UNA BATALLA DE AMOR

SAMSUNG CAMERA PICTURES
Las cosas que más alegrías me han dado (y me siguen dando, por fortuna) en la vida se pueden resumir en dos: El sexo y la conversación, sea peripatética o sedente en torno a una mesa bien provista; como el sexo engloba todo tipo de aficiones ¿qué subdivisiones hacer? Lo que es por mí, ninguna: todo vale. En cuanto a la conversación, la discusión argumentada, mis preferencias son: literatura, música y artes plásticas, algo después filosofía y política (de la que excluiremos groseros chascarrillos y majaderías varias).
Como la literatura, música, artes, política y filosofía forman un entramado disperso y sutil, normalmente se comienza hablando de una y se acaban tomando todas: es imposible separarlas, y aún me falta una conversación que también forma parte de esta red invisible pero cierta: la agricultura, que no es baladí, puesto que es la agricultura la que ha conformado nuestro mundo y¿acaso no bebemos y comemos cuando conversamos?
En fin, lo que traigo hoy es poesía música y sexo: todo a la vez.
-Tío, yo aquí lo dejo, porque la poesía en un coñazo y, además, no se entiende ni hostias.
-Vale, uno menos.
¿Queda alguien por ahí?
El poema que traigo es anónimo de momento y sirve de soporte para una canción.
La canción es una zarabanda y el poema, de estrofas irregulares al compás de la misma y versos octosílabos. Se titula:
UNA BATALLA DE AMOR
(¿bien, no?)
Y dice así:
Una batalla de amor
entre un galán y una dama
con sus armas en la cama
quiero cantar con primor.
El que no fuere amador
no me escuche, aunque no cante,
que destemplará el discante,
la prima, bajo y tenor.
Mas quien de amores se precia
gustará d[e] este placer
mucho más que de no ver
el tesoro de Venecia.
Ora sus, pues, comencemos
y diremos y diremos
d[e] estos valientes guerreros
cómo salieron en cueros,
bien armados, bien armados,
sin padrinos ni criados,
atabales ni trompetas,
porque en batallas secretas
se ven los enamorados.
En batalla, en batalla,
ella con broquel se halla
y él con un puñal sin punta,
que entiende si a él se ajunta
pasalla por una banda,
a la zarabanda.
Ella fiada en su broquel
ningún miedo tiene d[e] él,
porque sabe que con él
tiene una treta segura.
Para su ventura,
zarabanda y dura.
A los brazos han venido
y ella luego se ha rendido,
porque el broquel se ha rompido
como iba tan armado.
Antón colorado,
¡ay, Antón pintado!
El puñal de aquel encuentro
se lo metió hasta el centro,
y ella que lo sintió dentro,
con herida tan suave,
dice: “¡Ay, cómo me sabe! Un poquito antes que acabe.
Y mirando su herida,
la mano al puñal asida,
dice: “¡Ay de mí, dolorida!,
¿cómo entraste aquí y por dónde?
¡Ay, adónde, adónde,
por casa del conde!
Y enlazándose los brazos
se dieron cien mil abrazos,
haciendo las piernas lazos
hasta que llegó la hora:
A la matadora, a la perra mora.
Ella, que se ve morir,
le comenzó a decir:
“Ya viene. ¿Quieres venir?
Ven, mi vida, que te espero.
¡Madre, que me muero,
llámenme al barbero!
¡Que me muero, madre,
llamen la comadre!”.
Él dice: “Espera, mi bien,
que quiero morir también.
Ten ya compasión de quien
a la muerte se condena”.
María tan buena,
María de la Puebla.
La dama le iba aguardando,
y el galán a priesa dando,
y muriendo y suspirando
han cumplido su deseo.
¡Que me bamboleo,
madre, que me muero!
Al fin, se vieron a un punto
ella muerta y él difunto,
y echaron el resto junto
por no perder coyuntura.
Para su ventura,
zarabanda y dura.
En esta guerra de amor
el que muere es vencedor,
que revive el amador
por morir a cada hora.
Con la matadora,
con la perra mora.
Es lo malo de la poesía: No se entiende. SAMSUNG CAMERA PICTURES
En nuestro mundo, la poesía amatoria tuvo una enorme tradición, desde Grecia y Roma, aunque es cierto que a medida que se establecen lasa formas sociales, la hipocresía es mayor.
Tuvimos a nuestros juglares (y juglaresas) hasta que apareció Garcilaso y comenzó a hablarse de amor, amor, amor, pero nada de sexo. Se idealizó el amor y el tiempo pasaba para peor a partir del s.XIII, en que en vez de escribir sobre los placeres del sexo se escribía del peregrino placer del amor sin sexo. Y seguía pasando el tiempo, y a veces algún poeta se quitaba el manto de labios de rubí, dientes de porcelana y piel de mármol fino (el de la muerte sería).
La época más lamentable en la que el amor romántico imperaba fue la de la burguesía: Toneladas de papel romántico, idealista y majadero, de manera que ellas quedaron encerradas en una cárcel que tenía forma forma de altar, y ellos hacían de carceleros y en eso estamos, salvo algún jirón de alegría sin tonterías. Lo que parece no saber la gente es que tanto encarceladas como carceleros, todos viven en una cárcel. Peor para todos.
No quiero encarceladas, no quiero ser carcelero ni quiero amor romántico. ¡Sexo, sexo y sexo!
El disco que traigo y al cual pertenece esta canción es el último de Raquel Andueza y la Galanía (https://www.lagalania.com/tienda/elbaileperdido/): Una maravilla, creedme, titulada EL BAILE PERDIDO, una recopilación de danzas del s.XX español, letras picantes, danzas alegres que incitan al amor, al de verdad, digo. No tiraréis vuestro dinero (17,90 trompos).
Éste es el enlace:
                                        https://www.youtube.com/watch?v=01vBtTealbs

UN POEMA DE TALES DE EMILITO: J. W. BLUES

Un poema antiguo: ya no no me cabe tanto whisky y sólo bebo malta.

 

Con ojos de cristal devoras lentamente

los restos de la noche, y a tu espalda

impaciente irisa la mañana.

El último blues toma postura y ya descansa

al fondo de tu vaso: Johnnie Walker

no perdona, te agoniza la mirada

y casi eres feliz meciendo tu cerebro

de algodón rotundo y empapado.

Escorzas inútil algún gesto

(un 4/4) de música en la mano,

y todo está bien y te sumerges

e ese mar oscuro queriendo como siempre

no salir.

 

No salir del mar ni de la noche.

De ese fuego que nunca te consume.

 

 

BARAHONA DE SOTO: UN VISTAZO que dedico a Carlota Barrenetxea

Don Luis Barahona de Soto (1548-1595), andaluz de Lucena, nacido hidalgo pobre, casi como mi señor Don Alonso Quijano pero médico en ejercicio y regidor de la villa de Archidona no vio su obra publicada, que quedó dispersa
Pedro Espinosa publicó parte de su poesía lírica en su “Flores de poetas ilustres”; Sedano, otra parte en su “Parnaso Español” y Adolfo de Castro otro resto en la “Biblioteca de Autores Españoles”, sin embargo su obra completa no fue publicada como tal hasta que Francisco Rodríguez Marín las incluyera en un apéndice a su “Luis Barahona de Soto. Estudio biográfico, bibliográfico y crítico” (1903), libro erudito y minucioso, imprescindible para acercarse a la obra de Barahona.
Actualmente hay otra edición (2009) debida a Jesús M. Morata y Juan de Dios Luque , pero, francamente, no la conozco.
La que sí conozco -y muy bien- es la debida a mi amiga de aquellos tiempos Genoveva García-Alegre: “Luis Barahona de Soto. Madrigales y sonetos”. Madrid, 1980 en una hermosa publicación de Entregas de la Ventura con una cubierta de Diego Lara, compuesta en tipos Aster cuerpo 10 fundido al 12, siendo la edición de 215 ejemplares en papel verjurado ingres de la casa Guarro. Quince de estos ejemplares no venales y 200 numerados del 1 al 200. El mío lleva el número 11.
Fue Barahona de Soto amigo de Gutierre de Cetina, poeta de mí muy querido y leído (“… ¡Ay tormentos rabïosos! / Ojos claros, serenos, / ya que así me miráis, / miradme al menos.“), y de Fernando Herrera.
Escribió también, siendo regidor, un interesante libro de caza, “Diálogos de Montería”, ya en prosa.
El ser amigo de Herrera no quitó para que escribiera un famoso soneto (el VIII de la edición de que hablo) en el que le criticaba alegremente, éste:
CONTRA UN POETA QUE USABA MUCHO ESTAS VOCES EN SUS POESÍAS
Esplendores, celajes, rigoroso,                                                         
selvaje, llama, líquido, candores,
vagueza, faz, purpúrea, Cintia, ardores,
otra vez esplendores, caloroso,
ufanía, apacible, numeroso,
luengo, osadía, afán, verdor, errores,
otra y quinientas veces esplendores,
más esplendores, crespo, glorïoso,
cercos, ásperos, albos, encrespado,
esparcir, espirar, lustre, fatales,
cambiar y de esplendor otro poquito
luces, ebúrneo, nítido, asombrado,
orna, colora, joven, celestiales,
Esto quitado, cierto que es bonito.
Naturalmente, su amigo Fernando Herrera le contestó con la distinta ironía, lo cual no empañó para nada la amistad que se tenían.
Si de nuestra amistad el nudo estrecho
por desdén, o liviano movimiento,
(que culpa no conozco en mí, ni siento)
queréis que sea sin razón deshecho;
aunque no me saldrá del firme pecho
del justo amor el gran merecimiento,
y he de llevar contino, descontento
la injusta pena de este injusto hecho.
Romped los lazos ya de esta cadena,
que suelto a mi pesar, si al cabo os place
poner fin triste a nuestro dulce trato.
Yo vuestra culpa sufriré y mi pena;
pues tarde sé, que en esto satisface
a tanta voluntad un pecho ingrato.
La verdad es que hecho mucho de menos estos piques poéticos ora en serio ora en bromas, y mucho me temo que los poetas actuales carecen del sentido del humor y mala leche suficiente para estos ardores, agobiados como están -como estamos todos- bajo el peso de lo políticamente correcto, que menuda plaga nos ha caído.
 Pero ya veo que, como siempre, queriendo centrarme en una sola cosa ya me he ido por las ramas, y es que mi sola intención al comenzar este humilde artículo sólo era destacar un madrigal y un soneto de la obra que Genoveva, como dice ella en el preliminar, desempolva, y añadir solamente que en ese mismo preliminar nos dice que en el inventario que de los libros de Barahona que hizo el citado Rodríguez Marín, aparecieron cuatrocientos volúmenes, cantidad más que respetable en esa época, incluso incluyendo los libros de medicina; dice también que aparecieron un volumen de Eurípides y otro de Píndaro, ambos en griego.
Rebuscar –finaliza Genoveva- en una biblioteca privada es acercarse al espíritu de su poseedor.
Por eso no sé si quisiera que alguien rebuscara en la mía, pues es seguro que encontraría un espíritu disperso, desordenado y, como un colibrí, insensato picaflores.
Pero vamos por el madrigal, que serán dos -he aquí un claro ejemplo de mi dispersión indecisa y asistemática-, y el primero será el cuarto y el segundo, el primero, más que todo, para redundar.
IV
Cuando las penas miro
de tu martirio fuerte,
Amor, gimo y suspiro
como último remedio por la muerte.
Procuro por perderte,
perder contigo la enojosa vida
y, viéndola por ti más que perdida,
del gran placer que siento
vuelvo a vivir, y crece mi tormento.

Archidona

I

Alegres ojos, dulce, grave, honesto
semblante señoril, altiva frente,
y rostro que en colores ha vencido
la luz del rojo Oriente,
do Amor su imperio y nuestra gloria ha puesto,
si no pusierdes presto
socorro presuroso a las entrañas
que Amor con vuestros fuegos ha encendido,
según las llamas salen ya tamañas
que vuestro claro cielo han escondido
al pensamiento mío,
veréis en un momento
quemarse en vuestro amor, cual yo le siento,
y, al fin, cercarse de un esmalte frío.                                            
 Y un solo soneto, el sexto:
VI
No es tiempo ya crüel, que más te ascondas
ni pongas a mi bien más embarazos;
haz esta carta, como a mí, pedazos,
que ya no espero más que me respondas.
Ya estoy como el que en esas aguas hondas,
cansado de medir el mar a brazos,
soltó los flojos y cansados brazos,
la boca abriendo a las saladas ondas.
Vencido me ha tu cruel y duro pecho,
mas, pues mi fino amor no conociste,
no es mucho que me prives de esperanza.
Con esto solo parto satisfecho,
que cuando entiendas lo que en mí perdiste
tú misma me darás de ti venganza.
Leed, si os place, estos poemas en voz alta: es más vívido el placer y menor la congoja.

PEDRO GARFIAS: UN SONETO

Diecisiete años tenía yo cuando en Monterrey (México) murió Pedro Garfias; dos años después, un viejo anarquista, limpiabotas en Vitoria, me fue leyendo un poemario suyo que me impresionó, no por su calidad literaria -yo sólo era un recién llegado a la poesía- sino por lo emocionante que me pareció. Busqué -inocentemente- algún libro suyo en librerías y bibliotecas sin encontrarlo, tampoco pude dar con alguien que reconociera haberle leído o simplemente haber oído hablar de él: la censura funcionaba muy, muy bien en España, así que tuve que esperar algunos años hasta que di con su primer libro, mejor dicho, un libro en que, entre otros figuraba él: Homenaje de despedida a las Brigadas Internacionales, en una edición facsimilar de 1978 que por ahí andará y en la que aparecen poemas, además de los suyos, de Machado (Antonio, claro), Altolaguirre, Gilalbert, Serrano Plaja, Hernández y algunos otros que ahora no recuerdo. Luego fui consiguiendo otros libros aquí y allá, sobre todo allá, en México, aunque aquí, hoy en día se pueden encontrar ediciones bien facsimilares, bien nuevas, por ejemplo, las de Biblioteca de Rescate (2001) y otras de la editorial Renacimiento (Sevilla).

Garfias nació en Salamanca, así que fue español aunque en España pocos poquísimos sepan de él, y eso sucedió en 1901, así que vivió sesenta y seis años, de los cuales veintiocho los pasó en el exilio, primero en Francia, en los campos de concentración, luego en Inglaterra donde castigó duramente a su hígado y escribió su  libro Primavera en Eaton Hasting, pues fue allí, en Eaton Hasting, en un castillo donde vivió un tiempo añorando a Margarita, su compañera, y bebiendo con gran sed; de allí, y con el dinero que Margarita le envía vuelve a Francia para -con la documentación recién conseguida gracias a ella- embarcar en El Havre en el buque Sianica con rumbo a México y en la compañía de otros ocho mil españoles, su amigo Juan Rejano entre ellos; allí, en la mar pergeña el bello poema que terminará en la hospitalaria tierra mexicana, Entre España y México (“Qué hilo tan fino, qué delgado junco / nos une y nos separa / con España presente en el recuerdo, / con México presente en la esperanza.”). Así que sus primeros libros en el exilio serían el ya citado y De soledad y otros poemas (1941).

Garfias se sumó al movimiento poético más importante del s.XX, el Ultraísmo; conoce y colabora con Huidobro, Gómez de la Serna, Cansinos-Assens, y de Torre y con estos dos últimos firma el manifiesto vanguardista Ultra; colabora, en fin, con Machado, Jiménez, Lorca o Guillén, etc, es decir, la generación del 27, pero al contrario que otros participa activamente en la defensa de la República con el grado de capitán y el cargo de comisario político que le dura poco -pues es destituido- hasta el final, la derrota y el exilio, como ya he dicho.

Garfias en un recital

En México desarrolla en cinco años (43-48) casi toda su actividad siendo nombrado Secretario del director de Departamento de Acción Social de la Universidad de Monterrey, cargo del que será retirado a causa de su ya definitivo alcoholismo que le hace vagabundear por diversos lugares de México, bebiendo  y viviendo (no muy bien) de sus conferencias y recitales.

Lo mataron el alcohol y la nostalgia, y lo terminará de matar el olvido en que vive España, el olvido político, literario y estético, la sumisión a la historia de los fascistas de entonces y de ahora, siempre, claro, que no se ponga remedio y se comience a retomar su obra poética, a recuperarla de los viejos anaqueles y, sobre todo, a gozarla, pues es -como escribí arriba- emocionante y de una belleza trágica. Y para que quien no haya leído nada de Garfias he seleccionado sólo un soneto, un único poema que nunca he podido olvidar y que espero que no sea olvidado.

 

Mis ojos guías de ideal seguro,

mis pasos huellas de camino incierto,

y este nunca cansado río oscuro

con su latir de can siempre despierto.

 

Atrás la sima y en la frente el muro,

el mecanismo de la sangre abierto,

entre la niebla y el relumbre puro

me duele el corazón de no estar muerto.

 

Con temblorosa, ávida mano, un poco

de sombra y luz moldeo, esculpo acuño,

de la vida inmortal que no he vivido.

 

Vengo, voy, retrocedo, avanzo loco,

mientras pretendo retener a puño

la sombra de la sombra de un olvido.