influencia, me gusta la arquitectura minimalista -la casa donde vivo es minimalista, un minimalismo como de pueblo, algo chapucilla pero minimalista-, los relatos minimalistas y hasta las conversaciones telefónicas minimalistas pero, sobre todo, me gusta -y mucho- la música minimalista que, fíjate, aparece pletórica de fuerza al mismo tiempo que suenan las músicas pop de los Beatles, Charlie Parker, pero sobre todo, John Coltrane y Miles Davis, cuyos últimos años ya estaban abocados en la suma sencillez, en la desnudez formal con una gran carga artística y/o emotiva. Ornette Coleman, o Charles Mingus se movían en este mundo de tonalidad expandida, Coleman, por ejemplo era un tipo que con una o dos armonías improvisaba toda la noche ya en los comienzos de los ’60, cuando presentó su álbum Free Jazz, que fue definitivamente paradigmático. Steve Reich, de quien podréis escuchar la pieza de hoy, admiraba a Coleman, tanto que poco después de su conversión publicó su It’s Gonna Rain, primera partitura que considera la música como un proceso gradual.

Harry Parch

No estaba solo Reich en esto del minimalismo, por ahí andaba también Harry Parch (1901-1974) que sólo deseaba salir del laberinto musical europeo que se ha sucedido desde Bach, abominaba del sistema de afinación con temperamento y se puso a estudiar la afinación de los griegos clásicos que parecían obtener todas las notas a partir de ratios de números enteros de la serie armónica natural. En fin, algo complicado de explicar en tan corto espacio, además, tengo planeado poner alguna cosa de Parch, que era, realmente un tipo duro de la música; escribió: Hay, gracias a Dios, un amplio sector de nuestra población que nunca ha oído hablar de J. S. Bach.

También tenemos -hoy como una gran estrella del público- a Arvo Pärt (1935), con cuyo disco Tabula Rasa (1984) y sobre todo esa maravilla que es el Cantus en memoria de Benjamín Britten he viajado yo unos cuantos cientos de kilómetros como si el viaje no fuera conmigo sino con otra persona que se llamaba como yo pero no era yo, ya me entendéis, a Henryk Górecki, cuya Tercera Sinfonía, Opus 36 es seguramente la emoción más triste de toda la historia de la música, a La Monte Young, el ínclito Mychael Nyman (al que no amo demasiado), al popularísimo e ídolo de los poperos Philip Glass, a Wim Mertens, al galleguizado Mike Oldfield y su campana ubicua, a Pauline Oliveros y a muchos más, todos muy conocidos por el público pop,

Arvo Pärt

como he dicho, ahí tenéis, por último a Brian Eno, amigo de Philip Glass o, como apunta ahora mismo mi compañera, a Pink Floyd cuya música -dice- le recuerda a ésta: natural. Y es que como veis, el mundo del pop está muy enraizado con el minimalismo de que escribo hoy en mi minimalista casa. Pero mi intención primitiva era la de hablar un poco de Steve Reich (1936, octubre, como el menda) y otro poco más de la pieza que traigo.

Reich, con John Cage -del que ya he escrito algo no sé si aquí o en FB (https://www.facebook.com/Barrenetxea )-, La Monte Young, Phipip Glass y Terry Riley es un pionero de esto del minimalismo desde que publicó la obra arriba citada  Va a llover en la que usa Bucles (que son varios samples sincronizados que ocupan uno o varios compases musicales exactos que se reproducen en secuencia, consiguiendo de esta forma una sensación de continuidad; su término inglés es “loop” ) y de la que habría mucho de qué hablar, pero hoy no toca, que se lía uno y luego no sabe por dónde salir: un bucle, vaya, pero inarmónico . Esos primerizos bucles se grababan en cinta magnética hasta que fueron sustituidas dichas grabaciones por las informáticas. Desde hace años, Reich utiliza con sabiduría músicas no occidentales y tradicionales de África y Asia, mezclando sin solución de continuidad músicas cultas, populares y tradicionales.

Amigo de músicos como Brian Eno o David Bowie  ha colaborado profusamente con ellos y con otros músicos populares; los seguidores de estos dos últimos podéis observar la enorme influencia que Reich o Cage o Glass tienen sobre ellos.

No quiero alargarme, ya que los datos biográficos y demás los puede encontrar cualquiera en Google, así que iré directamente a la obra de hoy que será su Music for 18 musicians (1974-76) y que está escrita para violín, cello, tres voces femeninas, tres pianos, uno con maracas, cuatro marimbas, una con maracas y tres con xilófono, otro piano con metalófono (vibráfono desenchufado), otro con marimba, una marimba con xilófono y piano, dos clarinetes y dos clarinetes bajos (no saxofones, que algunos los confunden) y una voz femenina con piano, en total dieciocho músicos, como promete el título con una base cíclica de once acordes, ni uno más, en cada cual se basa una pequeña pieza que retorna al ciclo original. Comprobaréis (las que escuchéis la obra, claro) su efecto hipnótico y su gran belleza que yo creo se basa en el hálito humano de las voces y los clarinetes que estructuran toda la pieza. Las aficionadas a la música de Bowie habréis de saber, que éste amaba esta pieza desmesuradamente, incluyéndola entre las veinticinco mejores de su discoteca.

He intentado encontrar alguna de las versiones legendarias, la original del ’78, pero no lo he conseguido, ni la estupenda de Harmonia Mundi pero he encontrado una interpretada en la Temple University de Philadelphia por músicos de la Universidad y la Moebius Percusion  que me ha parecido muy buena y con muy buen sonido; su duración es de cincuenta y seis minutos que os permitirá disfrutarla mientras mañana os metéis un saludable desayuno de huevos, panceta, fruta tostadas y bastante café. La gente vegetariana puede sustituir los huevos y la panceta por lo que sea que se pueda comer a esas horas.

Éste, es el enlace:

ALGO SOBRE BLAISE CENDRARS

Hablando Henry Miller de Cendrars con cariño y admiración viene a decir que la pista sobre el carácter de este último está en uno de sus textos, el titulado Une Nuit dans la Forêt, allí donde escribe De plus en plus je me rende comte que j’ai toujors pratiqué la vie contemplative. Hace hoy, más o menos unos cuarenta y tantos años que gracias a Miller leí ese texto, y hoy, después de tanto tiempo, yo también me doy cuenta de que me los he pasado practicando la vida contemplativa. También dice Miller de Cendrars que está más próximo a la naturaleza que al hombre, cosa que también me sucede a mí, que de sentir compasión por los humanos sería sólo porque están (o deberían estar) asumidos a la naturaleza, pero no lo están. Explica Joaquín Aráujo (entrevista en AVES Y NATURALEZA, nº 25, 2017, p.23) que el ser humano, en caso de querer salvarse Debería rebelarse primero contra él mismo, contra esa gigantesca equivocación de separarse de lo que es. Hay que rebelarse contra la comodidad, la velocidad artificial y el consumismo; contra una suerte de falsa independencia de la vida, pero dice también (p.22) que la máxima manifestación del machismo más ignorante es la destrucción de la naturaleza, porque se agrede a una condición femenina que está en los paisajes desde una exhibición de fuerza y desde la seguridad de que no va a haber respuesta. Es una cobardía doble.

Blaise Cendrars (Frédéric-Louis Sauser, 1887-1961) quiso ser pianista, pero también quiso ir a la guerra y, en 1915, le tuvieron que amputar su brazo derecho por encima del codo, y como no era Paul Wittgenstein, que también se fue a la misma guerra y también perdió un brazo, Ravel no pudo componer para él otro Concierto para la mano izquierda en Re menor, ni mayor, puesto que Cendrars decidió estudiar a Schopenhauer, donde descubre que El mundo es mi representación (El Mundo como Voluntad y Representación. Arthur Schopenhauer, 1819), de manera que se dedica a viajar, a observar, a mentir con inteligencia y sin daño, a escribir poesía: a hacer de su vida un largo y bello poema.

Escribe también prosa, pero es poesía encubierta; leí en 1974 su Hombre fulminado (L’Homme Frondoyé, 1945), mi primer libro cendrarsiano; lei muchos más a lo largo de aquella juventud tormentosa, viajera y a veces falsa que viví y bebí, todo ello en cantidades industriales: leí La Guerre au Luxembourg, leí J’ai tué (He matado), leí Panamá, leí L’or, la mervelleuse histoire du Général August Suter, la historia de un hombre arruinado por el descubrimiento de oro en sus tierras y que si lo leéis veréis cuán está relacionado el oro con el retrete, leí Una Noche en la selva como he citado al principio de este errático artículo, leí La mano cortada, leí algunos más,  pero sobre todo, muy por encima de todo leí en las dos lenguas Prose du Transsibérien et de la Petite Jeanne de France (Prosa del transiberiano y de la Pequeña Jeanne de Francia); lo leí y lo leo continuamente (vive en la estantería de al lado de mi cama), que está dedicado a los músicos, y que comienza así de bien (traducción estupenda de Adolfo García Ortega. Edición no venal de Ediciones del Taller, 1993):

En aquel tiempo yo estaba en plena adolescencia                                                                                                   

Tenía dieciséis años y había olvidado mi infancia                                                                                                   

Me encontraba a 16.000 leguas de donde nací                                                                                                       

Estaba en Moscú, en la ciudad de los tres mil campanarios y de las siete estaciones                                             

Y no tenía bastante con siete estaciones y tres mil campanarios                                                                             

Porque mi adolescencia en aquella época era tan alocada y ardiente                                                                    

Que mi corazón unas veces ardía como el templo de Éfeso y otras como la Plaza Roja de Moscú                       

Cuando el sol se oculta.                                                                                                                                          

Y mis ojos alumbraban viejos caminos.                                                                                                                  

Y yo era entonces tan mal poeta                                                                                                                             

Que no sabía llegar hasta el final de las cosas.

 

¿No es un gran comienzo? ¿no dan rabiosas ganas de seguir leyendo?

Sin embargo, no he leído jamás la novela que todos quieren leer y que algunos aseguran haber leído, La leyenda del Novgorod o del oro gris, escrita por incitación de un bibliotecario de San Petesburgo (donde aseguró haber trabajado de joyero), Sozonov que inmediatamente traduce el texto al ruso y del que imprimió dizque catorce ejemplares, así que Cendrars inventó a Borges antes de que Borges se inventara a sí mismo; más tarde, un poeta contó que había visto el libro en una librería en Bulgaria, pero ésa ha de ser otra historia. Nadie más lo ha visto nunca. O nadie lo ha dicho, así que nadie sabe qué es el oro gris ni qué decía su leyenda. pero sigo con el poema que publicó conjuntamente con la pintora Sonia Delaunay (1885-1979), simultaneísta nacida en Ucrania. El poema así expuesto midió el día de su exposición

dos metros de longitud y causó una tremenda polémica. ¡Ah, que tiempos aquellos en los que el arte

causaba polémica, escándalo incluso. ¿Qué fue de las polémicas, qué música, lienzo, poema nos salvará? ¿En qué punto de esta opaco, pacato, y estúpido mundo estallará un big bang artístico que nos libere del aburrimiento, la corrección política, la banalidad y la venalidad? ¿Viviré yo entonces? ¿Viviréis vosotros?

¿Qué fue de tanto galán?                                                                                                                 

¿Qué fue de tanta invención                                                                                                           

como traxieron?

Pero decía que seguía con el poema y me distraigo con cualquier cosa, ésa es mi vida: veo aquí y allá y en cualquier lugar me detengo:

 

 

 

…El Krémlim era como un inmenso pastel tártaro                                                                                                         

 

 

 

De oro sabroso,                                                                                                                                                               Con las grandes almendras de las catedrales completamente blancas                                                                          

Y el dorado almíbar de las campanas…                                                                                                                        

Un anciano monje me leía la leyenda de Novgorod                                                                                                     

y yo tenía sed                                                                                                                                                                   (…)                                                                                                                                                                                  Y mis manos volaban también con un rumor de albatros                                                                                              

Y éstas fueron las últimas reminiscencias del último día                                                                                                

Del ultimísimo viaje                                                                                                                                                       

Y del mar.

¿Lo veis? Seguiría leyendo mientras la niebla, fuera de mi ventanal, borra el mundo y apaga su lamento, pero no puede ser así, tendréis que ser vosotros quienes corráis a la librería, a la biblioteca a por el poema y beberlo de un trago porque

Yo, el mal poeta que no quería ir a ninguna parte, podía moverme a mi antojo                                                                                                          (…)                                                                                                                                                                                                                                 Y sin embargo, y sin embargo                                                                                                                                                                                        Estaba triste como un niño                                                                                                                                                                                            Los ritmos del tren                                                                                                                                                                                                         La asombrosa presencia de Jeanne

(Jeanne aparece aquí, junto con la browning y un hombre que se paseaba con unas gafas azules.)

Del fondo de mi corazón las lágrimas acuden                                                                                                                                                              Sí pienso, Amor, en mi amante;                                                                                                                                                                                  

La define pero no la define:

No es más que una niña, rubia, risueña y triste                                                                                                                                                             (…)                                                                                                                                                                                                                                 Pero en lo hondo de sus ojos, cuando te deja beber en ellos,                                                                                                                                      

Tiembla un dulce lirio de plata, la flor del poeta.

El poema sigue y sigue y sigue por soles y lágrimas, por su madre tocando al piano -como Madame Bovary- las sonatas de Beethoven. Ellos, él y la pequeña Jeanne viajan y viajan…

Estamos lejos, Jeanne, llevas siete días viajando                                                                                                                                                         Estás lejos de Montmartre, de la colina del Sacré-Coeur que te amamantaba y en la que te acurrucabas                                                                 

París ha desaparecido y de su enorme brasa                                                                                                                                                                Sólo restan ininterrumpidas cenizas

Y mientras este largo viaje continúa Cendrars viaja también en su mundo real y ficticio, conoce a Chagall, de quien quedará prendado para siempre,  conoce a Modigliani, quien pintará su retrato, a Csaky, a Arjípenko y, como he dicho por ahí arriba, a Delaunay, Sonia y Robert; se alistó en la Legión Extranjera, se fue a la guerra, perdió un brazo, viajó a Brasil donde conoció  Cicero Dias, a África, conoció a Fernand Léger, quien ilustró J’ai Tué, el hermoso libro necesario, trabajó en el cine como actor y como guionista, mintió como un bellaco inteligente, bondadoso y poético, se enriqueció y vivió siempre arruinado, pero sobre todo tuvo la gran invención de hacerse francés siendo suizo: eso no tiene precio, amigas.

“Dime Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?

Es el mantra de Jeanne a lo largo del poema, el verso que es hilo y puntada del poema, pero

Huyen                                                                                                                                                                                                                            las ruedas vertiginosas las bocas las voces                                                                                                                                                                   Y los perros del infortunio que ladran pisándonos los talones                                                                                                                                       (…)                                                                                                                                                                                                                                  Somos una tormenta en el cráneo de un sordo…                                                                                                                                                         (…)                                                                                                                                                                                                                                Somos aquellos a quienes han amputado el espacio                                                                                                                                                    Caminamos sobre nuestras cuatro heridas                                                                                                                                                                   Nos han cortado las alas                                                                                                                                                                                              Las alas de nuestros siete pecados                                                                                                                                                                               Y todos los trenes son los juguetes del demonio

Hay que acabar, hay que acabar: sufro demasiado según se acerca el final del poema. Demasiado.

“Blaise, dime, ¿estamos muy lejos de Monmartre?

Te compadezco, te compadezco ven a mí voy a contarte una historia                                                                                                                         

Ven a mi cama                                                                                                                                                                                                              Ven a mi corazón                                                                                                                                                                                                           Voy a contarte una historia…                                                                                                                                                                                                                        (…)                                                                                                                                                                                                                                Jeanne Jeannette Ninette La De Los Dos Limones niní ninón                                                                                                                                     

Cariño miamor minovia mipotosí

 

Querría no haber hecho nunca los viajes que he hecho                                                                                                                                                Esta noche un gran amor me atormenta                                                                                                                                                                      

Y a mi pesar pienso en la pequeña Jeanne de Francia.                                                                                                                                                En una noche de tristeza escribo estos versos en su honor                                                                                                                                          

Jeanne                                                                                                                                                             La pequeña puta                                                                                                                                         Estoy triste estoy triste                                                                                                                                 Iré al Lapin agile para recordar mi juventud perdida                                                                       Y beber unos cuantos vasos                                                                                                                     

Luego regresaré solo

París

Ciudad de la Torre única del gran Patíbulo y de la Rueda.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         No sigo, no sigo: a mí también me mata la tristeza, esta última niebla de la tarde, de este fuscolusco del noroeste.

 

UN POEMA: LAS ERGOGRAFÍAS

No recuerdo cuándo escribí este poema, pero de vez en cuando relata el mundo con precisión, seguramente porque nada se desvanece del todo o quizás porque a veces, la vida parece, más que una vida, una composición musical enmarcada en el serialismo:

 

Mares en los ojos, ríos

De soledad recorren nuestro cuerpo;

Glaucos abismos. Recónditos

Secretos desde las arterias

Absorben el miedo y lo almacenan tan vecino

A la cotidiana memoria

Que sólo el leve roce,

La sutil brisa del acaso lo despierta

Engrandecido:

Como un desierto de horizontes infinitos;

Como un desierto de círculos sin lágrimas.

Como una vejez de arena.

La soledad es el miedo que se mira

Sin pausa; el brillo del ojo

Que mira al ojo.

Y lo apuñala.

 

Fotografía de Octavio Colis