INFIERNOS

INFIERNOS

 

Creo que el primero fue Gilgamesh o Bilgamés, un sumerio que solía llevar un león apresado con un brazo (la presa del león, para los que sepan combatir), que era (ya entonces) hijo de cura, Lillah, se llamaba, y de Ninsun, que además de señora era una diosa. Gilgamesh era  -como todos los reyes sin tener en cuenta su carácter- un cabrón, cruel, déspota y codicioso, pero no sólo de riquezas: también de mujeres recién casadas (que no desposadas), a las que aplicaba sin contemplaciones el ius primae noctis. En fin, el infierno de Gilgamesh estaba en el fondo del mar (como Il bar sotto il mare, de Stefano Benni: lo siento, me molan las digresiones) adonde fue en busca la Planta de la Juventud por consejo de Utnapishtin, un vejete que resultó ser el único hombre que sobrevivió al Diluvio (no el de la Biblia que sólo es una copia, sino el genuino: Cómo sobrevivió la Humanidad a partir de un solo hombre sigue siendo un misterio, que ni el de la Trinidad). Más digresiones. Y otra: El héroe, en un exceso de pulcritud, una vez la planta en su poder (y viniendo del mar) le dio por darse un baño, dejó la planta a su lado, pasó por allí una serpiente y se la robó: por eso las serpientes  crecen pero no cambian de forma, sino de piel. ¿Otra digresión? Bueno: Que dice Giovanni Pettinato que Gilgamesh llegó a Uruk y se suicidó ritualmente mediante enterramiento en vida  llevándose con él a ochenta miembros de la corte (esta vez la digresión la podéis hacer vosotras mismas, jeje).

Perséfone también viajó a los infiernos, pero reclamada por Hades y más bien, como turista estacional pues sale y vuelve cada seis meses (paso de Perséfone: me aburre).

Bueno, lo de Orfeo es la repera. Anda que la pelmada que dio al pobre Hades que tan tranquilo estaba pues Perséfone estaba arriba, de vacaciones. Pelmada de órdago. Y cantando en el infierno (¿de qué me suena eso?)… Total para conseguir llevarse a Eurídice con la que acababa de casarse sin tocar pelo; Eurídice era algo lela, así que aún sabiendo que no podría mirar atrás (que es lo que deberíamos hacer todos en vez de añorar un pasado embellecido y falso), fue y miró. Y en el infierno se quedó. Por eso, por lela. Orfeo salió a superficie e inventó las baladas de amor inconstante. Y hasta hoy.

Odiseo (Ulises) también bajó, pero porque era un cotilla, a charlar con Tiresias y gozarse de los muertos dado que él seguía vivo. Volvió con un montón de chismorreos que a él no le sirvieron para nada pero que Homero utilizó para escribir el canto XI de la Odisea.

Y -¿cómo no?- Heracles también hizo su excursión al infierno, pero (es natural) para hacer el bestia: Bajó, se cargó a Cerbero (un tipo asqueroso de tres cabezas) y volvió tan ricamente a romper más cosas hasta que se enamoró de Deyanira y la cagó pero bien.

Teseo y Piritoo también se dieron una vuelta, en plan ligue por Helena y Perséfone (ay, ay) y también la cagaron, bueno, Piritoo más que el otro al que terminó salvando el de arriba, Heracles, que lo mismo valiá para un roto que para un descosido.

Ahí tenéis a  Dante que también se hizo un tripi, lo que pasa que acompañado por Virgilio (el muy pedante) como guía, y también en plan cotilla, más que todo cómo les fue a sus enemigos (mal, claro). Cuando llegó al cielo (Dante no se cortaba un pelo) le acompañaba Beatriz, puesto que como pagano, Virgilio, por más que escribiera un latín estupendo, de cielo, nada: El dios de los cristianos tiene sus cosillas.

Y hablando de cristianos, su jefe, Cristo, también estuvo en los infiernos, pero sólo tres días y sin pena ni gloria pues volvió y en eso estamos. Aunque ahora que lo pienso, ¿cómo iba a estar Cristo que era dios en triunvirato irreversible en el infierno? Ni en el Purgatorio. Y el Limbo lo declararon inexistente hace poco. Vale: lo dejo, que me da la risa y esto va en serio.

Muchos más han estado en los infiernos: Don Quijote, ¿qué pasa? La entrada del infierno en las españas está -lo sabe todo el mundo pero en fin…- en Montesinos, en la cueva de Montesinos cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas, que de todo en todo la ciegan y encubre, claro, y allá estuvo el sin par caballero manchego a pesar de los ruegos de Sancho que sensatamente le avisaba: —Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace: no se quiera sepultar en vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algún pozo. Sí, que a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñador desta que debe de ser peor que mazmorra.

Don quijote, al contrario que sus antecesores, en vez de ir a buscar hembra, se encomienda a ella: —¡Oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea del Toboso! Si es posible que lleguen a tus oídos las plegarias y rogaciones deste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches, que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo, ahora que tanto le he menester. Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en el abismo que aquí se me representa, solo porque conozca el mundo que si tú me favoreces no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe.

Sancho, que era bien sensato pero no escatimaba admiración por su caballero, al ver que no había más remedio, le animó con hidalguía manchega: —¡Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor, nata y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del mundo, corazón de acero, brazos de bronce! ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre, sano y sin cautela a la luz desta vida que dejas por enterrarte en esta escuridad que buscas! Y después de soltar las cien brazas de cabo (soga, dice el libro) y cobrarlo, sin peso hasta las ochenta brazas, emergió a un Don Quijote atónito y mudo hasta que al fin abriendo su digna boca dijo: —Dios os lo perdone, amigos, que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto, ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra y sueño o se marchitan como la flor del campo. ¡Oh desdichado Montesinos! ¡Oh malferido Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos.

Y continuó: —¿Infierno le llamáis? —dijo don Quijote—. Pues no le llaméis ansí, porque no lo merece, como luego veréis.

Pero si queréis saber qué vio Don Quijote en el infierno, tendréis que leer, al menos el siguiente capítulo, pillastres, que todos lo nombráis y de leerlo, nada (y pillastras, perdón).

…Como digo muchos más bajaron a los infiernos, unos por esto y otros por aquello. Yo mismo he estado allí, y no quiero contaros (al menos hoy) las cosas que allí vi ni las gentes con las que hablé ni las cosas que aprendí (una sí os apuntaré: ¿no me veis más joven a pesar de los años que tengo?) ni el alivio que tuve al salir y verme vivo y entero, pero sí os diré, queridas mías, que no consta el que a una sola mujer le haya dado por viajar a los infiernos: Está claro que ellas tienen más sentido y no andan por ahí haciendo el capullo ni inventando historias tontas para llegar tarde a casa.

¡Coño, lo olvidaba: aún me queda un viajero más! y eso que es el más reciente, y también (me parece) el más bajito.

Los demás, por las causas que sean, se dan el paseo para buscar mujeres, lograr recompensas, tener visiones del pasado o del futuro, matar o robar o ambas cosas, pero nunca, nunca a tirar la basura, como un marido vulgar de clase media tirando a nada.

De todos los personajes que han bajado a los infiernos y han vuelto para contarlo el más, el más moña, tristón y soso es Frodo Bolsón: joder, qué sufrimiento de tipo, si parece que nació ya mayor (que no alto), y que se fue a los infiernos a tirar un anillo de nada, una bagatela, un ápice, y todo el camino la pasa gimiendo y suspirando porque si pesa mucho, que vaya carga, que no sé si podré, que si esto que si lo otro: Una murga ¿no? Y con esa cara de amargado o de estreñido…

En fin, siento tener que acabar el cuento así; tenía que haberlo nombrado al principio y acabar con don Quijote, de manera que a estas alturas ya habríais olvidado a este tipo tan lamentable.

Hala, sed buenas.

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DE SIRENAS Y OTROS MALES: EN CONTRA DEL AMOR ROMÁNTICO

DE SIRENAS Y OTROS MALES: EN CONTRA DEL AMOR ROMÁNTICO

En el fondo del más azul de los océanos había un
maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar,
un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba
blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral
multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas,
cinco bellísimas sirenas.

 

Así comienza La Sirenita, el cuento de Hans Christian Andersen (1805-1875) que, a pesar de haber podido nacer en Ourense lo hizo en Odense, una errata que nos obliga a leerlo en traducción ¿qué le vamos a hacer?

Antes de nada afirmaré que es la risa lo que podría sanar los males del mundo, pero el mundo ríe cada vez menos: llora y se lamenta como si ya estuviera en una estampa de Doré, allí, en el Infierno del Dante.

Afirma Agustín de Hipona (De civitate Dei) que Cam, hijo de Noé (y padre de Zoroastro), ha sido el único humano que, naciendo, rió, dizque debido al diablo, quiero suponer que será porque una de las etimologías para Cam es ‘quemado’ o quizás ‘caliente’, lo que a Agustín eso le haría pensar en el diablo. El caso es que nació desternillándose de risa, aunque no se tiene constancia de que eso viniera bien para sus asuntos a no ser que se refiera a Génesis 9, 20-27 en que Cam ve a su padre en cueros y (se supone) que o bien lo violó o bien lo emasculó o ambas cosas, con lo cual Noé (con razón, coño, que estaba borracho) lo maldijo y lo hizo siervo de Jafet y de Sem.

¡Me encantan las digresiones!

Y sigo con La Sirenita aunque reír, lo que se dice reír, la pobre no termino riendo: yo soy el que río (poco) al observar cómo se generan y persisten los tópicos y se establecen tradiciones y costumbres, si ir más lejos, este de que van las siguientes líneas que, como siempre, no serán demasiadas: No temáis, oh cerebros lectores.

De las cinco (bellísimas) sirenas, una, y sólo una era artista: sabía música y cantaba con maravillosa voz acompañándose del arpa no eólica, claro, sino poseidónica, puesto que en el reino de Ποσειδῶν​ vivía. ¿Y cómo suena una arpa poseidónica? Pues la verdad es que no lo sabemos, pero había de sonar muy bien, lo mismo que la voz de la sirenita, puesto que todos los peces, balénidos, tanto los balaena como los eubalaena, los bentónicos, los nectónicos y los pelágicos, medusozoas, y demás habitantes del océano, holoturoideos incluidos acudían maravillados a extasiarse con aquella música que la sirenita les regalaba.

Balaenoptera musculus acudiendo al concierto

De hecho, casi siempre estaba cantando y (aquí está la trampa) cuando lo hacía, miraba de vez en cuando la débil luz que de la superficie se filtraba apenas, y es que deseaba conocer el mundo del aire, el mundo seco, el mundo de las flores y los sonidos de la voz de los hombres esparcidos a una velocidad media de 343,2 m/s, y no a 1500 m/s, que era a lo que estaban todos acostumbrados en las saladas profundidades. En fin: soñaba con viajar: como todo el mundo. Estar en otra parte que donde se está.

Ten paciencia -le decía la abuela- cuando tengas quince años ya serás mayor  y tu padre te dará el permiso para subir a la superficie que anhelas.

Y la Sirenita seguía soñando con el mundo de los hombres, que sólo conocía por los relatos de sus hermanas mayores: siempre soñando con lo que no tenía… ¿Y qué hacía mientras tanto (aparte de cantar como he dicho más arriba)? Pues las cosas propias de las sirenitas: cultivar su jardín de plantas hidrófitas o higrófitas, las briófitas como los arquegonios o arqueridios, las vallisnerias, ceratophyllum, etc. La miriophyum  acuaticum, tan recia como elegante, la azolla ficuloides, grácil y flotante, o la aldovanda vesiculosa, carnívora submarina que, aún siendo más amiga de aguas ácidas, la sirenita había logrado adaptarla al medio salino de su jardín y ese largo y bellísimo catálogo particular de las plantas preferidas de nuestra Sirenita.

aldovanda vesiculosa,

Venían delfines, hipocampos y demás syngnathidae, todos tan enigmáticos; venían los estilizados y rápidos selaquimorfos; veían Mola mola, con sus mil kilos de peso, lo que les colocaba entre los peces óseos más pesados del océano, lo cual no les quitaba un ápice de afabilidad… En fin muchos habitantes de las profundidades venían a admirar el jardín, mucho excepto las asteroideas todas: Spinulosida, Valvatida, Velatida​,  Forcipulatida,  Notomyotida y demás, dado su carácter algo arisco y quisquilloso: De ninguna manera respondían a las llamadas de la princesita, ya veis qué cosas.

Bueno, al fin llegó el momento en que su padre, acariciando sus largos cabellos, le dio el permiso tan deseado, pero le advirtió o más bien le reiteró los consejos sobre el peligro de la superficie:

Puedes respirar aire, puedes ver los cielos, puedes escuchar los extraños sonidos de los hombres a 343,2 m/s, cosa admirable… pero has de tener siempre, siempre en cuenta que aquél no es nuestro mundo y sobre todo que no somos como los humanos, que son seres animados careciendo nosotros de ese ánima que a ellos de algo les servirá pero que para nosotros es un enorme peligro. ¡Aléjate de los hombres: son portadores de la desgracia!

Charrán (fotografía de Carlota Barrenetxea)

Y subió, la cándida, nuestra sirénula, y vio el ocaso del sol y las estrellas rutilantes y la luna brillando en lo alto como una sonrisa errante y escuchó Sterna hirundo, larus michaellis, Stercorarius parasiticus y Calionectris  diomedes, los admiró en sus vuelos rapidísimos, precisos y elegantes. Y fue feliz y palmeaba las manos y lágrimillas de alegría jaspeaban sus mejillas delicadas.

Págalo (fotografía de Carlota Barrenetxea)

¿Y qué más vio? Pues vio el asombro: una nave se acercaba a su escollo y, ya a sotavento (ah, el viento: cómo sorprendió a la Sirenita) fondeó meciéndose en las tranquilas aguas.

Y los vio: vio a los hombres y escuchó sus voces y admiró aquellos que sus hermanas le describían sin que ella pudiera comprenderlo del todo: sus piernas. Y vio su cola plateada y se entristeció porque no podría hablar con ellos, estar con ellos, y entonces observó agitación a bordo y escuchó como una saloma:

 

 

¡Viva nuestro capitán!                                                                                                                                                                                                                                                                                            ¡Vivan sus veinte años!                                                                                                                                                                                                                                                                                            ¡Viva su juventud y su pericia marinera!

Y, claro, quedó maravillada, pues era música como os dije, y la saloma sonaba muy bien en Mi mayor, y era, por tanto muy alegre, pero lo que más le maravilló fue el destinatario del alborozo en cubierta, pues era alto y moreno y se distinguía perfectamente la nobleza de su porte, y sonreía… ¡Ah, su sonrisa franca, ah sus preciosos ojos y dulce mirada…! La Sirenita quedó extasiada, con una sensación de alegría y dolor, y una extraña presión le oprimió el corazón.

Y entonces se afoscó el horizonte y un viento frío recorrió la mar y el viento frío arreció y las olas batían contra la nave cada vez más furiosas. Y del cielo afoscado surgieron relámpagos y truenos: La borrasca había sorprendido a la tripulación y, aunque el joven capitán mantuvo la calma y mando arriar el ancla, ya no daba tiempo a nada, entones la nave levantada en vilo rompió la cadena, y en el fragor cayeron mayor y mesana sobre cubierta y el buque comenzó a hacer aguas por las costuras y, finalmente, se hundió, mientras la sirenita gritaba y gritaba.

Vio cómo caía el guapo joven, cómo se hundía pues en aquellos tiempos los marinos no sabían nadar pues pensaban (y con razón) que era mejor morir rápido que lentamente luchando contra las aguas y el frío que portaban. Entonces ella fue al rescate, pero después de nadar rápidamente de un lado para otro ya no lo veía y comenzaba a desistir angustiada, pero entonces lo divisó, cayendo rápidamente al abismo que para él era la muerte. Inconsciente lo tomó en sus brazos y lo mantuvo en superficie hasta que amainó la galerna, y lo transportó a la playa depositándolo en la arena con cuidado de dejar que el agua lamiera su preciosa cola mientras frotaba sus manos y su cuerpo para darle calor. Pero entonces un murmullo de voces que provenían de tierra la obligó a retroceder hacia el mar.

¿Qué sucedió entonces? Pues lo que vio la Sirenita fue cómo unas damas se acercaban gritando tontamente al cuerpo del capitán: Corred, corred: hay un hombre en la playa -decía- seguramente es de la nave que ha desparecido en la tormenta; llevémosle al castillo, pidamos ayuda. y, por supuesto, vio también como el bello capitán recobraba el sentido y agradecía a la dama el haberle salvado ya que nada sabía de la Sirenita.

¿Y qué conclusión sacó ella de esta situación sabiendo que la dama (¡la otra!) quedaba a los ojos del capitán, el del apuesto cuerpo, como salvadora de su vida y él como deudor de la misma? Pues la de siempre en estos casos: De ninguna manera podría olvidar las horas que, inconsciente, le tuvo entre sus brazos; de ninguna manera la opresión de su corazón de sirena cesaría ni el anhelo del bello náufrago le dejaría en paz. Lloraba la Sirenita, desconsolada lloraba sin cesar; en su apartamento encerrada, sin comer, sin beber, sin compañía, lloraba y lloraba la pérdida de lo que nunca tuvo ni tendría, pues el capitán -un hombre animado- jamás podría ser suyo. Su amor -enorme y desdichado- resultaba imposible.

Ningún consuelo, pues.

No lo sabréis, seguro que no, pero resulta que en lo más profundo de los abismos, más profundo aún  que la Fosa de las Marianas con sus casi doce mil metros de profundidad y una presión de más de 110.000 kPa , siempre velado para los humanos de entonces, de ahora y de siempre, en aquel abismo, digo, vivía una hechicera a quien se podía ¿pero a qué precio? recurrir en casos desesperados, y allá fue la Sirenita en su aflicción para ver qué se podría hacer para calmar el terrible dolor de su corazón, porque algunos piensan que todo tiene solución si se tiene voluntad, cosa que es absolutamente falsa, pero a veces se confunden los deseos con la realidad; eso se llama mitomanía o pseudología fantástica y pasa lo que pasa, porque la hechicera le dijo las cosas claras, pero la Sirenita las vio borrosas, tal como deseaba; le dijo: Quieres deshacerte de tu cola de pez y tener piernas como el capitán al que amas; quieres que el capitán te ame y piensas que te amará gracias a tus piernas: puedes tenerlas, pero sufrirás de manera atroz y  cada vez que apoyes tus pies en el suelo el dolor será terrible.

Otra pregunta obvia: ¿Qué contestó la Sirenita ante semejante panorama? ¿Desistió apelando a la prudencia? ¿Se conformó y decidió adaptarse a la realidad? ¿Supo que el dolor que sentía sólo era deseo y pensó que era un capricho que se podía sustituir fácilmente? Pues no: Pensó, decidió que era amor; inventó la palabra: Amor, en vez de llamar  a las cosas por su nombre.

En el mundo de las sirenas no había ningún motivo para confundir el amor con el deseo, no como en la superficie en que un mal día apareció Petrarca sobre la tierra e inventó el amor poético para beneficio del Poder y maleficio de las gentes, que hasta entonces se revolcaban alegremente como describían Juan Ruiz y otros juglares, sin embargo, la Sirenita, quizás al verse tan cerca de la nave que naufragó, de la tripulación y del bello capitán se inficionó y, sin saber que ya estaba tergiversado el amor, creyó que lo inventaba y lo inventó, así que contestó a la hechicera:

No me importa nada, no me importa el dolor ni el sufrimiento, nada con tal de estar con él.

Y a partir de esta estúpida declaración se convirtió in pectore en una esclava. Pero aún hubo más:

Aún hay más -dijo la hechicera-: deberás en pago darme tu voz y quedarás muda, y advierte que si tu capitán se casa con otra tu cuerpo desaparecerá y será espuma en la cresta de una ola.

Acepto todo -insistió la Sirenita. Por amor acepto: Dame el pomo de la poción.

Y subió con el pomo a la superficie y se dirigió a la playa y se arrastró por la arena y abrió el pomo. Y bebió.

Perdió el sentido y cuando lo recobró en medio de un molesto dolor de cabeza abrió los ojos y vio a su capitán que, paseando por la playa la descubrió allá tumbada y, recordando que él había estado en la misma situación se arrodilló cerca de ella y cariñosamente cubrió con una manta el cuerpo que trajo aquel cuerpo, y al verla ya consciente le dijo: No has de temerme ¿de dónde vienes? ¿quién eres? Pero la Sirenita había pagado sus piernas con la voz y quedó muda. Dijo el capitán: Iremos al castillo y te curaré.

Entonces vivió la Sirenita unos días maravillosos acompañada por el amable capitán que era (estaba previsto) un príncipe y que la llevaba de paseo de aquí para allá y habiéndola vestido con preciosas telas, la colmaba de atenciones, incluso un día la invitó a un esplendoroso baile en la enorme sala de recepciones del castillo. Y la Sirenita supo entonces que cada paso que daba en el baile le respondía con un terrible dolor que era el precio por vivir al lado de su amado, que, sin embargo, a pesar de su amabilidad pensaba constantemente en la otra, la dama que le había salvado en la playa hacía tiempo y a la que no había vuelto a ver. A él le pasaba lo mismo que a la Sirenita: Quería lo que no tenía. así suele pasar. Y como la Sirenita fue tonta en su decisión absurda de ceder libertad por amor pero no tanto como para no darse cuenta de que el capitán/príncipe, afectuoso con ella, no dejaba de pensar en la dama desconocida, sufría en silencio y lloraba desconsolada cuando quedaba a solas en su dormitorio, dormitorio que el príncipe/capitán jamás holló.

Pero lo peor -el destino evidente, la soga con la que, una vez tejida, se ahorca quien no sabe verlo- aún había de llegar, y llegó en forma de una enorme nave que a la costa se acercaba y que el príncipe quiso ir a recibir acompañado de la muda Sirenita, y resultó que de la nave bajó la dama de la que estaba enamorado el príncipe, estando ella también de él enamorada porque -como ya he dicho- en tierra se confundía amor con deseo desde hace tiempo y no había manera de arreglar eso según parece.

Veréis, sucedió lo que tenía que suceder: se casaron dama y príncipe y salieron en la gran nave de viaje de novios llevando a la Sirenita consigo como doncella de compañía, y ella recordó la profecía de la hechicera y se dispuso a morir; entonces, procedente del mar oyó las voces de sus hermanas.

Puedes salvarte, hermanita: hemos negociado con la hechicera nuestros cabellos a cambio de este puñal que te traemos; es un puñal mágico y si con él matas al príncipe (y con él al romántico amor que como cáncer te devora) volverás a ser una sirena como nosotras, olvidarás toda esta tontería y reirás de nuevo.

Pero ya os conté al principio que la Sirenita olvidó reír, de manera que tomando el puñal entró furtivamente en el camarote de los esposos y lo alzó sobre él, pero cuando vio su semblante feliz en el sueño se volvió, subió a cubierta y por la borda arrojó a las aguas el puñal y tras él fue ella dispuesta a esperar en las aguas al amanecer en que se convertiría en espuma de las olas al contrario que Afrodita que, de la espuma de las olas surgió a la playa para traer el sexo placentero, alegre y feliz hasta que los hombres decidieron preferir el amor con el que sojuzgar a las mujeres.

Y para que veáis cómo se urden las mentiras convertidas en finales ilusoriamente felices he aquí el final del relato:

Amanecía en la mar; el primer rayo del orto barrió casi paralelo la superficie sacándola de su negrura y trayendo consigo la muerte de la Sirenita que abúlica flotaba esperándola, y, de repente, una fuerza vertical la abdució a lo alto, al cielo y mientras las nubes se teñían rosas y el mar aumentaba su brillo y se hacía azul oyó como campanillas la Princesita, y las campanillas eran voces que le decían:

Princesita, Sirenita, ven con nosotras.

¿Qué son esas voces, quiénes sois? ¿De dónde venís? –dijo pues milagrosamente había recuperado la voz- Somos las hadas del cielo y en el cielo estás; somos inanimadas como tú y no como los humanos que tienen alma para manipular la realidad, y es nuestro deber premiar a quienes hayan mostrado buena voluntad con ellos -respondieron.

Miró abajo la Sirenita y vio la nave llenándose sus ojos de cálidas lágrimas que caían al mar. Y decían las hadas: Tus lágrimas y las nuestras, pues también hemos pasado por lo que tú pasas son el rocío que baña la tierra al amanecer. ¡Ven con nosotras allá donde falta el aire y los humanos no pueden vivir! Llevaremos viento y consuelo a las que su sufren y, cuando pasen para cada una de nosotras trescientos años, recibiremos un alma inmortal, seremos animadas, y participaremos de la felicidad de que gozan los humanos. Como nosotras, has sufrido y merecido la victoria y ahora, como espíritu del aire sólo has de esperar que pase el tiempo para obtener tu alma por tus buenas acciones -le dijeron.

Y entonces la Sirenita lloró ya abundantes lágrimas, bajó -espíritu invisible- a la nave, abrazó a la princesa, sonrió al príncipe y subió a lo alto con sus nuevas hermanas que no eran, como podéis observar, sino mujeres que, presas del amor, habían sucumbido a la esclavitud que Amor impone y ahora, en vez de olvidarse de todo y vivir una vida libre y feliz, sólo esperaban a volver a lo mismo después de penar una culpa de la que en verdad carecían: La Culpa es el Alma, pero ellas seguían sin saberlo. Y como los cuentos terminan como han de terminar, la Sirenita subió al cielo envuelta en una nube de color rosa.

¿De qué otro color podría ser si no?

Andersen el embaucador y su nariz de mentiroso

 

 

 

 

 

 

 

SANTAS LECTURAS

SANTAS LECTURAS

En el capítulo 81 (página 185) de la (las) Gesta Romanorum : exempla europeos del s. XIV  (Akal, 2004) se escribieron en 1342 y son un florilegio de Ejemplos moralizados se supone que para uso de predicadores. Hay de todo, es decir, de todo se nutren: hagiografías, mitos, cuentos, leyendas, lays, etc, todos muy populares en la época y que, vistos desde nuestro siglo (y nuestros ojos, de los cuales mucha gente aún carece o quiere carecer como propone Boris Vian en su relato El amor es ciego) son realmente grotescas y siempre divertidas.

Si me perdonáis la redundancia propongo de los Exempla un ejemplo. ¿Que no? Pues una verbigratia: La tremebunda historia del Nacimiento del Santo Padre Gregorio, que recoge (y amplía con verdadera devoción) la tragedia de Sófocles, Edipo rey (Edipo quiere decir en nuestra lengua pies grandes o hinchados, puesto que su padre, Layo le atravesó con fíbulas los pies antes de abandonarlo). En fin, en este ejemplarizante cuento se relata cómo Gregorio, a pesar de su pecaminoso y horrible origen , además aún de su vida de abominable recuerdo, nada pudo impedir su elevación al trono de San Pedro.

La cosa (muy resumida) es así: Resulta que dos hermanos, es decir, hermana y hermano, hijos de reyes, se amaban, al principio fraternalmente pero una vez entrados en la juventud su amor se convirtió en una pasión sexual irrefrenable, así que los dos, ya infatuados totalmente, se amaron, se amaron y se amaron, a resultas de lo cual ella quedó embarazada y, en consecuencia, llegó al mundo un niño, más tarde muchacho, de inefable hermosura, un bellísimo fruto incestuoso del que parte esta historia moral que tengo el gusto de contaros para vuestro solaz y ejemplo.

En fin, el padre, buscando la remisión de su enorme pecado se arma y parte a Tierra Santa como cruzado: allí muere en hecho de guerra y, mientras tanto la vida lleva al hijo por caminos inciertos y peligrosos, puesto que la reina, decidida a no permitir el bautismo del fruto ilegítimo y sacrílego de su hija, encierra al retoño en un tonel junto con su cuna, una tableta explicativa y oro suficiente para la cría y sustento. Y lo confía al mar. Siete días festivos más tarde las olas y la marea depositan el tonel con el niño vivo aún (y no sabemos cómo, pero Dios Nuestro Señor todo lo sabe) en una playa vecina a un monasterio cuyo abad, Gregorio de nombre y de gran piedad, bautizó al fortuito y errabundo marino y le puso su propio nombre. El muchacho, tan agraciado como dije, y gran inteligencia natural, recibió en el monasterio una educación exquisita y piadosa a resultas de la cual estuvo preparado para lo que había de venir.

Su madre, sabiéndose pecadora y no confiando en la cristiana remisión de su pecado, se negaba a casar, no sólo por su sentimiento de culpa sino porque en lo más íntimo de su ser guardaba por su hermano muerto una sacrílega y inquietante fidelidad, y se negó, incluso cuando un poderoso príncipe extranjero del que nada más sabemos pidió su mano, de manera que airado en grado sumo por el desaire, le declaró la guerra, invadió sus territorios y ocupó la mayor parte de ellos excepto -claro- la última plaza fuerte, el bastión de la ahora reina soltera, que no doncella.

Sucedió que Gregorio, ya sabedor de su origen incestuoso y en camino penitente al Santo Sepulcro llega a la ciudad en que su madre resiste ya sin esperanza al conquistador. Habiendo tenido conocimiento de la desgracia de la reina le ofrece su ayuda y con ella la ultima resistencia, dando en combate la muerte al colérico príncipe desairado. La reina le recibe, le escruta pero no le reconoce y, aprovechando su agradecimiento y buena disposición, los cortesanos le proponen a este joven salvador tan agraciado y de tan buenas maneras que indican una noble procedencia, le proponen, digo, la boda con él; ella vacila, pide tiempo: un solo día; reflexiona y, sorprendentemente, accede, de forma que la suma de horrores se adueña de la escena, puesto que en el fondo de la alegría popular y la celebración del himeneo entra el hijo de la reina en el lecho y el cuerpo de su madre, amándose ambos con amor verdadero. Se deja llevar la reina de sus recuerdos, por ejemplo, cuando sabe de la muerte de su esposo y hermano; recuerda su amargo lamento: Se fue mi esperanza, se extinguió mi fuerza, mi único hermano, mi segundo yo; recuerda cómo se lanzó sobre el cadáver, lo cubre de besos, la apartan de él por la fuerza, y entonces… Entonces descubre la tableta que su esposo guardaba celosamente en un secreto gabinete y, de repente, la verdad amarga y definitiva llega a su pensamiento, y sabe que su esposo es su hijo. Dice: Oh, mi dulce hijo, eres mi único retoño, mi esposo y mi señor, eres mi hermano y de mí el único vástago, dulce hijo mío. y Tú, mi Dios, ¿por qué me dejaste nacer?

Y aún se pensó afortunada porque no le había dado un hijo a su esposo, un hijo, que hubiera sido su hermano, un hijo que hubiera sido nieto suyo… Oh, cuánto desastre.

Y marchó Gregorio en busca de su penitencia y su expiación. Marchó descalzo y a pie y dio con pescador que se percató enseguida de su alcurnia, y le rogó al pescador que le ayudara a encontrar la más sola de las soledades y el pescador, quiso y le llevó a un apartado peñasco del oleaje batido constantemente y allí quiso ser encadenado con grilletes anclados en la roca y al mar fue la llave de los grillos que ahora rodeaban sus tobillos. Y así pasó.

Y sucedieron los años, tantos como diecisiete de dura penitencia, que no sabemos de qué se alimentó, qué agua bebió, y una vez pasado ese tiempo Dios Nuestro Señor escuchó su súplica y le dio el perdón y sucedió el milagro, pues en Roma, el Papa había muerto y una voz del cielo se oyó, y dijo: Id en busca de Gregorio, el hombre de Dios y nombradle mi Vicario en la Tierra. Y de todos los mensajeros, uno le encontró por medio del pescador, que recordaba hecho y posición del peñasco en la mar y, además, pescó de paso un pez que, en la barriga, llevaba la llave de los grilletes que aprisionaban a Gregorio, y cuando el mensajero le dijo que Dios le había destinado a ser Su Vicario, Gregorio ni se inmutó y dijo consecuentemente: Si tal es el deseo de Dios, que su voluntad se cumpla.

Llego a Roma, repicaron las campanas sin necesidad de campaneros como diciendo: “Nunca, en la historia de la cristiandad, había Roma tenido un papa tan piadoso, recto y sabio. Y tanta fue la repercusión de estas novedades que la noticia llegó a su madre y antigua esposa convenciéndola de que quién mejor para curarla habría en el mundo que este santo varón. Y allá que se fue a Roma a confesar sus pecados al Papa, pero éste, escuchada su confesión, la reconoce: Oh mi dulce madre, hermana y esposa. Oh mi amiga. El Diablo quiso y creyó conducirnos al Infierno, pero Dios ha sido más fuerte y lo ha evitado.

Acto seguido ordenó construir un claustro y, una vez consagrado, hizo de él abadesa a su madre, y con el tiempo, ambos murieron y eternamente vivieron  en el seno del Señor.

 

… Bueno si alguna vez habíais leído una historia tan desmesurada, divertida y sacrílega, destinada a la amonestación del pueblo llano y a mayor gloria de Dios, pues no tenéis más que decirlo, y si no, simplemente espero que hayáis pasado un buen rato leyendo estos excesos que produce la fe religiosa, fe que armada resulta peligrosa siendo estos relatos de (las) Gesta romanorum simplemente perniciosas para la salud mental de los cándidos oyentes candorosos, papanatas y supersticiosos.

Vale.

FILONES

FILONES

Siguiendo con el mismo

filón,

hoy:

LA ADULTERACIÓN DE ALIMENTOS

 

Pues sí, queridas y queridos, hay filones que, una vez hallados, parecen no tener fin, gozar de una inefabilidad casi alarmante; uno de estos filones es el bastante desconocido escritor francés Joris-Karl Huysmans, que nació durante el invierno de 1848 y vivió hasta la primavera de 1907, poco tiempo, es cierto, pero bien aprovechado, tanto que si queréis qué pasaba en Francia durante esos años, más vale que lo leáis atentamente, cosa nada fácil porque no escribe de conspiraciones mundiales, descuartizadores o asesinos seriales en general, o noveluchas históricas, historias banales de vidas banales o hagiografías de lamentables personajes de la vida pública que no saben qué hacer para lavar algo la mierda que traen encima. No, Huysmans escribe de escritores, exquisiteces, sucesos artísticos, estética de su tiempo; escribe sobre el refinamiento, el hastío y la neurosis del hastío, de la decadencia, del spleen que Baudelaire situó en París, de su influencia  y la de Poe en los escritores posteriores, en él mismo, de Verlaine… En fin, de cosas que a nadie parece interesar porque ni siquiera se habla de ellas en la televisión.

En cambio, si os interesa aunque sea vagamente la existencia de los Goncourt, de Verlaine, del hace nada citado Villiers de l’Isle-Adam, de Zola, de naturalismo y de cómo siendo el ojito derecho del nombrado Zola cae en un profundo pesimismo y describe la decadencia de su sociedad con verdadera finura exquisita, no tendréis más remedio que acudir a él, a su emblemático libro (Au rebours, 1884) publicado en España como A contrapelo por Letras universales de Cátedra en 1999, aunque hay otras ediciones, al menos en mi casa, una (1919) prologada por Blasco Ibáñez y traducida por Germán Gómez de la Mata y otra (que no recomiendo en absoluto) publicada por Bruguera  sobre la misma traducción de Gómez de la Mata con el peregrino e inexacto título de Al revés (Libro Amigo, 1986) prologada por el inefable Luis Antonio de Villena, personaje que por aquella época quería ser decadente como Huysmans o el mismísimo Oscar Wilde. Pero no vengo aquí a daros datos biográficos que cualquiera puede encontrar por ahí, incluso el hecho de que al final (ya estaba algo tocado él) acabó convirtiéndose al catolicismo.

En fin, todo esto viene a cuento sólo por unos párrafos para que se observe un ejemplo de humor sangrante, aunque hay muchos de ellos en el libro citado, estos, por ejemplo:

Entre los escritores de la orden dominica, por ejemplo, un doctor en teología, el R.P. Rouard de Card, por medio de un folleto titulado “De la falsificación de las sustancias sacramentales”, había demostrado categóricamente que la mayoría de las misas no eran válidas, por el simple motivo de que las materias empleadas en la celebración de los sagrados misterios estaban adulteradas por los que negociaban suministrando estos productos.

Hacía ya muchos años que los santos óleos venían siendo adulterados con grasa de  aves; la cera, con huevos calcinados; el incienso, con resina corriente y con benjuí. Pero lo más grave era que las sustancias indispensables para el santo sacrificio de la Eucaristía, estaban siendo también desvirtuadas y falsificadas; el vino, por medio de una serie de mezclas y de añadidos ilícitos, tales como corteza de palo de Brasil, bayas de yezgo, alcohol, alumbre, salicilato y liturgirio; el pan, ese pan de la Eucaristía que debe ser amasado con la harina más selecta de los trigos, por medio de harina de alubias, potasa ¡y hasta tierra de cal!

En la actualidad se estaba llegando más lejos; y algunos desvergonzados comerciantes tenían la osadía de suprimir por completo el trigo, fabricando casi todas las hostias ¡con fécula de patata!

Ahora bien, Dios, se negaba a presentarse en la fécula; esto era un hecho innegable y cierto.

 

Para que ahora os vayáis quejando de las hamburguesas, salchichas y alitas de pollo.

 

UN LIBRO INQUIETANTE: LA VEGETARIANA.

UN LIBRO INQUIETANTE: LA VEGETARIANA.

Hace ya bastantes días que acabé la lectura este libro (leído en sólo dos sesiones) de la coreana Han Kang y aún no he podido formarme una idea cabal de él, así que, en vez de comentarlo como suelo, lo que me haré -al igual que hace ella, según dice- serán preguntas, a ver si de esta forma consigo ver esta lectura en conjunto.

He de hacerme primero una pregunta indispensable: ¿Tengo algún tipo de prejuicio contra el vegetarianismo? Es una pregunta crucial, porque si no me respondo con claridad todas mis siguientes preguntas estarán condicionadas y -lo que es peor- mis respuestas -si las hubiere-, viciadas.

Mientras pienso esta cuestión he aquí los datos del libro que me ocupa: La Vegetariana, de Han Kang traducida al castellano por Sunme Yoon; editado por :Rata_ en Barcelona el año 2017; 223 páginas con un prólogo de Gabi Martínez más un epílogo y referencia de la traductora.

Bien, ya he decidido mi respuesta: No tengo prejuicios reseñables hacia el vegetarianismo, ni a favor ni en contra; tan sólo mis propias observaciones de este asunto a través de lecturas aquí y allá a lo largo de mi vida, ninguna experiencia personal al respecto y escaso conocimiento (en cantidad) de personas que sean vegetarianas o estén en vía de serlo, algunas bastante cercanas. Cierto es que me causa extrañeza el hecho de prescindir de algunos alimentos sin que medie razón médica y que me consta que, en realidad y exceptuando un vegetarianismo de orden religioso, esta actitud alimenticia se da sobre todo en países desarrollados, en general ahítos de todo.

Alguien puede pensar: “Pero eso que escribes ya es un prejuicio”, y yo le diré: “No: es sólo una observación inevitable”.

Ya en el título de este comentario (o cuestionario) incluyo una sensación que el libro deja: es un libro inquietante, no es fácil, ni una serie de propuestas fáciles, ni es tendencioso, ni juzga ni deja al lector solución alguna. Ni siquiera la protagonista explica nada: sólo emite algunos pensamientos que no son pensamientos sino sueños, y no muchos, así que no sabemos qué piensa ella, Yeonghye, la mujer que, de repente, decide no comer carne. Digo de repente porque así es o así parece puesto que nada sabemos del proceso (si lo ha habido) que le ha llevado a semejante decisión. No comer carne.

Ella, Yeonghye, no nos dice, pues, nada; la novela está narrada no por ella en primera persona, no por un narrador omnisciente en tercera persona o en primera, sino por tres personajes por separado: el marido, el cuñado y la hermana, cada uno su parte, que será o no objetiva, puesto que nadie cercano es objetivo del todo, así que estaremos en tinieblas preguntando. Como la autora. Como yo.

Otra de esas preguntas: ¿Por qué? ¿Existe un porqué claro al que podamos aferrarnos para entender a Yeonghye en su decisión? Y es que no es una decisión banal: su vida está en peligro, ¿pero acaso no está la vida de todos en peligro? He estado toda la semana pensando en este asunto del porqué y hoy creo que el porqué es la culpa, la Culpa. No quiero decir que todos los vegetarianos se sientan culpables: estamos hablando de un caso, de una novela, claro que las novelas no aparecen de la nada. Bueno. La Culpa.

¿Y qué culpa, qué es la culpa?

La mayor parte de nuestras sociedades se basan en ella, en la culpa, una culpa a veces muy determinada como es el caso del cristianismo, a veces imprecisa, a veces una mezcla de ambas, pero siempre una culpa oculta en la niebla de cada personalidad, y por tanto en cada sociedad, como una especie de sumatorio Σ de culpas, lo que parece suceder es que la culpa individual está durmiente y asumida inconscientemente y, a veces -lo mismo que sucede con la culpa social o cultural- despierta, se presenta al individuo en forma demoledora y puede llegar a ser una obsesión.

¿La culpa por depredación de otros seres vivos es cierta o es una forma de puentear la verdadera culpa que es la de asesinar a los de tu misma especie sea por medio de guerras directa o indirectas o dejar partes del planeta sumidos en la miseria para tu propio beneficio?

Creo que no podré contestar a esta pregunta, no al menos con precisión, y es que me lo impide un persistente pensamiento: ¿Cómo un humano puede sentir culpa al alimentarse de un ser que vivía hasta que alguien lo mató para él (y para más gente)? No es la muerte dada por el cazador que mata para comer, sino una muerte por delegación, una muerte no vista. En la muerte directa, el cazador expiaba de una u otra forma, ya sea pintando en las paredes de su cueva el hecho de la caza, ya ofreciendo una plegaria súbita, ya sacrificando parte del cadáver a los dioses de la caza. De manera que durante miles de años ha existido una necesidad de expiación en diversas culturas. Excepto en las que proceden del dios Único, de la ley hebraica, pues Dios da a los hombres el mundo con todo lo que contiene para que ellos lo aprovechen como quieran:

«Y Dios los bendijo, y les dijo Dios: “Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra”» (Gn 1, 28).

Y esta frase del Génesis que, desde siglos se ha interpretado casi literalmente, excepto en el sentido de la propiedad, que siendo del más fuerte, se dice proveniente de Dios (por la Gracia de Dios), pero en la misma Biblia, en el mismo Génesis, a la vez que Dios da el gobierno de la tierra a los hombres, da también la culpa, por serlo: su pecado original, hoy en día se lee como una especie de mandato divino que nos obliga a ser ecologistas (juro que no es un chiste fácil: voy escribiendo sin borrador a medida que voy pensando). Así que en la misma culpa ha de estar la expiación.

¿Y qué culpa arrasa la mente de Yeonghye que pertenece a otra cultura?

Bueno, Yeonghye no se expresa, como he dicho más arriba, en toda la novela excepto en unos pocos sueños que aparecen en cursiva, he aquí uno que me parece capital para dar respuesta a mi pregunta:

…el perro que me mordió está atado a la motocicleta de papá. Quemaron los pelos de su cola y me los pusieron en la herida de la pantorrilla, cubriéndolos con una venda. Tengo nueve años y estoy de pie delante de la puerta de casa. Es un caluroso día de verano. Aunque esté quieta estoy empapada en sudor. El perro tiene la lengua fuera colgando de la mandíbula y respira agitado. Es un perro blanco más grande que yo y muy bonito. Antes de que mordiera a la hija de su amo, era conocido en todo el barrio por su inteligencia.

Mientras lo chamusca colgado de un árbol, papá dice que no le pegará, pues había escuchado en alguna parte que la carne de los perros que mueren corriendo es más tierna. Papá pone en marcha el motor y la motocicleta comienza a correr. El perro también. Da vueltas por las calles haciendo siempre el mismo camino. Sin moverme, permanezco de pie ante la puerta viendo como el perro se va agotando poco a poco, resollando fuerte y con los ojos desorbitados. Cada vez que mi mirada se encuentra con sus ojos brillantes, los míos se agrandan.

“Perro malo, ¿cómo pudiste morderme?”

Al dar la quinta vuelta, sale espuma de la boca del perro y se escurre un hilo de sangre de la cuerda que amarra su cuello. Gime de dolor y corre arrastrándose. A la sexta vuelta, vomita una sangre negruzca. Sangra por el cuello y por la boca. Con la espalda bien derecha, observo cómo le corre la sangre mezclada con la espuma y cómo le centellean  sus ojos. Espero verlo aparecer en la séptima vuelta, pero veo en su lugar a papá que lo trae todo estirado en la parte de atrás de la motocicleta. Sus patas cuelgan inertes y sus ojos están abiertos y sanguinolentos.

Aquella noche hubo un banquete en casa. Vinieron todos los hombres del mercado a los que papá conocía. Como todos decían que debía comer la carne del perro que me había mordido para que se me curara la herida, yo también comí un bocado. En realidad, me comí un cuenco entero del guiso mezclado con arroz. Me llenó la nariz el olor a perro que las semillas de perilla no lograban tapar. Recuerdo sus ojos reflejándose en su sopa, los ojos con los que me miraba cuando vomitaba sangre con espuma. No me importó. De verdad, no me importó en absoluto.

Esto me recuerda la creencia recurrente de que en los ojos de la res muerta queda grabada la última imagen que ven: la del matarife y el dolor que les causa. Y también me recuerda un relato (novela corta, más bien) de Villiers de l’Isle-Adam, Claire Lenoir, que forma parte de la colección de cinco relatos bajo el genérico título Tribulat Bonhomet. La escena que recuerdo sucede cuando el doctor Bonhomet introduce en los ojos agonizantes de Claire unas extrañas sondas y, con ellas, veía con claridad al marido (Claire fue adúltera) portando en sus brazos la cabeza del amante, que previamente había cortado, mientras baladraba un espantoso canto de guerra.

Así que ¿qué vio Yeonghye en los ojos brillantes y desorbitados del perro poco antes de morir?

¿Cómo lo escondió durante años dentro de sí? ¿en qué dormido recuerdo?

¿Es ésta entonces una novela de expiación?

Quizá sí lo sea, quizá la repentina decisión de no comer carne con las tremendas consecuencias que ello conllevará en la vida de Yeonghye y en, posiblemente menor medida,  la de los tres personajes que la relatan, el marido, el cuñado y la hermana. Tengo en cuenta todo el rato el hecho de que los cuatro personajes, la narrada y los narradores son personas triviales, de vida anodina, casi aburrida, sin nada en la cabeza aparte de tópicos morales y ellos mismos, así que el desarrollo y desenlace del relato asume una importancia tremenda porque desde él se puede generalizar -yo no lo haré, pero se puede-, ya que el lector se da cuenta de que lo que sucede aquí, puede suceder en cualquier lugar y a cualquier persona.

Observo comentarios banales de nuevos vegetarianos sobre la crueldad con los animales sin llegar en ningún momento a la lógica conclusión de que toda vida conlleva muerte en ella, aparte de la muerte propia, pues todo lo que comemos (excepto los minerales aportados) son seres vivos que dejan de existir con nuestra existencia y que toda nuestra cultura de enterramientos consiste en evitar el propio destino natural nuestro que es, ni más ni menos, el de servir de alimento a otros seres, lo rodeemos de ritos, magias y religiones: bobadas encaminadas a convencernos de una trascendencia inexistente que nos distanciaría de los demás seres vivos de este planeta.

Bueno, no sé, la verdad es que tan sólo quería con este nimio comentario revelar la existencia de este libro de Han Kang, de su facilidad de lectura y su dificultad para presentarlo sin decir las consabidas tonterías tanto a favor de un vegetarianismo como en contra.

Vivimos unos tiempos borrosos, quiero decir que nada está bien definido: sustantivos, verbos, expresiones, todos ello descontextualizados pierden valor real; recurrimos constantemente a la hipérbole olvidando que hasta hace nada había oraciones más sencillas y definitorias; nada es ya bueno o mejor, incluso óptimo, sino fantástico, genial, fenomenal, genial y ese corto etcétera que conforma nuestro pobre lenguaje actual. Al mismo tiempo que perdemos lenguaje y capacidad aprehensiva nos pasamos gran parte del tiempo justificándonos y -lo que es peor- mostrándonos plenos de felicidad porque hacemos esta u otra jaimitada. Ni siquiera los vegetarianos se conforman con serlo, pues quizá les parezca el término poco expresivo: ahora son veganos, miran quizá por encima del hombro a los que devoran partes de cadáver y estos responden con absoluto desprecio o benevolencia forzada. Me temo que hemos perdido el sentido ya no sólo de las proporciones sino del humor: vivo poco en este mundo de imágenes programadas, pero noto que los chistes son cada vez más groseros y estúpidos y, normalmente, se limitan a reírse de los demás, del que no es como uno, sea espiritualista o materialista. Sólo queremos, ansiamos vehementemente ser felices olvidando que la felicidad es sólo una trampa más que nos impide vivir en la realidad y estar lo más cómodos en ella. O lo menos incómodos.

En esta novela no encontraréis nada de esto; creo que Han Kang sí ve el mundo pero no lo juzga. Seguramente por eso es tan inquietante este libro, del que he conseguido no contaros nada de nada: Para saber qué pasa en sus páginas no tendréis más remedio que leerlo o buscar a uno o una de esas que destripan una historia (tampoco se dice ya destripar, con lo preciso que era el verbo, ya veis). No soy yo uno de ellos.

Y ya lo dejo, pero con mi recomendación de que adquiráis este libro que tan rápido se lee y tan lento se digiere (por usar un término adecuado precisamente): Aprenderéis algo.

¿Qué?

 

 

 

 

VELLOS

VELLOS

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Tenía yo hace ya bastantes años una amiga que me regalaba libros y en cada uno de ellos metía al albur entre sus páginas -uno por página afortunada- dos o tres pelos de su coño, regalo que hacía sin más palabras: Toma he encontrado este libro, así, sin más, y me lo daba.

Por aquella época yo aún viajaba mucho en mi condición de marino mercante; ella justificaba su capricho o fantasía o ambas cosas diciendo que le fascinaba que un pelo de su coño acabara olvidado entre las páginas de un libro abandonado quizá en Antofagasta o en las islas Juan Fernández o en Montevideo o en Ciudad del Cabo o en Semersooq o en Port aux Basques o en Boston o en Veracruz o en Hamburgo, o en Rotterdam o en Memel, Libau, Sotplmuni, Ronne, Arjánguelsk (Arcángel), o cualquier puerto perdido en el Orinoco, Amazonas, Missisipi, ¿quién sabe?

Pensaba mucho en ello -decía-, y decía también que ese ello la ponía fuera de sí, la inflamaba, empapaba, decía con la voz ronca entre susurros y jadeos y los ojos en otra parte en la cual ya no estaba yo sino un libro olvidado en cualquier café fastuoso o miserable, en cualquier cabaret ensombrado de humo, que soñaba que en cada uno de esos pelos iba ella a esos puertos ignotos y lejanos y que en cada uno de ellos se revolcaría con un hombre al que quizás no entendería ni una palabra pero que la haría gozar de inefables placeres, placeres a los que se sumaría el de desconocer nombres, orígenes, vidas, y el de desaparecer al los pocos días sin dejar otra huella que un simple pelo.

Traté con esta mujer a lo largo de un par de años, cuando, desembarcado volvía a mi ciudad, a Bilbao, con los bolsillos llenos de plata, libre del todo y sin otra cosa que hacer que divertirme y derrochar lo ganado en aquellos meses en la mar, y luego, de repente, desapareció y ya nunca más supe de ella. Nada, ni rastro. Nada.

Hoy, por alguna enigmática razón he encontrado en mis estanterías un ejemplar de la obra de Cornelio Nepote (100- +/- 25 era cristiana) Vidas de varones ilustres (De viris illustribus) en una edición de 1963 Debida a Editorial Iberia. Hacía siglos que no veía este libro que, como algunos otros ha soportado traslados, aguas, pérdidas, préstamos desde hace ya unos cuarenta o cuarenta y tantos años, así que con curiosidad y un deje de amor al valiente objeto y otro del placer de hallarlo ileso lo he abierto hojeándolo azarosamente, y en ello estando he encontrado uno de ellos, un pelo de aquel coño difuminado por la niebla de los tiempos,

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pero súbitamente recordado. No hay ninguna duda: es de ella, Ella. Y ahí queda, donde lo he hallado, en la página 11 en que Nepote comienza a narrar la invasión de Darío, que envió un ejército de veinte mil combatientes a las órdenes de Datis y Artafernes,  y la defensa que planea oponer Milcíades, que es partidario de enfrentar a Darío, no desde las murallas sino en campo abierto venciendo a un ejército diez veces mayor haciendo que los persas huyeran no a su campamento sino a sus naves.

Recuerdo el hecho del regalo, recuerdo el lugar y las sábanas por el suelo.

No puedo recordar, sin embargo, su nombre, ni sus ojos, ni su faz, ni su altura. Ni su nombre, el que me dio, por otra parte, seguramente falso.

MADRES Y CUENTOS PARA NIÑOS

MADRES Y CUENTOS PARA NIÑOS

No era mi madre muy dada a contarnos cuentos, es cierto, pero yo -que llegué el primero- sí que recuerdo uno, mejor dicho, acabo de recordarlo mientras escuchaba el podcast de Música y significado, programa en Radio clásica debido a Luis Ángel de Benito, porque la verdad es que éste era un recuerdo enterrado en el fondo de mi (precaria) memoria. Ha salido así, como salen estos recuerdos enterrados, lenta, tímidamente hasta que de repente estaba claro como un amanecer soleado de invierno.

No sé si conocéis el argumento de Turandot, que es en sí un cuento y, como en casi todos los cuentos infantiles, la crueldad tiene una gran importancia, ¿el porqué? Seguro que alguien habrá publicado montones de páginas sobre esto, así que quien se interese que lo busque. Bueno, la princesa Turandot, allá en China ha impuesto a su padre, el emperador, una condición de obligado cumplimiento: A cualquier príncipe pretendiente que desee casar con ella se le harán tres preguntas; si no contesta a las tres, el verdugo Pu-tin-Pao le cortará la cabeza, de hecho, cuando está por cortársela a un príncipe de Persia, Calaf (que es el protagonista masculino, es decir, un príncipe), se encuentra entre el público, y entre ese mismo público está su padre, ciego, al que ayuda la esclava Liu, pues él perdió el reino en una guerra y mendiga, es decir, mendiga por él Liu, le guía y acompaña porque (dice ella al preguntarle Calaf) un día en Palacio, usted me sonrió, y es que ella le ama.

El caso es que a pesar de las súplicas del pueblo al persa le cortan la cabeza por orden directa de Turandot, que aparece un momento, ordena y desaparece, y tan sólo por esa visión de la princesa, de su singular belleza, Calaf se enamora perdidamente de ella (O divina bellezza! O meraviglia!) y solicita las preguntas como pretendiente. Liu le dice que desista, los tres ministros del emperador, le piden que desista, todos quieren que desista, pero él está ciego de amor y reclama las preguntas (lo curioso en este momento es que mi madre se las sabía de memoria y me las dijo)

Turandot: En la oscura noche vuela un fantasma iridiscente. Se eleva y despliega las alas sobre la negra e infinita humanidad. Todo el mundo lo invoca y todo el mundo lo implora, pero el fantasma desaparece con la aurora para renacer en el corazón.           

Calaf (pensativo): La esperanza.

Ha acertado la primera pregunta.

Turandot: Surge como una llama, y no es llama. Es a veces delirio. Es fiebre de ímpetu y ardor. La inercia lo torna en languidez. Si se pierde o mueres, se enfría. Si anhelas la conquista, se inflama. Tiene una voz, que escuchas palpitante, y del ocaso, el vivo resplandor.

Calaf (seguro): La sangre.

Ha acertado la segunda pregunta.

Turandot (nerviosa y descompuesta): Hielo que te inflama y con tu fuego aún más se hiela. Cándida y oscura. Si libre te quiere, te hace más esclavo. Si por esclavo te acepta, te hace rey”

Calaf (dubitativo, pero mira a los ojos de Turandot; queda así, mirando, absorbiendo la belleza de esos ojos mientras ella sonríe, ríe saboreando el cruel destino del pretendiente. Él no duda más): ¡Turandot!

¡Ha acertado! el pueblo se alegra por el vencedor; la princesa se niega y pide a su padre que no se cumpla la orden, que no la entregue a él, pero el emperador le dice que eso es imposible. Ella se niega. Entonces Calaf le propone otro acertijo: si ella averigua su nombre (que no se ha dicho, pues le llaman el ignoto), el la liberará de la promesa y se irá (Dimmi il mio nome e all’alba morirò). Morirá de amor, naturalmente.

Turandot es una princesa cruel (y tiene sus razones: buscadlas si os interesa) y decreta la muerte para todo aquel que, sabiendo el nombre del extranjero, no lo confesase, de manera que, encontrando a Liu los guardias intentan que confiese por orden de la princesa. Si no, morirá. Ella, aún torturada, no confiesa; Turandot se pregunta el porqué de tanta fortaleza; ella le confiesa su amor sin confesarlo del todo; Liu responde: Principessa, l’amore!, acto seguido se apodera de la espada de un guardia y se da la muerte. Calaf le recrimina tanta crueldad (Principessa di morte, Principessa di gelo!), discuten, conversan y, al final, él la besa y, acto seguido él mismo le confiesa su nombre (Io son Kalaf, figlio di Timur), con lo cual pone su vida en sus manos, pero ella, en vez de condenarle, cae rendida de amor.

¿Bonito, verdad?

El caso es que nunca le dije nada a mi madre después de haber visto la ópera, no una ya, sino varias veces (en realidad, a mi madre le gustaba mucho más Donizzeti, sobre todo su Lucia di Lammermoor, más romántica, pero yo siempre preferí Turandot, tan moderna y con ese cuento tan bonito), hasta muchos años después, un día en que fui a verle para decirle que iba a tener una nueva nieta, mi hija y que, dado que yo había desechado el apellido de mi padre y cambiado por el suyo, ella y mi hija llevarían el mismo apellido. Entonces, le recordé el cuento de la princesa Turandot y las tres preguntas, y le pregunté por qué me contaba una ópera como si fuese un cuento, cuando era un cuento que era una ópera.

Mi madre, a veces sonreía de una manera extraña, como para sí misma. así que sólo me dijo con su sonrisa:

Hijo, a veces pareces tonto.

Y nada más: cambió de tema.

Poco después murió: nunca conoció a mi hija.

Por eso a veces pienso que los cuentos infantiles son tan crueles porque simplemente reflejan episodios de nuestra propia vida.

…El tema que aparece en Dimmi il mio nome e all’alba morirò cobra toda su fuerza en el famosísimo Nessun dorma (nadie duerma) cuyo enlace dejo aquí, interpretado en directo por Plácido Domingo (y subtitulada en castellano); iba a dejar la interpretación de Franco Corelli, para mí, la mejor de todas la que he escuchado, pero no se oye muy bien. Por supuesto, la de Pavarotti la he desechado sin duda: No soporto esa voz.

Y ya, puestos, dejo también el enlace de Música y significado, del cual soy devoto oyente: http://www.rtve.es/alacarta/audios/musica-y-significado/