RESPETO

                       Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius.

(“Matadlos a todos. Dios, luego, reconocerá a los suyos”, Béciers, 1209: Arnaldo Almaric, cisterciense, Legado Papal nombrado por Inocencio III para la represión y matanza de los albigenses, arzobispo de Narbona que, siéndolo, excomulgó a a Simón IV de Monfort a causa de la disputa por el Poder y los ingresos del Poder. Abad, general de la Orden del Císter.

Frase esta que procede de la Segunda epístola a Timoteo 2: 19 y del libro Números 16:5 y que define el criterio general de la iglesia católica respecto de los considerados desafectos.

Todos los dictadores, príncipes sanguinarios, reyes ominosos y feroces, todos los canallas encumbrados, los portadores de la ciega violencia, los asesinos, todos los Tiberios violadores de niños… todos ellos piden, exigen respeto.

La Iglesia exige respeto.

La Iglesia Católica, cuerpo de homicidas, pederastas, amparo de la codicia, niebla del crimen y de la sangre derramada, lámpara de avaricia, lujuria y boato insultante, exige respeto.

Católica sede, casa de la hipocresía, de la crueldad refinada o brutal según convenga, residencia de envidias, ocultas pasiones, traiciones, muerte, muerte, muerte, exige respeto…

Iglesia jardín, Iglesia paraíso de nazis, fascistas, asesinos croatas, cuchilleros, falangistas tiro en la nuca, policías represores, dictadores ensangrentados.

Ustachas e Iglesia.

Y se lo exige a las víctimas, sumisión y respeto, a los insultados, vejados, quemados, torturados, quebrados, desamparados, arruinados, embargados, presos, violadas, violados. Lo exige la misma Iglesia que repartió pasaportes vaticanos para las primeras figuras nazis y Jefes de las milicias ustachas y pasaportes de la Cruz Roja para segundones de manera que pudieran huir una vez perdida la guerra, en una operación que los servicios secretos gringos de entonces denominaron Rat Line, en referencia a los palos de los buques que se hundían y por donde intentaban escapar las ratas, esa misma iglesia que pactó con Mussolini, con Hitler, con Franco, al cual llevaba bajo palio a cambio de sus apoyos financieros, a cambio de la venda que tapaba robos y comisiones de delitos de sangre, esa misma iglesia que sabía perfectamente qué ocurría en Auschwitz y demás campos, que conocía el uso de lo que oficialmente se llamó en la Alemania nazi Nacht und Nebel (noche y niebla) que consistía en hacer desaparecer a las víctimas de todo tipo de registro, que sabía de las fosas en las carreteras de España, que mató en la plaza de toros de Badajoz, que bendijo las muertes que no pudo consumar por sus propias manos, que sembró España de curas Merinos sedientos de sangre.

La Iglesia católica bajo cuyo manto estáis bautizados, ésa, exige respeto.

(¿Cómo podéis seguir así, católicos sin apostatar?)

http://apostatar.org/

Nadie que escriba las líneas de arriba puede decir que respeta Iglesias, religiones, creencias estúpidas, supersticiones, ídolos o muñecos o cruces ensangrentadas, así que lo diré alto y claro: No respeto a los católicos como tales, ni a su iglesia, ni a sus jefes, ni a su Jefe; no respeto a su dios ni a ningún dios porque lo que no es no puede respetarse.

No respeto a obispos, curas, religiosos, beatos meapilas: me dan asco y a veces risa, pero pocas, casi siempre temor. Temor a sus miedos inconclusos, a esos miedos que producen odio y sufrimiento y prisiones y muerte.

No respeto ninguna religión, ningún dios, ningún  amo, ningún rey. Nadie que se apoye para su tiranía en un mandato divino merece mi respeto ni el de nadie que se precie como humano pensante y libre.

La religión es una peste, un cáncer, una lacra, y los religiosos, vampiros sedientos de riquezas y de la sangre de quienes la producen.

Es la oscuridad, la noche eterna, el frío, la muerte, la desolación, lo peor de la humana mente, las ocultas crueldades, la impudicia, la irresponsabilidad, la banalidad de todo crimen cometido en su nombre.

El odio, el odio, el odio.

Las guerras, los exterminios, la intolerancia, el freno a la curiosidad humana.

El fuego, el fuego, el fuego.

La prisión, la Inquisición, la censura, el nihil obstat. La reducción de la dignidad humana a la nada, la mentira como medio ecológico, la sumisión al poder, la abjuración de la propia libertad.

El miedo, el miedo, el miedo.

Luchad contra el falso respeto.

Respetad a los que dan y no piden.

Respetaos a vosotros mismos.

Apostatad.

No os rindáis, no respetéis lo irrespetable; sabed que la risa es seria: reíd, reíros de ellos, de obispos, curas, cardenales, beatos y beatas, dioses,  de ese que llaman Papa, un jefe de estado educado para la mentira.

NI espero venganza, ni la encarno.

Nada me es ajeno. Todo me hiere.

Vedlos como los que son: Payasos.

Eso sí, sedientos de oro, poder y sangre.

 

 

 

 

 

 

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KOSHER

1491. Cesar Borgia, de dieciséis años, es nombrado obispo de Pamplona por su padre, Alejandro VI, Papa de la cristiandad; al año siguiente, arzobispo de Valencia y cardenal; en el ’98, Luis XII, en un movimiento de acercamiento al Papa le nombra duque de Valentinois; ese mismo año es sospechoso de la muerte de su hermano Juan a quien hereda, recordándome este suceso otro más cercano en el tiempo e inserto en la realidad española cuyo carácter fratricida no he de detallar aquí en mi natural deseo de no dar con los huesos en la cárcel. El carácter fogoso de César hace que su padre, el Papa, le conceda una licencia especial para fornicar sin medida ni desdoro de su estado eclesial. Murió en Viana (Navarra) el año de 1507 en acto de guerra carcomido ya su cuerpo por la sífilis.

 

 

Se le daba bien el trato con el clero: curas, obispos, monjas, sacristanes, vicarios, cardenales… sí, se le daba estupendamente, y más le valía puesto que el clero era su negocio. Albas, casullas, dalmáticas, sotanas, mucetas, manteos, mitras, bonetes, escapularios, cogullas, cíngulos, alzacuellos, botonaduras… sabía excitar la vanidad de aquellas gentes con rasos y brillos aguados, caídas, aires de sotana, hebillas en los zapatos, pieles finas para los pies, cebellinas para los hombros, conocía perfectamente los colores litúrgicos, el blanco para fiestas del Señor, morado para advientos y cuaresmas, rosa para los gaudete y laetare, rojo para fiestas del Señor en su Pasión, o para misas del Paráclito, o de los mártires, o de la Confirmación que también puede ser blanco y que en su exaltación puede ser dorado, o la vestimenta cardenalicia en los funerales del Santo Padre; negro para el 2 de noviembre o Viernes Santo, y también, puesto que nuestra historia sucede en España, el azul, que es privilegio especial para nuestra Bienamada Iglesia Patria por la festividad de la Inmaculada Concepción, que los matadores de toros adoptan con el nombre de azul purísima y que el populacho confunde con el virginal nacimiento de Jesús sucedido sin intervención de varón revera, Paraclito inspirante, según nos dice la bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854 debida al ilustre Pío IX (Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente…), y es privilegio especial para España porque ya (asombraos, oh gentes que me leéis) el rey Wamba, en el onceno concilio de Toledo era titulado Defensor de la Purísima Concepción de María, abriendo una veta de honda devoción real que fue desde él hasta Fernando III y Carlos III pasando por los dos Jaimes, I y II, hasta el punto de que la ciudad de Sevilla, en el año del Señor de 1615 declaró documetalmente que juraba la defensa de la Concepción de María Toda Pura, así que desde 1644, en todo el Imperio español de su Majestad Católica se declaró fiesta de guardar hasta que lo fue por orden de Clemente XI fiesta para todo el orbe católico en 1708.

Todas estas cosa y más sabía nuestro sastre litúrgico, de nombre Luis -don Luis Amantis- hombre por lo demás bien campechano que sabía tratar a su clientela con sabia confianza no confianzuda, untuosidad sin exageración, incluso con un claustral sentido del humor que le hacía decir cosas como mire su Ilustrísima lo buena que es la advocación a la Inmaculada que siendo patrona de Farmacéuticos y facultades de Farmacia lo bien que les va a las industrias farmacéuticas, y su Ilustrísima le reía sottovoce el chiste con un quite, quite, don Luis. Usted siempre tan chisposo. Y es que los obispos y los Borbones saben ser así de campechanos, y don Luis conseguía que confiaran en él, que le contaran chascarrillos eclesiales, rumores de secretas batallas intramuros, comidillas conventuales… esas cosas, y él les contaba las cosas del común, las de pie de calle, aunque más dado era a escuchar y afirmar lo que escuchaba con leves movimientos de ojos o de cabeza de manera que era considerado por su elevada (pues no era barato) clientela como gente de la Casa, formal y de orden.

También le contaban otras cosas, no siempre, no todos, claro, pero le contaban.

Cositas que él guardaba en su memoria mientras sonreía, aprobaba o celebraba y, más tarde apuntaba en su libreta detalladamente mientras fruncía su ceño de sastre y confidente, cositas difíciles de escuchar porque se dicen por perífrasis retóricas o metáforas o circunloquios, pero siempre en voz muy baja y comprobando de reojo quién escucha, cositas que no se refieren a los negocios o al escalafón, que de todo eso hacen chistes los interesados pues siempre hay alguien de quién reírse.

¿De qué hablan los obispos con los obispos, los curas con los curas, las monjas-sirvientas con sus amos tonsurados? Hemos de suponer que de todo un poco, incluso si te descuidas, de religión, aunque no creo que se pasen: al fin de al cabo son profesionales y saben muy bien lo que venden con tanta elegancia como carga trucada en la báscula. En realidad hablan de lo que todo el mundo: ascensos, política, fútbol, tabernas y vinos… pero no de amor, claro, que de eso no deben saber, no deben, digo, no que no sepan, pero de amores no hablan, no entre ellos; los confiesan a veces como pecados, pero de amores, nada. De pasiones, quizá, aunque no creo: las incluyen en el apartado del secreto de confesión, ese gran invento que la mayoría de creyentes no sabrán valorar nunca en toda su dimensión. Maravillas de la irresponsabilidad y el perdón ¿o era al revés? Porque amores tendrán muchos, pasiones, todos y secretitos más allá de la pasión mensurable y sana, algunos. No pocos.

Y de esos secretitos y el espanto que le produjeron nació otro Luis Amantis, también secreto, entre las sombras sombra.

Luis, don Luis, era un caso raro en la sastrería religiosa, oficio que suele pasar de padres a hijos, años y años de influencias y relaciones, unas familias más y otras menos, sin embargo Luis Amantis se había hecho un hueco por sí mismo, y no un hueco pequeñito, sino grande, firme y afamado, no sólo por su arte, que era mucho -un don de Dios, le decían sus santos clientes-, sino por su delicada discreción e intangible sometimiento a la curia y sus caprichos. Aún y todo, seguía siendo un caso raro, pues su padre y abuelo no sólo no fueron sastres, sino carniceros, negocio -el de la carnicería- que llevaba actualmente su hermano mayor, Estanislao, heredero del comercio familiar y nombre de línea paterna. Estanis, un buen hombre y buen hermano mayor que le llamaba vistecuras pero con cariño: con él se podía contar. Sí.

Y a él acudió una tarde al cierre de la carnicería, y con él se fue a una taberna fuera del barrio, donde nadie les conocería ni les estorbaría, porque lo que quería Luis era hablar. Hablar largo, de lo que estaba harto de callar.

Fue una larga conversación, larga y sigilosa pues encerraba su peligro, que no trataba de las cosas familiares y cotidianas. Y trataba de otros, no de ellos. Y los otros eran poderosos. Y al cabo de las horas surgió un plan: una venganza ¿o era justicia? Luis tenía sus dudas, pero no así su hermano, de mente práctica y amante de los resúmenes: Eso de la justicia es una chorrada, ya lo sabes; una justicia ideal tendría que estar contrastada por todos los grupos sociales sin excepción; la justicia y su instrumento son las fronteras que los poderosos han erigido para aislarse de las demás gentes. Nosotros somos o seremos instrumento de venganza ya que con nadie consultaremos, ¿no es así? Luis terminó coincidiendo con su hermano: un hombre es libre en el momento en que toma para sí la responsabilidad de sus actos.

 

-Pero me ha de prometer Su Ilustrísima que irá en el más riguroso anonimato, invisible Su Ilustrísima, invisible yo, que no hay más que malos ojos esperando la mínima para desprestigiar nuestras instituciones.

-¿Y el lugar?

-Es seguro, no se preocupe Su Ilustrísima: allá nos estarán esperando; luego Ya es cosa suya, yo me iré y el que llaman El Encargado esperará su llamada para volver: no sabe quién es Su Ilustrísima; no debe verle.

-Descuide, don Luis; hasta mañana y gracias.

 

Notó un leve pinchazo en el cuello, luego la oscuridad, nada.

Habían remodelado el baño del piso para su nueva actividad: encima de la bañera había una fuerte sujeción al techo de la que pendía un cable con dos abrazaderas que subían o bajaban con una roldana eléctrica; cada abrazadera servía para sujetar un pie; el sistema podía aguantar una carga de doscientos kilos en movimiento. Desnudo en esa posición boca abajo, con los pies trabados por los tobillos con las abrazaderas y semiconsciente pendía el cuerpo de Su Ilustrísima José María de Bicresa y Guelarba, fundador de Soldados por la Virginidad de María. Respiraba fatigosamente sin salir del todo de las sombras en que estaba, y fue entonces cuando unas manos enguantadas le sujetaron la cabeza y cuando sintió un golpe seco en el cuello; notó algo tibio que le entraba en las comisuras y caía, intentó despertar y entonces supo: su sangre escapaba con enorme fuerza, la vida con ella. Luego, nada más.

Mientras el cadáver terminaba de desangrarse en la bañera, el grifo de ésta iba mezclando sangre y agua que escapaban por el sumidero, hacia las alcantarillas, las depuradoras, los ríos, el mar tarde o temprano o quizá los campos de regadío, las huertas. Quién sabe. Los dos hermanos miraban sin expresión alguna, sin placer ni odio aquel cadáver que iban a vaciar, manipular, despiezar en sus diversas partes hasta hacerlo pequeños paquetes transportables. En la habitación vecina -antes dormitorio principal- había instalada una mesa de trabajo, una máquina de envasar al vacío, bolsas estancas, instrumentos de corte y torsión, pero nada que hiciera un ruido llamativo, sólo el agua que corría por el desagüe.

Cinco era el tope que se impusieron los dos hermanos, cinco porque era doloroso matar, una carga que se impusieron desde el principio, cinco asesinatos ejemplares escogidos cuidadosamente en ese club de perturbados fuera de toda ley o, más bien protegidos de leyes por el silencio más cerrado, en total cuatro usuarios y la cabeza organizadora (también usuario) de La Red.

Los diversos medios de comunicación sólo podían especular sobre las desapariciones, que es como se catalogaban ya que en ningún caso se encontraba un cadáver o el rastro de un cadáver. Todos los noticieros hablaban de lo mismo y había opiniones para todo. Normal, Bicresa y Guelarba, obispo,  Valeriano Couro, arzobispo emérito, Agustín Ordes González profesor de religión en un colegio católico perteneciente al Supo, Paco Campos,  senador y por último Roberto Bafra, paradigmas todos de la soberbia, el orden y la moral. Todos ellos. Desaparecieron en  el corto plazo de una semana, algo tan fuera de toda medida que estaba todo el país desconcertado, policía, guardia civil, ministerio del Interior, gobierno en general, prensa, radio y televisión, por no hablar de las redes sociales… Cada cual con una interpretación más peregrina, todo como ecos de confusión, enconadas disputas, insultos, incluso actos religiosos rogando (¿o era exigiendo?) la intervención divina mientras otros, más prácticos clamaban por la intervención directa de las fuerzas armadas puesto que alguien estaba atacando los fundamentos de nuestra sociedad, mejor, su fundamento más importante: La Iglesia Católica.

El también emérito pero de la política -ex de todo mientras los escándalos resbalaban por ese rictus permanente que era su rostro sin mirada- colgaba desnudo igual que sus predecesores, pero vivo y consciente; las manos sujetas por una brida, la boca amordazada. Sin gafas.

-Bueno, Bafra, esto se acaba, vas a palmarla, pero no te torturaremos ni usaremos tu cuerpo para nada ni te insultaremos ni ofenderemos el inmenso ego que tu despreciable y degenerado cerebro ha  construido para tapar la mierda que es tu vida miserable; el por qué ya lo puedes imaginar ¿no? ¿No sabes por qué cuelgas boca abajo, desnudo, con los pliegues de tu obesidad colgando, amarrado y amordazado?

¿No?

Bafra movía la cabeza, sus ojos expresaban pánico; con el movimiento, las abrazaderas se hincaban en los tobillos, que empezaban a sangrar: la roldana, la cruceta afianzada al techo resistía perfectamente, como estaba previsto.

No podrás hablar: ya has hablado y mentido bastante en la vida, Bafra. ¿Seguro que no sabes por qué estás aquí? Es por los niños, ¿sabes? Los niños, las niñas que has violado y asesinado, que habéis, mejor dicho: tú y tus compinches, ¿verdad? Pero tú eras el peor, el que manejaba todo el cotarro, el que llevaba a éste o aquel a tus redes de manera que quedaban de ti presos para siempre, bueno para siempre que tu vivieras, pero ya no. ¿Tienes miedo? ¿Tenían miedo tus, vuestras víctimas? ¿Pensabas a menudo en ellas o sólo pensabas en tu propia impunidad, en tu placer y tu impunidad? ¿Qué sentías? Tu placer era el poder, ¿cierto? el poder sobre personas y cosas, el poder que te daba el silencio de tus compinches y el miedo de las víctimas mientras las despojabais de toda dignidad y toda inocencia, de la vida? Hazme un gesto para que yo vea que me has entendido aunque eres muy capaz de hacerlo para negar lo que has hecho, Bueno, en realidad no nos importa nada tu opinión al respecto porque sabemos lo que sabemos. Lo mismo que tú.

Lo que no sabes es qué va a pasar. Verás estás ahí colgado mientras te meas sobre tu barriga y tu cara porque es ahí donde vas a morir, encima de la bañera; te inyectaremos un potente sedante para que dejes de moverte, pero estarás consciente todo el rato, y enseguida te rebanaremos el pescuezo como a una res para que te desangres; al tiempo abriremos el grifo de la bañera para que tu sangre infame se mezcle con el agua y desaparezca por el sumidero adonde quiera que el sumidero la lleve; una vez desangrado, Bafra, tu carne será tan kosher que tu Jehová se relamerá de placer al verla, y con tu carne kosher haremos un despiece perfecto una vez eviscerada, haremos paquetes manejables y la llevaremos con las de los demás a la carnicería; una vez allí, lo picaremos todo menos las vísceras que desecharemos, picaremos tu carne y moleremos tus huesos y la juntaremos con las de los otros; luego volveremos a etiquetar y la venderemos para que con ella hagan comida para perros, gatos o lo que sea que hagan con ella: Carne kosher para animales, ¿qué te parece? Al menos vas a ser útil por una vez en la vida, Bafra.

Por cierto, no está bien que no sepas dónde vas a morir, y no está nada mal para un megalómano narcisista como tú, verás, en realidad estás rodeado de todos tus santos, de montones de iglesias, algunos de cuyos sacerdotes han sido clientes tuyos, y rodeado también de iglesias y religión, esa a la que tanto has apelado en tu vida lamentable y a la que me temo que ahora no podrás recurrir porque ni siquiera quedará de ti una uña para hacer un funeral y un entierro.

¿Y por qué, Bafra, lo de la carne kosher? Pues verás, habíamos pensado que por una vez la tuya sea lo más pura posible, así que, si lo piensas bien, te estamos haciendo un favor, ¿no te parece?

Y ya, Bafra, un pinchacito de nada y un cuchillo. Y luego, la Nada, la de verdad.

El agua del grifo empezó a correr lo mismo que la sangre; ambas se iban por el desagüe en sentido contrario a las agujas del reloj según impone el efecto Coriolis para el hemisferio norte hasta que pasaron unos veinte minutos. Después de ese tiempo, el cuerpo de Bafra estaba perfectamente desangrado y en la bañera quedaban apenas unas pequeñas salpicaduras.

En el segundo piso del número 17 de la calle Traviesa de Salamanca, comentaba un anciano caballero a su esposa ensimismada con la complicada trama de una de las antiguas novelas de John Le Carré.

-¿Me has oído, Helena? Digo que en el piso de arriba debe vivir toda una tribu a juzgar por lo que tardan en ducharse.

 

FASCISMO

Que no soy nacionalista, que nacionalismo, patria y religión están a galaxias, universos de mí, que los tres conceptos no me causan sino temor y desprecio, es cosa sabida puesto que muchas veces lo he afirmado desde estas u otras páginas; miedo al vacío, a la muerte como fin único, a la sumisión ciega de poblaciones completas, a las frases hueras pero venenosas. Al silencio.
¿Y no es silencio este que nos ahoga?
Nacionalistas o no, catalanistas o bocazas cuyo único pecado es expresar libremente sus ideas o amagos de ideas o, simplemente, estupideces; expresar, como digo apoyándose en un código vigente que las protege, lo mismo que protege el derecho a la educación, vivienda, salud y dignidad.
Remedando a Inger Christiansen, el Código existe, las normas de comportamiento ciudadano existen, las palabras existen.
¿Y para qué?
Para repetirlas hasta la saciedad con -como decía Krahe, de acusador recuerdo- con lenguas de serpiente hasta vaciarlas de contenido, hasta que transgredirlas pase desapercibido, hasta que el código completo sea cosa fútil, papel mojado y podre.
Hasta hoy, de momento.
Gente en la cárcel, queridas y queridos, en la cárcel sin cometer delito contra ningún código, perseguidos con saña, insultados. En la cárcel, no por expoliar, prevaricar, sobornar, traficar con mujeres o menores, tomar las armas, matar, golpear, delinquir, sino por expresar unas ideas con las que personalmente no puedo estar de acuerdo, pero tampoco estoy de acuerdo con otras cosas y no por ello exijo prisiones perpetuas, o la aplicación de código de Hammurabi que ya tiene casi cuatro mil años y parece que no ha pasado el tiempo, es más, el código de Hammurabi, la llamada Ley del Talión, contemplaba ya la presunción de inocencia, y también contemplaba la inmutabilidad de la Ley una vez escrita, o impedía su lectura caprichosa, es decir que no sólo parece que no ha pasado el tiempo sino que estamos muy por detrás de Hammurabi.
Y gente que se alegra de la prisión de los demás, de sus conciudadanos, que piden más prisión, más esbirros, más palo, más represión, porque, queridas y queridos, cuando se exigen penas para los demás las estáis exigiendo para vosotros mismos, que para eso os están manipulando tan eficientemente.
Fascismo se llama eso.
Gente que calla ante las muestras de despotismo, que en su vacío interior busca razones para la violencia estatal, que ríe o aplaude o se envuelve en banderas o, simplemente piensa: A mí no me va a pasar.
Por otra parte también me he enterado de lo de las banderas a media asta a causa de una muerte que nunca ocurrió, pero no por las que ocurren a diario, o las que se ocultan bajo zanjas en las carreteras o las de los suicidas por desahucio, y me he enterado también del esperpento legionario del cuerpo ministerial.
Y me he tomado la muy desagradable molestia de visionar el vídeo en que energúmenos legionarios, militares de carrera, populacho y ministros del gobierno cantaban esa ordinariez grosera en la que todos se declaran novios de la muerte con la ministra de defensa que -supongo- será novia de la muerte sin decidirse -lo mismo que el resto de espantajos- a ser esposa y abrazarse a ella, a la muerte definitivamente. No.
Pero no quiero que penséis que lo tomo a broma o a risa histérica, no, porque no es una broma, un esperpento sí, pero no una broma; es simplemente un acto de poder, un aviso de lo que vendrá, un gobierno que nos está diciendo a quién se abraza y con qué armas cuenta mientras el pueblo emocionado aclama la idea de la muerte, la de los demás, claro está, la de la muerte del pensamiento y la cultura, la de las cunetas. Vuestra muerte: eso es lo que os dicen: Vuestra muerte o vuestro silencio; eso queremos y eso obtendremos, y no hay método inane ni obstáculo que nos lo impida, y estamos aquí, cantando porque nuestro es el poder y vuestra la amargura, la soledad y el silencio. Y es que nosotros somos los portadores de la muerte y vosotros, los verdaderos destinados a ella.
Podéis llamarlo como os de la gana, pero sólo tiene un nombre: Fascismo, y está aquí, y en España recibe el nombre de Nacionalcatolicismo.
Pero siempre se puede seguir siendo ciegos y sordos, pero sobre todo, sumisos.