POESÍA

                                                        Con cariño, dedicado a Rafael Reig tras la hilarante lectura de su novelísima La Cadena Trófica, parte segunda que es del Manual de literatura para caníbales, editado por Tusquets en Barcelona el año 2016 de la ya demasiado larga Era Cristiana.

XXI b

¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?

Permite que me ría.

No terminar el renglón:

eso es poesía.

 

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UN POEMA DE TALES DE EMILITO: J. W. BLUES

Un poema antiguo: ya no no me cabe tanto whisky y sólo bebo malta.

 

Con ojos de cristal devoras lentamente

los restos de la noche, y a tu espalda

impaciente irisa la mañana.

El último blues toma postura y ya descansa

al fondo de tu vaso: Johnnie Walker

no perdona, te agoniza la mirada

y casi eres feliz meciendo tu cerebro

de algodón rotundo y empapado.

Escorzas inútil algún gesto

(un 4/4) de música en la mano,

y todo está bien y te sumerges

e ese mar oscuro queriendo como siempre

no salir.

 

No salir del mar ni de la noche.

De ese fuego que nunca te consume.

 

 

BARAHONA DE SOTO: UN VISTAZO que dedico a Carlota Barrenetxea

Don Luis Barahona de Soto (1548-1595), andaluz de Lucena, nacido hidalgo pobre, casi como mi señor Don Alonso Quijano pero médico en ejercicio y regidor de la villa de Archidona no vio su obra publicada, que quedó dispersa
Pedro Espinosa publicó parte de su poesía lírica en su “Flores de poetas ilustres”; Sedano, otra parte en su “Parnaso Español” y Adolfo de Castro otro resto en la “Biblioteca de Autores Españoles”, sin embargo su obra completa no fue publicada como tal hasta que Francisco Rodríguez Marín las incluyera en un apéndice a su “Luis Barahona de Soto. Estudio biográfico, bibliográfico y crítico” (1903), libro erudito y minucioso, imprescindible para acercarse a la obra de Barahona.
Actualmente hay otra edición (2009) debida a Jesús M. Morata y Juan de Dios Luque , pero, francamente, no la conozco.
La que sí conozco -y muy bien- es la debida a mi amiga de aquellos tiempos Genoveva García-Alegre: “Luis Barahona de Soto. Madrigales y sonetos”. Madrid, 1980 en una hermosa publicación de Entregas de la Ventura con una cubierta de Diego Lara, compuesta en tipos Aster cuerpo 10 fundido al 12, siendo la edición de 215 ejemplares en papel verjurado ingres de la casa Guarro. Quince de estos ejemplares no venales y 200 numerados del 1 al 200. El mío lleva el número 11.
Fue Barahona de Soto amigo de Gutierre de Cetina, poeta de mí muy querido y leído (“… ¡Ay tormentos rabïosos! / Ojos claros, serenos, / ya que así me miráis, / miradme al menos.“), y de Fernando Herrera.
Escribió también, siendo regidor, un interesante libro de caza, “Diálogos de Montería”, ya en prosa.
El ser amigo de Herrera no quitó para que escribiera un famoso soneto (el VIII de la edición de que hablo) en el que le criticaba alegremente, éste:
CONTRA UN POETA QUE USABA MUCHO ESTAS VOCES EN SUS POESÍAS
Esplendores, celajes, rigoroso,                                                         
selvaje, llama, líquido, candores,
vagueza, faz, purpúrea, Cintia, ardores,
otra vez esplendores, caloroso,
ufanía, apacible, numeroso,
luengo, osadía, afán, verdor, errores,
otra y quinientas veces esplendores,
más esplendores, crespo, glorïoso,
cercos, ásperos, albos, encrespado,
esparcir, espirar, lustre, fatales,
cambiar y de esplendor otro poquito
luces, ebúrneo, nítido, asombrado,
orna, colora, joven, celestiales,
Esto quitado, cierto que es bonito.
Naturalmente, su amigo Fernando Herrera le contestó con la distinta ironía, lo cual no empañó para nada la amistad que se tenían.
Si de nuestra amistad el nudo estrecho
por desdén, o liviano movimiento,
(que culpa no conozco en mí, ni siento)
queréis que sea sin razón deshecho;
aunque no me saldrá del firme pecho
del justo amor el gran merecimiento,
y he de llevar contino, descontento
la injusta pena de este injusto hecho.
Romped los lazos ya de esta cadena,
que suelto a mi pesar, si al cabo os place
poner fin triste a nuestro dulce trato.
Yo vuestra culpa sufriré y mi pena;
pues tarde sé, que en esto satisface
a tanta voluntad un pecho ingrato.
La verdad es que hecho mucho de menos estos piques poéticos ora en serio ora en bromas, y mucho me temo que los poetas actuales carecen del sentido del humor y mala leche suficiente para estos ardores, agobiados como están -como estamos todos- bajo el peso de lo políticamente correcto, que menuda plaga nos ha caído.
 Pero ya veo que, como siempre, queriendo centrarme en una sola cosa ya me he ido por las ramas, y es que mi sola intención al comenzar este humilde artículo sólo era destacar un madrigal y un soneto de la obra que Genoveva, como dice ella en el preliminar, desempolva, y añadir solamente que en ese mismo preliminar nos dice que en el inventario que de los libros de Barahona que hizo el citado Rodríguez Marín, aparecieron cuatrocientos volúmenes, cantidad más que respetable en esa época, incluso incluyendo los libros de medicina; dice también que aparecieron un volumen de Eurípides y otro de Píndaro, ambos en griego.
Rebuscar –finaliza Genoveva- en una biblioteca privada es acercarse al espíritu de su poseedor.
Por eso no sé si quisiera que alguien rebuscara en la mía, pues es seguro que encontraría un espíritu disperso, desordenado y, como un colibrí, insensato picaflores.
Pero vamos por el madrigal, que serán dos -he aquí un claro ejemplo de mi dispersión indecisa y asistemática-, y el primero será el cuarto y el segundo, el primero, más que todo, para redundar.
IV
Cuando las penas miro
de tu martirio fuerte,
Amor, gimo y suspiro
como último remedio por la muerte.
Procuro por perderte,
perder contigo la enojosa vida
y, viéndola por ti más que perdida,
del gran placer que siento
vuelvo a vivir, y crece mi tormento.

Archidona

I

Alegres ojos, dulce, grave, honesto
semblante señoril, altiva frente,
y rostro que en colores ha vencido
la luz del rojo Oriente,
do Amor su imperio y nuestra gloria ha puesto,
si no pusierdes presto
socorro presuroso a las entrañas
que Amor con vuestros fuegos ha encendido,
según las llamas salen ya tamañas
que vuestro claro cielo han escondido
al pensamiento mío,
veréis en un momento
quemarse en vuestro amor, cual yo le siento,
y, al fin, cercarse de un esmalte frío.                                            
 Y un solo soneto, el sexto:
VI
No es tiempo ya crüel, que más te ascondas
ni pongas a mi bien más embarazos;
haz esta carta, como a mí, pedazos,
que ya no espero más que me respondas.
Ya estoy como el que en esas aguas hondas,
cansado de medir el mar a brazos,
soltó los flojos y cansados brazos,
la boca abriendo a las saladas ondas.
Vencido me ha tu cruel y duro pecho,
mas, pues mi fino amor no conociste,
no es mucho que me prives de esperanza.
Con esto solo parto satisfecho,
que cuando entiendas lo que en mí perdiste
tú misma me darás de ti venganza.
Leed, si os place, estos poemas en voz alta: es más vívido el placer y menor la congoja.

KOSHER

1491. Cesar Borgia, de dieciséis años, es nombrado obispo de Pamplona por su padre, Alejandro VI, Papa de la cristiandad; al año siguiente, arzobispo de Valencia y cardenal; en el ’98, Luis XII, en un movimiento de acercamiento al Papa le nombra duque de Valentinois; ese mismo año es sospechoso de la muerte de su hermano Juan a quien hereda, recordándome este suceso otro más cercano en el tiempo e inserto en la realidad española cuyo carácter fratricida no he de detallar aquí en mi natural deseo de no dar con los huesos en la cárcel. El carácter fogoso de César hace que su padre, el Papa, le conceda una licencia especial para fornicar sin medida ni desdoro de su estado eclesial. Murió en Viana (Navarra) el año de 1507 en acto de guerra carcomido ya su cuerpo por la sífilis.

 

 

Se le daba bien el trato con el clero: curas, obispos, monjas, sacristanes, vicarios, cardenales… sí, se le daba estupendamente, y más le valía puesto que el clero era su negocio. Albas, casullas, dalmáticas, sotanas, mucetas, manteos, mitras, bonetes, escapularios, cogullas, cíngulos, alzacuellos, botonaduras… sabía excitar la vanidad de aquellas gentes con rasos y brillos aguados, caídas, aires de sotana, hebillas en los zapatos, pieles finas para los pies, cebellinas para los hombros, conocía perfectamente los colores litúrgicos, el blanco para fiestas del Señor, morado para advientos y cuaresmas, rosa para los gaudete y laetare, rojo para fiestas del Señor en su Pasión, o para misas del Paráclito, o de los mártires, o de la Confirmación que también puede ser blanco y que en su exaltación puede ser dorado, o la vestimenta cardenalicia en los funerales del Santo Padre; negro para el 2 de noviembre o Viernes Santo, y también, puesto que nuestra historia sucede en España, el azul, que es privilegio especial para nuestra Bienamada Iglesia Patria por la festividad de la Inmaculada Concepción, que los matadores de toros adoptan con el nombre de azul purísima y que el populacho confunde con el virginal nacimiento de Jesús sucedido sin intervención de varón revera, Paraclito inspirante, según nos dice la bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854 debida al ilustre Pío IX (Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente…), y es privilegio especial para España porque ya (asombraos, oh gentes que me leéis) el rey Wamba, en el onceno concilio de Toledo era titulado Defensor de la Purísima Concepción de María, abriendo una veta de honda devoción real que fue desde él hasta Fernando III y Carlos III pasando por los dos Jaimes, I y II, hasta el punto de que la ciudad de Sevilla, en el año del Señor de 1615 declaró documetalmente que juraba la defensa de la Concepción de María Toda Pura, así que desde 1644, en todo el Imperio español de su Majestad Católica se declaró fiesta de guardar hasta que lo fue por orden de Clemente XI fiesta para todo el orbe católico en 1708.

Todas estas cosa y más sabía nuestro sastre litúrgico, de nombre Luis -don Luis Amantis- hombre por lo demás bien campechano que sabía tratar a su clientela con sabia confianza no confianzuda, untuosidad sin exageración, incluso con un claustral sentido del humor que le hacía decir cosas como mire su Ilustrísima lo buena que es la advocación a la Inmaculada que siendo patrona de Farmacéuticos y facultades de Farmacia lo bien que les va a las industrias farmacéuticas, y su Ilustrísima le reía sottovoce el chiste con un quite, quite, don Luis. Usted siempre tan chisposo. Y es que los obispos y los Borbones saben ser así de campechanos, y don Luis conseguía que confiaran en él, que le contaran chascarrillos eclesiales, rumores de secretas batallas intramuros, comidillas conventuales… esas cosas, y él les contaba las cosas del común, las de pie de calle, aunque más dado era a escuchar y afirmar lo que escuchaba con leves movimientos de ojos o de cabeza de manera que era considerado por su elevada (pues no era barato) clientela como gente de la Casa, formal y de orden.

También le contaban otras cosas, no siempre, no todos, claro, pero le contaban.

Cositas que él guardaba en su memoria mientras sonreía, aprobaba o celebraba y, más tarde apuntaba en su libreta detalladamente mientras fruncía su ceño de sastre y confidente, cositas difíciles de escuchar porque se dicen por perífrasis retóricas o metáforas o circunloquios, pero siempre en voz muy baja y comprobando de reojo quién escucha, cositas que no se refieren a los negocios o al escalafón, que de todo eso hacen chistes los interesados pues siempre hay alguien de quién reírse.

¿De qué hablan los obispos con los obispos, los curas con los curas, las monjas-sirvientas con sus amos tonsurados? Hemos de suponer que de todo un poco, incluso si te descuidas, de religión, aunque no creo que se pasen: al fin de al cabo son profesionales y saben muy bien lo que venden con tanta elegancia como carga trucada en la báscula. En realidad hablan de lo que todo el mundo: ascensos, política, fútbol, tabernas y vinos… pero no de amor, claro, que de eso no deben saber, no deben, digo, no que no sepan, pero de amores no hablan, no entre ellos; los confiesan a veces como pecados, pero de amores, nada. De pasiones, quizá, aunque no creo: las incluyen en el apartado del secreto de confesión, ese gran invento que la mayoría de creyentes no sabrán valorar nunca en toda su dimensión. Maravillas de la irresponsabilidad y el perdón ¿o era al revés? Porque amores tendrán muchos, pasiones, todos y secretitos más allá de la pasión mensurable y sana, algunos. No pocos.

Y de esos secretitos y el espanto que le produjeron nació otro Luis Amantis, también secreto, entre las sombras sombra.

Luis, don Luis, era un caso raro en la sastrería religiosa, oficio que suele pasar de padres a hijos, años y años de influencias y relaciones, unas familias más y otras menos, sin embargo Luis Amantis se había hecho un hueco por sí mismo, y no un hueco pequeñito, sino grande, firme y afamado, no sólo por su arte, que era mucho -un don de Dios, le decían sus santos clientes-, sino por su delicada discreción e intangible sometimiento a la curia y sus caprichos. Aún y todo, seguía siendo un caso raro, pues su padre y abuelo no sólo no fueron sastres, sino carniceros, negocio -el de la carnicería- que llevaba actualmente su hermano mayor, Estanislao, heredero del comercio familiar y nombre de línea paterna. Estanis, un buen hombre y buen hermano mayor que le llamaba vistecuras pero con cariño: con él se podía contar. Sí.

Y a él acudió una tarde al cierre de la carnicería, y con él se fue a una taberna fuera del barrio, donde nadie les conocería ni les estorbaría, porque lo que quería Luis era hablar. Hablar largo, de lo que estaba harto de callar.

Fue una larga conversación, larga y sigilosa pues encerraba su peligro, que no trataba de las cosas familiares y cotidianas. Y trataba de otros, no de ellos. Y los otros eran poderosos. Y al cabo de las horas surgió un plan: una venganza ¿o era justicia? Luis tenía sus dudas, pero no así su hermano, de mente práctica y amante de los resúmenes: Eso de la justicia es una chorrada, ya lo sabes; una justicia ideal tendría que estar contrastada por todos los grupos sociales sin excepción; la justicia y su instrumento son las fronteras que los poderosos han erigido para aislarse de las demás gentes. Nosotros somos o seremos instrumento de venganza ya que con nadie consultaremos, ¿no es así? Luis terminó coincidiendo con su hermano: un hombre es libre en el momento en que toma para sí la responsabilidad de sus actos.

 

-Pero me ha de prometer Su Ilustrísima que irá en el más riguroso anonimato, invisible Su Ilustrísima, invisible yo, que no hay más que malos ojos esperando la mínima para desprestigiar nuestras instituciones.

-¿Y el lugar?

-Es seguro, no se preocupe Su Ilustrísima: allá nos estarán esperando; luego Ya es cosa suya, yo me iré y el que llaman El Encargado esperará su llamada para volver: no sabe quién es Su Ilustrísima; no debe verle.

-Descuide, don Luis; hasta mañana y gracias.

 

Notó un leve pinchazo en el cuello, luego la oscuridad, nada.

Habían remodelado el baño del piso para su nueva actividad: encima de la bañera había una fuerte sujeción al techo de la que pendía un cable con dos abrazaderas que subían o bajaban con una roldana eléctrica; cada abrazadera servía para sujetar un pie; el sistema podía aguantar una carga de doscientos kilos en movimiento. Desnudo en esa posición boca abajo, con los pies trabados por los tobillos con las abrazaderas y semiconsciente pendía el cuerpo de Su Ilustrísima José María de Bicresa y Guelarba, fundador de Soldados por la Virginidad de María. Respiraba fatigosamente sin salir del todo de las sombras en que estaba, y fue entonces cuando unas manos enguantadas le sujetaron la cabeza y cuando sintió un golpe seco en el cuello; notó algo tibio que le entraba en las comisuras y caía, intentó despertar y entonces supo: su sangre escapaba con enorme fuerza, la vida con ella. Luego, nada más.

Mientras el cadáver terminaba de desangrarse en la bañera, el grifo de ésta iba mezclando sangre y agua que escapaban por el sumidero, hacia las alcantarillas, las depuradoras, los ríos, el mar tarde o temprano o quizá los campos de regadío, las huertas. Quién sabe. Los dos hermanos miraban sin expresión alguna, sin placer ni odio aquel cadáver que iban a vaciar, manipular, despiezar en sus diversas partes hasta hacerlo pequeños paquetes transportables. En la habitación vecina -antes dormitorio principal- había instalada una mesa de trabajo, una máquina de envasar al vacío, bolsas estancas, instrumentos de corte y torsión, pero nada que hiciera un ruido llamativo, sólo el agua que corría por el desagüe.

Cinco era el tope que se impusieron los dos hermanos, cinco porque era doloroso matar, una carga que se impusieron desde el principio, cinco asesinatos ejemplares escogidos cuidadosamente en ese club de perturbados fuera de toda ley o, más bien protegidos de leyes por el silencio más cerrado, en total cuatro usuarios y la cabeza organizadora (también usuario) de La Red.

Los diversos medios de comunicación sólo podían especular sobre las desapariciones, que es como se catalogaban ya que en ningún caso se encontraba un cadáver o el rastro de un cadáver. Todos los noticieros hablaban de lo mismo y había opiniones para todo. Normal, Bicresa y Guelarba, obispo,  Valeriano Couro, arzobispo emérito, Agustín Ordes González profesor de religión en un colegio católico perteneciente al Supo, Paco Campos,  senador y por último Roberto Bafra, paradigmas todos de la soberbia, el orden y la moral. Todos ellos. Desaparecieron en  el corto plazo de una semana, algo tan fuera de toda medida que estaba todo el país desconcertado, policía, guardia civil, ministerio del Interior, gobierno en general, prensa, radio y televisión, por no hablar de las redes sociales… Cada cual con una interpretación más peregrina, todo como ecos de confusión, enconadas disputas, insultos, incluso actos religiosos rogando (¿o era exigiendo?) la intervención divina mientras otros, más prácticos clamaban por la intervención directa de las fuerzas armadas puesto que alguien estaba atacando los fundamentos de nuestra sociedad, mejor, su fundamento más importante: La Iglesia Católica.

El también emérito pero de la política -ex de todo mientras los escándalos resbalaban por ese rictus permanente que era su rostro sin mirada- colgaba desnudo igual que sus predecesores, pero vivo y consciente; las manos sujetas por una brida, la boca amordazada. Sin gafas.

-Bueno, Bafra, esto se acaba, vas a palmarla, pero no te torturaremos ni usaremos tu cuerpo para nada ni te insultaremos ni ofenderemos el inmenso ego que tu despreciable y degenerado cerebro ha  construido para tapar la mierda que es tu vida miserable; el por qué ya lo puedes imaginar ¿no? ¿No sabes por qué cuelgas boca abajo, desnudo, con los pliegues de tu obesidad colgando, amarrado y amordazado?

¿No?

Bafra movía la cabeza, sus ojos expresaban pánico; con el movimiento, las abrazaderas se hincaban en los tobillos, que empezaban a sangrar: la roldana, la cruceta afianzada al techo resistía perfectamente, como estaba previsto.

No podrás hablar: ya has hablado y mentido bastante en la vida, Bafra. ¿Seguro que no sabes por qué estás aquí? Es por los niños, ¿sabes? Los niños, las niñas que has violado y asesinado, que habéis, mejor dicho: tú y tus compinches, ¿verdad? Pero tú eras el peor, el que manejaba todo el cotarro, el que llevaba a éste o aquel a tus redes de manera que quedaban de ti presos para siempre, bueno para siempre que tu vivieras, pero ya no. ¿Tienes miedo? ¿Tenían miedo tus, vuestras víctimas? ¿Pensabas a menudo en ellas o sólo pensabas en tu propia impunidad, en tu placer y tu impunidad? ¿Qué sentías? Tu placer era el poder, ¿cierto? el poder sobre personas y cosas, el poder que te daba el silencio de tus compinches y el miedo de las víctimas mientras las despojabais de toda dignidad y toda inocencia, de la vida? Hazme un gesto para que yo vea que me has entendido aunque eres muy capaz de hacerlo para negar lo que has hecho, Bueno, en realidad no nos importa nada tu opinión al respecto porque sabemos lo que sabemos. Lo mismo que tú.

Lo que no sabes es qué va a pasar. Verás estás ahí colgado mientras te meas sobre tu barriga y tu cara porque es ahí donde vas a morir, encima de la bañera; te inyectaremos un potente sedante para que dejes de moverte, pero estarás consciente todo el rato, y enseguida te rebanaremos el pescuezo como a una res para que te desangres; al tiempo abriremos el grifo de la bañera para que tu sangre infame se mezcle con el agua y desaparezca por el sumidero adonde quiera que el sumidero la lleve; una vez desangrado, Bafra, tu carne será tan kosher que tu Jehová se relamerá de placer al verla, y con tu carne kosher haremos un despiece perfecto una vez eviscerada, haremos paquetes manejables y la llevaremos con las de los demás a la carnicería; una vez allí, lo picaremos todo menos las vísceras que desecharemos, picaremos tu carne y moleremos tus huesos y la juntaremos con las de los otros; luego volveremos a etiquetar y la venderemos para que con ella hagan comida para perros, gatos o lo que sea que hagan con ella: Carne kosher para animales, ¿qué te parece? Al menos vas a ser útil por una vez en la vida, Bafra.

Por cierto, no está bien que no sepas dónde vas a morir, y no está nada mal para un megalómano narcisista como tú, verás, en realidad estás rodeado de todos tus santos, de montones de iglesias, algunos de cuyos sacerdotes han sido clientes tuyos, y rodeado también de iglesias y religión, esa a la que tanto has apelado en tu vida lamentable y a la que me temo que ahora no podrás recurrir porque ni siquiera quedará de ti una uña para hacer un funeral y un entierro.

¿Y por qué, Bafra, lo de la carne kosher? Pues verás, habíamos pensado que por una vez la tuya sea lo más pura posible, así que, si lo piensas bien, te estamos haciendo un favor, ¿no te parece?

Y ya, Bafra, un pinchacito de nada y un cuchillo. Y luego, la Nada, la de verdad.

El agua del grifo empezó a correr lo mismo que la sangre; ambas se iban por el desagüe en sentido contrario a las agujas del reloj según impone el efecto Coriolis para el hemisferio norte hasta que pasaron unos veinte minutos. Después de ese tiempo, el cuerpo de Bafra estaba perfectamente desangrado y en la bañera quedaban apenas unas pequeñas salpicaduras.

En el segundo piso del número 17 de la calle Traviesa de Salamanca, comentaba un anciano caballero a su esposa ensimismada con la complicada trama de una de las antiguas novelas de John Le Carré.

-¿Me has oído, Helena? Digo que en el piso de arriba debe vivir toda una tribu a juzgar por lo que tardan en ducharse.

 

PEDRO GARFIAS: UN SONETO

Diecisiete años tenía yo cuando en Monterrey (México) murió Pedro Garfias; dos años después, un viejo anarquista, limpiabotas en Vitoria, me fue leyendo un poemario suyo que me impresionó, no por su calidad literaria -yo sólo era un recién llegado a la poesía- sino por lo emocionante que me pareció. Busqué -inocentemente- algún libro suyo en librerías y bibliotecas sin encontrarlo, tampoco pude dar con alguien que reconociera haberle leído o simplemente haber oído hablar de él: la censura funcionaba muy, muy bien en España, así que tuve que esperar algunos años hasta que di con su primer libro, mejor dicho, un libro en que, entre otros figuraba él: Homenaje de despedida a las Brigadas Internacionales, en una edición facsimilar de 1978 que por ahí andará y en la que aparecen poemas, además de los suyos, de Machado (Antonio, claro), Altolaguirre, Gilalbert, Serrano Plaja, Hernández y algunos otros que ahora no recuerdo. Luego fui consiguiendo otros libros aquí y allá, sobre todo allá, en México, aunque aquí, hoy en día se pueden encontrar ediciones bien facsimilares, bien nuevas, por ejemplo, las de Biblioteca de Rescate (2001) y otras de la editorial Renacimiento (Sevilla).

Garfias nació en Salamanca, así que fue español aunque en España pocos poquísimos sepan de él, y eso sucedió en 1901, así que vivió sesenta y seis años, de los cuales veintiocho los pasó en el exilio, primero en Francia, en los campos de concentración, luego en Inglaterra donde castigó duramente a su hígado y escribió su  libro Primavera en Eaton Hasting, pues fue allí, en Eaton Hasting, en un castillo donde vivió un tiempo añorando a Margarita, su compañera, y bebiendo con gran sed; de allí, y con el dinero que Margarita le envía vuelve a Francia para -con la documentación recién conseguida gracias a ella- embarcar en El Havre en el buque Sianica con rumbo a México y en la compañía de otros ocho mil españoles, su amigo Juan Rejano entre ellos; allí, en la mar pergeña el bello poema que terminará en la hospitalaria tierra mexicana, Entre España y México (“Qué hilo tan fino, qué delgado junco / nos une y nos separa / con España presente en el recuerdo, / con México presente en la esperanza.”). Así que sus primeros libros en el exilio serían el ya citado y De soledad y otros poemas (1941).

Garfias se sumó al movimiento poético más importante del s.XX, el Ultraísmo; conoce y colabora con Huidobro, Gómez de la Serna, Cansinos-Assens, y de Torre y con estos dos últimos firma el manifiesto vanguardista Ultra; colabora, en fin, con Machado, Jiménez, Lorca o Guillén, etc, es decir, la generación del 27, pero al contrario que otros participa activamente en la defensa de la República con el grado de capitán y el cargo de comisario político que le dura poco -pues es destituido- hasta el final, la derrota y el exilio, como ya he dicho.

Garfias en un recital

En México desarrolla en cinco años (43-48) casi toda su actividad siendo nombrado Secretario del director de Departamento de Acción Social de la Universidad de Monterrey, cargo del que será retirado a causa de su ya definitivo alcoholismo que le hace vagabundear por diversos lugares de México, bebiendo  y viviendo (no muy bien) de sus conferencias y recitales.

Lo mataron el alcohol y la nostalgia, y lo terminará de matar el olvido en que vive España, el olvido político, literario y estético, la sumisión a la historia de los fascistas de entonces y de ahora, siempre, claro, que no se ponga remedio y se comience a retomar su obra poética, a recuperarla de los viejos anaqueles y, sobre todo, a gozarla, pues es -como escribí arriba- emocionante y de una belleza trágica. Y para que quien no haya leído nada de Garfias he seleccionado sólo un soneto, un único poema que nunca he podido olvidar y que espero que no sea olvidado.

 

Mis ojos guías de ideal seguro,

mis pasos huellas de camino incierto,

y este nunca cansado río oscuro

con su latir de can siempre despierto.

 

Atrás la sima y en la frente el muro,

el mecanismo de la sangre abierto,

entre la niebla y el relumbre puro

me duele el corazón de no estar muerto.

 

Con temblorosa, ávida mano, un poco

de sombra y luz moldeo, esculpo acuño,

de la vida inmortal que no he vivido.

 

Vengo, voy, retrocedo, avanzo loco,

mientras pretendo retener a puño

la sombra de la sombra de un olvido.

                                                                                                 

 

 

DIÁLOGOS EN EL BELVEDERE

El otro día, penando yo los efectos de la atorvastatina en mi sangre inocente, va, y sin un rumorcillo excepto el leve aleteo (iba a escribir ‘aleve’ pero aún no he bebido tanto como Rubén (Darío, claro), aunque estoy en ello), va, digo, y se me presenta en el ventanal de mi belvedere (¡de nuevo!) el mismísimo Paráclito, así que le digo, “joder Paráclito, me has dado un susto de cojones”; me dice, “¿no te alegras de verme? mira que ya no estoy enfadado contigo, hasta aquello de suponer que mi sobrenombre, Consolador, tenía que ver con los dildos ha terminado por hacerme gracia, ya ves”; “vaya, Para, ¿te importa que llame Para? ¿no? bueno, pues ya que estamos ¿quieres un café?; que sí, me dice moviendo un poco las alas y dejando caer sobre mi suelo un plumoncillo evanescente.
Y nada, que  hago café y sirvo uno para Él y otro para mí (me pongo en minúscula porque es deber de todo anfitrión encumbrar al invitado aunque no se le haya invitado y porque no me gusta hablar mayestático), y nada, así charlando de cosas dispares se nos iba pasando la tarde que, anda, cómo llovía. Me dice en una de esas, “mira tío, esto que te digo, no vayas a tomarlo como una declaración ni nada de eso, pero ya que estamos en confianza te diré que me siento así, como muy solo, ya sabes, todos los creyentes con el Jesucristo arriba y abajo, novelas, cuentos… hasta películas le hacen, y todo porque era un jipi, ya ves, o el Viejo, siempre en las nubes, siempre enfadado y en guerras estupendas con mucha sangre y todo eso, sobre todo cabreado con los judíos que se la pasan discutiendo con Él y quejándose de de todo, pero a mí, ni puto caso, tío, tú solo te acuerdas de mí, para reírte, eso sí, pero al menos te acuerdas ¿no tendrás un whiskicito, eh?”, “¿Malta o Jameson?”, “Jameson, que es irlandés y producto católico y serio”; le pongo un vaso “¿tu no bebes?”, “tengo que salir mañana con la bici, Para, que tú con las alas y eso de dejarte llevar por due venti no sabes de qué va”. ¿Due venti? ¿eso no era del cura ese traviesón? ¿cómo era? Ah, sí, Antonino, el de Griselda, me caía bien, pero al Viejo, fatal y al final lo arruinó al pobre: mucho Tres en Uno, pero ni nos preguntó ni al jipi ni a mí, y mira cómo son las cosas, cuando el jipi se liaba con mujeres y todo eso no decía ni Pamplona, ciego que estaba por Él, ya sabes y a mí, que me den, Consolador y esas bobadas, en vez de estar en las trincheras matando moros y rojos y lo que sea con tal de pasar el rato, que mira que hay rato de sobra”, dice, y lo le digo, “venga, Para, para, que te lanzas y me das dolor de cabeza, que tú no estas para guerras, Para, que esas cosas son del Viejo, como dices, Para; lo tuyo, tío es el amor, ¿o no?”, y me salta, “¿Amor? sí claro, eyaculaciones secas, telepolvos, ¡joder!, hasta al jipi le lavaban los pies; a mí, ni hostias, coño, y ya te digo, de coño, ni tocar pelo”.
Y parecía enfadado, pero qué leches enfadado, si yo le notaba como algo que no sé, como si me estuviera vacilando, a lo espiritusanto, claro, porque de repente va y suelta todo seguido:
¿”Un altro caffé, another coffee, qa’vIn, ein weiterer Kaffee, un altre cafè, قهوة أخرى, outro café, 另一杯咖啡, otro café, 別のコーヒー, кофе, још једну кафу, o altă cafea, beste kafe bat, kahawa nyingine, alius capulus, en annen kaffe, en anden kaffe…?” Y seguía con el jodido café, y voy y le digo, “coño, Para, ¿pero sabes lenguas?
Le noté un brillo en los ojillos negros y, aunque parezca imposible una como sonrisa de coña…
Dice: “Pues claro, Tales, estuve en Babel, no recuerdas?
A veces me cae bien el Paráclito: tiene salero.

el Para en plan coña

ELOGIO DE LA PEREZA

las interminables jornadas laborales de Caronte

(este texto está dedicado, pero me da pereza decir a quién)

 

 

¿Sabéis quién es el tipo más rico de la historia? Ya podéis pensar, ya: no daréis con él, y es que no se le nota.

Vale: Su nombre es Caronte, de oficio, barquero.

Imaginad, si sois capaces, por un momento la cantidad de muertos que ha habido en toda la historia de los humanos desde que el mundo es mundo, ¿Millones, cientos de millones, miles de millones?

Y los que irán muriendo todavía.

Hoy mismo, ,¿Cuántos la han palmado?

Pues todos,  toditos, han pagado y han de pagar a Caronte su monedita, así que echad cuentas.

¿Y qué coño hace Caronte con tanta pasta, ¿lo pasa pipa, colecciona arte, castillos, coches de lujo, yates, editoriales, medios de comunicación, presidentes de gobierno, lee, toma copas al menos. ¿Se rodea de lujo y boato como un obispo travestido?

Pues no, ya veis, nada de eso, ¿y sabéis por qué,?

No tiene tiempo para nada: TRABAJA TODO EL PUTO DÍA.