LA FORJA DE UN REBELDE

Es cierto que hay que leer a Galdós para entender nuestra historia pasada: las llamas de ayer, los rescoldos de hoy, pero hay otras llamas entre aquellas y estos, y esas las describe a la perfección otro escritor aún menos leído que Galdós y no menos importante: Arturo Barea (Badajoz, 1897-Faringdon (UK), 1957)
No voy a escribir un artículo sobre Barea sino tan sólo comentaré o entresacaré sucintamente algunos textos de su trilogía autobiográfica titulada La forja de un rebelde en sus partes La Forja (1941), La Ruta (1943) y La llama (1946)  publicada en Inglaterra, en el exilio, y por primera vez en castellano, en 1951, en Buenos Aires. En España apareció mucho más tarde, claro, en 1977, por Turner, que es la edición que conservo yo en mi casa; en realidad, tengo dos, la del 77 y la de 1984 (también de Turner) porque el deterioro de la primera hacía ya poco manejable su lectura.
En la primera, La Forja, describe su niñez en Madrid adonde su madre, viuda, lleva a sus cuatro hijos viviendo en un tugurio del Avapiés (Lavapiés actual) y trabajando ella de lavandera. Describe sus estudios en las escuelas pías, su imposibilidad de continuar los estudios estando muy bien dotado para ello, sus primeros trabajos: como recadista sin salario de un banco, aprendiz, oficinas…
El segundo título, La Ruta, trata del servicio militar en Marruecos donde describe a la perfección el ambiente de corrupción militar, siendo la única idea desde el último cabo hasta los generales, el enriquecerse mediante el expolio a los recursos del ejército y de los soldados reclutados obligatoriamente (a no ser que, como en Cuba pudieran pagar su exención del servicio). Describe muy plásticamente a personajes como Millán Astray o Franco en sus ansias de poder y su corrupción.
El tercero, La Llama, nos sitúa ya en el fallido golpe de estado de los generales y la consiguiente rebelión armada que devino en guerra civil. Su descripción es tan valiosa como precisa puesto que Barea lo ve todo -todo- y todo lo guarda y lo traspasa al papel, de ahí que quien realmente quiera saber qué pasó ha de leer La Llama, pero para entender La Llama, el lenguaje y discurso de Barea tendrá que leer los dos anteriores. Y por orden. Porque Barea tiene algo muy valioso: su honradez: nada escapa a su memoria y nada oculta al lector -ni a la historia-, pero además, Barea es un hombre muy inteligente y con el don del relato, pero su imposibilidad de seguir estudios académicos le convierte en un autodidacta, lo cual le hacer recurrir al lenguaje popular y eso hace de su relato algo precioso (de precio) sobre todo en su primer libro, ese en el que la miseria y la precariedad de la clase trabajadora española se describe tan plásticamente.
Y, por cierto que tanto se va pareciendo a la actual, y si no leed esto que extraigo (La Forja, pp. 264, 265):
-En los anuncios de El Liberal venía hoy buen anuncio: “Se necesita un contable. Empleo fijo” Aunque ya sé que ninguna oficina abre hasta las nueve de la mañana por lo menos, me fui allí a las ocho y media. Estaban ya cinco antes que yo.(…) A las diez había lo menos doscientos desde la puerta del primer piso hasta la mitad de la calle. Nos mandaron entrar a los diez primeros (…) Al lado hay una habitación con un mostrador el dueño, y allí se metió el dueño de la casa con el primero  (…) Lo empezó a preguntar su nombre, dónde había trabajado, etcétera
(…) El hombre trabajaba bien. Se veía que era un empleado que conocía su oficio (…)
-Bien, me gusta (…) ¿Cuánto quiere ganar usted?
– Lo que la casa tenga por costumbre pagar por el puesto.
No, no (…) dígame cuáles son sus aspiraciones.
Pues mire usted como contable en una casa así, de la importancia de la suya, no estaría mal unos sesenta duros al mes.
-¿Trescientas pesetas? ¡Usted está loco! ¡Trescientas pesetas! No amigo mío; éste es un negocio modesto (…) A ver, el segundo.
– Señor, aunque fuera menos, me podría quedar
– No, no, de ninguna manera (…)
Se volvió al segundo con una risita:
-¿Usted también tendrá pretensiones?
-Con treinta duros me arreglaría: llevo sin trabajar tres meses.
Entonces el sexto, un muchacho muy fino con lentes de oro, se levantó:
Yo soy perito mercantil y poseo el francés y el alemán, cosa que a usted puede interesarle. A Dios gracias no necesito sueldo para vivir. Así que para tener para mis pequeños vicios no necesito nada más.
(…)
-La plaza está cubierta -nos dijo a todos-. Y usted desde mañana puede venir a trabajar. Le daré cien pesetas al mes, y ya veremos más adelante cómo van las cosas…
¿No os suena esto? Lo que ya no suena igual es cómo sigue, pero para eso habrá que leer el libro.
Repito: La cualidad más conspicua de esta trilogía, de la prosa de Barea es su sinceridad y su testimonio de primera mano siempre acompañada por un lenguaje económico: apenas hay adornos ni metáforas que oculten la realidad.
Por ejemplo, en la parte en que se habla de la corrupción en la campaña de Marruecos, del enriquecimiento de los militares desde el último sargento hasta el más encumbrado general, no se utiliza un lenguaje panfletario ni nada por el estilo, sino los hechos sencillos del robo cotidiano y de cómo hacerlo:
(…)
-No parece ser muy difícil.
No. Esto no es difícil. Un estado de cuentas se manda cada mes al Tribunal de Cuentas, donde lo aprueban y lo archivan. Y el punto es que bajo ningún concepto tiene nunca que ser rechazado un estado de cuentas. Para eso, cada anotación debe tener su comprobante correspondiente. Y aquí tiene usted la llave más importante de nuestra contabilidad: EL COMPROBANTE.No hay comprobante, no hay dinero. Esta es la regla.
Tampoco eso me parece muy difícil.
– Ah, pero es difícil. La cuestión del comprobante es la más difícil de todas. Voy a darle un ejemplo y verá usted por qué: De acuerdo con el presupuesto, cada soldado tiene derecho a un par de alpargatas cada tres meses. Cuando se le dan sus alpargatas, se le anota en su hoja de vestuario. Eso sirve de prueba de que las ha recibido y ya no puede reclamar otro par. Ahora bien, la compañía tiene cien hombres, y cada tres meses Intendencia da cien pares de alpargatas para la compañía. El suboficial de la compañía firma un recibo por estos cien pares. Eso prueba que la compañía ha recibido sus cien pares y no puede reclamarlas más.El depósito de Intendencia precisa cada año, digamos ochenta mil pares de alpargatas. Se da la orden al almacenista o al fabricante, e Intendencia firma el recibo de estos pares, con lo cual el fabricante se presenta a cobrar su dinero. Nadie puede hacer una reclamación porque, como usted ve, cada uno tiene su comprobante.
(…)
Pocas alpargatas duran tres meses. Si un soldado pide otro par, después de uno o dos meses, se le dan las alpargatas, pero el coste se le descuenta de su haber. El coste total, no la cantidad proporcional al tiempo que le falta hasta que le den nuevas alpargatas. Cuando debía corresponderle un nuevo par de alpargatas, el soldado espera y espera, hasta que el cabo se decide a pedírselas al suboficial.
-Pero hombre, ¡te han dado alpargatas a primeros de mes!
-No señor -dice el soldado.
-¿Cómo que no? Mira la hoja del vestuario, tus alpargatas están tachadas. Pero en fin, si no estás conforme, reclámaselas al capitán.
 Claro es que ningún soldado es tan idiota que vaya a quejarse del suboficial, pero como realmente necesita otras alpargatas, se calla y las pide a descuento.
Es decir, que a la corta o a la larga cada soldado se paga sus alpargatas.
(…)
Y de esta forma se sigue explicando cómo se sacan los dineros del soldado, por una parte y del Estado por la otra: Hay mucho que repartir. Y cualquiera que haya pasado por el servicio militar obligatorio y no las pasara papando moscas podrá contar cómo se sacaban cantidades ingentes de dinero simplemente en el abasto de las cocinas: El Ejército es una enorme fuente de corrupción. Y no sólo en España, pero en España vivimos nosotros.
En el último volumen de la trilogía, La Llama, Barea describe, como siempre sólo aquello de lo que es testigo directo, en este caso, la Batalla de Madrid desde la rebelión de los generales africanos hasta su salida, primero a París y más tarde a Londres. También como siempre cuenta los hechos de manera neutra (no neutral, entiéndase), es decir: a pesar de militar él mismo en la UGT, no esconde hechos que siendo indecentes no por ello fueron menos ciertos; asimismo coloca en su justo campo ecológico la quema de algunas iglesias de Madrid.
Extraigo tan sólo dos párrafos de las 416 páginas del volumen: poco, es cierto, pero da una idea general y no quisiera pecar de prolijo en un pequeño artículo que sólo pretende avivar el deseo de lectura en quienes tienen a bien leerme. El primero procede de la página 250 de la edición citada:
Me ahogaba el sentimiento de impotencia personal frente a la tragedia. Era amargo pensar que que yo era un entusiasta de la paz, amargo pronunciar la palabra pacifismo. Me había convertido en un beligerante. No podía cerrar los ojos  y cruzarme de brazos mientras se asesinaba impunemente a mi propio país, sin más finalidad que el que unos pocos se hicieran los amos y esclavizaran a los supervivientes. Sabía que había fascistas de buena fe, admiradores del pasado glorioso, soñadores de imperios que desaparecieron para siempre, conquistadores que se creían en una cruzada; pero no eran más que carne de cañon del fascismo. Los otros, los herederos de la casta que habían regido España durante siglos, los que yo había conocido manejando la guerra en Marruecos, con su corrupción estupenda, con sus glorias retiradas, cebándose en latas de sardinas podridas, en sacos de judías llenos de gusanos: esto era lo que había que combatir. No era cuestión de teorías politices, sino de vida o muerte. Había que luchar contra los enterradores; los Franco, los Sanjurjo, los Millán Astray, que ahora coronaban su hoja de servicios cañoneando su propio país para hacerse amos de esclavos y a la vez convertirse para ello en esclavos de otros amos. Oh, ¿cómo un general puede tener tan poca vergüenza de sí mismo?
La verdad: no queda mucho -nada- que comentar a estas palabras que son un grito de agonía para un pacifista, y es que la verdad, la Verdad fue ésa: Los generales africanos amaban su propia podredumbre y no hallaron otro medio para seguir en ella y aumentarla que servir de sicarios a la clase dominante en España: caciques, nobles (¿qué nobleza?) e Iglesia católica. Y eso hicieron.
El siguiente párrafo que entresaco (Op.cit.: pp. 356, 357), Barea ha acudido al padre Lobo (no en confesión litúrgica: Barea no es creyente), un amigo, con el fin de desahogar su pena o su dolor o ambas cosas, pero Lobo no le contesta como esperaba (esta aparición de un cura en el relato lo hace aún más creíble y certero):
-¿Y tú, quién eres? ¿Quién te da a ti el derecho a erigirte en juez universal? Lo único que tú quieres es justificar tu miedo y tu cobardía. Tú eres bueno, pero quieres que todos sean buenos también, para que el ser bueno no te cueste ningún trabajo y sea un placer. Tú no tienes el coraje de predicar en lo que crees en medio de la calle, porque te fusilarían. Y como una justificación de este miedo, echas la culpa a los otros. Tú crees que eres decente y que piensas limpiamente, e intentas contármelo a mí y a ti mismo, afirmando que lo que pasa a los otros es culpa tuya y los dolores que tú sufres también. Te has unido a esa mujer, a Ilsa, contra todo y contra todos. Vas con ella del brazo y la llamas “mi mujer”. Y todos pueden ver que es verdad, que estáis enamorados uno del otro y que juntos sois completos. Ninguno de nosotros nos atrevemos a llamas a Ilsa tu querida, porque vemos que es tu mujer. Es verdad que habéis hecho daño a otros -a tus gentes-, y justo es que sufras por ello. ¿Pero te das cuenta de que también has sembrado una buena semilla? ¿Te das cuenta de que cientos de gentes que desesperan de encontrar jamás lo que se llama amor os miran y aprenden a creer  que existe y es verdad, y que pueden tener esperanza? Y esta guerra. Tú dices que es repugnante y sin sentido. Yo no. Es una guerra bárbara y terrible con infinitas víctimas inocentes. Pero tú no has vivido en las trincheras como yo. Esta guerra es una lección. Ha arrancado a España de su parálisis, ha sacado a las gentes de sus casas donde se estaban convirtiendo en momias. En nuestras trincheras los analfabetos están aprendiendo a leer y hasta hablar y están aprendiendo lo que significa la hermandad entre  hombres. Están viendo que existe un mundo y una vida mejores que deben conquistar y están aprendiendo también que no es con el fusil con lo que tienen que conquistar, sino con la voluntad. Matan fascistas, pero aprenden la lección de que no se ganan guerras matando, sino convenciendo. Podemos perder esta guerra, pero la habremos ganado. Ellos aprenderán también que pueden someternos, pero no convencernos. Aunque nos derroten, seremos los más fuertes, mucho más fuertes que nunca, porque se os habrá despertado la voluntad. Todos tenemos nuestro trabajo que hacer, así, que haz el tuyo en lugar de hablar de un mundo que no te sigue. Sufre y aguántate, pero no te encierres en ti mismo y comiences a dar vueltas dentro. Habla y escribe lo que tú creas que sabes, lo que has visto y pensado, cuéntalo honradamente con toda tu verdad. No hagas programas en los que no crees, y no mientas. Di lo que has pensado y lo que has visto y deja a los demás que, oyéndote o leyéndote, se sientan arrastrados a decir tu verdad también. Y entonces dejarás de sufrir ese dolor de que te quejas.
Es este párrafo el que me ha impelido a redactar el artículo, no sólo porque comparta sus ideas siendo como soy un acérrimo enemigo de la pena de muerte, sino porque es una muestra de sinceridad literaria y autobiográfica, de sencillez para explicar lo complicado. De Verdad, en dos palabras, así que nada más tengo que decir sino recomendar la lectura de esta trilogía, que es un espejo en el que mirarse en completa desnudez.
Vale.

RESPETO

                       Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius.

(“Matadlos a todos. Dios, luego, reconocerá a los suyos”, Béciers, 1209: Arnaldo Almaric, cisterciense, Legado Papal nombrado por Inocencio III para la represión y matanza de los albigenses, arzobispo de Narbona que, siéndolo, excomulgó a a Simón IV de Monfort a causa de la disputa por el Poder y los ingresos del Poder. Abad, general de la Orden del Císter.

Frase esta que procede de la Segunda epístola a Timoteo 2: 19 y del libro Números 16:5 y que define el criterio general de la iglesia católica respecto de los considerados desafectos.

Todos los dictadores, príncipes sanguinarios, reyes ominosos y feroces, todos los canallas encumbrados, los portadores de la ciega violencia, los asesinos, todos los Tiberios violadores de niños… todos ellos piden, exigen respeto.

La Iglesia exige respeto.

La Iglesia Católica, cuerpo de homicidas, pederastas, amparo de la codicia, niebla del crimen y de la sangre derramada, lámpara de avaricia, lujuria y boato insultante, exige respeto.

Católica sede, casa de la hipocresía, de la crueldad refinada o brutal según convenga, residencia de envidias, ocultas pasiones, traiciones, muerte, muerte, muerte, exige respeto…

Iglesia jardín, Iglesia paraíso de nazis, fascistas, asesinos croatas, cuchilleros, falangistas tiro en la nuca, policías represores, dictadores ensangrentados.

Ustachas e Iglesia.

Y se lo exige a las víctimas, sumisión y respeto, a los insultados, vejados, quemados, torturados, quebrados, desamparados, arruinados, embargados, presos, violadas, violados. Lo exige la misma Iglesia que repartió pasaportes vaticanos para las primeras figuras nazis y Jefes de las milicias ustachas y pasaportes de la Cruz Roja para segundones de manera que pudieran huir una vez perdida la guerra, en una operación que los servicios secretos gringos de entonces denominaron Rat Line, en referencia a los palos de los buques que se hundían y por donde intentaban escapar las ratas, esa misma iglesia que pactó con Mussolini, con Hitler, con Franco, al cual llevaba bajo palio a cambio de sus apoyos financieros, a cambio de la venda que tapaba robos y comisiones de delitos de sangre, esa misma iglesia que sabía perfectamente qué ocurría en Auschwitz y demás campos, que conocía el uso de lo que oficialmente se llamó en la Alemania nazi Nacht und Nebel (noche y niebla) que consistía en hacer desaparecer a las víctimas de todo tipo de registro, que sabía de las fosas en las carreteras de España, que mató en la plaza de toros de Badajoz, que bendijo las muertes que no pudo consumar por sus propias manos, que sembró España de curas Merinos sedientos de sangre.

La Iglesia católica bajo cuyo manto estáis bautizados, ésa, exige respeto.

(¿Cómo podéis seguir así, católicos sin apostatar?)

http://apostatar.org/

Nadie que escriba las líneas de arriba puede decir que respeta Iglesias, religiones, creencias estúpidas, supersticiones, ídolos o muñecos o cruces ensangrentadas, así que lo diré alto y claro: No respeto a los católicos como tales, ni a su iglesia, ni a sus jefes, ni a su Jefe; no respeto a su dios ni a ningún dios porque lo que no es no puede respetarse.

No respeto a obispos, curas, religiosos, beatos meapilas: me dan asco y a veces risa, pero pocas, casi siempre temor. Temor a sus miedos inconclusos, a esos miedos que producen odio y sufrimiento y prisiones y muerte.

No respeto ninguna religión, ningún dios, ningún  amo, ningún rey. Nadie que se apoye para su tiranía en un mandato divino merece mi respeto ni el de nadie que se precie como humano pensante y libre.

La religión es una peste, un cáncer, una lacra, y los religiosos, vampiros sedientos de riquezas y de la sangre de quienes la producen.

Es la oscuridad, la noche eterna, el frío, la muerte, la desolación, lo peor de la humana mente, las ocultas crueldades, la impudicia, la irresponsabilidad, la banalidad de todo crimen cometido en su nombre.

El odio, el odio, el odio.

Las guerras, los exterminios, la intolerancia, el freno a la curiosidad humana.

El fuego, el fuego, el fuego.

La prisión, la Inquisición, la censura, el nihil obstat. La reducción de la dignidad humana a la nada, la mentira como medio ecológico, la sumisión al poder, la abjuración de la propia libertad.

El miedo, el miedo, el miedo.

Luchad contra el falso respeto.

Respetad a los que dan y no piden.

Respetaos a vosotros mismos.

Apostatad.

No os rindáis, no respetéis lo irrespetable; sabed que la risa es seria: reíd, reíros de ellos, de obispos, curas, cardenales, beatos y beatas, dioses,  de ese que llaman Papa, un jefe de estado educado para la mentira.

NI espero venganza, ni la encarno.

Nada me es ajeno. Todo me hiere.

Vedlos como los que son: Payasos.

Eso sí, sedientos de oro, poder y sangre.

 

 

 

 

 

 

FASCISMO

Que no soy nacionalista, que nacionalismo, patria y religión están a galaxias, universos de mí, que los tres conceptos no me causan sino temor y desprecio, es cosa sabida puesto que muchas veces lo he afirmado desde estas u otras páginas; miedo al vacío, a la muerte como fin único, a la sumisión ciega de poblaciones completas, a las frases hueras pero venenosas. Al silencio.
¿Y no es silencio este que nos ahoga?
Nacionalistas o no, catalanistas o bocazas cuyo único pecado es expresar libremente sus ideas o amagos de ideas o, simplemente, estupideces; expresar, como digo apoyándose en un código vigente que las protege, lo mismo que protege el derecho a la educación, vivienda, salud y dignidad.
Remedando a Inger Christiansen, el Código existe, las normas de comportamiento ciudadano existen, las palabras existen.
¿Y para qué?
Para repetirlas hasta la saciedad con -como decía Krahe, de acusador recuerdo- con lenguas de serpiente hasta vaciarlas de contenido, hasta que transgredirlas pase desapercibido, hasta que el código completo sea cosa fútil, papel mojado y podre.
Hasta hoy, de momento.
Gente en la cárcel, queridas y queridos, en la cárcel sin cometer delito contra ningún código, perseguidos con saña, insultados. En la cárcel, no por expoliar, prevaricar, sobornar, traficar con mujeres o menores, tomar las armas, matar, golpear, delinquir, sino por expresar unas ideas con las que personalmente no puedo estar de acuerdo, pero tampoco estoy de acuerdo con otras cosas y no por ello exijo prisiones perpetuas, o la aplicación de código de Hammurabi que ya tiene casi cuatro mil años y parece que no ha pasado el tiempo, es más, el código de Hammurabi, la llamada Ley del Talión, contemplaba ya la presunción de inocencia, y también contemplaba la inmutabilidad de la Ley una vez escrita, o impedía su lectura caprichosa, es decir que no sólo parece que no ha pasado el tiempo sino que estamos muy por detrás de Hammurabi.
Y gente que se alegra de la prisión de los demás, de sus conciudadanos, que piden más prisión, más esbirros, más palo, más represión, porque, queridas y queridos, cuando se exigen penas para los demás las estáis exigiendo para vosotros mismos, que para eso os están manipulando tan eficientemente.
Fascismo se llama eso.
Gente que calla ante las muestras de despotismo, que en su vacío interior busca razones para la violencia estatal, que ríe o aplaude o se envuelve en banderas o, simplemente piensa: A mí no me va a pasar.
Por otra parte también me he enterado de lo de las banderas a media asta a causa de una muerte que nunca ocurrió, pero no por las que ocurren a diario, o las que se ocultan bajo zanjas en las carreteras o las de los suicidas por desahucio, y me he enterado también del esperpento legionario del cuerpo ministerial.
Y me he tomado la muy desagradable molestia de visionar el vídeo en que energúmenos legionarios, militares de carrera, populacho y ministros del gobierno cantaban esa ordinariez grosera en la que todos se declaran novios de la muerte con la ministra de defensa que -supongo- será novia de la muerte sin decidirse -lo mismo que el resto de espantajos- a ser esposa y abrazarse a ella, a la muerte definitivamente. No.
Pero no quiero que penséis que lo tomo a broma o a risa histérica, no, porque no es una broma, un esperpento sí, pero no una broma; es simplemente un acto de poder, un aviso de lo que vendrá, un gobierno que nos está diciendo a quién se abraza y con qué armas cuenta mientras el pueblo emocionado aclama la idea de la muerte, la de los demás, claro está, la de la muerte del pensamiento y la cultura, la de las cunetas. Vuestra muerte: eso es lo que os dicen: Vuestra muerte o vuestro silencio; eso queremos y eso obtendremos, y no hay método inane ni obstáculo que nos lo impida, y estamos aquí, cantando porque nuestro es el poder y vuestra la amargura, la soledad y el silencio. Y es que nosotros somos los portadores de la muerte y vosotros, los verdaderos destinados a ella.
Podéis llamarlo como os de la gana, pero sólo tiene un nombre: Fascismo, y está aquí, y en España recibe el nombre de Nacionalcatolicismo.
Pero siempre se puede seguir siendo ciegos y sordos, pero sobre todo, sumisos.

UNA REFLEXIÓN SOBRE LAS JUBILACIONES: EL DÍA SIGUIENTE

Admiro al dios de judíos y cristianos, vaya esto por delante, ese dios siempre enfadado con sus hijos y ausente patrón de jubilados.
¿Os habéis fijado de que ese dios, vuestro dios, Dios, vaya, trabajó seis únicos días -destajista, eso sí- y no ha vuelto a currar en toda su puta vida? De ahí que del que no curra, el rico, el obispo, se dice: “vive como Dios”.
Y es cierto.
Un rey (sí, esos dos que todos tenéis en mente) sólo trabaja -y no mucho- el día de lajuradebandera, y se acabó: Dios está con él; los ricos lo hacen en su infancia acatando y deseando una rápida muerte a sus padres; una vez herederos, ¡nunca más!, de los obispos y cardenales, ¿qué decir? Dios también está con ellos.
¿Y los políticos, nuestros políticos?
Siete años se han puesto para dormir en parlamentos varios, que si se perpetúan allí digo yo que será por estar con los amigotes ahorrando y acumulando para su digna vejez, que no ha de ser por amor al trabajo que desconocen. Una vez los despegan de sus asientos ya se pueden jubilar, ¿no? Y qué jubilaciones, qué mimo estatal y administrativo se les dedica por sus pasados desvelos entre siesta y siesta: Dios también está con ellos.
¿Y nosotros, y vosotras? ¿qué pasa con vosotras y nosotros?
Pues está muy claro: contradecís la ley de vuestro Señor Dios y os da por trabajar cuarenta años, ¡cuarenta, joder! no seis días, no uno, no los simbólicos siete, no nunca. ¿Cómo coño queréis que Dios esté con vosotros, almas de cántaro, si os empeñáis en llevarle la contraria?
Es por eso que el ministro ese tan excesivo patán cuyo nombre no he logrado retener dice que las pancartas de los jubilados no servirán para nada; será patán el ministro, sí, pero sabe una cosa: Dios está con él, y a vosotras que os den lo mismito que a nosotros, queridas.
Algún alma más avispada se habrá fijado en que más arriba escribo “vuestro Dios” y no “nuestro Dios”; he de aclararlo ahorita mismo: Soy el único apóstata que conozco y, sin embargo buen lector de las Sagradas Escrituras, por eso, y a sabiendas de que ni Dios iba a estar conmigo ni yo con Él y que, por tanto mi jubilación hispana iba a ser miserable, he procurado trabajar lo menos posible durante toda mi vida.
Y aquí, cabreado como unas pascuas.
(abajo: Dios enseñando las manos para mostrar 
que no la hila)

aquí, un jubilado

CARNAVAL

 

 

 

Hoy comamos y bevamos, y cantemos y holguemos, que mañana ayunaremos. 

Juan del Enzina (1468-1529): Égloga 6

 

Aborrezco el carnaval, esa falsa libertad de expresión y movimientos, su opaca alegría, como la de esas otras fiestas cristianas, la navidad, de alegría agria y resentida, ambas salvadas por la pericia de los mercaderes y la estulticia consumidora de las gentes.

A los obispos y cardenales, sin embargo, el carnaval les encanta, no por poder salir a las calles disfrazados de reinonas, que ya van así todoslosdías sino porque saben que una vez cerrada la espita de la válvula de escape que es el carnaval todo volverá a lo que era y siempre fue: el rebaño, desahogado y sumiso volverá por sus fueros inexistentes y gozará un año más de la protección de sus pastores, y no es que esté yo llamando oveja o carnero a nadie, que son ellos, los obispos los que se nombran pastores del rebaño y nadie (del rebaño) dice ni pamplona, de hecho:

(todas las citas salvo aviso en contra son de la obra teatral Baco, debida a Jean Cocteau (1889-1963))

EL CARDENAL …Por otra parte la Santa Sede, que ignora vuestras alarmas, mira con muy buenos ojos las mascaradas de Roma, de Florencia, de Bérgamo, de Venecia. Estas mascaradas impiden que el pueblo piense mientras descansa. El hombre que piensa es nuestro enemigo. Es la opinión de la Santa Sede.

Ya veis queridas, queridos, cuán directa puede ser la Iglesia cuando emite opiniones, lo mismo que cuando condena a alguien al fuego, antes de llama, ahora de bala, por otra parte, como digo estas famosísimas fiestas (cada vez me resulta el término fiesta más odioso. Por varias razones) de siempre han servido a los mercaderes y, por medio de estos, a algunos tesoros que llaman públicos pero que no lo son:

EL SÍNDICO Sería un grave peligro (privar al pueblo del carnaval). Durante esa semana, el pueblo gasta lo que gana. Es, en cierto modo, una manera conveniente de hacernos con fondos y de aliviar el presupuesto.

O sea, que los carnavales (y otras distracciones tan en boga hoy en día) sirven esencialmente para dos cosas: la conveniente opacidad mental del pueblo y el producto de sus bolsas, que va a parar a las garras codiciosas de la Iglesia y, ahora compartidamente, del Estado y las diversas corporaciones, ladrones todos de guante blanco, casi siempre manchado con el sudor y la sangre de hordas de esclavos que durante estos días creen no serlo y el resto, callan.

No todos, claro, no todos callan, pero unos hablan con la boca grande sabiendo que su credibilidad es ínfima, que es el caso de políticos de diverso signo y otros piensan más o menos moderadamente con pocos resultados y mínima audiencia, estos, generalmente moderados en sus gestos, gozarían de más aceptación si se les escuchara, pero para escuchar hay que oír, y hay ejércitos de tamborreros aporreando tambores para que nada, excepto ruido, se oiga. Así es:

EL OBISPO  Yo temo mucho a los herejes moderados

EL CARDENAL  Tenéis razón. Sólo podemos quemarlos a fuego lento.

Y no creáis que lo dice en broma; Hogaño tampoco, no vayáis a pensar, y si no echad un ojo a esa gente que por una pichorradica o están en el talego, o van a estarlo o pagarán un multazo de la hostia.

Así que por qué disfrazarse unos días al año de lo que se es por dentro para disfrazarse de lo que quieren que seáis por fuera el resto del año? Por ejemplo, algo que siempre me ha llamado poderosamente la atención cuando, lamentablemente, he tenido que coincidir por las calles con gente de carnaval: La cantidad más que moderada de hombres que se disfrazan de mujeres, mujeres con enormes pechos como para una cadena de ordeñe, contoneándose como ninguna mujer lo haría (excepto las profesionales, que están trabajando seguramente obligadas), poniendo morritos exhaustos de carmín en rostros pintados como puertas americanas. ¿Por qué? Coño, porque les gusta hacer de mujer, cosa tan respetable como cualquier otra, y aprovechan unos pocos días al año para exteriorizar sus deseos sin que parezcan deseos. Y digo yo, ¿no sería más sensato hacerlo cuando les venga en gana, en la cama a ser posible, que es más gozoso y placentero. A sus compañeras, esposas etc,etc, les encantará. ¡Qué oportunidad perdida..! Aunque peor es aún lo de las llamadas murgas de Cádiz. Si Catulo hubiera tenido sólo una semana al año para escribir sus sátiras (mucho más agudas e hirientes que las de estas murgas) no tendríamos hoy el placer de leer nada de nada. La sátira, es queridas, queridos, para todo el año, y sátira que duela, nada de componendas. Yo no escribo sátiras -por si alguien agudamente de lo pregunta- porque me falta el ingenio necesario, no por falta de ganas; en vez de sátira me saldría un panfleto, un libelo o una grosería; lo del panfleto, pase, firmado o no, pero groserías no, desde luego. En fin, murgas, caricaturas ridículas para poderosos, menores de edad de cartón para obispos y demás jerarquías, todo eso hace que esas mismas jerarquías se despepiten, pues también es sano reírse un poco de sí mismo, así que les importa un huevo lo que hagáis o digáis en carnaval mientras el resto del año calléis u os desfoguéis un tantico así en las sociales redes -sin pasarse un pelo-, y sigáis viendo cómo roban los que roban, que son todos los que están por encima de vosotros, empresarios, jefes, banqueros, obispos, políticos, reyes reinas y proles propias, oligarquías, petroleras, telefónicas, energéticas y corporaciones varias, todos ellos garrapatas de enormes vientres sin fondo que se decojonan viéndoos cómo hacéis el tonto (y la tonta, perdón) la semana de carnaval siendo todo el año impostura, y es que:

EL OBISPO  …La verdad sólo se impone a la larga. La impostura necesita resultados inmediatos. Y no hay resultados inmediatos sin dinero.

Porque todo es dinero, ¿lo sabéis, no? Nos quieren idiotas, sí, y sabed que no es lo mismo ser idiota que cretino porque:

EL SÍNDICO   Es un cretino.

EL CARDENAL   No, un idiota. No es lo mismo, señor síndico. Un cretino es un idiota que piensa.

Y ahí es donde entran políticos, reyes, bocazas televisivos y demás ralea, que son los que salen todos los días en los medios, y no una sola semana al año. Como vosotros, carnavalistas.

(nota bene. Idiota: ιδιωτης, idiotes; raiz: idio, propio. Se refiere a aquel que no se ocupa de los asuntos públicos sino sólo de los propios privados. Cuando pasa al latín como idiota añade el significado de ‘ignorante’. Esto, creo que ya lo he dicho otras veces)

Una escena de carnaval es como la que Hans, el loco, protagoniza un momento, pero no sirve para nada como carnaval, y sí sin embargo si se dice en serio (como vería cualquiera que lea la obra completa):

HANS (designando lentamente al obispo con el dedo)  ¿Quién es esta hermosa dama?

EL DUQUE    No es una dama. Es tu obispo.

HANS   Tiene un vestido muy bonito (toca la ropa del obispo que retrocede).

El verdadero carnaval se produce después, cuando -todo el mundo desfogado- las gentes miran arreboladas las imágenes de papas, obispos, reyes, reinas, duques, condesas, ladrones engominados, toreros, cupletistas de dedo ágil, futbolistas evasores y señoritos a caballo porque:

EL PREBOSTE   El pueblo detesta a los señores, desde luego. Pero su lujo les inspira respeto, hasta entusiasmo. Es curioso, pero lo tengo comprobado.

Así es la cosa, simple y clara pero efectiva y si no, ¿qué coño hago yo escribiendo estas perogrulladas?

HANS   … Que el tiempo no existe y es únicamente una perspectiva. Que todo momento es eterno. Que algo se ha roto en pedazos, que la tierra es uno de esos pedazos, que se llenó de gusanos y que esos gusanos somos nosotros.

Y acabo, que me lío tontamente, sabed sólo una cosa más sobre la libertad de acción o expresión; lo dice Hans, ya cuerdo y fuera del carnaval:

HANS   El libre albedrío es la coartada de Dios.

 

Y recordad que en los carnavales, se desfila. Igualito que en las marchas militares, las procesiones y las cadenas de esclavos.

 

 

 

 

 

 

TORTURA

Rien n’arrive ni comme on l’espère, ni comme on le craint

(Marcel Proust)

 

 

 

Hoy, hace cuatrocientos diez y ocho años fue condenado por herejía Giordano Bruno; pocos días después -ocho-  fue llevado a la pira donde alguien le dio a besar un crucifijo: lo rechazó. El día de su condena dijo: “Maiori forza cum timor esententiam in me fertisquam ego acipiam”, o sea que se dirigió a sus jueces diciéndoles que ellos acaso temblarían más que él al recibirla. No creo que fuera así; no creo que los jueces, fiscales, esbirros en general y torturadores tiemblen. No.

Pero Bruno, que afirmó que era la tierra la giraba alrededor del sol y que el movimiento del cielo sólo era apariencia producida por la rotación de la tierra alrededor de su eje, y que si Dios es infinito el universo podría serlo y que, por tanto, habría infinidad de universos y no sólo éste, que seria uno más entre los infinitos, afirmaciones todas ellas hoy aceptadas, había sido detenido y encarcelado en las espeluncas de la Santa Inquisición de la Santa Madre Iglesia denunciado por Mocenigo el veintisiete de enero de 1593, es decir que se tiró encarcelado siete largos años en proceso que dirigió Roberto Belarmino, el mismo que dirigió el proceso contra Galileo, es decir un especialista. Especialista en tortura y en derecho canónico -quizá vayan juntos-; así que Giordano Bruno fue torturado de diversos modos durante todos estos años.

Tortura: del latín, torquere, luxar, torcer, contorcer, dislocar.

Siempre, siempre se ha torturado, siempre se han arrasado, asolado tierras, derribado viviendas, asesinado sus gentes, esclavizado sus gentes, pero sobre todo, siempre se ha torturado; se tortura por saber lo que el otro sabe, por hacer ver al otro sus errores y darle la oportunidad de arrepentirse de ellos mediante el dolor, la expiación de la culpa:

Esteban, Matías, Víctor, Úrsula (…), que fueron lapidados. El apóstol Tomás, Inés, el apóstol Matías, Víctor, Úrsula y las once mil vírgenes (…), que perecieron por el hierro. Eutiquio, Gervasio, Máximo, que fueron flagelados hasta morir (…) Vito, Modesto, Protasio, Félix, que fueron descoyuntados en el potro (…) Saturnino, que fue flagelado, abrasado con hierros al rojo, descoyuntado en el potro y decapitado (…) introducido en un toro de bronce calentado al rojo vivo (…) abrasado con aceite, con pez, con cal viva y empalado (…) arrancaron los ojos, le cortaron la lengua y la cabeza (…) flagelado, descagarrado con púas de hierro y arrastrado por los cabellos hasta la muerte (…) abrieron con tenazas horribles heridas en las que pusieron cal viva (…) arrancaron los dientes y la lengua (…) desgarrado con garfios de hierro, abrasado y atravesado con puntas al rojo vivo, a quien pusieron sal en las heridas y que fue finalmente revolcado sobre cortantes cristales y clavado a un madero… En España han convertido la palabra dolor en nombre de bautismo (…) no son locura y escándalos pese a los cuales se ha levantado la Iglesia, sino que se ha levantado, precisamente, gracias a ellos (…) Existe el dolor de la carne, que cicatriza, el dolor de los nervios que, mucho tiempo después, sigue sacudiendo el cuerpo, el dolor moral, que es la memoria más viva de la humillación. Y existe también el sufrimiento del espíritu (…) Intenté matarme y, por una de esas ironías de la vida, me salvaron los mismos que me habían empujado a la desesperación. Mi muerte no les convenía…

( Michel Rio: La Percha del Loro, 1983)

Tuve un amigo, Iñaki Pérez de Beotegui, Wilson -“El Inglés” le llamábamos los amigos-, muerto ya hace diez años que fue el que me contó en una larga conversación de casi veinticuatro horas de confidencias y alcohol en Vitoria, allá por el año 2000, qué se siente bajo tortura, hasta qué punto uno es carne, la memoria icástica que queda para siempre del abandono de toda humanidad; en la emboscada de su detención gracias a la delación de Mikel Lejarza, “El Lobo” hubo un tiroteo (yo vi las cicatrices de las balas en su cuerpo; me dijo: “era  normal, nosotros vamos armados y ellos también, ¿qué quieres, juicios de valor? Me cazaron como yo cacé a otros: así es la cosa. Pero salvaron mi vida para la tortura y el interrogatorio.” Lo mismo que a Joachim, el personaje que cuenta lo que he citado más arriba. Era un tipo duro (aunque no lo parecía) el Inglés, vaya que sí: nunca contó lo que todos querían saber, ni por dinero cuando ya cumplida su condena y amnistiado y muy, muy pasota y desencantado de nacionalistas y etarras andaba por ahí buscando un lugar para vivir, que no para olvidar, puesto que eso no es posible.

 La llamada “percha del loro” es un instrumento de tortura que consiste en una barra de hierro que se hace pasar por el espacio situado entre las rodillas y el antebrazo del prisionero a la sazón firmemente atado y que se cuelga del techo quedando el prisionero así suspendido. La tortura se basa en la parada de la circulación de la sangre y en la simultánea contracción muscular y nerviosa, lo que -sin matar- provoca unos dolores horribles. También es usual colgar al prisionero esposadas las muñecas a la espalda de manera que las cabezas de los húmeros se salgan de sus recipientes mediante una terrible dislocación: en ese momento comienza el interrogatorio. O lo que sea.

Porque muchas veces se tortura con la única finalidad de que otros no presos aún o, simplemente, el pueblo hostil lo sepa, es decir, para causar horror, no miedo. Hoy en día se utiliza muchísimo esta tortura cara al exterior, es decir, exotérica, Guantánamo es la estrella de este universo; Israel, otra no menos emblemática y aplicada; España lo fue durante décadas; lo fue la Italia de Musolini, los territorios del Estado Vaticano previos a la Segunda Guerra, donde aún existía el derecho feudal del Papa sobre la vida y la muerte de los ciudadanos; lo fue también durante todo el terrible periodo de Stalin en la Unión Soviética, pero sobre todo, por encima de estos horrores está Hitler, el nazismo alemán, ese que parece que está ahí, esperando. Cito:

¿Por qué se me ocurre hablar de la tortura tan sólo en relación con el Tercer Reich? Naturalmente, porque yo mismo la he padecido bajo las alas desplegadas de este ave rapaz. Pero no sólo por ello, sino, porque al margen de toda experiencia personal, estoy convencido de que la tortura no fue un elemento accidental, sino la esencia del Tercer Reich.

(Jean Améry: Más allá de la culpa y la expiación,1977)

Hay estados que se basan únicamente en el miedo al Estado, al Poder, sin necesidad alguna de ser sustentados en ideologías (como el falso comunismo de Stalin) ni religiones, sino que, simplemente, las ideologías se pergeñan con retazos de aquí y allá -como sucede con el fascismo español, con el franquismo, cuyas falanges copian literalmente hasta los colores de la bandera de la Confederación Nacional de los Trabajadores, CNT, rojo y negro, y utilizan en reciprocidad o simbiosis la religión como ruido de fondo: La España de Franco fue un perfecto ejemplo de este terrorismo , mediante la implantación de la tortura sistemática y de su consecuencia más directa: la muerte. El nazismo basa su poder en la muerte; el franquismo resultó ser un aplicado alumno a este respecto.

Y dejando este asunto por un momento, ¿por qué estoy escribiendo sobre la tortura y, por extensión, del terrorismo de Estado? Seguramente, porque nadie se inmuta ante ella, inmutarse íntimamente, quiero decir, no poner deditos en Facebook que sólo es una forma de quitarse el cuidado, de pasar a otra cosa más seria, una autofoto, por ejemplo, la ingestión de verduras en vez de carnes, la paz espiritual en vez de la lucha reflexiva y constante contra el abuso del Poder, la infantilización mediante objetos y metas de dudosa utilidad y, en general de la ceguera permanente que veo sufren la mayoría de mis conciudadanos o consúdbitos, que ya no sé, una ceguera que se manifiesta en la pérdida constante de derechos civiles y un plausible miedo a perder cierta forma de vida irresponsable, mendaz y vacua. Escribo sobre la tortura, entre otras cosas porque se utiliza constantemente en mayor o menor grado en nuestro país y países vecinos y en grado superlativo en Israel, ciertos lugares de África, en Guantánamo, como he dicho, en Argentina, por ejemplo, han habido durante 2017 setecientas veinticinco muertes por mano del Estado gracias al gobierno de Macri. Son muchas, ¿no? Y como escribo de memoria no sigo con otros países, tanto de la América del norte como la del sur como la del centro, afirmando como afirmo que la pena de muerte es una forma de tortura, y en los USA está en plena forma. También escribo sobre la tortura -sin querer ahondar en detalles aún más escabrosos de los apuntados- porque me temo que estamos casi casi en las puertas de un Nuevo Estado Policial, aquí, en España, pero que está entrando tan lenta, tan sabiamente que ni siquiera nos damos cuenta. Diréis que exagero, que soy un viejo resentido, que veo lo que no existe, que eso no sucederá jamás, no volverá a suceder jamás: Volved a la cita que encabeza este artículo, la de Proust, así que nada sucede ni como lo esperamos ni como lo tememos, dice él; es siempre peor, digo yo.

Nunca me detuvieron cuando militaba en clandestinidad, siempre supe despistar bajo mi postura de pijo integral y de buena familia; jamás me pararon en las fronteras ni en los controles de carretera, tan abundantes en la Euskal Herria de entonces, yo bien vestido afeitado y peinado, educado e inofensivo pasé por todas partes sin que me vieran, pero una vez me tocó estar en una de esas redadas que la Policía Armada (los del pañuelito amarillo, aquella gente) montaba en un momento en medio de la calle, así que nos llevaron al azar a un montón de gente a la lamentable comisaría de María Muñoz en el Viejo de Bilbao para identificarnos y esas cosas. Cuando me tocó a mí, estaba tan abstraído pensando en lo que tenía que ocultar que no oí la pregunta del esbirro; lo siguiente fue un bofetón, un revés tremendo que me hizo trastabillar y casi caer. En ese momento es cuando te das cuenta de dónde estás y de lo poco que eres en sus manos, en realidad, no eres nada: sólo carne. Nada pasó: dije quién era (el de verdad) y a la de unas horas sólo por joder nos soltaron “hasta la siguiente, que iría en serio” según aquellos energúmenos.

No os confundáis, el que interroga, el que tortura no es un tipo raro, un cretino o un sádico, es una persona normal y corriente que hace lo que tiene que hacer y que lo hará con la máxima eficacia; luego, cuando acabe el turno irá a su casa y besará a su mujer y a sus hijos.

Pero sigo con Jean Améry (1912-1978), uno de los que mejor ha escrito sobre la tortura, ya que la sufrió muy duramente en los campos de concentración de la Gestapo primero y de las SS después; escribe (op.cit):

Se creen autorizados a golpearme en el rostro, reconoce la víctima con sorda sorpresa y con certeza igual de indistinta concluye: harán conmigo lo que se les antoje. Afuera nadie sabe lo que ocurre dentro ni nadie hace nada por mí. Quien quisiera acudir en mi ayuda, una esposa, una madre, un hermano o un amigo, no podría alcanzar el interior.

La percha, la percha del loro, el agua, las toallas mojadas, la picana, las uñas, los genitales desgarrados, las violaciones sistemáticas, las drogas, la tortura psicológica, el insomnio, dislocaciones, roturas, latigazos, pérdidas de miembros, ojos, lengua… es tan larga la descripción de las torturas y de sus utensilios a lo largo de los siglos que no podría seguir ni aunque quisiera, que no quiero.

No es posible (defensa alguna) cuando es el otro quien te rompe los dientes y te deja el ojo morado, cuando tú mismo sufres indefenso al enemigo en que se ha convertido el prójimo. Cuando no cabe esperar ninguna ayuda, la violación corporal perpetrada por el otro se torna una forma consumada de aniquilación total de la existencia .

Y sin embargo, veintidós años después de lo sucedido, sobre la base de una experiencia que no agotó todas las posibilidades del dolor físico, me atrevo a afirmar que la tortura es el acontecimiento más atroz que un ser humano puede conservar en su interior (op.cit.).

No es esto todo lo que podría decir, pero sí -espero- suficiente para llamar la atención de conciencias adormiladas, sobre lo que se ha hecho, se hace y se hará, porque ¿a quién le importan los africanos tiroteados en la costa española? ¿alguien sabe de algún policía encausado y condenado por malos tratos o tortura? ¿alguien ha oído estos últimos años a algún representante o aspirante político añadir a sus programas electorales el fin de los malos tratos y de la tortura, de la impunidad policial? ¿Qué dijo Fraga cuando fue responsable de los asesinatos de Vitoria?

¡La calle es mía!