HOY, UN CANON

O, es decir, eso que te sale si escribes (en el pentagrama, claro) una melodía cualquiera sea para voz sea para instrumento, esperas unos compases, no muchos que hay que ir a comer algún día, y haces una segunda voz que repite exactamente lo que decía la primera (que sigue a lo suyo); he dicho exactamente, pero… puede cambiarse la tonalidad o algún otro aspecto de la melodía. Puedes liarte a escribir otras voces, es decir, vuelves a esperar los mismos compases (dos, digamos) y hacer una tercera voz y luego una cuarta o las que quieras; a la primera voz la llamas, dux que es la propuesta (o antecedente)y a las demás comes, es decir, respuestas o consecuentes. Ah, esta composición, el canon, ha de ser contrapuntística (contrapunto: esos simpáticos rellenos que hacen del resultado un continuo agradable y coherente).
Bueno, hay varias clases de canon, desde el canon al unísono (o tantas octavas por encima o por debajo del dux sin cambiar e intervalo, el canon perpetuus que sería como un replicante de sí mismo, así, a perpetuidad o hasta que los intérpretes se rindan, el espiral, como el que aparece en BWV 1079 (Ofrenda musical) que es un bucle en el cual el comes (consecuente: recordad) ha modulado en una tonalidad diferente a la del dux, el que lleva el curioso nombre de Cancrizante (de cancer, cangrejo) que resulta en una partitura especular, es decir simétrica, y unos cuantos más, hasta incluso uno dedicado a la libre interpretación (ad libitum), como en el jazz, en el cual el compositor no escribe ni tema canónico ni consecuentes, sino sólo el tema principal, siendo el intérprete el que decide desfase e intervalo.
En fin, el entretenido mundo del canon que, a pesar de lo que se suele creer (quiero suponer que a causa del nombre: canon, canónico) es muy muy variado.
Y ahora, naturalmente, esperaréis oh aplicadas lectoras que deje aquí, previa vana presentación el hiperfamoso y requeteabusado canon de Pachelbel, con lo cual quedará todo el mundo perfectamente satisfecho: ¡Por fin, una que sepamos todas!
Pues no, lo que voy a traer es una cochinadita del tipo ese de Salzburgo, W. A. Mozart, que era bastante travieso y a veces gustaba escribir cacaculopis, y va a ser el K. 231/382c en si bemol mayor, es decir una tonalidad alegre, incluso jocosa que va estupendamente con el título: Leck mich im Arsch, o sea, en castellano: Lámeme el culo, que es un canon a seis, como una ronda, escrito seguramente para sus amigotes de jarana.
Este canon fue censurado, cisurado y descontextualizado después de la muerte del autor y al cual, el editor le calzó este título tan decente como falso: Laßt froh uns sein, o sea, “¡Alegrémonos!”, que ya me diréis. Pero en 1991 (creo), apareció en la biblioteca de Harvard (sección música) el original firmado por Mozart (sin duda alguna) junto con otros nueve y entre los cuales había otro con otro título parecido pero más explícito: Leck mir den Arsch fein recht schön sauber (Lámeme el culo hasta dejarlo limpio“), K. 232d. Picarón Mozart.
Y es que mucha gente piensa que los intelectuales y artistas se chupaban el dedo, claro que para dejar de creer estas bobadas no hay como leer las cartas que Emilia Pardo Bazán escribía a su amigo Benito P. Galdós en el arrebato de su pasión (Sí, yo me acuesto contigo, y me acostaré siempre, y, si es para algo execrable, bien, muy bien, sabe a gloria, y si no, también muy bien”, o “Te aplastaré… Te morderé un carrillito, o tu hocico ilustre… Te como un pedazo de mejilla y una guía del bigote… Te daré a besar mi escultural geta gallega… Búscame casita, niño… Te beso un millón de veces el pelo, los ojos, la boca y el pescuezo.)
En fin, poco más que decir, tan sólo dejar constancia de la letra (traducida) del canon que nos ocupa y el enlace que he encontrado en YouTube antes afortunadamente de que el artículo 13 de la ley europea sobre derechos de autor no lo mande todo a tomarporsaco:
 
¡Lámeme el culo!
¡Alegrémonos!
¡Quejarse es inútil!
Murmullar, mascullar es inútil,
es la verdadera miseria de la vida,
mascullar es inútil,
¡murmurar, mascullar es inútil, inútil!
¡Así que estemos contentos y felices, alegres!
(humilde texto que dedico a una amiga que, por alguna circunstancia de la vida, estaba entristecida: ojalá la diosa Bastet haya de nuevo iluminado sus ojos)
 

MORIR UNO MISMO

Lo que más me irrita del hecho de morirme es que dejaré un libro a medio leer, sin terminar, sin saber cómo acaba. O dos, que tengo la perniciosa costumbre de leer varios libros a la vez, y encima, con libreta y pluma a mano.

Y es que leemos para eso, para saber cómo acaba la historia, quién mata a quién, quién sobrevive, quién acaba el viaje, quién naufraga sin remedio.
Quién queda sin esperanza.
Qué desierto devora el mundo.
Para saber el final: para eso leemos, y yo me quedaré sin final, lo cambiaré por el mío propio.
El único final que no podré conocer nunca porque desapareceré con él.
Y el del libro.
Leer “FIN” y morir: ése es mi deseo.
(nota: Las dos primeras pinturas son detalles del cuadro “El Triunfo de la muerte”, de Bruegel; la tercera, es “El sueño de Dante ante la muerte de su amada”, de Dante Gabriel Rossetti)

DESCONTEXTUALIZACIONES

Hace unas semanas, cuando, oh gentes, comenzabais vuestras vacaciones y yo seguía con las mías que sólo la muerte cortará, vi un vídeo que una amiga había colgado en su lugar de Facebook. El vídeo resumía en dos minutos y cuarenta y dos segundos del tercer movimiento todo el concierto para flautino (o flautín) y orquesta en  Do mayor, RV 443, de Antonio Vivaldi, interpretado (algo lento para mi gusto) por Lucie Horsch.

Es publicidad, claro, publicidad de Decca, y que quede claro que lo que yo tenga en contra de la publicidad en general no va a ser relevante en este asunto, lo que me molesta en este -y otros muchos casos- es la manía de descontextualizar las cosas, así, sin más ni más, lo mismo aquí, digo, que en esas frases que aparecen por el nombrado Facebook y que, una vez descontextulizadas no dicen nada, queriendo decirlo todo, siempre algo muy profundo y que, de tan profundo queda ahogado en el más recóndito de los profundos pozos de la incuria. Esas frases vacías siempre vienen firmadas por personajes más o menos ilustres, como si la firma fuera suficiente para hacernos comprender la sapientísima intención del descontextualizador de turno.

Paul Éluard

Recuerdo un estúpido anuncio de una colonia o perfume o algo así (hay que ver cuánta majadería en el mundo del perfume ¿eh?) que descontextualizaba a Paul Èluard con aquello de Hay otros mundos, pero están en éste… ¿Y qué coño tiene que ver esta frase con que una o uno prefiera oler a jacintos en vez de a sí mismo? El texto, que no es de Éluard sino que es cita de una cita y que se suele atribuir a Yeats o a Rilke, dice literalmente:

Il y a assurément un autre monde, mais il est dans celui-ci et, pour atteindre à sa pleine perfection, il faut qu’il soit bien reconnu et qu’on en fasse profession. L’homme doit chercher son état à venir dans la present, et le ciel, non point au-dessus de la terre, mais en soi.

Está la frase en el Alma romántica y el sueño, de Albert Béguin, que cita a Ignaz-Vitalis Troxler y que aparece en las Obras Completas de Paul Éluard (Edición de 1968, p. 986, primer volumen) y en su traducción al castellano dice más o menos así:

“Seguramente hay otro mundo, pero está en este, y para alcanzar su perfección total, debe ser bien reconocido y profesado”. El hombre debe buscar su estado futuro. en el presente, y el cielo, no sobre la tierra, sino en sí mismo.

He puesto de ejemplo esta frase que el publicista dejó en Hay otros mundos pero están en éste para anunciar un jodío perfume, porque siempre me pareció el colmo del manejo interesado de las fuentes, de la ya demasiado nombrada descontextualización. Y es que fijaos bien en lo que dice el texto completo: No hay cielos prometidos sino una única vida aquí, en la tierra y si el hombre quiere vivirla ha de hacerlo desde esa premisa y no de otra más o menos romántica, más o menos mágica. Eso dice, y no otra cosa. Ése es el mal y la mala intención que se tiene al descontextualizar.

Porque ¿Qué dicen dos minutos y pico de un concierto que en la interpretación de Lucie Horsch dura 16:20 minutos, periodo de tiempo muy superior a la media (de once a doce minutos) o a la rapidísima (que es la que más me gusta) versión de Anna Fusek, de 10:40 minutos? Nada de nada: el oyente desconocedor de este concierto quedará como antes o -sin saberlo- aún peor, con la sensación de no saber muy bien qué ha oído (que no escuchado).

Anne Fusek

En fin, no quiero abundar más en este asunto, que por cierto da mucho de sí, pero mi naturaleza perezosa es más fuerte: profundizad vosotros: yo me limito a pinchar un poco en superficie, que es lo mío.

Y en desagravio, os dejo el enlace de este concierto en Do mayor, RV 443, para flautín , cuerda y bajo continuo de Antonio Vivaldi en la interpretación de Anna Fusek, que lo fue en el contexto de un recital que dio con el Ensemble Kavka bajo la dirección de Anna Fusek, para la Televisión Checa en 2013 en el transcurso del Concentus Moraviae, 2013. El recital se hizo con obras alternas de Vivaldi y Bach terminando con éste de Vivaldi.

 

Y si alguien, movido por la curiosidad o el placer desea escuchar todo el recital en este salón barroco, no tiene más que acudir a este enlace:

 

Donde podrá disfrutar también de dos interpretaciones de Anna Fusec como intérprete (extraordinaria) de violín, una de ellas el concierto RV157 (minuto 20) y la otra, el concierto BWV1043 (minuto 35) ; Un lujo, queridas.

LA MELANCOLÍA SEGÚN ZELENKA

 

De Jan Dismas Zelenka (1679-1745) no se acordaba pero nadie desde que murió hasta el s. XX en cuyos finales su obra fue redescubierta y añadida al catálogo de los intérpretes; lo mismo le pasó a Juan Sebastian Bach, aunque éste fue redescubierto antes gracias a Menselssohn de quien se cuenta (aunque yo tengo mis reservas) que descubrió a Bach un día al ver el papel que envolvía el encargo del carnicero: era una página de papel pautado con notas manuscritas; Mendelssohn fue a ver al carnicero y éste le contó que en casa tenía montones de papeles de esos y que los usaba para envolver chuletas y que, una vez leídas resultaron ser partituras manuscritas de Bach, lo cual le llevó a leerlas y estudiarlas con curiosidad pues Bach era ya un autor olvidado desde hacía unos ochenta años y, por fin, el día 11 de marzo de 1829, Mendelsohn dirigió la orquesta con los coros de la Singakademie (dirigiddos por un al principio escéptico Carl Friedrich Zelter, su maestro). La obra que se estrenó aquel día -todo el mundo lo sabe- fue la Pasión según San Mateo BWV 244.
Pero hablaba de Zelenka y de su incorporación a la actualidad musical como tantas otras de la época renacentista y barroca que han ido incorporándose al repertorio desde que se impuso la interpretación historicista de la música antigua.
Zelenka -lo mismo que Bach- escribió en su mayoría obra religiosa – aquel para Leipizg y éste para la corte de Dresde, ciudad en la que vivió aunque su lugar de nacimiento fuera Lunovice, pequeño lugar al suroeste de Praga, ciudad en la que vivió desde 1719 después de pasar por Praga, Viena, Nápoles (donde estudió con Scarlatti) y Venecia (siendo aquí alumno de Antonio Lotti, maestro también de Benedeto Marcello), y en Dresde llegó a ser director de música de la iglesia de la corte de Augusto II.

Como digo, su obra es mayormente religiosa: veinte misas más fragmentos de misas y responsorios, dos magnificats, muchos salmos, cuatro requiems y tres oratorios, pero escribe también música instrumental inspirados en la música tradicional checa, por ejemplo, sus seis sonatas de cámara y los cinco caprichos para orquesta, pero la que quiero destacar aquí es una curiosa obertura de programa titulada Hipochondria (hipocondría) que es la que traigo hoy mientras hago tiempo a que se acerque la hora de almorzar, pues hoy la lluvia y el frío me han dejado en casa sin bici.
Bueno, he de decir que en la época de Zelenka, el término hipocondría significaba, más que nuestra acepción actual, una variedad de la melancolía (melancholia, μελαγχολια, bilis negra, por cierto (yo y mis digresiones) hay una película estupenda del inefable
Marco Ferreri titulada Liza en la que ésta, Liza pasa a ocupar el lugar del perro Melampo μελας , negro. Literalmente, hipochondria quiere decir debajo (hipo) del esternón (chondria) que es donde duele cuando te quedas sin tu amor, y es esa melancolía la que Zelenka nos trasmite muy sutilmente con esta pieza, que en sus idas y vueltas de tono mayor a menor parecen indicar un diálogo entre médico (mayor) y paciente ( menor), que dice George Cheyne que los síntomas de la melancolía son muchos, variados y variables, que cambian de un lugar a otro ( The English Malady, 1733), síntomas que se pueden aplicar perfectamente al estilo armónico de Zelenka.
Y aquí os dejo el enlace de esta obertura, Hipochondria a 7 concertanti en La mayor, ZWV187, interpretado por la Orquesta Barroca de Friburgo que dirige Gottfried von der Goltz.
Que os guste. 

ALGO SOBRE BLAISE CENDRARS

Hablando Henry Miller de Cendrars con cariño y admiración viene a decir que la pista sobre el carácter de este último está en uno de sus textos, el titulado Une Nuit dans la Forêt, allí donde escribe De plus en plus je me rende comte que j’ai toujors pratiqué la vie contemplative. Hace hoy, más o menos unos cuarenta y tantos años que gracias a Miller leí ese texto, y hoy, después de tanto tiempo, yo también me doy cuenta de que me los he pasado practicando la vida contemplativa. También dice Miller de Cendrars que está más próximo a la naturaleza que al hombre, cosa que también me sucede a mí, que de sentir compasión por los humanos sería sólo porque están (o deberían estar) asumidos a la naturaleza, pero no lo están. Explica Joaquín Aráujo (entrevista en AVES Y NATURALEZA, nº 25, 2017, p.23) que el ser humano, en caso de querer salvarse Debería rebelarse primero contra él mismo, contra esa gigantesca equivocación de separarse de lo que es. Hay que rebelarse contra la comodidad, la velocidad artificial y el consumismo; contra una suerte de falsa independencia de la vida, pero dice también (p.22) que la máxima manifestación del machismo más ignorante es la destrucción de la naturaleza, porque se agrede a una condición femenina que está en los paisajes desde una exhibición de fuerza y desde la seguridad de que no va a haber respuesta. Es una cobardía doble.

Blaise Cendrars (Frédéric-Louis Sauser, 1887-1961) quiso ser pianista, pero también quiso ir a la guerra y, en 1915, le tuvieron que amputar su brazo derecho por encima del codo, y como no era Paul Wittgenstein, que también se fue a la misma guerra y también perdió un brazo, Ravel no pudo componer para él otro Concierto para la mano izquierda en Re menor, ni mayor, puesto que Cendrars decidió estudiar a Schopenhauer, donde descubre que El mundo es mi representación (El Mundo como Voluntad y Representación. Arthur Schopenhauer, 1819), de manera que se dedica a viajar, a observar, a mentir con inteligencia y sin daño, a escribir poesía: a hacer de su vida un largo y bello poema.

Escribe también prosa, pero es poesía encubierta; leí en 1974 su Hombre fulminado (L’Homme Frondoyé, 1945), mi primer libro cendrarsiano; lei muchos más a lo largo de aquella juventud tormentosa, viajera y a veces falsa que viví y bebí, todo ello en cantidades industriales: leí La Guerre au Luxembourg, leí J’ai tué (He matado), leí Panamá, leí L’or, la mervelleuse histoire du Général August Suter, la historia de un hombre arruinado por el descubrimiento de oro en sus tierras y que si lo leéis veréis cuán está relacionado el oro con el retrete, leí Una Noche en la selva como he citado al principio de este errático artículo, leí La mano cortada, leí algunos más,  pero sobre todo, muy por encima de todo leí en las dos lenguas Prose du Transsibérien et de la Petite Jeanne de France (Prosa del transiberiano y de la Pequeña Jeanne de Francia); lo leí y lo leo continuamente (vive en la estantería de al lado de mi cama), que está dedicado a los músicos, y que comienza así de bien (traducción estupenda de Adolfo García Ortega. Edición no venal de Ediciones del Taller, 1993):

En aquel tiempo yo estaba en plena adolescencia                                                                                                   

Tenía dieciséis años y había olvidado mi infancia                                                                                                   

Me encontraba a 16.000 leguas de donde nací                                                                                                       

Estaba en Moscú, en la ciudad de los tres mil campanarios y de las siete estaciones                                             

Y no tenía bastante con siete estaciones y tres mil campanarios                                                                             

Porque mi adolescencia en aquella época era tan alocada y ardiente                                                                    

Que mi corazón unas veces ardía como el templo de Éfeso y otras como la Plaza Roja de Moscú                       

Cuando el sol se oculta.                                                                                                                                          

Y mis ojos alumbraban viejos caminos.                                                                                                                  

Y yo era entonces tan mal poeta                                                                                                                             

Que no sabía llegar hasta el final de las cosas.

 

¿No es un gran comienzo? ¿no dan rabiosas ganas de seguir leyendo?

Sin embargo, no he leído jamás la novela que todos quieren leer y que algunos aseguran haber leído, La leyenda del Novgorod o del oro gris, escrita por incitación de un bibliotecario de San Petesburgo (donde aseguró haber trabajado de joyero), Sozonov que inmediatamente traduce el texto al ruso y del que imprimió dizque catorce ejemplares, así que Cendrars inventó a Borges antes de que Borges se inventara a sí mismo; más tarde, un poeta contó que había visto el libro en una librería en Bulgaria, pero ésa ha de ser otra historia. Nadie más lo ha visto nunca. O nadie lo ha dicho, así que nadie sabe qué es el oro gris ni qué decía su leyenda. pero sigo con el poema que publicó conjuntamente con la pintora Sonia Delaunay (1885-1979), simultaneísta nacida en Ucrania. El poema así expuesto midió el día de su exposición

dos metros de longitud y causó una tremenda polémica. ¡Ah, que tiempos aquellos en los que el arte

causaba polémica, escándalo incluso. ¿Qué fue de las polémicas, qué música, lienzo, poema nos salvará? ¿En qué punto de esta opaco, pacato, y estúpido mundo estallará un big bang artístico que nos libere del aburrimiento, la corrección política, la banalidad y la venalidad? ¿Viviré yo entonces? ¿Viviréis vosotros?

¿Qué fue de tanto galán?                                                                                                                 

¿Qué fue de tanta invención                                                                                                           

como traxieron?

Pero decía que seguía con el poema y me distraigo con cualquier cosa, ésa es mi vida: veo aquí y allá y en cualquier lugar me detengo:

 

 

 

…El Krémlim era como un inmenso pastel tártaro                                                                                                         

 

 

 

De oro sabroso,                                                                                                                                                               Con las grandes almendras de las catedrales completamente blancas                                                                          

Y el dorado almíbar de las campanas…                                                                                                                        

Un anciano monje me leía la leyenda de Novgorod                                                                                                     

y yo tenía sed                                                                                                                                                                   (…)                                                                                                                                                                                  Y mis manos volaban también con un rumor de albatros                                                                                              

Y éstas fueron las últimas reminiscencias del último día                                                                                                

Del ultimísimo viaje                                                                                                                                                       

Y del mar.

¿Lo veis? Seguiría leyendo mientras la niebla, fuera de mi ventanal, borra el mundo y apaga su lamento, pero no puede ser así, tendréis que ser vosotros quienes corráis a la librería, a la biblioteca a por el poema y beberlo de un trago porque

Yo, el mal poeta que no quería ir a ninguna parte, podía moverme a mi antojo                                                                                                          (…)                                                                                                                                                                                                                                 Y sin embargo, y sin embargo                                                                                                                                                                                        Estaba triste como un niño                                                                                                                                                                                            Los ritmos del tren                                                                                                                                                                                                         La asombrosa presencia de Jeanne

(Jeanne aparece aquí, junto con la browning y un hombre que se paseaba con unas gafas azules.)

Del fondo de mi corazón las lágrimas acuden                                                                                                                                                              Sí pienso, Amor, en mi amante;                                                                                                                                                                                  

La define pero no la define:

No es más que una niña, rubia, risueña y triste                                                                                                                                                             (…)                                                                                                                                                                                                                                 Pero en lo hondo de sus ojos, cuando te deja beber en ellos,                                                                                                                                      

Tiembla un dulce lirio de plata, la flor del poeta.

El poema sigue y sigue y sigue por soles y lágrimas, por su madre tocando al piano -como Madame Bovary- las sonatas de Beethoven. Ellos, él y la pequeña Jeanne viajan y viajan…

Estamos lejos, Jeanne, llevas siete días viajando                                                                                                                                                         Estás lejos de Montmartre, de la colina del Sacré-Coeur que te amamantaba y en la que te acurrucabas                                                                 

París ha desaparecido y de su enorme brasa                                                                                                                                                                Sólo restan ininterrumpidas cenizas

Y mientras este largo viaje continúa Cendrars viaja también en su mundo real y ficticio, conoce a Chagall, de quien quedará prendado para siempre,  conoce a Modigliani, quien pintará su retrato, a Csaky, a Arjípenko y, como he dicho por ahí arriba, a Delaunay, Sonia y Robert; se alistó en la Legión Extranjera, se fue a la guerra, perdió un brazo, viajó a Brasil donde conoció  Cicero Dias, a África, conoció a Fernand Léger, quien ilustró J’ai Tué, el hermoso libro necesario, trabajó en el cine como actor y como guionista, mintió como un bellaco inteligente, bondadoso y poético, se enriqueció y vivió siempre arruinado, pero sobre todo tuvo la gran invención de hacerse francés siendo suizo: eso no tiene precio, amigas.

“Dime Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?

Es el mantra de Jeanne a lo largo del poema, el verso que es hilo y puntada del poema, pero

Huyen                                                                                                                                                                                                                            las ruedas vertiginosas las bocas las voces                                                                                                                                                                   Y los perros del infortunio que ladran pisándonos los talones                                                                                                                                       (…)                                                                                                                                                                                                                                  Somos una tormenta en el cráneo de un sordo…                                                                                                                                                         (…)                                                                                                                                                                                                                                Somos aquellos a quienes han amputado el espacio                                                                                                                                                    Caminamos sobre nuestras cuatro heridas                                                                                                                                                                   Nos han cortado las alas                                                                                                                                                                                              Las alas de nuestros siete pecados                                                                                                                                                                               Y todos los trenes son los juguetes del demonio

Hay que acabar, hay que acabar: sufro demasiado según se acerca el final del poema. Demasiado.

“Blaise, dime, ¿estamos muy lejos de Monmartre?

Te compadezco, te compadezco ven a mí voy a contarte una historia                                                                                                                         

Ven a mi cama                                                                                                                                                                                                              Ven a mi corazón                                                                                                                                                                                                           Voy a contarte una historia…                                                                                                                                                                                                                        (…)                                                                                                                                                                                                                                Jeanne Jeannette Ninette La De Los Dos Limones niní ninón                                                                                                                                     

Cariño miamor minovia mipotosí

 

Querría no haber hecho nunca los viajes que he hecho                                                                                                                                                Esta noche un gran amor me atormenta                                                                                                                                                                      

Y a mi pesar pienso en la pequeña Jeanne de Francia.                                                                                                                                                En una noche de tristeza escribo estos versos en su honor                                                                                                                                          

Jeanne                                                                                                                                                             La pequeña puta                                                                                                                                         Estoy triste estoy triste                                                                                                                                 Iré al Lapin agile para recordar mi juventud perdida                                                                       Y beber unos cuantos vasos                                                                                                                     

Luego regresaré solo

París

Ciudad de la Torre única del gran Patíbulo y de la Rueda.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         No sigo, no sigo: a mí también me mata la tristeza, esta última niebla de la tarde, de este fuscolusco del noroeste.