UN LIBRO INQUIETANTE: LA VEGETARIANA.

UN LIBRO INQUIETANTE: LA VEGETARIANA.

Hace ya bastantes días que acabé la lectura este libro (leído en sólo dos sesiones) de la coreana Han Kang y aún no he podido formarme una idea cabal de él, así que, en vez de comentarlo como suelo, lo que me haré -al igual que hace ella, según dice- serán preguntas, a ver si de esta forma consigo ver esta lectura en conjunto.

He de hacerme primero una pregunta indispensable: ¿Tengo algún tipo de prejuicio contra el vegetarianismo? Es una pregunta crucial, porque si no me respondo con claridad todas mis siguientes preguntas estarán condicionadas y -lo que es peor- mis respuestas -si las hubiere-, viciadas.

Mientras pienso esta cuestión he aquí los datos del libro que me ocupa: La Vegetariana, de Han Kang traducida al castellano por Sunme Yoon; editado por :Rata_ en Barcelona el año 2017; 223 páginas con un prólogo de Gabi Martínez más un epílogo y referencia de la traductora.

Bien, ya he decidido mi respuesta: No tengo prejuicios reseñables hacia el vegetarianismo, ni a favor ni en contra; tan sólo mis propias observaciones de este asunto a través de lecturas aquí y allá a lo largo de mi vida, ninguna experiencia personal al respecto y escaso conocimiento (en cantidad) de personas que sean vegetarianas o estén en vía de serlo, algunas bastante cercanas. Cierto es que me causa extrañeza el hecho de prescindir de algunos alimentos sin que medie razón médica y que me consta que, en realidad y exceptuando un vegetarianismo de orden religioso, esta actitud alimenticia se da sobre todo en países desarrollados, en general ahítos de todo.

Alguien puede pensar: “Pero eso que escribes ya es un prejuicio”, y yo le diré: “No: es sólo una observación inevitable”.

Ya en el título de este comentario (o cuestionario) incluyo una sensación que el libro deja: es un libro inquietante, no es fácil, ni una serie de propuestas fáciles, ni es tendencioso, ni juzga ni deja al lector solución alguna. Ni siquiera la protagonista explica nada: sólo emite algunos pensamientos que no son pensamientos sino sueños, y no muchos, así que no sabemos qué piensa ella, Yeonghye, la mujer que, de repente, decide no comer carne. Digo de repente porque así es o así parece puesto que nada sabemos del proceso (si lo ha habido) que le ha llevado a semejante decisión. No comer carne.

Ella, Yeonghye, no nos dice, pues, nada; la novela está narrada no por ella en primera persona, no por un narrador omnisciente en tercera persona o en primera, sino por tres personajes por separado: el marido, el cuñado y la hermana, cada uno su parte, que será o no objetiva, puesto que nadie cercano es objetivo del todo, así que estaremos en tinieblas preguntando. Como la autora. Como yo.

Otra de esas preguntas: ¿Por qué? ¿Existe un porqué claro al que podamos aferrarnos para entender a Yeonghye en su decisión? Y es que no es una decisión banal: su vida está en peligro, ¿pero acaso no está la vida de todos en peligro? He estado toda la semana pensando en este asunto del porqué y hoy creo que el porqué es la culpa, la Culpa. No quiero decir que todos los vegetarianos se sientan culpables: estamos hablando de un caso, de una novela, claro que las novelas no aparecen de la nada. Bueno. La Culpa.

¿Y qué culpa, qué es la culpa?

La mayor parte de nuestras sociedades se basan en ella, en la culpa, una culpa a veces muy determinada como es el caso del cristianismo, a veces imprecisa, a veces una mezcla de ambas, pero siempre una culpa oculta en la niebla de cada personalidad, y por tanto en cada sociedad, como una especie de sumatorio Σ de culpas, lo que parece suceder es que la culpa individual está durmiente y asumida inconscientemente y, a veces -lo mismo que sucede con la culpa social o cultural- despierta, se presenta al individuo en forma demoledora y puede llegar a ser una obsesión.

¿La culpa por depredación de otros seres vivos es cierta o es una forma de puentear la verdadera culpa que es la de asesinar a los de tu misma especie sea por medio de guerras directa o indirectas o dejar partes del planeta sumidos en la miseria para tu propio beneficio?

Creo que no podré contestar a esta pregunta, no al menos con precisión, y es que me lo impide un persistente pensamiento: ¿Cómo un humano puede sentir culpa al alimentarse de un ser que vivía hasta que alguien lo mató para él (y para más gente)? No es la muerte dada por el cazador que mata para comer, sino una muerte por delegación, una muerte no vista. En la muerte directa, el cazador expiaba de una u otra forma, ya sea pintando en las paredes de su cueva el hecho de la caza, ya ofreciendo una plegaria súbita, ya sacrificando parte del cadáver a los dioses de la caza. De manera que durante miles de años ha existido una necesidad de expiación en diversas culturas. Excepto en las que proceden del dios Único, de la ley hebraica, pues Dios da a los hombres el mundo con todo lo que contiene para que ellos lo aprovechen como quieran:

«Y Dios los bendijo, y les dijo Dios: “Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra”» (Gn 1, 28).

Y esta frase del Génesis que, desde siglos se ha interpretado casi literalmente, excepto en el sentido de la propiedad, que siendo del más fuerte, se dice proveniente de Dios (por la Gracia de Dios), pero en la misma Biblia, en el mismo Génesis, a la vez que Dios da el gobierno de la tierra a los hombres, da también la culpa, por serlo: su pecado original, hoy en día se lee como una especie de mandato divino que nos obliga a ser ecologistas (juro que no es un chiste fácil: voy escribiendo sin borrador a medida que voy pensando). Así que en la misma culpa ha de estar la expiación.

¿Y qué culpa arrasa la mente de Yeonghye que pertenece a otra cultura?

Bueno, Yeonghye no se expresa, como he dicho más arriba, en toda la novela excepto en unos pocos sueños que aparecen en cursiva, he aquí uno que me parece capital para dar respuesta a mi pregunta:

…el perro que me mordió está atado a la motocicleta de papá. Quemaron los pelos de su cola y me los pusieron en la herida de la pantorrilla, cubriéndolos con una venda. Tengo nueve años y estoy de pie delante de la puerta de casa. Es un caluroso día de verano. Aunque esté quieta estoy empapada en sudor. El perro tiene la lengua fuera colgando de la mandíbula y respira agitado. Es un perro blanco más grande que yo y muy bonito. Antes de que mordiera a la hija de su amo, era conocido en todo el barrio por su inteligencia.

Mientras lo chamusca colgado de un árbol, papá dice que no le pegará, pues había escuchado en alguna parte que la carne de los perros que mueren corriendo es más tierna. Papá pone en marcha el motor y la motocicleta comienza a correr. El perro también. Da vueltas por las calles haciendo siempre el mismo camino. Sin moverme, permanezco de pie ante la puerta viendo como el perro se va agotando poco a poco, resollando fuerte y con los ojos desorbitados. Cada vez que mi mirada se encuentra con sus ojos brillantes, los míos se agrandan.

“Perro malo, ¿cómo pudiste morderme?”

Al dar la quinta vuelta, sale espuma de la boca del perro y se escurre un hilo de sangre de la cuerda que amarra su cuello. Gime de dolor y corre arrastrándose. A la sexta vuelta, vomita una sangre negruzca. Sangra por el cuello y por la boca. Con la espalda bien derecha, observo cómo le corre la sangre mezclada con la espuma y cómo le centellean  sus ojos. Espero verlo aparecer en la séptima vuelta, pero veo en su lugar a papá que lo trae todo estirado en la parte de atrás de la motocicleta. Sus patas cuelgan inertes y sus ojos están abiertos y sanguinolentos.

Aquella noche hubo un banquete en casa. Vinieron todos los hombres del mercado a los que papá conocía. Como todos decían que debía comer la carne del perro que me había mordido para que se me curara la herida, yo también comí un bocado. En realidad, me comí un cuenco entero del guiso mezclado con arroz. Me llenó la nariz el olor a perro que las semillas de perilla no lograban tapar. Recuerdo sus ojos reflejándose en su sopa, los ojos con los que me miraba cuando vomitaba sangre con espuma. No me importó. De verdad, no me importó en absoluto.

Esto me recuerda la creencia recurrente de que en los ojos de la res muerta queda grabada la última imagen que ven: la del matarife y el dolor que les causa. Y también me recuerda un relato (novela corta, más bien) de Villiers de l’Isle-Adam, Claire Lenoir, que forma parte de la colección de cinco relatos bajo el genérico título Tribulat Bonhomet. La escena que recuerdo sucede cuando el doctor Bonhomet introduce en los ojos agonizantes de Claire unas extrañas sondas y, con ellas, veía con claridad al marido (Claire fue adúltera) portando en sus brazos la cabeza del amante, que previamente había cortado, mientras baladraba un espantoso canto de guerra.

Así que ¿qué vio Yeonghye en los ojos brillantes y desorbitados del perro poco antes de morir?

¿Cómo lo escondió durante años dentro de sí? ¿en qué dormido recuerdo?

¿Es ésta entonces una novela de expiación?

Quizá sí lo sea, quizá la repentina decisión de no comer carne con las tremendas consecuencias que ello conllevará en la vida de Yeonghye y en, posiblemente menor medida,  la de los tres personajes que la relatan, el marido, el cuñado y la hermana. Tengo en cuenta todo el rato el hecho de que los cuatro personajes, la narrada y los narradores son personas triviales, de vida anodina, casi aburrida, sin nada en la cabeza aparte de tópicos morales y ellos mismos, así que el desarrollo y desenlace del relato asume una importancia tremenda porque desde él se puede generalizar -yo no lo haré, pero se puede-, ya que el lector se da cuenta de que lo que sucede aquí, puede suceder en cualquier lugar y a cualquier persona.

Observo comentarios banales de nuevos vegetarianos sobre la crueldad con los animales sin llegar en ningún momento a la lógica conclusión de que toda vida conlleva muerte en ella, aparte de la muerte propia, pues todo lo que comemos (excepto los minerales aportados) son seres vivos que dejan de existir con nuestra existencia y que toda nuestra cultura de enterramientos consiste en evitar el propio destino natural nuestro que es, ni más ni menos, el de servir de alimento a otros seres, lo rodeemos de ritos, magias y religiones: bobadas encaminadas a convencernos de una trascendencia inexistente que nos distanciaría de los demás seres vivos de este planeta.

Bueno, no sé, la verdad es que tan sólo quería con este nimio comentario revelar la existencia de este libro de Han Kang, de su facilidad de lectura y su dificultad para presentarlo sin decir las consabidas tonterías tanto a favor de un vegetarianismo como en contra.

Vivimos unos tiempos borrosos, quiero decir que nada está bien definido: sustantivos, verbos, expresiones, todos ello descontextualizados pierden valor real; recurrimos constantemente a la hipérbole olvidando que hasta hace nada había oraciones más sencillas y definitorias; nada es ya bueno o mejor, incluso óptimo, sino fantástico, genial, fenomenal, genial y ese corto etcétera que conforma nuestro pobre lenguaje actual. Al mismo tiempo que perdemos lenguaje y capacidad aprehensiva nos pasamos gran parte del tiempo justificándonos y -lo que es peor- mostrándonos plenos de felicidad porque hacemos esta u otra jaimitada. Ni siquiera los vegetarianos se conforman con serlo, pues quizá les parezca el término poco expresivo: ahora son veganos, miran quizá por encima del hombro a los que devoran partes de cadáver y estos responden con absoluto desprecio o benevolencia forzada. Me temo que hemos perdido el sentido ya no sólo de las proporciones sino del humor: vivo poco en este mundo de imágenes programadas, pero noto que los chistes son cada vez más groseros y estúpidos y, normalmente, se limitan a reírse de los demás, del que no es como uno, sea espiritualista o materialista. Sólo queremos, ansiamos vehementemente ser felices olvidando que la felicidad es sólo una trampa más que nos impide vivir en la realidad y estar lo más cómodos en ella. O lo menos incómodos.

En esta novela no encontraréis nada de esto; creo que Han Kang sí ve el mundo pero no lo juzga. Seguramente por eso es tan inquietante este libro, del que he conseguido no contaros nada de nada: Para saber qué pasa en sus páginas no tendréis más remedio que leerlo o buscar a uno o una de esas que destripan una historia (tampoco se dice ya destripar, con lo preciso que era el verbo, ya veis). No soy yo uno de ellos.

Y ya lo dejo, pero con mi recomendación de que adquiráis este libro que tan rápido se lee y tan lento se digiere (por usar un término adecuado precisamente): Aprenderéis algo.

¿Qué?

 

 

 

 

Anuncios

RESPETO

                       Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius.

(“Matadlos a todos. Dios, luego, reconocerá a los suyos”, Béciers, 1209: Arnaldo Almaric, cisterciense, Legado Papal nombrado por Inocencio III para la represión y matanza de los albigenses, arzobispo de Narbona que, siéndolo, excomulgó a a Simón IV de Monfort a causa de la disputa por el Poder y los ingresos del Poder. Abad, general de la Orden del Císter.

Frase esta que procede de la Segunda epístola a Timoteo 2: 19 y del libro Números 16:5 y que define el criterio general de la iglesia católica respecto de los considerados desafectos.

Todos los dictadores, príncipes sanguinarios, reyes ominosos y feroces, todos los canallas encumbrados, los portadores de la ciega violencia, los asesinos, todos los Tiberios violadores de niños… todos ellos piden, exigen respeto.

La Iglesia exige respeto.

La Iglesia Católica, cuerpo de homicidas, pederastas, amparo de la codicia, niebla del crimen y de la sangre derramada, lámpara de avaricia, lujuria y boato insultante, exige respeto.

Católica sede, casa de la hipocresía, de la crueldad refinada o brutal según convenga, residencia de envidias, ocultas pasiones, traiciones, muerte, muerte, muerte, exige respeto…

Iglesia jardín, Iglesia paraíso de nazis, fascistas, asesinos croatas, cuchilleros, falangistas tiro en la nuca, policías represores, dictadores ensangrentados.

Ustachas e Iglesia.

Y se lo exige a las víctimas, sumisión y respeto, a los insultados, vejados, quemados, torturados, quebrados, desamparados, arruinados, embargados, presos, violadas, violados. Lo exige la misma Iglesia que repartió pasaportes vaticanos para las primeras figuras nazis y Jefes de las milicias ustachas y pasaportes de la Cruz Roja para segundones de manera que pudieran huir una vez perdida la guerra, en una operación que los servicios secretos gringos de entonces denominaron Rat Line, en referencia a los palos de los buques que se hundían y por donde intentaban escapar las ratas, esa misma iglesia que pactó con Mussolini, con Hitler, con Franco, al cual llevaba bajo palio a cambio de sus apoyos financieros, a cambio de la venda que tapaba robos y comisiones de delitos de sangre, esa misma iglesia que sabía perfectamente qué ocurría en Auschwitz y demás campos, que conocía el uso de lo que oficialmente se llamó en la Alemania nazi Nacht und Nebel (noche y niebla) que consistía en hacer desaparecer a las víctimas de todo tipo de registro, que sabía de las fosas en las carreteras de España, que mató en la plaza de toros de Badajoz, que bendijo las muertes que no pudo consumar por sus propias manos, que sembró España de curas Merinos sedientos de sangre.

La Iglesia católica bajo cuyo manto estáis bautizados, ésa, exige respeto.

(¿Cómo podéis seguir así, católicos sin apostatar?)

http://apostatar.org/

Nadie que escriba las líneas de arriba puede decir que respeta Iglesias, religiones, creencias estúpidas, supersticiones, ídolos o muñecos o cruces ensangrentadas, así que lo diré alto y claro: No respeto a los católicos como tales, ni a su iglesia, ni a sus jefes, ni a su Jefe; no respeto a su dios ni a ningún dios porque lo que no es no puede respetarse.

No respeto a obispos, curas, religiosos, beatos meapilas: me dan asco y a veces risa, pero pocas, casi siempre temor. Temor a sus miedos inconclusos, a esos miedos que producen odio y sufrimiento y prisiones y muerte.

No respeto ninguna religión, ningún dios, ningún  amo, ningún rey. Nadie que se apoye para su tiranía en un mandato divino merece mi respeto ni el de nadie que se precie como humano pensante y libre.

La religión es una peste, un cáncer, una lacra, y los religiosos, vampiros sedientos de riquezas y de la sangre de quienes la producen.

Es la oscuridad, la noche eterna, el frío, la muerte, la desolación, lo peor de la humana mente, las ocultas crueldades, la impudicia, la irresponsabilidad, la banalidad de todo crimen cometido en su nombre.

El odio, el odio, el odio.

Las guerras, los exterminios, la intolerancia, el freno a la curiosidad humana.

El fuego, el fuego, el fuego.

La prisión, la Inquisición, la censura, el nihil obstat. La reducción de la dignidad humana a la nada, la mentira como medio ecológico, la sumisión al poder, la abjuración de la propia libertad.

El miedo, el miedo, el miedo.

Luchad contra el falso respeto.

Respetad a los que dan y no piden.

Respetaos a vosotros mismos.

Apostatad.

No os rindáis, no respetéis lo irrespetable; sabed que la risa es seria: reíd, reíros de ellos, de obispos, curas, cardenales, beatos y beatas, dioses,  de ese que llaman Papa, un jefe de estado educado para la mentira.

NI espero venganza, ni la encarno.

Nada me es ajeno. Todo me hiere.

Vedlos como los que son: Payasos.

Eso sí, sedientos de oro, poder y sangre.

 

 

 

 

 

 

DESCONTEXTUALIZACIONES

Hace unas semanas, cuando, oh gentes, comenzabais vuestras vacaciones y yo seguía con las mías que sólo la muerte cortará, vi un vídeo que una amiga había colgado en su lugar de Facebook. El vídeo resumía en dos minutos y cuarenta y dos segundos del tercer movimiento todo el concierto para flautino (o flautín) y orquesta en  Do mayor, RV 443, de Antonio Vivaldi, interpretado (algo lento para mi gusto) por Lucie Horsch.

Es publicidad, claro, publicidad de Decca, y que quede claro que lo que yo tenga en contra de la publicidad en general no va a ser relevante en este asunto, lo que me molesta en este -y otros muchos casos- es la manía de descontextualizar las cosas, así, sin más ni más, lo mismo aquí, digo, que en esas frases que aparecen por el nombrado Facebook y que, una vez descontextulizadas no dicen nada, queriendo decirlo todo, siempre algo muy profundo y que, de tan profundo queda ahogado en el más recóndito de los profundos pozos de la incuria. Esas frases vacías siempre vienen firmadas por personajes más o menos ilustres, como si la firma fuera suficiente para hacernos comprender la sapientísima intención del descontextualizador de turno.

Paul Éluard

Recuerdo un estúpido anuncio de una colonia o perfume o algo así (hay que ver cuánta majadería en el mundo del perfume ¿eh?) que descontextualizaba a Paul Èluard con aquello de Hay otros mundos, pero están en éste… ¿Y qué coño tiene que ver esta frase con que una o uno prefiera oler a jacintos en vez de a sí mismo? El texto, que no es de Éluard sino que es cita de una cita y que se suele atribuir a Yeats o a Rilke, dice literalmente:

Il y a assurément un autre monde, mais il est dans celui-ci et, pour atteindre à sa pleine perfection, il faut qu’il soit bien reconnu et qu’on en fasse profession. L’homme doit chercher son état à venir dans la present, et le ciel, non point au-dessus de la terre, mais en soi.

Está la frase en el Alma romántica y el sueño, de Albert Béguin, que cita a Ignaz-Vitalis Troxler y que aparece en las Obras Completas de Paul Éluard (Edición de 1968, p. 986, primer volumen) y en su traducción al castellano dice más o menos así:

“Seguramente hay otro mundo, pero está en este, y para alcanzar su perfección total, debe ser bien reconocido y profesado”. El hombre debe buscar su estado futuro. en el presente, y el cielo, no sobre la tierra, sino en sí mismo.

He puesto de ejemplo esta frase que el publicista dejó en Hay otros mundos pero están en éste para anunciar un jodío perfume, porque siempre me pareció el colmo del manejo interesado de las fuentes, de la ya demasiado nombrada descontextualización. Y es que fijaos bien en lo que dice el texto completo: No hay cielos prometidos sino una única vida aquí, en la tierra y si el hombre quiere vivirla ha de hacerlo desde esa premisa y no de otra más o menos romántica, más o menos mágica. Eso dice, y no otra cosa. Ése es el mal y la mala intención que se tiene al descontextualizar.

Porque ¿Qué dicen dos minutos y pico de un concierto que en la interpretación de Lucie Horsch dura 16:20 minutos, periodo de tiempo muy superior a la media (de once a doce minutos) o a la rapidísima (que es la que más me gusta) versión de Anna Fusek, de 10:40 minutos? Nada de nada: el oyente desconocedor de este concierto quedará como antes o -sin saberlo- aún peor, con la sensación de no saber muy bien qué ha oído (que no escuchado).

Anne Fusek

En fin, no quiero abundar más en este asunto, que por cierto da mucho de sí, pero mi naturaleza perezosa es más fuerte: profundizad vosotros: yo me limito a pinchar un poco en superficie, que es lo mío.

Y en desagravio, os dejo el enlace de este concierto en Do mayor, RV 443, para flautín , cuerda y bajo continuo de Antonio Vivaldi en la interpretación de Anna Fusek, que lo fue en el contexto de un recital que dio con el Ensemble Kavka bajo la dirección de Anna Fusek, para la Televisión Checa en 2013 en el transcurso del Concentus Moraviae, 2013. El recital se hizo con obras alternas de Vivaldi y Bach terminando con éste de Vivaldi.

 

Y si alguien, movido por la curiosidad o el placer desea escuchar todo el recital en este salón barroco, no tiene más que acudir a este enlace:

 

Donde podrá disfrutar también de dos interpretaciones de Anna Fusec como intérprete (extraordinaria) de violín, una de ellas el concierto RV157 (minuto 20) y la otra, el concierto BWV1043 (minuto 35) ; Un lujo, queridas.

FASCISMO

Que no soy nacionalista, que nacionalismo, patria y religión están a galaxias, universos de mí, que los tres conceptos no me causan sino temor y desprecio, es cosa sabida puesto que muchas veces lo he afirmado desde estas u otras páginas; miedo al vacío, a la muerte como fin único, a la sumisión ciega de poblaciones completas, a las frases hueras pero venenosas. Al silencio.
¿Y no es silencio este que nos ahoga?
Nacionalistas o no, catalanistas o bocazas cuyo único pecado es expresar libremente sus ideas o amagos de ideas o, simplemente, estupideces; expresar, como digo apoyándose en un código vigente que las protege, lo mismo que protege el derecho a la educación, vivienda, salud y dignidad.
Remedando a Inger Christiansen, el Código existe, las normas de comportamiento ciudadano existen, las palabras existen.
¿Y para qué?
Para repetirlas hasta la saciedad con -como decía Krahe, de acusador recuerdo- con lenguas de serpiente hasta vaciarlas de contenido, hasta que transgredirlas pase desapercibido, hasta que el código completo sea cosa fútil, papel mojado y podre.
Hasta hoy, de momento.
Gente en la cárcel, queridas y queridos, en la cárcel sin cometer delito contra ningún código, perseguidos con saña, insultados. En la cárcel, no por expoliar, prevaricar, sobornar, traficar con mujeres o menores, tomar las armas, matar, golpear, delinquir, sino por expresar unas ideas con las que personalmente no puedo estar de acuerdo, pero tampoco estoy de acuerdo con otras cosas y no por ello exijo prisiones perpetuas, o la aplicación de código de Hammurabi que ya tiene casi cuatro mil años y parece que no ha pasado el tiempo, es más, el código de Hammurabi, la llamada Ley del Talión, contemplaba ya la presunción de inocencia, y también contemplaba la inmutabilidad de la Ley una vez escrita, o impedía su lectura caprichosa, es decir que no sólo parece que no ha pasado el tiempo sino que estamos muy por detrás de Hammurabi.
Y gente que se alegra de la prisión de los demás, de sus conciudadanos, que piden más prisión, más esbirros, más palo, más represión, porque, queridas y queridos, cuando se exigen penas para los demás las estáis exigiendo para vosotros mismos, que para eso os están manipulando tan eficientemente.
Fascismo se llama eso.
Gente que calla ante las muestras de despotismo, que en su vacío interior busca razones para la violencia estatal, que ríe o aplaude o se envuelve en banderas o, simplemente piensa: A mí no me va a pasar.
Por otra parte también me he enterado de lo de las banderas a media asta a causa de una muerte que nunca ocurrió, pero no por las que ocurren a diario, o las que se ocultan bajo zanjas en las carreteras o las de los suicidas por desahucio, y me he enterado también del esperpento legionario del cuerpo ministerial.
Y me he tomado la muy desagradable molestia de visionar el vídeo en que energúmenos legionarios, militares de carrera, populacho y ministros del gobierno cantaban esa ordinariez grosera en la que todos se declaran novios de la muerte con la ministra de defensa que -supongo- será novia de la muerte sin decidirse -lo mismo que el resto de espantajos- a ser esposa y abrazarse a ella, a la muerte definitivamente. No.
Pero no quiero que penséis que lo tomo a broma o a risa histérica, no, porque no es una broma, un esperpento sí, pero no una broma; es simplemente un acto de poder, un aviso de lo que vendrá, un gobierno que nos está diciendo a quién se abraza y con qué armas cuenta mientras el pueblo emocionado aclama la idea de la muerte, la de los demás, claro está, la de la muerte del pensamiento y la cultura, la de las cunetas. Vuestra muerte: eso es lo que os dicen: Vuestra muerte o vuestro silencio; eso queremos y eso obtendremos, y no hay método inane ni obstáculo que nos lo impida, y estamos aquí, cantando porque nuestro es el poder y vuestra la amargura, la soledad y el silencio. Y es que nosotros somos los portadores de la muerte y vosotros, los verdaderos destinados a ella.
Podéis llamarlo como os de la gana, pero sólo tiene un nombre: Fascismo, y está aquí, y en España recibe el nombre de Nacionalcatolicismo.
Pero siempre se puede seguir siendo ciegos y sordos, pero sobre todo, sumisos.