BARAHONA DE SOTO: UN VISTAZO que dedico a Carlota Barrenetxea

Don Luis Barahona de Soto (1548-1595), andaluz de Lucena, nacido hidalgo pobre, casi como mi señor Don Alonso Quijano pero médico en ejercicio y regidor de la villa de Archidona no vio su obra publicada, que quedó dispersa
Pedro Espinosa publicó parte de su poesía lírica en su “Flores de poetas ilustres”; Sedano, otra parte en su “Parnaso Español” y Adolfo de Castro otro resto en la “Biblioteca de Autores Españoles”, sin embargo su obra completa no fue publicada como tal hasta que Francisco Rodríguez Marín las incluyera en un apéndice a su “Luis Barahona de Soto. Estudio biográfico, bibliográfico y crítico” (1903), libro erudito y minucioso, imprescindible para acercarse a la obra de Barahona.
Actualmente hay otra edición (2009) debida a Jesús M. Morata y Juan de Dios Luque , pero, francamente, no la conozco.
La que sí conozco -y muy bien- es la debida a mi amiga de aquellos tiempos Genoveva García-Alegre: “Luis Barahona de Soto. Madrigales y sonetos”. Madrid, 1980 en una hermosa publicación de Entregas de la Ventura con una cubierta de Diego Lara, compuesta en tipos Aster cuerpo 10 fundido al 12, siendo la edición de 215 ejemplares en papel verjurado ingres de la casa Guarro. Quince de estos ejemplares no venales y 200 numerados del 1 al 200. El mío lleva el número 11.
Fue Barahona de Soto amigo de Gutierre de Cetina, poeta de mí muy querido y leído (“… ¡Ay tormentos rabïosos! / Ojos claros, serenos, / ya que así me miráis, / miradme al menos.“), y de Fernando Herrera.
Escribió también, siendo regidor, un interesante libro de caza, “Diálogos de Montería”, ya en prosa.
El ser amigo de Herrera no quitó para que escribiera un famoso soneto (el VIII de la edición de que hablo) en el que le criticaba alegremente, éste:
CONTRA UN POETA QUE USABA MUCHO ESTAS VOCES EN SUS POESÍAS
Esplendores, celajes, rigoroso,                                                         
selvaje, llama, líquido, candores,
vagueza, faz, purpúrea, Cintia, ardores,
otra vez esplendores, caloroso,
ufanía, apacible, numeroso,
luengo, osadía, afán, verdor, errores,
otra y quinientas veces esplendores,
más esplendores, crespo, glorïoso,
cercos, ásperos, albos, encrespado,
esparcir, espirar, lustre, fatales,
cambiar y de esplendor otro poquito
luces, ebúrneo, nítido, asombrado,
orna, colora, joven, celestiales,
Esto quitado, cierto que es bonito.
Naturalmente, su amigo Fernando Herrera le contestó con la distinta ironía, lo cual no empañó para nada la amistad que se tenían.
Si de nuestra amistad el nudo estrecho
por desdén, o liviano movimiento,
(que culpa no conozco en mí, ni siento)
queréis que sea sin razón deshecho;
aunque no me saldrá del firme pecho
del justo amor el gran merecimiento,
y he de llevar contino, descontento
la injusta pena de este injusto hecho.
Romped los lazos ya de esta cadena,
que suelto a mi pesar, si al cabo os place
poner fin triste a nuestro dulce trato.
Yo vuestra culpa sufriré y mi pena;
pues tarde sé, que en esto satisface
a tanta voluntad un pecho ingrato.
La verdad es que hecho mucho de menos estos piques poéticos ora en serio ora en bromas, y mucho me temo que los poetas actuales carecen del sentido del humor y mala leche suficiente para estos ardores, agobiados como están -como estamos todos- bajo el peso de lo políticamente correcto, que menuda plaga nos ha caído.
 Pero ya veo que, como siempre, queriendo centrarme en una sola cosa ya me he ido por las ramas, y es que mi sola intención al comenzar este humilde artículo sólo era destacar un madrigal y un soneto de la obra que Genoveva, como dice ella en el preliminar, desempolva, y añadir solamente que en ese mismo preliminar nos dice que en el inventario que de los libros de Barahona que hizo el citado Rodríguez Marín, aparecieron cuatrocientos volúmenes, cantidad más que respetable en esa época, incluso incluyendo los libros de medicina; dice también que aparecieron un volumen de Eurípides y otro de Píndaro, ambos en griego.
Rebuscar –finaliza Genoveva- en una biblioteca privada es acercarse al espíritu de su poseedor.
Por eso no sé si quisiera que alguien rebuscara en la mía, pues es seguro que encontraría un espíritu disperso, desordenado y, como un colibrí, insensato picaflores.
Pero vamos por el madrigal, que serán dos -he aquí un claro ejemplo de mi dispersión indecisa y asistemática-, y el primero será el cuarto y el segundo, el primero, más que todo, para redundar.
IV
Cuando las penas miro
de tu martirio fuerte,
Amor, gimo y suspiro
como último remedio por la muerte.
Procuro por perderte,
perder contigo la enojosa vida
y, viéndola por ti más que perdida,
del gran placer que siento
vuelvo a vivir, y crece mi tormento.

Archidona

I

Alegres ojos, dulce, grave, honesto
semblante señoril, altiva frente,
y rostro que en colores ha vencido
la luz del rojo Oriente,
do Amor su imperio y nuestra gloria ha puesto,
si no pusierdes presto
socorro presuroso a las entrañas
que Amor con vuestros fuegos ha encendido,
según las llamas salen ya tamañas
que vuestro claro cielo han escondido
al pensamiento mío,
veréis en un momento
quemarse en vuestro amor, cual yo le siento,
y, al fin, cercarse de un esmalte frío.                                            
 Y un solo soneto, el sexto:
VI
No es tiempo ya crüel, que más te ascondas
ni pongas a mi bien más embarazos;
haz esta carta, como a mí, pedazos,
que ya no espero más que me respondas.
Ya estoy como el que en esas aguas hondas,
cansado de medir el mar a brazos,
soltó los flojos y cansados brazos,
la boca abriendo a las saladas ondas.
Vencido me ha tu cruel y duro pecho,
mas, pues mi fino amor no conociste,
no es mucho que me prives de esperanza.
Con esto solo parto satisfecho,
que cuando entiendas lo que en mí perdiste
tú misma me darás de ti venganza.
Leed, si os place, estos poemas en voz alta: es más vívido el placer y menor la congoja.
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KOSHER

1491. Cesar Borgia, de dieciséis años, es nombrado obispo de Pamplona por su padre, Alejandro VI, Papa de la cristiandad; al año siguiente, arzobispo de Valencia y cardenal; en el ’98, Luis XII, en un movimiento de acercamiento al Papa le nombra duque de Valentinois; ese mismo año es sospechoso de la muerte de su hermano Juan a quien hereda, recordándome este suceso otro más cercano en el tiempo e inserto en la realidad española cuyo carácter fratricida no he de detallar aquí en mi natural deseo de no dar con los huesos en la cárcel. El carácter fogoso de César hace que su padre, el Papa, le conceda una licencia especial para fornicar sin medida ni desdoro de su estado eclesial. Murió en Viana (Navarra) el año de 1507 en acto de guerra carcomido ya su cuerpo por la sífilis.

 

 

Se le daba bien el trato con el clero: curas, obispos, monjas, sacristanes, vicarios, cardenales… sí, se le daba estupendamente, y más le valía puesto que el clero era su negocio. Albas, casullas, dalmáticas, sotanas, mucetas, manteos, mitras, bonetes, escapularios, cogullas, cíngulos, alzacuellos, botonaduras… sabía excitar la vanidad de aquellas gentes con rasos y brillos aguados, caídas, aires de sotana, hebillas en los zapatos, pieles finas para los pies, cebellinas para los hombros, conocía perfectamente los colores litúrgicos, el blanco para fiestas del Señor, morado para advientos y cuaresmas, rosa para los gaudete y laetare, rojo para fiestas del Señor en su Pasión, o para misas del Paráclito, o de los mártires, o de la Confirmación que también puede ser blanco y que en su exaltación puede ser dorado, o la vestimenta cardenalicia en los funerales del Santo Padre; negro para el 2 de noviembre o Viernes Santo, y también, puesto que nuestra historia sucede en España, el azul, que es privilegio especial para nuestra Bienamada Iglesia Patria por la festividad de la Inmaculada Concepción, que los matadores de toros adoptan con el nombre de azul purísima y que el populacho confunde con el virginal nacimiento de Jesús sucedido sin intervención de varón revera, Paraclito inspirante, según nos dice la bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854 debida al ilustre Pío IX (Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente…), y es privilegio especial para España porque ya (asombraos, oh gentes que me leéis) el rey Wamba, en el onceno concilio de Toledo era titulado Defensor de la Purísima Concepción de María, abriendo una veta de honda devoción real que fue desde él hasta Fernando III y Carlos III pasando por los dos Jaimes, I y II, hasta el punto de que la ciudad de Sevilla, en el año del Señor de 1615 declaró documetalmente que juraba la defensa de la Concepción de María Toda Pura, así que desde 1644, en todo el Imperio español de su Majestad Católica se declaró fiesta de guardar hasta que lo fue por orden de Clemente XI fiesta para todo el orbe católico en 1708.

Todas estas cosa y más sabía nuestro sastre litúrgico, de nombre Luis -don Luis Amantis- hombre por lo demás bien campechano que sabía tratar a su clientela con sabia confianza no confianzuda, untuosidad sin exageración, incluso con un claustral sentido del humor que le hacía decir cosas como mire su Ilustrísima lo buena que es la advocación a la Inmaculada que siendo patrona de Farmacéuticos y facultades de Farmacia lo bien que les va a las industrias farmacéuticas, y su Ilustrísima le reía sottovoce el chiste con un quite, quite, don Luis. Usted siempre tan chisposo. Y es que los obispos y los Borbones saben ser así de campechanos, y don Luis conseguía que confiaran en él, que le contaran chascarrillos eclesiales, rumores de secretas batallas intramuros, comidillas conventuales… esas cosas, y él les contaba las cosas del común, las de pie de calle, aunque más dado era a escuchar y afirmar lo que escuchaba con leves movimientos de ojos o de cabeza de manera que era considerado por su elevada (pues no era barato) clientela como gente de la Casa, formal y de orden.

También le contaban otras cosas, no siempre, no todos, claro, pero le contaban.

Cositas que él guardaba en su memoria mientras sonreía, aprobaba o celebraba y, más tarde apuntaba en su libreta detalladamente mientras fruncía su ceño de sastre y confidente, cositas difíciles de escuchar porque se dicen por perífrasis retóricas o metáforas o circunloquios, pero siempre en voz muy baja y comprobando de reojo quién escucha, cositas que no se refieren a los negocios o al escalafón, que de todo eso hacen chistes los interesados pues siempre hay alguien de quién reírse.

¿De qué hablan los obispos con los obispos, los curas con los curas, las monjas-sirvientas con sus amos tonsurados? Hemos de suponer que de todo un poco, incluso si te descuidas, de religión, aunque no creo que se pasen: al fin de al cabo son profesionales y saben muy bien lo que venden con tanta elegancia como carga trucada en la báscula. En realidad hablan de lo que todo el mundo: ascensos, política, fútbol, tabernas y vinos… pero no de amor, claro, que de eso no deben saber, no deben, digo, no que no sepan, pero de amores no hablan, no entre ellos; los confiesan a veces como pecados, pero de amores, nada. De pasiones, quizá, aunque no creo: las incluyen en el apartado del secreto de confesión, ese gran invento que la mayoría de creyentes no sabrán valorar nunca en toda su dimensión. Maravillas de la irresponsabilidad y el perdón ¿o era al revés? Porque amores tendrán muchos, pasiones, todos y secretitos más allá de la pasión mensurable y sana, algunos. No pocos.

Y de esos secretitos y el espanto que le produjeron nació otro Luis Amantis, también secreto, entre las sombras sombra.

Luis, don Luis, era un caso raro en la sastrería religiosa, oficio que suele pasar de padres a hijos, años y años de influencias y relaciones, unas familias más y otras menos, sin embargo Luis Amantis se había hecho un hueco por sí mismo, y no un hueco pequeñito, sino grande, firme y afamado, no sólo por su arte, que era mucho -un don de Dios, le decían sus santos clientes-, sino por su delicada discreción e intangible sometimiento a la curia y sus caprichos. Aún y todo, seguía siendo un caso raro, pues su padre y abuelo no sólo no fueron sastres, sino carniceros, negocio -el de la carnicería- que llevaba actualmente su hermano mayor, Estanislao, heredero del comercio familiar y nombre de línea paterna. Estanis, un buen hombre y buen hermano mayor que le llamaba vistecuras pero con cariño: con él se podía contar. Sí.

Y a él acudió una tarde al cierre de la carnicería, y con él se fue a una taberna fuera del barrio, donde nadie les conocería ni les estorbaría, porque lo que quería Luis era hablar. Hablar largo, de lo que estaba harto de callar.

Fue una larga conversación, larga y sigilosa pues encerraba su peligro, que no trataba de las cosas familiares y cotidianas. Y trataba de otros, no de ellos. Y los otros eran poderosos. Y al cabo de las horas surgió un plan: una venganza ¿o era justicia? Luis tenía sus dudas, pero no así su hermano, de mente práctica y amante de los resúmenes: Eso de la justicia es una chorrada, ya lo sabes; una justicia ideal tendría que estar contrastada por todos los grupos sociales sin excepción; la justicia y su instrumento son las fronteras que los poderosos han erigido para aislarse de las demás gentes. Nosotros somos o seremos instrumento de venganza ya que con nadie consultaremos, ¿no es así? Luis terminó coincidiendo con su hermano: un hombre es libre en el momento en que toma para sí la responsabilidad de sus actos.

 

-Pero me ha de prometer Su Ilustrísima que irá en el más riguroso anonimato, invisible Su Ilustrísima, invisible yo, que no hay más que malos ojos esperando la mínima para desprestigiar nuestras instituciones.

-¿Y el lugar?

-Es seguro, no se preocupe Su Ilustrísima: allá nos estarán esperando; luego Ya es cosa suya, yo me iré y el que llaman El Encargado esperará su llamada para volver: no sabe quién es Su Ilustrísima; no debe verle.

-Descuide, don Luis; hasta mañana y gracias.

 

Notó un leve pinchazo en el cuello, luego la oscuridad, nada.

Habían remodelado el baño del piso para su nueva actividad: encima de la bañera había una fuerte sujeción al techo de la que pendía un cable con dos abrazaderas que subían o bajaban con una roldana eléctrica; cada abrazadera servía para sujetar un pie; el sistema podía aguantar una carga de doscientos kilos en movimiento. Desnudo en esa posición boca abajo, con los pies trabados por los tobillos con las abrazaderas y semiconsciente pendía el cuerpo de Su Ilustrísima José María de Bicresa y Guelarba, fundador de Soldados por la Virginidad de María. Respiraba fatigosamente sin salir del todo de las sombras en que estaba, y fue entonces cuando unas manos enguantadas le sujetaron la cabeza y cuando sintió un golpe seco en el cuello; notó algo tibio que le entraba en las comisuras y caía, intentó despertar y entonces supo: su sangre escapaba con enorme fuerza, la vida con ella. Luego, nada más.

Mientras el cadáver terminaba de desangrarse en la bañera, el grifo de ésta iba mezclando sangre y agua que escapaban por el sumidero, hacia las alcantarillas, las depuradoras, los ríos, el mar tarde o temprano o quizá los campos de regadío, las huertas. Quién sabe. Los dos hermanos miraban sin expresión alguna, sin placer ni odio aquel cadáver que iban a vaciar, manipular, despiezar en sus diversas partes hasta hacerlo pequeños paquetes transportables. En la habitación vecina -antes dormitorio principal- había instalada una mesa de trabajo, una máquina de envasar al vacío, bolsas estancas, instrumentos de corte y torsión, pero nada que hiciera un ruido llamativo, sólo el agua que corría por el desagüe.

Cinco era el tope que se impusieron los dos hermanos, cinco porque era doloroso matar, una carga que se impusieron desde el principio, cinco asesinatos ejemplares escogidos cuidadosamente en ese club de perturbados fuera de toda ley o, más bien protegidos de leyes por el silencio más cerrado, en total cuatro usuarios y la cabeza organizadora (también usuario) de La Red.

Los diversos medios de comunicación sólo podían especular sobre las desapariciones, que es como se catalogaban ya que en ningún caso se encontraba un cadáver o el rastro de un cadáver. Todos los noticieros hablaban de lo mismo y había opiniones para todo. Normal, Bicresa y Guelarba, obispo,  Valeriano Couro, arzobispo emérito, Agustín Ordes González profesor de religión en un colegio católico perteneciente al Supo, Paco Campos,  senador y por último Roberto Bafra, paradigmas todos de la soberbia, el orden y la moral. Todos ellos. Desaparecieron en  el corto plazo de una semana, algo tan fuera de toda medida que estaba todo el país desconcertado, policía, guardia civil, ministerio del Interior, gobierno en general, prensa, radio y televisión, por no hablar de las redes sociales… Cada cual con una interpretación más peregrina, todo como ecos de confusión, enconadas disputas, insultos, incluso actos religiosos rogando (¿o era exigiendo?) la intervención divina mientras otros, más prácticos clamaban por la intervención directa de las fuerzas armadas puesto que alguien estaba atacando los fundamentos de nuestra sociedad, mejor, su fundamento más importante: La Iglesia Católica.

El también emérito pero de la política -ex de todo mientras los escándalos resbalaban por ese rictus permanente que era su rostro sin mirada- colgaba desnudo igual que sus predecesores, pero vivo y consciente; las manos sujetas por una brida, la boca amordazada. Sin gafas.

-Bueno, Bafra, esto se acaba, vas a palmarla, pero no te torturaremos ni usaremos tu cuerpo para nada ni te insultaremos ni ofenderemos el inmenso ego que tu despreciable y degenerado cerebro ha  construido para tapar la mierda que es tu vida miserable; el por qué ya lo puedes imaginar ¿no? ¿No sabes por qué cuelgas boca abajo, desnudo, con los pliegues de tu obesidad colgando, amarrado y amordazado?

¿No?

Bafra movía la cabeza, sus ojos expresaban pánico; con el movimiento, las abrazaderas se hincaban en los tobillos, que empezaban a sangrar: la roldana, la cruceta afianzada al techo resistía perfectamente, como estaba previsto.

No podrás hablar: ya has hablado y mentido bastante en la vida, Bafra. ¿Seguro que no sabes por qué estás aquí? Es por los niños, ¿sabes? Los niños, las niñas que has violado y asesinado, que habéis, mejor dicho: tú y tus compinches, ¿verdad? Pero tú eras el peor, el que manejaba todo el cotarro, el que llevaba a éste o aquel a tus redes de manera que quedaban de ti presos para siempre, bueno para siempre que tu vivieras, pero ya no. ¿Tienes miedo? ¿Tenían miedo tus, vuestras víctimas? ¿Pensabas a menudo en ellas o sólo pensabas en tu propia impunidad, en tu placer y tu impunidad? ¿Qué sentías? Tu placer era el poder, ¿cierto? el poder sobre personas y cosas, el poder que te daba el silencio de tus compinches y el miedo de las víctimas mientras las despojabais de toda dignidad y toda inocencia, de la vida? Hazme un gesto para que yo vea que me has entendido aunque eres muy capaz de hacerlo para negar lo que has hecho, Bueno, en realidad no nos importa nada tu opinión al respecto porque sabemos lo que sabemos. Lo mismo que tú.

Lo que no sabes es qué va a pasar. Verás estás ahí colgado mientras te meas sobre tu barriga y tu cara porque es ahí donde vas a morir, encima de la bañera; te inyectaremos un potente sedante para que dejes de moverte, pero estarás consciente todo el rato, y enseguida te rebanaremos el pescuezo como a una res para que te desangres; al tiempo abriremos el grifo de la bañera para que tu sangre infame se mezcle con el agua y desaparezca por el sumidero adonde quiera que el sumidero la lleve; una vez desangrado, Bafra, tu carne será tan kosher que tu Jehová se relamerá de placer al verla, y con tu carne kosher haremos un despiece perfecto una vez eviscerada, haremos paquetes manejables y la llevaremos con las de los demás a la carnicería; una vez allí, lo picaremos todo menos las vísceras que desecharemos, picaremos tu carne y moleremos tus huesos y la juntaremos con las de los otros; luego volveremos a etiquetar y la venderemos para que con ella hagan comida para perros, gatos o lo que sea que hagan con ella: Carne kosher para animales, ¿qué te parece? Al menos vas a ser útil por una vez en la vida, Bafra.

Por cierto, no está bien que no sepas dónde vas a morir, y no está nada mal para un megalómano narcisista como tú, verás, en realidad estás rodeado de todos tus santos, de montones de iglesias, algunos de cuyos sacerdotes han sido clientes tuyos, y rodeado también de iglesias y religión, esa a la que tanto has apelado en tu vida lamentable y a la que me temo que ahora no podrás recurrir porque ni siquiera quedará de ti una uña para hacer un funeral y un entierro.

¿Y por qué, Bafra, lo de la carne kosher? Pues verás, habíamos pensado que por una vez la tuya sea lo más pura posible, así que, si lo piensas bien, te estamos haciendo un favor, ¿no te parece?

Y ya, Bafra, un pinchacito de nada y un cuchillo. Y luego, la Nada, la de verdad.

El agua del grifo empezó a correr lo mismo que la sangre; ambas se iban por el desagüe en sentido contrario a las agujas del reloj según impone el efecto Coriolis para el hemisferio norte hasta que pasaron unos veinte minutos. Después de ese tiempo, el cuerpo de Bafra estaba perfectamente desangrado y en la bañera quedaban apenas unas pequeñas salpicaduras.

En el segundo piso del número 17 de la calle Traviesa de Salamanca, comentaba un anciano caballero a su esposa ensimismada con la complicada trama de una de las antiguas novelas de John Le Carré.

-¿Me has oído, Helena? Digo que en el piso de arriba debe vivir toda una tribu a juzgar por lo que tardan en ducharse.

 

PEDRO GARFIAS: UN SONETO

Diecisiete años tenía yo cuando en Monterrey (México) murió Pedro Garfias; dos años después, un viejo anarquista, limpiabotas en Vitoria, me fue leyendo un poemario suyo que me impresionó, no por su calidad literaria -yo sólo era un recién llegado a la poesía- sino por lo emocionante que me pareció. Busqué -inocentemente- algún libro suyo en librerías y bibliotecas sin encontrarlo, tampoco pude dar con alguien que reconociera haberle leído o simplemente haber oído hablar de él: la censura funcionaba muy, muy bien en España, así que tuve que esperar algunos años hasta que di con su primer libro, mejor dicho, un libro en que, entre otros figuraba él: Homenaje de despedida a las Brigadas Internacionales, en una edición facsimilar de 1978 que por ahí andará y en la que aparecen poemas, además de los suyos, de Machado (Antonio, claro), Altolaguirre, Gilalbert, Serrano Plaja, Hernández y algunos otros que ahora no recuerdo. Luego fui consiguiendo otros libros aquí y allá, sobre todo allá, en México, aunque aquí, hoy en día se pueden encontrar ediciones bien facsimilares, bien nuevas, por ejemplo, las de Biblioteca de Rescate (2001) y otras de la editorial Renacimiento (Sevilla).

Garfias nació en Salamanca, así que fue español aunque en España pocos poquísimos sepan de él, y eso sucedió en 1901, así que vivió sesenta y seis años, de los cuales veintiocho los pasó en el exilio, primero en Francia, en los campos de concentración, luego en Inglaterra donde castigó duramente a su hígado y escribió su  libro Primavera en Eaton Hasting, pues fue allí, en Eaton Hasting, en un castillo donde vivió un tiempo añorando a Margarita, su compañera, y bebiendo con gran sed; de allí, y con el dinero que Margarita le envía vuelve a Francia para -con la documentación recién conseguida gracias a ella- embarcar en El Havre en el buque Sianica con rumbo a México y en la compañía de otros ocho mil españoles, su amigo Juan Rejano entre ellos; allí, en la mar pergeña el bello poema que terminará en la hospitalaria tierra mexicana, Entre España y México (“Qué hilo tan fino, qué delgado junco / nos une y nos separa / con España presente en el recuerdo, / con México presente en la esperanza.”). Así que sus primeros libros en el exilio serían el ya citado y De soledad y otros poemas (1941).

Garfias se sumó al movimiento poético más importante del s.XX, el Ultraísmo; conoce y colabora con Huidobro, Gómez de la Serna, Cansinos-Assens, y de Torre y con estos dos últimos firma el manifiesto vanguardista Ultra; colabora, en fin, con Machado, Jiménez, Lorca o Guillén, etc, es decir, la generación del 27, pero al contrario que otros participa activamente en la defensa de la República con el grado de capitán y el cargo de comisario político que le dura poco -pues es destituido- hasta el final, la derrota y el exilio, como ya he dicho.

Garfias en un recital

En México desarrolla en cinco años (43-48) casi toda su actividad siendo nombrado Secretario del director de Departamento de Acción Social de la Universidad de Monterrey, cargo del que será retirado a causa de su ya definitivo alcoholismo que le hace vagabundear por diversos lugares de México, bebiendo  y viviendo (no muy bien) de sus conferencias y recitales.

Lo mataron el alcohol y la nostalgia, y lo terminará de matar el olvido en que vive España, el olvido político, literario y estético, la sumisión a la historia de los fascistas de entonces y de ahora, siempre, claro, que no se ponga remedio y se comience a retomar su obra poética, a recuperarla de los viejos anaqueles y, sobre todo, a gozarla, pues es -como escribí arriba- emocionante y de una belleza trágica. Y para que quien no haya leído nada de Garfias he seleccionado sólo un soneto, un único poema que nunca he podido olvidar y que espero que no sea olvidado.

 

Mis ojos guías de ideal seguro,

mis pasos huellas de camino incierto,

y este nunca cansado río oscuro

con su latir de can siempre despierto.

 

Atrás la sima y en la frente el muro,

el mecanismo de la sangre abierto,

entre la niebla y el relumbre puro

me duele el corazón de no estar muerto.

 

Con temblorosa, ávida mano, un poco

de sombra y luz moldeo, esculpo acuño,

de la vida inmortal que no he vivido.

 

Vengo, voy, retrocedo, avanzo loco,

mientras pretendo retener a puño

la sombra de la sombra de un olvido.

                                                                                                 

 

 

DIÁLOGOS EN EL BELVEDERE

El otro día, penando yo los efectos de la atorvastatina en mi sangre inocente, va, y sin un rumorcillo excepto el leve aleteo (iba a escribir ‘aleve’ pero aún no he bebido tanto como Rubén (Darío, claro), aunque estoy en ello), va, digo, y se me presenta en el ventanal de mi belvedere (¡de nuevo!) el mismísimo Paráclito, así que le digo, “joder Paráclito, me has dado un susto de cojones”; me dice, “¿no te alegras de verme? mira que ya no estoy enfadado contigo, hasta aquello de suponer que mi sobrenombre, Consolador, tenía que ver con los dildos ha terminado por hacerme gracia, ya ves”; “vaya, Para, ¿te importa que llame Para? ¿no? bueno, pues ya que estamos ¿quieres un café?; que sí, me dice moviendo un poco las alas y dejando caer sobre mi suelo un plumoncillo evanescente.
Y nada, que  hago café y sirvo uno para Él y otro para mí (me pongo en minúscula porque es deber de todo anfitrión encumbrar al invitado aunque no se le haya invitado y porque no me gusta hablar mayestático), y nada, así charlando de cosas dispares se nos iba pasando la tarde que, anda, cómo llovía. Me dice en una de esas, “mira tío, esto que te digo, no vayas a tomarlo como una declaración ni nada de eso, pero ya que estamos en confianza te diré que me siento así, como muy solo, ya sabes, todos los creyentes con el Jesucristo arriba y abajo, novelas, cuentos… hasta películas le hacen, y todo porque era un jipi, ya ves, o el Viejo, siempre en las nubes, siempre enfadado y en guerras estupendas con mucha sangre y todo eso, sobre todo cabreado con los judíos que se la pasan discutiendo con Él y quejándose de de todo, pero a mí, ni puto caso, tío, tú solo te acuerdas de mí, para reírte, eso sí, pero al menos te acuerdas ¿no tendrás un whiskicito, eh?”, “¿Malta o Jameson?”, “Jameson, que es irlandés y producto católico y serio”; le pongo un vaso “¿tu no bebes?”, “tengo que salir mañana con la bici, Para, que tú con las alas y eso de dejarte llevar por due venti no sabes de qué va”. ¿Due venti? ¿eso no era del cura ese traviesón? ¿cómo era? Ah, sí, Antonino, el de Griselda, me caía bien, pero al Viejo, fatal y al final lo arruinó al pobre: mucho Tres en Uno, pero ni nos preguntó ni al jipi ni a mí, y mira cómo son las cosas, cuando el jipi se liaba con mujeres y todo eso no decía ni Pamplona, ciego que estaba por Él, ya sabes y a mí, que me den, Consolador y esas bobadas, en vez de estar en las trincheras matando moros y rojos y lo que sea con tal de pasar el rato, que mira que hay rato de sobra”, dice, y lo le digo, “venga, Para, para, que te lanzas y me das dolor de cabeza, que tú no estas para guerras, Para, que esas cosas son del Viejo, como dices, Para; lo tuyo, tío es el amor, ¿o no?”, y me salta, “¿Amor? sí claro, eyaculaciones secas, telepolvos, ¡joder!, hasta al jipi le lavaban los pies; a mí, ni hostias, coño, y ya te digo, de coño, ni tocar pelo”.
Y parecía enfadado, pero qué leches enfadado, si yo le notaba como algo que no sé, como si me estuviera vacilando, a lo espiritusanto, claro, porque de repente va y suelta todo seguido:
¿”Un altro caffé, another coffee, qa’vIn, ein weiterer Kaffee, un altre cafè, قهوة أخرى, outro café, 另一杯咖啡, otro café, 別のコーヒー, кофе, још једну кафу, o altă cafea, beste kafe bat, kahawa nyingine, alius capulus, en annen kaffe, en anden kaffe…?” Y seguía con el jodido café, y voy y le digo, “coño, Para, ¿pero sabes lenguas?
Le noté un brillo en los ojillos negros y, aunque parezca imposible una como sonrisa de coña…
Dice: “Pues claro, Tales, estuve en Babel, no recuerdas?
A veces me cae bien el Paráclito: tiene salero.

el Para en plan coña

ELOGIO DE LA PEREZA

las interminables jornadas laborales de Caronte

(este texto está dedicado, pero me da pereza decir a quién)

 

 

¿Sabéis quién es el tipo más rico de la historia? Ya podéis pensar, ya: no daréis con él, y es que no se le nota.

Vale: Su nombre es Caronte, de oficio, barquero.

Imaginad, si sois capaces, por un momento la cantidad de muertos que ha habido en toda la historia de los humanos desde que el mundo es mundo, ¿Millones, cientos de millones, miles de millones?

Y los que irán muriendo todavía.

Hoy mismo, ,¿Cuántos la han palmado?

Pues todos,  toditos, han pagado y han de pagar a Caronte su monedita, así que echad cuentas.

¿Y qué coño hace Caronte con tanta pasta, ¿lo pasa pipa, colecciona arte, castillos, coches de lujo, yates, editoriales, medios de comunicación, presidentes de gobierno, lee, toma copas al menos. ¿Se rodea de lujo y boato como un obispo travestido?

Pues no, ya veis, nada de eso, ¿y sabéis por qué,?

No tiene tiempo para nada: TRABAJA TODO EL PUTO DÍA.

UNA NOCHE, UN VINO, Y TODOS LOS VINOS QUE CON TANTA GENTE HE COMPARTIDO

A ELLOS, AMIGOS O ENEMIGOS Y A LOS QUE VENDRÁN: MI COPA BRINDO, A SUS OJOS MIRO.
Pues veréis, me he dado cuenta de que siempre escribo de libros o de música; ¿por qué? ¿Será para hacerme el interesante, porque lo mismo escribo de los passacaglia de Susato, la scordatura de Biber, los poemas de Catulo, el erotismo de Bataille o Apollinaire, el teatro de Jean Cocteau, las novelas de Pynchon?
De verdad que lo he estado pensando, y honradamente puedo deciros que no, no es pedantería o presunción o ambas cosas, no: lo hago porque tanto la música como la literatura me ha dado casi todo lo que tengo (he de sumar amor y amistad, pero van unidas) y, sobre todo, me produce un intenso placer.
Placer, ese es el término preciso, no felicidad (sé que la felicidad no existe, ni falta que hace) sino placer, momentos felices de placer, et in Arcadia ego. Pero mientras en esto pensaba, he notado que hay algo de lo que nunca he escrito y que asimismo me produce un intenso placer, un momento feérico, una felicidad evanescente: El vino.
Y como resulta que mi amigo, ya establecido sobre fuertes pilares y duraderos, mi amigo, digo, Octavio Colis escribe con suma delicadeza y entrega un libro enciclopédico y magistral sobre el vino se me ha ocurrido escribir yo también una pequeñez, no sobre el vino -tema por el que habréis de esperar- sino sobre un vino: El vino con el cual he cenado esta noche unas carrilleras de ternera que he estofado paciente y ¿por qué no decirlo?, sabiamente. ¿Y qué vino ha sido ese?

Pues uno, debido también a mi amistad con Octavio que, en su momento me llevó a la riojana bodega, que, es para ledicia de los amantes del vino, Bodegas Tobelos, donde con gran sabiduría hacen un vino que me ha producido eso de que hablaba arriba, un inefable placer y que ahora comparo con los placeres de la música o de la literatura o de los cuadros de Rotko o de Botticelli por poner a dos pintores muy separados por los siglos.

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El vino es sustancia social pero particular; uno bebe plácidamente de su vaso ese vino suave, esa caricia para la lengua, ese aroma que se respira y asimila al paladar y a la memoria, bebe mientras cena, mientras cae la noche, mientras admira un fulgor en los ojos de sus amigos, de sus amantes, bebe en una nube de amor o de soledad,; bebe  mientras teme la oscuridad, mientras se acerca el enemigo, mientras la muerte acecha y, sin darse cuenta, parece que todo está bien. Bebe o recuerda el último vaso -como hago yo ahora mientras escribo- de ese Resumen de Rioja que es este vino de que hablo mientras escucho una “Intrada” del citado Tylman Susato, y me doy cuenta de que la vida es maravilla, de que no hay nada superfluo, de que el amor y la amistad son la única justificación de la muerte, que esa es la vida, así que no me ha quedado más remedio que ponerlo aquí, escribir esas sensaciones que el vino produce, y el vino bello y excelente excita. No daría mi vida por un vaso de vino, pero sí agradecería que una mano amiga me lo ofreciera en el momento de mi muerte.
Hoy ha sido Tobelos, mañana, quién dirá si es que hay mañana, porque ésa es nuestra vida, lo que se va y desaparece, pero mientras tanto, leo, escucho, amo y bebo el vino de la dulce tierra riojana, recuerdo muchos, muchos vinos que a lo largo de mi vida, a lo ancho del mundo que he conocido me han hecho comprender gentes y países…: que los dioses me den años suficientes para llegar a sus heces y morir, una mano sosteniendo el vaso medio lleno , la otra, la mano de mi amor.
Diréis, ¿qué le pasa a éste, por qué escribe así? Os lo diré a fuer de ser sincero: amo los placeres y estaba restringiendo, ocultando uno, no menos importante que los demás, y es que la vida no es amor; son amores, todos ellos tangibles, queridas, queridos.

Y bueno, como siempre suelo poner bien un texto, bien una música, he aquí los versos (Li Po (701-762)):

Li Po

Entre flores, un vaso de vino;
sin amigos, solo bebo;
el vaso levanto, a la luna invito:
con mi nombre y con ella tres seremos.
Y, cómo no, una música que sé no gustará a mi amigo Octavio Colis, pues aborrece el clarete, aborrecimiento que comparto, pero música francesa es y renacentista: eso le sobra para estar aquí, mientras la noche dulce cae sobre mis ojos, mis recuerdos bañan toda mi piel.

La música será un Tourdion, una danza vivaz, casi como una gallarda que se bailaba allá por el s.XV en Francia, tierra de grandes vinos y, parece ser que también de claretes, ¡qué le vamos a hacer! pero bueno decían que el tourdión era rápido y suave, lo mismo que ciertos vinos, como el que he bebido esta noche, así que ahí van los versos. ¡Salud!

Quand je bois du vin clairet
Amis tout tourne, tourne, tourne, tourne
Aussi désormais je bois
Anjou ou Arbois (X2)
Chantons et buvons
À ce flacon faisons la guerre
Chantons et buvons
Mes amis
Buvons donc (X2)
Quand je bois du vin clairet
Amis tout tourne, tourne, tourne, tourne
Aussi désormais je bois
Anjou ou Arbois (X2)
Chantons et buvons
À ce flacon faisons la guerre
Chantons et buvons
Mes amis
Buvons donc (X2)
(Cuando bebo  vino clarete, amigo, todo da vueltas, da vueltas, da vueltas… también cuando bebo Anjou ou Arboiis. ¡Cantemos y bebamos!, peleemos con estas botellas, hagamos la guerra. ¡Cantemos y bebamos, amigos, bebamos pues! El buen vino nos ha hecho alegres; cantemos y olvidemos nuestras penas. comiendo un graso jamón, hagamos la guerra a estas botellas. Bebamos a gusto, amigos, vaciemos los vasos, brindemos, bebamos y cantemos con alegría.)

PURCELL: DIDO Y ENEAS

Henry Purcell

En 1678, Nahum Tate (1652-1715), poeta laureado, conocido por su adaptación de la obra de Shakespeare, Ricardo II, publicó la obra Theodosius, or The Force of Love (“Teodosio o la fuerza del amor”), y sobre otra obra suya adaptó un libreto para Henry Purcell; de esta colaboración nació la ópera Dido and Aeneas (1688 o quizá anterior), “Dido y Eneas” para nosotros. Pero antes de seguir con esta ópera, me gustaría decir algo más del poeta y libretista Nahum Tate respecto de su adaptación del dicho Ricardo II en la cual alteró los nombres de los personajes y el texto escena por escena de manera que éste respetara la majestad real y la dignidad de los tribunales, pero Nahum  -cuyo padre fue acusado de espionaje y colaboración con el gobierno de Londres delatando los planes de la Rebelón Irlandesa de 1641, cuya familia fue atacada y cuya casa familiar fue reducida a cenizas como represalia; el padre, Faithful Teate, terminó trasladándose a Inglaterra. Escribió, aparte de otras cosas, un sermón dedicado a Oliver y Henry Cromwell- Nahum, digo tenía sus propias ideas y Cromwell estaba, por lo visto entre ellas, así que El Usurpador Siciliano (1681), título de la obra citada, fue prohibida a la tercera representación a causa de la muy posible interpretación política republicana.

Por su parte, Purcell, considerado el más grande entre los músicos británicos por los propios británicos, no sé si por su propia grandeza sino también algo por la mediocridad de sus sucesores, es -sin duda- el restaurador  de la música y de la escena británica caída en la más absoluta pacatería del fundamentalismo cristiano durante la dictadura republicana de Cromwell tras la ejecución de Carlos I. Durante la Restauración y bajo los años de Carlos II fue cuando Purcell se mantuvo en la cima musical británica con obras para la escena, óperas como Dido y Eneas, Abdelazar, tragedia debida a Aphra Behn (1640-1689) que, aparte de ser la primera escritora profesional en lengua inglesa,

Aphra Behn

fue espía británica en varias cortes; semióperas como King Arthur o The Fairy Queen, canciones para los Aires, Canciones y Diálogos elegidos de John Playford, Himnos para la portentosa voz de bajo profundo del reverendo John Gostling, del que se sabe poseía una tesitura de al menos dos octavas, uno de ellos, quizá el más conocido sea el They that go down to the sea in ships, escrito en agradecimiento por el salvamento en naufragio del rey en el buque Solent, unas cincuenta canciones de taberna y libertinaje (aunque algunos suponen que una cierta cantidad de estas le son falsamente atribuidas) de las cuales me gustaría escribir en otra ocasión, música religiosa, los conocidos anthems (himnos) profanos y diversas canciones  como Music for a while, bastante música incidental para el teatro o la conocidísima Música para los funerales de la Reina Mary.

Pero hoy sólo quiero escribir un poco sobre la única ópera de Purcell, la célebre Dido and Aeneas, en tres actos con libreto -como he apuntado antes- de Nahum Tate adaptada de su obra Brutus of Alba or The Enchanted Lovers  y de la Eneida, Canto IV de Ovidio que relata la trágica relación entre Dido, primera reina de Cartago e inventora literaria del “isoperímetro” y Eneas, superviviente troyano de la guerra que llega desviado de su rumbo hacia la península itálica por una tempestad la costa cartaginesa del cual se enamora la reina inmediatamente siendo por él correspondida; el tiempo pasa pero Eneas está destinado por Júpiter para fundar una estirpe en el Lacio, de manera que el troyano intenta partir de Cartago al amparo de la noche; Dido se entera y vuela a convencerle de que se quede pero, sin éxito, lo ve partir. Desesperada erige una gran pira donde dispone la espada del héroe, algunas ropas por él abandonadas y el tronco del árbol que resguardaba la cueva donde se amaron intensamente por vez primera. Al alba, subió Dido a la pira y, enterrando la espada en su pecho se desplomó sobre las leñas; la hermana de Dido, Ana que en vano intentó disuadirle, ordena prender fuego a la pira, siendo tras la muerte considerada divinidad por su pueblo.

La primera representación de esta tristísima histoire d’amour sucedió en un colegio de señoritas, el de Josias Priest en Chelsea, Londres allá por el verano de 1688, para turbación de las honestas doncellas allí recluidas que, supongo yo se derritieron con esta historia y, sobre todo con el maravilloso Lamento de Dido final, donde hasta las piedras lloran, pero también para la consternación del profesorado y autoridades locales que no debieron ver demasiado adecuada la ópera para las virginales mentes femeninas a su custodia. De hecho el estreno comercial de la obra no sucedió hasta 1700 en Londres. Y, como curiosidad (que si os fijáis bien no es tan curiosa) diré que en España, la ópera se estrenó en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona en 1956, es decir cuando yo ya había cumplido los cinco años e iba a por los seis: para mí pronto, pero para la historia, bien tarde, como suelen suceder estas cosas en España.

El libreto estricto, que parece ser alegórico, se refiere a los gozos del matrimonio entre los dos monarcas que, en segunda lectura, parece referirse al de Guillermo III de Inglaterra y María, Reina de Inglaterra, Escocia e Irlanda; Jacobo II aparece como un Eneas desorientado por maquinaciones de la Hechicera y sus brujas (que representan al catolicismo de Roma, a los papistas), significando Dido

Queen Mary

al pueblo británico abandonado por Roma. Cierto que la ópera es una tragedia, sin embargo el genio de Purcell la aligera con de vez en cuando con escenas amables como la canción (del marinero 1º): Take a boozy short leave of your nymphs on the shore, and silence their mourning with vows of returning, though never intending to visit them more, cuya moraleja explica a las jovencitas ardientes que no deben ceder a las promesas y -sobre todo-proposiciones de los ardientes jóvenes, lo cual debió sin duda arrebolar unas cuantas mejillas en el internado.

Henry Purcell, que murió de neumonía a los 36 años, al negarse su esposa a abrirle la puerta de casa una fría noche invernal en que volvía él como otras noche a deshoras y bastante achispado fue enterrado frente a su órgano en la Abadía de Westminster en 1695 con los mayores honores. El Reino Unido no ha dado más que otro enorme músico, Benjamin Britten, un gran músico, Edward Elgar, un músico que no amo demasiado pero que es un maestro, Michael Nyman y, coño, The Who.

Os traigo una magnífica versión, la de Cristine Pluhar y su agrupación l’Arpeggiata y ocho voces sopranos (2), contratenores (2), tenores (2), un barítono y un bajo, y tres solistas, Mariana Flores y Céline Scheen , sopranos y Marc Mauillon, barítono. A L’Arpeggiata ya la he traído más veces así que no hace falta presentación, lo único, repetir que soy devoto de ésta y de su directora, Cristine Pluhar que elige para esta ocasión la dirección historicista a manos, sin batuta, en el Tivoli Vredenburg de Utrecht, en 2015. No he logrado identificar al director de escena, así que me atrevo a decir que ésta se debe al trabajo conjunto de L’Arpeggiata y, sea como fuere, he de decir que es una puesta en escena maravillosamente minimalista desde el simple escenario hasta el último gesto de los cantantes.

En fin, una ópera no demasiado larga -poco más de hora y media- para disfrutar este u otro fin de semana, así que con ese fin aquí la apunto:

Perdérsela sería como mínimo un enorme error entre los que gustéis de la ópera o de la música en general que, sinceramente, espero seáis incapaces de cometer.