PENSAMIENTOS DIVAGANTES EN TORNO A UN LIBRO

PENSAMIENTOS DIVAGANTES EN TORNO A UN LIBRO

Casi siempre, cada vez que recomiendo un libro o un autor, y alguien, leyéndolo, guste de él y lo comente aquí, en FB o donde sea, casi siempre, digo, me apetece tomar al autor de nuevo y darle un repaso en lectura azarosa, un golpecito en la espalda -el lomo del libro-, como agradeciendo su existencia.
En este caso ha sido Primo Levi, de quien comenté hace poco su Sistema periódico; no he tomado ese libro sino Si questo é un huomo (1947), (Si esto es un hombre (1987), publicada por primera vez (con poco éxito) en 1947, por segunda, en 1958 y, por fin, ya con el reconocimiento internacional, en 1963.
Me hablaron de ella, por primera vez en Italia en el ’66 (lo mismo me pasó con Lorca: lo conocí en Italia antes que en España por razones obvias). A Italia viajé, a Valconasso (Piacenza) entonces, en un programa de ayuda internacional en la reconstrucción de Europa que se llamaba Compagni di costruzione (compañeros constructores), promovida por el Partido comunista italiano. Allí conocí a Silvia Zoratti, que venía de Údine, al Nordeste de Venecia y Noroeste de Trieste, comunista convencida, algo mayor que yo y encantador recuerdo: Fue ella la que me introdujo a Levi, a Pitigrilli (aquel que oportunamente escribió: “La estadística es una ciencia según la cual todas las mentiras se tornan cuadros”), a Pirandello y a… Lorca. Tenía yo quince años aquel precioso verano, al que ella llamó Emilio.
Leo pues alguna frase suelta de Levi en este libro de los horrores de los Lager nazis, pero también esperanzador dentro de ciertos límites, ésta, por ejemplo:
No creo en la más obvia y fácil deducción: que el hombre es fundamentalmente brutal, egoísta y estúpido tal y como se comporta cuando toda superestructura civil es eliminada. y que el “Häftling” no es más que un hombre sin inhibiciones. Pienso más bien que, frente a la necesidad y el malestar físico oprimente, muchas costumbres e instintos sociales son reducidos al silencio.
En sí, estas palabras borran de la memoria la reducción tan conocida Homo homini lupus (el hombre es el lobo del hombre, y mal traducida como ‘El hombre es un lobo para el hombre’), frase que debemos, no a Rousseau, como pretenden los libros de texto habituales, sino a Plauto (254-184 a. E.C.) en su obra Asinaria o Comedia de los asnos, aunque la frase completa es más clara y no dice exactamente lo que parece en la reducción que todo el mundo conoce. Ésta: Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit (Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro).
Comentaba hace poco mi amigo Octavio Colis (La vida de mi mujer (2013), La Luna sobre el río (2015),El Éxtasis y la Pasión (2017), Micromujer (2010), etc,  y el inminente El vino, en todos los sentidos, escritor, pintor y sabio de prodigiosa memoria, que no comprendía cómo ya no se estudia latín (desde hace ya tantos años) en el bachiller obligatorio, pero así es: no se estudia, y quedan los estudiantes con una enorme laguna en sus conocimientos que más tarde les pesará, y a los más curiosos, como una losa.

Recuerdo el Trieste (en latín, Tergeste) de 1966, de aquel verano adonde fui después de terminar el trabajo en Valconasso con Silvia como encantadora guía, una ciudad abierta y cosmopolita, la ciudad de mi admirado Claudio Magris (1939) autor de maravillas como Danubio (1986; en España, 1988), Microcosmos (1997; Esp., 2006), Ítaca y más allá (1982; Esp., 1989), Alfabetos (2008; Esp.: 2010), Utopía y desencanto (1999; Esp.: 2004), Lejos de dónde (1971; Esp.: 2002), Así que usted comprenderá (2006; Esp.: 2007) y otros más que ahora no recuerdo y que para recordar tendría que levantarme e ir a las estanterías y no me apetece. La vieja ciudad ilírica de la antigüedad, que fue al principio un mercado (‘terg’) y considerada colonia romana por Julio César, puerto franco desde 1719, que resistió a la italinización posterior a la 1ª guerra mundial. Alessandro Lotta, Italo Svevo, Vladimir Bartol y otros músicos y escritores allí nacieron; James Joyce y Rainer Maria Rilke, allí residieron. Sus calles antiguas, su hermoso ayuntamiento, el rosetón de la catedral bajo cuya luz el cabello de Silvia, sus ojos, brillaban iridiscentes, sus calles de agua…

Claudio Magris

Pero sigo con Levi, con el libro que tengo en las manos, del cual quiero extraer otra cita, ya del final en el que fija algunas de las preguntas que le hicieron aquí y allá en las múltiples conferencias que llegó a dar.
La pregunta fue ésta:
En su libro no hay expresiones de odio hacia los alemanes, ni rencor ni deseo de venganza. ¿Los ha perdonado?
Y ésta es la respuesta (a la que siempre me he adherido):
Por naturaleza el odio no me viene fácilmente. Lo considero un sentimiento animal y torpe, y prefiero en cambio que mis acciones y mis pensamientos, dentro de lo posible, nazcan de la razón; por ello nunca cultivé en mí mismo el odio como deseo primitivo de revancha, de sufrimiento infligido a mi enemigo real o presunto, de venganza privada. Debo agregar que, por lo que creo percibir, el odio es personal, se dirige a una persona, un hombre, un rostro: pero nuestros perseguidores de entonces no tenían rostro ni nombre, lo demuestran las páginas de este libro: estaban alejados, eran invisibles, inaccesibles. El sistema nazi, prudentemente, hacía que el contacto directo con esclavos y señores se redujese al mínimo (…)

Primo Levi

Por lo demás, en los meses en que este libro fue escrito, en 1946, el nazismo y el fascismo parecían realmente carecer de rostro: parecían haber vuelto a la nada, desvanecidos como un sueño monstruoso, según justicia y mérito, tal como desaparecen los fantasmas al cantar el gallo. ¿cómo habría podido cultivar el rencor, querer la venganza contra un conjunto de fantasmas?
Pocos años después Europa e Italia se dieron cuenta de que se trataba de una ingenua ilusión: el fascismo estaba muy lejos de haber muerto, sólo estaba escondido, enquistado; estaba mutando de piel, para presentarse con piel nueva, algo menos reconocible, algo más respetable, mejor adaptado al nuevo mundo que había salido de la catástrofe de la 2ª Guerra Mundial que el fascismo mismo había provocado. Debo confesar que ante ciertos rostros no nuevos, ante ciertas viejas mentiras, ante ciertas figuras en busca de respetabilidad, ante ciertas indulgencias, ciertas complicidades,la tentación de odiar nace en mí, y hasta con alguna violencia: pero yo no soy fascista, creo en la razón y en la discusión como supremos instrumentos de progreso, y por ello antepongo la justicia al odio. Por esa misma razón, para escribir este libro he usado el lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamentoso lenguaje del vengador (…)
No querría empero que abstenerme de juzgar explícitamente se confundiese con perdón indiscriminado. No, no he perdonado a ninguno de los culpables, ni estoy dispuesto ahora ni nunca a perdonar a ninguno, a menos que haya demostrado (en los hechos, no en la palabra, y no demasiado tarde) haber cobrado conciencia de las culpas y los errores del fascismo nuestro y extranjero, y que esté decidido a condenarlos, erradicarlos de su conciencia y la conciencia de los demás. En tal caso, sí, un no cristiano como yo, está dispuesto a seguir el precepto judío y cristiano de perdonar a mi enemigo; pero un enemigo que se rectifica ha dejado de ser mi enemigo.
Palabra por palabra, punto por punto comparto estas palabras y como tal las cito aquí, escritas ahora en el país en que nací y vivo, en este país donde el fascismo ni siquiera ha cambiado de cara ni de brutalidad; sólo ha dejado en el arcón de los desvanes el traje azul, los correajes, y no del todo, no tanto. No seré yo quien perdone ni a los antiguos e impunes criminales ni a los actuales, defendidos ahora por grandes cortinones de riqueza acumulada tras setenta años de expolio, de propaganda demagoga y falaz, de la reescritura de la historia bajo el miserable manto de la mentira sistemática y el discriminado reparto de miedo y estupidez.
Y para terminar, pues incluso en el imperdón hay que ser breve, un aviso para los actuales tiempos, en España y en esta Europa injusta, en la que poco a poco la riqueza se acumula en menos manos, en la que los países del sur nos hemos convertido en feudatarios de los del norte, de Alemania exactamente: en vasallos nos están convirtiendo , no en gente libre: A la deuda que acumulamos, le llaman deuda, pero son tributos. Los fascistas están aquí, en los bancos, en las corporaciones, en la industria farmacéutica (por tercera vez), en el Poder escondido, pero cada vez menos, los nazis están aquí, bien trajeados desuniformados, educados y finamente crueles. Nada de gritos, nada de líderes esperpénticos: Ya no les hace falta.
Hay que desconfiar, pues, de quien trata de convencernos con argumentos distintos a la razón, es decir de los jefes carismáticos: hemos de ser cautos en delegar en otros nuestro juicio y nuestra voluntad. Puesto que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, es mejor sospechar de todo profeta; es mejor renunciar a la verdad revelada, por mucho que exalte su simplicidad y esplendor, aunque las hallemos cómodas porque se adquieren gratis. Es mejor conformarse con otras verdades más modestas y menos entusiastas, las que se conquistan con mucho trabajo, poco a poco y sin atajos por el estudio, la discusión y el razonamiento, verdades que pueden ser demostradas y verificadas.
Esto escribe Levi al final del libro, y esto digo yo aquí: Si se acepta todo como verdad sin someter nada a nuestro propio juicio y reflexión seremos unos vagos del intelecto y terminaremos (como ya se está haciendo aquí mismo, en España) dando gritos, seguiremos confundiendo la política necesaria con el fútbol ineducado y patriotero.

RESPETO

                       Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius.

(“Matadlos a todos. Dios, luego, reconocerá a los suyos”, Béciers, 1209: Arnaldo Almaric, cisterciense, Legado Papal nombrado por Inocencio III para la represión y matanza de los albigenses, arzobispo de Narbona que, siéndolo, excomulgó a a Simón IV de Monfort a causa de la disputa por el Poder y los ingresos del Poder. Abad, general de la Orden del Císter.

Frase esta que procede de la Segunda epístola a Timoteo 2: 19 y del libro Números 16:5 y que define el criterio general de la iglesia católica respecto de los considerados desafectos.

Todos los dictadores, príncipes sanguinarios, reyes ominosos y feroces, todos los canallas encumbrados, los portadores de la ciega violencia, los asesinos, todos los Tiberios violadores de niños… todos ellos piden, exigen respeto.

La Iglesia exige respeto.

La Iglesia Católica, cuerpo de homicidas, pederastas, amparo de la codicia, niebla del crimen y de la sangre derramada, lámpara de avaricia, lujuria y boato insultante, exige respeto.

Católica sede, casa de la hipocresía, de la crueldad refinada o brutal según convenga, residencia de envidias, ocultas pasiones, traiciones, muerte, muerte, muerte, exige respeto…

Iglesia jardín, Iglesia paraíso de nazis, fascistas, asesinos croatas, cuchilleros, falangistas tiro en la nuca, policías represores, dictadores ensangrentados.

Ustachas e Iglesia.

Y se lo exige a las víctimas, sumisión y respeto, a los insultados, vejados, quemados, torturados, quebrados, desamparados, arruinados, embargados, presos, violadas, violados. Lo exige la misma Iglesia que repartió pasaportes vaticanos para las primeras figuras nazis y Jefes de las milicias ustachas y pasaportes de la Cruz Roja para segundones de manera que pudieran huir una vez perdida la guerra, en una operación que los servicios secretos gringos de entonces denominaron Rat Line, en referencia a los palos de los buques que se hundían y por donde intentaban escapar las ratas, esa misma iglesia que pactó con Mussolini, con Hitler, con Franco, al cual llevaba bajo palio a cambio de sus apoyos financieros, a cambio de la venda que tapaba robos y comisiones de delitos de sangre, esa misma iglesia que sabía perfectamente qué ocurría en Auschwitz y demás campos, que conocía el uso de lo que oficialmente se llamó en la Alemania nazi Nacht und Nebel (noche y niebla) que consistía en hacer desaparecer a las víctimas de todo tipo de registro, que sabía de las fosas en las carreteras de España, que mató en la plaza de toros de Badajoz, que bendijo las muertes que no pudo consumar por sus propias manos, que sembró España de curas Merinos sedientos de sangre.

La Iglesia católica bajo cuyo manto estáis bautizados, ésa, exige respeto.

(¿Cómo podéis seguir así, católicos sin apostatar?)

http://apostatar.org/

Nadie que escriba las líneas de arriba puede decir que respeta Iglesias, religiones, creencias estúpidas, supersticiones, ídolos o muñecos o cruces ensangrentadas, así que lo diré alto y claro: No respeto a los católicos como tales, ni a su iglesia, ni a sus jefes, ni a su Jefe; no respeto a su dios ni a ningún dios porque lo que no es no puede respetarse.

No respeto a obispos, curas, religiosos, beatos meapilas: me dan asco y a veces risa, pero pocas, casi siempre temor. Temor a sus miedos inconclusos, a esos miedos que producen odio y sufrimiento y prisiones y muerte.

No respeto ninguna religión, ningún dios, ningún  amo, ningún rey. Nadie que se apoye para su tiranía en un mandato divino merece mi respeto ni el de nadie que se precie como humano pensante y libre.

La religión es una peste, un cáncer, una lacra, y los religiosos, vampiros sedientos de riquezas y de la sangre de quienes la producen.

Es la oscuridad, la noche eterna, el frío, la muerte, la desolación, lo peor de la humana mente, las ocultas crueldades, la impudicia, la irresponsabilidad, la banalidad de todo crimen cometido en su nombre.

El odio, el odio, el odio.

Las guerras, los exterminios, la intolerancia, el freno a la curiosidad humana.

El fuego, el fuego, el fuego.

La prisión, la Inquisición, la censura, el nihil obstat. La reducción de la dignidad humana a la nada, la mentira como medio ecológico, la sumisión al poder, la abjuración de la propia libertad.

El miedo, el miedo, el miedo.

Luchad contra el falso respeto.

Respetad a los que dan y no piden.

Respetaos a vosotros mismos.

Apostatad.

No os rindáis, no respetéis lo irrespetable; sabed que la risa es seria: reíd, reíros de ellos, de obispos, curas, cardenales, beatos y beatas, dioses,  de ese que llaman Papa, un jefe de estado educado para la mentira.

NI espero venganza, ni la encarno.

Nada me es ajeno. Todo me hiere.

Vedlos como los que son: Payasos.

Eso sí, sedientos de oro, poder y sangre.

 

 

 

 

 

 

FASCISMO

Que no soy nacionalista, que nacionalismo, patria y religión están a galaxias, universos de mí, que los tres conceptos no me causan sino temor y desprecio, es cosa sabida puesto que muchas veces lo he afirmado desde estas u otras páginas; miedo al vacío, a la muerte como fin único, a la sumisión ciega de poblaciones completas, a las frases hueras pero venenosas. Al silencio.
¿Y no es silencio este que nos ahoga?
Nacionalistas o no, catalanistas o bocazas cuyo único pecado es expresar libremente sus ideas o amagos de ideas o, simplemente, estupideces; expresar, como digo apoyándose en un código vigente que las protege, lo mismo que protege el derecho a la educación, vivienda, salud y dignidad.
Remedando a Inger Christiansen, el Código existe, las normas de comportamiento ciudadano existen, las palabras existen.
¿Y para qué?
Para repetirlas hasta la saciedad con -como decía Krahe, de acusador recuerdo- con lenguas de serpiente hasta vaciarlas de contenido, hasta que transgredirlas pase desapercibido, hasta que el código completo sea cosa fútil, papel mojado y podre.
Hasta hoy, de momento.
Gente en la cárcel, queridas y queridos, en la cárcel sin cometer delito contra ningún código, perseguidos con saña, insultados. En la cárcel, no por expoliar, prevaricar, sobornar, traficar con mujeres o menores, tomar las armas, matar, golpear, delinquir, sino por expresar unas ideas con las que personalmente no puedo estar de acuerdo, pero tampoco estoy de acuerdo con otras cosas y no por ello exijo prisiones perpetuas, o la aplicación de código de Hammurabi que ya tiene casi cuatro mil años y parece que no ha pasado el tiempo, es más, el código de Hammurabi, la llamada Ley del Talión, contemplaba ya la presunción de inocencia, y también contemplaba la inmutabilidad de la Ley una vez escrita, o impedía su lectura caprichosa, es decir que no sólo parece que no ha pasado el tiempo sino que estamos muy por detrás de Hammurabi.
Y gente que se alegra de la prisión de los demás, de sus conciudadanos, que piden más prisión, más esbirros, más palo, más represión, porque, queridas y queridos, cuando se exigen penas para los demás las estáis exigiendo para vosotros mismos, que para eso os están manipulando tan eficientemente.
Fascismo se llama eso.
Gente que calla ante las muestras de despotismo, que en su vacío interior busca razones para la violencia estatal, que ríe o aplaude o se envuelve en banderas o, simplemente piensa: A mí no me va a pasar.
Por otra parte también me he enterado de lo de las banderas a media asta a causa de una muerte que nunca ocurrió, pero no por las que ocurren a diario, o las que se ocultan bajo zanjas en las carreteras o las de los suicidas por desahucio, y me he enterado también del esperpento legionario del cuerpo ministerial.
Y me he tomado la muy desagradable molestia de visionar el vídeo en que energúmenos legionarios, militares de carrera, populacho y ministros del gobierno cantaban esa ordinariez grosera en la que todos se declaran novios de la muerte con la ministra de defensa que -supongo- será novia de la muerte sin decidirse -lo mismo que el resto de espantajos- a ser esposa y abrazarse a ella, a la muerte definitivamente. No.
Pero no quiero que penséis que lo tomo a broma o a risa histérica, no, porque no es una broma, un esperpento sí, pero no una broma; es simplemente un acto de poder, un aviso de lo que vendrá, un gobierno que nos está diciendo a quién se abraza y con qué armas cuenta mientras el pueblo emocionado aclama la idea de la muerte, la de los demás, claro está, la de la muerte del pensamiento y la cultura, la de las cunetas. Vuestra muerte: eso es lo que os dicen: Vuestra muerte o vuestro silencio; eso queremos y eso obtendremos, y no hay método inane ni obstáculo que nos lo impida, y estamos aquí, cantando porque nuestro es el poder y vuestra la amargura, la soledad y el silencio. Y es que nosotros somos los portadores de la muerte y vosotros, los verdaderos destinados a ella.
Podéis llamarlo como os de la gana, pero sólo tiene un nombre: Fascismo, y está aquí, y en España recibe el nombre de Nacionalcatolicismo.
Pero siempre se puede seguir siendo ciegos y sordos, pero sobre todo, sumisos.