VELLOS

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Tenía yo hace ya bastantes años una amiga que me regalaba libros y en cada uno de ellos metía al albur entre sus páginas -uno por página afortunada- dos o tres pelos de su coño, regalo que hacía sin más palabras: Toma he encontrado este libro, así, sin más, y me lo daba.

Por aquella época yo aún viajaba mucho en mi condición de marino mercante; ella justificaba su capricho o fantasía o ambas cosas diciendo que le fascinaba que un pelo de su coño acabara olvidado entre las páginas de un libro abandonado quizá en Antofagasta o en las islas Juan Fernández o en Montevideo o en Ciudad del Cabo o en Semersooq o en Port aux Basques o en Boston o en Veracruz o en Hamburgo, o en Rotterdam o en Memel, Libau, Sotplmuni, Ronne, Arjánguelsk (Arcángel), o cualquier puerto perdido en el Orinoco, Amazonas, Missisipi, ¿quién sabe?

Pensaba mucho en ello -decía-, y decía también que ese ello la ponía fuera de sí, la inflamaba, empapaba, decía con la voz ronca entre susurros y jadeos y los ojos en otra parte en la cual ya no estaba yo sino un libro olvidado en cualquier café fastuoso o miserable, en cualquier cabaret ensombrado de humo, que soñaba que en cada uno de esos pelos iba ella a esos puertos ignotos y lejanos y que en cada uno de ellos se revolcaría con un hombre al que quizás no entendería ni una palabra pero que la haría gozar de inefables placeres, placeres a los que se sumaría el de desconocer nombres, orígenes, vidas, y el de desaparecer al los pocos días sin dejar otra huella que un simple pelo.

Traté con esta mujer a lo largo de un par de años, cuando, desembarcado volvía a mi ciudad, a Bilbao, con los bolsillos llenos de plata, libre del todo y sin otra cosa que hacer que divertirme y derrochar lo ganado en aquellos meses en la mar, y luego, de repente, desapareció y ya nunca más supe de ella. Nada, ni rastro. Nada.

Hoy, por alguna enigmática razón he encontrado en mis estanterías un ejemplar de la obra de Cornelio Nepote (100- +/- 25 era cristiana) Vidas de varones ilustres (De viris illustribus) en una edición de 1963 Debida a Editorial Iberia. Hacía siglos que no veía este libro que, como algunos otros ha soportado traslados, aguas, pérdidas, préstamos desde hace ya unos cuarenta o cuarenta y tantos años, así que con curiosidad y un deje de amor al valiente objeto y otro del placer de hallarlo ileso lo he abierto hojeándolo azarosamente, y en ello estando he encontrado uno de ellos, un pelo de aquel coño difuminado por la niebla de los tiempos,

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pero súbitamente recordado. No hay ninguna duda: es de ella, Ella. Y ahí queda, donde lo he hallado, en la página 11 en que Nepote comienza a narrar la invasión de Darío, que envió un ejército de veinte mil combatientes a las órdenes de Datis y Artafernes,  y la defensa que planea oponer Milcíades, que es partidario de enfrentar a Darío, no desde las murallas sino en campo abierto venciendo a un ejército diez veces mayor haciendo que los persas huyeran no a su campamento sino a sus naves.

Recuerdo el hecho del regalo, recuerdo el lugar y las sábanas por el suelo.

No puedo recordar, sin embargo, su nombre, ni sus ojos, ni su faz, ni su altura. Ni su nombre, el que me dio, por otra parte, seguramente falso.

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MADRES Y CUENTOS PARA NIÑOS

MADRES Y CUENTOS PARA NIÑOS

No era mi madre muy dada a contarnos cuentos, es cierto, pero yo -que llegué el primero- sí que recuerdo uno, mejor dicho, acabo de recordarlo mientras escuchaba el podcast de Música y significado, programa en Radio clásica debido a Luis Ángel de Benito, porque la verdad es que éste era un recuerdo enterrado en el fondo de mi (precaria) memoria. Ha salido así, como salen estos recuerdos enterrados, lenta, tímidamente hasta que de repente estaba claro como un amanecer soleado de invierno.

No sé si conocéis el argumento de Turandot, que es en sí un cuento y, como en casi todos los cuentos infantiles, la crueldad tiene una gran importancia, ¿el porqué? Seguro que alguien habrá publicado montones de páginas sobre esto, así que quien se interese que lo busque. Bueno, la princesa Turandot, allá en China ha impuesto a su padre, el emperador, una condición de obligado cumplimiento: A cualquier príncipe pretendiente que desee casar con ella se le harán tres preguntas; si no contesta a las tres, el verdugo Pu-tin-Pao le cortará la cabeza, de hecho, cuando está por cortársela a un príncipe de Persia, Calaf (que es el protagonista masculino, es decir, un príncipe), se encuentra entre el público, y entre ese mismo público está su padre, ciego, al que ayuda la esclava Liu, pues él perdió el reino en una guerra y mendiga, es decir, mendiga por él Liu, le guía y acompaña porque (dice ella al preguntarle Calaf) un día en Palacio, usted me sonrió, y es que ella le ama.

El caso es que a pesar de las súplicas del pueblo al persa le cortan la cabeza por orden directa de Turandot, que aparece un momento, ordena y desaparece, y tan sólo por esa visión de la princesa, de su singular belleza, Calaf se enamora perdidamente de ella (O divina bellezza! O meraviglia!) y solicita las preguntas como pretendiente. Liu le dice que desista, los tres ministros del emperador, le piden que desista, todos quieren que desista, pero él está ciego de amor y reclama las preguntas (lo curioso en este momento es que mi madre se las sabía de memoria y me las dijo)

Turandot: En la oscura noche vuela un fantasma iridiscente. Se eleva y despliega las alas sobre la negra e infinita humanidad. Todo el mundo lo invoca y todo el mundo lo implora, pero el fantasma desaparece con la aurora para renacer en el corazón.           

Calaf (pensativo): La esperanza.

Ha acertado la primera pregunta.

Turandot: Surge como una llama, y no es llama. Es a veces delirio. Es fiebre de ímpetu y ardor. La inercia lo torna en languidez. Si se pierde o mueres, se enfría. Si anhelas la conquista, se inflama. Tiene una voz, que escuchas palpitante, y del ocaso, el vivo resplandor.

Calaf (seguro): La sangre.

Ha acertado la segunda pregunta.

Turandot (nerviosa y descompuesta): Hielo que te inflama y con tu fuego aún más se hiela. Cándida y oscura. Si libre te quiere, te hace más esclavo. Si por esclavo te acepta, te hace rey”

Calaf (dubitativo, pero mira a los ojos de Turandot; queda así, mirando, absorbiendo la belleza de esos ojos mientras ella sonríe, ríe saboreando el cruel destino del pretendiente. Él no duda más): ¡Turandot!

¡Ha acertado! el pueblo se alegra por el vencedor; la princesa se niega y pide a su padre que no se cumpla la orden, que no la entregue a él, pero el emperador le dice que eso es imposible. Ella se niega. Entonces Calaf le propone otro acertijo: si ella averigua su nombre (que no se ha dicho, pues le llaman el ignoto), el la liberará de la promesa y se irá (Dimmi il mio nome e all’alba morirò). Morirá de amor, naturalmente.

Turandot es una princesa cruel (y tiene sus razones: buscadlas si os interesa) y decreta la muerte para todo aquel que, sabiendo el nombre del extranjero, no lo confesase, de manera que, encontrando a Liu los guardias intentan que confiese por orden de la princesa. Si no, morirá. Ella, aún torturada, no confiesa; Turandot se pregunta el porqué de tanta fortaleza; ella le confiesa su amor sin confesarlo del todo; Liu responde: Principessa, l’amore!, acto seguido se apodera de la espada de un guardia y se da la muerte. Calaf le recrimina tanta crueldad (Principessa di morte, Principessa di gelo!), discuten, conversan y, al final, él la besa y, acto seguido él mismo le confiesa su nombre (Io son Kalaf, figlio di Timur), con lo cual pone su vida en sus manos, pero ella, en vez de condenarle, cae rendida de amor.

¿Bonito, verdad?

El caso es que nunca le dije nada a mi madre después de haber visto la ópera, no una ya, sino varias veces (en realidad, a mi madre le gustaba mucho más Donizzeti, sobre todo su Lucia di Lammermoor, más romántica, pero yo siempre preferí Turandot, tan moderna y con ese cuento tan bonito), hasta muchos años después, un día en que fui a verle para decirle que iba a tener una nueva nieta, mi hija y que, dado que yo había desechado el apellido de mi padre y cambiado por el suyo, ella y mi hija llevarían el mismo apellido. Entonces, le recordé el cuento de la princesa Turandot y las tres preguntas, y le pregunté por qué me contaba una ópera como si fuese un cuento, cuando era un cuento que era una ópera.

Mi madre, a veces sonreía de una manera extraña, como para sí misma. así que sólo me dijo con su sonrisa:

Hijo, a veces pareces tonto.

Y nada más: cambió de tema.

Poco después murió: nunca conoció a mi hija.

Por eso a veces pienso que los cuentos infantiles son tan crueles porque simplemente reflejan episodios de nuestra propia vida.

…El tema que aparece en Dimmi il mio nome e all’alba morirò cobra toda su fuerza en el famosísimo Nessun dorma (nadie duerma) cuyo enlace dejo aquí, interpretado en directo por Plácido Domingo (y subtitulada en castellano); iba a dejar la interpretación de Franco Corelli, para mí, la mejor de todas la que he escuchado, pero no se oye muy bien. Por supuesto, la de Pavarotti la he desechado sin duda: No soporto esa voz.

Y ya, puestos, dejo también el enlace de Música y significado, del cual soy devoto oyente: http://www.rtve.es/alacarta/audios/musica-y-significado/

MORIR UNO MISMO

Lo que más me irrita del hecho de morirme es que dejaré un libro a medio leer, sin terminar, sin saber cómo acaba. O dos, que tengo la perniciosa costumbre de leer varios libros a la vez, y encima, con libreta y pluma a mano.

Y es que leemos para eso, para saber cómo acaba la historia, quién mata a quién, quién sobrevive, quién acaba el viaje, quién naufraga sin remedio.
Quién queda sin esperanza.
Qué desierto devora el mundo.
Para saber el final: para eso leemos, y yo me quedaré sin final, lo cambiaré por el mío propio.
El único final que no podré conocer nunca porque desapareceré con él.
Y el del libro.
Leer “FIN” y morir: ése es mi deseo.
(nota: Las dos primeras pinturas son detalles del cuadro “El Triunfo de la muerte”, de Bruegel; la tercera, es “El sueño de Dante ante la muerte de su amada”, de Dante Gabriel Rossetti)

KOSHER

1491. Cesar Borgia, de dieciséis años, es nombrado obispo de Pamplona por su padre, Alejandro VI, Papa de la cristiandad; al año siguiente, arzobispo de Valencia y cardenal; en el ’98, Luis XII, en un movimiento de acercamiento al Papa le nombra duque de Valentinois; ese mismo año es sospechoso de la muerte de su hermano Juan a quien hereda, recordándome este suceso otro más cercano en el tiempo e inserto en la realidad española cuyo carácter fratricida no he de detallar aquí en mi natural deseo de no dar con los huesos en la cárcel. El carácter fogoso de César hace que su padre, el Papa, le conceda una licencia especial para fornicar sin medida ni desdoro de su estado eclesial. Murió en Viana (Navarra) el año de 1507 en acto de guerra carcomido ya su cuerpo por la sífilis.

 

 

Se le daba bien el trato con el clero: curas, obispos, monjas, sacristanes, vicarios, cardenales… sí, se le daba estupendamente, y más le valía puesto que el clero era su negocio. Albas, casullas, dalmáticas, sotanas, mucetas, manteos, mitras, bonetes, escapularios, cogullas, cíngulos, alzacuellos, botonaduras… sabía excitar la vanidad de aquellas gentes con rasos y brillos aguados, caídas, aires de sotana, hebillas en los zapatos, pieles finas para los pies, cebellinas para los hombros, conocía perfectamente los colores litúrgicos, el blanco para fiestas del Señor, morado para advientos y cuaresmas, rosa para los gaudete y laetare, rojo para fiestas del Señor en su Pasión, o para misas del Paráclito, o de los mártires, o de la Confirmación que también puede ser blanco y que en su exaltación puede ser dorado, o la vestimenta cardenalicia en los funerales del Santo Padre; negro para el 2 de noviembre o Viernes Santo, y también, puesto que nuestra historia sucede en España, el azul, que es privilegio especial para nuestra Bienamada Iglesia Patria por la festividad de la Inmaculada Concepción, que los matadores de toros adoptan con el nombre de azul purísima y que el populacho confunde con el virginal nacimiento de Jesús sucedido sin intervención de varón revera, Paraclito inspirante, según nos dice la bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854 debida al ilustre Pío IX (Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente…), y es privilegio especial para España porque ya (asombraos, oh gentes que me leéis) el rey Wamba, en el onceno concilio de Toledo era titulado Defensor de la Purísima Concepción de María, abriendo una veta de honda devoción real que fue desde él hasta Fernando III y Carlos III pasando por los dos Jaimes, I y II, hasta el punto de que la ciudad de Sevilla, en el año del Señor de 1615 declaró documetalmente que juraba la defensa de la Concepción de María Toda Pura, así que desde 1644, en todo el Imperio español de su Majestad Católica se declaró fiesta de guardar hasta que lo fue por orden de Clemente XI fiesta para todo el orbe católico en 1708.

Todas estas cosa y más sabía nuestro sastre litúrgico, de nombre Luis -don Luis Amantis- hombre por lo demás bien campechano que sabía tratar a su clientela con sabia confianza no confianzuda, untuosidad sin exageración, incluso con un claustral sentido del humor que le hacía decir cosas como mire su Ilustrísima lo buena que es la advocación a la Inmaculada que siendo patrona de Farmacéuticos y facultades de Farmacia lo bien que les va a las industrias farmacéuticas, y su Ilustrísima le reía sottovoce el chiste con un quite, quite, don Luis. Usted siempre tan chisposo. Y es que los obispos y los Borbones saben ser así de campechanos, y don Luis conseguía que confiaran en él, que le contaran chascarrillos eclesiales, rumores de secretas batallas intramuros, comidillas conventuales… esas cosas, y él les contaba las cosas del común, las de pie de calle, aunque más dado era a escuchar y afirmar lo que escuchaba con leves movimientos de ojos o de cabeza de manera que era considerado por su elevada (pues no era barato) clientela como gente de la Casa, formal y de orden.

También le contaban otras cosas, no siempre, no todos, claro, pero le contaban.

Cositas que él guardaba en su memoria mientras sonreía, aprobaba o celebraba y, más tarde apuntaba en su libreta detalladamente mientras fruncía su ceño de sastre y confidente, cositas difíciles de escuchar porque se dicen por perífrasis retóricas o metáforas o circunloquios, pero siempre en voz muy baja y comprobando de reojo quién escucha, cositas que no se refieren a los negocios o al escalafón, que de todo eso hacen chistes los interesados pues siempre hay alguien de quién reírse.

¿De qué hablan los obispos con los obispos, los curas con los curas, las monjas-sirvientas con sus amos tonsurados? Hemos de suponer que de todo un poco, incluso si te descuidas, de religión, aunque no creo que se pasen: al fin de al cabo son profesionales y saben muy bien lo que venden con tanta elegancia como carga trucada en la báscula. En realidad hablan de lo que todo el mundo: ascensos, política, fútbol, tabernas y vinos… pero no de amor, claro, que de eso no deben saber, no deben, digo, no que no sepan, pero de amores no hablan, no entre ellos; los confiesan a veces como pecados, pero de amores, nada. De pasiones, quizá, aunque no creo: las incluyen en el apartado del secreto de confesión, ese gran invento que la mayoría de creyentes no sabrán valorar nunca en toda su dimensión. Maravillas de la irresponsabilidad y el perdón ¿o era al revés? Porque amores tendrán muchos, pasiones, todos y secretitos más allá de la pasión mensurable y sana, algunos. No pocos.

Y de esos secretitos y el espanto que le produjeron nació otro Luis Amantis, también secreto, entre las sombras sombra.

Luis, don Luis, era un caso raro en la sastrería religiosa, oficio que suele pasar de padres a hijos, años y años de influencias y relaciones, unas familias más y otras menos, sin embargo Luis Amantis se había hecho un hueco por sí mismo, y no un hueco pequeñito, sino grande, firme y afamado, no sólo por su arte, que era mucho -un don de Dios, le decían sus santos clientes-, sino por su delicada discreción e intangible sometimiento a la curia y sus caprichos. Aún y todo, seguía siendo un caso raro, pues su padre y abuelo no sólo no fueron sastres, sino carniceros, negocio -el de la carnicería- que llevaba actualmente su hermano mayor, Estanislao, heredero del comercio familiar y nombre de línea paterna. Estanis, un buen hombre y buen hermano mayor que le llamaba vistecuras pero con cariño: con él se podía contar. Sí.

Y a él acudió una tarde al cierre de la carnicería, y con él se fue a una taberna fuera del barrio, donde nadie les conocería ni les estorbaría, porque lo que quería Luis era hablar. Hablar largo, de lo que estaba harto de callar.

Fue una larga conversación, larga y sigilosa pues encerraba su peligro, que no trataba de las cosas familiares y cotidianas. Y trataba de otros, no de ellos. Y los otros eran poderosos. Y al cabo de las horas surgió un plan: una venganza ¿o era justicia? Luis tenía sus dudas, pero no así su hermano, de mente práctica y amante de los resúmenes: Eso de la justicia es una chorrada, ya lo sabes; una justicia ideal tendría que estar contrastada por todos los grupos sociales sin excepción; la justicia y su instrumento son las fronteras que los poderosos han erigido para aislarse de las demás gentes. Nosotros somos o seremos instrumento de venganza ya que con nadie consultaremos, ¿no es así? Luis terminó coincidiendo con su hermano: un hombre es libre en el momento en que toma para sí la responsabilidad de sus actos.

 

-Pero me ha de prometer Su Ilustrísima que irá en el más riguroso anonimato, invisible Su Ilustrísima, invisible yo, que no hay más que malos ojos esperando la mínima para desprestigiar nuestras instituciones.

-¿Y el lugar?

-Es seguro, no se preocupe Su Ilustrísima: allá nos estarán esperando; luego Ya es cosa suya, yo me iré y el que llaman El Encargado esperará su llamada para volver: no sabe quién es Su Ilustrísima; no debe verle.

-Descuide, don Luis; hasta mañana y gracias.

 

Notó un leve pinchazo en el cuello, luego la oscuridad, nada.

Habían remodelado el baño del piso para su nueva actividad: encima de la bañera había una fuerte sujeción al techo de la que pendía un cable con dos abrazaderas que subían o bajaban con una roldana eléctrica; cada abrazadera servía para sujetar un pie; el sistema podía aguantar una carga de doscientos kilos en movimiento. Desnudo en esa posición boca abajo, con los pies trabados por los tobillos con las abrazaderas y semiconsciente pendía el cuerpo de Su Ilustrísima José María de Bicresa y Guelarba, fundador de Soldados por la Virginidad de María. Respiraba fatigosamente sin salir del todo de las sombras en que estaba, y fue entonces cuando unas manos enguantadas le sujetaron la cabeza y cuando sintió un golpe seco en el cuello; notó algo tibio que le entraba en las comisuras y caía, intentó despertar y entonces supo: su sangre escapaba con enorme fuerza, la vida con ella. Luego, nada más.

Mientras el cadáver terminaba de desangrarse en la bañera, el grifo de ésta iba mezclando sangre y agua que escapaban por el sumidero, hacia las alcantarillas, las depuradoras, los ríos, el mar tarde o temprano o quizá los campos de regadío, las huertas. Quién sabe. Los dos hermanos miraban sin expresión alguna, sin placer ni odio aquel cadáver que iban a vaciar, manipular, despiezar en sus diversas partes hasta hacerlo pequeños paquetes transportables. En la habitación vecina -antes dormitorio principal- había instalada una mesa de trabajo, una máquina de envasar al vacío, bolsas estancas, instrumentos de corte y torsión, pero nada que hiciera un ruido llamativo, sólo el agua que corría por el desagüe.

Cinco era el tope que se impusieron los dos hermanos, cinco porque era doloroso matar, una carga que se impusieron desde el principio, cinco asesinatos ejemplares escogidos cuidadosamente en ese club de perturbados fuera de toda ley o, más bien protegidos de leyes por el silencio más cerrado, en total cuatro usuarios y la cabeza organizadora (también usuario) de La Red.

Los diversos medios de comunicación sólo podían especular sobre las desapariciones, que es como se catalogaban ya que en ningún caso se encontraba un cadáver o el rastro de un cadáver. Todos los noticieros hablaban de lo mismo y había opiniones para todo. Normal, Bicresa y Guelarba, obispo,  Valeriano Couro, arzobispo emérito, Agustín Ordes González profesor de religión en un colegio católico perteneciente al Supo, Paco Campos,  senador y por último Roberto Bafra, paradigmas todos de la soberbia, el orden y la moral. Todos ellos. Desaparecieron en  el corto plazo de una semana, algo tan fuera de toda medida que estaba todo el país desconcertado, policía, guardia civil, ministerio del Interior, gobierno en general, prensa, radio y televisión, por no hablar de las redes sociales… Cada cual con una interpretación más peregrina, todo como ecos de confusión, enconadas disputas, insultos, incluso actos religiosos rogando (¿o era exigiendo?) la intervención divina mientras otros, más prácticos clamaban por la intervención directa de las fuerzas armadas puesto que alguien estaba atacando los fundamentos de nuestra sociedad, mejor, su fundamento más importante: La Iglesia Católica.

El también emérito pero de la política -ex de todo mientras los escándalos resbalaban por ese rictus permanente que era su rostro sin mirada- colgaba desnudo igual que sus predecesores, pero vivo y consciente; las manos sujetas por una brida, la boca amordazada. Sin gafas.

-Bueno, Bafra, esto se acaba, vas a palmarla, pero no te torturaremos ni usaremos tu cuerpo para nada ni te insultaremos ni ofenderemos el inmenso ego que tu despreciable y degenerado cerebro ha  construido para tapar la mierda que es tu vida miserable; el por qué ya lo puedes imaginar ¿no? ¿No sabes por qué cuelgas boca abajo, desnudo, con los pliegues de tu obesidad colgando, amarrado y amordazado?

¿No?

Bafra movía la cabeza, sus ojos expresaban pánico; con el movimiento, las abrazaderas se hincaban en los tobillos, que empezaban a sangrar: la roldana, la cruceta afianzada al techo resistía perfectamente, como estaba previsto.

No podrás hablar: ya has hablado y mentido bastante en la vida, Bafra. ¿Seguro que no sabes por qué estás aquí? Es por los niños, ¿sabes? Los niños, las niñas que has violado y asesinado, que habéis, mejor dicho: tú y tus compinches, ¿verdad? Pero tú eras el peor, el que manejaba todo el cotarro, el que llevaba a éste o aquel a tus redes de manera que quedaban de ti presos para siempre, bueno para siempre que tu vivieras, pero ya no. ¿Tienes miedo? ¿Tenían miedo tus, vuestras víctimas? ¿Pensabas a menudo en ellas o sólo pensabas en tu propia impunidad, en tu placer y tu impunidad? ¿Qué sentías? Tu placer era el poder, ¿cierto? el poder sobre personas y cosas, el poder que te daba el silencio de tus compinches y el miedo de las víctimas mientras las despojabais de toda dignidad y toda inocencia, de la vida? Hazme un gesto para que yo vea que me has entendido aunque eres muy capaz de hacerlo para negar lo que has hecho, Bueno, en realidad no nos importa nada tu opinión al respecto porque sabemos lo que sabemos. Lo mismo que tú.

Lo que no sabes es qué va a pasar. Verás estás ahí colgado mientras te meas sobre tu barriga y tu cara porque es ahí donde vas a morir, encima de la bañera; te inyectaremos un potente sedante para que dejes de moverte, pero estarás consciente todo el rato, y enseguida te rebanaremos el pescuezo como a una res para que te desangres; al tiempo abriremos el grifo de la bañera para que tu sangre infame se mezcle con el agua y desaparezca por el sumidero adonde quiera que el sumidero la lleve; una vez desangrado, Bafra, tu carne será tan kosher que tu Jehová se relamerá de placer al verla, y con tu carne kosher haremos un despiece perfecto una vez eviscerada, haremos paquetes manejables y la llevaremos con las de los demás a la carnicería; una vez allí, lo picaremos todo menos las vísceras que desecharemos, picaremos tu carne y moleremos tus huesos y la juntaremos con las de los otros; luego volveremos a etiquetar y la venderemos para que con ella hagan comida para perros, gatos o lo que sea que hagan con ella: Carne kosher para animales, ¿qué te parece? Al menos vas a ser útil por una vez en la vida, Bafra.

Por cierto, no está bien que no sepas dónde vas a morir, y no está nada mal para un megalómano narcisista como tú, verás, en realidad estás rodeado de todos tus santos, de montones de iglesias, algunos de cuyos sacerdotes han sido clientes tuyos, y rodeado también de iglesias y religión, esa a la que tanto has apelado en tu vida lamentable y a la que me temo que ahora no podrás recurrir porque ni siquiera quedará de ti una uña para hacer un funeral y un entierro.

¿Y por qué, Bafra, lo de la carne kosher? Pues verás, habíamos pensado que por una vez la tuya sea lo más pura posible, así que, si lo piensas bien, te estamos haciendo un favor, ¿no te parece?

Y ya, Bafra, un pinchacito de nada y un cuchillo. Y luego, la Nada, la de verdad.

El agua del grifo empezó a correr lo mismo que la sangre; ambas se iban por el desagüe en sentido contrario a las agujas del reloj según impone el efecto Coriolis para el hemisferio norte hasta que pasaron unos veinte minutos. Después de ese tiempo, el cuerpo de Bafra estaba perfectamente desangrado y en la bañera quedaban apenas unas pequeñas salpicaduras.

En el segundo piso del número 17 de la calle Traviesa de Salamanca, comentaba un anciano caballero a su esposa ensimismada con la complicada trama de una de las antiguas novelas de John Le Carré.

-¿Me has oído, Helena? Digo que en el piso de arriba debe vivir toda una tribu a juzgar por lo que tardan en ducharse.

 

DIÁLOGOS EN EL BELVEDERE

El otro día, penando yo los efectos de la atorvastatina en mi sangre inocente, va, y sin un rumorcillo excepto el leve aleteo (iba a escribir ‘aleve’ pero aún no he bebido tanto como Rubén (Darío, claro), aunque estoy en ello), va, digo, y se me presenta en el ventanal de mi belvedere (¡de nuevo!) el mismísimo Paráclito, así que le digo, “joder Paráclito, me has dado un susto de cojones”; me dice, “¿no te alegras de verme? mira que ya no estoy enfadado contigo, hasta aquello de suponer que mi sobrenombre, Consolador, tenía que ver con los dildos ha terminado por hacerme gracia, ya ves”; “vaya, Para, ¿te importa que llame Para? ¿no? bueno, pues ya que estamos ¿quieres un café?; que sí, me dice moviendo un poco las alas y dejando caer sobre mi suelo un plumoncillo evanescente.
Y nada, que  hago café y sirvo uno para Él y otro para mí (me pongo en minúscula porque es deber de todo anfitrión encumbrar al invitado aunque no se le haya invitado y porque no me gusta hablar mayestático), y nada, así charlando de cosas dispares se nos iba pasando la tarde que, anda, cómo llovía. Me dice en una de esas, “mira tío, esto que te digo, no vayas a tomarlo como una declaración ni nada de eso, pero ya que estamos en confianza te diré que me siento así, como muy solo, ya sabes, todos los creyentes con el Jesucristo arriba y abajo, novelas, cuentos… hasta películas le hacen, y todo porque era un jipi, ya ves, o el Viejo, siempre en las nubes, siempre enfadado y en guerras estupendas con mucha sangre y todo eso, sobre todo cabreado con los judíos que se la pasan discutiendo con Él y quejándose de de todo, pero a mí, ni puto caso, tío, tú solo te acuerdas de mí, para reírte, eso sí, pero al menos te acuerdas ¿no tendrás un whiskicito, eh?”, “¿Malta o Jameson?”, “Jameson, que es irlandés y producto católico y serio”; le pongo un vaso “¿tu no bebes?”, “tengo que salir mañana con la bici, Para, que tú con las alas y eso de dejarte llevar por due venti no sabes de qué va”. ¿Due venti? ¿eso no era del cura ese traviesón? ¿cómo era? Ah, sí, Antonino, el de Griselda, me caía bien, pero al Viejo, fatal y al final lo arruinó al pobre: mucho Tres en Uno, pero ni nos preguntó ni al jipi ni a mí, y mira cómo son las cosas, cuando el jipi se liaba con mujeres y todo eso no decía ni Pamplona, ciego que estaba por Él, ya sabes y a mí, que me den, Consolador y esas bobadas, en vez de estar en las trincheras matando moros y rojos y lo que sea con tal de pasar el rato, que mira que hay rato de sobra”, dice, y lo le digo, “venga, Para, para, que te lanzas y me das dolor de cabeza, que tú no estas para guerras, Para, que esas cosas son del Viejo, como dices, Para; lo tuyo, tío es el amor, ¿o no?”, y me salta, “¿Amor? sí claro, eyaculaciones secas, telepolvos, ¡joder!, hasta al jipi le lavaban los pies; a mí, ni hostias, coño, y ya te digo, de coño, ni tocar pelo”.
Y parecía enfadado, pero qué leches enfadado, si yo le notaba como algo que no sé, como si me estuviera vacilando, a lo espiritusanto, claro, porque de repente va y suelta todo seguido:
¿”Un altro caffé, another coffee, qa’vIn, ein weiterer Kaffee, un altre cafè, قهوة أخرى, outro café, 另一杯咖啡, otro café, 別のコーヒー, кофе, још једну кафу, o altă cafea, beste kafe bat, kahawa nyingine, alius capulus, en annen kaffe, en anden kaffe…?” Y seguía con el jodido café, y voy y le digo, “coño, Para, ¿pero sabes lenguas?
Le noté un brillo en los ojillos negros y, aunque parezca imposible una como sonrisa de coña…
Dice: “Pues claro, Tales, estuve en Babel, no recuerdas?
A veces me cae bien el Paráclito: tiene salero.

el Para en plan coña

LA INTELIGENCIA NACIONALISTA: UNA ANÉCDOTA.

De todos los nacionalismos, los que mejor conozco de cerca, digamos que en mis carnes, son el español y el vasco; el más peligroso es -cosa clara- el español que, además de ser el que más tradición acumula, está armado hasta los dientes y tiene bajo las cunetas de España sus más hondas raíces, así que de ese nacionalismo no diré nada más (de momento).

El vasco, el nacionalismo vasco, digo, me pilla más de cerca y, aunque no le he sufrido como el español sí que lo he tenido que soportar de muy diversas formas, sobre todo en su carácter curil y su desapacible sentido del humor, sin embargo tengo una anécdota familiar que cuento de vez en cuando a mis amigos y que siempre nos hacer reír un montón; es ésta:

Toda mi familia es -como saben algunos- de Mundaka, unos marinos y otros simplemente pobres y, por tanto, emigrantes, sin ir más lejos mis abuelos, tanto maternos como paternos pertenecieron a esta última clase, de manera que mi madre y alguna tía nacieron en México y otros, en La Argentina, mi tío Paco, uno de ellos, era de hecho, argentino.

Pero también era nacionalista (vasco, por supuesto), un nacionalismo romántico*, que así empiezan todos, de bosques, montes y praderas, de costas, playas y acantilados, todos ellos vascos, vascos, vascos; era también  mi tío apocado, buena gente y gruñón, así que durante la primera dictadura franquista, aún simpatizando, no militó más que circunstancialmente, pero cuando comenzó la segunda -la de ahora- decidió que ya era hora de formar parte del Partido (el PNV, por supuesto: Dios y Leyes Viejas), así que apoyado por los frailes benedictinos de Estibaliz, pues era meapilas y amigo de curas mi querido (querido de verdad: me llevaba bien con él) tío quiso ser admitido en las filas del dicho Partido (que habría sido Único si las cosas hubieran sido diferentes: quizás alguien escriba alguna vez esta distopía).

Pasó el tiempo, demasiado, quizá incluso para las cosas de Palacio, más aún con todo un monasterio benedictino como fuerza de aval y apoyo y, una vez, pasó el suficiente, mi tío recibió una terrible negativa que lo dejó en deplorable estado, pues no, no y no lo podía entender. ¿Y sabéis por qué mi pobre tío no fue admitido en tan deseadas siglas?

Ni en treinta vidas podríais imaginarlo así que os lo diré: Porque no era español, sino argentino, y aunque os parezca raro de cojones, para ser  (entonces, que ahora no sé ni me importa) del Partido Nacionalista Vasco ¡había que ser español!

Si esto no es divertido no sé ya que hacer para alegraros el día, coño, ni Tip & Coll, ni Faemino & Cansado, príncipes del humor absurdo hubieran podido concebir un chiste como éste, así que ya me diréis.

 

 

JAUN GOIKUA ETA LAGI ZARA (grafía antigua) DIOS Y LEYES VIEJAS

 

* Lo peor del romanticismo fueron los nacionalismos; no hay cosa más repugnante que un alemán cantando un lied sobre los susodichos campos, praderas, florecillas silvestres o truchas mientras se prepara para arrasar el mundo en general, y si no, escuchad esto: son los nazis, que nunca se fueron y, sin irse, aquí están de nuevo.

 

LIBERTAD

Hace un par de días tuve unas cuatro horas, como cien kilómetros de bici para pensar chorradicas y evitar de paso que algún hijoputa me mande al depósito; se piensa mucho encima de la bici, desde que “vaya mierda con la rodilla esta que ya me está jodiendo” hasta “va a votar la siguiente vez la puta que los parió”, cosas así, también, claro, “¡Coño, mira, un busardo buscando el papeo!”, o “dos arrendajos peleando por una rama”, y bueno, montones de paridas por el estilo.
Ayer, ya veréis, estaba más filosófico si acaso y estuve reflexionando queridas lectores (no es una errata: una simplificación que propongo a la RAE) sobre ¡Tchaaaaánnn! ¡La Libertad!
Pues sí, lo que decía, que iba yo dando pedal mientras subía hacia el Alto de San Cosme (quién coño sería ése) cuando comencé a pensar en eso, fíjate, la libertad: todo el mundo ha hablado de ella, unos y otros: “La verdad te hará libre”, sin ir más lejos, pero claro a mí, en ese momento no se me ocurría ninguna; “Independencia y libertad” (¿soy yo independiente?); “Libertad o muerte”; “La muerte os liberará” (¿Está jodido, eh?). Pero eso no es todo, que hay la hostia de libertades, desde la de colonias que a pesar de serlo te dan la libertad: “Sé libre con… “(¡Joder, no me sale ninguna marca de colonia ahora: sólo uso jabón Lagarto para mis cosas); la ropita también te hace libre, sobre todo a las chicas, que tanto lo necesitan; de los tampones, mejor no hablar: Eso sí que es libertad; también tenemos libertad a raudales con los espirituosos y sus diversas combinaciones, cervezas y todo el amplio catálogo alcohólico. Más allá de toda duda un buen aislante nos da no sólo libertad sino paz interior, que ya es de agradecer; ni quiero (ni puedo) enumerar la cantidad ingente de libertad que nos regalan los bancos porque habéis de saber (si no lo sabéis ya) que una imposición mínima de 175.000 euracos para arriba os producirá además del placer de hacerla la libertad del 2,9% de interés que no sólo es libertad sino la seguridad de un futuro más libre aún, más seguro y más chachi. además suelen regalas vajillas y cosas así; no sólo eso, sino la libertad de pagar cuando quieras, de obtener pasta sólo con el móvil, de disfrutar de un fin de semana en absoluta libertad allí mismo, en las Bahamas, la libertad de disponer de dinerito al instante y ya veremos cuándo abonas, la de comprar la casa de tus sueños… ¡Ay Señor! También tenemos la libertad que se consigue fácilmente con la compra y conducción del coche del año, del todo terreno que, ese sí, es el que te dará la libertad absoluta allá en el coño de la Bernarda, junto a un precipicio de la hostia mientras el sol amanece por poniente, que eso sí que es libertad se pongan como se pongan los geógrafos.
Gente: Hay tanta libertad, pero tanta que no entiendo de qué coño se queja la plebe. ¿De verdad quieres ser libre? Nada más fácil: sólo tienes que quererlo y quererlo ya para serlo, y da igual que seas más pobre que una rata puesto que ¿acaso siendo pobre no se es más libre? Ni siquiera tienes que levantarte para ir al curro. ¡Joder! ¿Qué más quieres?
En esto iba yo pensando cuando pasé cerca de una granja, ya sabéis, un sitio de esos que tanto dolor producen a las buenas gentes veganas y amantes de las bestias del campo, bueno, pues eso, que pasaba por allí, ya cuesta abajo (¡al fin!) cuando al instante vi la LUZ, vaya que tuve una revelación, no, Revelación, pues era el mismísimo Dedo De Dios (¡Las tres Des, tíos!) el que iluminaba mi perecedero y predecible cerebro atravesando incluso el casco: Somos tan, pero tan libres en este mundo nuestro que regalamos libertad a las demás especies. ¿Que no?
¿Acaso, niñas y niños que hasta aquí habéis llegado no sabéis que hasta hay huevos de gallinas criadas en libertad, es decir, y a riesgo de parecer reiterativo, somos libres para comer huevos de gallinas libres.
Lo dejo ya, se me están saltando las lágrimas y hasta los empastes.descarga